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lunes, 9 de diciembre de 2019

Cartas a Samira (15)

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin al-Haj Saleh
Fecha: 09/12/2019

“¿Ves lo bonita que es la Luna?” Te pregunté mientras volvíamos a casa de noche caminando desde la parada del service [1] hasta nuestra casa en el barrio de Qudseya. “¡Pues tú eres más bonita aún!” Me apresuré a responder a mi propia pregunta antes de que te me adelantases. En otras ocasiones, no me dejabas terminar la pregunta y lo hacías tú rápidamente, mientras te mordías el labio inferior riendo y me guiñabas un ojo. Disfrutabas con las modestas habilidades de galán de tu compañero, que no daban para mucho más.
Me decías “¡Adiós, amoooor!” al salir de casa y me hacía gracia; “¡Amor!” cuando te llamaba para decirte que tal vez me retrasara en volver por la noche; o “No, cariño, no hace falta nada” cuando te llamaba de vuelta para preguntarte si necesitabas o necesitábamos algo. Tú expandías el amor por todas partes, Sammur, con total generosidad. Inundabas todo de amor, y cuánto me alegraba que esa fuente no hubiera dejado de brotar durante los casi trece años que pasamos juntos.
Te gustaba que yo te hiciera el café. Lo preparaba y limpiaba lo que se derramaba sobre los fogones, quejándome mientras lo hacía: “¡La vida es difícil!” Y ponías cara de tristeza, como hacen las madres, en solidaridad con el quejica llorón.
Nos contábamos nuestro día, las cosas que pasaban y de las que se podía hablar, cosas sin importancia en su mayoría, pero que configuraban nuestro espacio privado. Desde el sarcasmo, no nos faltaba malicia al hablar de nuestros conocidos y amigos. ¿Recuerdas a la señora Depresión? Ese fue el mote que le pusimos a aquella amiga nuestra que casi siempre estaba deprimida. ¿Recuerdas a “Dondeosmetéis”, mote que le pusimos a un amigo que lo primero que decía cuando te veía o me veía era “¿Dónde os metéis?”? Esa malicia sin maldad es una de tantas cosas que extraño, Sammur. Cosas privadas, pequeñas, que nos ayudaban a organizar nuestro mundo en común.
Me empujabas a salir de casa, ver a los amigos, “cambiar de aires”, moverme. No podías quejarte de que tu marido estuviera todo el día fuera de casa, sino de un marido que no paraba de buscar excusas para no salir de ella. Cierto es que no hablaba mucho, pero pensaba que sus expresiones no verbales te llegaban y cuánto alegraba a su corazón que le dijeras que así era.
Yo también te empujaba a salir, a viajar, no solo a Homs, donde estaban Najat, Fátima y tus hermanos, sino también a visitar a nuestros amigos en Alepo, Latakia o mi gente en Raqqa. No te gustaba viajar sola, querías que lo hiciéramos juntos. Sin embargo, en las pocas ocasiones en que te fuiste sola, la mayoría a Homs, a los dos días te echaba mucho en falta y, después de haber insistido en que salieras de viaje, te llamaba para desearte que te divirtieras durante tu estancia y de paso preguntar “¿Cuándo vuelves?” ¿Recuerdas aquella vez que fui a buscarte a la estación de autobuses a tu regreso de Homs? Cogí por error un service que no era y llegué tarde, cuando ya te habías marchado a casa. De vuelta, frustrado, pasé por la oficina de correos para recoger un paquete que me habían enviado, sin acordarme de que era viernes, por lo que me encontré la oficina cerrada. Cuando este ser distraído quiso hacer algo bueno, se cansó y no sirvió de nada. Sin embargo, tú, como de costumbre, le quitaste importancia y no dejaste que me sintiera tan torpe.
En tu ausencia, me debato entre una soledad en la que te echo de menos y un estar con la gente del que quiero huir para regresar a mi refugio de ermitaño. Creo que la familia es la solución para esta situación, pues conforma una pequeña parte de la sociedad en la que podemos estar solos y acompañados a mismo tiempo, esa parte que protege la intimidad, pero también satisface las necesidades sociales. Te hablaba de cosas y personas, y sabía que, en tu presencia, tenía licencia para equivocarme, excederme, ser injusto, ser tolerante, dudar y discutir conmigo mismo. Poco después, cambiaba de opinión, retrocedía, como si fuera necesario decírtelo a ti para comprobar si se podía decir antes de dar marcha atrás. Solía leer la expresión de tu rostro: no estabas contenta con lo que escuchabas, te oponías… Y siempre encontrabas la forma más amable de hacer que me retractara. La familia es un espacio también para reprocharle cosas al ser querido, una conciencia añadida. ¿Jugaba yo un papel semejante contio? Eso espero y creo. Nos ayudábamos a controlar nuestras reacciones iniciales.
Eras mi familia, Sammur, y yo la tuya, un oasis para los dos, una solución para la soledad y la necesidad de intimidad a un tiempo. Una conciencia el uno para el otro.
Me sentía mal y me castigaba a mí mismo recordándome aquello que le decías a la vecina que llamaba a la puerta para que fueras a beber mate con ella: “Yassin está de visita”. Con ese comentario llamabas la atención sobre el hecho de que el susodicho se pasaba los días en su habitación, pensando, trabajando y sin apenas hablar.
Apenas decía nada cariñoso. Desciendo de un pueblo cuyos hombres no han aprendido a expresar lo que sienten. No es necesariamente porque seamos crueles, Sammur, y eso lo sabes bien, sino porque ocultamos la fragilidad de nuestro interior con el silencio, porque tememos que se descubra el amor que contiene. Tenemos miedo del amor y de las mujeres, de veras, pues ellas perciben perfectamente esa debilidad nuestra que no se puede esconder, y no parece que ellas protejan su corazón de la misma manera que nosotros. Me he fijado muchas, muchísimas veces, en que las mujeres en nuestra sociedad, como en otras, son más valientes que los hombres, y no solo en el amor.
En tu ausencia, mi vida se reparte entre el tiempo de trabajo, en el que estoy solo, la vida social entre amigos y conocidos, y mi vida contigo. Esa se da cuando estoy solo, que es la mayor parte del tiempo, pero se mezcla con el trabajo e incluso con la vida social y pública en ocasiones. Me apaño para manejar la combinación de amor y tristeza que siento cuando estás conmigo en mi soledad, pero me cuesta más controlarlo cuando no estoy solo, especialmente cuando hablo de ti delante de la gente.
Lo más deprimente de la soledad es cuando voy a hacer la compra y me llevo comida y cosas para la casa. Es como si lo que esta tarea entraña de conexión con la realidad reforzara mi sentimiento de culpa. Me ahogo como le pasaba a mi madre cuando alguno de sus hijos estaba ausente: no disfrutaba de la comida ni la bebida, se ahogaba de veras. No me he convertido en “el señor Depresión” como nuestra amiga, desaparecida hace años. Mi depresión es la sombra de una lucha sin miedo a la muerte. En tu ausencia le tengo mucho menos miedo que antes y creo que en que en ello se juntan la valentía y la tristeza, la tristeza por lo horrible de nuestras pérdidas. Luchamos mientras lloramos. Quien no teme a la muerte sabe que no se detendrá y encuentra en su interior, en su imagen, en su imaginación y en sus amigos la energía que le permite continuar.
Ojalá que tu nombre remita a una lucha heroica y sin miedo a la muerte, que sea símbolo de la lucha por la libertad, la justicia y la dignidad y que la pena ocupe un solo instante de esa generosa y valiente lucha. Tu épica ausencia hace que nuestra causa sea la del conocimiento y la verdad, más que de la justicia y la libertad. Sabes que lo que me pedía a mí mismo era buscar el conocimiento, más que cualquier otra cosa. Ahora que estás ausente, tengo dudas de que eso fuera lo más inteligente. Lo que se busca es dignidad, una vida digna y hacer el bien. Se supone que ese es el objetivo y el significado del conocimiento. Buscarte, saber de ti, satisface ese significado, le proporciona un factor impulsor más fuerte y hace del conocimiento un acto de justicia y dignidad. En el pasado, tal vez la búsqueda del conocimiento me llevara lejos, me hizo no comulgar con nada; sin embargo, la búsqueda de conocimiento en sí mismo ha adoptado tu nombre, Sammur. Tu nombre es el nombre de lo que quiero hacer. Tú eres la desconocida ausente cuyo conocimiento se busca.
Tal vez el conocimiento salve a quien lo busca, o quizá lo destruya, pero la pesadilla de quien quiere saber es no saber.
No saber nunca.
[1] Furgoneta que sirve como medio de transporte colectivo en Siria. 

viernes, 6 de diciembre de 2019

El programa de cifrado

Texto original: Al-Jumhuriya
Autora: Muna Rafei
Fecha: 05/12/2019

Muna Rafei lleva varios meses escribiendo para Al-Jumhuriya, desde zonas controladas por el régimen, contando cómo lo vive y las contradicciones que ello le produce. Hoy habla de esa sensación de cárcel en la que vive y en la autocensura continua provocada por la paradoja de vivir "libre" bajo la sombra del régimen carcelero.


Lo primero, saca el portátil y asegúrate de que es de noche, de que todos están dormidos y de que los sentidos de las paredes están desprevenidos. Vigila los exhaustos pasos de tu madre y tu padre, que temen a familiares y vecinos, a los transeúntes por la calle, a quienes suben en silencio por las escaleras del edificio y a todo el que tiene pequeños ojos agudos, o quizá, grandes y acechantes. Aleja de tu mente, aunque sea temporalmente, el fantasma del miedo que amenaza a tu familia y a tus hermanos a los que amaste tanto, porque ese fantasma, cuando te vea enfrascado en la tarea de escribir lo que piensas claramente en esta vida efímera, se sentará a tu lado, del mismo modo que la desesperación que se sienta en el banco de Jacques Prévert[1], y paralizará tus miembros. Mata al fantasma del miedo poniendo frente a él la imagen de los niños víctimas de una matanza, o la imagen de una familia cuyos cuerpos colapsaron bajo sus casas desplomadas sobre ellos, o la imagen de los mercados destruidos de Alepo que nunca imaginaste que no volverías a ver; o mátalo con las canciones que entonaba el mártir Sarut[2]. El fantasma morirá entonces de forma inevitable, o al menos durante un breve espacio de tiempo.
El programa de cifrado es un requisito indispensable para tu seguridad electrónica. Habla con tus amigos en el exterior, esos que aún se acuerdan de ti, por si alguno de ellos te ayuda a instalar una copia segura. Cuando se alargue la espera y no te llegue respuesta de ninguno de ellos, pregunta a tus amigos desconocidos -como tú para ellos- en las redes sociales por un programa de cifrado que te proteja del mal de la vigilancia. Te propondrán programas que conoces bien, pero les darás las gracias igualmente, y los utilizarás aunque no confíes en ellos, y a sabiendas de que no servirán si tu enemigo se propone seguir lo que haces, pues no tienes alternativa. Haz tus cálculos para ese momento, pues ahora serás Sherlock Holmes en su versión siria oculta, a falta de su pipa, su inteligencia, su heroísmo, su valentía y su claro descubrimiento de los asesinos, a los que pone sin dudarlo a disposición de la justicia, pero con la salvedad de que tú sí conoces al asesino, a tu asesino, al asesino de todos los que amaste un día y que después murieron y desaparecieron, o huyeron y te dejaron.
Cuando comiences a escribir, te atacaran las contradicciones en las que vives, las que cometes. Recordarás que ayer fuiste al funeral de un militar y presentaste tus condolencias a la familia, obligado, porque no tienes capacidad de huir de estas situaciones. Recordarás que en menos de una semana has pagado más de tres sobornos para agilizar algunos trámites rutinarios importantes para tu familia. Recordarás también tus múltiples sonrisas y saludos a quienes sabes bien que te odian en lo más profundo de su ser, un odio que tú también les profesas en la misma medida, y ambos lo sabéis. Quítatelo de la cabeza sacudiendo tu mano como si un mosquito se empeñara en molestarte y adopta el papel del observador acechante que quiere transmitir la imagen de lo que sucede, pues todos aquí se han quedado mudos y les han cortado la lengua, y en este momento tú eres su lengua, que osa moverse en su cueva para decir todo lo que desea decir. Expulsa de tu pensamiento, aunque sea con mucho esfuerzo, a tus amigos shabbiha del trabajo, la universidad o del edificio en que vives, o incluso entre tus antiguos conocidos. Esos en concreto te torturarán y te impedirán escribir apareciendo en tu memoria. Libérate de todos ellos y olvida que te encuentras bajo la sombra de tu asesino, el asesino de tus seres queridos, cuando empieces a escribir la primera línea, o la primera palabra. La primera línea será la más difícil siempre, pero te acostumbrarás una vez hayas escrito varios textos.
No pienses demasiado en el nicho de militares cercano a tu casa, ni en los lemas de glorificación que lo decoran, ni en los colores de las banderas rojas que se elevan sobre ellos. Date un leve manotazo para recordarte que ahora estás en tu habitación, donde no hay imágenes, ni lemas, ni uniformes militares, y donde los pasillos asfixian hasta tu respiración y la del resto de miembros de la familia. Si sientes que la leve brisa que entra por tu ventana presiona tu pecho, ciérrala, cierra el portátil y destierra la idea de escribir de tu cabeza ahora; pero sabe que te perseguirá y acabará venciendo a tu miedo en un momento inesperado, en que verás cómo tus dedos presionan las teclas del teclado y escriben lo siguiente:
“Cuando os alegráis de las sanciones estadounidenses contra el régimen porque afectarán a quienes lo apoyan, y nos incluís a nosotros en ellas porque aceptamos vivir bajo su sombra, cometéis una injusticia, e incluso resultáis ingenuos. Con seguir un poco el tema, sabrías que el verdadero afectado no es el régimen, ni sus pilares, ni sus colaboradores, sino nosotros, las personas normales y corrientes que nos hemos convertido en una especie de animales errantes, a los que nos unen la torpeza, la sed de comida, de sexo y de arremeter unos contra otros y presumir de ello. ¿Veis el gato que se erige arrogante sobre el contenedor de basura que recordó Luqman Derki en su poema [3]? Tal vez tú, el gran hombre en nosotros, no alcances la tranquilidad de sus suaves patas flexionadas sobre el borde del contenedor ni a la elevación de su nariz; sin embargo, nos enorgullecemos de ello, porque hemos perdido todo, y vosotros, también. La diferencia es que el contenedor sobre el que os eleváis tal vez esté más limpio”.
Te detendrás unos instantes en las últimas frases, y las borrarás al pensar que se te ha ido la lengua contra quienes son como tú. Las borrarás y mirarás con humildad a la pantalla blanca, donde volverás a pensar qué debes decir y a quién debe apuntar el dedo acusador.
Y hete aquí volviendo a escribir. No dejes de escribir de pronto si el flujo de las letras se ve interrumpido por el pánico ante una fuerte llamada a la puerta de tu vecino a las dos de la mañana y no te alarmes cuando escuches en la noche el sonido de disparos provenientes de los barrios vecinos. No permitas que el flujo de las balas sustituya al de tus ideas, porque lo cortará y las dispersará. Intenta recomponerte y ordenar tus ideas. Tus dedos apretarán las teclas y escribirás “El manicomio sirio”. Pensarás que esa simple expresión es suficiente para constituir un texto completo, pensarás en primer lugar en tu lector, y en que debes divertirle, hacerle llorar, hacer que disfrute, enojarlo o facilitarle nuevos datos para que comprenda lo que vives en la gran cárcel, cómo la gente interactúa con lo que sucede a su alrededor y cómo reaccionan a lo que les sucede a ellos. Desearás dibujarle a tu lector cómo ves a la gente a tu alrededor, con la figura encorvada y las cabezas en horizontal, a la altura de los hombros. El horizonte aquí no es esa línea romántica lejana que separa el mar del cielo, o la tierra del espacio, o el sueño y la realidad, sino que es esa línea que ha descendido mucho y a cuya altura te sitúas, junto al encorvamiento y la inclinación de las cabezas.
El programa de cifrado funciona y debes escoger el tema del texto con precisión. Recordarás a las jóvenes detenidas que confiaron en ti y te contaron algunas de sus historias y se te ocurrirá escribir algo sobre los horrores que presenciaron y cómo ahora viven cautelosas, con el pánico de volver a caer en el mismo infierno. La conciencia del periodista en ti te exige que les pidas permiso para escribir sobre ellas, pero sabes que les meterás miedo con tu petición, y que tal vez desconfiarán de ti y quizá se arrepientan de haber hablado contigo. A pesar de ello, no podrás evitar recordar a la joven que fue detenida a consecuencia de un informe tendencioso de una amiga suya. Pensarás que vas a levantar el velo que cubre del rostro de la mujer para contar sus rasgos y su situación y en cómo vas a disimularlo todo para que no le cause ningún perjuicio. Entonces te relajarás ante la idea de que está contando su historia porque está en un lugar seguro fuera de ese infierno y, con sus palabras, transmitirás con seguridad lo que le sucedió:
“El carcelero…” Punto. Dejas de pronto de escribir lo que sucedió, sientes un nudo, sientes la vulgaridad y la humillación, pues ya se ha escrito mucho sobre ese tema, sobre todo porque siempre va ligado a la pregunta de si la mujer conservó su virginidad, esa misma pregunta que las mató mil veces tras salir de la cárcel: “¿Te hicieron algo? ¿Sigues siendo pura?” El futuro marido respondió a una de las detenidas: “No me importa lo que te hicieran, pues yo te acepto y me enorgullezco de ti”. Parece que lo que le sucedió a esa chica fue una excepción para reconfortar y satisfacer a los lectores, o a algunos de ellos. En cuanto a ti, la sangre te hierve, sobre todo cuando los ves cada día, ves a los torturadores de esas chicas, sus semejantes y sus homólogos, les sonríes y les estrechas la mano, e incluso les das un beso. Sin embargo, por la noche, a oscuras, en el temible silencio, escribes sobre ellos, esos que se afanaban en golpear a la joven de dieciséis años en el vientre o, en concreto, a la altura del útero, hasta que se le cortó la menstruación, para volver a golpearla de nuevo con dureza en el ombligo al saber que le había vuelto la regla. Después, la pena que sintió el juez al verla y su decisión de liberarla cuando ya estaba prácticamente loca, soltándola en las afueras de Damasco. Pensarás en su perdición y sus súplicas a otras mujeres para que alguna le dejase su teléfono para llamar a su familia y decirles que había salido. “Semanas después de liberarme, detuvieron a mi madre”. La sangre vuelve a hervirte, la sangre hierve en tus venas. Piensas en cambiar el tema del texto porque el lector no verá a la mujer, ni sus lágrimas, ni su angustia por sí misma, sus hermanos y su madre, pero tú sí la has visto; porque el lector no verá a los asesinos y sus semejantes andando por las calles y fijando su mirada en ti hasta rompértela, pero tú sí los ves. La cuestión no es el texto, ni el lector, sino la necesidad de la palabra ante la prolongación del significado.
El programa de cifrado sigue funcionando, o eso dice, aunque tu copia es antigua y está plagada de anuncios, y no es la copia extranjera certificada de una empresa reconocida, pero “bueno, no pasa nada”. El mero hecho de que esté instalado en tu ordenador te da seguridad. La noche está tranquila y apenas acaba de comenzar, te ronda la idea de escribir sobre el hombre con el que te encontraste hace un tiempo, que había abandonado recientemente el ejército, y que te habló muy generosamente sobre el curso de jurisprudencia religiosa que recibió durante su servicio en el ejército con ayuda del profesor “que Dios se lo pague”, después de que los oficiales iraníes lo escogieran precisamente a él entre sus compañeros para participar en ese curso que se imparte a algunos militares escogidos, ya que en su rostro se perfilaba la “piedad”. Esos oficiales iraníes inocentes que quieren que entre los miembros del ejército haya personas temerosas de Dios, cuyas frentes conocen la prosternación y que saben rezar, cada uno según su fe. Solo por eso, los oficiales trajeron a “jeques suníes para los jóvenes suníes, y jeques de tal o cual religión para los jóvenes de tal o cual religión”, según contaba el hombre literalmente. “Nos dividieron según nuestra confesión y cada joven recibió un curso en que se impartía jurisprudencia religiosa de manos de jeques de su confesión para que no se diga que los iraníes intentan cambiar la fe de las personas” porque ellos, para que quede constancia, “no quieren eso, e incluso nos dieron muchos perfumes y libros de regalo tras el curso, que regalé a mi profesor, que casi lloró de la emoción y que de hecho lo hizo al despedirme tras ser desmovilizado de la reserva”.
“No me preguntéis por mi corazón, pues las preguntas sencillas son como un proyectil y las preguntas complejas, un suicidio”, dice Riad al-Saleh al-Hussein [4]
No terminas el artículo sobre ese hombre, cambias de idea totalmente porque sabes que, ese día, temiste hacerle una pregunta, sencilla o compleja, sobre los detalles del curso y quienes participaban en él, y sobre los objetivos del mismo, sobre cuántas veces se ha impartido y a quién se aplica, y sobre qué piensa de ello el régimen al no ser él el responsable. Temes preguntarle cualquier cosa, incluso por el lugar en que se impartió y lo único que sabes es que se celebró en una sala de lujo y que se subían a una tarima para responder a las preguntas de los jeques, para que estos decidieran quiénes obtenían los resultados más altos, entre los que estaba él mismo. Le das la enhorabuena por ello, y le dices “bendito sea Dios, ojalá haya muchos como tú”. Piensas que estás engañando a tu lector si no le das un pequeño detalle: sí, le diste la enhorabuena al hombre y sonreíste ante su rostro lleno de orgullo por su éxito, para descubrir posteriormente que todo lo que te había contado era una introducción para pedirte un trabajo que le bastara para evitarse la humillación de pedir para alimentar a su familia, pues está arruinado y sus hijos “hambrientos”. Las ideas vacilan en tu cabeza, sobre todo porque en ese momento dudaste sobre si ayudarlo, pero te frenaste en el último instante por miedo a pesar de “la piedad” que brillaba en su rostro, y piensas que el lector tiene la misión de emitir un juicio ponderado sobre lo sucedido.
Aún no has terminado el texto, pero lo guardas con paciencia y cariño y lo escondes con un nombre falso y absurdo en carpetas dentro de otras carpetas, que se incluyen en otras carpetas a las que piensas que no llegará nadie si tu ordenador, Dios no lo quiera, cae en manos de quienes no deben saber lo que haces. Te olvidas del lector, y del curso de jurisprudencia, del útero vuelto sobre si mismo, del periódico, y piensas que todo lo que haces es una mezcla de seguridad y traición, de enfrentamiento y de huida. Sientes que estás al borde de la locura, y que eres simplemente ojos, oídos y dedos, pero no boca, ni voz, ni imagen. Después respiras profundamente y cierras los ojos. Gracias a Dios que existe el programa de cifrado. Estás a punto de terminar el texto, piensas en el editor con el que te comunicas y en lo que dirá, en las críticas y los comentarios. Piensas que quieres que los editores publiquen tu texto tal cual, con sus errores gramaticales y ortográficos, con su falta de cohesión y su dispersión de ideas, y todos los errores que contenga, porque no te importa más que el hecho de que la línea recta dibujada en tu rostro, que parece una boca, es una mera línea pequeña de carne verdaderamente recta, ni más ni menos. Piensas que tu verdadera boca está en tu corazón, o en tu pecho, y desearías poder destrozarla o cortarla, para que se calle, porque no puedes devolverla a su estado natural. También piensas en los lectores y les guardas rencor, rencor frente a esos ojos que no verás mientras leen tus palabras, o que no verás y a los que directamente no les importa lo que escribes. Les guardas rencor a las buenas opiniones y también a las críticas que tal vez expresarán las bocas que no escucharás mientras leen tus palabras. Les guardas rencor a los lectores, los virtuales, porque sientes que deben estar contigo, a tu lado, delante y tras de ti, porque los necesitas, porque te sientes solo, muy solo… Porque lo que escribes es efímero, porque ellos también pasan efímeramente por tus palabras, porque… Porque no te ayudarán ni siquiera a conseguir un programa de cifrado seguro que te proteja, aunque sea de forma imaginaria, de las cosas que deseas decir y temes decir. Ellos disfrutan del lujo de escucharlas o leerlas, el lujo de escuchar tu voz oprimida, perdida, amputada que sale del profundo de tu pecho exclusivamente y no de tu boca, la línea recta, y ni siquiera de tu cabeza. Por último, piensas, cada vez que lo haces, que esta será la última vez que escribes, la última que caminarás por ese camino y que enviarás un texto, mientras lees en silencio la aleya que dice “Les hemos colocado una barrera por delante y por detrás, que los cubre de tal modo que no pueden ver” (Corán 36:9). Vuelves a exhalar por tercera vez sobre la pantalla, después respiras aliviado cuando el texto le llega al editor. Esperas media hora. Gracias a Dios, sigues en tu casa. Dos horas, tres, una noche entera, la mañana del día siguiente, y el de después, y uno más… Gracias a Dios, todo está bien, y la calma te vuelve progresivamente, y ahora te ves pensando, de nuevo, en un nuevo texto y un nuevo programa de cifrado que te pueda proteger de tu asesino.

[1] Referencia al texto de Jacques Prévert “La desesperación está sentada en un banco”.
[2] Más sobre Abdelbasit Sarut aquí.
[3] Poeta sirio que apoyó la revolución. Si el texto al que se refiere la autora es el que creemos, describe una pelea de gatos por unas bolsas de basura hasta que uno se erige triunfal sobre ellas. 
[4] Uno de los poetas sirios (1954-1982) más importantes de la poesía de verso libre.