Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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sábado, 21 de abril de 2012

La verdad es la más honorable creación revolucionaria



Autor: Haytham Manna'

Fecha: 07/04/2012



Hace semanas que dejé de escribir, no por hacer boicot a los medios de comunicación escritos ni audiovisuales, que son muchos (Al-Jazeera, Al-Arabiya, e incluso Rusia Today, en la que según Faysal al-Qasim[1], hablo setenta veces al día, cuando no lo he hecho ni una vez en 2012). Nunca ha sido un problema desaparecer mediáticamente porque no es posible encasillarme por mucho que me paguen o me presionen, sino que el problema reside en el dolor, por no decir algo peor: la situación en la que han desembocado los acontecimientos mientras que la contrarrevolución ha adoptado posturas avanzadas en situaciones diversas en nombre de la revolución y a costa de sus valores y principios.

Como pensador crítico y defensor de mis derechos, la política no puede matar en mí el pensamiento crítico (de la crítica) en una época en la que el discurso crítico está de moda (entre quienes se visten de dinero, es decir, quienes lo reúnen, según una expresión marxista siria enmascarada). He aceptado meterme de lleno en la lucha política con la ética de un jurista, es decir que he llegado a la política con la ética de los Derechos Humanos, su dignidad y su seguridad. Cuando este es el punto de partida, los enemigos se multiplican. Se trata de seguir el método que considera callarse ante los errores viciados y que niega hcer un seguimiento selectivo de las violaciones de Derechos Humanos, que exige que se investigue cualquier crimen al margen de quién y cómo lo comete, que reprueba que se fuerce a los cristianos a emigrar y que se asesine por motivos sectarios, además de condenar y exigir que se haga rendir cuentas a los shabbiha en todo tribunal y que niega la lógica de el fin justifica los medios. No es posible contentar a mucha gente con este método, especialmente quien no se ha acostumbrado a ello durante la dictadura.

La pregunta es ahora: ¿A dónde vamos? Es una pregunta muy legítima, porque la revolución no es un pasaporte para reproducir la represión, la crueldad, la tortura o la mentira, sino una fortaleza impenetrable en contra de su mantenimiento y no se puede hablar de una revolución, sectarismo y confesionalismo al mismo tiempo, o hablar de la resistencia civil y de la destrucción del armamento pesado del ejército.

Por eso, no me he callado ante los métodos que seguían los activistas islamistas y laicistas, y me dolía que se convirtieran en moneda corriente, critiqué la corrupción del dinero político, que se ha convertido en parte de la lucha por la influencia interior y exterior, o la decadencia de las alianzas y enemistades regionales y pugnas internacionales que nos han convertido en peones de un juego cuyo último interés es la construcción civil y democrática en Siria y la región.

Tras un año, el poder dictatorial ha dado lo peor de sí mismo en lo que ha crímenes contra la humanidad se refiere y ahora vemos a sectores de las víctimas perdiendo el rumbo que detiene el círculo vicioso que ha creado el poder securitario y despótico para empujar al reprimido a la ética del represor, a la víctima hacia el cuerpo del verdugo y que convierte a los medios de la dictadura en los medios de los revolucionarios… Manifestaciones enteras en las que no oímos una sola palabra sobre el derrocamiento del régimen o el edificio de la dictadura, sino que vemos ataques contra el luchador o los luchadores que han luchado contra la dictadura durante medio siglo, mucho antes de que algunos de los que se dicen revolucionarios pasaran de adoptar posturas vergonzosas a clasificar a la gente como infieles y traidores. Aún más, supervisan directamente el ejército electrónico que se dedica a destruir la imagen de los símbolos gigantes y embellecer las de los enanos ante las puertas que consideran grandes porque ellos son pequeños.

El levantamiento, que es y sigue siendo una revolución para mí, es una reconstrucción del ser humano, el Estado y la nación. Es el grito de la ciudadanía contra la sumisión generalizada que engendró la dictadura, el fin de los caminos que asfaltó el despotismo, y el inicio de una ética que nos da la capacidad revolucionaria de volver a confiar en el bien, la verdad, la solidaridad, la hermandad, la unidad nacional y la cohesión nacional entre los componentes de la sociedad única.

El pueblo sirio tuvo la suerte de presenciar la desgracia iraquí y las secuelas de tener que tener que convertirse en refugiado, también ha visto lo que sucedió y sucede en Libia y los costes humanos (más de 50.000 muertos y 330.000 heridos) y materiales. También han oído lo que pasó en Yemen (donde Al-Qaeda sigue asesinando soldados hasta hoy) y ha visto la diferencia entre el pacifismo de la revolución y una revolución armada. Pero hay quien decidió hace tiempo, concretamente desde la conferencia de Antalya, que debíamos, como sucedió en Libia, cambiar el sueño y la bandera, aunque no hubieran cambiado muchos de los ministros. Como sucedió en Iraq, se mezcla entre los de Saddam y el ejército iraquí, y como sucede en Bahréin, se quiere que entren fuerzas no sirias, pero esta vez para apoyar a los revolucionarios, no al poder.

La hipocresía es ahora moneda corriente, negociar el precio es una condición necesaria para no ser acusado de ser un shabbih o un colaborador. La demagogia es la única ideología que une al salafista con el partidario de los Hermanos Musulmanes o con el liberal en un proyecto único y una única forma de hablar. El poder securitario ha jugado con destreza al juego de dejar a la revolución sin sus líderes y sus cuadros de base, deteniendo y asesinando a lo mejor que ha dado la revolución, y ha metido a un importante sector en el juego de reproducción de sus sucios métodos:

-Acusar a los ciudadanos y ciudadanas de forma inmoral (yo me llevé el haber atacado a un menor y el Sheij al-‘Ar’ur se llevó el haber atacado a un soldado): por supuesto, estos modos se trasladaron a la oposición y este no se sienta con aquel porque es del servicio secreto y aquel llama a los medios y los gobiernos para acusar a un opositor honorable de ser colaborador del régimen.

- Los documentos falsificados: las autoridades han falsificado documentos en sus medios para acusar a algunos partidos y grandes personalidades nacionales. Nosotros hemos adoptado este método y hemos empezado a sacar semanalmente documentos falsificados, ya sea sobre cómo trabaja el ejército, los platos de comida de los extranjeros o los permisos temporales de los iraníes.

-Grabaciones televisivas: las autoridades comenzaron a utilizar un método despreciable conocido como las “confesiones” de los acusados en la televisión para demostrar que el conductor de un camión trafica con armas y a un estudiante del colegio se le encarga llevar a cabo operaciones militares y otras mentiras similares. Algunos de los que están armados no han tardado en confirmarnos las confesiones televisadas de rehenes detenidos o mujeres secuestradas o ciudadanos que estaban en el lugar erróneo en el momento erróneo.

 "Confesión" del coronel Hussein Harmoush, 
que fundó el movimiento de los Oficiales Libres en verano de 2011 
con soldados desertores y que fue secuestrado en Turquía

-Secuestros, interrogatorios y tortura: desde hace cuarenta años, las autoridades securitarias han secuestrado, interrogado en sótanos de tortura y practicado más de cuarenta métodos diferentes para violar la integridad del alma y el cuerpo. Pero la sociedad no ha respondido a ello reproduciéndolo, sino luchando para acabar con ello. Por desgracia, el reprimido ha caído en la trampa del represor y las prácticas como estas se han vuelto aceptables entre algunos extremistas.

-Empujar a la gente a que se desplacen y se conviertan en refugiados: las autoridades desde bien pronto se han esforzado en atemorizar a los ciudadanos pertenecientes a la minoría con el peligro de que sean atacados por “la mayoría” y hemos intentado evitar que la gente huyera o se desplazara por razones sectarias o religiosas, como también hemos intentado evitar los desplazamientos tras la entrada del ejército en Daraa en abril de 2011. Pero esta enfermedad ha llegado al norte con la idea difundida de que el hecho de que haya más de 10.000 refugiados  permitirá a la OTAN intervenir militarmente. El poder securitario y los shabihha lo han conseguido en Tel Kalaj y la provincia de Homs, y ahora nos encontramos con más de medio millón de desplazados y 38.000 refugiados.

-Propaganda en vez de información: el poder mediático en Siria se ha convertido en un medio para deformar la realidad y mentir de forma sistemática, atentando directamente contra todos los ciudadanos opositores o participantes en el movimiento social revolucionario. Poco a poco, una parte de los revolucionarios se han ido deslizando hacia la misma lógica y han comenzado a mentir, exagerar y decir que está en el centro de Homs cuando en realidad está en Beirut, y en el barrio de al-Balda en Daraa cuando se encuentra en Jordania. Los medios del Golfo han jugado al mismo juego propagandístico y nos hemos encontrado ante una dualidad que nos recuerda a los medios estalinistas: el poder siempre tiene la razón / la calle siempre tiene la razón. Puede decirse que el pueblo sirio por primera vez desde hace medio siglo, ha encontrado una manera de vengarse de su total ausencia en los medios de comunicación a través de los canales por satélite miles de veces más vistos y seguidos que los medios oficiales del régimen… Pero estos medios, no se han limitado, desgraciadamente, ha crear una conciencia democrática plural y una escuela superior mediática. Liberados de la propaganda de las autoridades, hemos entrado en la contra-propaganda que ha alejado a la mayoría silenciosa de los revolucionarios en vez de atraerla. Por ejemplo: cuando la proporción de intervenciones “no suníes” en los medios de comunicación del Golfo son menos de un 5% en una sociedad en la que hay cerca de un 30% de habitantes que no son suníes y un 10% que son kurdos, que no se sienten identificados en los discursos suníes, podemos preguntarnos cómo se puede detener la operación de mancilla de la conciencia mediante una conciencia mancillada sectaria y confesionalmente. Es como si esta problemática estructural y operacional siria no bastase, para que vengan los que declaran la yihad contra los esotéricos, chiíes (literalmente, “renegados”[2]) y nusayríes (alauíes) de Líbano, Egipto y el Golfo. Ello hace necesario recordar a personas como el Sheij Al-Qaradawi[3] que su negativa a definir lo que sucede en Bahréin como un levantamiento al menos hasta donde sabemos, es consecuencia de su convicción de que hay una dimensión sectaria en los hechos y una injerencia extranjera. ¿Cómo puede aceptar sentarse bajo una bandera en la que se lee “La sangre suní es una” y caer en declaraciones que sectarizan y confesionalizan lo que sucede en Siria y pedir la entrada de la OTAN?

Esta imitación entre el represor y el reprimido ha debilitado la confianza en la revolución y los revolucionarios, y ha reducido las diferencias entre la corrupción de un funcionario del régimen que se ha enriquecido durante años y un opositor que se ha enriquecido durante meses… Mientras, el programa de base y el principal discurso por el cambio democrático se han visto apartados, por lo que el hablar de un programa  iluminado y civil ya no es importante para nadie, porque el civismo es una práctica y la democracia también, y cuando algunos líderes de la oposición incitan al sectarismo para satisfacer los instintos populistas, ¿cómo puede el ciudadano de a pie confiar en este órgano o aquel?



Para responder a la política del poder en su demonización del movimiento pacífico revolucionario calificándolo de conspiración, salafismo o yihadismo, algunas fuerzas y personalidades políticas opositoras han entrado en el juego de arremeter en su discurso contra todo lo que no está integrado en el conglomerado de intereses securitarios militares y financieros del régimen, provocando el odio hacia el ejército al considerarlo “el ejército de Al-Asad”, permitiendo que se destruya lo que se ha construido con sangre siria y con los impuestos del ciudadano, mezclando la destrucción del Estado con la destrucción del poder dictatorial. Ello no está exento de pujas sobre los números y los datos como si estuviéramos en un subasta pública, pero las palabras matan y cuando se dice “el ejército asadiano” al referirse a todos los soldados, se ataca a todos los adolescentes que están en un control sin importancia, que nada tiene que ver con quien lo guarda. Así, se mata a un soldado aquí y a un inspector allá en una operación que se denomina revolucionaria. No encontramos políticamente a nadie con la osadía de decir que esto es un crimen que generaliza y repite los crímenes de asesinato que lleva a cabo el régimen.

Se han asesinado los conceptos constructivos de palabras básicas como “diálogo”, “negociación”, la “traducción política de la lucha popular sobre el terreno” y “el cambio pacífico hacia la democracia”. Ya no somos políticos que negocian hasta que la situación les obligue a hablar de armas, ni armados que luchan hasta verse obligados a negociar. Nuestras armas llegan por medio de la declaración de un ministro de Exteriores del Golfo y nuestra aceptación del alto el fuego llega de Washington. Después preguntamos: ¿cómo ha podido el poder mantenerse hasta hoy?

No hay duda de que estamos en un punto de inflexión existencial y no en una etapa cotidiana del presente y el futuro de Siria. Es esta una etapa que exige grandes líderes y posturas rotundas, una etapa en la que no se construyan los cimientos políticos y populares sobre la venta de ilusiones y el comercio con mentiras y miserias. Una etapa en la que se lave la sangre contaminada con la peste de la dictadura para convertirla en un proyecto democrático de fuerzas centrífugas para la mayoría efectiva de Siria. Los partidarios de la democracia están en retroceso en las calles, mientras aumenta un nuevo discurso extirpador, del mismo modo, aquellos se retrotraen en sus casas, dando paso a favor su negatividad introvertida y temerosa de sí misma, de quienes la rodean y del cambio. La guerra civil no es un espantajo que utilizan los portavoces del régimen, sino que el contexto objetivo la ha petrificado en los pechos de nuestro pueblo. En 1858, Matanius Shahin se levantó contra el feudalismo para crear una nueva sociedad justa que no pecase contra sus componentes en Líbano. Dos años después, las fuerzas contrarias lograron transformar eso en un enfrentamiento sectario abierto entre los libaneses[4].

Para que los historiadores no escriban dentro de varios años sobre la revolución siria abortada, nuestro deber es salvaguardar los valores de la revolución y tener la valentía de enfrentarnos contra todos los miembros de la contrarrevolución.

[1] Presentador de un programa de televisión de Aljazeera de debate muy popular, de nacionalidad siria.
[2] Así se denominó durante siglos a los que se habían salido del islam “mainstream” suní.
[3] Famoso líder religioso que en su día perteneció a los Hermanos Musulmanes y que goza de un gran público que lo considera su guía.
[4] La conocida como guerra civil entre maronitas y drusos en el Monte Líbano (1860).

viernes, 30 de marzo de 2012

¿Va el Mediterráneo hacia un nuevo Sykes-Picot?

Texto original: Al-Hayat

Autor: Bakr Sidqi

Fecha: 29/03/2012

El título hace referencia al acuerdo alcanzado 
entre Mark Sykes (Gran Bretaña) y Charles François Georges-Picot (Francia)
 en 1916 para repartirse los restos desgajados del Imperio Otomano,
  a espaldas de los árabes a los que se les había prometido un Estado Árabe
 bajo el reinado del Jerife Hussein.


Desde Turquía a Iraq, Siria, Líbano, Palestina y Jordania se extiende una amplia zona llena de culturas y problemas a un mismo tiempo: variedad cultural, nacional, religiosa y confesional por un lado, y problemas complicados y crónicos que se han acumulado durante más de un siglo por otro. En vez solucionarse con el tiempo, estos problemas han empeorado aún más por culpa de la política. Así, a los problemas árabes, judíos, kurdos, cristianos y armenios, se ha unido un nuevo problema chií, y hoy nos enfrentamos a lo que podría llamarse el problema alauí. 

Las últimas declaraciones del ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, sobre el miedo que le producía el posible establecimiento de un gobierno suní en Siria en la etapa post-Asad, son un mal presagio que no carece por ello de relevancia. Es como si nos hubiera llevado de nuevo a finales del siglo XIX, cuando la Rusia cesarista quería jugar el papel del protector de los ortodoxos en Oriente Medio en su enfrentamiento con las principales potencias europeas coloniales en aquel entonces. Es como recuperar las “paranoias de las minorías”, que no hay forma de tranquilizar si no es con las garantías de las grandes potencias.

Si Mustafa Kemal Ataturk hubiera recogido lo que quedaba del cuerpo del desvanecido Imperio Otomano en su forma de Estado-comunidad turca, habría terminado de purificar su república de griegos y judíos, después de hacer lo propio con los asirios y los armenios, y habría intentado turquizar a los kurdos y los árabes que quedaran. Sin embargo, las cuestiones kurda y  aleví[1] empeoraron a la sombra de su república laico-suní. Así, fracasó en sus intentos de turquizar a los kurdos , de sunificar a los alevíes y de laicizar a los turcos, a pesar de las duras medidas que adoptó.

Iraq, que se dirige imparablemente a un aumento de las luchas intestinas, es testigo hoy de una tensión que tal vez sea la más peligrosa hasta ahora entre la dictadura de Al-Maliki, apoyado por Irán, de un lado y los componentes suní y kurdo de otro. Puede que el problema de Tariq al-Hashimi[2], que se ha refugiado en la región federal del Kurdistán, sea equivalente al asesinato del heredero del Imperio Austríaco, que fue la causa inmediata de la balcanización de la zona de los Balcanes tras la Primera Guerra Mundial.  En las últimas declaraciones de Masud Barazani se trasluce un aviso y un desafío a la amplia dominación iraní que caracteriza a Iraq tras Saddam Hussein.

En Líbano, no se vislumbra en el horizonte solución política alguna para el problema de Hezbollah, que ha recuperado de una forma más peligrosa y complicada que antes el aislamiento maronita libanés de los años setenta, porque el partido chií armado hasta los dientes representa una prolongación directa de Irán en la costa mediterránea y la frontera norte del Estado de Israel. Y si la tensión suní-chií ha caracterizado la pasada década en Líbano, ha sido también un reflejo local de la tensión entre el Golfo árabe e Irán desde que tuviera lugar la Revolución Islámica de Irán a finales de los setenta. La pesadilla de las minorías chiíes en los países del Golfo ha ido a peor con las políticas de injerencia de la República Islámica de Irán nacida de tal revolución. Los países revolucionarios con sus recursos petroleros, han visto cómo el problema llegaba a su peurta, después de trabajar para deshacerse de Saddam Hussein: su lugar lo ha ocupado una influencia iraní sin precedentes en Iraq.

La esperada caída del régimen sirio descolocará la alineación actual de las potencias en la zona y la influencia iraní que se extiende hasta Líbano, Palestina y Yemen perderá a su eslabón más importante, quedando el destino de Hezbollah en la incertidumbre. Sin embargo, la crisis siria que ya dura más de un año, avisa hoy del nacimiento de un nuevo problema: “la cuestión alauí”, cuya influencia puede llegar hasta Turquía e incluso el norte de Líbano.

El código de conducta política sirio ha evitado hablar de la minoría alauí por miedo a ser acusados de sectarismo. Así, se suele separar entre el régimen dinástico inaugurado por Hafez al-Asad hace 42 años y entre esta minoría. El régimen de los Asad ha intentado cubrir su adscripción minoritaria con una nebulosa ideológica que habla de la unidad nacional, además de la creación de redes con la más extremista de las corrientes islamistas, por lo que Siria puede incluirse en el paraguas de la zona de Al-Qaeda en un sentido amplio. A diferencia de su homólogo baasista en Iraq, el sumo cuidado del régimen de Al-Asad padre para asentar las relaciones con Arabia Saudí y los países del Golfo, se ha agitado en la época del hijo tras el asesinato de Rafiq al-Hariri.

La cuestión alauí hoy, después de que el régimen haya logrado en gran medida unir el destino de esta minoría confesional al suyo, y a pesar de que muchos activistas alauíes se han implicado de lleno en las actividades de la revolución siria, la sombra del apoyo al régimen que se tambalea se extiende sobre esta minoría. Incluso algunos de ellos han pasado del apoyo a la participación activa en la cruenta represión sangrienta de los civiles en las zonas revolucionarias, formando parte de las milicias de los shabbiha a las que se les ha encomendado las más sucia de las misiones y la más apta para provocar la guerra civil, a la que el régimen ha dedicado todos sus esfuerzos desde la primera semana de la revolución. Dichos esfuerzos han fracasado hasta hoy gracias a la sorprendente conciencia nacional de los revolucionarios, pero nada garantiza que la situación no derive en lo peor debido a que el régimen no ha detenido el derramamiento de sangre.

Estamos hablando de cerca de tres millones de habitantes a los que el régimen ha puesto al otro lado de una profunda grieta nacional. Esa es la cuestión alauí en la que el régimen muy probablemente quiere invertir para usarla como última línea de defensa en un proyecto divisorio que recupere la conformación de la entidad siria de los años veinte[3]. Esta suposición viene reforzada por lo que está sucediendo en Homs tras la caída de Baba Amro y  la masacre y purga de Karam al-Zaytoun, además de las medidas individuales que lleva a cabo el PKK en las zonas del norte del país. El régimen lo ha animado a dominar por medio de las armas esas zonas, y a crear sus instituciones para “la autodeterminación”, algo que su líder encarcelado, Abdalá Ocalan, había sugerido en su origen para las zonas kurdas en Turquía. Recientemente, este partido ha amenazado con declarar la guerra contra Turquía si entra militarmente en Siria a raíz de las declaraciones de Ergogan sobre la zona aislada.

El mapa de Oriente Próximo no se completa si no se menciona a la entidad israelí, que ha fracasado en su integración en el tejido de esta zona y que sigue, tras más de medio siglo de su fundación, enfrentándose a su crisis existencial e intentando establecer el “Estado judío”.

La revolución popular en Siria no hará más que sacar a la luz el heterogéneo “mosaico” tan querido para los orientalistas. Es en él, tal vez, donde debamos buscar el secreto de la indiferencia de Occidente ante las atrocidades que comete el régimen de Al-Asad contra los sirios, mientras su portavoz dice: “Dejemos que la manzana siria madure y se pudra para volver a poner los mapas sobre la mesa”[4].

Esto no es el destino, la mesa puede volcarse si el régimen cae rápido.

[1] Es común la confusión entre los alevíes y los alauíes. Sin embargo, son dos comunidades diferentes. En Turquía hay representación de ambas, en gran parte debido a que la zona de Antakya fue concedida a Turquía por Francia y arrancada del territorio sirio.
[2]Vicepresidente iraquí (suní) que ha sido denunciado por corrupción, desencadenando un enfrentamiento suní-chií en el nivel político.
[3] El territorio sirio estuvo dividido durante un tiempo según criterios confesionales según un plan de la potencia mandataria francesa.
[4] Suponemos que el “portavoz” es una metáfora de EEUU.

martes, 13 de marzo de 2012

Un año de la revolución imposible

Texto original: Al-Hayat

Autor: Yassin al-Hajj Saleh

Fecha: 11/03/2012


La revolución siria es imposible. Estalló hace un año, ha continuado, pero es imposible. Ahí es donde radica su magnificencia, pero ello también es la fuente de su desgracia. Luchar contra lo imposible es muy caro. Pero, ¿por qué es imposible?

Durante cuarenta años se ha organizado a la sociedad siria para que implosionara en caso de salirse de su organización centralizada en torno a sus altezas los gobernadores en el plano político y humano. Se trata de un modelo de “sociedad bomba”, con un mecanismo de explosión doble: securitario, a través de un gran número de aparatos e informadores “dormidos” que “gritan” cuando es necesario; y en segundo lugar, por medio de una profunda crisis de confianza nacional que ha costado muchos esfuerzos y que separa a los sirios según criterios civiles, amenazando con convertir la “revolución” contra el régimen en una “escisión” social. Un ejemplo de esta crisis de confianza es la división crónica de la oposición siria, que no se comprende si no es haciendo una introspección política, psicológico y moral del régimen. Tal división parece contener los mismos niveles de terquedad que las propias divisiones sociales.

Incluso una revolución popular, de amplia base humana y de valores, como la revolución siria, es casi incapaz de abortar esa explosión doble, una explosión reforzada con una violencia sin límites que ha convertido a la sociedad siria durante medio siglo en un ideal de la sociedad violentada y triste.

Además, Siria es un mundo reducido que lleva en sí todas las contradicciones del mundo en su conjunto y cuya deficiencia en su conformación política aumenta por el hecho de haberse ganado la calificación de modelo reducido del gran mundo. El país es de reciente creación, apenas tiene 94 años, y es débil en su conformación nacional. Es un mundo reducido en el ámbito religioso, en el que hay un número de sectas islámicas que no se encuentra en otros países árabes y cuenta también con una antigua e importante comunidad cristiana. Además, aunque a día de hoy no cuente con judíos, estaban aquí hace nada. Y sin embargo aún parece que están aquí, pues Siria es vecina del Estado judío en Palestina y mantiene con él una relación que mezcla la sincera enemistad con la extraña seguridad. Es bien sabido que Israel prefiere la estabilidad de un régimen con el que no ha firmado la paz por lo que ello conlleva de seguridad en los Altos del Golán, algo que supera lo que obtuvo con la firma de la paz con Egipto y Jordania en lo que se refiere a zonas fronterizas. Israel prefiere esta estabilidad a un cambio político en un país que puede traer demonios desconocidos. El resto de posibilidades son malas israelímente, ya se trate de un gobierno nacional más sensible a las presiones de los sirios y sus exigencias, de un gobierno islamista o de una situación de caos e inestabilidad. Esta es una extraña coordinación entre dos países de los cuales uno ocupa la tierra del otro. 

El entorno israelí posee dos influencias que complican todo en Siria. La primera es que se trata de un régimen de excepción internacional al que se le permite y se le perdona todo. Ha actuado como un matón regional gozando de inmunidad e impunidad a lo largo de su historia, lo que refuta el discurso occidental sobre el gobierno de la ley, la justicia y la democracia. Por otro lado, Israel está establecido sobre una base religiosa aplastante que pertenece al pasado, lo que supone una excepción mundial también, excepción difícil de comprender para árabes y sirios que tantas veces han sido aconsejados sobre las virtudes de dejar el pasado atrás y alejar la religión de la vida pública. Esta doble excepción refuerza la tendencia a dudar de Occidente y sus objetivos, como también dificulta la posibilidad de aprender de él y mucho más de identificarse con él. Del mismo modo, refuerza las posturas de las fuerzas y corrientes menos liberales en nuestras sociedades y las que más tienden a la hegemonía, sobre todo los nacionalistas y los islamistas. 

Por ello, un número no desdeñable de opositores al régimen sirio, nacionalistas y socialistas especialmente, se han creído sus engaños y sienten una cierta culpa si rompen con él, como si fueran hijos de un padre cruel. Ello los ha convertido hoy en una carga para la revolución, son prácticamente soportes del régimen. Y junto a la maldición de Israel, Siria está en el epicentro de la principal cuenca de energía mundial de Iraq, la península Arábiga e Irán sin poseer ella misma más que lo que no se dice. Esta situación ha dado a la región una importancia internacional sin parangón, y ha elevado el valor de la estabilidad en ella en detrimento de la justicia y la libertad. De hecho, la zona ha conocido una estabilidad muerta durante cuatro décadas, una estabilidad esta, la de los fuertes, que nunca ha estado en contradicción con mucha de la violencia y la muerte que se han vivido en ella, cuyas víctimas han sido los débiles.

Siria era un modelo de esta estabilidad, hasta el punto de que la República Árabe de Siria era la vanguardia de los países árabes en el cambio hacia un gobierno hereditario de la familia asadiana, con un beneplácito árabe e internacional indudable.

En los años de presidencia del heredero, se conformó un ente político con dimensiones regionales que sobrepasan lo que eran meras alianzas en los días del padre fundador entre el régimen (en su núcleo político-securitario) e Irán y Hezbollah, hasta el punto de parecer un único régimen compartido. En este compuesto se entremezclan “el corazón latente de la arabidad”, con un estado no árabe y una organización sectaria armada en un país árabe. Es decir, elementos geográficos, políticos y estratégicos, con elementos religiosos y sectarios, sin olvidar los elementos económicos y financieros, todo ello con una dosis de terquedad e irracionalidad. Tenemos la firme sospecha de que en este compuesto se esconde el secreto de la lógica de la “lucha determinante” que parece que el régimen está llevando a cabo contra sus gobernados y de su disposición a asesinarlos y torturarlos, como si los ecos de la historia y sus fantasmas se extendieran por la antigua tierra de Siria.

En este sentido, se entrecruzan la estructura interna y las complicadas condiciones internacionales y las formaciones regionales clánicas, para hacer de Siria un mundo reducido, que lo tiene difícil para cambiar por sí mismo. Puede que haya un cambio en Siria, más bien, es algo seguro, pero un cambio liberador es un derecho que exige un cambio más amplio en los ambientes regional e internacional.

Esto no se aplica a Túnez y Egipto, que son dos países mucho mejor conformados y que no contienen potenciales explosivos internos además de que no están enredados en las formaciones regionales de la misma manera. Tampoco se aplica a la débilmente estructurada Libia, cuyos cambios apenas afectan a otros ni a Yemen y Bahrein.

La revolución imposible, a pesar de todo, ha ocurrido, pero el imposible enfrentamiento es tan desgraciado como la lucha contra el destino en las tragedias griegas. Lo que vemos no es más que una tragedia confluyente ante la que el mundo se detiene paralizado entre los factores que lo mandan avanzar y los que lo mandan abstenerse. Las divisiones internacionales y árabes, además de las divisiones de la oposición siria, se organizan de forma que no solo influye en la tragedia, sino que también se introduce en ella y conforma una parte de su escenario.

¿Acaso el mundo ha estado observando la tragedia siria durante un año porque en ella alcanza a ver sus luchas, contradicciones y demonios? ¿Tal vez teme una pequeña guerra mundial en torno a este mundo pequeño, salvaje?

miércoles, 30 de noviembre de 2011

La revolución es un proceso por definición


Texto original: Al-Quds al-Arabi 
Autor: Elias Khoury

Fecha: 29/11/2011

Este texto es una reflexión del autor sobre las revoluciones árabes en general en la que nuevamente considera que Egipto y Siria son el corazón del mundo árabe y cuya liberación es conditio sine qua non para que la primavera árabe triunfe.



Un amplio sector de los intelectuales y los que les imitan se ha visto sorprendido por lo que se conoce como la “primavera árabe”, pues el proceso histórico que comenzó en Túnez, se ha adentrado en caminos serpenteantes y se reinventa continuamente.

El régimen dictatorial egipcio aún no ha caído y el despertar de los jóvenes de la plaza de Tahrir en su segunda revolución es un claro indicio de que el camino de la revolución no terminó el 11 de febrero. Más bien, la fecha de la caída de Mubarak y su familia gobernante fue un punto de inflexión en una revolución que continuará durante un largo período de tiempo hasta que construya su nueva sociedad democrática.

El régimen hereditario sirio no ha caído aún tras nueve meses del heroico levantamiento y del derramamiento de sangre que cubre ciudades y aldeas. El camino de la revolución siria no se parece al que han seguido las revoluciones árabes más que en su noble objetivo, ya que es un camino en el que se entrometen distintos aparatos de represión y alianzas regionales e internacionales que solo buscan alargar la vida de un régimen que ya no es posible salvar.

La escena democrática tunecina indica una cierta estabilidad, pero aún es pronto para contestar a los difíciles interrogantes que ha dejado abiertos la revolución, como la relación entre el ejército y el poder civil y el significado del predominio de Al-Nahda en una sociedad civil con un legado laico.

En cuanto a la Libia post dictadura, todo es muy confuso y se plantean interrogantes sobre la relación entre el Estado central y las diferentes regiones o el significado del discurso islámico del que ha hecho gala el consejo Nacional de Transición, por no hablar del la gran duda que plantea el papel de la OTAN y sus agentes en los regímenes del Golfo, que no pueden enseñar a los libios el camino hacia una democracia inexistente en los emiratos y reinos del petróleo. 

No debemos olvidar la poca claridad con la que se ha procedido al acuerdo yemení bajo patrocinio del rey saudí y el aplastamiento de la movilización bahreiní por medio de la Fuerza del Escudo de la Península. Tampoco debemos olvidar lo abstruso de la situación libanesa, que parece al borde de un enfrentamiento sectario en el marco del enfrentamiento regional saudí-iraní ahora que el régimen sirio ha dejado de ser un jugador para convertirse en el campo de juego.

Entre todos los interrogantes planteados, destaca la pregunta de por qué el liderazgo en el caso sirio ha sido delegado a la Liga Árabe, un liderazgo que se le ha otorgado después de que el Consejo de Cooperación del Golfo jugara su papel en Yemen y después de que el Consejo de Seguridad fuera incapaz de evitar el veto ruso.

La cuestión del liderazgo del Golfo es sin duda la más destacada y la que más intriga al observador porque parece un intento de situar a la primavera árabe en la lucha regional contra la influencia iraní, tomando una forma que parece insinuar que Occidente, con EEUU a la cabeza, está detrás de dicha primavera, hasta el punto de que algunos han llegado a decir que se trata de una conspiración americana.

Estas cuestiones son resultado de una situación compleja que tiene dos características fundamentales:
La primera es la erupción espontánea de las revoluciones árabes. Estas revoluciones comenzaron sin ningún plan preestablecido y, en ellas, el pueblo rompió el miedo y fue descubriendo su fuerza de manera gradual. Cuando decimos eso, queremos decir que las revoluciones nacieron sin liderazgo ni vanguardias revolucionarias organizadas. La opinión mayoritaria es que tal cualidad de espontaneidad refleja la crisis de la intelligentsia árabe, que no ha podido materializar su proyecto alternativo tras la derrota de junio de 1967 y ha entrado en múltiples discusiones sin llegar a proponer ningún proyecto político nuevo. De hecho, algunos sectores de este grupo se pusieron de parte del dictador con el pretexto de estar luchando contra los islamistas en el ambiente de represión salvaje al que las oposiciones árabes se han visto expuestas.

Esta ausencia de una vanguardia y un proyecto claros son dos características relacionadas con la erupción espontánea de las revueltas, pero tal espontaneidad, que ha sorprendido a todos, ha comenzado, especialmente con el inicio de la segunda revolución de Tahrir, a adoptar características más maduras y a hacer demandas más claras. Las revueltas han entrado en el campo de la batalla política para limpiarlo del lenguaje vacío y seco que ha dominado el discurso de la Cúpula Militar y sus dos grandes aliados: los Hermanos Musulmanes y el Wafd.

La segunda característica de las revoluciones árabes es la incapacidad de EEUU y sus aliados occidentales de enfrentarse a la oleada popular, algo que quedó claro con las posturas que adoptó ante las revoluciones tunecina y egipcia. Tras perder toda esperanza en la posibilidad de salvar a Hosni Mubarak, los estadounidenses decidieron apoyarse en su alianza con el ejército como solución que parecía dar la victoria a la revolución, pero que, en esencia, suponía que el ejército recuperase el poder por medio de una contra-revolución. 

Partiendo de esas dos características es como debemos interpretar el papel jugado por Catar y Arabia Saudí, sin olvidar, claro está, la ardiente lucha regional, con claros tintes sectarios, en la que Arabia Saudí está enfrascada con Irán en un momento en que EEUU está a punto de retirarse de Iraq.

Este análisis no significa que las revoluciones, especialmente en Egipto y Siria, deban retroceder o detenerse con el pretexto de que la regresión árabe y el colonialismo las utilizan, ya que esta utilización solo es posible en un único caso: el triunfo de la contra-revolución. Pero si las revoluciones árabes en los centros egipcio y sirio logran derrotar a la contra-revolución y comenzar a construir una sociedad civil democrática, ello conformará el inicio de una nueva etapa que supere esta polarización impuesta por la falta de un centro árabe que sirva de contrapeso al centro del Golfo.

Las revueltas árabes nacieron de una necesidad imperiosa de cambio y son revoluciones que construyen sus liderazgos políticos e intelectuales a lo largo del propio proceso revolucionario. Esto es algo insólito en la zona y quizá en el mundo. No hay un modelo que pueda imitarse, sino que han de adentrarse en el fango de la historia porque, quizá, la primera lección que hemos aprendido es que la revolución no algo momentáneo, sino un largo proceso. Es esto último lo que la diferencia de un golpe militar, golpes a los que la memoria política árabe está acostumbrada.

El camino exige fundar una nueva cultura política que se aleje de los aires de grandeza de las vanguardias y se fundamente en la modestia, la solidez y la identificación con las plazas y calles de la revolución. La sangre de Ghiath Matar[1], Mina Daniel[2] y sus compañeros son las señas y la brújula a seguir.

Esta fundación no significa dejar para más adelante las difíciles cuestiones antes mencionadas ni ignorarlas, sino que debemos buscar las respuestas en el campo de batalla con un único objetivo: hacer desaparecer la pesadilla de los regímenes dictatoriales como condición necesaria para la construcción de un nuevo horizonte árabe. 

[1] Joven de Dariya, en las afueras de damasco, que fue un firme defensor de la resistencia pacífica al régimen y fue asesinado.
[2ِ] Activista egipcio asesinado por las fuerzas de seguridad egipcias.

martes, 15 de noviembre de 2011

Tras la caída del régimen


Texto original: Al-Quds al-Arabi

Autor: Elias Khoury

Fecha: 15/11/2011



Ha terminado la primera fase del juego: el régimen asadiano sigue bebiendo del mismo pozo que le ha llevado a pensar que el régimen de hierro y fuego  instaurado por Hafez al-Asad se mantendrá  hasta el fin de los tiempos y más allá. La situación ha llegado a un punto de inflexión determinante y,  tras los múltiples intentos de los países árabes de lanzar una cuerda de la salvación al régimen sirio, la Liga Árabe se ha visto enfrentada a la pared y se ha hecho inevitable anunciar el fin de la validez del régimen. La familia siria gobernante ha rechazado todos los intentos de maquillar su régimen dictatorial y se ha comportado con la mentalidad del “o todo o nada”, pensando que puede aniquilar al pueblo sirio con sangre como ha hecho durante las últimas cuatro décadas, olvidando que el tiempo ha cambiado y que las reglas del juego también.

La decisión árabe no significa que el régimen dictatorial asadiano haya caído, pues ante el pueblo sirio se erige aún el terror de la violencia que continuará hasta que el régimen llegue a su ocaso y se desmorone. Sin embargo, esta decisión indica que los mecanismos para dicha caída se han puesto en marcha de verdad y que la marcha atrás se ha vuelto extremadamente complicada.
El nuevo punto de inflexión en el que ha entrado siria es emocionante y determinante, pero conlleva importantes temores. La oposición siria ha de encontrar la manera de evitarlos para que la labor de derrocar al régimen no sea más cara de lo necesario y para evitarle a Siria probar la copa de la desintegración de la estructura del Estado en el curso del desmoronamiento de la dictadura.

Los temores son fundamentalmente resultado del sinuoso camino de las revueltas árabes. En vez de estar Túnez y Egipto a la cabeza de los dirigentes de la Liga Árabe y en vez de fundarse un eje democrático árabe en contra de la dictadura, se ha dado autoridad a la bandera del liderazgo absoluto del Consejo de Cooperación del Golfo, quedando la plataforma de la Liga Árabe aparentemente convertida en un dúo saudí-catarí. ¿Acaso la ausencia de un eje democrático es resultado de las dificultades inherentes a la etapa de fundación de la democracia, ya que Túnez se enfrenta al reto de cimentar el pluralismo político y Egipto al peligro del retorno a una dictadura militar enmascarada? ¿O es también resultado de la incapacidad de las fuerzas democráticas de materializar su proyecto político para el futuro y por ello no logran acabar con el monopolio que el liderazgo petrolero ejerce sobre la acción árabe conjunta?
A la luz de esta ausencia, la diplomacia catarí juega el papel de líder, un papel que ha tomado un cariz militar sorprendente en Libia, sorprendente porque las limitadas capacidades militares cataríes no permiten que ejerza tal papel, a no ser que Catar se haya convertido de forma premeditada en el agente internacional. Podría decirse que esta situación es fruto de una realidad internacional coyuntural, pero esto solo es cierto en tanto en cuanto demuestra la incapacidad de los demócratas de Túnez y Egipto, donde el régimen o parte de él han caído sin caer el Estado, de materializar una nueva política árabe nueva que rompa con la etapa anterior que se acerca a su ocaso. Este miedo legítimo es fruto de las aspiraciones del eje del Golfo de acabar con la actividad democrática por completo, y como indicio está el aplastamiento de la revolución de Bahrein con las balas de la Fuerza Escudo del Golfo.

Responder a estos temores es responsabilidad de la oposición siria y los comités que llevan a cabo las labores de coordinación diarias. Es cierto que derrocar al régimen y liberarse de la dictadura, con las mínimas pérdidas posibles, es la misión central a cuya consecución deben dirigirse todos los esfuerzos. También es cierto que el pueblo sirio ha recibido calurosamente la decisión árabe porque aísla al régimen y acelera su caída. No obstante, esto no puede ocultar los peligros que acechan a la revuelta siria y que pueden venir de distintas maneras.

El primer miedo es que el país caiga en el abismo de las luchas sectarias. El régimen dictatorial, que se ha cubierto de un discurso nacionalista, ha apoyado su sistema de protección fundamentalmente sobre estructuras clánico-confesionales, desde las Brigadas de Defensa [1] que tan mala fama tenían en tiempos del padre hasta la Cuarta Brigada [2] en el tiempo del hijo. El régimen tal vez piensa que puede jugar la baza de la instigación de las luchas sectarias, como hizo en Líbano, para alargar su vida. Esta carta a la que se acoge el régimen solo será efectiva si  las fuerzas de la sociedad siria caen en su trampa y llevan a cabo reacciones similares.  

El segundo temor es que el Estado se desplome. La dictadura ha promovida una total identificación entre en régimen y el Estado, de forma que los aparatos del Estado y sus distintos poderes, desde la seguridad, pasando por el poder judicial y llegando hasta el poder legislativo no son más que una montura a la que se sube el poder. Además se han destruido todas las instituciones de la sociedad civil y política y el régimen se ha convertido en el instrumento para gobernar el vacío y dominarlo.

Es de ahí de donde sale el miedo de que el Estado se desmorone: no puede mantenerse más que mediante la capacidad de la oposición democrática de atraer a la mayoría de las élites intelectuales, políticas y militares para llevar a cabo una transición democrática que salvaguarde la unidad nacional y las fuentes de su fuerza.

Estos dos grandes temores, unidos a una realidad árabe repleta de ambigüedades y de bolsas de aire no pueden contrarrestarse más que por medio de la capacidad de la oposición siria, representada por el Consejo Nacional sirio, los comités de la revolución y los dirigentes democráticos, de construir un nuevo discurso político unificador que sea el marco del proceso de cambio. En este punto no debe obviarse el terrible suceso que tuvo lugar en El Cairo cuando algunos manifestantes opositores agredieron a los miembros de la Comité de Coordinación Nacional. Hoy se pide un horizonte democrático real y un discurso nacional unificador que dirija a Siria en la difícil y dura etapa de transición y que amplíe los horizontes de la libertad y la democracia, rompiendo con este tipo de imprudentes acciones infantiles.
Para enfrentarse el régimen dictatorial que gobierna Damasco y que el gran novelista español Juan Goytisolo describió como “la paz de los cementerios” no hay más que una solución: la apuesta por el pueblo sirio que ha escrito durante los últimos ocho meses una de las más grandes y heroicas epopeyas de la historia árabe contemporánea.

Siria, el centro del Bilad al-Sham [3], el cordón umbilical del Oriente árabe, es la esperanza de que el eje democrático recupere su impulso para que comience con su amanecer democrático la nueva historia de los árabes y funde su despertar.

La pregunta ya no es si el régimen caerá, sino cuándo.


[1] Cuerpo militar dirigido por Rifaat al-Asad, hermano del ex presidente Hafez al-Asad, responsable directo de la Masacre de Hama de 1982.
[2] Cuerpo militar dirigido en la actualidad por Maher al-Asad, hermano de Bashar al-Asad.
[3]Unidad geográfica que incluye Siria, Líbano, Palestina y los Territorios Ocupados.