Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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sábado, 14 de marzo de 2020

El recuerdo y el olvido

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Orwa Khalife
Fecha: 12/03/2020
Me detuve al inicio de la calle, pero no entré: me quedé medio petrificado con una cámara en la mano que no puse en funcionamiento como había pensado. La escena en mi barrio destruido había detenido el tiempo y mundo. No entré ni encendí la cámara, naturalmente, aunque ya había grabado algunas escenas de destrucción y bombardeo. Después decidí que ya no quería volver a grabar.
Siete años completos llevo intentando escribir estas líneas, siete años que me separan de este día en el que decidí volver a Al-Ghuta, cuando todavía era posible, siete años en los que esa imagen se ha instalado en mis pesadillas. En ellas, veo a mi amigo Ahmad, al que el régimen asesinó en Maalula, veo el barrio, veo el salón de nuestra casa lleno de polvo, y no lo veo en escenas independientes, sino de golpe, todo en un mismo lugar.
Tal vez esa no sea la imagen más dura que se puede ver hoy en Siria, o incluso pueda parecer un chiste, pero como en todo, siempre hay una primera vez, un primer shock, y eso es lo que se queda bien dentro y, de hecho, a mí me parece más duro que el momento en que escapé del barril [explosivo] que lanzó el helicóptero sobre Saraqeb.
¿Es importante escribir esto? Cada vez que intento escribirlo, vuelve el mismo trauma: una paralización total, un intenso deseo de salir del lugar en el que estoy. La cuestión para mí no es la valentía que exige recordar ese momento, ni tampoco esos momentos han dejado en mí alguna secuela insoportable. No necesito deshacerme de ello para continuar con mi vida, no necesito recordarlos en el diván de un psicólogo. Siempre supe que era un importante comienzo de mi historia, pero ¿debo escribir dicha historia?
Durante el tiempo que ejercí como periodista, había una pregunta que me acechaba continuamente cuando pedía a la gente que contara su historia: ¿les provocaba un nuevo dolor? ¿Qué es importante y qué no? ¿Cómo evitaba causar más traumas derivados del recuerdo? Tratar con hechos traumáticos no es algo banal, como tampoco sabes si estás haciendo, sin querer, que se recuerden cosas que tal vez permanecían enterradas. Cuando preparaba un reportaje sobre el pan sirio en Turquía [1], pregunté a un hombre desplazado desde la zona rural de Damasco su opinión sobre el pan sirio en la ciudad de Gaziantep. Posteriormente, descubrí que había perdido a su hijo frente a uno de los hornos de pan que los aviones del régimen habían bombardeado, matando a quienes hacían cola en la puerta del mismo.
No podemos dejar de recordar o contar lo que sucede. Sería hipócrita decir eso, y más en un texto que escribo en Al-Jumhuriya sobre el recuerdo y la narración de nuestra historia, pero ¿cuáles son los límites que podemos establecer?
No hay respuesta definitiva, pero sí hay algo que podemos hacer. Comencemos por lo más sencillo, con el caso de la reportera del canal Addounia, Micheline Azar, que interrogó a las víctimas de la matanza de Daraya mientras agonizaban, en una escena macabra[2]. No podemos interrogar a las víctimas cuando están en estado de shock y, por supuesto, no podemos interrogar a los familiares de los asesinados y heridos. Eso sería un crimen: la escena de esa reportera que irrumpió en las calles de Daraya, cuando sus habitantes estaban tirados a los lados de la calzada, fue una muerte atroz ante la cámara del asesino. Un ser humano no puede hacer algo semejante, te dices, pero por desgracia, esta es el ejemplo que lo desmiente; sin embargo, lo más complicado es que ese tipo de situaciones se han repetido, y no por parte del asesino, sino de los periodistas sirios que querían, sencillamente, documentar las violaciones cometidas por el régimen. He visto muchas grabaciones de padres y madres que llevan en brazos a sus hijos muertos con las que el periodista quiere documentar los hechos: se trata de una cuestión polémica, lo sé, pero en algunos casos, el periodista les hace preguntas directamente. Ahí es cuando pasa a ser un crimen.
A person standing on a sidewalk

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En la última escalada militar y campaña salvaje de bombardeos sobre Idleb, el permiso dado por Turquía a la entrada de medios internacionales a la ciudad provocó la entrada de muchos periodistas verdaderamente valientes para cubrir lo que sucedía en una zona testigo de uno de las más terribles desastres de nuestra época. En este contexto, es muy probable que nos encontremos con periodistas de la CNN o del Washington Post en la ciudad de Idleb o cerca de los campamentos fronterizos.

Uno de mis amigos en Idleb me contó que el equipo de grabación de un canal internacional presionó fuertemente a una víctima de los bombardeos y el desplazamiento para grabar con él, presión a la que contribuyeron algunos sirios, humillándole directamente con comentarios del tipo “¿Eres un shabbih [3] o qué? ¿Por qué te da miedo que te graben?” Esta no es la primera vez que esto sucede, claro, pero la coerción para recordar o contar lo que ha sucedido en cualquier situación y la presión, los engaños y las mentiras para que las víctimas cuenten lo que ha sucedido, no es aceptable en absoluto.

Lo que acabo de decir no es un llamamiento al silencio, por supuesto, sino que es en realidad lo contrario: un llamamiento a escribir y ayudar a las víctimas a contar lo que ha sucedido, pero no a cualquier precio. Hoy, cuando nos vemos frente a las consecuencias del aplastamiento completo de la revolución por parte del régimen en Siria, necesitamos nuestra propia voz, y necesitamos decir lo que sucede, porque olvidarlo supone olvidar a todas las víctimas y a los detenidos que siguen estando en los sótanos de los servicios de seguridad, pero no a cualquier precio. Las víctimas no son instrumentos desprovistos de humanidad para repetir la narración de las historias tristes en actividades de apoyo o en las páginas de los artículos y los libros que quieren dejar constancia de los crímenes. No podemos luchar contra las violaciones cometiendo nuevas violaciones.

Ante la imperiosa necesidad de dejar constancia de todos los detalles generales y particulares que conforman la historia de los años a partir de 2011, la capacidad que tengamos de ayudar a quienes quieren y están preparados mentalmente para contar sus historias y testimonios es nuestra principal misión, pero no interrogarlos. El caso del ex detenido Mazen Hamada ha tenido una fuerte repercusión [4]. No dispongo de los datos concretos ni puedo, evidentemente, basarme en los rumores e historias que circulan como pruebas inequívocas, pero psicológicamente, según la mayor parte de esas versiones, el hombre estaba desequilibrado, ya que aparentemente había sufrido brotes psicóticos. Los llamamientos a que Mazen contara su historia no fueron los que lo provocaron, suponiendo que estas historias sean ciertas, y en realidad puede que no haya razones claras para la psicosis, pues los traumas psicológicos no son los únicos que provocan esa condición o síntomas de esquizofrenia, pero ¿quienes realizaron esos llamamientos eran conscientes de su situación psicológica? Detectar síntomas de psicosis no es tan difícil. La historia exige muchos detalles complementarios, naturalmente, para considerarla un ejemplo, pero considerando tales condiciones, cómo puede pedírsele a un enfermo de psicosis o que sufre problemas psicológicos que tal vez anulan su capacidad de elección, que cuente lo que sucedió? La verdad es que no deberíamos pedirle eso nunca, pues los únicos capacitados para ello son el médico y el psicólogo.

Todo esto no son simples intentos bienintencionados para empujar a la gente a que cuente las atrocidades del régimen en Siria, pues en los últimos años se ha desarrollado una estructura más o menos organizada para documentar y registrar dichas atrocidades, que ha desarrollado sus propios mecanismos para exportar las imágenes de lo que sucede en Siria, algo por lo que la gente ha pagado con su vida, pero dichos mecanismos jurídicos y periodísticos organizados con sus enfoques particulares para contar lo que ha sucedido han cometido y siguen cometiendo esos errores. Naturalmente, los detenidos y sus familias deben hablar de esas atrocidades que han sufrido, cosas que no podemos ni imaginar que suceden, o que han sucedido solo en el episodio más negro de la memoria mundial en Auschwitz, durante el Holocausto.

Pero, nuevamente, no puede ser a cualquier precio, empujando a las víctimas que sufren desequilibrios mentales a hablar y hacerles recordar sus traumas en entornos no seguros, a diferencia de lo que les pueden ofrecer los tratamientos psicológicos, ante extraños a quienes ven por primera vez y a quienes no volverán a ver. Contarán detalles extremadamente atroces de aquello a lo que se han enfrentado: ¿no deberían tener antes la libertad de elegir y la capacidad de dar su consentimiento en plena posesión de sus facultades para ello? Parece que la petición ordinaria de que se narre la historia que realizan los programas de financiación jurídica y la necesidad de los medios internacionales de contar con historias humanas de la guerra, cualquier guerra, han llevado a conformar espacios no seguros para las víctimas. Quienes han sufrido la tortura del mujabarat de las peores formas tiene derecho a guardar silencio y olvidar: no están obligados a hablar y, naturalmente, no se les debe empujar ni presionar para que cuenten su historia.

Del mismo modo que tenemos derecho a hablar, el derecho a contar lo que nos ha sucedido, también tenemos derecho al silencio, el derecho a no tener la valentía de recordar las atrocidades que sufrimos. ¿Qué garantiza a quien no quiere hablar ese recuerdo doloroso servirá para algo? En la historia de Ministerio del Dolor, que se tradujo al árabe bajo el título de Patria del dolor, la novelista croata (aunque probablemente prefiera el gentilicio de yugoslava) Dubravka Ugresic, dice: “Cuánto duele la extrema lentitud de la justicia”. Se pregunta por el sentido de que los criminales rindan cuentas después de que sus víctimas, que sobrevivieron a ellos, hayan fallecido antes de que se hiciera justicia. En realidad, la justicia de la que son adalides las actividades de documentación de lo sucedido es esa misma justicia lenta: aquellos a quienes pedimos que cuenten su historia tienen derecho a preguntarse por el sentido de todo ello.

No hay nadie consciente y bienintencionado que quiera convertirse en Micheline Azar, la reportera del canal Addounia que participó en el crimen de Daraya. No digo que nadie vaya a llegar a eso, pero parece que existen zonas grises en lo que hacemos para narrar lo sucedido que pueden llevarnos a cosas terribles. Interrogar a la muerte puede ser un crimen tan claro como el de Micheline o no tanto, como ha sucedido en muchas ocasiones. Debemos decir lo atroz, contarlo y enfrentarnos a ello y mantenerlo vivo, pero no a cualquier precio.

[1] Disponible aquí en árabe.
[2] Aquí puede verse una noticia relacionada en inglés.
[3] Término utilizado para referirse a las milicias paramilitares perpetradoras de matanzas contra opositores al régimen o zonas civiles bajo control de la oposición; sin embargo, aquí se utiliza como sinónimo de partidario del régimen.
[4] Esta persona decidió volver a Siria, donde fue detenido. Parte de su historia puede leerse aquí en inglés.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Cartas a Samira (11)


Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin al-Haj Saleh
Fecha: 09/12/2018
¡Cinco años! ¡Sesenta meses! ¡260 semanas! ¡1.826 días!
Diría que me ha pasado por la cabeza mil veces lo que haría si me encontrara de frente con los cuervos del mal que te secuestraron e hicieron desaparecer, Sammur. Les secuestraría el alma: esa es la respuesta más directa. Las suyas son almas muertas que viven de destrozar la vida y que no descansan hasta que han esparcido la muerte a su alrededor. ¿Sabes lo que dice Al-Mutanabbi [1] de almas como las de ellos?

“La muerte no se lleva un alma nauseabunda de las suyas
si no puede cogerla con un palo”

Hace falta un palo muy largo para alejar esas almas fétidas que provocan náuseas a la propia muerte.


Pero, incluso si me los encontrara de frente y tuviera ese largo palo, ¿sería el secuestro de las almas de semejantes seres el castigo justo por un crimen de secuestro, desaparición forzosa y negación durante años? Quien sufre por amor suele inclinarse a veces por algo más sencillo, menos violento y quizá con un impacto más duradero: que permanezcan, desposeídos de toda fuerza, seguidores y dinero, bajo su atenta mirada. Los quiero expuestos, al alcance de nuestras miradas, la mía y la de los familiares de los desaparecidos. Pienso en que no se les haga daño, que se les dé de comer y de beber y que se les vista, que los preserven como reliquias vivas del crimen.

Sin embargo, ¿puede haber un castigo justo? ¿Es justo que nos preocupemos de tal manera por mantener con vida a esos insignificantes criminales y mostrárselos a los espectadores, en vez de ejecutarlos o encarcelados, como otros criminales de su misma calaña, asesinos o violadores? ¿O quizá deberían ser secuestrados y hechos desaparecer? Para mí, esta última opción debe descartarse porque hace sufrir a sus familias (esos rabiosos también tienen familia, ¡e hijos!), y porque eso supone producir nuevos secuestradores, algo que no debe suceder, ni experimentarse, ni existir.

Mi imaginación en ese sentido, Sammur, es modesta, y no sé si eso es bueno. Durante los primeros meses en que estuvimos presos, pensábamos qué haríamos con Hafez al-Asad si lo tuviéramos delante, y sin embargo, apenas recuerdo la propuesta que más gracia me hizo, y que fue idea de uno de mis compañeros: meterlo de pie en un hoyo de su estatura, enterrado hasta el cuello con excrementos humanos, y que un hombre portando una espada saltara sobre él continuamente gritando “¡La cabeza, la cabeza, la cabeza!” Eso le obligaría a meter su cabeza una y otra vez en los excrementos para protegerla. Con ello, los detenidos desarmados se vengaban imaginariamente de su verdugo rencoroso, de quien pensaban que todavía no había cometido el peor de sus crímenes: la matanza de Hama.

¿Cuál podría, entonces, ser el castigo más justo para Bashar y los fabricantes y administradores de muerte en su régimen? Tal vez ninguno, tal vez no haya un castigo justo para sus semejantes, como no lo hay para Ka’ka, Dirani, Shadhili y Buaydani algunos de los que os secuestraron a ti, a Razan, a Wael y a Nazem.


Izzat Abu Rab'iya



Poner a Bashar al-Asad frente a los innumerables sirios a los que ha asesinado, condenado al exilio y torturado, ante todos aquellos cuyas vidas ha destrozado y cuyos corazones ha roto, mostrarlo ante ellos, para que las víctimas le hagan escuchar los crímenes que ha cometido contra ellos, y condenarlo a permanecer ante sus miradas… Quizá eso sea lo más cercano a la justicia.
La pregunta que quizá cabe hacerse es: ¿Durante cuánto tiempo han de mantenerse expuestos los criminales? ¿Deben ser castigados con el escrutinio de las miradas de sus víctimas durante el resto de su vida? La verdad es que, aunque ellos lo merezcan, nosotros no. Nuestros ojos merecen algo mejor, y también nuestras almas.
Queremos que los criminales reciban su castigo, y que desaparezcan de nuestras miradas, para que en sus conciencias quede el recuerdo de las heridas que no queremos que se repitan.
Pero, ¿por qué no recurrimos al Talión? Que prueben exactamente lo mismo que han dado a probar a otros. Habría que poner a Bashar, Maher [2], Jamil Hassan [3], Ali Mamlouk [4] y sus cómplices en la matanza en celdas estrechas, escasamente ventiladas en las que sintieran que se asfixian. Habría que tenerlos semanas y meses sin ducharse, asustarlos y golpearlos de vez en cuando, aplicarles electricidad en sus partes, sodomizarlos con una vara o botellas de cristal, y obligarlos a violarse unos a otros, como ellos hicieron con sus víctimas en la cárcel de Seidnaya, privándolos de la muerte durante un poco más de tiempo. Ka’ka, Dirani, Shadhili, Buaydani y Younes al-Nisrin deberían ser encerrados en jaulas de hierro, para luego pasearlos ante la gente por el barrio industrial de Adra [5] ¿Por qué no imponerles la lectura de los discursos de Bashar al-Asad y su padre, y hacerles exámenes sobre ellos, como solían hacer ellos con sus presos a los que obligaban a memorizar el Corán? Quizá podrían enseñar ellos mismos a Bashar al-Asad y sus socios a rezar, examinarlos de los diez pecados del islam, o del cuaderno del rabioso siervo del poder, Samir al-Ka’ka, sobre la lealtad y la absolución [6], y golpearlos con el látigo si no se lo saben.
¿Hay alguna forma de lograr la justicia, Sammur, sin castigar a esos asesinos? Creo que no. Castigarlos con una mirada escrutadora no es suficiente: tiene que haber una forma material o corporal de castigo justo, sin que se convierta en una copia del crimen cometido por el criminal al que se está castigando, y sin suponer una aplicación literal de la ley de Talión. La justicia del ojo por ojo deja a todos ciegos, como decía Ghandi. Sin embargo, la esencia del ojo por ojo contra el ente criminal sigue siendo la base para un castigo justo. No se trata de secuestrar a quien secuestra, ni de matar a quien mata, ni de cortar la mano de quien la corta, sino de imitar la acción inicial despojando a los criminales de toda posibilidad de torturar, proteger a la sociedad frente a ellos y convencerla de que se ha hecho justicia.
En cualquier caso, si la justicia tiene futuro en nuestra patria, o nuestra patria tiene futuro, ello no va a depender de que los que han cometido delitos se libren del castigo, sino que va más allá: el castigo ha de ser un acontecimiento nacional, público, grande, fundacional y político. Me refiero a que los sirios han de saber lo que está pasando, poder seguirlo, y conocer su justificación, los detalles de los crímenes y los mecanismos utilizados para hacer justicia, y que se produzca de tal forma que suponga una ruptura en la historia de nuestro país, que cierre por fin el capítulo anterior.
¿Cabe la esperanza, Sammur? Quizá eso nunca suceda, quizá no lo veamos, pero tal vez el hecho de imaginarlo, pensar en ello y trabajar en ello ayude a que mentes y corazones encuentren una forma justa de castigo que quizá sea más fácil de hacer realidad.
Ahora bien, ¿no es más importante el perdón que una justicia imposible, cuyo continuo retraso avisa de su imposibilidad con el paso de los días, los meses y los años durante los cuales vemos todo tipo de injusticias flagrantes con las que llevamos conviviendo décadas? No lo creo. No porque no nos contentemos con un cuarto de la justicia no vamos a conseguir nada. El problema es que ya nos hemos contentado con ese cuarto, pero a dicho cuarto no le hemos bastado. ¿Recuerdas la iniciativa que firmaron los ex presos, en 2003 o 2004, para derogar la privación de derechos civiles y la compensación por los años de cárcel? Dicha iniciativa no suponía ni el 10% de la justicia que merecíamos, y se hizo con conocimiento y coordinación del aparato de seguridad e inteligencia: no dio ningún resultado.
Antes de aquello, estoy seguro de que recuerdas que algunos de los nuestros hablaron de una reconciliación nacional y a la compensación de los agravios para cortar el camino a los actos de venganza y las explosiones irracionales. También hubo algunos ex prisioneros políticos que adoptaron el lema de Mandela: “Perdonamos para no olvidar”. Yo mismo fui uno de ellos, pero en el lema estaba implícito lo que se había logrado en el caso de Mandela: el cierre del capítulo de la discriminación y el inicio de una nueva era. Teníamos la esperanza de que el capítulo se cerrara y la reconciliación tuviera lugar, para entrar de veras en el tiempo del perdón. No solo no sucedió nada de eso, ¡sino que se nos calificó de rencorosos!
La justicia no puede convalidarse con el perdón o las conciliaciones. Ese tipo de pactos son traicioneros: Líbano se está pudriendo hoy por culpa de un pacto así. Queremos justicia para poder perdonar.
Cuando vuelvas, sana y salva, cuando los criminales sean puestos a disposición de un tribunal justo, cuando reciban el castigo merecido, entonces, podremos pensar juntos en el perdón y la conciliación.
Pido menos de lo que pedía Heinrich Heine, el poeta alemán de siglo XIX, que decía de sí mismo, con ironía, que era “de carácter muy pacífico” y que sus deseos apenas eran “una cabaña modesta con el techo de paja, pero con una buena cama y buena comida, leche y mantequilla frescas, flores en la ventana y bellos árboles frente a la puerta”. Y por último añadía esta modesta petición: “Y, si Dios quiere, completar mi felicidad viendo a seis o siete de mis enemigos colgando ahorcados de dichos árboles. Antes de su muerte, con el corazón acongojado, les perdonaré por todo lo que me hicieron en vida, pues lo cierto es que uno debe perdonar a sus enemigos, pero no antes de ser ahorcados”.
Yo quiero ver a mis enemigos privados de poder y dinero, sus dioses a los que adoran. No quiero que pasen hambre, pero que se alimenten del racionado, como hacían ellos con sus presos. No tengo esa gracia para el odio que tenía Heine y no quiero que mis enemigos sean colgados antes de que les muestre mi misericordia y los perdone, sino que quiero que vivan como pollos sin alas, que es como en realidad se encuentran cuando carecen de poder asesino y dinero robado.
Sammur, ni en nuestro idioma, ni probablemente en ningún otro, existe una palabra para llamar a quien sufre la desaparición de un ser amado, del que no sabe nada durante años. Por mi experiencia, creo que quienes están pasando por algo similar no tienen una opinión clara sobre cuál es el castigo justo para los que os han hecho desaparecer. Por mi parte, no puedo negar la relevancia de pedir la ejecución de quienes han prometido a sus víctimas en los sótanos asadianos de la muerte (o sus homólogos, los señores islamistas de la tortura y la muerte) que desearan la muerte, pero que no la obtendrán. Pero ello, la ejecución no ha de tener lugar hasta que los asesinos no sean privados del poder y la influencia que poseen, no sin que hayan sido acusados y culpados, y no sin que la justicia se configure como acontecimiento social público que nos sirva de base para el futuro.
Creo que el crimen cometido por los torturadores y los secuestradores no es como el que cometen otros, por lo que su castigo no ha de ser el mismo tampoco. Debe suponer el fin de las desapariciones forzosas y las torturas y no el fin de los secuestradores y torturadores como tal. Después, deberá renovarse el pacto y celebrarse cada año, para que no se olvide. Ha de ser una fiesta contra el mal, que recordemos cada año para no repetirlo.
[1] Famoso poeta árabe del siglo X.
[2] Hermano de Bashar al-Asad.
[3] Jefe de la Dirección de la Inteligencia Aérea siria.
[4] Hombre de confianza de Asad y jefe de la Oficina de Seguridad Nacional del Partido Baaz.
[5] Barrio en el Ejército del Islam tomó rehenes alauíes y los paseó en jaulas por la calle.
[6] Conceptos de la jurisprudencia islámica.

martes, 25 de septiembre de 2012

La cabeza de Fátima

Texto original: Blog de Ziad Majed

Autor: Ziad Majed 

Fecha:  25/09/2012 


 


Es difícil imaginar lo que le pasó a Fátima[1], y es difícil describir el silencio que se tragó las voces de los que vieron su muerte. Creo que las obras artísticas en Facebook que le devolvían su cabeza,  dibujándola como un jardín de flores, una luna o un sol, intentaban compensar este terrorífico silencio y aligerárselo a Fátima, a los que la querían y a todos nosotros. 

¿Qué puedes hacerle a una niña que ha “perdido su cabeza”? ¿Qué puedes decirle a una niñita que se tumbó en el suelo con su vestido y los brazos abiertos en cruz y cuyos pequeños hombros chorreantes se pegaron directamente a la pared?

Fátima Meghlaj no comprendió lo que le había pasado. De pronto, perdió su cabeza. De pronto perdió la capacidad de soñar y de concentrarse. Quiso sentir la sequedad en su garganta para pedir agua, pero no pudo. Quiso llamar a su padre o a su madre, pero no encontró su lengua ni la imagen de sus padres en su memoria. Intentó mirar a su alrededor para tranquilizarse sabiendo que iba a dormir en un sitio conocido, mientras esperaba que esa extraña sensación de vacío que la invadía se pasara. Pero no encontró sus ojos dispersados, ni los párpados, ni las pestañas esparcidas por la fría habitación. Ni siquiera encontró el mechón de pelo que su madre le había cortado para prepararla para la boda de su tía esa misma noche 

De Basel Abu Hamid

La cabeza de Fátima voló. 
No fue cortada como un surrealista lo habría hecho.
La arrancó un proyectil y no le dejó tiempo para despedirse de su dueña, para disculparse por llevarse sus palabras, sus canciones, sus sonrisas, sus lágrimas y su sueño con ella.

Fátima se rindió a la pérdida, a la muerte de su imaginación y al final de sus espera por los regalos y por la mochila del colegio. Supo que no podía hablar, ni hacer, ni desear tras la marcha de la cabeza, tras quedar el cuerpo huérfano, esclavo, esperando el calor del suelo.

-2-

Al dictador le gustan las personas sin cabeza.
Le gustan sin voz, ni sueños, ni proyectos. Los ve como meras manos que aplauden, preparados para matar por él. Meros pies que caminan tras él y después hacia su muerte

Al dictador le gustan los niños sin cabeza, pues en sus cabezas las ideas no tienen miedo ni las palabras se suicidan. La cabeza de Fátima estaba abarrotada de colores y risas, y la arrancó. 

-3-

Los silenciosos ante el arrancamiento de la cabeza de Fátima deben sentir sus cabezas a diario y las de sus hijos. Deben recordar que un cabello castaño, unos dientes blancos y unos ojos que buscaban la diversión se derritieron y no dejaron al fresco y pequeño cuerpo recogerlos y recuperar con ellos su frescura. 

Fátima es una niña que resume la tragedia siria hoy. Y su muerte de cabeza ausente es la misma muerte que sufren decenas de sirios y sirias a diario ante los ojos del mundo. Ante los reaccionarios, los cómplices, los dudosos y los impotentes.

La muerte de Fátima es una posibilidad que persigue a miles de nuestros cohortes en Siria. No tienen cura ni escapatoria del silencio eterno si su país no se aferra a la libertad que se parece a sus esperanzas, sus letras y sus preguntas. No hay salvación si este régimen no cae y si no se recupera un poco de la justicia suspendida en Siria y en el mundo que fija su mirada en ella desde hace décadas y meses. Solo entonces, el estallido que arrancó una cabeza en un municipio de Siria se convertirá en un lejano recuerdo que no parezca una posibilidad y no amenace las almas de los hermanos y hermanas de Fátima. Solo entonces la muerte de Fátima se convertirá en una historia que contar con cariño sobre una niña que redimió el futuro de los niños de nuestro país con su cabeza.

[1] Fátima Meghlaj es una niña siria que murió en el municipio de Kafar Ubeid (en la zona de Jebel al-Zawiya) en un bombardeo con aviones de guerra. Los vídeos y fotos mostraban un cuerpo tirado en el suelo con la cabeza arrancada. (Nota del autor)