Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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sábado, 13 de marzo de 2021

Seguimos aquí

Texto original: Al-Jumhuriya

Autora: Mona Rafei


Fecha:11/03/2021

[Con motivo del décimo aniversario del inicio de la revolución, varios medios y plataformas están dedicando artículos a esta cuestión. Reproducimos aquí uno escrito desde Homs, ciudad controlada por el régimen tras el pacto acordado con las facciones armadas opositoras ya en 2014]


Mientras cuentas las pequeñas arrugas en tu rostro, viene alguien y te dice que han pasado diez años y sientes que ya no eres capaz de distinguir todo lo que ha sucedido entre sueño y vigilia, entre tu vigilia y tu muerte. Miras el calendario y cuentas con los dedos: dos años, cinco, siete, nueve, diez… En el primero estabas en ese sitio; en el tercero, en otro; en el quinto, en uno distinto de ambos; y en el décimo, ya ni cuentas los lugares, pues te has olvidado a ti mismo y el tiempo te ha olvidado, y sencillamente prefieres que sea así.

Pero ¿dónde estás?

Recuerdas lo que sucedió hace diez años: ellos te han obligado a recordarlo, aunque deseas olvidar, no por nada, sino porque ya no soportas el dolor, ya no soportas la sucesión de pérdidas, sangre, destrucción y barro. Porque has decidido no decir nada, no añadir nada, porque sabes perfectamente todo lo que se ha dicho, lo has memorizado y estás harto de ello. Porque quieres mirar hacia delante y olvidar todo lo que ha quedado atrás. Sin embargo, ese atrás es pesado, muy pesado, y tira de ti hacia atrás: te agarra de la ropa y el pelo, te ruega que no lo dejes y que lo pongas delante de ti, y cuando lo escuchas te dice: ahhh… Y ese suspiro te llena el pecho. Te rindes y sientes pena por ti mismo cuando eso sucede.

Pero, ¿hacia dónde ir ahora?

Ahora estoy en Homs. Camino por las calles, las que están destruidas y las que no, me fijo en los rostros, los mercados, las mercancías, y me digo: “Este rostro duro que acaba de pasar a mi lado podría ser el de un asesino bajo tierra, y ese otro bueno y tranquilo podría ser el de un mártir oprimido asesinado con una bala traidora.” Organizar los rostros de los viandantes es mi afición mientras camino: “Este es un asesino y este, una víctima; este es un mártir y este, un carnicero.” Me detengo en algunos rostros y pienso: “A este asesino, tal vez, lo despierte su conciencia por la noche y este mártir tal vez tenía una historia que no quería que nadie conociera.” Dejo de categorizar los rostros y me reprendo porque eso no está bien, pero ese pequeño juicio en mi contra es como una última impotencia que intento solucionar. La impotencia acumulada empuja al ser humano a hacer las cosas más miserables y carentes de sentido.

Al teléfono, una voz triste dice que los últimos diez años han pasado como un largo sueño cuyo final aún esperamos. Le doy la razón y miro al cielo, donde la lluvia parecen barras de hierro y el sol, una tristeza amarilla. Escucho a la gente y sus palabras resultan metáforas incapaces de una derrota que se avergüenza de decir que lo es.

Pienso que el juego favorito de todo el mundo aquí es no llamar a las cosas por su nombre, ya que llevamos diez años viviendo “la guerra”; “la crisis” asfixiante actual la ha provocado “la gobernanza”; “las ballenas” son quienes han provocado la pobreza de la sociedad; “el sabio liderazgo” emite resoluciones que no tienen en cuenta las circunstancias de las personas y las “autoridades competentes” agarran a un joven y lo asesinan “sin querer”[1].

Estas débiles metáforas son la forma que todos tienen de renegar y superar la realidad ausente, pero todo esto tiene un precio, puesto que uno acaba sintiendo que ha sido borrado, que su cerebro ha sido borrado y que su existencia en sí misma también lo ha sido. Tienes que destruir todo lo que guardas en tu pecho para construirte tu existencia segura aquí. Debes mentir hasta el límite de la mentira para protegerte. El miedo y la frustración son el pan de cada día y, cuando te encuentras frente a una realidad o una mentira más grande de lo que esperabas, no tienes más opción que huir y esconderte, después de tragártela hasta el punto de asfixiarte.

Ahora mismo me encuentro en Homs y te estoy hablando. Te digo que sigo caminando por las calles y escucho las voces de los ausentes. Su voz lo tortura a uno aquí. Hablan mucho en general, a pesar de su ausencia. A veces, por ejemplo, dicen: “Os esperamos.” Otras: “Seguiremos presentes en vuestro sueño y vuestra vigilia.” También dicen: “Confiamos en vuestra ira y tristeza.” Y también: “Nos quedaremos callados esperando que habléis.”

Un amigo dice, mientras inclina la cabeza sobre su hombro: “Nuestros días pasan de diversión en diversión.” Y todos asentimos con la cabeza. Otro dice: “Se nos va la vida en vano en este triste país”. Y todos asentimos con la cabeza.

Un tercero dice: “Ojalá eso que fue no hubiera sido. ” El movimiento de cabezas vacila y mantenemos la mirada en el suelo, mientras se entrecortan las letras. Hablar de “lo que fue” es a veces un acertijo o un pasado aplastante que es mejor superar, recuerdos escogidos de sucesos de los que hemos salido ilesos casi de milagro. Pero más que eso, la lengua se traba al hablar mientras que la memoria se mantiene despierta por lo que fue.

Ese hombre levanta el dedo frente a nuestro rostro, con sudor naciéndole en el centro de la frente, y nos dice: “No son elecciones, sino una renovación de la pleitesía, ¡una renovación de la pleitesía!”[2] Lo repetimos tras él serviles, pero cuando volvemos a nuestras casas, repetimos lo que hemos escuchado de boca de ese hombre tras nuestras puertas cerradas y maldecimos lo que se ha dicho y a quien lo ha dicho.

El hecho de que ambas cosas sucedan a la vez no facilita la labor de abordarlo. Esa mujer cuyo marido cayó mártir y que prometió un día que cocinaría en la calle y repartiría la comida gratis si caía el régimen, apenas puede creer que hayamos llegado aquí y estemos hablando de elecciones. Y como nosotros, muchos…

No es necesario que llegue el décimo aniversario para dialogar con ella en nuestra mente, porque ese diálogo vuelve a empezar, aunque no queramos, cada mañana en que nos despertamos con una nueva tristeza. No hace falta ser revolucionario, con todo lo que la palabra implica en cuanto a actos y significados que la exceden, para afirmar que rechazas todo lo que ha sucedido y sucede, a pesar de que eres claramente incapaz de hacer nada.

El corazón a veces puede sentirse sobrecargado por lo profundo de la acción que debes realizar y no puedes, pero el corazón sólo puede latir si lleva consigo todos esos suspiros, penas y pérdidas que no pueden olvidarse nunca, pase el tiempo que pase.

Estamos aquí. Seguimos buscando un chiste para sonreír en mitad de todo lo que acontece, pero apenas encontramos alguno. Por eso, nos corremos a las páginas de Facebook y repetimos las sonrisas censurables, en otra metáfora de las risas que perdimos hace años.

Seguimos aquí, en Homs. Nos mantenemos firmes. Caminamos, dormimos, comemos, tememos y soñamos. Lo importante es que continuamos soñando. Y lo único de lo que estamos seguros es de que nadie puede arrancar ni retirar lo que hay en nuestros corazones, por mucho que parezca lo contrario.

[1] Se reproducen aquí una serie de fórmulas que evitan palabras tabúes y en gran medida son utilizadas por parte del régimen para llamar a las cosas. Así, no se habla de “régimen”, sino de “autoridades competentes”, y de “ballenas” en lugar de hacer mención al entramado económico que ha beneficiado al régimen y sus acólitos, cuyo referente más conocido sería Rami Makhlouf, primo de Bashar al-Asad y hoy caído en desgracia. Del mismo modo, no se habla de revolución en ningún momento para no denotar que quien habla es un opositor al régimen. 


[2] Cada siete años, se celebra un referéndum en Siria para volver a elegir al presidente, una tónica que Bashar al-Asad modificó ligeramente en 2014 para revestir este referéndum en el que sacer menos del 90% de aprobación era casi un fracaso y donde la libertad de voto era inexiste e instauró un sistema de “elecciones” a las que se presentaron otros dos candidatos. Este giro cosmético se va a repetir este año en las segundas “elecciones” que se celebran desde el inicio de la revolución y en las que toda la población desaparecida, exiliada o encarcelada no podrá votar nuevamente. 

lunes, 19 de octubre de 2020

Siria, la olvidada

Texto original: Al-Quds al-Arabi

Autor: Ziad Majed

Fecha: 17/10/2020




A principios del presente año, múltiples sucesos dejaron la cuestión siria en un plano secundario en los ámbitos mediático y político en Europa occidental y Estados Unidos. Las crisis sanitaria, económica y social derivadas de la propagación del coronavirus y el intenso y continuo seguimiento diario de la pandemia, por una parte y, por otra, la sucesión de acontecimientos en Oriente Medio y África –en Iraq y Libia, después en Líbano, y antes de ello en Argelia y Sudán–, junto con las noticias de la normalización de las relaciones de Emiratos Árabes Unidos y Bahréin con Israel, han alejado a Siria de los “radares” de la cobertura y de los observatorios de aquellos asuntos que afectan a la región. Así, el conflicto en Siria y por Siria es hoy una “lucha” alejada ya del interés que suscitaba en muchos ámbitos periodísticos y políticos anteriormente. Si no fuera por algunas conversaciones dispersas y los escasos artículos que abordan el fenómeno de los mercenarios sirios que luchan en Libia y la nueva guerra que ha estallado entre los azeríes y los armenios en Nagorno Karabaj, podría decirse que recordar la cuestión siria ha pasado a ser algo que compete exclusivamente a algunos activistas que siguen la cuestión en las redes sociales y unos cuantos investigadores cuyo campo de especialización sigue siendo ese país.

Es muy probable que la situación siga siendo así durante un período nada desdeñable, dado que la atención hoy se centra en las elecciones estadounidenses, su posible resultado y los escenarios que puedan derivarse de ello, y, por otra parte, en los acontecimientos en la frontera de Europa oriental con Rusia.

No obstante, existen otras causas que explican la alienación “occidental” (y la árabe e internacional) respecto de la cuestión siria, que no siempre obedecen a prioridades: determinadas noticias y crisis apartan de la observación y el análisis las cuestiones relativas a Idleb, los y las detenidas y desaparecidas desde hace varios años y los escenarios en el sur, el este y el nordeste del país.

Que el conflicto sirio haya salido de su marco nacional, que las ocupaciones extranjeras se enfrenten por sacar provecho de la geografía siria y que se haya reducido el ritmo de los bombardeos y las operaciones militares suponen que hablar hoy de la revolución y el régimen, de la oposición y los partidarios de Asad y de las matanzas y violaciones sea como volver a poner un disco demasiadas veces reproducido entre 2011 y 2018 y que ya no interesa al público, independientemente de la calidad del contenido y lo actual que sea.

Del mismo modo, la intervención rusa, que modificó radicalmente los equilibrios de fuerzas a favor del régimen, después de que Irán (y la inacción árabe y occidental) hubiera logrado salvarlo y garantizar sus rutas aéreas y terrestres de suministro, creó una situación que llevó a los líderes y políticos de los distintos Estados, así como la mayoría de medios de comunicación de esos mismos países a considerar dicha situación como el hecho más firme, claro e inextricable al mismo tiempo. Para aquellos de entre ellos que son partidarios de Moscú, ¿qué puede hacerse contra este país al margen de las sanciones que evitan que pueda imponer una solución definitiva que refleje su superioridad militar? ¿Qué puede añadirse a lo que ya se ha dicho, repetido y fotografiado en la cobertura de esta tragedia humana desde hace años salvo señalar, de vez en cuando, que el coronavirus ha avanzado aquí o allá o poner de manifiesto un nuevo crimen cometido por la artillería o la aviación en tal o cual municipio? ¿Cómo se puede investigar alguna novedad que afecte a las políticas estadounidenses, turcas e iraníes (e israelíes) en relación con Siria cuando ya se ha dicho todo miles de veces y los hechos y su contexto se han repetido tanto que aburren a la mayoría de quienes están al tanto? ¿Se puede, a través de la denominada Comisión Constituyente, ofrecer algo nuevo sobre la trayectoria política y sus negociaciones olvidadas incluso por quienes debatieron sobre la conformación de las delegaciones y los preparativos para ello?

Todas estas consideraciones y dudas nos llevan, de ser así, a buscar vías para recuperar la presencia de la cuestión siria en los ámbitos político y mediático y evitar que las causas que representa desaparezcan del debate público, pero esto no será nada fácil. El desinterés por la cuestión siria, tras años planteándola, centrándose en ella y expresando opiniones contrarias en relación con la misma, el factor tiempo y el cambio de los rostros del conflicto, así como la división de las lealtades y las alianzas y el hecho de que la violencia sobrepasara desde el inicio los límites de la atrocidad que puede imaginar una mente, sin dar tregua a los traumas y la estupefacción, añade a las prioridades que hemos indicado crisis y “coberturas” mediáticas que no dejan mucho margen para influir en una opinión pública que se siente impotente y piensa que toda movilización es inútil, sobre todo, tras la caída de Alepo a finales de 2016, como consecuencia de los ataques de la maquinaria de guerra rusa. El hablar de negociaciones, trayectorias políticas y nombramientos de enviados de Naciones Unidas ha conducido a iniciativas poco claras y que han desvirtuado las responsabilidades internacionales, descargando a las comisiones y organismos occidentales del peso de un “expediente” espinoso en el que es difícil meterse de lleno o en cuyos acontecimientos es difícil influir directamente sin tener en cuenta que pueden darse los “peores” escenarios posibles, como se suele repetir.

No hay duda de que el repliegue de las organizaciones sirias, la reducción de los actos en los que han participado algunas de ellas en las capitales europeas durante un tiempo, la desaparición de las organizaciones opositoras oficiales y su discurso político y mediático y la transformación de la mayoría de ellas en portavoces de actores regionales enfrentados entre sí han empeorado esta ausencia siria. A pesar de que han comenzado algunos juicios en Alemania y Francia y que se han emitido órdenes de detención contra responsables del régimen sirio gracias al trabajo de asociaciones e individuos sirios, y a pesar de los esfuerzos judiciales en otros países para juzgar a los criminales de guerra, el desinterés se ha mantenido prácticamente en los mismos niveles. 

Todo ello supone que hoy es necesario proponer iniciativas y reanudar las campañas que vuelvan a situar la cuestión siria en el foco, y aprovechar las experiencias anteriores para recordar que abandonar Siria como escenario de muerte y de inmunidad de los asesinos durante años provocará, además de una profunda injusticia y una serie de violaciones ya conocidas, cambios en Oriente Medio y en todo el mundo: desde el hecho de que Al-Qaeda y Daesh explotan de la tragedia de los sirios y se afanan en utilizar las injusticias para atraer a jóvenes y convertirlos en yihadistas, hasta las crisis y sufrimiento de los refugiados, y las decisiones, disputas y explotación racistas que se han producido en relación con ese tema en todas partes. Además está el avance de Rusia frente al retroceso occidental en Siria y cómo lo ha aprovechado para avanzar en muchos otros frentes, o el fracaso político en el comportamiento internacional con Irán, que se expande por Iraq, Siria y Líbano, o las tensiones europeas con Turquía y el aumento de la injerencia de esta última en guerras de las que también sacan beneficio Estados (como Emiratos y Arabia Saudí) que buscan desempeñar “papeles relevantes” mientras los conflictos se mantengan abiertos y la impotencia occidental y de Naciones Unidas siga siendo patente a la hora de abordarlos. Por todo ello, se han producido múltiples mutaciones en los últimos años y no cabe duda de que Siria sigue siendo una de las causas más destacadas de ello.

Nada impide que se produzcan nuevas y peligrosas mutaciones a raíz de las anteriores, ni puede descartarse que se reanuden los episodios de asesinatos que devuelvan la cuestión de los refugiados al contexto de las tensiones y los chantajes, y que quienes habían olvidado a Siria recuerden que sigue produciéndose una matanza intermitente en ella.

Por todo lo que se ha dicho, por otras muchas cuestiones, por el recuerdo de las decenas de miles de detenidos y desaparecidos y por el hecho de que debe insistirse en que mantener a los criminales en el gobierno no pondrá fin al conflicto ni devolverá la estabilidad, incluso aunque el mundo olvidara las fosas comunes y la destrucción de casas, debe reanudarse la actividad y ampliar sus horizontes para impedir que el olvido, en un mundo en que los medios desempeñan una función determinante a la hora de provocar reacciones y generar causas que defender, se trague a Siria definitivamente.


viernes, 14 de junio de 2019

El tiempo de Abdelbasit

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Al-Jumhuriya

Fecha: 13/06/2019


Diseño de Tamar al-Omar

En el luto por Abdelbasit Sarut confluyen tres formas de duelo, que pueden darse conjunta o separadamente, según la postura de partida. Por un lado, está la tristeza inmediata que se genera por un joven de veintisiete años que ha caído mártir en una batalla contra el avance del régimen en la zona rural septentrional de Hama tras ocho años de inmersión total en la revolución: una tristeza que se multiplica entre quienes lo conocieron en persona. Por otro, un público más amplio siente la tristeza derivada de un retorno traumático y triste a los momentos fundacionales de la revolución siria y sus etapas más multitudinarias de los años 2011 y 2012, una etapa impregnada de la voz de Sarut cantando en las manifestaciones de diversos barrios de Homs. Muchos no tenían ni idea de qué había sido de Sarut después de Homs, y otros simplemente no habían sido capaces de seguir las noticias en general, pero el año 2011 fue tan fundacional como doloroso para ellos, además de necesario. Finalmente, se ha generado también un duelo furioso por la guerra que se ha lanzado contra Sarut desde prácticamente el momento mismo del anuncio de su muerte por parte de una narrativa asadista obsesionada con destruir todo significado, memoria o pensamiento que difiera de las acusaciones rabiosas de “terrorismo”: una guerra que se ha reforzado con medios electrónicos perfectamente coordinados y que ha logrado eliminar muchas fotos y publicaciones que lamentaban la pérdida de Sarut en Facebook, además de bloquear muchas cuentas que insistieron en seguir publicando sobre Sarut en las redes sociales. Esta guerra no constituye un debate sobre el simbolismo y significado de Sarut, ni un examen de las posturas problemáticas en relación a él, ni siquiera una condena, sino que se trata de una guerra contra toda narrativa que contradiga la versión del régimen sobre el “terrorismo” y los “crímenes” cometidos por todos, absolutamente todos los que se levantaron contra él.
Ante semejante realidad, hemos considerado que lo mejor que podíamos ofrecerle, en este nuevo capítulo de nuestro continuo luto, es intentar reunir todos los episodios de la historia de Sarut de la forma más completa posible en apenas unos pocos días, sin pretender abarcarlo todo. Al contrario, ojalá nos hayamos dejado puntos sin tratar que sirvan de aliciente para que otros los cuenten y que así se conserven lejos de la fragilidad de las publicaciones temporales de Facebook o las efímeras conversaciones orales. La mejor forma de ser justos con Sarut es intentar contar su historia y analizarla sin excedernos en las alabanzas, evitando imparcialidades subjetivas y garantizando que nosotros, los de la revolución, somos dueños de ella, para recuperarla, examinarla, criticarla, revisarla, protegerla y protegernos a nosotros mismos de la hostilidad exterminadora que se ha vertido sobre ella y nosotros.
Al margen del aspecto personal, directo y específico sobre la vida, elecciones y decisiones de Sarut, y la mala o buena opinión que nos merezcan, en su historia encontramos rasgos de nuestra historia común: esos somos nosotros, esa es nuestra historia, esas son las dimensiones de nuestra preocupación, dudas y dilemas, ese es nuestro asedio y ese es nuestro duelo. Por otra parte, los rabiosos ataques asadistas de los que ha sido blanco Sarut, y que han alcanzado incluso a las publicaciones de Facebook, con el fin de eliminarlas y bloquear a sus autores, son un episodio más de la guerra contra todos nosotros (incluidos quienes tienen opiniones negativas de Sarut o dudas sobre si debe convertirse en un icono no susceptible de crítica), contra nuestro presente, contra nuestra memoria y contra nuestra historia; es decir, contra nuestro futuro.

*****

Abdelbasit Sarut nació en 1992 en el barrio de Al-Bayada, una de los muchos asentamientos pobres e irregulares de Homs, y que proliferaron también en las ciudades principales de Siria y sus alrededores hasta el punto de que la mitad de la población de Alepo y Damasco vivía en ellos poco antes de 2011: barrios desorganizados o totalmente carentes de planificación, que hacían de la vida diaria de sus habitantes una continua pesadilla.
Homs sufrió en gran medida la mala gestión y el fracaso gubernamental durante los años de gobierno de Asad padre, lo que provocó el aumento de las zonas periféricas empobrecidas desde mediados de los ochenta, cuando los pequeños barrios que construían los recién llegados sin ninguna planificación gubernamental iban creciendo de forma gradual, entre ellos, el barrio de Al-Bayada, al este de la Ciudad Vieja, inaugurado por miembros de los clanes del oeste de Homs. Ante la ausencia de planificación, la negligencia gubernamental y las políticas de empobrecimiento, que aumentaron después de que Asad hijo heredara el poder a principios de este siglo, el barrio se fue ampliando.
El barrio de Al-Bayada fue víctima de mayores negligencias si cabe durante los años inmediatamente anteriores al inicio de la revolución, pues el gobernador de Homs intentó detener el crecimiento del barrio paralizando la concesión de licencias de instalación de contadores de luz y agua. Sobre esto en concreto, Mazen Gharibah, activista de la sociedad civil y natural de Homs, dice lo siguiente: “En Al-Bayada había edificios habitados enteros sin electricidad, cuyos vecinos almacenaban la comida en el balcón para que no se echara a perder”.
Estas son las condiciones en que Sarut vivió su infancia y el inicio de sus años jóvenes, cuando no pudo continuar sus estudios y se vio obligado a trabajar en el transporte de ladrillos y hierro. Simultáneamente, se inscribió en el club homsí Al-Karama (Dignidad), en el que destacaría como portero, lo que le valdría ser elegido portero del equipo juvenil de fútbol Al-Karama y portero de la selección juvenil de Siria. No obstante, eso no era suficiente para tener una vida digna y garantías de estabilidad económica en Siria, pues el salario que Sarut recibía del club Al-Karama no superaba las 1.500 libras sirias, unos 30 dólares en aquel momento, como comenta Mazen Gharibah, que recuerda a la perfección que los jóvenes de Al-Bayada, y entre ellos Sarut, fueron un motor fundamental de las manifestaciones que comenzaron a extenderse a finales de marzo de 2011 por diversos barrios de la ciudad, como Al-Khalidiya, Deir Baalba y el propio Al-Bayada.
Quizá el primer vídeo que se hizo viral de Sarut fuera ese en que aparecía en el barrio de Al-Bayada a comienzos de junio de 2011, subido a hombros, cantando a las ciudades de Siria, una por una, anunciando la expansión de la revolución. En ese momento, se decidió difuminar el rostro de Sarut para protegerlo de la brutalidad del mujabaratsirio, pero pronto todo el mundo supo que el de la voz melodiosa y rasgada a partes iguales era Abdelbasit, el portero de la selección juvenil de fútbol de Siria.
Posteriormente, siguieron apareciendo vídeos de Sarut, ya sin difuminar, cantando en las calles de Homs contra el régimen. En un momento en que la mayoría de los manifestantes seguían evitando mostrar su rostro ante las cámaras, para no ser víctimas de las campañas de detención que llevaba a cabo el aparato de seguridad del régimen, el rostro de Sarut se convirtió en el de todos los manifestantes, y su voz, un refuerzo de todas sus voces.
Cuando los manifestantes se enteraban de que Sarut cantaría en alguna de las manifestaciones, iban directamente a esa. “El número de manifestantes se multiplicaba con su mera presencia”, cuenta Mazen Gharibah sobre el efecto que producía Abselbasit en las manifestaciones de la ciudad. Resulta imposible desligar la amplia popularidad que alcanzó desde bien temprano del hecho de que era jugador del club Al-Karama, en una ciudad, Homs, en que el fútbol, y en concreto el equipo Al-Karama, gozaban de un amplio apoyo popular. Wael Abd al-Hamid, homsí y forofo del equipo Al-Karama, cuenta lo siguiente: “La forma que tenía Abdelbasit Sarut de jugar al fútbol era clara y era uno de los mejores porteros jóvenes de Siria, que se estaba preparando para ser el portero principal de Al-Karama y, probablemente, también de la selección siria, sobre todo si tenemos en cuenta la historia del equipo, que ha dado al fútbol sirio a muchos de sus mejores porteros. La participación de Abdelbasit en la revolución fue para mí, como seguidor del club, extremadamente importante, porque la pertenencia al club Al-Karama era parte de nuestra identificación personal y la presencia de algunos de sus jugadores en las plazas de la revolución fue un elemento vital para nosotros”.
Tampoco puede separarse la popularidad de Abdelbasit de su conmovedora voz y los himnos y proclamas que improvisaba, ni de su valiente aceptación de la misión de ir subido a hombros, convirtiéndose directamente en objetivo del régimen y sus aparatos de seguridad. De hecho, los medios de comunicación del régimen sirio y las páginas leales a él en Facebook no tardaron en difundir el nombre de Sarut y calificarlo de terrorista salafista, lo que le obligó a negar en un vídeo de mediados de julio de 2011 semejantes acusaciones y confirmar su rechazo al sectarismo, insistiendo en que él era uno más de los manifestantes pacíficos del país. Desde ese momento, su nombre se consagró como uno de los líderes de la revolución en la ciudad, y también como uno de los más buscados por el aparato de seguridad del régimen en ella.
En otoño de 2011, Abdelbasit Sarut se encontraba en el corazón de los barios parcialmente asediados en los que comenzaron a proliferar algunos grupos armados bajo el paraguas del Ejército Sirio Libre, cuya misión era proteger los callejones de los que salían las manifestaciones de los cruentos ataques del régimen, que ya había comenzado a fragmentar la ciudad y colocar controles militares en las carreteras y entradas a los barrios. Abdelbasit también se vio en medio de una severa polarización sectaria por la cual la ciudad quedó dividida entre barrios de mayoría alauí partidarios del régimen y otros de mayoría suní opositores a él. Paralelamente a la trayectoria de la revolución que fue poco a poco tomando las armas para defenderse contra la cruenta e inmisericorde maquinaria del régimen y en la que poco a poco también iban apareciendo lemas religiosos con tintes sectarios, se dio una trayectoria de enfrentamiento sectario creciente y asesinatos y secuestros mutuos. 
La vida de Sarut adquirió una de las facetas más excepcionales de aquellos días, cuando comenzó a aparecer en noviembre de 2011 junto a la difunta actriz siria Fadua Suleimán, de origen alauí, cantando juntos contra el régimen, enviando un claro mensaje contra la polarización sectaria. Al mismo tiempo, ahí se inició una trayectoria en la que Sarut se vería en el exilio, en todos sus dichos, hechos y cantos.
A finales de 2011, Sarut ya había presenciado el entierro de muchos de sus compañeros e hijos de Al-Bayada, y también había perdido a su hermano mayor, así como a varios familiares y amigos en una de las incursiones violentas de los miembros de la seguridad del régimen en el barrio. Los primeros meses del año 2012 fueron los de la transformación definitiva hacia la militarización y los que presenciaron una combinación de enfrentamientos armados que lograron liberar muchos barrios de Homs de las manos del régimen, y de multitudinarias manifestaciones que parecían más bien celebraciones carnavalescas, en las que solía aparecer Sarut con canciones y cantos que se convirtieron en hitos fundamentales de la revolución, como los famosos “Janna, ya watanna” (Querida patria, eres un paraíso) y “Hanin lil-hurriya hanin” (Añoro la libertad, la añoro), que quedaron ligadas a su nombre.
Homs se convirtió progresivamente, pues, en un escenario de guerra abierta en muchos de cuyos barrios las milicias leales al régimen cometieron matanzas sectarias horribles, en las que utilizaron armas blancas para ejecutar a los civiles. El ejército del régimen también lanzó ataques e incursiones violentas contra los barrios rebeldes utilizando misiles, artillería y tanques, y posteriormente, aviones, logrando así dominar parte de ellos, entre los que se encontraba Al-Bayada, que había sufrido la destrucción de amplias zonas y la mayoría de cuyos habitantes se habían visto obligados a marcharse. En paralelo, se iba imponiendo un asedio gradual sobre el resto del barrio mediante el corte de carreteras y las vías de evacuación naturales, ya fuera de forma directa o por medio de francotiradores.
En la primavera de 2012, quedó claro que el régimen pretendía, por medio de la violencia generalizada, matar y forzar el desplazamiento del mayor número de habitantes posibles de los barrios revolucionarios y aislar y asediar las zonas que no podía controlar militarmente. En algún momento en aquellos cruentos días, mientras continuaba cantando y lanzando proclamas en las manifestaciones, Sarut tomó las armas en las filas de un grupo militar que se denominó “Brigada de los mártires de Al-Bayada”, y tomó parte en los intentos de recuperar el barrio de manos del régimen, recibiendo un tiro en el pie.
A mediados de junio de 2012, el régimen había logrado prácticamente rodear todos los barrios de la Ciudad Vieja, que solo permanecían unidos al mundo exterior gracias a unos pocos caminos blanco de los francotiradores y que no servían para garantizar un suministro suficiente de alimentos, medicinas y munición. Así comenzó lo que pasó a llamarse el asedio de la Ciudad Vieja de Homs, ciudad que había perdido a centenares de sus hijos e hijas en la violenta represión y las batallas, y decenas de miles de cuyos habitantes de los barrios centrales se habían desplazado a otras zonas de Homs, Siria y el mundo, bajo el peso de las bombas. Asediados quedaban algunos miles de civiles y varios centenares de combatientes.
Abdelbasit y sus compañeros intentaron romper el asedio en repetidas ocasiones sin éxito, tomando posteriormente la decisión de salir de Homs con algunos de sus compañeros a través de los túneles y redes de alcantarillado, rumbo a la zona rural al norte de la ciudad, esperando conseguir allí la ayuda necesaria para romper un asedio que era cada vez más firme. Khaled Abu Salah, activista político homsí, dice que Sarut “quería lograr la ayuda militar suficiente para romper el asedio en el mejor de los casos o, al menos, conseguir la comida y munición necesarias para enfrentarse a él, pero sus intentos fueron en vano y ni logró la ayuda necesaria, ni parecía que hubiera nada que él pudiera hacer desde el exterior para romperlo”.
En otoño de 2012, Sarut decidió, junto a unos compañeros, que era necesario romper el asedio de la forma que fuera o, al menos, regresar al interior de Homs para participar en la resistencia al mismo, en un momento en que el régimen había descubierto todos los túneles y los había cerrado. Abdelbasit libró con algunas decenas de compañeros una batalla suicida en la que no pudieron lograr romper el cerco. Muchos combatientes cayeron y Sarut tuvo que vivir el duelo de su segundo hermano, además de resultar él mismo herido de bala en el pie nuevamente. La película “Regreso a Homs” de Talal Derki da testimonio de esos días. Al final de la misma, Sarut aparece tumbado en una cama, despertándose de la anestesia tras una operación. En ese limbo entre la consciencia y la inconsciencia debido a la anestesia, grita de forma trágica pidiendo a quienes lo rodean que no dejen que la sangre de los mártires se derrame en vano y repitiendo que no quiere nada más en esta vida que romper el asedio: “Matadme en cuanto abráis el paso a la gente”.
Terminado el invierno y después de que su pie se curara, Sarut y sus compañeros volvieron a intentarlo, logrando en la primavera de 2013 romper el cerco y regresar al corazón del asedio, pero sin poder abrir camino al traslado de personas, alimentos y munición. Después de eso, el asedio se volvió más firme y duro, hasta el punto de que los asediados se alimentaban de hojas de árboles y carne de gatos.
Sarut no dejó de cantar y combatir en ningún momento y desde el interior de la Homs asediada se difundían múltiples vídeos en los que se le veía cantar durante las veladas junto a sus compañeros de armas. Quizá el más famoso sea el de la canción “Li-ajl oyunek ya Homs” (En honor a tus ojos, Homs”). En ese período también empezaron a aparecer más y más en sus canciones y conversaciones expresiones relacionadas con el universo simbólico del salafismo yihadista y expresiones con dimensiones claramente sectarias, en lo que parecía un acercamiento a los círculos yihadistas que estaban en ascenso en todo el país, especialmente tras la decepción general posterior a la matanza con armas químicas en Al-Ghouta y el colapso del marco nacional de la lucha en Siria.
Desde finales de 2013, comenzó a hablarse de una negociación que sacaría a los combatientes y civiles asediados de Homs por medio de un acuerdo con el régimen, idea a la que Sarut y sus compañeros de la brigada de los Mártires de Al-Bayada se oponían. Sin embargo, su rechazo no fue meramente verbal, sino que se materializó claramente en la conocida como “batalla de los molinos a finales de diciembre de 2014 cuando los combatientes cavaron un túnel en dirección a los molinos” cuyo objetivo era romper el asedio o, al menos, transportar bolsas de harina al corazón de los barrios asediados.
Dicha intentona suicida acabó en gran tragedia: la operación fracasó y cayeron más de sesenta jóvenes combatientes de los Mártires de Al-Bayada, entre ellos, otros dos hermanos de Sarut, que había perdido en total a cuatro de ellos a manos del régimen. Así fracasó el último intento de romper el asedio, sobre el que se hicieron muchos comentarios relativos a traiciones en el interior de los barrios asediados de Homs y entre las facciones de la zona rural septentrional de Homs, a las que se acusaba de no haber hecho lo suficiente para romper el asedio. Sarut apareció posteriormente en un vídeo rechazando acusar a nadie e invitando a superar unos errores que no especificaba, así como llamando a la unidad de filas.
Posteriormente, Abdelbasit apareció en muchos vídeos en los que rechazaba la idea de salir de Homs, considerando que todo ello era resultado de la traición del mundo entero, incluidas las facciones opositoras que estaban negociando las condiciones de la salida. A mediados de febrero de 2014, apareció en un vídeo rodeado de un grupo pequeño de gente gritando contra la idea de la negociación, la salida de Homs o la firma de cualquier pacto con el régimen. Dicho vídeo sirve como síntoma de los grandes cambios que estaba experimentando el joven, en permanente duelo por su ciudad, sus hermanos y sus compañeros. En el vídeo solo aparecen banderas salafistas blancas y negras y todos se encomiendan al cielo exclusivamente para salvar a Homs de la caída y el exilio forzado. Además, se insiste en que Homs no debe seguir el camino de otras zonas que habían firmado treguas con el régimen, como Berzeh y Moaddamiya, cerca de Damasco.
En mayo de 2014, menos de tres meses después de ese vídeo, los autobuses verdes del régimen ejecutaban la primera operación de exilio forzado en Siria y vaciaban Homs de aquellos combatientes y civiles que aún quedaban en ella, enviándolos a la zona rural de Homs más al norte. Sarut no aparece en ninguna imagen ni vídeo de los muchos que se grabaron durante la salida de civiles y combatientes, y parece claro que finalmente había capitulado obligado ante la idea de marcharse, una vez que la mayoría de los asediados lo había hecho, no teniendo otra alternativa que la muerte por inanición, o por impacto de bala o proyectil.
Unas horas antes de la salida, Sarut había hablado en un vídeo publicado posteriormente, con una tristeza y devastación que no se habían visto antes, diciendo que tenía un reproche que hacer al Frente de Al-Nusra y Daesh. Aun considerando que tenían los mismos objetivos que los asediados, les afeaba que algunos sectores de ambas organizaciones tachasen a los revolucionarios de Homs asediados de “drogadictos e infieles”, utilizando expresiones como que Homs no debía abandonarse para que la habitaran “los alauíes, los cristianos, los chiíes, los libaneses y los iraquíes”.
Este vídeo dice muchas cosas sobre las que conviene detenerse. La primera es que, si Al-Nusra y Daesh acusaban a Sarut y sus compañeros de infieles, eso significa que no se habían unido a dichas organizaciones, y que Sarut tenía un objetivo central, que era derrocar al régimen por la fuerza, algo que expresó en ese y otros vídeos, diciendo que rechazaba “la politización”, refiriéndose con ello a su rechazo a unirse a cualquier facción que tuviera un proyecto distinto de luchar contra el régimen. Sin embargo, en contrapartida, parece claro que Sarut estaba inmerso en el discurso de las fuerzas islamistas y salafistas, incluidos los esfuerzos por hacer prevalecer la legislación de Dios sobre la tierra, según dijo en el mismo vídeo. Del mismo modo, quedó claro que había comenzado a percibir el conflicto con el régimen como uno religioso y sectario, en el que todos “los musulmanes” debían aliarse y apoyarse, incluidos Al-Nusra y Daesh, como también expresó en dicho vídeo.
Durante su estancia en la zona rural septentrional de Homs, pasó por varias localizaciones: Al-Dar al-Kabira, Rastan, etc. Puesto que la zona rural también estaba asediada, la situación de las facciones en su interior era especialmente complicada. Samer al-Homsi, activista de comunicación en la región de Al-Houla, en esa zona de Homs, comentó a Al-Jumhuriya que: “Los combatientes sufrían una enorme carencia de armas: no tenían suficiente armamento pesado para enfrentarse al del régimen, mucho más numeroso, que nos asediaba por todas partes. La toma del control por parte de Daesh de la zona de Aquirbat, en el desierto al este de la zona rural septentrional de Homs, le permitió introducir dinero y armas a sus pocos miembros allí”.
Poco antes de eso, Abdelbasit había participado en la fundación del Batallón de Homs, una facción que portaba la bandera de la revolución y carecía de orientaciones ideológicas, según Khaled Abu Salah, activista político de Homs y amigo de Sarut, que añadió que en aquel momento el objetivo de este último era: “Regresar para liberar Homs, pero las difíciles condiciones y la inefectividad de las facciones de la zona rural en este sentido lo obligaron a él y su grupo a actuar en solitario y lanzar operaciones relámpago contra las fuerzas del régimen en las afueras de la región para apoderarse de armamento y continuar la lucha”.
En ese momento, según Khaled Abu Salah, alguien se puso en contacto con Sarut y le prometió armas a cambio de rendir pleitesía al “Estado” (Islámico), algo a lo que Sarout se mostró dispuesto, tal y como él mismo confirmó en más de una ocasión, a condición de que ello fuera exclusivamente para enfrentarse al régimen, algo que se conoció como “pleitesía de la lucha”, un concepto que se extendió entre las facciones sirias y que significaba que dicha pleitesía se limitaba exclusivamente a la colaboración en la lucha contra el régimen, sin integrarse en el cuerpo de la organización ni en su proyecto político.
La relación entre ambos bandos no duró más que unas semanas, tras las cuales Sarut rompió su relación totalmente con esa persona y todas las partes que habían anunciado su disposición a rendir pleitesía a la organización del Daesh en la zona rural septentrional. A esto, añade Khaled Abu Salah: “Cuando los juristas de la organización del Estado (Islámico) entraron en dicha zona posteriormente, exigieron a Sarout que rindiera pleitesía a la organización, pero él se negó y adoptó una postura muy dura contra ellos”. Posteriormente, anunció la independencia de la brigada Mártires de Al-Bayada de cualquier organización o facción en un vídeo grabado en agosto de 2015. Más adelante, y mientras estaba en Estambul tras su salida de la zona y de Siria, Khaled Abu Salah grabó un largo encuentro con él en el que esclarecía todos los puntos grises de la historia. En él dijo que se había retractado de la idea de rendir pleitesía cuando hubo comprendido que el proyecto del Daesh era gobernar a los habitantes de la región y no enfrentarse al régimen, y cuando vio cómo se excedían y cometían errores (no especificados) miembros cercanos a la organización o considerados pertenecientes a ella. También comentó en un encuentro con el canal Orient TV a comienzos de 2018 que se había retractado después de saber que la organización venía a “luchar contra los revolucionarios, los musulmanes y las personas que estaban conmigo bajo asedio”.
Aunque negó haber rendido pleitesía, Sarut tuvo que enfrentarse al hostigamiento de las facciones de la zona, especialmente el Frente de Al-Nusra, que desembocaron en una campaña contra su brigada en la que murieron nueve de sus compañeros en noviembre de 2015 y culminaó con la salida de Sarut de la zona rural septentrional de Homs, y finalmente de Siria hacia Turquía, a principios de 2016. 
En Turquía, Sarut estuvo entre Gaziantep y Estambul donde participó en manifestaciones de apoyo a Alepo, cuyos barrios orientales habían sido cercados por el régimen, que también había iniciado los ataques contra ella y el exilio forzoso de su población a finales de 2016. Khaled Abu salah dice que Abdelbasit no quería quedarse en Turquía, pero que las amenazas de Al-Nusra de detenerlo le impedían volver. “Tras la caída de Alepo en manos del régimen, las manifestaciones volvieron al norte y Abdelbasit y yo regresamos a Siria y participamos en ellas. Aunque muchas personalidades conocidas de Homs me ayudaron a mediar con las facciones, Ahrar al-Sham y el Frente de al-Nusra estaban obcecados en detenerlo”. Y de hecho, unos meses después de su retorno a Siria, una ronda de Tahrir al-Sham (anteriormente Al-Nusra) lo detuvo y lo mantuvo en régimen de aislamiento durante 37 días, hasta que lo pusieron en libertad gracias a una mediación, según Abu Salah.
A su salida del centro de detención de Al-Nusra, Abdelbasit decidió viajar con algunos de sus compañeros del primer grupo, la brigada de los Mártires de Al-Bayada, a la zona rural septentrional de Hama, para establecer cuarteles en los frentes, el punto más cercano a Homs al que podía llegar. Abdelbasit y sus compañeros participaron en muchas batallas junto a otras facciones, pero de forma independiente, hasta que en los últimos días de 2017 se unieron al Ejército de Al-Izza (el orgullo, la dignidad), una de las facciones del Ejército Sirio Libre activa en la zona rural septentrional de Hama. Abu Salah explica a Al-Jumhuriya que: “Abdelbasit decía que esta facción no tenía sedes de seguridad ni cárceles (…). Nosotros no gobernamos a los civiles, sino que los defendemos”.
Parece que la decisión de Sarut de unirse al Ejército de al-Izza suponía una continuación de su trayectoria marcada fundamentalmente por el objetivo de derrocar al régimen sirio. El Ejército de Al-Izza es conocido por haberse negado a luchar contra las otras facciones contrarias al régimen, incluidos Daesh y el Frente de Al-Nusra, y por no pretenderdominar a la población o gobernarla en las zonas en que está o ha estado desplegado. Si bien tiene una tendencia y un discurso islamista claro, se ha mantenido comprometido con la bandera y la denominación de Ejército Libre hasta el momento. Además, se trata de una facción que ha insistido en múltiples ocasiones en su rechazo a los acuerdos de Astaná y Sochi entre Rusia y Turquía, aunque en la práctica los haya acatado.
Los cantos y las proclamas no abandonaron nunca la vida de Sarut, pues unas veces aparecía recitando poesía para animar a sus compañeros de armas en los frentes, y otras, cantando o lanzando proclamas entre los manifestantes de Ma’arrat al-Nu’man y otros lugares. Hasta los últimos instantes de su vida, no dejó de hacer todo lo posible para enfrentarse al régimen.
Durante las últimas batallas que se libraron en las zonas rurales septentrionales y occidentales de Hama, Sarout estuvo en el frente junto al Ejército de al-Izza y apareció en un vídeo hablando de los avances de las facciones opositoras en Tell Malah. Khaled Abu Salah cuenta que: “Tras la liberación de la región entre Tell Malah y Al-Jabbin, Sarut recibió, mientras estaba en el frente, la noticia de que un grupo había sufrido los bombardeos contra la retaguardia, por lo que decidió coger el coche para auxiliarlos. Cuando puso el motor en marcha, un proyectil impactó contra el lugar, aunque nadie resultó herido. Al ponerlo de nuevo en marcha, llegó otro proyectil, que hirió a Sarout en el vientre, la pierna y el brazo, por lo que fue atendido en el punto médico de Khan Sheijun”.
Quienes lo auxiliaron quisieron trasladarlo al hospital de Al-Dana, en la zona rural al norte de Idleb, pero sufrió una grave hemorragia que les obligó a detenerse en Ma’arra, insistiendo en transfundirle sangre y después llevarlo a Al-Dana. Abu Salah dice que se pudo controlar la hemorragia en el hospital y se le pudo estabilizar, por lo que lo trasladaron el jueves 6 de junio, a través del paso fronterizo de Bab al-Hawa al hospital de Rihaniya, y después a Antakia, en Turquía. Sin embargo, su situación empeoró, algo que Abu Salah atribuye a sus continuos traslados y su fuerte hemorragia.
La mañana del 7 de junio de 2019, Abdelbasit Sarut caía mártir a causa de las heridas, concluyendo con su muerte una corta y épica vida plagada de transformaciones, batallas y sangre. Su cuerpo fue trasladado al interior de Siria y enterrado en Al-Dana, en la zona rural de Idleb. Los dolientes cargaron el cuerpo del mártir Sarut sobre sus hombros, acostumbrados a llevar su cuerpo vivo para que dirigiera las proclamas y cánticos de los manifestantes. En vez de gritar a su lado, como de costumbre, lanzaron proclamas por él mientras lo enterraban lejos de Homs, ciudad cuyo asedio había luchado por romper durante los últimos años de su vida, con el deseo de volver a ella después del exilio. 
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A pesar de que la vida de Sarut muestra una fuerte impulsividad y una eterna disposición a enfrentarse a la muerte sin pensarlo dos veces, su misma vida nos indica también que los últimos años de su vida no fueron una precipitación a ciegas hacia la muerte, sino que todo fue fruto de una decisión consciente de aceptar el desafío hasta el final. Su revolución tenía un camino marcado y no se trataba de una mera explosión de emergencia. En este sentido, Sarut fue dueño de su destino y caminó por los derroteros que lo hizo partiendo de una combinación de pensamiento e impulsos, y la prueba de ello son los largos meses que pasó herido, por ejemplo, en la zona rural de Homs, para regresar de nuevo y hacer lo mismo que había provocado sus heridas.
Lo que pretendemos con esto es señalar que muchos de los argumentos de defensa de Sarut y su vida se han basado en su “simpleza”, y en decir que las circunstancias lo llevaron, obligado y no por elección, por el camino que siguió. Sarut no era simple, si con ello nos referimos a que no comprendía el significado ni las dimensiones de lo que hacía y decía, y tampoco es cierto que no eligiera su camino, pues a pesar de la tremenda dureza y dificultad de las circunstancias objetivas, la voluntad interacciona con ellas y elige su camino de entre las opciones disponibles, sean muchas o pocas. Las condiciones en las que vivió Sarut no eran solo las suyas, pero su destino y su camino no fueron el destino y el camino de todos los que vivieron con él las mismas circunstancias.
No obstante, también es cierto que Sarut carecía de la preparación teórica y de pensamiento suficiente que le ayudara a expresar sus ideas, o a pensar de forma sistemática sobre sus circunstancias y tomar las decisiones en base a ello. Incluso cuando se acercó al discurso salafista, el núcleo de sus palabras siguió girando en torno a las ideas del “valor”, el “honor”, la “autodefensa y la defensa del honor y la sangre”. La carencia de preparación mental se muestra también en su continuo “rechazo a la politización” y otras expresiones del tipo “a nosotros nadie nos va a politizar”. La vida del mártir y sus dichos indican que se refería al rechazo a la negociación con el régimen y a insertarse en cualquier proyecto de gobierno y administración de la vida de las personas antes de derrocar al régimen. Sin embargo, en el núcleo de esta postura suya hay una política clara, que es a fin de cuentas lo contrario del “rechazo a la politización”, cuando se muestra como una disposición a identificarse con cualquier parte que considere al régimen un enemigo también, independientemente de lo ostentosamente claro que sea su proyecto político, como en el caso de Daesh y Al-Nusra. La “politización” para Sarut era considerar todo lo que no fuera el único objetivo -destruir el régimen asadiano- “caminos tortuosos”, en un radicalismo unidireccional, en el cual solo había una batalla claramente definida y justificada y un único enemigo completa y definitivamente determinado, mientras que todo lo demás eran “distracciones” que había que rechazar. Se trata de una forma de pensar similar a las teorizaciones de la mayoría de movimientos radicales contemporáneos en toda su variedad, que ven en EEUU, Israel o el capitalismo mundial al “Leviatán”.
¿Es esta una justificación o apología velada del discurso, las expresiones o las posturas adoptadas o expresadas por Abdelbasit Sarout, cuando muchos revolucionarios sirios rechazan –entre ellos, quienes escriben estas líneas- su discurso transigente o positivo sobre Daesh y el Frente de Al-Nusra en algunos momentos, y sus expresiones insufladas de sectarismo? De ninguna manera, del mismo modo que no supone criminalizar a quienes consideran que tales aspectos no pueden pasarse por alto, o quienes creen que el posterior esclarecimiento por parte de Sarut de todas las ambigüedades no es suficiente. Ese es “nuestro problema” con él y ojalá no estuviéramos sometidos a la criminalidad asadiana y Abdelbasit estuviera vivo entre nosotros, para discutir con él un día estos temas a fin de que se retractara y disculpara o, simplemente, no hubiera entendimiento alguno. Nos han privado, tanto a nosotros como a Abdelbasit de esto también.
Para ser justos con la historia y el país, con la muerte, la destrucción y el dolor, debemos rechazar centrarnos en esas etapas aisladas de su coyuntura y su contexto y negarnos a repetirlas compulsivamente como si se tratara de la historia de Sarut al completo o incluso toda la historia de la revolución siria según la presentan Asad y sus apologistas. ¿Es el problema de los asadistas, del periódico libanés Al-Akhbar, de los medios de Putin o de los que han dirigido la campaña electrónica para borrar todo contenido positivo sobre Sarut en Facebook que Sarut hiciera una declaración extremista en un momento determinado o que izara esta u otra bandera o que soltara ese insulto sectario? Claro que no. Su problema con él es que se levantó contra Bashar al-Asad, que es el mismo problema que tienen con todos nosotros, los activistas pacíficos y los combatientes, los sectarios y los patriotas demócratas. Y ese es su problema con la revolución siria en su conjunto, con todo lo que comprende y todo lo que conlleva.
Parece que el martirio de Sarut ha abierto hoy una ventana hacia nuestra memoria del 2011, de nosotros mismos y de nuestras percepciones de aquel entonces, un entonces que nos cambió a todos, un entonces en que sentimos que éramos dueños de nuestro destino y de nuestras elevadas y roncas voces. Y precisamente por eso, porque Sarut es un símbolo de ese entonces, los asadistas y sus protectores intentan privarnos de él y de ello. La campaña del régimen y sus aliados para borrar la vida de Sarut y las publicaciones sobre él es indicativa de su pánico ante la revolución al completo, y de que son plenamente conscientes de la importancia de librar la batalla de la narrativa. Frente a eso, no podemos más que seguir insistiendo en librar esa batalla y certificar sus detalles con todo el amor y la imparcialidad que podamos, para proteger nuestra memoria, a nosotros, al 2011 y a la revolución siria contra el régimen asadiano, y para proteger a Siria.

domingo, 17 de marzo de 2019

Recuperando sin nostalgia el 2011


Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad
Fecha: 15/03/2019
A continuación, presentamos las conclusiones, notas y borrador de un comunicado que nunca terminaremos y que es resultado de una amplia reunión que un grupo de sirias y sirios, más cerca del ecuador de su vida que de su inicio, celebraron durante días. A día de hoy, la mayoría de ellos viven fuera de Siria y se dedican a cuestiones tan diversas como la actividad en organismos e instituciones de la sociedad civil, la academia, el arte, el periodismo, los estudios científicos o los oficios manuales, o bien, están desempleados. Unos y otros son completamente diferentes, pero coinciden en que 2011 fue algo más que un año: fue un año para todos los años que lo siguieron y un año de referencia para todas las revisiones de los años que lo precedieron, al menos durante su vida.


Debemos comenzar nuestro discurso disculpándonos por un par de asuntos que nos demorarán un poco y aclarando una cuestión. En primer lugar, queremos disculparnos por el caos que el lector va a encontrar en este texto, que es resultado de muchas experiencias, muy relacionadas, pero también muy divergentes. La mayoría de nosotros aún no ha podido superar la actitud de la mimosa (la planta de la vergüenza, según se la conoce en Siria) ni salir del propio caparazón tal y como hacen dichas flores, cuyas hojas se encogen y retraen al tocarlas. Por otra parte, otros hemos comenzado la etapa de tanteo del cuerpo y las ideas para asegurarnos de que siguen estando ahí, y la etapa de prospección de uno mismo y lo que le rodea, intentando descubrir dónde estamos y qué hacemos. Por último, un tercer grupo ha adoptado el papel de la vanguardia revolucionaria y ha comenzado a discutir virulentamente con los mimosos, a quienes los prospectivos comprenden, si bien los ven inútiles, quizá porque hay algo de narcisismo en ellos. Sin embargo, ¿no hay narcisismo también en la postura mimosa? ¿Dónde termina lo particular y comienza lo público en lo que respecta a las decisiones relacionadas con las fracturas y las formas de soldarlas?
Esta es una cuestión fundacional, entre muchas otras, a la que pretende responder un grupo de personas que comparten la idea de ese año fundacional, el año del todo, el año 2011.
En segundo lugar, queremos disculparnos porque no sabemos exactamente para quién escribimos este texto. A pesar de que muchos de los miembros de este grupo fundacional desarrollan su actividad en el ámbito de la sociedad civil, el periodismo, la edición y el arte, campos en que la determinación del “público objetivo” o los “interesados” es esencial para comenzar a pensar en un “proyecto”, nosotros no hemos sido capaces de pensar en la comisión como un proyecto con personas “interesadas”. Algunos de los que pertenecen a la vanguardia revolucionaria han culpado a los mimosos por su excesiva fijación con la moda del psicoanálisis, que pide a uno que escriba, que se escriba a sí mismo, que escriba sus pesadillas, sus sueños y sus ideas, las cosas que teme y las que añora, lo que ama y lo que odia, lo que le hace sentir seguro, etc.
En realidad, escribir sobre 2011 como si escribiéramos después de una sesión de psicoanálisis genera una sensación estúpida de culpa. Sí, todas nuestras sensaciones en relación a 2011 tienen el carácter propio de los sueños, las pesadillas, la esperanza, las ideas, el miedo, la añoranza, el dolor, la ternura, el amor, la seguridad y la falta de ella y todas esas cosas. Sin embargo, no estamos en una sesión de psicoanálisis en este preciso momento, con todo el respeto y la consideración hacia el psicoanálisis y todo el rechazo y la condena a quienes dudan o se ríen de él.
En definitiva, no sabemos cuál es el público objetivo de este texto. Quizá sea una generación anterior a la nuestra, que llegó a 2011 en la adolescencia o antes, y que hoy lleva el peso y las consecuencias del asedio, el exilio forzoso y el asilo, o de una vida bajo el yugo de la victoria de los tiburones del régimen y sus aliados. Quizá vaya dirigido a nuestra propia generación, los dosmilonceros y dosmilonceras, en Siria y fuera de ella, que buscan a quienes sientan una abrumadora soledad como ellos. Tal vez el público objetivo sean nuestros antiguos amigos y compañeros, a quienes les gusta vernos frustrados para confirmar que su decisión de no hacer nada, o de ponerse de parte del fuerte cuando este se alzó, fue la decisión correcta… No importa, no tenemos inconveniente en alimentar el “os lo dijimos”.
Siendo sinceros, preferimos cualquier “dicho”, aunque sea “os lo dijimos”, al silencio, como preferimos cualquier presencia molesta al deseo de borrar y eliminar, y también preferimos el caos incitador a una virtual disciplina correcta en el marco de una perspectiva histórica también teóricamente correcta. Puede que todo esto suene utópico y romántico. Lo es, y es lo que escuchamos decir a muchos en 2011, el día en que nos alegramos al ver nuestra vida patas arriba con el primer grito por la dignidad y la libertad de los sirios, en Hariqa y después en Hamidiyya [1], pasando por Daraa hasta llegar a amplias zonas de la geografía siria.
Aquí, al hablar de Daraa, debemos hacer la aclaración antes mencionada. La decisión de publicar este texto el 15 de marzo se impuso en una votación democrática celebrada en un grupo cerrado de Facebook (a pesar del mal recuerdo que tenemos con las votaciones de Facebook [2]). Esto provocó la escisión de la corriente populista de los dosmilonceros, esos que insisten en que la revolución comenzó en 18 de marzo en Daraa, y entre quienes hay una número nada desdeñable de partidarios de ningunear a la ciudad y su clase media y elevar el estatus del campo y romantizarlo. En este comunicado, nos referimos a ellos como populistas, calificativo que ellos nos han devuelto al considerar que intentábamos explotar el hecho de que el 15 de marzo era viernes y que pretendíamos con ello incitar a los sectores conservadores de la sociedad a que salieran a manifestarse desde las mezquitas tras la oración.
Chocamos un poco a la hora de elegir el nombre de la comisión también, pero no se produjeron escisiones por ello, al menos hasta el momento. Teníamos claro, con buen criterio, que había que evitar generalizar el carácter masculino, puesto que, si algo habíamos aprendido de nuestra experiencia, es que nos excedimos con mucho en la lógica de la procrastinación, y no prestamos suficiente atención a la necesidad de librar la batalla de las libertades individuales, hasta que la corriente conservadora –el imperio de la orientación por naturaleza bajo el liderazgo de los autoritarios islamistas, hubo logrado sacarnos de la foto. Por tanto, no nos valía el nombre de “Comisión de los Dosmilonceros”, sino que sería preciso llamarse “Comisión de los Dosmilonceros y las Dosmilonceras”. Puesto que era imperativo incluir una mención a la libertad, el significado último frente a todos los vicios autoritarios que han aparecido como resultado de la militarización e islamización de la revolución, se sugirió llamarlo “Comisión de los Dosmilonceros Libres y las Dosmilonceras Libres [3]”. Sin embargo, era una opción complicada por su extensión, y porque estuvimos varias horas debatiendo sobre el femenino del adjetivo “libres”, un déjàvu en el sentido más amplio de la palabra… Por cierto, querido lector, si has sentido ese déjàvu al leer la palabra “libres” en femenino y has recordado la discusión que hubo en torno a ella, eres muy probablemente un dosmiloncero: ¡únete!
Por eso, nos decantamos finalmente por “Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad”.
Uno de los compañeros de la coordinadora lo aplaudió con entusiasmo y se presentó voluntario para hacer un logo, ya que tiene experiencia en el diseño gráfico, así que prometió enviar unos bocetos unas horas después de terminar la reunión. Sin embargo, desapareció y no ha vuelto a contestar a los mensajes de Facebook. Ya han pasado diez días, diez días que apenas han afectado al mundo, la verdad.
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No sabemos si el haber escogido el término “coordinadora” significa que nos vayamos a coordinar para algo más que escribir este texto, pero se trata de una muy necesaria recuperación de esa palabra que no recordamos cuando fue la primera vez que escuchamos en el contexto sirio. Fue muy pronto en cualquier caso, y parece una palabra escogida con cuidado porque no obliga a sus integrantes a estar de acuerdo ideológicamente o en un programa, pero sí les encomienda coordinarse entre ellos para llevar a cabo las actividades de protesta sobre el terreno.
Ese fue su papel desde el comienzo, pero, si así fue, ¿por qué las coordinadoras se fueron reproduciendo y dividiéndose una y otra vez, hasta el punto de que en un pequeño pueblo había dos o tres diferentes? No parece posible buscar ahora las razones reales, pero lo cierto es que en 2011 no estábamos de acuerdo más que en la necesidad de derrocar al régimen y el “nosotros” aquí no se refiere solo a los miembros de nuestra coordinadora, sino a todos los que se rebelaron contra el régimen en 2011.
A pesar de que insistimos en que esto es un intento de volver sin nostalgia al momento 2011, algo de nostalgia nos vendrá impuesta aunque no queramos. Aquellos momentos fueron colosales: el primer grito que rompió el manto de eternidad asadiano, los primeros valientes rompiendo las fotos y destrozando las estatuas de Asad, las miles de personas, en masa, que se lanzaron a las calles y callejones a gritar por la libertad, exigiendo derrocar al régimen y ofreciendo sus caras almas en el altar de la liberación. Ese momento fue fundacional para tomar conciencia de que lo que parece imposible ahora puede protagonizar la escena mañana. Esta es una lección que no debemos olvidar.
Muchos de nuestros amigos dicen que a día de hoy son incapaces de ver el vídeo completo de una manifestación carnavalesca de 2011 y algunos de los miembros de esta coordinadora dicen que sus manos tiemblan y se les sale el corazón al hacerlo, pues se les vienen a la mente los ríos de sangre y las montones de escombro que han seguido a esas imágenes. Además, les sobreviene un sentimiento abrumador de desesperación, pues ¿qué otra cosa puede hacer un pueblo si no es eso para obtener su derecho a decidir su destino?
Algunos de nosotros echamos un ojo a ese tipo de vídeos de vez en cuando, como sin darnos cuenta, intentando engañarnos. Uno de nuestros compañeros ha reconocido que el peor ataque de pánico que sufrió fue cuando continuó viendo el vídeo de una manifestación enorme en el barrio damasceno del Midan. Él mismo había participado en esa manifestación y la recordaba punto por punto, pero al ver el vídeo desde el lejano exilio, casi se desmaya.
No obstante, dejemos a un lado la nostalgia: ¿puede esa memoria convertirse en una dura e insoportable carga porque remite a un tiempo irrecuperable, o porque es un recordatorio continuo de que lo que hicieron las masas entonces se les ha vuelto en contra en forma de flagelos, muerte, destrucción y colapso, y porque nosotros, los que nos hemos salvado, nos hemos salvado mientras que otros han muerto?
Luchar contra sentimientos como estos no es poca cosa, porque lo que se nos dice directa e indirectamente es que la gran tragedia en Siria la han provocado los propios sirios que salieron a las calles en rebeldía contra el régimen en su país. Posteriormente, llegó la derrota material de su rebeldía, que dio paso a la destrucción del país y su anexión, por partes, a países regionales y potencias internacionales. Todo a nuestro alrededor dice: habéis provocado la destrucción de vuestro país y de la vida de sus gentes para nada.
Hay una respuesta teórica a esto, que no precisa de mucha inteligencia, y es que quien ha convertido el país en un escenario de guerra es el régimen y no sus adversarios, y que negar esto u obviarlo es una forma de decadencia imperdonable. Sin embargo, la cuestión no es teórica, sino que se relaciona con la discusión sobre la manera de superar el sentimiento abrumador de amargura cuando las imágenes de 2011 vienen a la mente de la forma que sea.
Cuando los miembros de nuestra coordinadora deliberaron sobre ello, fue preciso realizar un experimento científico. Y este experimento científico, en contraposición directa al peso de la memoria, dice que esos momentos sirvieron como fuente de dolor y fractura, pero también como fuente inagotable de energía renovable, en cuyo centro está el hecho de que lo que es imposible puede volverse realidad, y que los instantes incendiarios de gloria, los instantes en que el fuego nos abraza, por decirlo de alguna manera, son los instantes más creativos e innovadores en la historia de la humanidad.
Existe una herencia combativa inagotable en el año 2011, y no vemos otra forma de superar la amargura de la memoria relacionada con ello que enfrentarnos a ella y combatirla con todo el amor que podamos, pensar en profundidad sobre ella, mirándola fijamente, sin medias tintas y sin sentirnos culpables, y que ello nos impulse a trabajar y no a encerrarnos en nosotros mismos. Y si es preciso echar alguna culpa, que sirva como acicate de la búsqueda de justicia, no de un victimismo que, de rendirnos a él, no genera más que rencor hacia la justicia.
Si no hay más remedio que pedir perdón a alguien, que sea a nosotros mismos y a nuestros seres queridos, ausentes y presentes, por los errores que hemos cometido en nuestros esfuerzos por lograr aquello en lo que creímos y seguimos creyendo, pero nunca de los criminales, sus aliados, sus seres queridos, sus clientes y sus apologistas. Por encima de la memoria de de nuestra lucha contra ellos en 2011, guardamos el recuerdo del miedo que pasaron, mucho miedo. Y por encima del recuerdo del pasado, conservamos, y conservaremos siempre, la esperanza de volver a verlos pasar miedo.
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Algunos miembros de la Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad estaban fuera de Siria el 15 de marzo de 2011, y no han vuelto a ella aún. No han vuelto en cuerpo, pues ese día, o poco después, se decidieron y expresaron abiertamente posturas que hicieron imposible que volvieran a su país de forma legal mientras no cayera el régimen. Sin embargo, sí han vuelto con el corazón y la mente después de que su gradual separación del país terminara gobernando su vida. Así, unieron su destino particular al destino de su país, habiendo aprendido durante largos años que lo más útil y sensato era realizar un esfuerzo personal frenético por liberarse de su injusticia y retraso. Algunos de nosotros pensábamos que el “éxito”, la “integración”,  la “civilización” y la “urbanización” significaban para nosotros, los que habíamos salido hacía poco del pobre y desconocido país llamado Siria, superar nuestra “sirianidad” y olvidarla, alejarnos de la mayoría de sirios que nos encontráramos porque, tal y como nos había advertido nuestra familia, probablemente pertenecían al mujabarat o “la brigada de los informes”[4]. Por supuesto que añorábamos, pero a nuestras comunidades locales y aquellos con quienes manteníamos lazos personales. Nuestras ciudades y pueblos eran nuestras patrias, y si adoptábamos alguna postura política, era a favor de Palestina o Iraq. Siria no era más que una metáfora del instructor de abusones, el agente del mujabarat, las embajadas terroríficas y las estructuras del estado.
Todo esto cambió con el primer mártir que cayó en Daraa. Muchos de nosotros, los “de fuera” recordamos claramente dónde estábamos cuando escuchamos las noticias, qué hora era, qué estábamos haciendo y cómo en unas pocas horas toda nuestra vida entera se desequilibró. Recordamos perfectamente los nombres de las localidades que solo los habitantes de los alrededores conocían, y que rápidamente se volvieron cercanas y extremadamente familiares: Sanamein, Ingil, Dael, Jasim. Recordamos cómo descubrimos con los primeros vídeos de las manifestaciones que llegaban a través de Youtube que había sirios que no tenían ningún parentesco con nosotros y a los que no conocíamos, pero que no se dedicaban a escribir informes de seguridad. Recordamos cómo el exterior civilizado nos pareció, con las primeras fotos de los mártires, insulso, absurdo e insignificante, y cómo nuestra olvidada Siria se volvió familiar, grandiosa y épica.
¿Si aplicamos un pensamiento crítico, debemos sacudir la cabeza con vergüenza y sorna al recordar esos instantes? Tal vez sintamos algo de eso cuando volvemos a leer nuestras publicaciones en Facebook y vemos la seriedad y rigor con los que hablábamos de “exigencias revolucionarias”, “el interés último”, “la principal contradicción y las contradicciones secundarias” y la “necesidad de unificar a la oposición”, pero no sentimos ni vergüenza ni ganas de reírnos cuando recordamos las manifestaciones y a los mártires, o cuando recuperamos un poco de la valentía y heroicidad que vimos y que nos convirtió en personas nuevas. Tampoco lo sentimos cuando pensamos en el significado de que el ser humano, motu propio, ponga todos sus problemas individuales a un lado por un instante general fugaz, mostrando lo mejor y más bello del género humano. No sentimos vergüenza ni ganas de reírnos, sino orgullo y agradecimiento.
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Algunos de nosotros no hemos podido aceptar el exilio más que con el pretexto de la masacre. Uno de nuestros exiliados en París dice, por ejemplo, que siente cierta familiaridad, sin constricción ni nervios, cuando camina por las calles que presenciaron las masacres durante la comuna de París. La masacre es “el nervio vago”, si utilizamos el lenguaje médico, ese nervio que une el cerebro con el estómago y los intestinos, pasando por el hígado. 2011 fue un momento excepcional que prometió liberar al nervio vago de la masacre. 2011 fue un momento excepcional en que nos liberamos de nuestra connivencia con la familia Asad para que nos utilizara los unos contra otros y nos matáramos entre nosotros cuando no lo hacían ellos mismos. La mayoría de quienes nos hemos formado en la salvación, estábamos en la treintena o cerca, lo que significa que los ochenta en Siria habían sembrado en nuestro ADN una masacre de la que debíamos salvarnos. Hacer todo lo posible para salvarse es una cuestión siria y el momento de 2011 fue un instante único en que nos quisimos liberar colectivamente.
Algunos de nosotros aseguramos que no salimos de nuestro aislamiento y cerrazón en nuestro círculo social hasta las primeras manifestaciones en Siria. Esa euforia no era solo política, sino que era el éxtasis de la apertura a una identidad colectiva, de rasgos indeterminados, como identidad siria.
Los nombres de los viernes eran muy importantes para nosotros. Durante el “Viernes Santo” de abril de 2011, algunas manifestaciones en Damasco vieron caer muchos mártires que intentaban llegar a la plaza de los Abbasíes, imitando la ocupación de plazas públicas en Túnez o El Cairo. Después, nos olvidamos del tema de las plazas públicas: otra castración para nosotros como sirios. Las plazas públicas no nos pertenecían. Ese mismo abril, la plaza del reloj de Homs presenció una masacre. La castración en Siria se realiza por medio de la masacre. La masacre es el medio y el fin.
A principios de 2011 nos interesaban los analistas políticos sirios que salían en los canales “tendenciosos” hablando de la intifada siria, pero después dejó de interesarnos.
Algunos de nosotros afirmamos que nunca fuimos un revolucionario de libro ni hicimos justicia a lo que la palabra sugiere, pero sí sabemos una cosa, y es que el régimen de la familia Asad ha “hecho jirones” nuestra vida, en el sentido más personal de la vida, y también que odiamos a ese régimen. “Hacer jirones” significa malgastar una tela cortándola sin cuidado ni medida. El régimen de la familia Asad ha hecho jirones nuestras vidas, y el momento de 2011 fue un instante en el que conservar la utilidad de una parte de la tela.
Y hablando de los “revolucionarios” que tal vez no lo sean en la medida en que deberían, no debemos olvidar la expresión que empezamos a escuchar con profusión a finales de 2011: “los revolucionarios de Facebook”. Es complicado establecer una fecha para el nacimiento de este concepto en el contexto sirio, pero está ligado a los primeros momentos de estancamiento, cuando todo parecía no marchar como debiera. Cuando eso sucede, cuando la factura de sangre aumenta sin horizonte de salvación y cuando el conflicto se alarga más de lo que imaginábamos, aumenta la rivalidad por la legitimidad y el derecho a tomar decisiones.
Hay quienes han luchado sobre el terreno y quienes no, y esos últimos son, según los primeros, los revolucionarios de Facebook. La palabra en sí lleva una carga de rencor y de arrebato de la derecho a hablar, pues debes constatar qué has ofrecido sobre el terreno antes de gozar del derecho a rechazar la islamización o la militarización, o a sugerir cosas que ves que dibujan los márgenes de una trayectoria mejor. Y puesto que la acusación de revolución de Facebook se hacía a través de Facebook y que esta espada la utilizaban personas que escribían en Facebook contra otros que también lo hacían, ya no es posible saber dónde empieza y termina el asunto.
De esta acusación se han derivado muchas otras, todas incluidas en el contexto de las subastas sobre quién ha hecho esto y quién aquello, y sobre quién tiene derecho a decir esto y quién no. ¿Acaso podremos olvidar a uno de los hijos legítimos de la expresión “revolucionarios de Facebook” más graciosos cuando dijo: “Constituid la brigada Guevara antes de hablar”? Esta expresión nos sigue persiguiendo a veces, lanzada como una maldición contra quien critica el comportamiento de las brigadas islamistas desde posturas que parecen laicas.
Desde muy temprano, los revolucionarios se pelearon por el derecho y la legitimidad para hablar. Posteriormente, con los tortuosos derroteros por los que todos hemos transitado, la multiplicación de las formas de morir, las pérdidas, los exilios forzosos y la negación y con la variedad de posicionamientos y alineamientos y su confrontación, todo sirio quedó expuesto a ser acusado de algo que le arrebatara el derecho a hablar, hasta que solo los muertos tuvieron legitimidad para ello.
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Algunos miembros de esta coordinadora no tenían ni siquiera cuentas de Facebook cuando Zine El Abidin Ben Ali huyó de Túnez, pero todos nos volvimos facebookeros cuando los egipcios vivían sus días gloriosos en la plaza de Tahrir. Uno de nosotros dice que un chiste egipcio le empujó a hacerse una cuenta de Facebook, pues en él un egipcio definía Facebook como “el medio que utilizan los que cambiarán al presidente”.
Hoy sabemos que Facebook no fue “el medio” correcto para cambiar al presidente, pero fue adecuado para hacer muchas cosas. Facebook fue un nuevo mundo que se abría ante los muchos sirios en 2011, un mundo para hablar y expresarse, un mundo para la revolución, la solidaridad y la adopción de posturas. Muchos tal vez han pensado que las redes sociales, por el hecho de ser un mundo abierto que permitía intercambiar ideas y noticias rápidamente, y que evitaría la masacre o al menos disminuiría la capacidad de quienes la cometieran de recoger sus frutos, serían un espacio para intercambiar ideas y construir espacios comunes de acción, palabra e influencia.
Eso no sucedió. La masacre se produjo y el mundo pudo ver sus capítulos en Facebook. Muchos de los espacios de Facebook se transformaron en espacios de enemistad, exclusión y acumulación de malos entendidos, pero esto no borra la realidad de que se convirtió en un mundo alternativo para comunicarse en lo que respecta a los sirios desperdigados por todo el mundo. En la medida en que muchos de nosotros recibimos bofetadas, rencor y dolor a través de Facebook, también recibimos muchísima solidaridad, apoyo, amistades y conocimiento.
Las cosas no salieron como debían, ni en Facebook ni en ningún otro sitio, pero la expresión “las cosas no salieron como debían”, que ya ha aparecido dos o tres veces en este texto, es una expresión que hay que examinar con detenimiento.
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¿Cómo tenían que haber salido las cosas?
En este texto, lo que se quería decir con esa expresión es que se esperaba que la revolución cambiara el régimen establecido sin destruir el país ni exterminar a amplios sectores de su gente, y que la revolución fuera el camino a una vida mejor. Sin embargo, otra vez cabe preguntar qué es una “vida mejor”.
Este tipo de preguntas abrirán las puertas a diálogos, reproches y respuestas interminables, pero aprovecharemos esta ocasión para decir algo a quienes saben con total confianza cómo deben salir las cosas, esos que están encantados de conocerse, y que son los únicos que conocen la verdad y la llevan como una espada que blandir al azar.
Los encontraréis en muchos sitios, especialmente en Facebook, donde suelen concluir sus comentarios con expresiones del tipo: “y ya está”. De sus palabras emana la pus del autoritarismo, el uso de la violencia y la reprensión. No se cansan de entrar en todas las discusiones y conversaciones, destruyendo todo espacio público de debate, y aparecen siempre para acusar a los demás bien de idiotas, bien de traidores, pues ellos conocen la verdad y, si dices algo diferente de su verdad, solo puede deberse a dos cosas: que seas un ignorante o un connivente. En el caso de los islamistas, se añade otra acusación tras la que nada se puede decir: ser un infiel que ha abandonado la senda de Dios.
Todos esos adoptan múltiples posturas, en ocasiones contradictorias, y pueden ser tanto partidarios del régimen, como de sus rivales, o algo intermedio. También pueden ser islamistas o laicos, izquierdistas o liberales, pero comparten varias características: adoran a los fuertes poderosos, inventan formas de excusarlos, atacan los puntos débiles personales, muy personales, de otros, caen en maximalismos en nombre de la patria, la religión, los mártires o lo que sea, o incluso todas estas cosas juntas. Esto es así hasta el punto de que muchos de ellos llegan a perder toda conciencia, que es la que hace que nos censuremos, pero ¿cómo se va a censurar quien conoce toda la verdad?
Algunos de nosotros odiamos a esos verdugos simbólicos en la misma medida en que odiamos a Bashar al-Asad.
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¿Y ahora qué?
Seamos sinceros: a la mayoría de nosotros nos disgusta nuestra situación actual, pero todos estamos de acuerdo en que es bueno que sigamos siendo capaces de amar muchas cosas y a muchas personas. En el fondo, pensamos, nos queremos unos a otros, o al menos, amamos ese gigantesco momento que nos unió, nuestras esperanzas, nuestras sorpresas y nuestras reacciones. Tal vez los que son refugiados de entre nosotros eviten el encuentro, porque este exige una energía capaz de asumir el reflejo de muchos momentos pasados en el presente, y quizá no hacemos lo suficiente para estar juntos, o puede incluso que seamos demasiado categóricos y duros unos con otros. ¿Por qué? En realidad, en la mayoría de ocasiones se debe a que somos categóricos y duros con nosotros mismos, y lo somos porque somos, sin orgullo, más “ecuánimes” que quienes nos precedieron en la historia contemporánea de Siria.
La mayoría de nosotros hoy se observa y mira a su alrededor. Quiere cerciorarse del lugar y el tiempo y de lo que ha sucedido. Hay una búsqueda continua de tierra firme en un territorio de asilo que ofrece muchas posibilidades, posibilidades tan importantes como frías, tanto como un balaústre de hierro en el amanecer de un día de nieve.
A veces nos fijamos en nuestras familias a las que hemos dejado en el país y no nos creemos que todo este horror nos haya acaecido a nosotros y a ellos. Leemos la destrucción a veces en sus dientes deteriorados, sus profundas arrugas, la escoliosis de sus espaldas cansadas, la dificultad de sus vidas y días, que ya no superan en número a las pastillas que toman y el miedo que ha regresado, un miedo que nos dicen que había desaparecido en 2011. Los miramos fijamente y no nos lo creemos. “¡Fíjate en lo infame!” ¿Hay algo más terrible que el hecho de que el devenir de un país gobierne el devenir de tu vida? Nuestros cuerpos también, o los de algunos de nosotros, han comenzado a encorvarse.
Un escritor del siglo XX, da igual su nombre, se suicidó veinte años después de salir de las cárceles nazis cuando los dedos de sus pies y los huesos de sus caderas comenzaron a cambiar. La vejez es una llamada a la tortura en la memoria como dice X. Nos fijamos juntos en lo que conocimos y experimentamos juntos, e intentamos decir algo, lo que sea, para alimentar una conversación. Nada.
¿Logrará este régimen volver a imponer el reino del silencio también fuera de sus fronteras? Intentamos decir algo a nuestras familias que han pasado sus vidas anhelando la felicidad. Ah, es cierto, la espera es para los sirios una experiencia propia que en nada se parece a la espera. La espera y la elaboración de planes alternativos para todo… “¿Pondrás las acelgas con las habas en la sartén? ¿Qué sabes de Fulanito? Se marchó. ¿Y Menganito? Ha muerto.” Silencio. Nada en absoluto. ¿Qué podemos decir? En 2011 teníamos muchas cosas que decir.
Tomamos conciencia del hecho de que estamos a salvo, una situación dolorosa. Cargamos con ello como el joven que sustrae una prenda valiosa de su padre o su hermano mayor para engalanarse, pero tiene miedo de que se manche o arrugue y, al mismo tiempo, no se siente del todo cómodo en ella. Nuestro estar a salvo no es solo nuestro, pues en esa situación hay muchos fragmentos de las salvaciones perdidas de los mártires, los detenidos, los desaparecidos, los destrozados, los arrebatados y otros. ¿Qué hacemos con esos espacios de nuestra salvación que son en realidad propiedad de ellos? ¿Debemos conservarlos en un lugar seguro fuera de la vista de los demás o debemos escribir sobre ellos en los periódicos, como esos anuncios breves de personas que han encontrado un carné de identidad, un pasaporte o documentos a nombre de Fulano, que debe ir a la comisaría a recuperarlos?
Cuando observamos nuestro mundo, observamos la geografía que se ha vuelto, a pesar de Facebook, WhatsApp y Skype, una red de muros en cuyo interior se bombardea de un espacio a otro. Como suele decirse, hay un elefante en la habitación, un escollo del que nadie habla, una precaución silenciosa, entre quienes se ha quedado en Siria en zonas que hoy domina el régimen, las zonas de mayor concentración asadiana, y entre quienes han salido de esas zonas y están en otro lugar del mundo, zonas menos asadianas. En realidad, nos falta comunicación e intercambio de ideas y sensaciones para llegar al resultado de que sentimos las mismas cosas en diferentes ámbitos y en diferentes grados de crudeza y peligro, claro. Sin embargo, hay momentos en los que los sentimientos se aúnan y nos devuelven al punto inicial: algunos refugiados de entre nosotros siguen necesitando renovar su pasaporte y les recorren distintas formas de escalofrío al verse frente a la imagen de Bashar al-Asad a la entrada o en el interior del consulado sirio. Cuando cuentan eso, algunos de nosotros en el interior decimos: ¿sabes lo que significa vivir en 2019 en un consulado permanente, un consulado más atroz, un consulado “no diplomático”?
“El elefante en la habitación” es la imagen de Bashar al-Asad.
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Igual que no sabemos aún con certeza cómo tratar con nuestra salvación, que no es solo nuestra, seguimos en la etapa de descubrimiento de cómo tratar con 2011. El gran año. El año del todo. Uno de nosotros dijo que 2011 es la herida de la que nacimos, y estaba convencido de que era una definición grandiosa, hasta que algunos de nuestros compañeros empezaron a reírse de él. Se produjo una cierta tensión en ese momento, pero la conversación discurría en un ambiente de familiaridad y cariño.
Sabemos que no queremos que 2011 sea un lema o el “aniversario del inicio” al que volver periódicamente cada año del mismo modo que Facebook te muestra los recuerdos de “un día como hoy”. Queremos coger 2011, estudiarlo, desmembrarlo y volver a ordenarlo, quitarle el polvo y cubrirlo para que no se enfríe. Queremos verlo y ver las partes de nosotros mismos que se han quedado en él, hablarle, escucharlo, y reírnos y llorar juntos.
Queremos defender 2011 frente a sus verdugos, los simbólicos y los reales.
Ese grandioso año, el año del todo, es uno de nosotros. Lo queremos, seguimos sus noticias, nos preocupamos por saber que está bien, que su situación es aceptable cuando vive en el interior de Siria, que ha aprendido un nuevo idioma y que ha encontrado trabajo en su exilio como refugiado. Quizá no tengamos energía para encontrarnos con él a menudo, pero queremos que esté bien. 2011 es nosotros, es los mártires, los detenidos y los desaparecidos de nuestra familia y amigos. No es nuestro pasado, sino nuestro futuro. Nuestro presente se basa en que defendamos ese pasado, en que libremos batallas por él, en que lo miremos largamente, en que lo interroguemos, que nos riamos de él, que discrepemos con él, y que rivalicemos con él por un tiempo antes de reconciliarnos. Es nosotros, el “nosotros” que no puede más que ser extremadamente tierno con él.
2011 es lo que ha sucedido, y lo que ha sucedido es nuestra identidad. Nuestra identidad es el conjunto de la memoria de quienes partieron y nuestra dignidad, la de los que todavía estamos aquí. El resto son detalles
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Viva Siria y abajo Bashar al-Asad.

[1] Zocos de la ciudad de Damasco donde se produjeron las primeras manifestaciones en 2011.
[2] En 2011 y 2012 sobre todo, se votaban en Facebook los nombres que se darían a los viernes en los que se producían la mayor parte de las manifestaciones; sin embargo, hubo desacuerdo en algunas ocasiones y, de hecho, en algunos casos no se respetó el resultado mayoritario, siendo elegida la opción favorecida por los administradores de la página.
[3] Para el femenino se plantean dos opciones: Hurrat y hara’ir. El primero es un plural femenino del adjetivo “libre”, libre de connotaciones, mientras que el segundo tiene connotaciones religiosas que, en su momento, al dedicarse un viernes a las hara’ir dio pie a todo un debate sobre la idoneidad de terminología islámica.
[4] El mujabarat es el servicio secreto. El asunto de los informes remite al hecho de que el mujabarat se nutría de los informes realizados por colaboradores civiles reclutados para tal fin.