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viernes, 15 de junio de 2012

Cold Mountain


Texto original: Damascus Bureau

Autor: Razzan Zaytouna

Fecha: 13/06/2012



Largos meses de trabajo, de diferencias, de reconciliaciones, de enfados, de risas, de recepción de noticias, de intercambio de invitaciones a comer nuestros platos populares favoritos, de promesas de celebración en la plaza de la libertad… No sé cómo se llama ni conozco sus rasgos. Lo imagino cuando tenía unos veinte años, simpático y cariñoso, rápido en enfadarse, pero también en sonreír, tan preguntón que me veía obligada siempre a rogarle: “No seas pesado, hijo”.

Pero no tiene nada que ver con el nombre del joven muerto que nos llegó ayer y que murió bajo tortura: Hasan al-Azhari, no lo conozco, como las decenas de nombres que cada día pasan ante mí en la pantalla del ordenador y que yo documento.

Mi pequeño amigo se llama Cold Mountain. Le puse ese nombre porque él me lo pidió. Es un nombre invernal, de montaña, alejado del ambiente de su ciudad de la costa, Latakia. Mi pequeño amigo Cold desapareció y en vano intento plasmarlo en Hasan al-Azhari, que murió bajo tortura. Imprimí su esquela sin siquiera poner la palabra “mártir”, se le organizará un funeral tradicional, sin procesión acorde la libertad que construyó con sus manos, aquella a la que incitó y por la que trabajó durante los meses de la revolución.
Cold fue detenido pasado el 3 de abril. No hice nada por él, ni siquiera documenté su detención. No pregunté su nombre. Tenía que morir Cold para darme cuenta del volumen de la muerte, que logró aturdirme y se fue colando como el veneno lentamente: cada día mordisquea un pedacito de mi sentimiento por la vida y los vivos.

¿Y después de documentar un nombre tras otro y hacer un llamamiento tras otro qué? Trabajo como un enterrador acostumbrado a enterrar a sus muertos mientras bosteza y exponer sus esquelas en el museo de las organizaciones internacionales. ¿Por qué la comunidad internacional se empeña en documentar los crímenes que está viendo con sus propios ojos? ¿Por qué la comunidad internacional tiene interés en esta organización y aquella precisión en recolectar los suspiros y embalsamamiento de las víctimas en forma de números, testimonios y gráficas? ¿Por qué tengo que escuchar una vez tras otra el testimonio de un detenido que cuenta cómo fue pataleado,cómo su cuerpo fue destrozado, deformado y quemado, y cómo saltaron sobre su cabeza y arrancaron sus uñas, o arrancaron su piel, o incluso vieron cómo los trozos de su carne se dispersaban tras haber sido fustigado con un látigo? ¿Por qué tengo que registrar todo eso según las “leyes de recogida y documentación” y hacerlo volar hacia el mundo civilizado para que se apene por nosotros, ruegue porque se acabe (nuestro sufrimiento) y alabe nuestra profesionalidad, proponiéndonos más adiestramiento? Somos mercenarios de la libertad en su opinión, necesitamos más reglas, hasta que nos avergoncemos de nosotros mismos por no ser lo suficientemente civilizados, por no ser anti-sectarios como deberíamos, por no tener la inmunidad suficiente contra el extremismo, y por no poder organizarnos en una oposición unida. ¡Ay de nosotros!



Cold Mountain, vivimos a expensas de la libertad, cuando oírles con una voz que quiebra los huesos nos produce insomnio.

No pregunté por el nombre de Cold, ni por la fecha de su detención ni por cómo estaba. Pasó como otros, mañana saldrá o no, las puertas de la cárcel no se cierran para nadie, pero se abren para cadáveres en muchas ocasiones. Cold era simpático y delgado, odiaba la idea de caer en sus manos, rogaba a Dios morir de un balazo o alcanzado por un proyectil. En mi país, la muerte rápida es un privilegio. Cuando en internet nos prometemos vernos en las plazas de la libertad, sabemos que exageramos porque Cold no me invitará al falafel que me prometió. En vez de eso, lamentaremos su muerte y nos arrepentiremos de no haber sabido cómo se llamaba hasta ver la lista de víctimas, de no haber visto sus rasgos más que para certificarlo, y de no haber respondido a sus insistentes preguntas como debíamos haber hecho. Un pequeño joven sirio como él de 24 años, con toda la vida por delante para hacerse preguntas y descubrir. Eso dicen los blogs de derechos humanos y principios de la comunidad internacional: toda una vida que no debería haberse reducido a una celda y al látigo del fustigador, mientras el mundo nos vigila con descaro, Cold Mountain.

Ten claro que esto no es un lamento, sino la conclusión de una conversación que nunca terminó y un intercambio de papeles, donde yo pregunto y pregunto y tú me cortas con medias respuestas. Y sigo preguntando hasta que me paras muy irritado y me dices: “No seas pesada”

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