Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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sábado, 24 de agosto de 2019

Ser vecinos del sarín

Texto original: Al-Jumhuriya

Autora: Walaa Saleh

Fecha: 22/08/2019



El Colectivo Al-Jumhuriya ha publicado un número especial sobre 2013, un año clave en los intentos de acabar con la revolución siria, por varias vías, y el año en que se produjo la matanza con armas químicas que acabó con la vida de más de 1.000 personas, con los observadores de la ONU en Damasco, a una veintena de kilómetros como máximo. Este texto es el testimonio de una de sus testigos, que lo comparte para evitar el silencio y el olvido asesinos.



“Tercer año de la revolución. Estoy en Saqba, tengo miedo estando en casa, cerca de la estación. Hemos intentado marcharnos de aquí, pero hemos fracasado en repetidas ocasiones. Ahora mismo, estoy escondida bajo la cama. Cada vez que reúno la valentía para salir de debajo de ella, me acerco a mi madre y la beso. Tengo miedo de que alguno de nosotros muera de repente. Tengo miedo de que a alguno de mis hermanos le pase algo. Mi amiga Muna ha muerto. No puedo creerlo. Quería ser profesora, le encantaban los niños… Dios mío”.
El fragmento anterior pertenece al pequeño cuaderno en el que comencé a escribir tras la tragedia de las armas químicas, que acabó con la vida de miles de personas.
Llevo seis años intentando borrar su imagen de mi memoria, pero el rostro de mi amiga Muna sigue viniéndome a la mente cada poco para recordarme lo que le sucedió. Intento decirle: No te he olvidado, y no os olvidaré nunca”. Su imagen se agolpa junto a las de otras personas conocidas que murieron asfixiadas el 21 de agosto de 2013 en la matanza de las armas químicas de Al-Ghuta oriental. Me siento muy pesada, como si llevara una gran losa sobre mi pecho, cada vez que intento recordar lo que vi y escuché.
Como testigo de aquella matanza, no tengo más que mi testimonio para contar. Fui parte de esa historia y cuando me di cuenta de que el silencio es otra herramienta para asesinar y seguir asesinando, intenté romper el muro del silencio y el miedo a un tiempo, para que creciera en mí la voluntad de contar la historia, por mucho miedo que tuviera.
En Saqba
Nos mudamos a vivir en Al-Ghuta oriental en 2009, aunque no sé muy bien qué nos trajo desde los confines del mundo a vivir allí, en concreto a Saqba, que se convertiría en el corazón y latido del mundo revolucionario en Al-Ghuta. Apenas contaba con treinta y seis mil habitantes antes de la revolución, por lo que era un municipio pequeño; sin embargo, era una de las más grandes ciudades dedicadas a la producción de muebles de todo tipo en Siria, un trabajo que suponía la fuente de ingresos principal para muchos de sus habitantes, además del cultivo de sus fértiles terrenos.
Al principio, no sentí que perteneciese a ese lugar. Lo sentía como un lugar angosto y a su gente extraña y muy distinta de las personas que vivían donde había nacido. No obstante, esas ideas y sentimientos se desvanecieron unos pocos meses después del inicio de la revolución. Saqba fue una de las primeras zonas de las que salieron las manifestaciones contrarias al régimen, y allí vivimos momentos muy bellos soñando con la libertad, la justicia y la venganza contra el opresor. Sentimos esa libertad durante días e incluso meses, y agradecí el golpe del destino que me había hecho parte de esa ciudad, una de sus hijas, testigo de la más maravillosa de las revoluciones, y del más atroz de los crímenes.
A los oriundos de Saqba, en concreto a las alumnas y profesores y profesoras del instituto de educación secundaria de Saqba, me unió un vínculo revolucionario que hizo que los sentimientos de nostalgia y de estar fuera de lugar se desvanecieran rápidamente. Tenía diecisiete años cuando salimos en las manifestaciones que organizábamos colectiva y clandestinamente. En aquel momento, no se trataba de simples concentraciones o gritos por el mero hecho de salir, sino que todos teníamos nuestra propia causa por la que manifestarnos: desde Nur, cuyo padre había sido detenido por el régimen, hasta Manal, que había tenido que pagar parte de la responsabilidad de sus dos hermanos, que se habían unido al Ejército Sirio Libre prácticamente desde sus inicios, a finales de 2011.
Recuerdo cómo nació en nuestras mentes la idea en la clase de Educación Nacional, a la que dejamos de asistir y que nos negamos a estudiar, además de no escuchar a la profesora, que sabíamos que apoyaba al régimen. Algunas de las jóvenes comenzaron a dibujar caricaturas y pegarlas en las paredes de las aulas, pero nuestras actividades no recibieron apoyo de la directora de la escuela, que incluso nos castigó a muchas e intentó prohibirnos que saliéramos en las manifestaciones. No sé si su postura era producto del miedo que sentía por nosotras o de su rechazo a la idea misma de revolución. No puedo saberlo, pero lo que recuerdo es que salimos en manifestaciones en que se elevaron las voces de las alumnas de secundaria y que cogí la mano de mi amiga Muna y salimos de la escuela en una manifestación que llegó hasta la plaza de la Asamblea. Después nos separamos, temerosas por nuestras familias, o por miedo a que nos sorprendiera un misil o nos asaltaran los servicios de seguridad del régimen que, al no poder ya moverse con libertad por el municipio revolucionario, recurrían a asaltos sorpresa con apoyo del ejército. Finalmente, tras el amplio despliegue del Ejército Sirio Libre en Saqba y sus alrededores, dejaron de poder ejecutar este tipo de asaltos.
La vida se volvió mucho más dura después de eso debido a los continuos bombardeos de los aviones y los Scud. También cabe señalar la matanza que cometió el avión MiG del régimen el 18 de noviembre de 2012, que se saldó con la vida de decenas de habitantes de Saqba y el derrumbe de ocho edificios sobre las cabezas de sus habitantes. Esa imagen es una de las más violentas que se mantienen más firmes en mi memoria. Fueron días repletos de horror, miseria y pérdida de vidas, y de esos momentos en que el ser humano siente que va a marcharse de este mundo: “Me va a volar la cabeza, me va a estallar el corazón, van a volar todos mis restos y me voy a disolver; quedarán solo mis huesos”. Esa fue la visión más atroz que me persiguió durante los últimos meses de mi estancia en Saqba, que abandoné, como abandoné toda Al-Ghuta oriental, gracias a un milagro del cielo en noviembre de 2013; es decir, dos meses después de la matanza química. Allí dejé nuestra casa, a nuestra familia y a nuestros seres queridos, que había reunido la tierra, y otros que morirían víctimas de los bombardeos, el hambre o el asedio. Dejé tras de mí un mundo que seguiría luchando hasta el último suspiro.
La matanza con el avión MiG era, en mi opinión, la más violenta y salvaje que había cometido el régimen, pues ¿hay algo más salvaje que la caída repentina de un edificio sobre las cabezas de sus habitantes? Eso me decía, hasta que llegó la matanza química, que me hizo entender que podía producirse un salvajismo mucho mayor del que la mente podía imaginar.
El jueves fatídico
Durante los días previos a la matanza, se produjo un aumento de los bombardeos sobre Al-Ghuta oriental, especialmente en Zamalke, Jobar, Saqba y Ain Turma. Las facciones opositoras dijeron que estaban haciendo frente a los intentos de avance del régimen, que pretendía desmembrar Al-Ghuta. Los frentes ardían y la situación humanitaria en Saqba se deterioraba poco a poco, debido a los cortes de electricidad y las comunicaciones, la extrema falta de alimentos y medicinas y el aumento de los precios, especialmente después de que el régimen bombardeara intencionadamente los hornos de pan de Al-Ghuta oriental, convirtiendo las bolsas de pan en un sueño casi inalcanzable para muchas familias.
Nos acostumbramos a cosas a las que pensábamos que el ser humano no podía acostumbrarse. A quien se escondía en los refugios de Al-Ghuta oriental y había probado el sabor de la amargura y el hambre no le parecía raro que cualquier día llegara un misil lleno de materias químicas.
No eran ni las cinco de la mañana y estábamos intentando dormir. Saqba estaba envuelta en el ruido de los misiles y los aviones que la sobrevolaban, en el ruido de los disparos cuyo eco atravesaba las paredes de nuestra casa. Escuchamos la voz de mi padre, gritando bien alto, nos apresuramos al exterior y lo encontramos con un aspecto agitado y con la respiración entrecortada. Ni su retórica lingüística ni sus frases habitualmente bien construidas le sirvieron para explicar lo que sucedía. Solo era capaz de decir: “Han muerto asfixiados, vamos a morir todos, ese criminal…” Finalmente, completó la frase: “Están aniquilando Zamalke”.
Aún no teníamos una imagen completa de la situación. Solo escuchábamos cosas sobre personas que morían de forma extraña y escuchábamos los movimientos habituales que se producían durante los bombardeos, para retirar los cuerpos de los mártires y salvar a quien se pudiera. Unas pocas horas después supimos que el régimen había lanzado misiles cuyas cabezas llevaban carga química sobre algunas zonas de Al-Ghuta oriental, especialmente en Zamalke y algunos puntos de Ain Turma.
No podíamos determinar qué había que hacer en una situación así: ¿esperábamos a la muerte, que parecía segura e inevitable, gritábamos o corríamos a ayudar? Escuché a un hombre mayor decir: “Saqba es la siguiente, nos vamos a asfixiar como animales, ¿quién va a preguntar por nosotros? Ni EEUU, ni…”
Sus palabras siguieron resonando en mis oídos. Mi madre me dice que abandoné la vida durante unos instantes cuando mi semblante y mis labios se volvieron azulados y se me heló la sangre; sin embargo, volví a ella después. A día de hoy, sigo sin saber qué me hizo aferrarme con tanta fuerza a la vida, a pesar de lo miserable que era. No había electricidad, ni televisión: estábamos totalmente aislados del mundo, hasta que algunos amigos de mi padre nos vinieron a contar lo que había sucedido. Uno de ellos nos dijo, con los ojos inundados en lágrimas: “Vestíos, queridos… Vestíos”. Estábamos vestidos, claro, pero se refería a que nos pusiéramos la ropa con la que íbamos a presentarnos ante nuestro señor.
Hicimos nuestras abluciones, nos vestimos y por encima nos pusimos la ropa para rezar.
Me senté con mi familia, algunos parientes cercanos y los vecinos en un ambiente de absoluto aturdimiento e impotencia. Podíamos escuchar los ruidos que venían de fuera: las sirenas de las ambulancias, las voces de los hombres reunidos en cada esquina, las distintas historias que cada uno contaba a su paso.
Recuerdo bien la cara de nuestra vecina del bajo, cuando cogió a su hija de la mano, junto con la comida que pudieran necesitar, y subió a la azotea para vigilar el cielo desde lejos. Era como si el peso y el salvajismo del mundo entero estuvieran en su rostro, como si hubiera perdido toda esperanza. Nos dijo: “No podré soportar ver a mi hija luchando por vivir y temblando. Si sucede, nos lanzaré a ella y a mí misma desde esta azotea”.
No éramos conscientes de la tragedia a pesar de todo lo que estábamos escuchando, hasta que la vimos en la pantalla del móvil. Grabar era una dura misión en ese momento, en el que no había redes de comunicaciones ni suficiente electricidad para cargar los aparatos continuamente. Enviar los vídeos por medio del Bluetooth era muy lento.
El tío Abu Fadi, que trabajaba en un hospital de campaña en Hammuriya, fue uno de esos amigos que vinieron a nuestra casa. No había ido a Zamalke, pero nos contó que había recibido cientos de casos de asfixia que procedían de las zonas que habían sido bombardeadas. Las zonas de Al-Ghuta habían quedado unidas por un vínculo de sufrimiento, injusticia, hambre, pérdida de seres queridos y el haberse acostumbrado a la muerte. Nos despedíamos cada día con el miedo a que fuera el último. Los centros médicos de Arbin, Hammuriya, Duma y Saqba acogían a miles de afectados por el gas sarín, que habían sido trasladados en coches desde Zamalke y Ain Turma.
Muchos de ellos no lograron sobrevivir y los que lo hicieron, debían mantenerse en observación para reducir los efectos de la inhalación del sarín asesino. Sin embargo, la espantosa situación no permitía mantenerlos en observación pues el volumen de la tragedia superaba las capacidades de los centros médicos de Al-Ghuta. Abu FAdi decía: “Os juro por Dios que parecen mataderos: los coches se llenan de personas en Zamalke, nos los lanzan y se marchan para traer a más”.
Los centros médicos de Al-Ghuta no estaban equipados para ese tipo de casos. Había escasez y, en ocasiones, directamente no había ninguna inyección de atropina ni los ventiladores necesarios para los afectados por el sarín. Lo máximo que podía hacerse en muchos casos era practicar primeros auxilios para intentar reducir el efecto del gas inhalado, como echar agua sobre los afectados y ponerles cebolla en la nariz. Esas medidas sirvieron para salvar muchas vidas, para las que la muerte, tal vez, habría sido más misericordiosa, como el anciano cuya familia entera, incluidos sus seis nietos, habían muerto, quedando él solo vivo después de quedarse ciego.
Escuchamos el testimonio de uno de los que habían sobrevivido de milagro, cuando iba con un equipo médico conformado por un conductor y cuatro técnicos de emergencias a uno de los puntos atacados justo después del ataque. Tres de ellos murieron por inhalación del gas venenoso y solo quedaron dos: él y otro. Nos habló de cientos de niños que no se habían despertado esa noche de su profundo sueño, de ancianos cuyos cadáveres habían sido retirados y que habían muerto de rodillas sobre sus alfombras de rezo, de madres que intentaron llevar a sus hijos corriendo a los pisos más altos para respirar aire, pero a quienes la muerte había sorprendido y les había secuestrado la vida. Nos habló de un día que parecía el Juicio Final en el que la gente corría hacia los caminos oscuros y caían de golpe como hojas de árboles sobre las aceras y las calles y de rescatadores que no lograban ni salvarse a sí mismos.
Los cementerios de Saqba no eran lo suficientemente amplios para todos los mártires que fueron trasladados para intentar auxiliarlos y que acabaron muriendo. Los niños de identidad desconocida eran muchos más que los que fueron enterrados junto a sus familias. Muchos fueron enterrados sin nombre ni identidad porque nadie los conocía. Por eso, les pusieron números en vez de nombres: la niña número 1, el niño número 3.
Las ventanas de las casas de casi todos los barrios de Saqba se mantuvieron cerradas durante muchas noches y los días vinieron cargados de nervios que nos hacían odiarlo todo: a nosotros mismos, al aire que respirábamos y al agua que bebíamos. Todo nos recordaba a los detalles de aquella horrible matanza; pero, a pesar de todo ello, la solidaridad que traspasaba las fronteras de la destrucción, el asesinato y la impotencia se mantenía presente, y las gargantas volvieron a gritar a los pocos días en las manifestaciones que salieron en Saqba condenando la matanza.
El miedo lo dominó todo durante los días siguientes a la matanza. No teníamos miedo de la muerte, sino que teníamos más bien miedo de convertirnos en cadáveres desconocidos. Todo el mundo pensaba en voz alta: ¿dónde me enterrarán? ¿A qué centro me trasladarán? ¿Quedará alguien para las tareas de salvamento en cualquier caso? Muchos pensaron en abandonar la zona, pero era extremadamente difícil y cercano al suicidio, debido a los bombardeos y las batallas que se libraban en los frentes de Al-Ghuta.
Nuestros corazones quedaron ensombrecidos por el miedo a lo desconocido y los días los dedicábamos a aprender a resistir ante la muerte y ante el gas salvaje que esperábamos, aunque temíamos que nos sorprendiera. Había rumores sobre indicios que apuntaban a que iban a acabar con lo que quedaba de Al-Ghuta oriental debido a la alegría y celebraciones de los miembros del ejército de Asad y sus partidarios cuando supieron que habían logrado matar a miles de personas. Ese tipo de noticias nos hicieron convencernos más de que se estaba preparando un nuevo bombardeo químico contra las zonas restantes, especialmente cuando supimos que nadie iba a castigar al régimen por haber traspasado las líneas rojas que había trazado Obama. Todos los llamamientos y las esperanzas que habíamos construido en nuestro interior se desvanecieron y comenzamos a entrenarnos sobre cómo recibir el castigo que pudiera infligirnos el régimen salvaje.
Muchas de las casas en los pisos más altos abrieron sus puertas a los habitantes de los sótanos y los bajos, después de todo lo que habíamos escuchado, y nuestras casas se llenaron de mascarillas protectoras, cebolla, vinagre y una fórmula cuyos ingredientes no recuerdo bien, pero que era una mezcla de vinagre y otras sustancias que hay en todas las casas. Los encargados de las tareas de rescate nos enseñaron cómo frenar los efectos del gas venenoso y cómo atender a una persona que estuviera sufriendo un ataque con algunos primeros auxilios que pudieran resultar útiles.
Por otro lado, nos unimos mucho más al enfrentarnos al fantasma de la muerte, tras el fatídico suceso. Las mujeres dejaron de dormir con camisón y comenzaron a hacerlo con la cabeza cubierta, preparadas para ver a Dios en cualquier momento. Recuerdo bien las plegarias de la gente, pidiendo a Dios que fuera una muerte clemente: sangre y no asfixia, sangre y no ver a los niños con nuestros propios ojos temblando y estremeciéndose. Rogaban a Dios morir a causa de un proyectil o un misil que no dejara a nadie con vida. Quizá no sea creíble, pero ese era el tipo de plegarias que se repetían con frecuencia.
Hoy escribo sobre una herida que sigue sangrando en el alma y la memoria, que emite estertores que se parecen a mis suspiros de aquellos días, mientras pienso en todos los que murieron asfixiados cerca de mí. Escribo a Muna, mi compañera de la escuela y los bancos de madera, escribo cada letra en honor a ella, su alma y sus sueños, que se enterraron junto a ella. Escribo a la valentía que aprendí de ella y a todas las víctimas de la horrible matanza. Escribo para que el olvido no se cuele en mi memoria, cargada de desgracias, para que no olvidemos al criminal ni los crímenes que ha cometido.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Cartas a Samira (10)

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin Al Haj Saleh

Fecha: 26/11/2018
 
En un día como hoy hace veintisiete años, saliste de la cárcel, tras cuatro años, un mes y once días de una ausencia más reducida. Hoy, se cumplen cuatro años, once meses y diecisiete días de tu ausencia mayor. No he sabido nada de ti durante todo este tiempo, como tampoco han sabido nada tus muchos seres queridos.

Ya habías vivido antes, como yo, esa vida suspendida. Tus años de cárcel y los míos fueron un tiempo en suspense que no sabíamos cuándo terminaría. Sin embargo, hoy es un tiempo más duro y oscuro: no puede prácticamente establecerse comparación alguna entre tus dos ausencias, Sammur. Esta ausencia tuya es mucho más larga y dura, y rompe más el corazón.

Cuando desaparecí, me esperaba una mujer, de una edad similar a la tuya cuando desapareciste. Después esperó a un segundo, y un tercero y se acabó marchando con el corazón roto, sin que se marchara la espera. Hoy yo espero a una mujer ausente, que vive en un lugar desconocido desde hace 1.813 días, una experiencia que había probado ya durante 1.482 días: ella y yo a ambos lados de un muro o dos muros de lo desconocido.

Entre tus dos ausencias, se encuentra la vida sencilla y rica de una mujer valiente.

Tras los años de cárcel, decidiste tomar las riendas de tu vida, buscar por ti misma el amor, el trabajo y la libertad. Dejaste Homs y te instalaste en Damasco. No diste la espalda a un padre, una madre y unos hermanos a los que amabas, sino que deseabas hacer tu camino y tener la vida más independiente posible. Compartiste casa con Nahid, tu amiga, que también había estado encarcelada y que esperaba a un amado encarcelado. Por cierto, Sammur, siento mucho decirte que Salameh[1] falleció hace algo menos de dos meses. La enfermedad pudo con él y se marchó por sorpresa.

Posteriormente, viviste de forma independiente. Trabajabas en la oficina de un periódico del Golfo, editando piezas periodísticas y libros. A cambio, percibías un salario modesto, pero una vida digna no está necesariamente ligada a un sueldo alto. Y tú viviste una vida digna, Sammur.

En esa casa, de una sola habitación, que servía como lugar de trabajo, descanso y vida en general, comenzaste una relación amorosa con un hombre que había estado también en la cárcel. Tu vida social a finales de los noventa se desarrolló entre ex presos y ex presas, o quienes conocían bien ese mundo. La vida era difícil la mirases por donde la mirases en nuestro país en aquel momento para una mujer independiente, en la treintena, pero tú no pedías demasiado: un espacio propio que protegiera tu intimidad, un trabajo del que vivir y, lo más importante, un hombre que te quisiera. No era demasiado, y aun así, no lo tenías garantizado: la casa era una habitación alquilada, el trabajo era temporal y apenas daba para el alquiler y los gastos básicos, y los hombres a tu alrededor estaban en una situación similar, buscando su propia vida.

Me emociona recordar, Sammur, que en las primeras semanas de nuestra relación me dijiste que había dos cosas que querías preservar: tu trabajo y tu relación conmigo. Era la toma de tierra en la vida inestable de una mujer independiente.

Durante dos años, tuviste dos casas: tu habitación en Berzeh, detrás del hospital Hamish, y nuestra casa en Al-Mansura, un poco antes de Qudseya. Unas veces dormías conmigo, especialmente los fines de semana, y otras veces iba yo a tu habitación, pero generalmente salíamos a una cafetería, un restaurante o el cine. No podía quedarme contigo en tu casa en la habitación que una familia alquilaba a una mujer soltera para ayudarles con los gastos.

En mi casa, conociste a mi hermano Khalil, que vivía conmigo; a Ali, que fue quien nos casó; y a muchos amigos más. Fuiste parte de la casa desde el principio. La gente de tu amado te quiso: nunca fuiste una extraña ni ellos lo fueron para ti. La familia era más o menos familia y la vida era más o menos vida. Lo único malo era que el amado era austero en su expresión, poco romántico y prácticamente anda poético.

Sin embargo, en aquellos primeros días del amor, solía cocinarte distintos platos.

¿Recuerdas lo rico que estaba el maqluba[2] que te preparé? Sin almendras, pero muy bueno. Lo intenté hacer una segunda vez porque había encantado, pero el resultado fue más modesto. Sin embargo, siempre preferiste recordar aquel temprano e inusitado éxito, y yo me seguí centrando en el fracaso posterior, para que el hecho de que tú cocinaras no fuera un mero reparto de tareas tradicional. Al principio, todo sea dicho, no se te daba muy bien la cocina. ¿Recuerdas el mutabbaq[3] que te estabas preparando un día que te visité por sorpresa? Te distraje con mi flirteo y me dijiste: ¡Se va a quemar la comida! Y rápidamente, de forma nada habitual, respondí: ¡No solo se está quemando la comida! Te gustó mi comentario picarón, y yo me sigo maravillando de esa salida que tuve. Por favor, no digas que fue un acierto poco habitual, pues no lo fue demasiado, al menos, no tan poco habitual como mi éxito aquel día en la cocina, ¿cierto?

Lo que me alegra un poco, Sammur, es que te gustaba nuestra vida juntos. No fue todo lo maravillosa que podría haber sido, pero la viviste y la vivimos juntos con dignidad. Tú hiciste de una casa alquilada un hogar, construido a base de amigos y amigas, parejas de jóvenes enamorados, y de huéspedes a los que a veces no conocíamos bien. Por supuesto, también había personas con las que habíamos vivido experiencias pasadas de amor y emparejamiento.

Finalmente, arreglamos, aunque tarde, los lazos familiares rotos debido a nuestro compromiso. Me hizo feliz porque a ti te hacía feliz.

Del mismo modo que tu vida tras la cárcel fue una continuación de tu lucha antes y durante ese período, nuestra vida juntos fue una continuación diferente de nuestras vidas antes, durante y tras la cárcel. No dejamos nada atrás: nos lo llevamos todo, y no renunciamos a los años de cárcel a favor del carcelero.

Tus compañeras de cárcel están dispersas por muchos países, Sammur: Francia, Alemania, Turquía y Emiratos. También están en el exilio interior. Durante años no se habían reunido en esta velada, como solían hacer año tras año, contigo. Se han separado como se han separado muchos amigos y seres queridos, antes y después de tu ausencia. La situación es difícil, pero la gente sigue luchando, reconstruyendo sus vidas como pueden. Nuestra generación entrada en años no está en la mejor situación para recuperar su vida, pero estamos acostumbrados a las dificultades. No creo que necesites más explicación: tú conoces la dificultad, a la que siempre has vencido.

Tus amigas se reúnen hoy, virtualmente, para recuperar la tradición interrumpida. Te escriben y recuerdan a la ausente que solía participar con ellas en las reuniones y la compañera eterna de las veladas anuales.

Querías que nos quedáramos en Turquía cuando nos encontráramos de nuevo al salir yo de Siria en dirección al vecino del norte hace cinco años y un mes y medio. Tenías miedo de alejarte de Siria, y querías encontrarte en un ambiente sirio en el que hablar árabe. Nos habríamos quedado ahí seguramente si todo hubiera salido como esperábamos. Salí de allí hace poco más de un año, pero volví en verano para estar lo más cerca posible de ti, tras la evacuación forzosa de Duma en la pasada primavera. Fueron meses duros, estresantes y decepcionantes. Sin embargo, se me hicieron menos duros en Gaziantep, donde me encontré con Bakr y Tahama, con su generosidad, su deliciosa comida y la compañía de Bakr para jugar al backgammon, a quien "la joven” Diana apoyaba en mi contra. Decidí llamarla “la joven” porque insistía en no decir mi nombre y me llamaba “el hombre”. No me dejaba oír su voz y solo se metía conmigo sin palabras.

Solo, con tus seis fotos, en el aniversario de tu primera libertad, mi sueño, Sammur, es que tu segunda libertad se convierta en un día de celebración pronto, conmigo y con tus seres queridos.

Mientras llega ese feliz día, “la luz de tus ojos” sigue tu camino, porque no tiene otro.

Hasta que nos encontremos, siempre, aquí, allí o donde sea.

[1] Salameh Kaileh, intelectual marxista palestino, encarcelado en varias ocasiones por el régimen sirio, que falleció recientemente a causa del cáncer que sufría. En este blog, se pueden encontrar algunos textos, como este.
[2] Plato típico de siria que incluye arroz, berenjena, carne y almendras, que se sirve “del revés”, de ahí su denominación de “volteado”.

[3]Plato que consiste en una lámina de masa rellena o presentada como base del plato con diferentes ingredientes.

jueves, 12 de abril de 2018

Sobre los significados y efectos del posible ataque estadounidense


Texto original: Al-Jumhuriya 

Autor: Sadek Abed al-Rahman

Fecha: 12/04/2018




¿Hará realidad EEUU las amenazas de Trump de lanzar un duro ataque contra el régimen de Asad? ¿O acabará siendo todo una farsa, como sucedió en 2013 cuando se firmó el ominoso pacto químico? Aún no está claro, pero sí se puede añadir una pregunta: ¿cómo sabemos que la ejecución del ataque no desembocará también en una farsa?

El comportamiento de las grandes potencias y las potencias regionales tiene un aspecto bastante similar al de una secuencia de farsas durante los últimos años. Recordemos algunas de ellas: “la tormenta” saudí Hazm que acabó en un triste fracaso y en crímenes de guerra de unos y otros [en Yemen], el conflicto saudí-qatarí que en algunas ocasiones era tan gracioso como patético; la “alianza” turco-iraní-rusa en relación al expediente sirio, la conferencia de Sochi, cualquier sesión del Consejo de Seguridad sobre el expediente sirio, etc.

En lo que respecta al posible ataque estadounidense, todo parece también, hasta el momento, una farsa, independientemente del desenlace. Se ha producido una guerra de exterminio y un desplazamiento forzoso en directo en Al-Ghouta oriental, pero las quejas internacionales, en el mejor de los casos, no han ido más allá de furiosas condenas, en un ambiente internacional que insinuaba que lo que Asad y sus aliados debían hacer era acabar pronto con la misión, para que todo termine y podamos comenzar a implementar las medidas de cara a fijar a Asad en su asiento. La mejor prueba de ello fueron las declaraciones del heredero saudí en las que dijo que Al-Asad se iba a quedar y que debía mantenerse fuerte para no convertirse en un juguete en manos de Irán.

Al-Asad comete su nuevo crimen químico en Duma, y la situación se pone patas arriba. Comienzan el intercambio de declaraciones incendiarias y la broma de las sesiones del Consejo de Seguridad y Trump anuncia que su país está a punto de lanzar un ataque militar. Y entonces, muchos se desdicen. La colaboración turco-rusa en lo que respecta al expediente sirio se tambalea, mientras Lavrov y Erdogan se dirigen tensos mensajes en relación al destino de Afrin. El propio heredero saudí dice que su país está dispuesto a participar en el bombardeo del régimen sirio.

Trump anuncia en más de una ocasión, por Twitter, que los misiles están listos para dirigirse contra sus objetivos y aumenta el tono de sus declaraciones contra Rusia. Por su parte, el régimen sirio comienza a cambiar las posiciones en las que se concentran sus fuerzas. Y entonces la Casa Blanca dice que aún no se ha tomado la decisión de atacar, y que ese ataque del que habla Trump es solo una de las opciones en Siria.

No hay duda, pues, de que se están produciendo negociaciones bajo cuerda, lejos de Twitter y Facebook, relacionadas con cosas que nadie hace públicas y que perfilan el futuro de millones de seres humanos en nuestro país devastado, sin que ellos mismos sepan qué les espera más allá de la muerte que parece no tener fin.

Los datos de los que disponemos y la naturaleza puramente “cínica” y descarada de los gobernantes del mundo y la región, indican que el ataque, sus conversaciones y sus tuits están relacionados con la lucha por la influencia entre EEUU y Rusia en la zona y en el mundo y, a su sombra y en sus márgenes, una lucha similar por la influencia regional entre israelíes, iraníes, turcos, saudíes y qataríes, con todas sus ramificaciones, complejidades y estupideces. Esto, naturalmente, significa que el ataque, en caso de suceder, no servirá de nada a los sirios, si no es por casualidad. Esa esperanza es precisamente lo que lleva a cientos de miles de sirios contrarios al régimen a esperarlo con el corazón en vilo.

Muchos siguen repitiendo esta cómoda y fácil expresión: “¿Acaso pensáis que a EEUU le importan los Derechos Humanos y el dolor de las víctimas? Si es así, sois idiotas, porque EEUU solo se mueve por sus intereses”. Lo que pretenden con esto es criticar a quienes se alegran de la posibilidad de que el ejército estadounidense haga realidad la promesa de Trump. Pero esta expresión está vacía de significado, porque el pequeño niño en Siria ya sabe que a EEUU, y también los líderes de este mundo que se estrecha cada vez más ante nuestros ojos, les da igual el dolor de los sirios; sin embargo, si se produce el ataque, su objetivo será una parte de las fuerzas que sacrifican a los sirios contrarios a Asad, y quizá eso cambie la situación actual de forma que ponga algo de freno a los monstruos desbocados en Siria. Esa es la única esperanza que queda. No hay duda de que quien no espera nada que no sea el exterminio, el desplazamiento forzoso y la humillación se alegrará de cualquier cosa que pueda cambiar la ecuación.

Quizá el ataque no se produzca siquiera, y todo termine con un entendimiento ruso-estadounidense sobre asuntos que nadie anunciará, y que iremos descubriendo según sus resultados día tras día. O quizá sea un ataque limitado, solo para salvar la cara de EEUU y sus aliados; o que sea más amplio y efectivo, de forma que se derrote a Irán y lo que queda del ejército sirio, dejando el escenario a merced de un acuerdo exclusivamente ruso y estadounidense. Todo eso sigue siendo posible, pero no debemos olvidar que cualquier ataque militar que no implique obligar a Bashar al-Asad a aceptar la idea de una transición política será de escasa utilidad en lo que se refiere a detener el asesinato en Siria, o quizá totalmente inútil.

Sea como fuere, no hay duda de que lo que ha sucedido en los últimos días ha abierto una pequeña ventana de esperanza a esos sirios contra cuyas ciudades y pueblos parece dirigirse sin obstáculos la máquina de exterminio, en una terrible y continua historia de muerte anunciada. También ha mostrado la debilidad del régimen de Bashar al-Asad y lo absurdo de sus pretensiones de fortaleza, dejando claro que lo que ha permitido a este asesino en serie desbocado cometer sus crímenes son las políticas internacionales que han llegado al límite de la burla y la mentira, lo que anuncia el desplome del mundo sobre nuestras cabezas.

martes, 10 de abril de 2018

¿Dónde están Samira, Razan, Wael y Nazem?


Texto original: Al-Jumhuriya 

Autor: varios

Fecha: 07/04/2018



Después de que se ha forzado la evacuación de decenas de miles de habitantes de Al-Ghouta oriental, y se espera que la misma situación se repita, mientras se levantan refugios temporales en los que esas personas son sometidas a la humillación vital y securitaria por parte de los aparatos del protectorado asadiano, quienes están en peor situación en esta catastrófica realidad son los cuatro secuestrados de Duma, desaparecidos desde hace cuatro años y cuatro meses.

Todas las pistas recabadas durante este tiempo indican que el Ejército del Islam es responsable del secuestro de Samira Khalil, Razan Zaitouneh, Wael Hammada y Nazem Hamadi, un secuestro que se enmarca en el ámbito de los esfuerzos de esta formación salafista de imponer su autoridad absoluta en Duma, y que se suma a otras acciones, como asesinatos y detenciones. Entre sus múltiples víctimas están Abu Sohbi Taha y Abu Nadhir Khabiyya, ambos expuestos a torturas salvajes, y que no fueron puestos en libertad hasta hace muy poco, para ser evacuados forzosamente con los demás.

Los familiares y amigos de las dos secuestradas y los dos secuestrados hemos pedido la ayuda de muchas partes, después de poner a disposición de todos los fuertes indicios que teníamos para considerar que dicha formación y no otra es responsable de su desaparición. Nos entristece tener que repetir esta llamada de socorro hoy. Pedimos a todo el mundo, a los integrantes de formaciones políticas, de derechos humanos, culturales o religiosas del amplio espectro sirio, que asuman su responsabilidad y eleven su voz en relación a esta cuestión. Samira, Razan, Wael y Nazem no eran unos desconocidos antes de la revolución, ni durante la misma. Su causa es conocida en toda Siria y en muchos rincones del mundo. No tiene sentido que el emirato que se ha afanado en secuestrar, detener, torturar, hacer desaparecer y asesinar, se desintegre hoy mientras el destino de sus víctimas sigue siendo desconocido. No hay justicia, conciencia, ley o causa que pueda justificar que quienes pueden hablar se mantengan en silencio.

Quienes dieron la orden de secuestrar a los cuatro tienen nombres y apellidos, quienes enviaron amenazas escritas de muerte a Razan también son conocidos por su nombre, y es muy probable que esos mismos enmascarados sean los responsables del secuestro, quienes emitieron las fatuas de asesinato y detención y quienes ordenaron el secuestro de los cuatro. Llamamos a que se pidan explicaciones a los implicados y se descubra la verdad del destino de las dos mujeres y los dos hombres.

Queremos que se ponga en libertad inmediatamente a Samira, Razan, Wael y Nazem y que se nos ayude a encausar judicialmente y condenar a los líderes religiosos, militares, políticos y encargados de la seguridad del Ejército del Islam por haber cometido este crimen, y otros muchos. Si se libran de un castigo merecido, ¿con qué cara podremos exigir que Bashar y sus secuaces no se libren de su merecido castigo?

Samira, Razan, Wael y Nazem no son ramas independientes de un árbol: tienen familia, seres queridos y amigos que han soportado el dolor de su ausencia sin la ayuda de ninguna institución pública durante más de cincuenta meses, y que hoy se preguntan: ¿dónde están nuestros seres queridos? ¿Por qué nadie dice nada?

Ayudadnos, por favor.

Decid la verdad, por favor.

No nos dejéis a merced de la preocupación y el miedo, por favor.

Colectivo Al-Jumhuriya
Organización Las mujeres ahora
Centro de Documentación de Violaciones de Siria
Organización “Nuestra casa, Siria”
Unión de Detenidos y Desaparecidos de la Cárcel de Sednaya.