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martes, 24 de marzo de 2020

El 18 de brumario de Bashar al-Asad

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Alguien de 36
Fecha: 19/03/2020


Querido o querida…
No sé de ti, de vosotros, más que dos cosas: que tienes 18 años y que eres sirio o siria. En realidad, la cuestión no es que solo conozca dos cosas de aquellos a quienes dirijo mi carta, sino que esta carta va dirigida a quienes cumplen las dos condiciones anteriores: sirios y sirias nacidos al inicio del milenio. En cuanto a mí, presentarme no es ahora mismo más importante que presentar a aquellos a quienes me dirijo. Tengo unos 36 años y soy sirio o siria, o ambas cosas. A fin de reducir los pronombres, pongamos que soy un sirio que ha superado ligeramente la mitad de la treintena y que escribe una carta a una siria de dieciocho años.
Así pues, querida…
Te escribo hoy después de pensar largo y tendido en ti, cuando ves, lees y escuchas estos días, con permiso del coronavirus, a personas de mi edad, unos años arriba o abajo, hablar del aniversario de la revolución siria. Por favor, no te disgustes demasiado si no sabemos si fue el 15 o el 18 de marzo… No es exactamente que no lo sepamos, es que es una cuestión complicada. Tal vez escuches otras denominaciones, como “los hechos” o incluso “la guerra”. Tal vez oigas la palabra “conspiración” también, pero no voy a entrar en el tema de los nombres posteriores, pues el objetivo de esta carta es hablar del primero: la revolución siria, eso que empezó cuando tenías unos nueve años. Durante estos últimos días, he estado pensando en los que tienen tu edad o son ligeramente más jóvenes o mayores, que viven en las zonas controladas por el régimen y en las distintas regiones que han escapado a su control y están ahora bajo dominio de grupos diferentes; o bien que viven en los países lejanos o cercanos de la diáspora, y no comprenden qué “conmemoración” es esta o de qué revolución hablamos. ¿Qué ha traído de bueno consigo lo sucedido desde 2011 hasta hoy para que algunos de nosotros celebremos esa revolución, aferrándonos a nuestros símbolos, significados, recuerdos y sacrificios? Tal vez escuches estos días entre tus conocidos, cuando recuerden el entusiasmo de las primeras manifestaciones y los primeros momentos en que rozamos y respiramos la libertad, cosas que te parezcan carentes de significado o pertenecientes a una jerga pasada que no significa nada y que utilizan personas que no ven “el presente” como tú lo ves, ni comprenden la realidad como la comprende tu generación.
¿Te estás aburriendo ya de leer? ¿Has considerado que estás ante un nuevo intento por parte de un nostálgico que se adentra en el mar de la mediana edad de narrar batallas cuyas consecuencias hoy son la devastación y la destrucción? En realidad no es eso lo que pretendo con esta carta. No quiero ofrecerte un discurso revolucionario sobre la necesidad de aferrarnos al inicio del levantamiento a pesar de la cantidad de escombros, restos y sangre que se han acumulado sobre él, aunque creo firmemente en ello. Escribo este texto para contar una historia algo más antigua, puesto que yo, y los que son mayores que yo, el país, su devastación e incluso tú, no nacimos en 2011, sino que ese año, en el que llegó la revolución, nació, como nació la revolución, mucho antes.
Tenía más o menos tu edad, quizá uno o dos años más, cuando murió Hafez al-Asad en el año 2000.
*****
Suele decirse, al hablar o escribir de la muerte de Hafez al-Asad, en los círculos de la oposición siria en concreto, que su muerte provocó un gran trauma porque, hasta entonces, se suponía que Hafez al-Asad no moriría. Olvídate de la retórica hiperbólica, pues no era literal. Todos sabían que Hafez al-Asad iba a morir algún día, pero la parte realista de dicha exageración era que los sirios vivían como si Hafez al-Asad fuera algo dado, algo natural. En Siria había agua, aire, tierra, plantas, animales y Hafez al-Asad. Así era, o al menos lo era para mí.
Por tanto, había muerto el Secretario General de “lo natural” y era natural también que el poder pasara a su hijo Bashar. Créeme que fue así de sencillo y natural sin tener que imaginarse nada trágico ni épico. Sin embargo, el miedo cundió a mi alrededor durante las primeras horas tras la noticia, seguido de una conversación silenciada entre quienes eran mayores que yo y de la que entendí que Hafez al-Asad no era algo natural cuando eran jóvenes. Los presidentes, por tanto, cambian y su cambio es, precisamente, algo natural. Esa fue la primera lección real de política y me la impartieron las fuerzas de la naturaleza: Hafez al-Asad había muerto y Bashar al-Asad moriría algún día.
Madeleine Albright, la Secretaria de Estado estadounidense en aquel entonces, vino a presentar sus condolencias a Bashar al-Asad por la muerte de su padre y entrevistarse con él de forma protocolaria, como si se tratara del verdadero presidente, con todo lo que ello implica claramente. Todos a mi alrededor lo interpretaron como la clave que sellaba la estabilidad del gobierno de Bashar al-Asad. Esa fue una nueva lección: todo lo que EEUU quisiera se cumpliría y el gobierno de Bashar al-Asad en Siria había recibido la bendición internacional. Hoy tengo un profundo conflicto con esas dos ideas porque en ambas subyace una simplificación muy fuerte aunque ambas parezcan pertinentes. Hoy me pregunto si Bashar al Asad necesita realmente una bendición internacional para gobernar Siria. Bien, si EEUU no hubiera estado a favor de él en su momento, ¿qué habría sucedido? Lo más probable es que nada más que algunas sanciones económicas, porque hoy sé que no había ninguna fuerza en Siria capaz de enfrentarse a él. Eso lo sé hoy, pensando en retrospectiva, pero no era consciente de ello en su momento.
Y, así, nuestro presidente pasó a llamarse Bashar al-Asad, pero el joven presidente, como se le solía llamar entonces, no se convirtió en algo natural como su padre, al menos para mí. Nuestro joven presidente fue muy bien recibido internacionalmente y pronto comenzó a hablarse de sus planes de reforma política y lucha contra la corrupción. Y junto a la bienvenida internacional que percibimos a través de los reportajes publicados en algunos periódicos que nos llegaban de Líbano y por medio de los canales por satélite, algo nuevo y maravilloso para nosotros, también se produjo un recibimiento local amplio y una apuesta en las conversaciones cotidianas por su discurso reformista y sus proyectos modernizadores.
Recuerdo una conversación de la que fui testigo muy probablemente en 2001 en la que una ex opositora de mi familia, que había estado en la cárcel por motivos políticos en los ochenta y los noventa, dijo que los opositores debían dar una oportunidad a Bashar al-Asad y dejar de cargarlo con los delitos cometidos por su padre. No recuerdo en qué contexto se produjo esta conversación, puesto que ninguno de nosotros en aquella reunión negaba o daba una oportunidad a Bashar al-Asad. Quizá estaba respondiendo a alguien en su cabeza o a los opositores que escribían en periódicos árabes o salían en los canales por satélite.
Hoy me inclino a pensar que hablaba consigo misma más que con los demás y me compadezco de ella. ¿Qué podíamos hacer nosotros, todos los sirios en aquel momento, si no hubiéramos querido darle la oportunidad a Bashar al-Asad? ¿Qué habría pasado si todos los que no estaban a favor de Hafez al-Asad hubieran insistido en cargar a su hijo con sus delitos? Habrían ardido de rabia ante la humillación del gobierno hereditario o habrían ido a la cárcel como les sucedería a muchos otros unos pocos años después de dicha humillación. Entiendo que decía aquello para no tener que enfrentarse sin armas a la humillación o a la cárcel de nuevo.
En cualquier caso, había otra opción para los sirios si no querían dar una oportunidad a Bashar al-Asad, que es por la que optaron en 2011 cuando iniciaron una revolución. Escucharás muchas cosas en los próximos días sobre la “guerra de narrativas” y que la devastación, destrucción y muerte que presenciaste en tu infancia y cuyos efectos ves hoy es lo que se hicieron los sirios a sí mismos. La realidad es que todo este perjuicio que ves es la respuesta asadiana al hecho de que los sirios se plantearan una vida distinta de “lo natural” asadiano. Revisa el archivo de 2011 y busca un poco sobre los ingentes sacrificios que miles, miles y miles de sirias y sirios ofrecieron. Compáralos con el lema “Asad o quemamos el país” y, entonces, configura tú misma tu propia “narrativa”.
Hablando de la mujer de mi familia que había sido opositora, he olvidado mencionar otra cosa que fue natural a la muerte de Hafez al-Asad: que tenía opositores y que iban a la cárcel. Volveré a este punto un poco más abajo.
Junto a las esperanzas de reforma, se habló también mucho de la vieja guardia y la nueva guardia durante los años posteriores a la muerte de Hafez al-Asad y la cuestión se resumía en que la vieja guardia, el equipo de Hafez al-Asad, era el que obstaculizada la trayectoria reformista. Me imagino que era algo así: Bashar al-Asad y su nuevo equipo querían mejorar la vida en el país y dar libertades generales, pero algunos ancianos amigos de su padre lo rechazaban y él nada podía hacer porque tenían “el aroma del difunto”. No se trata de una visión caricaturesca sino que realmente se decían cosas así entonces y eso seguramente es lo que me ha llevado posteriormente a pensar en la política de forma diferente, no limitada al debate sobre citas y equilibrios de “la lucha por Oriente Medio”, sino que incluye también el nivel de deterioro del sistema de gobierno en mi país y las causas y consecuencias de dicho deterioro.
La jerga específica sobre el maravilloso futuro que traería “el doctor Bashar” llegó poco después de la muerte de su hermano mayor y primer candidato a heredar el poder, Basel, a comienzos de 1994. En ese instante, conocimos a Bashar, que se nos presentó como un joven con cultura y educación, “que había estudiado en Occidente”, que creía en la ciencia, la apertura y el desarrollo. Bashar presidía la Sociedad Científica de Informática de Siria y se le atribuye el mérito de haber levantado la restricción inicial sobre las antenas para los canales por satélite y haber introducido internet en el país. Y, por encima de ello, era reacio, como se repetía constantemente entonces, a los elogios, la glorificación, las fotos y las pancartas.
No voy a ocultarte que hacer un repaso a la propaganda pro Bashar al-Asad en la segunda mitad de los noventa resulta hoy bastante divertido. Es gracioso ver cómo el elogio a Bashar era en realidad una forma de censura –no intencionada ni consciente- a Hafez y su era y cómo todas las características positivas que se asociaban a Bashar eran en realidad contrarias a todos los lemas que el gobierno asadiano había enarbolado, empezando por la máxima repetida hasta la saciedad, incluso hoy, de que había estudiado en Occidente y que eso, en sí mismo, ya era positivo. Independientemente de la lógica detrás de darle a la educación en Occidente un carácter positivo, ¿cómo explicamos que el propio régimen, muy baazista en aquel entonces y que se presentaba como un férreo luchador contra Occidente, fuera el mismo que impregnaba a la educación recibida por su futuro presidente en Occidente de un absoluto valor positivo y dijera que Espinoza en su tiempo había regresado tras pasar unos meses especializándose en Gran Bretaña (¿acaso Espinoza está aceptado entre las “autoridades competentes”[1]?)?
En realidad, lo que acabo de mencionar no son contradicciones con el discurso del régimen porque las contradicciones exigen pensar, analizar, descomponer y recomponer para que el ser humano las detecte y aprenda a abordarlas e incluso beneficiarse de ellas. En realidad, los asadianos no piensan mucho, por no decir que apenas lo hacen. Sé que, si tienes la paciencia y el deseo de examinar la historia y has superado el discurso del régimen sobre sí mismo y consultado el archivo de los debates y escritos de la oposición siria en aquel momento, verás se le reconocía cierto ingenio a Hafez al-Asad y su régimen, un reconocimiento que es en realidad hijo de la impotencia, pues a nadie le gusta ser aplastado por nadie y menos aún que quien aplasta sea inusualmente ingenioso. El asadismo no piensa más que en las verdaderas líneas rojas de quienes son más fuertes que ellos y cómo ser extremadamente violento con quienes son menos poderosos que ellos. Al margen de ello, te dejo aquí la explicación de un amigo al que le gusta un chiste sobre un fumador asiduo de hachís que le preguntó al sheij de la mezquita lo siguiente: “Sheij, ¿se puede rezar sin hacer la ablución?” A lo que el sheij contestó: “No se puede, es imposible”. Entonces dijo el fumador: “¿Y qué le parece si intento rezar sin hacer la ablución y resulta que sale bien?” Según mi amigo, y yo así lo creo, este chiste es útil para explicar el asadismo pues este, además de no pensar prácticamente en nada que no sea prevenir sobre el enfado real (y no mediático) de quien es más fuerte que él, no es más que un “rezo sin ablución”: sale bien, sale bien y sigue saliendo bien desde 1970 hasta ahora.
*****
Es cierto que yo era pequeño cuando murió Hafez al-Asad y que él era de las cosas naturales, pero tengo un fuerte recuerdo de la matanza y la detención política. En mi pequeño entorno, conocí a personas que habían pasado varios años de su vida en las cárceles a consecuencia de su oposición a Hafez al-Asad, pero apenas se hablaba de ellos y, si se hacía, se solía hacer de tres formas distintas. La más común era acusarlos de estúpidos y temerarios; en segundo lugar, se les acusaba de codiciar el poder; y en tercer lugar, se les glorificaba como héroes legendarios. A pesar de que en general solían mezclarse las tres cosas, la tercera era la menos presente en cualquier caso y este tema se trataba poco delante de nosotros los niños. Cuando esa familiar de la que te he hablado estaba en la cárcel, pregunté por la razón y me dijeron que alguien había robado dinero al Estado y la había acusado. Con trece años, supe que era una opositora e, independientemente de lo que se dijera de ella, toda la familia extendida fue a recibirla entusiasmada cuando salió, como si acabara de salir del vientre de la ballena.
Un compañero mío de la escuela primaria se pasó los años de colegio hablándonos de su padre “que se había marchado a EEUU”. En realidad, era un preso político al que mi amigo visitaba de forma muy esporádica según estimo y a discreción del régimen de visitas, y él sabía que lo sabíamos. Posteriormente, recuerdo a este amigo, que de hecho vive hoy en EEUU –casualidades del destino- y pienso que la connivencia entre nosotros, los niños, para mentirnos era la primera capa del asadismo con la que se pintaban nuestros cerebros y corazones. No era el pañuelo que llevábamos al cuello en el colegio, ni el fular, ni el traje de las juventudes, ni siquiera lo era la repetición del lema mañanero: esa primera capa era que aprendieras, desde niño, que debías mentir y tragarte las mentiras que te decía para “salvarte” y no sembrar el pánico en tu familia, que constituía el primer nivel de los servicios de seguridad al que te enfrentabas, y no los culparan. Esa era la primera puñalada asadiana, o el primer virus, por utilizar el lenguaje actual.
Al padre de otro compañero de la escuela lo detuvieron una madrugada en una campaña de las fuerzas de seguridad contra alguien sospechoso de simpatizar con el Baaz iraquí poco después de la invasión de Kuwait y la guerra del Golfo [2]. Él y sus hermanos llegaron llorando al colegio puesto que alguien de su familia pensó que lo mejor para esos niños era que salieran de casa poco después de la detención de su padre. Sin embargo, apenas asistieron a dos clases antes de que viniera su madre para llevárselos a ellos y sus mochilas y cambiarlos de colegio a los pocos días muy lejos de donde vivían. Quería evitarles el sufrimiento de explicar a sus compañeros o explicarse ante nadie. Nos quedamos paralizados y sentimos mucha tristeza por separarnos de nuestros compañeros de escuela y amigos de juegos. No comprendimos bien lo que sucedía. Escuchamos susurros que decían que se habían llevado al padre por “hablar de política”. Inocentemente, pensamos que lo habían detenido porque había utilizado la palabra “política” delante de “la seguridad” y, al parecer, eso no debía hacerse. Pero ninguno de nosotros pensó en ello como “correcto” o “incorrecto” ni lo evaluó con parámetros éticos, porque carecíamos de esos parámetros en nuestras familias, nuestro faro en el camino, e incluso si lo hacían entre ellos o para sus adentros, no lo iban a hacer delante de nosotros porque temían que nos pasara algo y que repitiéramos lo que escuchábamos en casa ante la persona errónea. En resumen, lo vimos como algo… Ya te he hablado de lo “natural”, ¿verdad? Algunas personas son ricas y otras son pobres, algunas viven mucho tiempo y otras mueren antes de lo que deberían por enfermedades o accidentes… Y algunas personas son detenidas.
Necesité mucho tiempo, superar la treintena y vivir la revolución para aprender la necesidad de dejar a un lado la cuestión ética o reconciliarme con el hecho de que ni siquiera existe en cualquier ámbito operacional de mi vida, comenzando por preguntarme por lo correcto o incorrecto de detener a alguien por cuestiones políticas y terminando por la ética de copiar en un examen de Bachillerato empujado o animado por mi familia y entorno social, los mismos que me habían enseñado también que no se roba. Necesité todo ese tiempo para comprender que esta era la segunda capa del asadismo que se había vertido sobre mi generación, la precedente y la posterior: no comportarme con generosidad, no sentir dignidad y no ver que mi valor como ser humano se basaba en respetarme a mí mismo y reconciliarme, en la medida de lo posible, con mi comportamiento general. En definitiva, no estar en la sociedad, sino con un “grupo de gente unido”. ¿Conoces a Ziad Rahbani [3]? ¿No? No te molestes… Otra desgracia subasadiana para nuestra generación. 
Antes mencioné la memoria de la matanza, la que hace que la gente se comporte como un equipo de interrogación de los servicios seguridad, como te dije. Hablo de la matanza de Hama [4], como la “llamábamos” cuando tenía tu edad o quizá era algo más joven. En realidad, el recuerdo de la matanza era mucho más oscuro y borroso. Los Hermanos Musulmanes habían tomado las armas contra el poder y Hafez al-Asad y su hermano Rifaat habían respondido con una gran matanza en Hama en 1982. No solo eso, sino que los que habían tomado las armas eran sunníes y los de Hafez al-Asad eran alauíes. No recuerdo bien cómo sabía esos datos ni quién los mencionó delante de mí ni cómo, pero los conocía bien cuando murió Hafez al-Asad. También sabía de forma instintiva que de eso no debía hablarse, sino que debía obviarse como si no hubiera sucedido, porque abría las puertas del infierno.
Te cuento esto en mi carta para explicarte que la matanza fue una condición fundacional en la vida de quienes conforman mi generación, a pesar de que no la presenciamos ni vivimos y apenas la mencionamos. La matanza estaba escrita en nuestra sangre y con nuestra sangre, era aquello de lo que no se hablaba, presente en todo momento; era ese tema que suponía una conversación silenciada en torno a la cual se giraba tras la muerte de Hafez al-Asad: ¿intentarán algunos sunníes vengarse? ¿Cuál será la respuesta si eso sucede? Eso fue lo máximo que pude oír de las conversaciones de los mayores en aquel entonces.
En cierto modo, lo que hicimos en 2011 fue intentar superar la matanza y la detención política como condiciones fundacionales de nuestra vida. Fracasamos, como sabes, pero lo que quiero decirte es que la matanza no es fruto del 2011, sino que quedó escrita en nuestro destino con la carne fresca y la sangre caliente mientras estábamos en los úteros de nuestras madres a comienzos de los ochenta del siglo pasado.
Nuevamente, no era consciente de ello cuando murió Hafez al-Asad. No era consciente de que la matanza estaba escrita en nuestro destino. Hoy puedo entender que la apuesta por el reformismo de Bashar al-Asad, fuera por entusiasmo y credulidad o bien una forma de seguir la corriente o simplemente buscar seguridad, venía motivada por un deseo firme de superar la matanza. Se heredó el poder sin preguntas, sin que tuviéramos la capacidad de imponer al poder que nos preguntara siquiera. Sucedió como algo “natural” y con la connivencia del mundo entero. No podemos permitirnos ni el lujo de decir que sucedió al margen de nuestra voluntad. 
*****
Antes de concluir mi carta, tengo que explicar brevemente el título: ¿por qué he elegido parafrasear al famoso texto de Karl Marx? Porque, de alguna manera, soy marxista, pero del tipo “marxista, aunque…” o “marxista, a pesar de que…” Esas variedades son atributos de mi generación y la inmediatamente anterior de “marxistas”. Deseo con todo mi corazón que tu generación se haya librado de las consecuencias de nuestros interrogantes, miedos y conflictos que no eran más que, literalmente, una tempestad en un vaso de agua. Sin embargo, debo aclarar que no pretendo compararme, ni me atrevo a ello, con Marx, del mismo modo que no pretendo comparar a Bashar al-Asad con Luis Bonaparte o a Hafez al-Asad con Napoleón Bonaparte. El “no pretendo” se extiende al hecho de que ni siquiera pretendo utilizar la introducción del famoso libro, de espíritu hegeliano, que posteriormente se convirtió en una especie de lema sobre la repetición de un suceso o personalidad histórica, una vez como tragedia y una segunda vez como farsa. Puede resultar tentador hablar de Bashar al-Asad como una farsa que llegó para repetir la tragedia de Hafez al-Asad, pero no pretendo hacerlo, ni siquiera en su exégesis cómica, por razones evidentes: ¿quién en la familia Asad es solo tragedia y quién es pura farsa?
¿Por qué te escribo sobre el momento del traspaso de poder hereditario?
En realidad podía haber escrito sobre la primera década de gobierno de Bashar al-Asad y quizá eso habría sido más agradable para ti, ya que mezcla tus primeros recuerdos de niña pequeña con lo vivido por un adolescente/joven entonces. No iba a escribir sobre el momento de la revolución porque ya escribí lo que pude en un texto compartido con mis compañeros y compañeras de la Coordinadora [5]. Además, no he escrito sobre los años posteriores a 2011 porque de veras tengo la necesidad de saber qué tienes que decir tú de esos años, más que escribir yo sobre ello. Viví privado de muchas cosas durante mi adolescencia, pero pude, a pesar de todo, y gracias a los múltiples márgenes abiertos por las luchas, políticas o no, que libraron millones de “soldados desconocidos” en Siria, entre ellos, mi familia, vivir mi pubertad, adolescencia y temprana juventud de manera aceptable y con cierta “felicidad” también. De esto último te has visto tú privada durante los años de la revolución y la guerra. Siento, en lo que a ti respecta, así como en lo que respecta a muchas personas y cosas, en realidad todas las personas y cosas salvo los Asad y sus apologistas, una ingente culpa.
Te escribo esta carta sobre el momento del traspaso de poder hereditario porque no habías nacido aún en ese momento, o quizá eras tan solo un bebé lactante de pocos meses, mientras que yo, en ese momento, tenía tu misma edad de ahora. Fui testigo de un momento del que tú no lo fuiste y eso, en sí mismo, es lo que me empuja a escribirte sobre ello, pero no es esa la única razón. También te escribo porque ese momento fue fundacional también para mí y porque no sabía entonces que ese momento sería la matrona encargada del nacimiento de unas circunstancias insoportables, cuyas consecuencias vivimos todos hoy y, en concreto, tu generación, que vive algunas de las peores: que el ser humano abra los ojos a un mundo que se derrumba y una vida que se destroza sin piedad.
Por primera vez, tengo la oportunidad de contar los hechos que presencié a través del oído de una persona más pequeña que yo que no los presenció y eso significa, sin duda, que me he hecho mayor.
Sin embargo, esto no es un testamento ni un anuncio de retirada…
[1] Con tono irónico, se hace referencia a la censura tan habitual en Siria.
[2] Las ramas siria e iraquí del Baaz no mantenían buenas relaciones en época de Hafez al-Asad y Saddam Hussein y, de hecho, Siria estuvo en el bando opuesto a Iraq durante las guerras del Golfo.
[3] Conocido artista libanés, hijo de Fairouz, que ha apoyado a Bashar al-Asad y el papel de Hezbollah en Siria. 
[4] Acaecida en 1982, desde mediados de los setenta del siglo pasado se había desarrollado un enfrentamiento entre el régimen y distintos sectores de la oposición, con imponente presencia de islamistas. Los Hermanos Musulmanes tuvieron un papel complejo, máxime cuando parte de sus miembros tomaron las armas y formaron la denominada Vanguardia Combatiente.
[5] El texto está disponible aquí.

sábado, 14 de marzo de 2020

El recuerdo y el olvido

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Orwa Khalife
Fecha: 12/03/2020
Me detuve al inicio de la calle, pero no entré: me quedé medio petrificado con una cámara en la mano que no puse en funcionamiento como había pensado. La escena en mi barrio destruido había detenido el tiempo y mundo. No entré ni encendí la cámara, naturalmente, aunque ya había grabado algunas escenas de destrucción y bombardeo. Después decidí que ya no quería volver a grabar.
Siete años completos llevo intentando escribir estas líneas, siete años que me separan de este día en el que decidí volver a Al-Ghuta, cuando todavía era posible, siete años en los que esa imagen se ha instalado en mis pesadillas. En ellas, veo a mi amigo Ahmad, al que el régimen asesinó en Maalula, veo el barrio, veo el salón de nuestra casa lleno de polvo, y no lo veo en escenas independientes, sino de golpe, todo en un mismo lugar.
Tal vez esa no sea la imagen más dura que se puede ver hoy en Siria, o incluso pueda parecer un chiste, pero como en todo, siempre hay una primera vez, un primer shock, y eso es lo que se queda bien dentro y, de hecho, a mí me parece más duro que el momento en que escapé del barril [explosivo] que lanzó el helicóptero sobre Saraqeb.
¿Es importante escribir esto? Cada vez que intento escribirlo, vuelve el mismo trauma: una paralización total, un intenso deseo de salir del lugar en el que estoy. La cuestión para mí no es la valentía que exige recordar ese momento, ni tampoco esos momentos han dejado en mí alguna secuela insoportable. No necesito deshacerme de ello para continuar con mi vida, no necesito recordarlos en el diván de un psicólogo. Siempre supe que era un importante comienzo de mi historia, pero ¿debo escribir dicha historia?
Durante el tiempo que ejercí como periodista, había una pregunta que me acechaba continuamente cuando pedía a la gente que contara su historia: ¿les provocaba un nuevo dolor? ¿Qué es importante y qué no? ¿Cómo evitaba causar más traumas derivados del recuerdo? Tratar con hechos traumáticos no es algo banal, como tampoco sabes si estás haciendo, sin querer, que se recuerden cosas que tal vez permanecían enterradas. Cuando preparaba un reportaje sobre el pan sirio en Turquía [1], pregunté a un hombre desplazado desde la zona rural de Damasco su opinión sobre el pan sirio en la ciudad de Gaziantep. Posteriormente, descubrí que había perdido a su hijo frente a uno de los hornos de pan que los aviones del régimen habían bombardeado, matando a quienes hacían cola en la puerta del mismo.
No podemos dejar de recordar o contar lo que sucede. Sería hipócrita decir eso, y más en un texto que escribo en Al-Jumhuriya sobre el recuerdo y la narración de nuestra historia, pero ¿cuáles son los límites que podemos establecer?
No hay respuesta definitiva, pero sí hay algo que podemos hacer. Comencemos por lo más sencillo, con el caso de la reportera del canal Addounia, Micheline Azar, que interrogó a las víctimas de la matanza de Daraya mientras agonizaban, en una escena macabra[2]. No podemos interrogar a las víctimas cuando están en estado de shock y, por supuesto, no podemos interrogar a los familiares de los asesinados y heridos. Eso sería un crimen: la escena de esa reportera que irrumpió en las calles de Daraya, cuando sus habitantes estaban tirados a los lados de la calzada, fue una muerte atroz ante la cámara del asesino. Un ser humano no puede hacer algo semejante, te dices, pero por desgracia, esta es el ejemplo que lo desmiente; sin embargo, lo más complicado es que ese tipo de situaciones se han repetido, y no por parte del asesino, sino de los periodistas sirios que querían, sencillamente, documentar las violaciones cometidas por el régimen. He visto muchas grabaciones de padres y madres que llevan en brazos a sus hijos muertos con las que el periodista quiere documentar los hechos: se trata de una cuestión polémica, lo sé, pero en algunos casos, el periodista les hace preguntas directamente. Ahí es cuando pasa a ser un crimen.
A person standing on a sidewalk

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En la última escalada militar y campaña salvaje de bombardeos sobre Idleb, el permiso dado por Turquía a la entrada de medios internacionales a la ciudad provocó la entrada de muchos periodistas verdaderamente valientes para cubrir lo que sucedía en una zona testigo de uno de las más terribles desastres de nuestra época. En este contexto, es muy probable que nos encontremos con periodistas de la CNN o del Washington Post en la ciudad de Idleb o cerca de los campamentos fronterizos.

Uno de mis amigos en Idleb me contó que el equipo de grabación de un canal internacional presionó fuertemente a una víctima de los bombardeos y el desplazamiento para grabar con él, presión a la que contribuyeron algunos sirios, humillándole directamente con comentarios del tipo “¿Eres un shabbih [3] o qué? ¿Por qué te da miedo que te graben?” Esta no es la primera vez que esto sucede, claro, pero la coerción para recordar o contar lo que ha sucedido en cualquier situación y la presión, los engaños y las mentiras para que las víctimas cuenten lo que ha sucedido, no es aceptable en absoluto.

Lo que acabo de decir no es un llamamiento al silencio, por supuesto, sino que es en realidad lo contrario: un llamamiento a escribir y ayudar a las víctimas a contar lo que ha sucedido, pero no a cualquier precio. Hoy, cuando nos vemos frente a las consecuencias del aplastamiento completo de la revolución por parte del régimen en Siria, necesitamos nuestra propia voz, y necesitamos decir lo que sucede, porque olvidarlo supone olvidar a todas las víctimas y a los detenidos que siguen estando en los sótanos de los servicios de seguridad, pero no a cualquier precio. Las víctimas no son instrumentos desprovistos de humanidad para repetir la narración de las historias tristes en actividades de apoyo o en las páginas de los artículos y los libros que quieren dejar constancia de los crímenes. No podemos luchar contra las violaciones cometiendo nuevas violaciones.

Ante la imperiosa necesidad de dejar constancia de todos los detalles generales y particulares que conforman la historia de los años a partir de 2011, la capacidad que tengamos de ayudar a quienes quieren y están preparados mentalmente para contar sus historias y testimonios es nuestra principal misión, pero no interrogarlos. El caso del ex detenido Mazen Hamada ha tenido una fuerte repercusión [4]. No dispongo de los datos concretos ni puedo, evidentemente, basarme en los rumores e historias que circulan como pruebas inequívocas, pero psicológicamente, según la mayor parte de esas versiones, el hombre estaba desequilibrado, ya que aparentemente había sufrido brotes psicóticos. Los llamamientos a que Mazen contara su historia no fueron los que lo provocaron, suponiendo que estas historias sean ciertas, y en realidad puede que no haya razones claras para la psicosis, pues los traumas psicológicos no son los únicos que provocan esa condición o síntomas de esquizofrenia, pero ¿quienes realizaron esos llamamientos eran conscientes de su situación psicológica? Detectar síntomas de psicosis no es tan difícil. La historia exige muchos detalles complementarios, naturalmente, para considerarla un ejemplo, pero considerando tales condiciones, cómo puede pedírsele a un enfermo de psicosis o que sufre problemas psicológicos que tal vez anulan su capacidad de elección, que cuente lo que sucedió? La verdad es que no deberíamos pedirle eso nunca, pues los únicos capacitados para ello son el médico y el psicólogo.

Todo esto no son simples intentos bienintencionados para empujar a la gente a que cuente las atrocidades del régimen en Siria, pues en los últimos años se ha desarrollado una estructura más o menos organizada para documentar y registrar dichas atrocidades, que ha desarrollado sus propios mecanismos para exportar las imágenes de lo que sucede en Siria, algo por lo que la gente ha pagado con su vida, pero dichos mecanismos jurídicos y periodísticos organizados con sus enfoques particulares para contar lo que ha sucedido han cometido y siguen cometiendo esos errores. Naturalmente, los detenidos y sus familias deben hablar de esas atrocidades que han sufrido, cosas que no podemos ni imaginar que suceden, o que han sucedido solo en el episodio más negro de la memoria mundial en Auschwitz, durante el Holocausto.

Pero, nuevamente, no puede ser a cualquier precio, empujando a las víctimas que sufren desequilibrios mentales a hablar y hacerles recordar sus traumas en entornos no seguros, a diferencia de lo que les pueden ofrecer los tratamientos psicológicos, ante extraños a quienes ven por primera vez y a quienes no volverán a ver. Contarán detalles extremadamente atroces de aquello a lo que se han enfrentado: ¿no deberían tener antes la libertad de elegir y la capacidad de dar su consentimiento en plena posesión de sus facultades para ello? Parece que la petición ordinaria de que se narre la historia que realizan los programas de financiación jurídica y la necesidad de los medios internacionales de contar con historias humanas de la guerra, cualquier guerra, han llevado a conformar espacios no seguros para las víctimas. Quienes han sufrido la tortura del mujabarat de las peores formas tiene derecho a guardar silencio y olvidar: no están obligados a hablar y, naturalmente, no se les debe empujar ni presionar para que cuenten su historia.

Del mismo modo que tenemos derecho a hablar, el derecho a contar lo que nos ha sucedido, también tenemos derecho al silencio, el derecho a no tener la valentía de recordar las atrocidades que sufrimos. ¿Qué garantiza a quien no quiere hablar ese recuerdo doloroso servirá para algo? En la historia de Ministerio del Dolor, que se tradujo al árabe bajo el título de Patria del dolor, la novelista croata (aunque probablemente prefiera el gentilicio de yugoslava) Dubravka Ugresic, dice: “Cuánto duele la extrema lentitud de la justicia”. Se pregunta por el sentido de que los criminales rindan cuentas después de que sus víctimas, que sobrevivieron a ellos, hayan fallecido antes de que se hiciera justicia. En realidad, la justicia de la que son adalides las actividades de documentación de lo sucedido es esa misma justicia lenta: aquellos a quienes pedimos que cuenten su historia tienen derecho a preguntarse por el sentido de todo ello.

No hay nadie consciente y bienintencionado que quiera convertirse en Micheline Azar, la reportera del canal Addounia que participó en el crimen de Daraya. No digo que nadie vaya a llegar a eso, pero parece que existen zonas grises en lo que hacemos para narrar lo sucedido que pueden llevarnos a cosas terribles. Interrogar a la muerte puede ser un crimen tan claro como el de Micheline o no tanto, como ha sucedido en muchas ocasiones. Debemos decir lo atroz, contarlo y enfrentarnos a ello y mantenerlo vivo, pero no a cualquier precio.

[1] Disponible aquí en árabe.
[2] Aquí puede verse una noticia relacionada en inglés.
[3] Término utilizado para referirse a las milicias paramilitares perpetradoras de matanzas contra opositores al régimen o zonas civiles bajo control de la oposición; sin embargo, aquí se utiliza como sinónimo de partidario del régimen.
[4] Esta persona decidió volver a Siria, donde fue detenido. Parte de su historia puede leerse aquí en inglés.

domingo, 1 de marzo de 2020

Rusia se enfrenta al mundo a través de los cuerpos de los sirios

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Sadek Abed Alrahman
Fecha: 28/02/2020

No resulta sencillo explicar lo que está sucediendo entre Turquía y Rusia, puesto que ninguna de ellas ha publicado claramente el contenido de los acuerdos y entendimientos que habían alcanzado entre ellas y que parecen estar derrumbándose; sin embargo, lo que parece seguro es que Rusia está violando hoy los pactos que había ofrecido a Turquía, puesto que Ankara no habría forzado a sus soldados a adentrarse tanto en territorio sirio si no hubiera habido un pacto con Rusia que estipulara que el régimen y sus aliados no les iban a atacar. Y he aquí que la propia Rusia se ha involucrado directamente en la tarea de atacar a dichas fuerzas.
Resulta útil volver un poco la vista atrás hasta el primer ataque directo y claramente intencionado por parte de las fuerzas del régimen sirio contra las fuerzas turcas, a las afueras de Saraqeb el 3 de este mes de febrero de 2020 y que concluyó con el asesinato de cuatro soldados turcos cuando las fuerzas turcas estaban intentando afianzar sus posiciones en todas las carreteras que conducen al centro de la ciudad para evitar que las fuerzas del régimen entraran en ella. No obstante, en una de las carreteras transitables en la que las fuerzas turcas no se habían apostado aún, un camino secundario hacia Saraqeb a través del pueblo de Tronba, situado al oeste de la anterior, las fuerzas del régimen se adelantaron a las turcas lanzando un ataque que allanó el camino para entrar en la ciudad y que acabó con la vida de varios soldados turcos.
Volviendo aún más atrás en el tiempo, las fuerzas del régimen sirio estuvieron un tiempo dando vueltas alrededor de los puntos de vigilancia turcos que bloqueaban su camino, sin llegar a hacerles nada, y sin que las fuerzas turcas, por su parte, intentaran evitar el avance de las del régimen. El primer ejemplo lo tenemos en el punto de Morek, en la zona rural septentrional de Hama, y después en Al-Surman, Tell Touqan y Maar Hitat. Cuando las fuerzas del régimen se aproximaron a Saraqeb, las fuerzas turcas intentaron desplegar sus posiciones a lo largo del perímetro de la ciudad para dificultar la posibilidad de moverse alrededor de la misma; sin embargo, el ataque del régimen contra las fuerzas turcas cerca de Tronba fue más rápido. Dicho ataque no pudo perpetrarse sin acuerdo, o tal vez instrucciones rusas, algo que confirma la plena participación de este país junto al régimen en la batalla para tomar el control de Saraqeb.
¿Qué significa esto? Sin duda significa que Turquía iba en serio en sus intentos de evitar la entrada del régimen en Saraqeb, pero ¿por qué Saraqeb en concreto? No lo sabemos con seguridad, pero lo más probable es que el avance de las fuerzas del régimen con apoyo ruso y a tal velocidad sin precedentes estuviera fuera de los acuerdos turco-rusos, por lo que Turquía se vio en una posición bastante incómoda, frente a cerca de millón y medio de desplazados cerca de sus fronteras, la mayoría de los cuales viven al raso y cuyo número aumenta cada día, y también de frente a los intentos de que la presencia de sus fuerzas en Idleb careciera de significado o utilidad.
Las fuerzas turcas no lograron evitar que el régimen entrara en Saraqeb y las operaciones de las fuerzas de este último han continuado hacia el norte en dirección a la zona rural de Alepo. También han ejercido presión sobre el eje de Qmenas, que precede inmediatamente a la ciudad de Idleb al oeste. Todo ello da la impresión de que las fuerzas del régimen tienen la firme intención de continuar su guerra hasta tomar el control de la provincia de Idleb, en su totalidad o su mayor parte, lo que supondrá la aglomeración de millones de desplazados en la frontera turca, un desprecio hacia el ejército turco y su gobierno. Esto ha llevado a Turquía a adoptar una postura más firme, que se ha traducido en una serie de operaciones militares contra las fuerzas del régimen, que han concluido con la nueva toma de control por parte de las facciones opositoras de la ciudad de Saraqeb y a un aumento de su efectividad frente a las fuerzas del régimen y sus aliados. También han provocado una respuesta asadiana y rusa que se ha cobrado la vida de más soldados turcos.
Pero, ¿por qué Rusia se afana en apoyar al régimen en una gran operación como esta que ha provocado una crisis en sus relaciones con Turquía hasta el punto de llegar casi a una guerra total, así como una crisis humanitaria de enormes dimensiones, vergonzosa para Turquía y Occidente y que pone a las facciones contrarias al régimen en una posición de defensa directa de su existencia, lo que supone un feroz enfrentamiento en el que el régimen sufre ingentes pérdidas de vidas y medios, según confirman los avances de las batallas en los últimos días?
En Idleb no hay ninguna fuerza que pueda suponer una verdadera amenaza para el régimen o Rusia, y nada en el comportamiento de Turquía y las facciones sirias aliadas con ella indicaba que tuvieran la intención de lanzar ningún ataque contra el régimen. En lo que respecta a Hay’at Tahrir al-Sham ya no es más que un extremadamente andrajoso proyecto autoritario local, cuya máxima aspiración es que le dejen una pequeña zona en la que pueda gobernar durante un tiempo. Idleb tampoco tiene ninguna importancia estratégica, pues no tiene riquezas ocultas ni está en una zona central de Siria de forma que pueda hacer tambalearse el dominio del régimen y sus aliados. El hecho de que haya carreteras internacionales que pasan por ella es mucho menos importante económicamente que la gran cantidad de dinero que se pueda gastar en controlarlas mediante crueles y costosas guerras. Los pretextos declarados por Rusia de proteger a los ciudadanos sirios del terrorismo, son demasiado estúpidos para siquiera debatirlos y basta con responder con las imágenes de cientos de miles de desplazados que prefieren vivir sin techo que volver a vivir bajo el gobierno del régimen de Asad, donde reinan la intimidación diaria, el asesinato bajo tortura y las políticas de castigo colectivo.
Los países de todo el mundo han dejado a Rusia proteger al régimen sirio como ha querido, y Turquía en concreto ha colaborado con ella en la contención de las facciones opositoras hasta dejarlas sin capacidad de enfrentarse al régimen por sí solas. Entonces, ¿qué quiere Rusia?
Probablemente quiera dos cosas: que todos los enemigos del régimen en Siria se rindan y acepten la solución rusa al estilo de los pactos de Daraa, la zona rural de Damasco y la zona rural septentrional de Homs; y, en segundo lugar, que el mundo colabore con ella en el afianzamiento del régimen de Asad y su financiación mediante proyectos de reconstrucción y ayudas internacionales. Si no logra estos dos objetivos, parece que no hay posibilidad de que Rusia recoja los frutos políticos y económicos de su guerra en Siria.
Sin embargo, el dilema ruso-sirio yace en la dificultad de hacer realidad ambas aspiraciones, porque la primera supone que Siria se mantenga como país exportador de refugiados que huyen del infierno de la represión y la venganza que siguen a los pactos de reconciliación, como ya hemos visto en Daraa, la zona rural de Damasco y otros lugares. La segunda exige lo contrario: que Siria deje de ser un país exportador de refugiados porque Occidente no aceptará pagar para financiar el régimen sirio mientras este siga exportando refugiados al exterior del país.
Parece que la solución a la que ha llegado Rusia en colaboración con su pequeño aliado en Damasco es llevar el problema al límite y poner a los países de todo el mundo frente a la realidad de facto: no existe otra solución que aceptar volver a normalizar las relaciones con el régimen y financiarlo, y que, en contrapartida, no hay ninguna solución política mínimamente lógica por la cual los sirios vayan a dejar de abandonar su país a la primera oportunidad que se les presente, salvo que el régimen y sus aliados dejen de matarlos. Esa es la situación actual: Bashar al-Asad le dice al mundo que va a seguir matando sirios hasta que se le acepte como gobernante legítimo y la reconstrucción se financie exclusivamente a través de él, y para ello cuenta con el apoyo firme de Moscú, a cuyos líderes no les tiembla la mano. 
Tal vez nos encontremos en una situación sin precedentes en la historia: un régimen político que presiona a los países del mundo para lograr su reconocimiento mediante el permanente asesinato de su pueblo. El mensaje ruso-asadiano es el siguiente: debéis reconocer nuestra victoria política y económicamente y, si no, seguiremos construyendo el infierno en forma de ingentes matanzas, guerras de exilio forzado y oleadas de refugiados. Una vez tengamos vuestro reconocimiento, seguiremos construyendo un infierno distinto en el que mataremos lentamente a los sirios que se han rendido, mientras vosotros financiáis las fábricas de muerte y humillación que nos esforzamos en poner en pie.