Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.

Recibe las traducciones por correo y síguenos en Twitter @traduccionsiria

lunes, 19 de octubre de 2020

Siria, la olvidada

Texto original: Al-Quds al-Arabi

Autor: Ziad Majed

Fecha: 17/10/2020




A principios del presente año, múltiples sucesos dejaron la cuestión siria en un plano secundario en los ámbitos mediático y político en Europa occidental y Estados Unidos. Las crisis sanitaria, económica y social derivadas de la propagación del coronavirus y el intenso y continuo seguimiento diario de la pandemia, por una parte y, por otra, la sucesión de acontecimientos en Oriente Medio y África –en Iraq y Libia, después en Líbano, y antes de ello en Argelia y Sudán–, junto con las noticias de la normalización de las relaciones de Emiratos Árabes Unidos y Bahréin con Israel, han alejado a Siria de los “radares” de la cobertura y de los observatorios de aquellos asuntos que afectan a la región. Así, el conflicto en Siria y por Siria es hoy una “lucha” alejada ya del interés que suscitaba en muchos ámbitos periodísticos y políticos anteriormente. Si no fuera por algunas conversaciones dispersas y los escasos artículos que abordan el fenómeno de los mercenarios sirios que luchan en Libia y la nueva guerra que ha estallado entre los azeríes y los armenios en Nagorno Karabaj, podría decirse que recordar la cuestión siria ha pasado a ser algo que compete exclusivamente a algunos activistas que siguen la cuestión en las redes sociales y unos cuantos investigadores cuyo campo de especialización sigue siendo ese país.

Es muy probable que la situación siga siendo así durante un período nada desdeñable, dado que la atención hoy se centra en las elecciones estadounidenses, su posible resultado y los escenarios que puedan derivarse de ello, y, por otra parte, en los acontecimientos en la frontera de Europa oriental con Rusia.

No obstante, existen otras causas que explican la alienación “occidental” (y la árabe e internacional) respecto de la cuestión siria, que no siempre obedecen a prioridades: determinadas noticias y crisis apartan de la observación y el análisis las cuestiones relativas a Idleb, los y las detenidas y desaparecidas desde hace varios años y los escenarios en el sur, el este y el nordeste del país.

Que el conflicto sirio haya salido de su marco nacional, que las ocupaciones extranjeras se enfrenten por sacar provecho de la geografía siria y que se haya reducido el ritmo de los bombardeos y las operaciones militares suponen que hablar hoy de la revolución y el régimen, de la oposición y los partidarios de Asad y de las matanzas y violaciones sea como volver a poner un disco demasiadas veces reproducido entre 2011 y 2018 y que ya no interesa al público, independientemente de la calidad del contenido y lo actual que sea.

Del mismo modo, la intervención rusa, que modificó radicalmente los equilibrios de fuerzas a favor del régimen, después de que Irán (y la inacción árabe y occidental) hubiera logrado salvarlo y garantizar sus rutas aéreas y terrestres de suministro, creó una situación que llevó a los líderes y políticos de los distintos Estados, así como la mayoría de medios de comunicación de esos mismos países a considerar dicha situación como el hecho más firme, claro e inextricable al mismo tiempo. Para aquellos de entre ellos que son partidarios de Moscú, ¿qué puede hacerse contra este país al margen de las sanciones que evitan que pueda imponer una solución definitiva que refleje su superioridad militar? ¿Qué puede añadirse a lo que ya se ha dicho, repetido y fotografiado en la cobertura de esta tragedia humana desde hace años salvo señalar, de vez en cuando, que el coronavirus ha avanzado aquí o allá o poner de manifiesto un nuevo crimen cometido por la artillería o la aviación en tal o cual municipio? ¿Cómo se puede investigar alguna novedad que afecte a las políticas estadounidenses, turcas e iraníes (e israelíes) en relación con Siria cuando ya se ha dicho todo miles de veces y los hechos y su contexto se han repetido tanto que aburren a la mayoría de quienes están al tanto? ¿Se puede, a través de la denominada Comisión Constituyente, ofrecer algo nuevo sobre la trayectoria política y sus negociaciones olvidadas incluso por quienes debatieron sobre la conformación de las delegaciones y los preparativos para ello?

Todas estas consideraciones y dudas nos llevan, de ser así, a buscar vías para recuperar la presencia de la cuestión siria en los ámbitos político y mediático y evitar que las causas que representa desaparezcan del debate público, pero esto no será nada fácil. El desinterés por la cuestión siria, tras años planteándola, centrándose en ella y expresando opiniones contrarias en relación con la misma, el factor tiempo y el cambio de los rostros del conflicto, así como la división de las lealtades y las alianzas y el hecho de que la violencia sobrepasara desde el inicio los límites de la atrocidad que puede imaginar una mente, sin dar tregua a los traumas y la estupefacción, añade a las prioridades que hemos indicado crisis y “coberturas” mediáticas que no dejan mucho margen para influir en una opinión pública que se siente impotente y piensa que toda movilización es inútil, sobre todo, tras la caída de Alepo a finales de 2016, como consecuencia de los ataques de la maquinaria de guerra rusa. El hablar de negociaciones, trayectorias políticas y nombramientos de enviados de Naciones Unidas ha conducido a iniciativas poco claras y que han desvirtuado las responsabilidades internacionales, descargando a las comisiones y organismos occidentales del peso de un “expediente” espinoso en el que es difícil meterse de lleno o en cuyos acontecimientos es difícil influir directamente sin tener en cuenta que pueden darse los “peores” escenarios posibles, como se suele repetir.

No hay duda de que el repliegue de las organizaciones sirias, la reducción de los actos en los que han participado algunas de ellas en las capitales europeas durante un tiempo, la desaparición de las organizaciones opositoras oficiales y su discurso político y mediático y la transformación de la mayoría de ellas en portavoces de actores regionales enfrentados entre sí han empeorado esta ausencia siria. A pesar de que han comenzado algunos juicios en Alemania y Francia y que se han emitido órdenes de detención contra responsables del régimen sirio gracias al trabajo de asociaciones e individuos sirios, y a pesar de los esfuerzos judiciales en otros países para juzgar a los criminales de guerra, el desinterés se ha mantenido prácticamente en los mismos niveles. 

Todo ello supone que hoy es necesario proponer iniciativas y reanudar las campañas que vuelvan a situar la cuestión siria en el foco, y aprovechar las experiencias anteriores para recordar que abandonar Siria como escenario de muerte y de inmunidad de los asesinos durante años provocará, además de una profunda injusticia y una serie de violaciones ya conocidas, cambios en Oriente Medio y en todo el mundo: desde el hecho de que Al-Qaeda y Daesh explotan de la tragedia de los sirios y se afanan en utilizar las injusticias para atraer a jóvenes y convertirlos en yihadistas, hasta las crisis y sufrimiento de los refugiados, y las decisiones, disputas y explotación racistas que se han producido en relación con ese tema en todas partes. Además está el avance de Rusia frente al retroceso occidental en Siria y cómo lo ha aprovechado para avanzar en muchos otros frentes, o el fracaso político en el comportamiento internacional con Irán, que se expande por Iraq, Siria y Líbano, o las tensiones europeas con Turquía y el aumento de la injerencia de esta última en guerras de las que también sacan beneficio Estados (como Emiratos y Arabia Saudí) que buscan desempeñar “papeles relevantes” mientras los conflictos se mantengan abiertos y la impotencia occidental y de Naciones Unidas siga siendo patente a la hora de abordarlos. Por todo ello, se han producido múltiples mutaciones en los últimos años y no cabe duda de que Siria sigue siendo una de las causas más destacadas de ello.

Nada impide que se produzcan nuevas y peligrosas mutaciones a raíz de las anteriores, ni puede descartarse que se reanuden los episodios de asesinatos que devuelvan la cuestión de los refugiados al contexto de las tensiones y los chantajes, y que quienes habían olvidado a Siria recuerden que sigue produciéndose una matanza intermitente en ella.

Por todo lo que se ha dicho, por otras muchas cuestiones, por el recuerdo de las decenas de miles de detenidos y desaparecidos y por el hecho de que debe insistirse en que mantener a los criminales en el gobierno no pondrá fin al conflicto ni devolverá la estabilidad, incluso aunque el mundo olvidara las fosas comunes y la destrucción de casas, debe reanudarse la actividad y ampliar sus horizontes para impedir que el olvido, en un mundo en que los medios desempeñan una función determinante a la hora de provocar reacciones y generar causas que defender, se trague a Siria definitivamente.


martes, 24 de marzo de 2020

El 18 de brumario de Bashar al-Asad

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Alguien de 36
Fecha: 19/03/2020


Querido o querida…
No sé de ti, de vosotros, más que dos cosas: que tienes 18 años y que eres sirio o siria. En realidad, la cuestión no es que solo conozca dos cosas de aquellos a quienes dirijo mi carta, sino que esta carta va dirigida a quienes cumplen las dos condiciones anteriores: sirios y sirias nacidos al inicio del milenio. En cuanto a mí, presentarme no es ahora mismo más importante que presentar a aquellos a quienes me dirijo. Tengo unos 36 años y soy sirio o siria, o ambas cosas. A fin de reducir los pronombres, pongamos que soy un sirio que ha superado ligeramente la mitad de la treintena y que escribe una carta a una siria de dieciocho años.
Así pues, querida…
Te escribo hoy después de pensar largo y tendido en ti, cuando ves, lees y escuchas estos días, con permiso del coronavirus, a personas de mi edad, unos años arriba o abajo, hablar del aniversario de la revolución siria. Por favor, no te disgustes demasiado si no sabemos si fue el 15 o el 18 de marzo… No es exactamente que no lo sepamos, es que es una cuestión complicada. Tal vez escuches otras denominaciones, como “los hechos” o incluso “la guerra”. Tal vez oigas la palabra “conspiración” también, pero no voy a entrar en el tema de los nombres posteriores, pues el objetivo de esta carta es hablar del primero: la revolución siria, eso que empezó cuando tenías unos nueve años. Durante estos últimos días, he estado pensando en los que tienen tu edad o son ligeramente más jóvenes o mayores, que viven en las zonas controladas por el régimen y en las distintas regiones que han escapado a su control y están ahora bajo dominio de grupos diferentes; o bien que viven en los países lejanos o cercanos de la diáspora, y no comprenden qué “conmemoración” es esta o de qué revolución hablamos. ¿Qué ha traído de bueno consigo lo sucedido desde 2011 hasta hoy para que algunos de nosotros celebremos esa revolución, aferrándonos a nuestros símbolos, significados, recuerdos y sacrificios? Tal vez escuches estos días entre tus conocidos, cuando recuerden el entusiasmo de las primeras manifestaciones y los primeros momentos en que rozamos y respiramos la libertad, cosas que te parezcan carentes de significado o pertenecientes a una jerga pasada que no significa nada y que utilizan personas que no ven “el presente” como tú lo ves, ni comprenden la realidad como la comprende tu generación.
¿Te estás aburriendo ya de leer? ¿Has considerado que estás ante un nuevo intento por parte de un nostálgico que se adentra en el mar de la mediana edad de narrar batallas cuyas consecuencias hoy son la devastación y la destrucción? En realidad no es eso lo que pretendo con esta carta. No quiero ofrecerte un discurso revolucionario sobre la necesidad de aferrarnos al inicio del levantamiento a pesar de la cantidad de escombros, restos y sangre que se han acumulado sobre él, aunque creo firmemente en ello. Escribo este texto para contar una historia algo más antigua, puesto que yo, y los que son mayores que yo, el país, su devastación e incluso tú, no nacimos en 2011, sino que ese año, en el que llegó la revolución, nació, como nació la revolución, mucho antes.
Tenía más o menos tu edad, quizá uno o dos años más, cuando murió Hafez al-Asad en el año 2000.
*****
Suele decirse, al hablar o escribir de la muerte de Hafez al-Asad, en los círculos de la oposición siria en concreto, que su muerte provocó un gran trauma porque, hasta entonces, se suponía que Hafez al-Asad no moriría. Olvídate de la retórica hiperbólica, pues no era literal. Todos sabían que Hafez al-Asad iba a morir algún día, pero la parte realista de dicha exageración era que los sirios vivían como si Hafez al-Asad fuera algo dado, algo natural. En Siria había agua, aire, tierra, plantas, animales y Hafez al-Asad. Así era, o al menos lo era para mí.
Por tanto, había muerto el Secretario General de “lo natural” y era natural también que el poder pasara a su hijo Bashar. Créeme que fue así de sencillo y natural sin tener que imaginarse nada trágico ni épico. Sin embargo, el miedo cundió a mi alrededor durante las primeras horas tras la noticia, seguido de una conversación silenciada entre quienes eran mayores que yo y de la que entendí que Hafez al-Asad no era algo natural cuando eran jóvenes. Los presidentes, por tanto, cambian y su cambio es, precisamente, algo natural. Esa fue la primera lección real de política y me la impartieron las fuerzas de la naturaleza: Hafez al-Asad había muerto y Bashar al-Asad moriría algún día.
Madeleine Albright, la Secretaria de Estado estadounidense en aquel entonces, vino a presentar sus condolencias a Bashar al-Asad por la muerte de su padre y entrevistarse con él de forma protocolaria, como si se tratara del verdadero presidente, con todo lo que ello implica claramente. Todos a mi alrededor lo interpretaron como la clave que sellaba la estabilidad del gobierno de Bashar al-Asad. Esa fue una nueva lección: todo lo que EEUU quisiera se cumpliría y el gobierno de Bashar al-Asad en Siria había recibido la bendición internacional. Hoy tengo un profundo conflicto con esas dos ideas porque en ambas subyace una simplificación muy fuerte aunque ambas parezcan pertinentes. Hoy me pregunto si Bashar al Asad necesita realmente una bendición internacional para gobernar Siria. Bien, si EEUU no hubiera estado a favor de él en su momento, ¿qué habría sucedido? Lo más probable es que nada más que algunas sanciones económicas, porque hoy sé que no había ninguna fuerza en Siria capaz de enfrentarse a él. Eso lo sé hoy, pensando en retrospectiva, pero no era consciente de ello en su momento.
Y, así, nuestro presidente pasó a llamarse Bashar al-Asad, pero el joven presidente, como se le solía llamar entonces, no se convirtió en algo natural como su padre, al menos para mí. Nuestro joven presidente fue muy bien recibido internacionalmente y pronto comenzó a hablarse de sus planes de reforma política y lucha contra la corrupción. Y junto a la bienvenida internacional que percibimos a través de los reportajes publicados en algunos periódicos que nos llegaban de Líbano y por medio de los canales por satélite, algo nuevo y maravilloso para nosotros, también se produjo un recibimiento local amplio y una apuesta en las conversaciones cotidianas por su discurso reformista y sus proyectos modernizadores.
Recuerdo una conversación de la que fui testigo muy probablemente en 2001 en la que una ex opositora de mi familia, que había estado en la cárcel por motivos políticos en los ochenta y los noventa, dijo que los opositores debían dar una oportunidad a Bashar al-Asad y dejar de cargarlo con los delitos cometidos por su padre. No recuerdo en qué contexto se produjo esta conversación, puesto que ninguno de nosotros en aquella reunión negaba o daba una oportunidad a Bashar al-Asad. Quizá estaba respondiendo a alguien en su cabeza o a los opositores que escribían en periódicos árabes o salían en los canales por satélite.
Hoy me inclino a pensar que hablaba consigo misma más que con los demás y me compadezco de ella. ¿Qué podíamos hacer nosotros, todos los sirios en aquel momento, si no hubiéramos querido darle la oportunidad a Bashar al-Asad? ¿Qué habría pasado si todos los que no estaban a favor de Hafez al-Asad hubieran insistido en cargar a su hijo con sus delitos? Habrían ardido de rabia ante la humillación del gobierno hereditario o habrían ido a la cárcel como les sucedería a muchos otros unos pocos años después de dicha humillación. Entiendo que decía aquello para no tener que enfrentarse sin armas a la humillación o a la cárcel de nuevo.
En cualquier caso, había otra opción para los sirios si no querían dar una oportunidad a Bashar al-Asad, que es por la que optaron en 2011 cuando iniciaron una revolución. Escucharás muchas cosas en los próximos días sobre la “guerra de narrativas” y que la devastación, destrucción y muerte que presenciaste en tu infancia y cuyos efectos ves hoy es lo que se hicieron los sirios a sí mismos. La realidad es que todo este perjuicio que ves es la respuesta asadiana al hecho de que los sirios se plantearan una vida distinta de “lo natural” asadiano. Revisa el archivo de 2011 y busca un poco sobre los ingentes sacrificios que miles, miles y miles de sirias y sirios ofrecieron. Compáralos con el lema “Asad o quemamos el país” y, entonces, configura tú misma tu propia “narrativa”.
Hablando de la mujer de mi familia que había sido opositora, he olvidado mencionar otra cosa que fue natural a la muerte de Hafez al-Asad: que tenía opositores y que iban a la cárcel. Volveré a este punto un poco más abajo.
Junto a las esperanzas de reforma, se habló también mucho de la vieja guardia y la nueva guardia durante los años posteriores a la muerte de Hafez al-Asad y la cuestión se resumía en que la vieja guardia, el equipo de Hafez al-Asad, era el que obstaculizada la trayectoria reformista. Me imagino que era algo así: Bashar al-Asad y su nuevo equipo querían mejorar la vida en el país y dar libertades generales, pero algunos ancianos amigos de su padre lo rechazaban y él nada podía hacer porque tenían “el aroma del difunto”. No se trata de una visión caricaturesca sino que realmente se decían cosas así entonces y eso seguramente es lo que me ha llevado posteriormente a pensar en la política de forma diferente, no limitada al debate sobre citas y equilibrios de “la lucha por Oriente Medio”, sino que incluye también el nivel de deterioro del sistema de gobierno en mi país y las causas y consecuencias de dicho deterioro.
La jerga específica sobre el maravilloso futuro que traería “el doctor Bashar” llegó poco después de la muerte de su hermano mayor y primer candidato a heredar el poder, Basel, a comienzos de 1994. En ese instante, conocimos a Bashar, que se nos presentó como un joven con cultura y educación, “que había estudiado en Occidente”, que creía en la ciencia, la apertura y el desarrollo. Bashar presidía la Sociedad Científica de Informática de Siria y se le atribuye el mérito de haber levantado la restricción inicial sobre las antenas para los canales por satélite y haber introducido internet en el país. Y, por encima de ello, era reacio, como se repetía constantemente entonces, a los elogios, la glorificación, las fotos y las pancartas.
No voy a ocultarte que hacer un repaso a la propaganda pro Bashar al-Asad en la segunda mitad de los noventa resulta hoy bastante divertido. Es gracioso ver cómo el elogio a Bashar era en realidad una forma de censura –no intencionada ni consciente- a Hafez y su era y cómo todas las características positivas que se asociaban a Bashar eran en realidad contrarias a todos los lemas que el gobierno asadiano había enarbolado, empezando por la máxima repetida hasta la saciedad, incluso hoy, de que había estudiado en Occidente y que eso, en sí mismo, ya era positivo. Independientemente de la lógica detrás de darle a la educación en Occidente un carácter positivo, ¿cómo explicamos que el propio régimen, muy baazista en aquel entonces y que se presentaba como un férreo luchador contra Occidente, fuera el mismo que impregnaba a la educación recibida por su futuro presidente en Occidente de un absoluto valor positivo y dijera que Espinoza en su tiempo había regresado tras pasar unos meses especializándose en Gran Bretaña (¿acaso Espinoza está aceptado entre las “autoridades competentes”[1]?)?
En realidad, lo que acabo de mencionar no son contradicciones con el discurso del régimen porque las contradicciones exigen pensar, analizar, descomponer y recomponer para que el ser humano las detecte y aprenda a abordarlas e incluso beneficiarse de ellas. En realidad, los asadianos no piensan mucho, por no decir que apenas lo hacen. Sé que, si tienes la paciencia y el deseo de examinar la historia y has superado el discurso del régimen sobre sí mismo y consultado el archivo de los debates y escritos de la oposición siria en aquel momento, verás se le reconocía cierto ingenio a Hafez al-Asad y su régimen, un reconocimiento que es en realidad hijo de la impotencia, pues a nadie le gusta ser aplastado por nadie y menos aún que quien aplasta sea inusualmente ingenioso. El asadismo no piensa más que en las verdaderas líneas rojas de quienes son más fuertes que ellos y cómo ser extremadamente violento con quienes son menos poderosos que ellos. Al margen de ello, te dejo aquí la explicación de un amigo al que le gusta un chiste sobre un fumador asiduo de hachís que le preguntó al sheij de la mezquita lo siguiente: “Sheij, ¿se puede rezar sin hacer la ablución?” A lo que el sheij contestó: “No se puede, es imposible”. Entonces dijo el fumador: “¿Y qué le parece si intento rezar sin hacer la ablución y resulta que sale bien?” Según mi amigo, y yo así lo creo, este chiste es útil para explicar el asadismo pues este, además de no pensar prácticamente en nada que no sea prevenir sobre el enfado real (y no mediático) de quien es más fuerte que él, no es más que un “rezo sin ablución”: sale bien, sale bien y sigue saliendo bien desde 1970 hasta ahora.
*****
Es cierto que yo era pequeño cuando murió Hafez al-Asad y que él era de las cosas naturales, pero tengo un fuerte recuerdo de la matanza y la detención política. En mi pequeño entorno, conocí a personas que habían pasado varios años de su vida en las cárceles a consecuencia de su oposición a Hafez al-Asad, pero apenas se hablaba de ellos y, si se hacía, se solía hacer de tres formas distintas. La más común era acusarlos de estúpidos y temerarios; en segundo lugar, se les acusaba de codiciar el poder; y en tercer lugar, se les glorificaba como héroes legendarios. A pesar de que en general solían mezclarse las tres cosas, la tercera era la menos presente en cualquier caso y este tema se trataba poco delante de nosotros los niños. Cuando esa familiar de la que te he hablado estaba en la cárcel, pregunté por la razón y me dijeron que alguien había robado dinero al Estado y la había acusado. Con trece años, supe que era una opositora e, independientemente de lo que se dijera de ella, toda la familia extendida fue a recibirla entusiasmada cuando salió, como si acabara de salir del vientre de la ballena.
Un compañero mío de la escuela primaria se pasó los años de colegio hablándonos de su padre “que se había marchado a EEUU”. En realidad, era un preso político al que mi amigo visitaba de forma muy esporádica según estimo y a discreción del régimen de visitas, y él sabía que lo sabíamos. Posteriormente, recuerdo a este amigo, que de hecho vive hoy en EEUU –casualidades del destino- y pienso que la connivencia entre nosotros, los niños, para mentirnos era la primera capa del asadismo con la que se pintaban nuestros cerebros y corazones. No era el pañuelo que llevábamos al cuello en el colegio, ni el fular, ni el traje de las juventudes, ni siquiera lo era la repetición del lema mañanero: esa primera capa era que aprendieras, desde niño, que debías mentir y tragarte las mentiras que te decía para “salvarte” y no sembrar el pánico en tu familia, que constituía el primer nivel de los servicios de seguridad al que te enfrentabas, y no los culparan. Esa era la primera puñalada asadiana, o el primer virus, por utilizar el lenguaje actual.
Al padre de otro compañero de la escuela lo detuvieron una madrugada en una campaña de las fuerzas de seguridad contra alguien sospechoso de simpatizar con el Baaz iraquí poco después de la invasión de Kuwait y la guerra del Golfo [2]. Él y sus hermanos llegaron llorando al colegio puesto que alguien de su familia pensó que lo mejor para esos niños era que salieran de casa poco después de la detención de su padre. Sin embargo, apenas asistieron a dos clases antes de que viniera su madre para llevárselos a ellos y sus mochilas y cambiarlos de colegio a los pocos días muy lejos de donde vivían. Quería evitarles el sufrimiento de explicar a sus compañeros o explicarse ante nadie. Nos quedamos paralizados y sentimos mucha tristeza por separarnos de nuestros compañeros de escuela y amigos de juegos. No comprendimos bien lo que sucedía. Escuchamos susurros que decían que se habían llevado al padre por “hablar de política”. Inocentemente, pensamos que lo habían detenido porque había utilizado la palabra “política” delante de “la seguridad” y, al parecer, eso no debía hacerse. Pero ninguno de nosotros pensó en ello como “correcto” o “incorrecto” ni lo evaluó con parámetros éticos, porque carecíamos de esos parámetros en nuestras familias, nuestro faro en el camino, e incluso si lo hacían entre ellos o para sus adentros, no lo iban a hacer delante de nosotros porque temían que nos pasara algo y que repitiéramos lo que escuchábamos en casa ante la persona errónea. En resumen, lo vimos como algo… Ya te he hablado de lo “natural”, ¿verdad? Algunas personas son ricas y otras son pobres, algunas viven mucho tiempo y otras mueren antes de lo que deberían por enfermedades o accidentes… Y algunas personas son detenidas.
Necesité mucho tiempo, superar la treintena y vivir la revolución para aprender la necesidad de dejar a un lado la cuestión ética o reconciliarme con el hecho de que ni siquiera existe en cualquier ámbito operacional de mi vida, comenzando por preguntarme por lo correcto o incorrecto de detener a alguien por cuestiones políticas y terminando por la ética de copiar en un examen de Bachillerato empujado o animado por mi familia y entorno social, los mismos que me habían enseñado también que no se roba. Necesité todo ese tiempo para comprender que esta era la segunda capa del asadismo que se había vertido sobre mi generación, la precedente y la posterior: no comportarme con generosidad, no sentir dignidad y no ver que mi valor como ser humano se basaba en respetarme a mí mismo y reconciliarme, en la medida de lo posible, con mi comportamiento general. En definitiva, no estar en la sociedad, sino con un “grupo de gente unido”. ¿Conoces a Ziad Rahbani [3]? ¿No? No te molestes… Otra desgracia subasadiana para nuestra generación. 
Antes mencioné la memoria de la matanza, la que hace que la gente se comporte como un equipo de interrogación de los servicios seguridad, como te dije. Hablo de la matanza de Hama [4], como la “llamábamos” cuando tenía tu edad o quizá era algo más joven. En realidad, el recuerdo de la matanza era mucho más oscuro y borroso. Los Hermanos Musulmanes habían tomado las armas contra el poder y Hafez al-Asad y su hermano Rifaat habían respondido con una gran matanza en Hama en 1982. No solo eso, sino que los que habían tomado las armas eran sunníes y los de Hafez al-Asad eran alauíes. No recuerdo bien cómo sabía esos datos ni quién los mencionó delante de mí ni cómo, pero los conocía bien cuando murió Hafez al-Asad. También sabía de forma instintiva que de eso no debía hablarse, sino que debía obviarse como si no hubiera sucedido, porque abría las puertas del infierno.
Te cuento esto en mi carta para explicarte que la matanza fue una condición fundacional en la vida de quienes conforman mi generación, a pesar de que no la presenciamos ni vivimos y apenas la mencionamos. La matanza estaba escrita en nuestra sangre y con nuestra sangre, era aquello de lo que no se hablaba, presente en todo momento; era ese tema que suponía una conversación silenciada en torno a la cual se giraba tras la muerte de Hafez al-Asad: ¿intentarán algunos sunníes vengarse? ¿Cuál será la respuesta si eso sucede? Eso fue lo máximo que pude oír de las conversaciones de los mayores en aquel entonces.
En cierto modo, lo que hicimos en 2011 fue intentar superar la matanza y la detención política como condiciones fundacionales de nuestra vida. Fracasamos, como sabes, pero lo que quiero decirte es que la matanza no es fruto del 2011, sino que quedó escrita en nuestro destino con la carne fresca y la sangre caliente mientras estábamos en los úteros de nuestras madres a comienzos de los ochenta del siglo pasado.
Nuevamente, no era consciente de ello cuando murió Hafez al-Asad. No era consciente de que la matanza estaba escrita en nuestro destino. Hoy puedo entender que la apuesta por el reformismo de Bashar al-Asad, fuera por entusiasmo y credulidad o bien una forma de seguir la corriente o simplemente buscar seguridad, venía motivada por un deseo firme de superar la matanza. Se heredó el poder sin preguntas, sin que tuviéramos la capacidad de imponer al poder que nos preguntara siquiera. Sucedió como algo “natural” y con la connivencia del mundo entero. No podemos permitirnos ni el lujo de decir que sucedió al margen de nuestra voluntad. 
*****
Antes de concluir mi carta, tengo que explicar brevemente el título: ¿por qué he elegido parafrasear al famoso texto de Karl Marx? Porque, de alguna manera, soy marxista, pero del tipo “marxista, aunque…” o “marxista, a pesar de que…” Esas variedades son atributos de mi generación y la inmediatamente anterior de “marxistas”. Deseo con todo mi corazón que tu generación se haya librado de las consecuencias de nuestros interrogantes, miedos y conflictos que no eran más que, literalmente, una tempestad en un vaso de agua. Sin embargo, debo aclarar que no pretendo compararme, ni me atrevo a ello, con Marx, del mismo modo que no pretendo comparar a Bashar al-Asad con Luis Bonaparte o a Hafez al-Asad con Napoleón Bonaparte. El “no pretendo” se extiende al hecho de que ni siquiera pretendo utilizar la introducción del famoso libro, de espíritu hegeliano, que posteriormente se convirtió en una especie de lema sobre la repetición de un suceso o personalidad histórica, una vez como tragedia y una segunda vez como farsa. Puede resultar tentador hablar de Bashar al-Asad como una farsa que llegó para repetir la tragedia de Hafez al-Asad, pero no pretendo hacerlo, ni siquiera en su exégesis cómica, por razones evidentes: ¿quién en la familia Asad es solo tragedia y quién es pura farsa?
¿Por qué te escribo sobre el momento del traspaso de poder hereditario?
En realidad podía haber escrito sobre la primera década de gobierno de Bashar al-Asad y quizá eso habría sido más agradable para ti, ya que mezcla tus primeros recuerdos de niña pequeña con lo vivido por un adolescente/joven entonces. No iba a escribir sobre el momento de la revolución porque ya escribí lo que pude en un texto compartido con mis compañeros y compañeras de la Coordinadora [5]. Además, no he escrito sobre los años posteriores a 2011 porque de veras tengo la necesidad de saber qué tienes que decir tú de esos años, más que escribir yo sobre ello. Viví privado de muchas cosas durante mi adolescencia, pero pude, a pesar de todo, y gracias a los múltiples márgenes abiertos por las luchas, políticas o no, que libraron millones de “soldados desconocidos” en Siria, entre ellos, mi familia, vivir mi pubertad, adolescencia y temprana juventud de manera aceptable y con cierta “felicidad” también. De esto último te has visto tú privada durante los años de la revolución y la guerra. Siento, en lo que a ti respecta, así como en lo que respecta a muchas personas y cosas, en realidad todas las personas y cosas salvo los Asad y sus apologistas, una ingente culpa.
Te escribo esta carta sobre el momento del traspaso de poder hereditario porque no habías nacido aún en ese momento, o quizá eras tan solo un bebé lactante de pocos meses, mientras que yo, en ese momento, tenía tu misma edad de ahora. Fui testigo de un momento del que tú no lo fuiste y eso, en sí mismo, es lo que me empuja a escribirte sobre ello, pero no es esa la única razón. También te escribo porque ese momento fue fundacional también para mí y porque no sabía entonces que ese momento sería la matrona encargada del nacimiento de unas circunstancias insoportables, cuyas consecuencias vivimos todos hoy y, en concreto, tu generación, que vive algunas de las peores: que el ser humano abra los ojos a un mundo que se derrumba y una vida que se destroza sin piedad.
Por primera vez, tengo la oportunidad de contar los hechos que presencié a través del oído de una persona más pequeña que yo que no los presenció y eso significa, sin duda, que me he hecho mayor.
Sin embargo, esto no es un testamento ni un anuncio de retirada…
[1] Con tono irónico, se hace referencia a la censura tan habitual en Siria.
[2] Las ramas siria e iraquí del Baaz no mantenían buenas relaciones en época de Hafez al-Asad y Saddam Hussein y, de hecho, Siria estuvo en el bando opuesto a Iraq durante las guerras del Golfo.
[3] Conocido artista libanés, hijo de Fairouz, que ha apoyado a Bashar al-Asad y el papel de Hezbollah en Siria. 
[4] Acaecida en 1982, desde mediados de los setenta del siglo pasado se había desarrollado un enfrentamiento entre el régimen y distintos sectores de la oposición, con imponente presencia de islamistas. Los Hermanos Musulmanes tuvieron un papel complejo, máxime cuando parte de sus miembros tomaron las armas y formaron la denominada Vanguardia Combatiente.
[5] El texto está disponible aquí.

sábado, 14 de marzo de 2020

El recuerdo y el olvido

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Orwa Khalife
Fecha: 12/03/2020
Me detuve al inicio de la calle, pero no entré: me quedé medio petrificado con una cámara en la mano que no puse en funcionamiento como había pensado. La escena en mi barrio destruido había detenido el tiempo y mundo. No entré ni encendí la cámara, naturalmente, aunque ya había grabado algunas escenas de destrucción y bombardeo. Después decidí que ya no quería volver a grabar.
Siete años completos llevo intentando escribir estas líneas, siete años que me separan de este día en el que decidí volver a Al-Ghuta, cuando todavía era posible, siete años en los que esa imagen se ha instalado en mis pesadillas. En ellas, veo a mi amigo Ahmad, al que el régimen asesinó en Maalula, veo el barrio, veo el salón de nuestra casa lleno de polvo, y no lo veo en escenas independientes, sino de golpe, todo en un mismo lugar.
Tal vez esa no sea la imagen más dura que se puede ver hoy en Siria, o incluso pueda parecer un chiste, pero como en todo, siempre hay una primera vez, un primer shock, y eso es lo que se queda bien dentro y, de hecho, a mí me parece más duro que el momento en que escapé del barril [explosivo] que lanzó el helicóptero sobre Saraqeb.
¿Es importante escribir esto? Cada vez que intento escribirlo, vuelve el mismo trauma: una paralización total, un intenso deseo de salir del lugar en el que estoy. La cuestión para mí no es la valentía que exige recordar ese momento, ni tampoco esos momentos han dejado en mí alguna secuela insoportable. No necesito deshacerme de ello para continuar con mi vida, no necesito recordarlos en el diván de un psicólogo. Siempre supe que era un importante comienzo de mi historia, pero ¿debo escribir dicha historia?
Durante el tiempo que ejercí como periodista, había una pregunta que me acechaba continuamente cuando pedía a la gente que contara su historia: ¿les provocaba un nuevo dolor? ¿Qué es importante y qué no? ¿Cómo evitaba causar más traumas derivados del recuerdo? Tratar con hechos traumáticos no es algo banal, como tampoco sabes si estás haciendo, sin querer, que se recuerden cosas que tal vez permanecían enterradas. Cuando preparaba un reportaje sobre el pan sirio en Turquía [1], pregunté a un hombre desplazado desde la zona rural de Damasco su opinión sobre el pan sirio en la ciudad de Gaziantep. Posteriormente, descubrí que había perdido a su hijo frente a uno de los hornos de pan que los aviones del régimen habían bombardeado, matando a quienes hacían cola en la puerta del mismo.
No podemos dejar de recordar o contar lo que sucede. Sería hipócrita decir eso, y más en un texto que escribo en Al-Jumhuriya sobre el recuerdo y la narración de nuestra historia, pero ¿cuáles son los límites que podemos establecer?
No hay respuesta definitiva, pero sí hay algo que podemos hacer. Comencemos por lo más sencillo, con el caso de la reportera del canal Addounia, Micheline Azar, que interrogó a las víctimas de la matanza de Daraya mientras agonizaban, en una escena macabra[2]. No podemos interrogar a las víctimas cuando están en estado de shock y, por supuesto, no podemos interrogar a los familiares de los asesinados y heridos. Eso sería un crimen: la escena de esa reportera que irrumpió en las calles de Daraya, cuando sus habitantes estaban tirados a los lados de la calzada, fue una muerte atroz ante la cámara del asesino. Un ser humano no puede hacer algo semejante, te dices, pero por desgracia, esta es el ejemplo que lo desmiente; sin embargo, lo más complicado es que ese tipo de situaciones se han repetido, y no por parte del asesino, sino de los periodistas sirios que querían, sencillamente, documentar las violaciones cometidas por el régimen. He visto muchas grabaciones de padres y madres que llevan en brazos a sus hijos muertos con las que el periodista quiere documentar los hechos: se trata de una cuestión polémica, lo sé, pero en algunos casos, el periodista les hace preguntas directamente. Ahí es cuando pasa a ser un crimen.
A person standing on a sidewalk

Description automatically generated
En la última escalada militar y campaña salvaje de bombardeos sobre Idleb, el permiso dado por Turquía a la entrada de medios internacionales a la ciudad provocó la entrada de muchos periodistas verdaderamente valientes para cubrir lo que sucedía en una zona testigo de uno de las más terribles desastres de nuestra época. En este contexto, es muy probable que nos encontremos con periodistas de la CNN o del Washington Post en la ciudad de Idleb o cerca de los campamentos fronterizos.

Uno de mis amigos en Idleb me contó que el equipo de grabación de un canal internacional presionó fuertemente a una víctima de los bombardeos y el desplazamiento para grabar con él, presión a la que contribuyeron algunos sirios, humillándole directamente con comentarios del tipo “¿Eres un shabbih [3] o qué? ¿Por qué te da miedo que te graben?” Esta no es la primera vez que esto sucede, claro, pero la coerción para recordar o contar lo que ha sucedido en cualquier situación y la presión, los engaños y las mentiras para que las víctimas cuenten lo que ha sucedido, no es aceptable en absoluto.

Lo que acabo de decir no es un llamamiento al silencio, por supuesto, sino que es en realidad lo contrario: un llamamiento a escribir y ayudar a las víctimas a contar lo que ha sucedido, pero no a cualquier precio. Hoy, cuando nos vemos frente a las consecuencias del aplastamiento completo de la revolución por parte del régimen en Siria, necesitamos nuestra propia voz, y necesitamos decir lo que sucede, porque olvidarlo supone olvidar a todas las víctimas y a los detenidos que siguen estando en los sótanos de los servicios de seguridad, pero no a cualquier precio. Las víctimas no son instrumentos desprovistos de humanidad para repetir la narración de las historias tristes en actividades de apoyo o en las páginas de los artículos y los libros que quieren dejar constancia de los crímenes. No podemos luchar contra las violaciones cometiendo nuevas violaciones.

Ante la imperiosa necesidad de dejar constancia de todos los detalles generales y particulares que conforman la historia de los años a partir de 2011, la capacidad que tengamos de ayudar a quienes quieren y están preparados mentalmente para contar sus historias y testimonios es nuestra principal misión, pero no interrogarlos. El caso del ex detenido Mazen Hamada ha tenido una fuerte repercusión [4]. No dispongo de los datos concretos ni puedo, evidentemente, basarme en los rumores e historias que circulan como pruebas inequívocas, pero psicológicamente, según la mayor parte de esas versiones, el hombre estaba desequilibrado, ya que aparentemente había sufrido brotes psicóticos. Los llamamientos a que Mazen contara su historia no fueron los que lo provocaron, suponiendo que estas historias sean ciertas, y en realidad puede que no haya razones claras para la psicosis, pues los traumas psicológicos no son los únicos que provocan esa condición o síntomas de esquizofrenia, pero ¿quienes realizaron esos llamamientos eran conscientes de su situación psicológica? Detectar síntomas de psicosis no es tan difícil. La historia exige muchos detalles complementarios, naturalmente, para considerarla un ejemplo, pero considerando tales condiciones, cómo puede pedírsele a un enfermo de psicosis o que sufre problemas psicológicos que tal vez anulan su capacidad de elección, que cuente lo que sucedió? La verdad es que no deberíamos pedirle eso nunca, pues los únicos capacitados para ello son el médico y el psicólogo.

Todo esto no son simples intentos bienintencionados para empujar a la gente a que cuente las atrocidades del régimen en Siria, pues en los últimos años se ha desarrollado una estructura más o menos organizada para documentar y registrar dichas atrocidades, que ha desarrollado sus propios mecanismos para exportar las imágenes de lo que sucede en Siria, algo por lo que la gente ha pagado con su vida, pero dichos mecanismos jurídicos y periodísticos organizados con sus enfoques particulares para contar lo que ha sucedido han cometido y siguen cometiendo esos errores. Naturalmente, los detenidos y sus familias deben hablar de esas atrocidades que han sufrido, cosas que no podemos ni imaginar que suceden, o que han sucedido solo en el episodio más negro de la memoria mundial en Auschwitz, durante el Holocausto.

Pero, nuevamente, no puede ser a cualquier precio, empujando a las víctimas que sufren desequilibrios mentales a hablar y hacerles recordar sus traumas en entornos no seguros, a diferencia de lo que les pueden ofrecer los tratamientos psicológicos, ante extraños a quienes ven por primera vez y a quienes no volverán a ver. Contarán detalles extremadamente atroces de aquello a lo que se han enfrentado: ¿no deberían tener antes la libertad de elegir y la capacidad de dar su consentimiento en plena posesión de sus facultades para ello? Parece que la petición ordinaria de que se narre la historia que realizan los programas de financiación jurídica y la necesidad de los medios internacionales de contar con historias humanas de la guerra, cualquier guerra, han llevado a conformar espacios no seguros para las víctimas. Quienes han sufrido la tortura del mujabarat de las peores formas tiene derecho a guardar silencio y olvidar: no están obligados a hablar y, naturalmente, no se les debe empujar ni presionar para que cuenten su historia.

Del mismo modo que tenemos derecho a hablar, el derecho a contar lo que nos ha sucedido, también tenemos derecho al silencio, el derecho a no tener la valentía de recordar las atrocidades que sufrimos. ¿Qué garantiza a quien no quiere hablar ese recuerdo doloroso servirá para algo? En la historia de Ministerio del Dolor, que se tradujo al árabe bajo el título de Patria del dolor, la novelista croata (aunque probablemente prefiera el gentilicio de yugoslava) Dubravka Ugresic, dice: “Cuánto duele la extrema lentitud de la justicia”. Se pregunta por el sentido de que los criminales rindan cuentas después de que sus víctimas, que sobrevivieron a ellos, hayan fallecido antes de que se hiciera justicia. En realidad, la justicia de la que son adalides las actividades de documentación de lo sucedido es esa misma justicia lenta: aquellos a quienes pedimos que cuenten su historia tienen derecho a preguntarse por el sentido de todo ello.

No hay nadie consciente y bienintencionado que quiera convertirse en Micheline Azar, la reportera del canal Addounia que participó en el crimen de Daraya. No digo que nadie vaya a llegar a eso, pero parece que existen zonas grises en lo que hacemos para narrar lo sucedido que pueden llevarnos a cosas terribles. Interrogar a la muerte puede ser un crimen tan claro como el de Micheline o no tanto, como ha sucedido en muchas ocasiones. Debemos decir lo atroz, contarlo y enfrentarnos a ello y mantenerlo vivo, pero no a cualquier precio.

[1] Disponible aquí en árabe.
[2] Aquí puede verse una noticia relacionada en inglés.
[3] Término utilizado para referirse a las milicias paramilitares perpetradoras de matanzas contra opositores al régimen o zonas civiles bajo control de la oposición; sin embargo, aquí se utiliza como sinónimo de partidario del régimen.
[4] Esta persona decidió volver a Siria, donde fue detenido. Parte de su historia puede leerse aquí en inglés.

domingo, 1 de marzo de 2020

Rusia se enfrenta al mundo a través de los cuerpos de los sirios

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Sadek Abed Alrahman
Fecha: 28/02/2020

No resulta sencillo explicar lo que está sucediendo entre Turquía y Rusia, puesto que ninguna de ellas ha publicado claramente el contenido de los acuerdos y entendimientos que habían alcanzado entre ellas y que parecen estar derrumbándose; sin embargo, lo que parece seguro es que Rusia está violando hoy los pactos que había ofrecido a Turquía, puesto que Ankara no habría forzado a sus soldados a adentrarse tanto en territorio sirio si no hubiera habido un pacto con Rusia que estipulara que el régimen y sus aliados no les iban a atacar. Y he aquí que la propia Rusia se ha involucrado directamente en la tarea de atacar a dichas fuerzas.
Resulta útil volver un poco la vista atrás hasta el primer ataque directo y claramente intencionado por parte de las fuerzas del régimen sirio contra las fuerzas turcas, a las afueras de Saraqeb el 3 de este mes de febrero de 2020 y que concluyó con el asesinato de cuatro soldados turcos cuando las fuerzas turcas estaban intentando afianzar sus posiciones en todas las carreteras que conducen al centro de la ciudad para evitar que las fuerzas del régimen entraran en ella. No obstante, en una de las carreteras transitables en la que las fuerzas turcas no se habían apostado aún, un camino secundario hacia Saraqeb a través del pueblo de Tronba, situado al oeste de la anterior, las fuerzas del régimen se adelantaron a las turcas lanzando un ataque que allanó el camino para entrar en la ciudad y que acabó con la vida de varios soldados turcos.
Volviendo aún más atrás en el tiempo, las fuerzas del régimen sirio estuvieron un tiempo dando vueltas alrededor de los puntos de vigilancia turcos que bloqueaban su camino, sin llegar a hacerles nada, y sin que las fuerzas turcas, por su parte, intentaran evitar el avance de las del régimen. El primer ejemplo lo tenemos en el punto de Morek, en la zona rural septentrional de Hama, y después en Al-Surman, Tell Touqan y Maar Hitat. Cuando las fuerzas del régimen se aproximaron a Saraqeb, las fuerzas turcas intentaron desplegar sus posiciones a lo largo del perímetro de la ciudad para dificultar la posibilidad de moverse alrededor de la misma; sin embargo, el ataque del régimen contra las fuerzas turcas cerca de Tronba fue más rápido. Dicho ataque no pudo perpetrarse sin acuerdo, o tal vez instrucciones rusas, algo que confirma la plena participación de este país junto al régimen en la batalla para tomar el control de Saraqeb.
¿Qué significa esto? Sin duda significa que Turquía iba en serio en sus intentos de evitar la entrada del régimen en Saraqeb, pero ¿por qué Saraqeb en concreto? No lo sabemos con seguridad, pero lo más probable es que el avance de las fuerzas del régimen con apoyo ruso y a tal velocidad sin precedentes estuviera fuera de los acuerdos turco-rusos, por lo que Turquía se vio en una posición bastante incómoda, frente a cerca de millón y medio de desplazados cerca de sus fronteras, la mayoría de los cuales viven al raso y cuyo número aumenta cada día, y también de frente a los intentos de que la presencia de sus fuerzas en Idleb careciera de significado o utilidad.
Las fuerzas turcas no lograron evitar que el régimen entrara en Saraqeb y las operaciones de las fuerzas de este último han continuado hacia el norte en dirección a la zona rural de Alepo. También han ejercido presión sobre el eje de Qmenas, que precede inmediatamente a la ciudad de Idleb al oeste. Todo ello da la impresión de que las fuerzas del régimen tienen la firme intención de continuar su guerra hasta tomar el control de la provincia de Idleb, en su totalidad o su mayor parte, lo que supondrá la aglomeración de millones de desplazados en la frontera turca, un desprecio hacia el ejército turco y su gobierno. Esto ha llevado a Turquía a adoptar una postura más firme, que se ha traducido en una serie de operaciones militares contra las fuerzas del régimen, que han concluido con la nueva toma de control por parte de las facciones opositoras de la ciudad de Saraqeb y a un aumento de su efectividad frente a las fuerzas del régimen y sus aliados. También han provocado una respuesta asadiana y rusa que se ha cobrado la vida de más soldados turcos.
Pero, ¿por qué Rusia se afana en apoyar al régimen en una gran operación como esta que ha provocado una crisis en sus relaciones con Turquía hasta el punto de llegar casi a una guerra total, así como una crisis humanitaria de enormes dimensiones, vergonzosa para Turquía y Occidente y que pone a las facciones contrarias al régimen en una posición de defensa directa de su existencia, lo que supone un feroz enfrentamiento en el que el régimen sufre ingentes pérdidas de vidas y medios, según confirman los avances de las batallas en los últimos días?
En Idleb no hay ninguna fuerza que pueda suponer una verdadera amenaza para el régimen o Rusia, y nada en el comportamiento de Turquía y las facciones sirias aliadas con ella indicaba que tuvieran la intención de lanzar ningún ataque contra el régimen. En lo que respecta a Hay’at Tahrir al-Sham ya no es más que un extremadamente andrajoso proyecto autoritario local, cuya máxima aspiración es que le dejen una pequeña zona en la que pueda gobernar durante un tiempo. Idleb tampoco tiene ninguna importancia estratégica, pues no tiene riquezas ocultas ni está en una zona central de Siria de forma que pueda hacer tambalearse el dominio del régimen y sus aliados. El hecho de que haya carreteras internacionales que pasan por ella es mucho menos importante económicamente que la gran cantidad de dinero que se pueda gastar en controlarlas mediante crueles y costosas guerras. Los pretextos declarados por Rusia de proteger a los ciudadanos sirios del terrorismo, son demasiado estúpidos para siquiera debatirlos y basta con responder con las imágenes de cientos de miles de desplazados que prefieren vivir sin techo que volver a vivir bajo el gobierno del régimen de Asad, donde reinan la intimidación diaria, el asesinato bajo tortura y las políticas de castigo colectivo.
Los países de todo el mundo han dejado a Rusia proteger al régimen sirio como ha querido, y Turquía en concreto ha colaborado con ella en la contención de las facciones opositoras hasta dejarlas sin capacidad de enfrentarse al régimen por sí solas. Entonces, ¿qué quiere Rusia?
Probablemente quiera dos cosas: que todos los enemigos del régimen en Siria se rindan y acepten la solución rusa al estilo de los pactos de Daraa, la zona rural de Damasco y la zona rural septentrional de Homs; y, en segundo lugar, que el mundo colabore con ella en el afianzamiento del régimen de Asad y su financiación mediante proyectos de reconstrucción y ayudas internacionales. Si no logra estos dos objetivos, parece que no hay posibilidad de que Rusia recoja los frutos políticos y económicos de su guerra en Siria.
Sin embargo, el dilema ruso-sirio yace en la dificultad de hacer realidad ambas aspiraciones, porque la primera supone que Siria se mantenga como país exportador de refugiados que huyen del infierno de la represión y la venganza que siguen a los pactos de reconciliación, como ya hemos visto en Daraa, la zona rural de Damasco y otros lugares. La segunda exige lo contrario: que Siria deje de ser un país exportador de refugiados porque Occidente no aceptará pagar para financiar el régimen sirio mientras este siga exportando refugiados al exterior del país.
Parece que la solución a la que ha llegado Rusia en colaboración con su pequeño aliado en Damasco es llevar el problema al límite y poner a los países de todo el mundo frente a la realidad de facto: no existe otra solución que aceptar volver a normalizar las relaciones con el régimen y financiarlo, y que, en contrapartida, no hay ninguna solución política mínimamente lógica por la cual los sirios vayan a dejar de abandonar su país a la primera oportunidad que se les presente, salvo que el régimen y sus aliados dejen de matarlos. Esa es la situación actual: Bashar al-Asad le dice al mundo que va a seguir matando sirios hasta que se le acepte como gobernante legítimo y la reconstrucción se financie exclusivamente a través de él, y para ello cuenta con el apoyo firme de Moscú, a cuyos líderes no les tiembla la mano. 
Tal vez nos encontremos en una situación sin precedentes en la historia: un régimen político que presiona a los países del mundo para lograr su reconocimiento mediante el permanente asesinato de su pueblo. El mensaje ruso-asadiano es el siguiente: debéis reconocer nuestra victoria política y económicamente y, si no, seguiremos construyendo el infierno en forma de ingentes matanzas, guerras de exilio forzado y oleadas de refugiados. Una vez tengamos vuestro reconocimiento, seguiremos construyendo un infierno distinto en el que mataremos lentamente a los sirios que se han rendido, mientras vosotros financiáis las fábricas de muerte y humillación que nos esforzamos en poner en pie.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Cartas a Samira (15)

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin al-Haj Saleh
Fecha: 09/12/2019

“¿Ves lo bonita que es la Luna?” Te pregunté mientras volvíamos a casa de noche caminando desde la parada del service [1] hasta nuestra casa en el barrio de Qudseya. “¡Pues tú eres más bonita aún!” Me apresuré a responder a mi propia pregunta antes de que te me adelantases. En otras ocasiones, no me dejabas terminar la pregunta y lo hacías tú rápidamente, mientras te mordías el labio inferior riendo y me guiñabas un ojo. Disfrutabas con las modestas habilidades de galán de tu compañero, que no daban para mucho más.
Me decías “¡Adiós, amoooor!” al salir de casa y me hacía gracia; “¡Amor!” cuando te llamaba para decirte que tal vez me retrasara en volver por la noche; o “No, cariño, no hace falta nada” cuando te llamaba de vuelta para preguntarte si necesitabas o necesitábamos algo. Tú expandías el amor por todas partes, Sammur, con total generosidad. Inundabas todo de amor, y cuánto me alegraba que esa fuente no hubiera dejado de brotar durante los casi trece años que pasamos juntos.
Te gustaba que yo te hiciera el café. Lo preparaba y limpiaba lo que se derramaba sobre los fogones, quejándome mientras lo hacía: “¡La vida es difícil!” Y ponías cara de tristeza, como hacen las madres, en solidaridad con el quejica llorón.
Nos contábamos nuestro día, las cosas que pasaban y de las que se podía hablar, cosas sin importancia en su mayoría, pero que configuraban nuestro espacio privado. Desde el sarcasmo, no nos faltaba malicia al hablar de nuestros conocidos y amigos. ¿Recuerdas a la señora Depresión? Ese fue el mote que le pusimos a aquella amiga nuestra que casi siempre estaba deprimida. ¿Recuerdas a “Dondeosmetéis”, mote que le pusimos a un amigo que lo primero que decía cuando te veía o me veía era “¿Dónde os metéis?”? Esa malicia sin maldad es una de tantas cosas que extraño, Sammur. Cosas privadas, pequeñas, que nos ayudaban a organizar nuestro mundo en común.
Me empujabas a salir de casa, ver a los amigos, “cambiar de aires”, moverme. No podías quejarte de que tu marido estuviera todo el día fuera de casa, sino de un marido que no paraba de buscar excusas para no salir de ella. Cierto es que no hablaba mucho, pero pensaba que sus expresiones no verbales te llegaban y cuánto alegraba a su corazón que le dijeras que así era.
Yo también te empujaba a salir, a viajar, no solo a Homs, donde estaban Najat, Fátima y tus hermanos, sino también a visitar a nuestros amigos en Alepo, Latakia o mi gente en Raqqa. No te gustaba viajar sola, querías que lo hiciéramos juntos. Sin embargo, en las pocas ocasiones en que te fuiste sola, la mayoría a Homs, a los dos días te echaba mucho en falta y, después de haber insistido en que salieras de viaje, te llamaba para desearte que te divirtieras durante tu estancia y de paso preguntar “¿Cuándo vuelves?” ¿Recuerdas aquella vez que fui a buscarte a la estación de autobuses a tu regreso de Homs? Cogí por error un service que no era y llegué tarde, cuando ya te habías marchado a casa. De vuelta, frustrado, pasé por la oficina de correos para recoger un paquete que me habían enviado, sin acordarme de que era viernes, por lo que me encontré la oficina cerrada. Cuando este ser distraído quiso hacer algo bueno, se cansó y no sirvió de nada. Sin embargo, tú, como de costumbre, le quitaste importancia y no dejaste que me sintiera tan torpe.
En tu ausencia, me debato entre una soledad en la que te echo de menos y un estar con la gente del que quiero huir para regresar a mi refugio de ermitaño. Creo que la familia es la solución para esta situación, pues conforma una pequeña parte de la sociedad en la que podemos estar solos y acompañados a mismo tiempo, esa parte que protege la intimidad, pero también satisface las necesidades sociales. Te hablaba de cosas y personas, y sabía que, en tu presencia, tenía licencia para equivocarme, excederme, ser injusto, ser tolerante, dudar y discutir conmigo mismo. Poco después, cambiaba de opinión, retrocedía, como si fuera necesario decírtelo a ti para comprobar si se podía decir antes de dar marcha atrás. Solía leer la expresión de tu rostro: no estabas contenta con lo que escuchabas, te oponías… Y siempre encontrabas la forma más amable de hacer que me retractara. La familia es un espacio también para reprocharle cosas al ser querido, una conciencia añadida. ¿Jugaba yo un papel semejante contio? Eso espero y creo. Nos ayudábamos a controlar nuestras reacciones iniciales.
Eras mi familia, Sammur, y yo la tuya, un oasis para los dos, una solución para la soledad y la necesidad de intimidad a un tiempo. Una conciencia el uno para el otro.
Me sentía mal y me castigaba a mí mismo recordándome aquello que le decías a la vecina que llamaba a la puerta para que fueras a beber mate con ella: “Yassin está de visita”. Con ese comentario llamabas la atención sobre el hecho de que el susodicho se pasaba los días en su habitación, pensando, trabajando y sin apenas hablar.
Apenas decía nada cariñoso. Desciendo de un pueblo cuyos hombres no han aprendido a expresar lo que sienten. No es necesariamente porque seamos crueles, Sammur, y eso lo sabes bien, sino porque ocultamos la fragilidad de nuestro interior con el silencio, porque tememos que se descubra el amor que contiene. Tenemos miedo del amor y de las mujeres, de veras, pues ellas perciben perfectamente esa debilidad nuestra que no se puede esconder, y no parece que ellas protejan su corazón de la misma manera que nosotros. Me he fijado muchas, muchísimas veces, en que las mujeres en nuestra sociedad, como en otras, son más valientes que los hombres, y no solo en el amor.
En tu ausencia, mi vida se reparte entre el tiempo de trabajo, en el que estoy solo, la vida social entre amigos y conocidos, y mi vida contigo. Esa se da cuando estoy solo, que es la mayor parte del tiempo, pero se mezcla con el trabajo e incluso con la vida social y pública en ocasiones. Me apaño para manejar la combinación de amor y tristeza que siento cuando estás conmigo en mi soledad, pero me cuesta más controlarlo cuando no estoy solo, especialmente cuando hablo de ti delante de la gente.
Lo más deprimente de la soledad es cuando voy a hacer la compra y me llevo comida y cosas para la casa. Es como si lo que esta tarea entraña de conexión con la realidad reforzara mi sentimiento de culpa. Me ahogo como le pasaba a mi madre cuando alguno de sus hijos estaba ausente: no disfrutaba de la comida ni la bebida, se ahogaba de veras. No me he convertido en “el señor Depresión” como nuestra amiga, desaparecida hace años. Mi depresión es la sombra de una lucha sin miedo a la muerte. En tu ausencia le tengo mucho menos miedo que antes y creo que en que en ello se juntan la valentía y la tristeza, la tristeza por lo horrible de nuestras pérdidas. Luchamos mientras lloramos. Quien no teme a la muerte sabe que no se detendrá y encuentra en su interior, en su imagen, en su imaginación y en sus amigos la energía que le permite continuar.
Ojalá que tu nombre remita a una lucha heroica y sin miedo a la muerte, que sea símbolo de la lucha por la libertad, la justicia y la dignidad y que la pena ocupe un solo instante de esa generosa y valiente lucha. Tu épica ausencia hace que nuestra causa sea la del conocimiento y la verdad, más que de la justicia y la libertad. Sabes que lo que me pedía a mí mismo era buscar el conocimiento, más que cualquier otra cosa. Ahora que estás ausente, tengo dudas de que eso fuera lo más inteligente. Lo que se busca es dignidad, una vida digna y hacer el bien. Se supone que ese es el objetivo y el significado del conocimiento. Buscarte, saber de ti, satisface ese significado, le proporciona un factor impulsor más fuerte y hace del conocimiento un acto de justicia y dignidad. En el pasado, tal vez la búsqueda del conocimiento me llevara lejos, me hizo no comulgar con nada; sin embargo, la búsqueda de conocimiento en sí mismo ha adoptado tu nombre, Sammur. Tu nombre es el nombre de lo que quiero hacer. Tú eres la desconocida ausente cuyo conocimiento se busca.
Tal vez el conocimiento salve a quien lo busca, o quizá lo destruya, pero la pesadilla de quien quiere saber es no saber.
No saber nunca.
[1] Furgoneta que sirve como medio de transporte colectivo en Siria. 

viernes, 6 de diciembre de 2019

El programa de cifrado

Texto original: Al-Jumhuriya
Autora: Muna Rafei
Fecha: 05/12/2019

Muna Rafei lleva varios meses escribiendo para Al-Jumhuriya, desde zonas controladas por el régimen, contando cómo lo vive y las contradicciones que ello le produce. Hoy habla de esa sensación de cárcel en la que vive y en la autocensura continua provocada por la paradoja de vivir "libre" bajo la sombra del régimen carcelero.


Lo primero, saca el portátil y asegúrate de que es de noche, de que todos están dormidos y de que los sentidos de las paredes están desprevenidos. Vigila los exhaustos pasos de tu madre y tu padre, que temen a familiares y vecinos, a los transeúntes por la calle, a quienes suben en silencio por las escaleras del edificio y a todo el que tiene pequeños ojos agudos, o quizá, grandes y acechantes. Aleja de tu mente, aunque sea temporalmente, el fantasma del miedo que amenaza a tu familia y a tus hermanos a los que amaste tanto, porque ese fantasma, cuando te vea enfrascado en la tarea de escribir lo que piensas claramente en esta vida efímera, se sentará a tu lado, del mismo modo que la desesperación que se sienta en el banco de Jacques Prévert[1], y paralizará tus miembros. Mata al fantasma del miedo poniendo frente a él la imagen de los niños víctimas de una matanza, o la imagen de una familia cuyos cuerpos colapsaron bajo sus casas desplomadas sobre ellos, o la imagen de los mercados destruidos de Alepo que nunca imaginaste que no volverías a ver; o mátalo con las canciones que entonaba el mártir Sarut[2]. El fantasma morirá entonces de forma inevitable, o al menos durante un breve espacio de tiempo.
El programa de cifrado es un requisito indispensable para tu seguridad electrónica. Habla con tus amigos en el exterior, esos que aún se acuerdan de ti, por si alguno de ellos te ayuda a instalar una copia segura. Cuando se alargue la espera y no te llegue respuesta de ninguno de ellos, pregunta a tus amigos desconocidos -como tú para ellos- en las redes sociales por un programa de cifrado que te proteja del mal de la vigilancia. Te propondrán programas que conoces bien, pero les darás las gracias igualmente, y los utilizarás aunque no confíes en ellos, y a sabiendas de que no servirán si tu enemigo se propone seguir lo que haces, pues no tienes alternativa. Haz tus cálculos para ese momento, pues ahora serás Sherlock Holmes en su versión siria oculta, a falta de su pipa, su inteligencia, su heroísmo, su valentía y su claro descubrimiento de los asesinos, a los que pone sin dudarlo a disposición de la justicia, pero con la salvedad de que tú sí conoces al asesino, a tu asesino, al asesino de todos los que amaste un día y que después murieron y desaparecieron, o huyeron y te dejaron.
Cuando comiences a escribir, te atacaran las contradicciones en las que vives, las que cometes. Recordarás que ayer fuiste al funeral de un militar y presentaste tus condolencias a la familia, obligado, porque no tienes capacidad de huir de estas situaciones. Recordarás que en menos de una semana has pagado más de tres sobornos para agilizar algunos trámites rutinarios importantes para tu familia. Recordarás también tus múltiples sonrisas y saludos a quienes sabes bien que te odian en lo más profundo de su ser, un odio que tú también les profesas en la misma medida, y ambos lo sabéis. Quítatelo de la cabeza sacudiendo tu mano como si un mosquito se empeñara en molestarte y adopta el papel del observador acechante que quiere transmitir la imagen de lo que sucede, pues todos aquí se han quedado mudos y les han cortado la lengua, y en este momento tú eres su lengua, que osa moverse en su cueva para decir todo lo que desea decir. Expulsa de tu pensamiento, aunque sea con mucho esfuerzo, a tus amigos shabbiha del trabajo, la universidad o del edificio en que vives, o incluso entre tus antiguos conocidos. Esos en concreto te torturarán y te impedirán escribir apareciendo en tu memoria. Libérate de todos ellos y olvida que te encuentras bajo la sombra de tu asesino, el asesino de tus seres queridos, cuando empieces a escribir la primera línea, o la primera palabra. La primera línea será la más difícil siempre, pero te acostumbrarás una vez hayas escrito varios textos.
No pienses demasiado en el nicho de militares cercano a tu casa, ni en los lemas de glorificación que lo decoran, ni en los colores de las banderas rojas que se elevan sobre ellos. Date un leve manotazo para recordarte que ahora estás en tu habitación, donde no hay imágenes, ni lemas, ni uniformes militares, y donde los pasillos asfixian hasta tu respiración y la del resto de miembros de la familia. Si sientes que la leve brisa que entra por tu ventana presiona tu pecho, ciérrala, cierra el portátil y destierra la idea de escribir de tu cabeza ahora; pero sabe que te perseguirá y acabará venciendo a tu miedo en un momento inesperado, en que verás cómo tus dedos presionan las teclas del teclado y escriben lo siguiente:
“Cuando os alegráis de las sanciones estadounidenses contra el régimen porque afectarán a quienes lo apoyan, y nos incluís a nosotros en ellas porque aceptamos vivir bajo su sombra, cometéis una injusticia, e incluso resultáis ingenuos. Con seguir un poco el tema, sabrías que el verdadero afectado no es el régimen, ni sus pilares, ni sus colaboradores, sino nosotros, las personas normales y corrientes que nos hemos convertido en una especie de animales errantes, a los que nos unen la torpeza, la sed de comida, de sexo y de arremeter unos contra otros y presumir de ello. ¿Veis el gato que se erige arrogante sobre el contenedor de basura que recordó Luqman Derki en su poema [3]? Tal vez tú, el gran hombre en nosotros, no alcances la tranquilidad de sus suaves patas flexionadas sobre el borde del contenedor ni a la elevación de su nariz; sin embargo, nos enorgullecemos de ello, porque hemos perdido todo, y vosotros, también. La diferencia es que el contenedor sobre el que os eleváis tal vez esté más limpio”.
Te detendrás unos instantes en las últimas frases, y las borrarás al pensar que se te ha ido la lengua contra quienes son como tú. Las borrarás y mirarás con humildad a la pantalla blanca, donde volverás a pensar qué debes decir y a quién debe apuntar el dedo acusador.
Y hete aquí volviendo a escribir. No dejes de escribir de pronto si el flujo de las letras se ve interrumpido por el pánico ante una fuerte llamada a la puerta de tu vecino a las dos de la mañana y no te alarmes cuando escuches en la noche el sonido de disparos provenientes de los barrios vecinos. No permitas que el flujo de las balas sustituya al de tus ideas, porque lo cortará y las dispersará. Intenta recomponerte y ordenar tus ideas. Tus dedos apretarán las teclas y escribirás “El manicomio sirio”. Pensarás que esa simple expresión es suficiente para constituir un texto completo, pensarás en primer lugar en tu lector, y en que debes divertirle, hacerle llorar, hacer que disfrute, enojarlo o facilitarle nuevos datos para que comprenda lo que vives en la gran cárcel, cómo la gente interactúa con lo que sucede a su alrededor y cómo reaccionan a lo que les sucede a ellos. Desearás dibujarle a tu lector cómo ves a la gente a tu alrededor, con la figura encorvada y las cabezas en horizontal, a la altura de los hombros. El horizonte aquí no es esa línea romántica lejana que separa el mar del cielo, o la tierra del espacio, o el sueño y la realidad, sino que es esa línea que ha descendido mucho y a cuya altura te sitúas, junto al encorvamiento y la inclinación de las cabezas.
El programa de cifrado funciona y debes escoger el tema del texto con precisión. Recordarás a las jóvenes detenidas que confiaron en ti y te contaron algunas de sus historias y se te ocurrirá escribir algo sobre los horrores que presenciaron y cómo ahora viven cautelosas, con el pánico de volver a caer en el mismo infierno. La conciencia del periodista en ti te exige que les pidas permiso para escribir sobre ellas, pero sabes que les meterás miedo con tu petición, y que tal vez desconfiarán de ti y quizá se arrepientan de haber hablado contigo. A pesar de ello, no podrás evitar recordar a la joven que fue detenida a consecuencia de un informe tendencioso de una amiga suya. Pensarás que vas a levantar el velo que cubre del rostro de la mujer para contar sus rasgos y su situación y en cómo vas a disimularlo todo para que no le cause ningún perjuicio. Entonces te relajarás ante la idea de que está contando su historia porque está en un lugar seguro fuera de ese infierno y, con sus palabras, transmitirás con seguridad lo que le sucedió:
“El carcelero…” Punto. Dejas de pronto de escribir lo que sucedió, sientes un nudo, sientes la vulgaridad y la humillación, pues ya se ha escrito mucho sobre ese tema, sobre todo porque siempre va ligado a la pregunta de si la mujer conservó su virginidad, esa misma pregunta que las mató mil veces tras salir de la cárcel: “¿Te hicieron algo? ¿Sigues siendo pura?” El futuro marido respondió a una de las detenidas: “No me importa lo que te hicieran, pues yo te acepto y me enorgullezco de ti”. Parece que lo que le sucedió a esa chica fue una excepción para reconfortar y satisfacer a los lectores, o a algunos de ellos. En cuanto a ti, la sangre te hierve, sobre todo cuando los ves cada día, ves a los torturadores de esas chicas, sus semejantes y sus homólogos, les sonríes y les estrechas la mano, e incluso les das un beso. Sin embargo, por la noche, a oscuras, en el temible silencio, escribes sobre ellos, esos que se afanaban en golpear a la joven de dieciséis años en el vientre o, en concreto, a la altura del útero, hasta que se le cortó la menstruación, para volver a golpearla de nuevo con dureza en el ombligo al saber que le había vuelto la regla. Después, la pena que sintió el juez al verla y su decisión de liberarla cuando ya estaba prácticamente loca, soltándola en las afueras de Damasco. Pensarás en su perdición y sus súplicas a otras mujeres para que alguna le dejase su teléfono para llamar a su familia y decirles que había salido. “Semanas después de liberarme, detuvieron a mi madre”. La sangre vuelve a hervirte, la sangre hierve en tus venas. Piensas en cambiar el tema del texto porque el lector no verá a la mujer, ni sus lágrimas, ni su angustia por sí misma, sus hermanos y su madre, pero tú sí la has visto; porque el lector no verá a los asesinos y sus semejantes andando por las calles y fijando su mirada en ti hasta rompértela, pero tú sí los ves. La cuestión no es el texto, ni el lector, sino la necesidad de la palabra ante la prolongación del significado.
El programa de cifrado sigue funcionando, o eso dice, aunque tu copia es antigua y está plagada de anuncios, y no es la copia extranjera certificada de una empresa reconocida, pero “bueno, no pasa nada”. El mero hecho de que esté instalado en tu ordenador te da seguridad. La noche está tranquila y apenas acaba de comenzar, te ronda la idea de escribir sobre el hombre con el que te encontraste hace un tiempo, que había abandonado recientemente el ejército, y que te habló muy generosamente sobre el curso de jurisprudencia religiosa que recibió durante su servicio en el ejército con ayuda del profesor “que Dios se lo pague”, después de que los oficiales iraníes lo escogieran precisamente a él entre sus compañeros para participar en ese curso que se imparte a algunos militares escogidos, ya que en su rostro se perfilaba la “piedad”. Esos oficiales iraníes inocentes que quieren que entre los miembros del ejército haya personas temerosas de Dios, cuyas frentes conocen la prosternación y que saben rezar, cada uno según su fe. Solo por eso, los oficiales trajeron a “jeques suníes para los jóvenes suníes, y jeques de tal o cual religión para los jóvenes de tal o cual religión”, según contaba el hombre literalmente. “Nos dividieron según nuestra confesión y cada joven recibió un curso en que se impartía jurisprudencia religiosa de manos de jeques de su confesión para que no se diga que los iraníes intentan cambiar la fe de las personas” porque ellos, para que quede constancia, “no quieren eso, e incluso nos dieron muchos perfumes y libros de regalo tras el curso, que regalé a mi profesor, que casi lloró de la emoción y que de hecho lo hizo al despedirme tras ser desmovilizado de la reserva”.
“No me preguntéis por mi corazón, pues las preguntas sencillas son como un proyectil y las preguntas complejas, un suicidio”, dice Riad al-Saleh al-Hussein [4]
No terminas el artículo sobre ese hombre, cambias de idea totalmente porque sabes que, ese día, temiste hacerle una pregunta, sencilla o compleja, sobre los detalles del curso y quienes participaban en él, y sobre los objetivos del mismo, sobre cuántas veces se ha impartido y a quién se aplica, y sobre qué piensa de ello el régimen al no ser él el responsable. Temes preguntarle cualquier cosa, incluso por el lugar en que se impartió y lo único que sabes es que se celebró en una sala de lujo y que se subían a una tarima para responder a las preguntas de los jeques, para que estos decidieran quiénes obtenían los resultados más altos, entre los que estaba él mismo. Le das la enhorabuena por ello, y le dices “bendito sea Dios, ojalá haya muchos como tú”. Piensas que estás engañando a tu lector si no le das un pequeño detalle: sí, le diste la enhorabuena al hombre y sonreíste ante su rostro lleno de orgullo por su éxito, para descubrir posteriormente que todo lo que te había contado era una introducción para pedirte un trabajo que le bastara para evitarse la humillación de pedir para alimentar a su familia, pues está arruinado y sus hijos “hambrientos”. Las ideas vacilan en tu cabeza, sobre todo porque en ese momento dudaste sobre si ayudarlo, pero te frenaste en el último instante por miedo a pesar de “la piedad” que brillaba en su rostro, y piensas que el lector tiene la misión de emitir un juicio ponderado sobre lo sucedido.
Aún no has terminado el texto, pero lo guardas con paciencia y cariño y lo escondes con un nombre falso y absurdo en carpetas dentro de otras carpetas, que se incluyen en otras carpetas a las que piensas que no llegará nadie si tu ordenador, Dios no lo quiera, cae en manos de quienes no deben saber lo que haces. Te olvidas del lector, y del curso de jurisprudencia, del útero vuelto sobre si mismo, del periódico, y piensas que todo lo que haces es una mezcla de seguridad y traición, de enfrentamiento y de huida. Sientes que estás al borde de la locura, y que eres simplemente ojos, oídos y dedos, pero no boca, ni voz, ni imagen. Después respiras profundamente y cierras los ojos. Gracias a Dios que existe el programa de cifrado. Estás a punto de terminar el texto, piensas en el editor con el que te comunicas y en lo que dirá, en las críticas y los comentarios. Piensas que quieres que los editores publiquen tu texto tal cual, con sus errores gramaticales y ortográficos, con su falta de cohesión y su dispersión de ideas, y todos los errores que contenga, porque no te importa más que el hecho de que la línea recta dibujada en tu rostro, que parece una boca, es una mera línea pequeña de carne verdaderamente recta, ni más ni menos. Piensas que tu verdadera boca está en tu corazón, o en tu pecho, y desearías poder destrozarla o cortarla, para que se calle, porque no puedes devolverla a su estado natural. También piensas en los lectores y les guardas rencor, rencor frente a esos ojos que no verás mientras leen tus palabras, o que no verás y a los que directamente no les importa lo que escribes. Les guardas rencor a las buenas opiniones y también a las críticas que tal vez expresarán las bocas que no escucharás mientras leen tus palabras. Les guardas rencor a los lectores, los virtuales, porque sientes que deben estar contigo, a tu lado, delante y tras de ti, porque los necesitas, porque te sientes solo, muy solo… Porque lo que escribes es efímero, porque ellos también pasan efímeramente por tus palabras, porque… Porque no te ayudarán ni siquiera a conseguir un programa de cifrado seguro que te proteja, aunque sea de forma imaginaria, de las cosas que deseas decir y temes decir. Ellos disfrutan del lujo de escucharlas o leerlas, el lujo de escuchar tu voz oprimida, perdida, amputada que sale del profundo de tu pecho exclusivamente y no de tu boca, la línea recta, y ni siquiera de tu cabeza. Por último, piensas, cada vez que lo haces, que esta será la última vez que escribes, la última que caminarás por ese camino y que enviarás un texto, mientras lees en silencio la aleya que dice “Les hemos colocado una barrera por delante y por detrás, que los cubre de tal modo que no pueden ver” (Corán 36:9). Vuelves a exhalar por tercera vez sobre la pantalla, después respiras aliviado cuando el texto le llega al editor. Esperas media hora. Gracias a Dios, sigues en tu casa. Dos horas, tres, una noche entera, la mañana del día siguiente, y el de después, y uno más… Gracias a Dios, todo está bien, y la calma te vuelve progresivamente, y ahora te ves pensando, de nuevo, en un nuevo texto y un nuevo programa de cifrado que te pueda proteger de tu asesino.

[1] Referencia al texto de Jacques Prévert “La desesperación está sentada en un banco”.
[2] Más sobre Abdelbasit Sarut aquí.
[3] Poeta sirio que apoyó la revolución. Si el texto al que se refiere la autora es el que creemos, describe una pelea de gatos por unas bolsas de basura hasta que uno se erige triunfal sobre ellas. 
[4] Uno de los poetas sirios (1954-1982) más importantes de la poesía de verso libre.