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domingo, 21 de abril de 2019

Cómo Bashar al-Asad nos ha arrebatado su Siria homogénea

Texto original: Al-Jumhuriya

Autora: Sawsan Abou Zainedin

Fecha: 18/04/2019

Aliaa Aboukhaddour

Bashar al-Asad ha logrado tener su Siria homogénea. Lo dijo hace unos dos años, el 20 de agosto de 2017. Se lamentó apresuradamente por la pérdida de los “mejores” jóvenes del país y de una infraestructura que había costado “el dinero y sudor de varias generaciones”, pero tranquilizó a sus masas diciendo que había ganado una Siria “más sana y homogénea en el sentido literal, y no en el sentido retórico o en el lenguaje de los cumplidos”. Aseguró, además, que “la orientación futura de la política siria se basará en seguir luchando contra los terroristas y aplastarlos en todas partes, así como en las reconciliaciones nacionales que han demostrado su efectividad en sus diferentes formas”, y en “seguir con los contactos en el exterior y el mantenimiento de la economía, que ha entrado en la etapa de recuperación”.

Unos pocos meses después de ese discurso, Bashar al-Asad impondría el asedio a Al-Guta oriental en Damasco, “la aplastaría”, la destruiría y la dejaría reducida a escombros, atacaría a su gente con armas químicas, y los perseguiría barrio por barrio. Lanzaría ataques contra sus refugios, enviaría a sus tropas a tomar fotografías para el recuerdo con los rostros atemorizados en el interior de esos refugios, y después, “se reconciliaría con ellos”. Les daría a elegir entre el exilio forzado en sus autobuses verdes hacia el norte de Siria, al otro lado de la frontera de su Siria homogénea, o fusionarlos en su territorio, donde serían llevados a centros de acogida, donde serían detenidos y torturados hasta la muerte, y donde gritarían “en cuerpo y alma (nos sacrificamos)” por Bashar al-Asad, y después serían enviados a la guerra en su nombre y bajo su bandera… Lucharían para ampliar las fronteras de su Siria homogénea.

Bashar al-Asad había “aplastado” ya la zona histórica de Homs, Yarmuk, Daraya, el barrio Al-Waer de Homs, Moaddamiya, Al-Tall, Khan al-Sheikh, Alepo oriental, Wadi Barada, Zabadani, Madaya, Al-Qabun y Berze[1], y “aplastaría” después los barrios restantes del sur rebelde de Damasco, la zona rural norte de Homs y Daraa. “Se reconciliaría” con su gente ofreciéndoles sus dos alternativas, y después, pasaría a iniciar una nueva fase del diseño de sus fronteras en los frentes de Idleb, continuando su batalla por la imposición de la homogeneidad.

Los investigadores especializados en urbanismo dicen que la imposición de la homogeneidad es una forma de exterminio, llamado urbicidio [2], en un intento de establecer un paralelismo con el genocidio desde una perspectiva urbanística. El urbicidio es uno de los nuevos tipos de guerra que se libran en nombre de las políticas de identidad. No es una guerra que se declare contra las ciudades en un intento de dominarlas geopolíticamente, sino una guerra que se libra por medio de las ciudades, que las manipula y que hace de sus calles, plazas, zonas residenciales y redes de suministro de electricidad y agua instrumentos que se amoldan para acabar con uno de los grupos que la habitan, diferente por razón de religión, etnia, nación o política, o incluso económica, con el fin de alcanzar una sociedad homogénea, en la que no hay sitio para el diferente. La imposición de la homogeneidad es una forma de exterminio.

El concepto de urbicidio se introdujo inicialmente para referirse a los enormes proyectos de desarrollo urbanístico que derribaron los barrios de Nueva York desde los cincuenta del siglo pasado, dejando a su paso grandes núcleos de residentes trasladados forzosamente y despojados de su memoria urbanística: habitantes de viviendas irregulares o viviendas ilegales o, en el mejor de los casos, de zonas marginales antes de ser borrados de la faz de la tierra -como daño colateral- para dar servicio a zonas más importantes. A pesar de que el término estuvo en auge en los sesenta y setenta, tras escribir sobre él Ada Louise Huxtable en el New York Timesen 1968 [3], se cree que lo acuñó Marshall Berman [4], que se refirió a las víctimas de estos proyectos de desarrollo urbanístico en 1987 así: “Son las víctimas de un gran crimen sin nombre. Pongámosle nombre ahora. Llamémoslo urbicidio: el asesinato de la ciudad”. [5]

Desde entonces, se ha extendido el uso del concepto en varios lugares de la geografía mundial y en múltiples contextos, entre los más conocidos, la guerra de Bosnia, la guerra civil libanesa y las políticas israelíes contra los palestinos. El concepto se ha manifestado en estos contextos mediante diferentes prácticas, entre ellas, la que se basa en la dimensión material de las ciudades con su doble faceta destructiva y constructiva, así como lo que tiene que ver con la paralización de la vida en dichas ciudades. Lo que une a estas prácticas es su lógica política intrínseca y que pretende imponer la homogeneidad y acabar con el otro diferente que hace de la diversidad un peligro que amenaza a dichas ciudades.

Desde esta perspectiva, el discurso de Bashar al-Asad de 2017 fue una confesión velada de que su guerra en Siria era una forma de urbicidio. Se trata de un asesinato urbanístico en el que se militarizó la organización espacial de la ciudad de forma sistemática desde el primer día de la revolución -o incluso antes- para iniciar la guerra y escalarla, con el objetivo de preparar el territorio para una Siria homogénea tras la guerra. La Siria de la que se ha erradicado a todo aquel que impregnara su identidad con adscripciones religiosas, geográficas o agitaciones políticas, o incluso aquellos a quienes su clase social o situación económica no les permitiera adquirir un sitio propio en el país, sitio que sería ofrecido a los secuaces de la élite política, social o económica en forma de terreno en el que invertir.

La historia del urbicidio en Siria comienza con los muros recubiertos de las consignas “Asad o quemamos el país”. “El país” que el régimen quiere es un país definido por Asad. Las ciudades que decidan definirse por cualquier otra adscripción serán quemadas y serán testigo del asesinato que comenzará con sus casas, calles, plazas, redes eléctricas y terrenos, y terminará convirtiéndolas en parte del todo homogéneo, aunque sean ciudades fantasma.

El asesinato de los sitios: la destrucción arbitraria sistemática

No se puede decir que la ingente destrucción en Siria sea mero resultado de las operaciones militares, pues el volumen de destrucción y su expansión geográfica, lejos de los frentes y en el corazón de los barrios residenciales y sus centros de servicios, exclusivamente en los bastiones de la revolución, y en las zonas con dimensión estratégica política y económica -además del hecho de que la mayor parte de esa destrucción se ha producido mediante barriles explosivos, cuya destrucción es totalmente al azar, y no con armas de precisión en la selección de objetivos- sugiere que esta destrucción no es arbitraria ni ha sido un daño colateral de operaciones militares concretas, sino que es un instrumento de la guerra por la homogeneidad.

Homs, la mitad de la cual ha sido destruida, es un buen ejemplo. Se dice que el objetivo de la destrucción en dicha ciudad eran las zonas que estaban incluidas en un proyecto de planificación urbanística problemático que había sido planteado en 2007 por el gobernador de Homs en aquel momento, Iyad Gazal, denominado “el sueño de Homs” [6]. “El sueño de Homs” tenía por objetivo las zonas pobres, las de construcción irregular y las construcciones ilegales, además de algunas zonas del centro de la ciudad. El proyecto provocó una gran polémica entre los habitantes de la ciudad porque implicaba la posibilidad de que sus terrenos fueran expropiados y sus propiedades destruidas, y que se firmaran contratos inmobiliarios sospechosos so pretexto de desarrollar, expandir y modernizar el centro de la ciudad. Dichas protestas populares vinieron acompañadas de concentraciones y lemas que exigían a las autoridades locales “que no se abonen los jardines de Homs con la sangre de sus dueños”, haciendo referencia al hecho de que un agravamiento en la situación llevaría al derramamiento de sangre. A pesar de que las autoridades locales aseguraron a los ciudadanos que el proyecto no conllevaría la confiscación de sus tierras de forma arbitraria, en un intento de contener su enfado, el gobierno comenzó a expropiar terrenos en 2009, y continuó preparándose para implementar el plan hasta que se inició la revolución en 2011. Esta eventualidad conllevó la paralización temporal del plan y la destitución de Iyad Gazal, para intentar contener la ira hasta que se pudiera garantizar la seguridad.

Muchos de los habitantes de Homs consideran que la destrucción posterior de la ciudad era en realidad un intento de imponer disposiciones urbanísticas que revivieran el proyecto del “sueño de Homs”, pero en el contexto político, y de forma que se pudiera invertir en las exacerbadas divisiones sectarias, de clase y regionales. El asedio y vaciado sistemático de Homs de los años 2012 y 2014, por medio de violentas operaciones militares y acuerdos de exilio forzado en barrios que, en su mayoría, estaban incluidos en el plan de organización del “sueño de Homs” apoyan su hipótesis. El mapa de la destrucción sistemática en Homs [7] dibuja con claridad una curva que comienza por la esquina nororiental de la ciudad, cruza el centro de la ciudad y termina en la zona suroriental, pasando en su mayoría por los barrios de mayoría suní, paralelos a los barrios alauíes, que se han mantenido en gran medida “en buen estado”.

Bab al-Sibaa, Al-Qusur, Baba Amro y Al-Khalidiya son barrios de mayoría suní que han sido testigos de la misma narrativa de destrucción y exilio forzado. La batalla de Baba Amro en sí misma, que se prolongó durante un mes, provocó el exilio de más de 50.000 vecinos del barrio y dejó a su paso la demolición de 600 edificios, más de 200 de los cuales estaban totalmente destruidos. Mientras tanto, los barrios de Firdaus, Al-Ghuta y Al-Mahatta, donde se concentraba la mayor parte de apoyos del régimen y sus centros de seguridad se salvaron de la destrucción, salvo excepciones puntuales. Al-Khalidiya, uno de los barrios más destacados del “sueño de homs”, vivió la destrucción de más de 1.250 edificios y dos mezquitas, una de ellas la de Khaled ibn al-Walid, uno de los símbolos de la ciudad. En Bab al-Dreib, Bab Hud y Bab Tadmor, el corazón y centro comercial de la ciudad y uno de los barrios del plan “El sueño de Homs”, con su mayoría suní, vieron el derrumbamiento de más de 1.200 edificios, incluidos 15 mercados locales.

Para agravar la situación aún más, desde la recuperación por parte del régimen del control sobre estos barrios, no se ha permitido a sus habitantes regresar a lo que queda en pie de sus casas, más que en momentos muy determinados, exclusivamente para recoger aquellas pertenencias que aún estuvieran allí. En 2014 [8], los vecinos de Al-Hamidiya, Al-Qusur y Al-Qarabis pudieron regresar a sus casas, pero la ONU, bajo supervisión del régimen había comenzado únicamente la rehabilitación del barrio de Al-Hamidiya, de mayoría cristiana, mientras que había dejado fuera al resto de barrios. En 2015, el régimen anunció a través de sus medios oficiales que la reconstrucción de las zonas ilegales en Homs se realizaría según lo estipulado en “El sueño de Homs”, y de conformidad con el decreto 66 (que es problemático en sí mismo, como veremos más adelante), que ofrece el marco legal a dicha operación de construcción, reforzando la hipótesis sectaria, regional y de clase en la reconstrucción de Homs y su sueño.

El asesinato de las casas: destrucción sistemática

Entre los años 2012 y 2013, el Ejército Árabe Sirio irrumpió con sus buldócer y explosivos en los barrios residenciales que habían presenciado movilizaciones revolucionarias en Hama y Damasco, antes de tomar el control de los mismos y anunciar el fin del enfrentamiento. Siete barrios al completo, con una extensión de unos 200 campos de fútbol, habían quedado reducidos a escombros, y sus vecinos habían sido expulsados sin ningún tipo de aviso previo ni compensación. Los responsables del régimen declararon que dichos esfuerzos se enmarcaban en el contexto de los proyectos de desarrollo urbanístico para acabar con las viviendas ilegales en la zona, según un informe de Human Rights Watch [9], que había realizado una investigación sobre las operaciones de demolición sistemática. No obstante, una gran parte de los vecinos de dichas zonas poseían los documentos acreditativos de propiedad de sus inmuebles, lo que implica que solo había una razón detrás de dichas demoliciones, confirmada por el gobernador de Damasco, Husein Makhluf, que dijo en una entrevista en octubre de 2012 que dichas operaciones eran “necesarias para expulsar a los combatientes de la oposición”.

El barrio damasceno de Al-Qabun fue uno de esos barrios, 18 hectáreas del cual fueron destruidas en dos momentos diferentes: la primera en 2012, con el trasfondo de los violentos enfrentamientos entre el régimen y los combatientes de la oposición, y el atroz ataque que lanzaron las fuerzas del régimen contra el barrio, tras el cual logró recuperar el control del mismo. La primera operación de demolición duró 50 días, durante los cuales se destruyeron 1.250 locales comerciales y 650 viviendas en cada una de las cuales residían al menos dos familias. La segunda demolición se produjo en 2013 sin que se hayan podido certificar los detalles.

La organización Human Rights Watch concluyó que era imposible considerar estas operaciones como objetivos legítimos, incluso en un contexto de guerra. Las casas derribadas no eran objetivos militares, no se habían utilizado como refugios para los combatientes ni para planificar ni lanzar ataques, ni para almacenar munición o armas. Estas operaciones de demolición no pueden justificarse más que por razones preventivas o punitivas contra una parte de la población que el régimen consideraba un elemento amenazador, ajeno al tejido más amplio, que debía ser erradicado para imponer la homogeneidad. En resumidas cuentas, el asesinato aquí era el asesinato de los hogares. Hicieron la guerra contra las personas en sus casas y los erradicaron.

Del mismo modo que sucedió en Homs, la hipótesis del urbicidio fue corroborada por el hecho de que el consejo de ministros y las autoridades locales habían identificado partes concretas de Al-Qabun para reconstruirlas en abril de 2018. Esas partes no solo incluían las zonas destruidas de forma arbitraria entre 2012 y 2013, sino que incluían también otras zonas que el régimen había atacado en una nueva serie de operaciones de derribo: cerca de 35 hectáreas a lo largo de la autopista internacional entre 2017 y 2018; es decir, tras el último acuerdo de expulsión de Al-Qabun de mayo de 2017, cuando el barrio había quedado convertido en una ciudad fantasma. Esto constata que estas operaciones de demolición no eran únicamente un instrumento de castigo en la guerra por la imposición de la homogeneidad política, sino también parte de un plan más amplio destinado a preparar el terreno de cara a proyectos de reconstrucción que excluyeran a los propietarios de la tierra.

El régimen había cerrado el barrio por completo tras vaciarlo de su gente. En algunas zonas, todo movimiento quedó prohibido, mientras que se permitía a los habitantes entrar en otras zonas a condición de que entregaran sus carnés de identidad en los puestos de control, de que pagaran la tasa de entrada y de que salieran el mismo día en que habían entrado. Parece que el “código” que clasifica a los barrios entre prohibido y condicionado es variable: las clasificaciones de los barrios van cambiando según ciertas circunstancias que solo conocen los responsables del régimen, los únicos que pueden trabajar en la zona. 

Una mujer que fue expulsada a Idleb de acuerdo con el pacto de Al-Qabun contaba que uno de sus familiares logró entrar en la zona (pagando un soborno) para poder conocer en qué estado estaba su casa -que había dejado en perfectas condiciones y en pie cuando fue expulsada- tras varios meses, y que la casa estaba igual. Al año siguiente, su familiar volvió a entrar por el mismo motivo y, esta vez, se encontró su casa reducida a escombros. La propietaria no había recibido ninguna notificación de derribo ni compensación, a pesar de que su casa no se encontraba entre las viviendas irregulares. En cualquier caso, los responsables del régimen no se escudaron en los proyectos de desarrollo urbanístico para eliminar las viviendas irregulares como habían hecho antes, sino que justificaron las nuevas operaciones de derribo con la necesidad de dinamitar los túneles que los “terroristas” habían dejado en la zona.

En cualquier caso, la cuestión de las viviendas irregulares es en sí misma problemática en la guerra siria [10], pues se ha militarizado y utilizado de forma autoritaria. Las políticas del régimen de cara a estas zonas a comienzos del presente milenio oscilaban entre la “legalización y mejora de las viviendas” y su “desarrollo”; es decir, su derribo y reconstrucción. Sin embargo, según parece, la guerra inclinó la balanza hacia la segunda opción. Nada de legalizaciones en las viviendas irregulares o, más concretamente, en las viviendas irregulares de mayoría suní, que acogieron a la revolución en una de sus etapas y, por tanto, acogieron la mayor parte de la destrucción y las demoliciones.

El asesinato de las infraestructuras: la privación de la ciudad

La guerra por la homogeneidad no es exclusivamente una guerra de destrucción y demolición, sino que también es una guerra de manipulación y reconfiguración de las condiciones de vida. La guerra del pan, el agua, la electricidad y las medicinas, la guerra de las calles, los puntos de control, el asedio y la imposición de formas de movimiento, por medio de las cuales se han modificado las redes de las infraestructuras, las instalaciones y los servicios en las guerras de guerrillas lanzadas por el régimen y a las cuales accedieron las facciones armadas.

Como ejemplo, después de que el régimen tomara el control en 2016, Alepo, la ciudad que se encontraba dividida por las líneas de combate desde 2012, quedó vaciada de dos tercios de sus habitantes, que ascendían a cerca de tres millones antes de la guerra. Durante ese período, se destruyeron cerca de la mitad de sus viviendas y un 80% de sus comercios, según los cálculos de la ONU en 2017. La mayor parte de esta destrucción afectó a lo que pasó a conocerse como Alepo oriental, la sección de la ciudad cuyo control había perdido el régimen, y que en su mayoría estaba compuesta por barrios marginales que habían construido los emigrantes de las zonas rurales, que buscaban en la ciudad mejorar su situación económica. A esos barrios se dirigieron posteriormente los activistas desde las zonas de control del régimen en dicha ciudad.

El vaciado de Alepo de sus habitantes no fue un asunto arbitrario. En primer lugar, se centró en la parte de la ciudad que incluía los sectores económicos y políticos no deseados; y en segundo lugar, fue el resultado de una acción sistemática que no se limitó a la destrucción arbitraria de los edificios de las zonas rebeldes, sino que el objetivo fueron las instalaciones, los servicios y las infraestructuras.

Las zonas que controlaba el régimen (llamadas Alepo occidental) no superaban el 35% de los barrios de la ciudad a comienzos de 2014. Sin embargo, la ciudad contenía más de 1.450 puestos de control[11], 1.050 de los cuales aproximadamente pertenecían al régimen, y que estaban distribuidos a lo largo de las líneas de combate y en el corazón de las zonas bajo su control en los barrios residenciales. Controles fijos y controles móviles que no se utilizaban simplemente como forma de imposición de las fronteras del régimen militarmente, sino que se usaban principalmente para filtrar el movimiento en las zonas bajo su control en busca de identidades con adscripciones “amenazadoras” o “no homogéneas”, y así erradicarlas. En el otro lado, los 400 puestos de control de las facciones opositoras se centraban fundamentalmente en las líneas de los frentes y las líneas de suministro principales, y no en los barrios residenciales.

Las facciones opositoras adaptaron las calles de Alepo como arma en su guerra contra el régimen también. El ejemplo más claro tal vez sea el corte de la línea principal de suministro de los barrios de Alepo occidental después de que las facciones lograran tomar el control de Khanaser entre agosto y octubre de 2013. El precio de una bolsa de pan en Alepo occidental llegó a ser de 150 libras en aquel momento, aunque después volvió a estabilizarse en 15, tras una campaña militar del régimen en octubre cuyo objetivo era romper lo que llamó “el asedio”. En ese momento, la bolsa de pan en Alepo oriental costaba cinco veces más.

En contrapartida, la mitad de las panaderías de Alepo oriental quedaron paralizadas a comienzos de 2014. La mayoría había sido destruida sistemáticamente por los bombardeos del régimen. Mientras, en Alepo occidental, ninguna panadería dejó de funcionar debido a la guerra. Alepo oriental presenció las matanzas de las colas del pan que certificó Human Rights Watch [12]. Uno de los trabajadores de un obrador en Bab al-Hadid narró en el informe de la organización que el 21 de agosto de 2012 uno de los helicópteros del régimen estuvo durante horas sobrevolando la zona hacia la hora de apertura de tarde de la panadería. Había más de 200 personas haciendo fila cuando el helicóptero lanzó su proyectil cerca del horno, dejando decenas de cadáveres cubiertos de harina y polvo.

Alepo oriental, en aquel entonces, no sumaba más que unas 6 horas diarias de electricidad, tanto en los barrios cuyas redes de suministro eléctrico habían sido dañadas, como en los que permanecían en buenas condiciones. También se atacaron de forma sistemática y recurrente los puntos médicos de Alepo oriental [13], hasta que no quedaron más que 24 hospitales o centros, según las cifras de la ONU en agosto de 2016, de los cuales diez estaban cerrados, sin ningún médico trabajando en ellos. A finales de 2016, Alepo oriental fue vaciada de su población, que había sido privada de los medios de vida hasta que no quedaron más que 325.000 personas. Esos fueron los que presenciaron el asfixiante asedio y se enfrentaron a la más virulenta campaña militar, antes de que el régimen “se reconciliara” con ellos y los expulsara obligatoriamente en largas filas de autobuses verdes que observamos durante días, quedando Alepo como monopolio de aquellos que el régimen consideraba parte de la Siria homogénea.

Las operaciones de rehabilitación comenzaron en Alepo. La ONU hizo una lista de las zonas que se consideraban prioritarias para iniciar los trabajos, a fin de asegurar el retorno de los desplazados; sin embargo, el régimen la boicoteó con sus propias listas de lo que él consideraba zonas prioritarias. Se delimitaron finalmente 8 zonas, en 3 de las cuales la ONU comenzó a trabajar en un proyecto piloto. Las declaraciones de la ONU sobre el progreso de los trabajos durante 2017 constatan que todos los trabajos de mantenimiento de las escuelas, centros médicos y centros de servicios se centraban en barrios ubicados exclusivamente en Alepo occidental [14].

El asesinato de la tierra y la ley: la guerra de la reconstrucción

Las declaraciones de la UE y EEUU [15] fueron claras en lo que respecta a que no se financiaría la reconstrucción de Siria hasta que se produjera una “verdadera transición política” bajo el auspicio de la ONU. Sin embargo, parece que al régimen, al menos en la actualidad, le son indiferentes estas declaraciones, pues ha comenzado con la reconstrucción.

El régimen se puso un objetivo sencillo al principio: los barrios marginales y las viviendas irregulares, donde no servirían las alegaciones sobre derechos de propiedad en el contexto de la reconstrucción. Proyectos que se formulan bajo lemas de desarrollo urbanístico, y se venden como una reconstrucción del país con una fachada modernizadora internacional, con múltiples torres, zonas verdes, masas de agua e imágenes de niños sonrientes sobre los hombros de sus familiares, que también sonríen y se muestran tranquilos. Son rostros que no se asemejan necesariamente a los rostros agotados, desconcertados o cubiertos de polvo que han visto los asesinatos. Son los rostros de las personas que vivirán, finalmente, en guetos urbanos, verdes, resplandecientes, que no se parecen a lo que hay al otro lado de sus muros: calles abarrotadas y áridas, llenas de edificios ruinosos, grises y feos.

Marota City [16], o “la ciudad de la soberanía” en siriaco, es una denominación inteligente elegida por el régimen “protector de las minorías” para su primer proyecto de reconstrucción por medio del cual volverá a implantar su “soberanía” sobre las “zonas de disturbios”. El propio Bashar al-Asad puso la primera piedra, poniendo así la piedra fundacional de la cara urbanística de su Siria homogénea.

Marota City es un proyecto que se está desarrollando en el centro de Damasco, sobre los jardines Al-Razi, la zona de viviendas irregulares que un día se levantó en revolución contra el régimen, aunque nunca salió del todo de su control. La zona está junto a las embajadas sitas en Damasco, los ministerios, la universidad y los barrios residenciales y comerciales “de lujo”. Los jardines Al-Razi eran una de las dos zonas que señalaba el decreto de 2012, que sentó las bases y las normas jurídicas y financieras para expropiar las viviendas irregulares con el fin de desarrollarlas por medio de inversiones inmobiliarias privadas. Las viviendas fueron evacuadas de forma obligatoria y después derruidas, mientras que su gente solo recibió promesas de alojamientos temporales y frugales compensaciones que apenas cubrían los gastos de alquiler durante unos meses en el mercado inmobiliario de Damasco en constante inflación. Además, las complejas y estrictas condiciones de alquiler hacían de la vuelta a su tierra (que se convertiría en Marota City) algo prácticamente imposible, ya que los gastos de dicho retorno a las torres allí edificadas no podrían sufragarlos más que la “élite” económica del país y los dueños de grandes capitales.

El decreto 66 que comenzaba con dos zonas y después pasó a incluir todas las provincias sirias, convertía a los propietarios de los inmuebles en propietarios de acciones de copropiedad de las fincas asignadas según los nuevos proyectos urbanísticos. 

Los bienes inmuebles se valoran según su estado actual en forma de acciones, sin que la valoración tenga en cuenta el aumento del valor de los inmuebles debido a la especulación resultante de los proyectos de desarrollo urbanístico. Después se valoran las fincas asignadas según los nuevos proyectos y se distribuyen por cupos de acciones de copropiedad entre los derechohabientes en la zona concreta. El decreto permite a los propietarios de las acciones realizar acciones de compraventa entre ellos o con terceros, en su totalidad o en parte, según tres opciones: que se les adjudiquen las parcelas, que participen en la fundación de una sociedad anónima de conformidad con la ley de sociedades en vigor o la ley de desarrollo e inversión inmobiliaria para la construcción, venta e inversión en las parcelas, o que vendan sus acciones en una subasta pública. La tercera opción es a la que se someten quienes no han logrado que se les autorice a escoger las opciones uno y dos, según “decisiones firmes” que adoptan “las autoridades competentes” para garantizar “los intereses de los accionistas”.

Debido a que el valor de las nuevas parcelas del gran proyecto Marota será varias veces superior al valor de los inmuebles de las actuales viviendas que se encuentran en un estado deplorable en los jardines Al-Razi, las cuotas que correspondan a los derechohabientes en este proyecto no serán suficientes para regresar a una vivienda digna allí. No volverá a las viviendas de “la tierra de la soberanía” más que quien pueda pagar el precio de dicho retorno y se mimetice con su identidad neoliberal modernizadora por la que se caracterizará la Siria homogénea.

El régimen, por tanto, ha comenzado la reconstrucción según lo dispuesto en el decreto 66 para abordar la cuestión de las zonas de viviendas irregulares, mientras que se formulan leyes que darán el marco normativo a las operaciones de continuación de las demoliciones de las zonas que no son irregulares, y su reconstrucción sin que los derechos de sus propietarios tengan valor alguno.
Es cierto que la ley no dispone de instituciones que la protejan en Siria, pero el régimen ha sido meridianamente claro en su batalla por su reinvención local e internacional: reconstruirá la Siria homogénea “según la ley”. Una ley arbitraria, injusta, politizada, al servicio de su interés y el de sus secuaces. ¡No importa, siempre que sea una ley!

Y así, desde 2012, cuando seguíamos en gran medida sumidos en la estupefacción que nos generaron las matanzas que se cometían contra nosotros con cuchillos, machetes, artillería, barriles, buldócer y dinamita, se nos pasó fijarnos en las matanzas que se cometerían contra nosotros por medio de leyes que se promulgarían una tras otra en silencio. Leyes que garantizarían que no habría lugar alguno para nosotros -nosotros los iracundos que nos rebelamos contra el sistema político y militar del régimen, o los que no tenemos rostros sonrientes y tranquilos que puedan aparecer en la propaganda de los guetos civilizatorios modernos, ni las cuentas bancarias o las inversiones que pudieran pagar el precio de vivir en dichos guetos-, no hay ningún lugar para nosotros en Siria que se está creando para ser una Siria homogénea. Se nos ha pasado el urbicidio al que estamos siendo sometidos.

Antes del decreto 66, se había promulgado la ley 63/2012 para expropiar “las propiedades de los terroristas”. Esta ley adopta el concepto de terrorismo según la interpretación del régimen, y criminaliza por tanto a un amplio sector de su oposición política, sus allegados y sus conocidos y permite arrebatarles sus propiedades inmobiliarias.

Después, llegó el decreto legislativo 19/2015, que permite a los consejos de administración local la creación de holdings de sociedades anónimas privadas, que gestionan las propiedades de los consejos inmobiliarios sin impuestos. De conformidad con esta ley, se fundó en 2016 la sociedad anónima Dimashq al-Sham, con un valor de 60 mil millones de libras sirias y bajo la dirección del gobernador de Damasco, Adil al-Olabi. Dimashq al-Sham S.A. dirige hoy el proyecto Marota City por medio de varias empresas que han sido concertadas con otras, propiedad de los más famosos capitalistas de Siria, como Rami Makhluf, Samer Foz y Mazen Terzi, con un capital total de 380 mil millones de libras sirias.

Seguidamente, llegó el decreto legislativo 11/2016, que paralizó la actividad en los registros de la propiedad cerrados por la guerra, incluidos aquellos situados en las zonas fuera del control del régimen, convirtiendo toda transacción inmobiliaria en dichas zonas durante todos estos años en proyectos irregulares. Posteriormente, llegó el decreto legislativo 12/2016, que ordenaba la digitalización de los registros de la propiedad según unos requisitos procesales muy rígidos para certificar los derechos de propiedad que serían digitalizados. Ello privaba a quienes habían perdido sus escrituras bajo los escombros de sus casas o durante sus repetidos desplazamientos de su derecho a acreditar que eran propietarios. Por otra parte, dificultaba a otro gran sector de la población que no podía llegar a las instituciones del régimen el registro de sus propiedades, aunque no hubieran perdido la documentación acreditativa.

En 2018, llegó el decreto 3/2018, que obligaba a retirar los escombros de las viviendas destruidas, o las que era necesario derribar según las clasificaciones del régimen, incluidos todos sus enseres, muebles, recuerdos, restos humanos y cadáveres, también según unos trámites rígidos que dificultaban que la gente pudiera acreditar sus propiedades y protestar, o reunir sus pertenencias que yacían bajo los escombros.

El último y más complejo y problemático de todas estas leyes es la ley 10/2018, que fue modificada posteriormente por la ley 42/2018, mediante la cual, comenzaron a declararse una zona tras otra como zonas de reconstrucción a las que se sumarían todos los decretos y leyes anteriores para iniciar nuevos proyectos del estilo de Marota. La ley número 10 se considera una aplicación sistemática del decreto 66 fuera de las zonas de viviendas irregulares, dado que permite a las unidades de administración local escoger las zonas que considere oportunas para iniciar proyectos de reconstrucción según condiciones firmes de tramitación, que exigen a los propietarios de estas zonas y quienes se encuentran en régimen de alquiler acreditar sus derechos inmobiliarios. En caso de no hacerlo, dichas propiedades pasarán a ser propiedad de las unidades administrativas, que podrán disponer de ellas sin necesidad de compensación.

A simple vista, puede parecer que todas estas leyes y legislaciones no merecen todo el ruido que estamos intentando hacer en relación con ellas, pues no difieren demasiado de muchas otras legislaciones que se formulan en la mayor parte de los países, tanto en vías de desarrollo, como desarrollados, para ejecutar los proyectos de lo que se conoce como gentrificación. Dicho proceso consiste en sustituir una clase por otra “más alta” por medio de proyectos de desarrollo urbanístico neoliberal que exigen cambiar la identidad urbanística y cultural de la zona.

Sin embargo, con la situación política, social, económica y territorial en Siria, estas leyes van más allá de ser una mera estructura de trabajo para los proyectos de desarrollo urbanístico neoliberal que llevan a la gentrificación.

La estructura legislativa diseñada para organizar los proyectos de reconstrucción en Siria exigen medidas ejecutivas complejas, que requieren, en el mejor de los casos, que los concernidos se presenten personalmente ante las instituciones del régimen, o lo hagan a través de uno de sus parientes o un apoderado, para acreditar sus propiedades amenazadas, según lo estipulado en estas leyes, por medio de documentos acreditativos legales reconocidos. Todo ello en períodos de tiempo muy limitados. Esto plantea dos problemáticas principales.

La primera es que 11 millones de sirios son hoy refugiados o desplazados internos que no pueden presentarse para acreditar sus propiedades según las condiciones impuestas por razones puramente logísticas: solo el 9% de ellos tienen la documentación acreditativa oficial [17] que les faculta para personarse y acreditar sus propiedades. Además, la mayoría de los exiliados desde las zonas que salieron de control del régimen (que son las que más han sufrido la destrucción y las que estarán incluidas en mayor medida en los proyectos de reconstrucción) no podrán conseguir, casi con total seguridad, los permisos de seguridad para completar la acreditación de sus propiedades. Añádanse cientos de miles de detenidos, secuestrados y desaparecidos forzosos en las cárceles, que no podrán presentarse, ni personalmente, ni por medio de familiares o apoderados. Por tanto, la situación política y de seguridad en el país hace de todas estas leyes un medio claro para despojar a cerca de la mitad de la población de Siria de sus propiedades de forma “legal”, por puras razones logísticas.

La segunda problemática que se plantea es que todas estas leyes abordan el tema de los derechos en los proyectos de reconstrucción según el binomio irregular/regular; es decir, que parten principalmente de un concepto tradicional que no da importancia alguna a los sistemas de propiedad consuetudinarios locales al tratar el tema de los derechos de propiedad. Tan solo cerca de la mitad de las tierras sirias estaba registrada antes de la guerra, y ello sin tener en cuenta que la paralización de la actividad en una parte importante de los registros de la propiedad solo ha empeorado las cosas.

Además de todo ello, el concepto de las viviendas irregulares es espinoso en el contexto sirio, que suele evaluarse según las normas de construcción y las bases de planificación que imponen los sistemas de planificación oficiales, además del tema de los documentos de propiedad. Es decir, que una gran parte de quienes son considerados habitantes de zonas irregulares tienen en realidad documentos acreditativos de la propiedad de sus tierras, pero no necesariamente de sus viviendas, que se construyeron sin licencia o en contra de las normas de construcción y los usos de las tierras.

Desde esta perspectiva, no se puede abordar el fenómeno de las zonas irregulares y las construcciones ilegales según las políticas urbanísticas tradicionales de las instituciones oficiales de planificación en Siria, que en sí mismas, suponían un estímulo para el desarrollo de este fenómeno al ser políticas rígidas, según normas y bases que no podían amoldarse a las necesidades urbanísticas de la gente ni incluir los cambios en la situación, como el aumento de la presión demográfica y las operaciones aceleradas de urbanización. Por tanto, abordar al tema de los derechos en las operaciones de reconstrucción desde la perspectiva obtusa del concepto de viviendas irregulares privará a un amplio sector de la población de sus derechos sobre sus tierras y viviendas.

A tenor de lo comentado anteriormente, puede decirse que la estructura legislativa que el régimen ha promulgado para regular las operaciones de reconstrucción es una estructura excluyente, discriminatoria e injusta, que pretende legitimar las violaciones y prácticas urbanísticas injustas que el régimen ha realizado en múltiples matanzas urbanísticas. Y además constituye el paso más preciso en su estrategia sistemática de diseñar una Siria homogénea, basada en sus intereses políticos y económicos. La Siria en la que ganan los hombres de negocios de su red, que estrechan sus manos ante la planificación de proyectos, mientras se borra a miles de personas de los mapas y se reciclan los escombros de sus casas en acuerdos inmobiliarios que fundan una nueva geografía.

[1] La noticia está disponible en inglés aquí. 
[2] Para más información, puede consultarse este enlace, en inglés.
[3] Artículo disponible aquí, en inglés.
[4] Más sobre él aquí.
[5] Aquípuede leerse el artículo completo, en inglés.
[6] Aquípuede leerse un artículo sobre dicho proyecto, en inglés.
[7] Véase este enlacepara más información, en inglés.
[8] Véase este enlacepara más información, en inglés.
[9] Disponible aquí, en inglés.
[10] Sobre este tema puede consultarseeste artículo, en inglés.
[11] Aquípuede leerse toda la información, en inglés.
[12] Este vídeolo explica, en inglés.
[13] Aquípuede leerse más sobre el asunto, en inglés.
[14] Puede leerse esta noticiaen inglés para ampliar la información.
[15] Disponibles aquí.
[16] En su página oficial en árabepueden verse algunas de las imágenes del proyecto. 
[17] Como se puede leer aquí, en inglés.

domingo, 17 de marzo de 2019

Recuperando sin nostalgia el 2011


Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad
Fecha: 15/03/2019
A continuación, presentamos las conclusiones, notas y borrador de un comunicado que nunca terminaremos y que es resultado de una amplia reunión que un grupo de sirias y sirios, más cerca del ecuador de su vida que de su inicio, celebraron durante días. A día de hoy, la mayoría de ellos viven fuera de Siria y se dedican a cuestiones tan diversas como la actividad en organismos e instituciones de la sociedad civil, la academia, el arte, el periodismo, los estudios científicos o los oficios manuales, o bien, están desempleados. Unos y otros son completamente diferentes, pero coinciden en que 2011 fue algo más que un año: fue un año para todos los años que lo siguieron y un año de referencia para todas las revisiones de los años que lo precedieron, al menos durante su vida.


Debemos comenzar nuestro discurso disculpándonos por un par de asuntos que nos demorarán un poco y aclarando una cuestión. En primer lugar, queremos disculparnos por el caos que el lector va a encontrar en este texto, que es resultado de muchas experiencias, muy relacionadas, pero también muy divergentes. La mayoría de nosotros aún no ha podido superar la actitud de la mimosa (la planta de la vergüenza, según se la conoce en Siria) ni salir del propio caparazón tal y como hacen dichas flores, cuyas hojas se encogen y retraen al tocarlas. Por otra parte, otros hemos comenzado la etapa de tanteo del cuerpo y las ideas para asegurarnos de que siguen estando ahí, y la etapa de prospección de uno mismo y lo que le rodea, intentando descubrir dónde estamos y qué hacemos. Por último, un tercer grupo ha adoptado el papel de la vanguardia revolucionaria y ha comenzado a discutir virulentamente con los mimosos, a quienes los prospectivos comprenden, si bien los ven inútiles, quizá porque hay algo de narcisismo en ellos. Sin embargo, ¿no hay narcisismo también en la postura mimosa? ¿Dónde termina lo particular y comienza lo público en lo que respecta a las decisiones relacionadas con las fracturas y las formas de soldarlas?
Esta es una cuestión fundacional, entre muchas otras, a la que pretende responder un grupo de personas que comparten la idea de ese año fundacional, el año del todo, el año 2011.
En segundo lugar, queremos disculparnos porque no sabemos exactamente para quién escribimos este texto. A pesar de que muchos de los miembros de este grupo fundacional desarrollan su actividad en el ámbito de la sociedad civil, el periodismo, la edición y el arte, campos en que la determinación del “público objetivo” o los “interesados” es esencial para comenzar a pensar en un “proyecto”, nosotros no hemos sido capaces de pensar en la comisión como un proyecto con personas “interesadas”. Algunos de los que pertenecen a la vanguardia revolucionaria han culpado a los mimosos por su excesiva fijación con la moda del psicoanálisis, que pide a uno que escriba, que se escriba a sí mismo, que escriba sus pesadillas, sus sueños y sus ideas, las cosas que teme y las que añora, lo que ama y lo que odia, lo que le hace sentir seguro, etc.
En realidad, escribir sobre 2011 como si escribiéramos después de una sesión de psicoanálisis genera una sensación estúpida de culpa. Sí, todas nuestras sensaciones en relación a 2011 tienen el carácter propio de los sueños, las pesadillas, la esperanza, las ideas, el miedo, la añoranza, el dolor, la ternura, el amor, la seguridad y la falta de ella y todas esas cosas. Sin embargo, no estamos en una sesión de psicoanálisis en este preciso momento, con todo el respeto y la consideración hacia el psicoanálisis y todo el rechazo y la condena a quienes dudan o se ríen de él.
En definitiva, no sabemos cuál es el público objetivo de este texto. Quizá sea una generación anterior a la nuestra, que llegó a 2011 en la adolescencia o antes, y que hoy lleva el peso y las consecuencias del asedio, el exilio forzoso y el asilo, o de una vida bajo el yugo de la victoria de los tiburones del régimen y sus aliados. Quizá vaya dirigido a nuestra propia generación, los dosmilonceros y dosmilonceras, en Siria y fuera de ella, que buscan a quienes sientan una abrumadora soledad como ellos. Tal vez el público objetivo sean nuestros antiguos amigos y compañeros, a quienes les gusta vernos frustrados para confirmar que su decisión de no hacer nada, o de ponerse de parte del fuerte cuando este se alzó, fue la decisión correcta… No importa, no tenemos inconveniente en alimentar el “os lo dijimos”.
Siendo sinceros, preferimos cualquier “dicho”, aunque sea “os lo dijimos”, al silencio, como preferimos cualquier presencia molesta al deseo de borrar y eliminar, y también preferimos el caos incitador a una virtual disciplina correcta en el marco de una perspectiva histórica también teóricamente correcta. Puede que todo esto suene utópico y romántico. Lo es, y es lo que escuchamos decir a muchos en 2011, el día en que nos alegramos al ver nuestra vida patas arriba con el primer grito por la dignidad y la libertad de los sirios, en Hariqa y después en Hamidiyya [1], pasando por Daraa hasta llegar a amplias zonas de la geografía siria.
Aquí, al hablar de Daraa, debemos hacer la aclaración antes mencionada. La decisión de publicar este texto el 15 de marzo se impuso en una votación democrática celebrada en un grupo cerrado de Facebook (a pesar del mal recuerdo que tenemos con las votaciones de Facebook [2]). Esto provocó la escisión de la corriente populista de los dosmilonceros, esos que insisten en que la revolución comenzó en 18 de marzo en Daraa, y entre quienes hay una número nada desdeñable de partidarios de ningunear a la ciudad y su clase media y elevar el estatus del campo y romantizarlo. En este comunicado, nos referimos a ellos como populistas, calificativo que ellos nos han devuelto al considerar que intentábamos explotar el hecho de que el 15 de marzo era viernes y que pretendíamos con ello incitar a los sectores conservadores de la sociedad a que salieran a manifestarse desde las mezquitas tras la oración.
Chocamos un poco a la hora de elegir el nombre de la comisión también, pero no se produjeron escisiones por ello, al menos hasta el momento. Teníamos claro, con buen criterio, que había que evitar generalizar el carácter masculino, puesto que, si algo habíamos aprendido de nuestra experiencia, es que nos excedimos con mucho en la lógica de la procrastinación, y no prestamos suficiente atención a la necesidad de librar la batalla de las libertades individuales, hasta que la corriente conservadora –el imperio de la orientación por naturaleza bajo el liderazgo de los autoritarios islamistas, hubo logrado sacarnos de la foto. Por tanto, no nos valía el nombre de “Comisión de los Dosmilonceros”, sino que sería preciso llamarse “Comisión de los Dosmilonceros y las Dosmilonceras”. Puesto que era imperativo incluir una mención a la libertad, el significado último frente a todos los vicios autoritarios que han aparecido como resultado de la militarización e islamización de la revolución, se sugirió llamarlo “Comisión de los Dosmilonceros Libres y las Dosmilonceras Libres [3]”. Sin embargo, era una opción complicada por su extensión, y porque estuvimos varias horas debatiendo sobre el femenino del adjetivo “libres”, un déjàvu en el sentido más amplio de la palabra… Por cierto, querido lector, si has sentido ese déjàvu al leer la palabra “libres” en femenino y has recordado la discusión que hubo en torno a ella, eres muy probablemente un dosmiloncero: ¡únete!
Por eso, nos decantamos finalmente por “Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad”.
Uno de los compañeros de la coordinadora lo aplaudió con entusiasmo y se presentó voluntario para hacer un logo, ya que tiene experiencia en el diseño gráfico, así que prometió enviar unos bocetos unas horas después de terminar la reunión. Sin embargo, desapareció y no ha vuelto a contestar a los mensajes de Facebook. Ya han pasado diez días, diez días que apenas han afectado al mundo, la verdad.
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No sabemos si el haber escogido el término “coordinadora” significa que nos vayamos a coordinar para algo más que escribir este texto, pero se trata de una muy necesaria recuperación de esa palabra que no recordamos cuando fue la primera vez que escuchamos en el contexto sirio. Fue muy pronto en cualquier caso, y parece una palabra escogida con cuidado porque no obliga a sus integrantes a estar de acuerdo ideológicamente o en un programa, pero sí les encomienda coordinarse entre ellos para llevar a cabo las actividades de protesta sobre el terreno.
Ese fue su papel desde el comienzo, pero, si así fue, ¿por qué las coordinadoras se fueron reproduciendo y dividiéndose una y otra vez, hasta el punto de que en un pequeño pueblo había dos o tres diferentes? No parece posible buscar ahora las razones reales, pero lo cierto es que en 2011 no estábamos de acuerdo más que en la necesidad de derrocar al régimen y el “nosotros” aquí no se refiere solo a los miembros de nuestra coordinadora, sino a todos los que se rebelaron contra el régimen en 2011.
A pesar de que insistimos en que esto es un intento de volver sin nostalgia al momento 2011, algo de nostalgia nos vendrá impuesta aunque no queramos. Aquellos momentos fueron colosales: el primer grito que rompió el manto de eternidad asadiano, los primeros valientes rompiendo las fotos y destrozando las estatuas de Asad, las miles de personas, en masa, que se lanzaron a las calles y callejones a gritar por la libertad, exigiendo derrocar al régimen y ofreciendo sus caras almas en el altar de la liberación. Ese momento fue fundacional para tomar conciencia de que lo que parece imposible ahora puede protagonizar la escena mañana. Esta es una lección que no debemos olvidar.
Muchos de nuestros amigos dicen que a día de hoy son incapaces de ver el vídeo completo de una manifestación carnavalesca de 2011 y algunos de los miembros de esta coordinadora dicen que sus manos tiemblan y se les sale el corazón al hacerlo, pues se les vienen a la mente los ríos de sangre y las montones de escombro que han seguido a esas imágenes. Además, les sobreviene un sentimiento abrumador de desesperación, pues ¿qué otra cosa puede hacer un pueblo si no es eso para obtener su derecho a decidir su destino?
Algunos de nosotros echamos un ojo a ese tipo de vídeos de vez en cuando, como sin darnos cuenta, intentando engañarnos. Uno de nuestros compañeros ha reconocido que el peor ataque de pánico que sufrió fue cuando continuó viendo el vídeo de una manifestación enorme en el barrio damasceno del Midan. Él mismo había participado en esa manifestación y la recordaba punto por punto, pero al ver el vídeo desde el lejano exilio, casi se desmaya.
No obstante, dejemos a un lado la nostalgia: ¿puede esa memoria convertirse en una dura e insoportable carga porque remite a un tiempo irrecuperable, o porque es un recordatorio continuo de que lo que hicieron las masas entonces se les ha vuelto en contra en forma de flagelos, muerte, destrucción y colapso, y porque nosotros, los que nos hemos salvado, nos hemos salvado mientras que otros han muerto?
Luchar contra sentimientos como estos no es poca cosa, porque lo que se nos dice directa e indirectamente es que la gran tragedia en Siria la han provocado los propios sirios que salieron a las calles en rebeldía contra el régimen en su país. Posteriormente, llegó la derrota material de su rebeldía, que dio paso a la destrucción del país y su anexión, por partes, a países regionales y potencias internacionales. Todo a nuestro alrededor dice: habéis provocado la destrucción de vuestro país y de la vida de sus gentes para nada.
Hay una respuesta teórica a esto, que no precisa de mucha inteligencia, y es que quien ha convertido el país en un escenario de guerra es el régimen y no sus adversarios, y que negar esto u obviarlo es una forma de decadencia imperdonable. Sin embargo, la cuestión no es teórica, sino que se relaciona con la discusión sobre la manera de superar el sentimiento abrumador de amargura cuando las imágenes de 2011 vienen a la mente de la forma que sea.
Cuando los miembros de nuestra coordinadora deliberaron sobre ello, fue preciso realizar un experimento científico. Y este experimento científico, en contraposición directa al peso de la memoria, dice que esos momentos sirvieron como fuente de dolor y fractura, pero también como fuente inagotable de energía renovable, en cuyo centro está el hecho de que lo que es imposible puede volverse realidad, y que los instantes incendiarios de gloria, los instantes en que el fuego nos abraza, por decirlo de alguna manera, son los instantes más creativos e innovadores en la historia de la humanidad.
Existe una herencia combativa inagotable en el año 2011, y no vemos otra forma de superar la amargura de la memoria relacionada con ello que enfrentarnos a ella y combatirla con todo el amor que podamos, pensar en profundidad sobre ella, mirándola fijamente, sin medias tintas y sin sentirnos culpables, y que ello nos impulse a trabajar y no a encerrarnos en nosotros mismos. Y si es preciso echar alguna culpa, que sirva como acicate de la búsqueda de justicia, no de un victimismo que, de rendirnos a él, no genera más que rencor hacia la justicia.
Si no hay más remedio que pedir perdón a alguien, que sea a nosotros mismos y a nuestros seres queridos, ausentes y presentes, por los errores que hemos cometido en nuestros esfuerzos por lograr aquello en lo que creímos y seguimos creyendo, pero nunca de los criminales, sus aliados, sus seres queridos, sus clientes y sus apologistas. Por encima de la memoria de de nuestra lucha contra ellos en 2011, guardamos el recuerdo del miedo que pasaron, mucho miedo. Y por encima del recuerdo del pasado, conservamos, y conservaremos siempre, la esperanza de volver a verlos pasar miedo.
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Algunos miembros de la Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad estaban fuera de Siria el 15 de marzo de 2011, y no han vuelto a ella aún. No han vuelto en cuerpo, pues ese día, o poco después, se decidieron y expresaron abiertamente posturas que hicieron imposible que volvieran a su país de forma legal mientras no cayera el régimen. Sin embargo, sí han vuelto con el corazón y la mente después de que su gradual separación del país terminara gobernando su vida. Así, unieron su destino particular al destino de su país, habiendo aprendido durante largos años que lo más útil y sensato era realizar un esfuerzo personal frenético por liberarse de su injusticia y retraso. Algunos de nosotros pensábamos que el “éxito”, la “integración”,  la “civilización” y la “urbanización” significaban para nosotros, los que habíamos salido hacía poco del pobre y desconocido país llamado Siria, superar nuestra “sirianidad” y olvidarla, alejarnos de la mayoría de sirios que nos encontráramos porque, tal y como nos había advertido nuestra familia, probablemente pertenecían al mujabarat o “la brigada de los informes”[4]. Por supuesto que añorábamos, pero a nuestras comunidades locales y aquellos con quienes manteníamos lazos personales. Nuestras ciudades y pueblos eran nuestras patrias, y si adoptábamos alguna postura política, era a favor de Palestina o Iraq. Siria no era más que una metáfora del instructor de abusones, el agente del mujabarat, las embajadas terroríficas y las estructuras del estado.
Todo esto cambió con el primer mártir que cayó en Daraa. Muchos de nosotros, los “de fuera” recordamos claramente dónde estábamos cuando escuchamos las noticias, qué hora era, qué estábamos haciendo y cómo en unas pocas horas toda nuestra vida entera se desequilibró. Recordamos perfectamente los nombres de las localidades que solo los habitantes de los alrededores conocían, y que rápidamente se volvieron cercanas y extremadamente familiares: Sanamein, Ingil, Dael, Jasim. Recordamos cómo descubrimos con los primeros vídeos de las manifestaciones que llegaban a través de Youtube que había sirios que no tenían ningún parentesco con nosotros y a los que no conocíamos, pero que no se dedicaban a escribir informes de seguridad. Recordamos cómo el exterior civilizado nos pareció, con las primeras fotos de los mártires, insulso, absurdo e insignificante, y cómo nuestra olvidada Siria se volvió familiar, grandiosa y épica.
¿Si aplicamos un pensamiento crítico, debemos sacudir la cabeza con vergüenza y sorna al recordar esos instantes? Tal vez sintamos algo de eso cuando volvemos a leer nuestras publicaciones en Facebook y vemos la seriedad y rigor con los que hablábamos de “exigencias revolucionarias”, “el interés último”, “la principal contradicción y las contradicciones secundarias” y la “necesidad de unificar a la oposición”, pero no sentimos ni vergüenza ni ganas de reírnos cuando recordamos las manifestaciones y a los mártires, o cuando recuperamos un poco de la valentía y heroicidad que vimos y que nos convirtió en personas nuevas. Tampoco lo sentimos cuando pensamos en el significado de que el ser humano, motu propio, ponga todos sus problemas individuales a un lado por un instante general fugaz, mostrando lo mejor y más bello del género humano. No sentimos vergüenza ni ganas de reírnos, sino orgullo y agradecimiento.
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Algunos de nosotros no hemos podido aceptar el exilio más que con el pretexto de la masacre. Uno de nuestros exiliados en París dice, por ejemplo, que siente cierta familiaridad, sin constricción ni nervios, cuando camina por las calles que presenciaron las masacres durante la comuna de París. La masacre es “el nervio vago”, si utilizamos el lenguaje médico, ese nervio que une el cerebro con el estómago y los intestinos, pasando por el hígado. 2011 fue un momento excepcional que prometió liberar al nervio vago de la masacre. 2011 fue un momento excepcional en que nos liberamos de nuestra connivencia con la familia Asad para que nos utilizara los unos contra otros y nos matáramos entre nosotros cuando no lo hacían ellos mismos. La mayoría de quienes nos hemos formado en la salvación, estábamos en la treintena o cerca, lo que significa que los ochenta en Siria habían sembrado en nuestro ADN una masacre de la que debíamos salvarnos. Hacer todo lo posible para salvarse es una cuestión siria y el momento de 2011 fue un instante único en que nos quisimos liberar colectivamente.
Algunos de nosotros aseguramos que no salimos de nuestro aislamiento y cerrazón en nuestro círculo social hasta las primeras manifestaciones en Siria. Esa euforia no era solo política, sino que era el éxtasis de la apertura a una identidad colectiva, de rasgos indeterminados, como identidad siria.
Los nombres de los viernes eran muy importantes para nosotros. Durante el “Viernes Santo” de abril de 2011, algunas manifestaciones en Damasco vieron caer muchos mártires que intentaban llegar a la plaza de los Abbasíes, imitando la ocupación de plazas públicas en Túnez o El Cairo. Después, nos olvidamos del tema de las plazas públicas: otra castración para nosotros como sirios. Las plazas públicas no nos pertenecían. Ese mismo abril, la plaza del reloj de Homs presenció una masacre. La castración en Siria se realiza por medio de la masacre. La masacre es el medio y el fin.
A principios de 2011 nos interesaban los analistas políticos sirios que salían en los canales “tendenciosos” hablando de la intifada siria, pero después dejó de interesarnos.
Algunos de nosotros afirmamos que nunca fuimos un revolucionario de libro ni hicimos justicia a lo que la palabra sugiere, pero sí sabemos una cosa, y es que el régimen de la familia Asad ha “hecho jirones” nuestra vida, en el sentido más personal de la vida, y también que odiamos a ese régimen. “Hacer jirones” significa malgastar una tela cortándola sin cuidado ni medida. El régimen de la familia Asad ha hecho jirones nuestras vidas, y el momento de 2011 fue un instante en el que conservar la utilidad de una parte de la tela.
Y hablando de los “revolucionarios” que tal vez no lo sean en la medida en que deberían, no debemos olvidar la expresión que empezamos a escuchar con profusión a finales de 2011: “los revolucionarios de Facebook”. Es complicado establecer una fecha para el nacimiento de este concepto en el contexto sirio, pero está ligado a los primeros momentos de estancamiento, cuando todo parecía no marchar como debiera. Cuando eso sucede, cuando la factura de sangre aumenta sin horizonte de salvación y cuando el conflicto se alarga más de lo que imaginábamos, aumenta la rivalidad por la legitimidad y el derecho a tomar decisiones.
Hay quienes han luchado sobre el terreno y quienes no, y esos últimos son, según los primeros, los revolucionarios de Facebook. La palabra en sí lleva una carga de rencor y de arrebato de la derecho a hablar, pues debes constatar qué has ofrecido sobre el terreno antes de gozar del derecho a rechazar la islamización o la militarización, o a sugerir cosas que ves que dibujan los márgenes de una trayectoria mejor. Y puesto que la acusación de revolución de Facebook se hacía a través de Facebook y que esta espada la utilizaban personas que escribían en Facebook contra otros que también lo hacían, ya no es posible saber dónde empieza y termina el asunto.
De esta acusación se han derivado muchas otras, todas incluidas en el contexto de las subastas sobre quién ha hecho esto y quién aquello, y sobre quién tiene derecho a decir esto y quién no. ¿Acaso podremos olvidar a uno de los hijos legítimos de la expresión “revolucionarios de Facebook” más graciosos cuando dijo: “Constituid la brigada Guevara antes de hablar”? Esta expresión nos sigue persiguiendo a veces, lanzada como una maldición contra quien critica el comportamiento de las brigadas islamistas desde posturas que parecen laicas.
Desde muy temprano, los revolucionarios se pelearon por el derecho y la legitimidad para hablar. Posteriormente, con los tortuosos derroteros por los que todos hemos transitado, la multiplicación de las formas de morir, las pérdidas, los exilios forzosos y la negación y con la variedad de posicionamientos y alineamientos y su confrontación, todo sirio quedó expuesto a ser acusado de algo que le arrebatara el derecho a hablar, hasta que solo los muertos tuvieron legitimidad para ello.
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Algunos miembros de esta coordinadora no tenían ni siquiera cuentas de Facebook cuando Zine El Abidin Ben Ali huyó de Túnez, pero todos nos volvimos facebookeros cuando los egipcios vivían sus días gloriosos en la plaza de Tahrir. Uno de nosotros dice que un chiste egipcio le empujó a hacerse una cuenta de Facebook, pues en él un egipcio definía Facebook como “el medio que utilizan los que cambiarán al presidente”.
Hoy sabemos que Facebook no fue “el medio” correcto para cambiar al presidente, pero fue adecuado para hacer muchas cosas. Facebook fue un nuevo mundo que se abría ante los muchos sirios en 2011, un mundo para hablar y expresarse, un mundo para la revolución, la solidaridad y la adopción de posturas. Muchos tal vez han pensado que las redes sociales, por el hecho de ser un mundo abierto que permitía intercambiar ideas y noticias rápidamente, y que evitaría la masacre o al menos disminuiría la capacidad de quienes la cometieran de recoger sus frutos, serían un espacio para intercambiar ideas y construir espacios comunes de acción, palabra e influencia.
Eso no sucedió. La masacre se produjo y el mundo pudo ver sus capítulos en Facebook. Muchos de los espacios de Facebook se transformaron en espacios de enemistad, exclusión y acumulación de malos entendidos, pero esto no borra la realidad de que se convirtió en un mundo alternativo para comunicarse en lo que respecta a los sirios desperdigados por todo el mundo. En la medida en que muchos de nosotros recibimos bofetadas, rencor y dolor a través de Facebook, también recibimos muchísima solidaridad, apoyo, amistades y conocimiento.
Las cosas no salieron como debían, ni en Facebook ni en ningún otro sitio, pero la expresión “las cosas no salieron como debían”, que ya ha aparecido dos o tres veces en este texto, es una expresión que hay que examinar con detenimiento.
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¿Cómo tenían que haber salido las cosas?
En este texto, lo que se quería decir con esa expresión es que se esperaba que la revolución cambiara el régimen establecido sin destruir el país ni exterminar a amplios sectores de su gente, y que la revolución fuera el camino a una vida mejor. Sin embargo, otra vez cabe preguntar qué es una “vida mejor”.
Este tipo de preguntas abrirán las puertas a diálogos, reproches y respuestas interminables, pero aprovecharemos esta ocasión para decir algo a quienes saben con total confianza cómo deben salir las cosas, esos que están encantados de conocerse, y que son los únicos que conocen la verdad y la llevan como una espada que blandir al azar.
Los encontraréis en muchos sitios, especialmente en Facebook, donde suelen concluir sus comentarios con expresiones del tipo: “y ya está”. De sus palabras emana la pus del autoritarismo, el uso de la violencia y la reprensión. No se cansan de entrar en todas las discusiones y conversaciones, destruyendo todo espacio público de debate, y aparecen siempre para acusar a los demás bien de idiotas, bien de traidores, pues ellos conocen la verdad y, si dices algo diferente de su verdad, solo puede deberse a dos cosas: que seas un ignorante o un connivente. En el caso de los islamistas, se añade otra acusación tras la que nada se puede decir: ser un infiel que ha abandonado la senda de Dios.
Todos esos adoptan múltiples posturas, en ocasiones contradictorias, y pueden ser tanto partidarios del régimen, como de sus rivales, o algo intermedio. También pueden ser islamistas o laicos, izquierdistas o liberales, pero comparten varias características: adoran a los fuertes poderosos, inventan formas de excusarlos, atacan los puntos débiles personales, muy personales, de otros, caen en maximalismos en nombre de la patria, la religión, los mártires o lo que sea, o incluso todas estas cosas juntas. Esto es así hasta el punto de que muchos de ellos llegan a perder toda conciencia, que es la que hace que nos censuremos, pero ¿cómo se va a censurar quien conoce toda la verdad?
Algunos de nosotros odiamos a esos verdugos simbólicos en la misma medida en que odiamos a Bashar al-Asad.
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¿Y ahora qué?
Seamos sinceros: a la mayoría de nosotros nos disgusta nuestra situación actual, pero todos estamos de acuerdo en que es bueno que sigamos siendo capaces de amar muchas cosas y a muchas personas. En el fondo, pensamos, nos queremos unos a otros, o al menos, amamos ese gigantesco momento que nos unió, nuestras esperanzas, nuestras sorpresas y nuestras reacciones. Tal vez los que son refugiados de entre nosotros eviten el encuentro, porque este exige una energía capaz de asumir el reflejo de muchos momentos pasados en el presente, y quizá no hacemos lo suficiente para estar juntos, o puede incluso que seamos demasiado categóricos y duros unos con otros. ¿Por qué? En realidad, en la mayoría de ocasiones se debe a que somos categóricos y duros con nosotros mismos, y lo somos porque somos, sin orgullo, más “ecuánimes” que quienes nos precedieron en la historia contemporánea de Siria.
La mayoría de nosotros hoy se observa y mira a su alrededor. Quiere cerciorarse del lugar y el tiempo y de lo que ha sucedido. Hay una búsqueda continua de tierra firme en un territorio de asilo que ofrece muchas posibilidades, posibilidades tan importantes como frías, tanto como un balaústre de hierro en el amanecer de un día de nieve.
A veces nos fijamos en nuestras familias a las que hemos dejado en el país y no nos creemos que todo este horror nos haya acaecido a nosotros y a ellos. Leemos la destrucción a veces en sus dientes deteriorados, sus profundas arrugas, la escoliosis de sus espaldas cansadas, la dificultad de sus vidas y días, que ya no superan en número a las pastillas que toman y el miedo que ha regresado, un miedo que nos dicen que había desaparecido en 2011. Los miramos fijamente y no nos lo creemos. “¡Fíjate en lo infame!” ¿Hay algo más terrible que el hecho de que el devenir de un país gobierne el devenir de tu vida? Nuestros cuerpos también, o los de algunos de nosotros, han comenzado a encorvarse.
Un escritor del siglo XX, da igual su nombre, se suicidó veinte años después de salir de las cárceles nazis cuando los dedos de sus pies y los huesos de sus caderas comenzaron a cambiar. La vejez es una llamada a la tortura en la memoria como dice X. Nos fijamos juntos en lo que conocimos y experimentamos juntos, e intentamos decir algo, lo que sea, para alimentar una conversación. Nada.
¿Logrará este régimen volver a imponer el reino del silencio también fuera de sus fronteras? Intentamos decir algo a nuestras familias que han pasado sus vidas anhelando la felicidad. Ah, es cierto, la espera es para los sirios una experiencia propia que en nada se parece a la espera. La espera y la elaboración de planes alternativos para todo… “¿Pondrás las acelgas con las habas en la sartén? ¿Qué sabes de Fulanito? Se marchó. ¿Y Menganito? Ha muerto.” Silencio. Nada en absoluto. ¿Qué podemos decir? En 2011 teníamos muchas cosas que decir.
Tomamos conciencia del hecho de que estamos a salvo, una situación dolorosa. Cargamos con ello como el joven que sustrae una prenda valiosa de su padre o su hermano mayor para engalanarse, pero tiene miedo de que se manche o arrugue y, al mismo tiempo, no se siente del todo cómodo en ella. Nuestro estar a salvo no es solo nuestro, pues en esa situación hay muchos fragmentos de las salvaciones perdidas de los mártires, los detenidos, los desaparecidos, los destrozados, los arrebatados y otros. ¿Qué hacemos con esos espacios de nuestra salvación que son en realidad propiedad de ellos? ¿Debemos conservarlos en un lugar seguro fuera de la vista de los demás o debemos escribir sobre ellos en los periódicos, como esos anuncios breves de personas que han encontrado un carné de identidad, un pasaporte o documentos a nombre de Fulano, que debe ir a la comisaría a recuperarlos?
Cuando observamos nuestro mundo, observamos la geografía que se ha vuelto, a pesar de Facebook, WhatsApp y Skype, una red de muros en cuyo interior se bombardea de un espacio a otro. Como suele decirse, hay un elefante en la habitación, un escollo del que nadie habla, una precaución silenciosa, entre quienes se ha quedado en Siria en zonas que hoy domina el régimen, las zonas de mayor concentración asadiana, y entre quienes han salido de esas zonas y están en otro lugar del mundo, zonas menos asadianas. En realidad, nos falta comunicación e intercambio de ideas y sensaciones para llegar al resultado de que sentimos las mismas cosas en diferentes ámbitos y en diferentes grados de crudeza y peligro, claro. Sin embargo, hay momentos en los que los sentimientos se aúnan y nos devuelven al punto inicial: algunos refugiados de entre nosotros siguen necesitando renovar su pasaporte y les recorren distintas formas de escalofrío al verse frente a la imagen de Bashar al-Asad a la entrada o en el interior del consulado sirio. Cuando cuentan eso, algunos de nosotros en el interior decimos: ¿sabes lo que significa vivir en 2019 en un consulado permanente, un consulado más atroz, un consulado “no diplomático”?
“El elefante en la habitación” es la imagen de Bashar al-Asad.
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Igual que no sabemos aún con certeza cómo tratar con nuestra salvación, que no es solo nuestra, seguimos en la etapa de descubrimiento de cómo tratar con 2011. El gran año. El año del todo. Uno de nosotros dijo que 2011 es la herida de la que nacimos, y estaba convencido de que era una definición grandiosa, hasta que algunos de nuestros compañeros empezaron a reírse de él. Se produjo una cierta tensión en ese momento, pero la conversación discurría en un ambiente de familiaridad y cariño.
Sabemos que no queremos que 2011 sea un lema o el “aniversario del inicio” al que volver periódicamente cada año del mismo modo que Facebook te muestra los recuerdos de “un día como hoy”. Queremos coger 2011, estudiarlo, desmembrarlo y volver a ordenarlo, quitarle el polvo y cubrirlo para que no se enfríe. Queremos verlo y ver las partes de nosotros mismos que se han quedado en él, hablarle, escucharlo, y reírnos y llorar juntos.
Queremos defender 2011 frente a sus verdugos, los simbólicos y los reales.
Ese grandioso año, el año del todo, es uno de nosotros. Lo queremos, seguimos sus noticias, nos preocupamos por saber que está bien, que su situación es aceptable cuando vive en el interior de Siria, que ha aprendido un nuevo idioma y que ha encontrado trabajo en su exilio como refugiado. Quizá no tengamos energía para encontrarnos con él a menudo, pero queremos que esté bien. 2011 es nosotros, es los mártires, los detenidos y los desaparecidos de nuestra familia y amigos. No es nuestro pasado, sino nuestro futuro. Nuestro presente se basa en que defendamos ese pasado, en que libremos batallas por él, en que lo miremos largamente, en que lo interroguemos, que nos riamos de él, que discrepemos con él, y que rivalicemos con él por un tiempo antes de reconciliarnos. Es nosotros, el “nosotros” que no puede más que ser extremadamente tierno con él.
2011 es lo que ha sucedido, y lo que ha sucedido es nuestra identidad. Nuestra identidad es el conjunto de la memoria de quienes partieron y nuestra dignidad, la de los que todavía estamos aquí. El resto son detalles
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Viva Siria y abajo Bashar al-Asad.

[1] Zocos de la ciudad de Damasco donde se produjeron las primeras manifestaciones en 2011.
[2] En 2011 y 2012 sobre todo, se votaban en Facebook los nombres que se darían a los viernes en los que se producían la mayor parte de las manifestaciones; sin embargo, hubo desacuerdo en algunas ocasiones y, de hecho, en algunos casos no se respetó el resultado mayoritario, siendo elegida la opción favorecida por los administradores de la página.
[3] Para el femenino se plantean dos opciones: Hurrat y hara’ir. El primero es un plural femenino del adjetivo “libre”, libre de connotaciones, mientras que el segundo tiene connotaciones religiosas que, en su momento, al dedicarse un viernes a las hara’ir dio pie a todo un debate sobre la idoneidad de terminología islámica.
[4] El mujabarat es el servicio secreto. El asunto de los informes remite al hecho de que el mujabarat se nutría de los informes realizados por colaboradores civiles reclutados para tal fin.