Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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lunes, 9 de diciembre de 2019

Cartas a Samira (15)

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin al-Haj Saleh
Fecha: 09/12/2019

“¿Ves lo bonita que es la Luna?” Te pregunté mientras volvíamos a casa de noche caminando desde la parada del service [1] hasta nuestra casa en el barrio de Qudseya. “¡Pues tú eres más bonita aún!” Me apresuré a responder a mi propia pregunta antes de que te me adelantases. En otras ocasiones, no me dejabas terminar la pregunta y lo hacías tú rápidamente, mientras te mordías el labio inferior riendo y me guiñabas un ojo. Disfrutabas con las modestas habilidades de galán de tu compañero, que no daban para mucho más.
Me decías “¡Adiós, amoooor!” al salir de casa y me hacía gracia; “¡Amor!” cuando te llamaba para decirte que tal vez me retrasara en volver por la noche; o “No, cariño, no hace falta nada” cuando te llamaba de vuelta para preguntarte si necesitabas o necesitábamos algo. Tú expandías el amor por todas partes, Sammur, con total generosidad. Inundabas todo de amor, y cuánto me alegraba que esa fuente no hubiera dejado de brotar durante los casi trece años que pasamos juntos.
Te gustaba que yo te hiciera el café. Lo preparaba y limpiaba lo que se derramaba sobre los fogones, quejándome mientras lo hacía: “¡La vida es difícil!” Y ponías cara de tristeza, como hacen las madres, en solidaridad con el quejica llorón.
Nos contábamos nuestro día, las cosas que pasaban y de las que se podía hablar, cosas sin importancia en su mayoría, pero que configuraban nuestro espacio privado. Desde el sarcasmo, no nos faltaba malicia al hablar de nuestros conocidos y amigos. ¿Recuerdas a la señora Depresión? Ese fue el mote que le pusimos a aquella amiga nuestra que casi siempre estaba deprimida. ¿Recuerdas a “Dondeosmetéis”, mote que le pusimos a un amigo que lo primero que decía cuando te veía o me veía era “¿Dónde os metéis?”? Esa malicia sin maldad es una de tantas cosas que extraño, Sammur. Cosas privadas, pequeñas, que nos ayudaban a organizar nuestro mundo en común.
Me empujabas a salir de casa, ver a los amigos, “cambiar de aires”, moverme. No podías quejarte de que tu marido estuviera todo el día fuera de casa, sino de un marido que no paraba de buscar excusas para no salir de ella. Cierto es que no hablaba mucho, pero pensaba que sus expresiones no verbales te llegaban y cuánto alegraba a su corazón que le dijeras que así era.
Yo también te empujaba a salir, a viajar, no solo a Homs, donde estaban Najat, Fátima y tus hermanos, sino también a visitar a nuestros amigos en Alepo, Latakia o mi gente en Raqqa. No te gustaba viajar sola, querías que lo hiciéramos juntos. Sin embargo, en las pocas ocasiones en que te fuiste sola, la mayoría a Homs, a los dos días te echaba mucho en falta y, después de haber insistido en que salieras de viaje, te llamaba para desearte que te divirtieras durante tu estancia y de paso preguntar “¿Cuándo vuelves?” ¿Recuerdas aquella vez que fui a buscarte a la estación de autobuses a tu regreso de Homs? Cogí por error un service que no era y llegué tarde, cuando ya te habías marchado a casa. De vuelta, frustrado, pasé por la oficina de correos para recoger un paquete que me habían enviado, sin acordarme de que era viernes, por lo que me encontré la oficina cerrada. Cuando este ser distraído quiso hacer algo bueno, se cansó y no sirvió de nada. Sin embargo, tú, como de costumbre, le quitaste importancia y no dejaste que me sintiera tan torpe.
En tu ausencia, me debato entre una soledad en la que te echo de menos y un estar con la gente del que quiero huir para regresar a mi refugio de ermitaño. Creo que la familia es la solución para esta situación, pues conforma una pequeña parte de la sociedad en la que podemos estar solos y acompañados a mismo tiempo, esa parte que protege la intimidad, pero también satisface las necesidades sociales. Te hablaba de cosas y personas, y sabía que, en tu presencia, tenía licencia para equivocarme, excederme, ser injusto, ser tolerante, dudar y discutir conmigo mismo. Poco después, cambiaba de opinión, retrocedía, como si fuera necesario decírtelo a ti para comprobar si se podía decir antes de dar marcha atrás. Solía leer la expresión de tu rostro: no estabas contenta con lo que escuchabas, te oponías… Y siempre encontrabas la forma más amable de hacer que me retractara. La familia es un espacio también para reprocharle cosas al ser querido, una conciencia añadida. ¿Jugaba yo un papel semejante contio? Eso espero y creo. Nos ayudábamos a controlar nuestras reacciones iniciales.
Eras mi familia, Sammur, y yo la tuya, un oasis para los dos, una solución para la soledad y la necesidad de intimidad a un tiempo. Una conciencia el uno para el otro.
Me sentía mal y me castigaba a mí mismo recordándome aquello que le decías a la vecina que llamaba a la puerta para que fueras a beber mate con ella: “Yassin está de visita”. Con ese comentario llamabas la atención sobre el hecho de que el susodicho se pasaba los días en su habitación, pensando, trabajando y sin apenas hablar.
Apenas decía nada cariñoso. Desciendo de un pueblo cuyos hombres no han aprendido a expresar lo que sienten. No es necesariamente porque seamos crueles, Sammur, y eso lo sabes bien, sino porque ocultamos la fragilidad de nuestro interior con el silencio, porque tememos que se descubra el amor que contiene. Tenemos miedo del amor y de las mujeres, de veras, pues ellas perciben perfectamente esa debilidad nuestra que no se puede esconder, y no parece que ellas protejan su corazón de la misma manera que nosotros. Me he fijado muchas, muchísimas veces, en que las mujeres en nuestra sociedad, como en otras, son más valientes que los hombres, y no solo en el amor.
En tu ausencia, mi vida se reparte entre el tiempo de trabajo, en el que estoy solo, la vida social entre amigos y conocidos, y mi vida contigo. Esa se da cuando estoy solo, que es la mayor parte del tiempo, pero se mezcla con el trabajo e incluso con la vida social y pública en ocasiones. Me apaño para manejar la combinación de amor y tristeza que siento cuando estás conmigo en mi soledad, pero me cuesta más controlarlo cuando no estoy solo, especialmente cuando hablo de ti delante de la gente.
Lo más deprimente de la soledad es cuando voy a hacer la compra y me llevo comida y cosas para la casa. Es como si lo que esta tarea entraña de conexión con la realidad reforzara mi sentimiento de culpa. Me ahogo como le pasaba a mi madre cuando alguno de sus hijos estaba ausente: no disfrutaba de la comida ni la bebida, se ahogaba de veras. No me he convertido en “el señor Depresión” como nuestra amiga, desaparecida hace años. Mi depresión es la sombra de una lucha sin miedo a la muerte. En tu ausencia le tengo mucho menos miedo que antes y creo que en que en ello se juntan la valentía y la tristeza, la tristeza por lo horrible de nuestras pérdidas. Luchamos mientras lloramos. Quien no teme a la muerte sabe que no se detendrá y encuentra en su interior, en su imagen, en su imaginación y en sus amigos la energía que le permite continuar.
Ojalá que tu nombre remita a una lucha heroica y sin miedo a la muerte, que sea símbolo de la lucha por la libertad, la justicia y la dignidad y que la pena ocupe un solo instante de esa generosa y valiente lucha. Tu épica ausencia hace que nuestra causa sea la del conocimiento y la verdad, más que de la justicia y la libertad. Sabes que lo que me pedía a mí mismo era buscar el conocimiento, más que cualquier otra cosa. Ahora que estás ausente, tengo dudas de que eso fuera lo más inteligente. Lo que se busca es dignidad, una vida digna y hacer el bien. Se supone que ese es el objetivo y el significado del conocimiento. Buscarte, saber de ti, satisface ese significado, le proporciona un factor impulsor más fuerte y hace del conocimiento un acto de justicia y dignidad. En el pasado, tal vez la búsqueda del conocimiento me llevara lejos, me hizo no comulgar con nada; sin embargo, la búsqueda de conocimiento en sí mismo ha adoptado tu nombre, Sammur. Tu nombre es el nombre de lo que quiero hacer. Tú eres la desconocida ausente cuyo conocimiento se busca.
Tal vez el conocimiento salve a quien lo busca, o quizá lo destruya, pero la pesadilla de quien quiere saber es no saber.
No saber nunca.
[1] Furgoneta que sirve como medio de transporte colectivo en Siria. 

lunes, 26 de noviembre de 2018

Cartas a Samira (10)

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin Al Haj Saleh

Fecha: 26/11/2018
 
En un día como hoy hace veintisiete años, saliste de la cárcel, tras cuatro años, un mes y once días de una ausencia más reducida. Hoy, se cumplen cuatro años, once meses y diecisiete días de tu ausencia mayor. No he sabido nada de ti durante todo este tiempo, como tampoco han sabido nada tus muchos seres queridos.

Ya habías vivido antes, como yo, esa vida suspendida. Tus años de cárcel y los míos fueron un tiempo en suspense que no sabíamos cuándo terminaría. Sin embargo, hoy es un tiempo más duro y oscuro: no puede prácticamente establecerse comparación alguna entre tus dos ausencias, Sammur. Esta ausencia tuya es mucho más larga y dura, y rompe más el corazón.

Cuando desaparecí, me esperaba una mujer, de una edad similar a la tuya cuando desapareciste. Después esperó a un segundo, y un tercero y se acabó marchando con el corazón roto, sin que se marchara la espera. Hoy yo espero a una mujer ausente, que vive en un lugar desconocido desde hace 1.813 días, una experiencia que había probado ya durante 1.482 días: ella y yo a ambos lados de un muro o dos muros de lo desconocido.

Entre tus dos ausencias, se encuentra la vida sencilla y rica de una mujer valiente.

Tras los años de cárcel, decidiste tomar las riendas de tu vida, buscar por ti misma el amor, el trabajo y la libertad. Dejaste Homs y te instalaste en Damasco. No diste la espalda a un padre, una madre y unos hermanos a los que amabas, sino que deseabas hacer tu camino y tener la vida más independiente posible. Compartiste casa con Nahid, tu amiga, que también había estado encarcelada y que esperaba a un amado encarcelado. Por cierto, Sammur, siento mucho decirte que Salameh[1] falleció hace algo menos de dos meses. La enfermedad pudo con él y se marchó por sorpresa.

Posteriormente, viviste de forma independiente. Trabajabas en la oficina de un periódico del Golfo, editando piezas periodísticas y libros. A cambio, percibías un salario modesto, pero una vida digna no está necesariamente ligada a un sueldo alto. Y tú viviste una vida digna, Sammur.

En esa casa, de una sola habitación, que servía como lugar de trabajo, descanso y vida en general, comenzaste una relación amorosa con un hombre que había estado también en la cárcel. Tu vida social a finales de los noventa se desarrolló entre ex presos y ex presas, o quienes conocían bien ese mundo. La vida era difícil la mirases por donde la mirases en nuestro país en aquel momento para una mujer independiente, en la treintena, pero tú no pedías demasiado: un espacio propio que protegiera tu intimidad, un trabajo del que vivir y, lo más importante, un hombre que te quisiera. No era demasiado, y aun así, no lo tenías garantizado: la casa era una habitación alquilada, el trabajo era temporal y apenas daba para el alquiler y los gastos básicos, y los hombres a tu alrededor estaban en una situación similar, buscando su propia vida.

Me emociona recordar, Sammur, que en las primeras semanas de nuestra relación me dijiste que había dos cosas que querías preservar: tu trabajo y tu relación conmigo. Era la toma de tierra en la vida inestable de una mujer independiente.

Durante dos años, tuviste dos casas: tu habitación en Berzeh, detrás del hospital Hamish, y nuestra casa en Al-Mansura, un poco antes de Qudseya. Unas veces dormías conmigo, especialmente los fines de semana, y otras veces iba yo a tu habitación, pero generalmente salíamos a una cafetería, un restaurante o el cine. No podía quedarme contigo en tu casa en la habitación que una familia alquilaba a una mujer soltera para ayudarles con los gastos.

En mi casa, conociste a mi hermano Khalil, que vivía conmigo; a Ali, que fue quien nos casó; y a muchos amigos más. Fuiste parte de la casa desde el principio. La gente de tu amado te quiso: nunca fuiste una extraña ni ellos lo fueron para ti. La familia era más o menos familia y la vida era más o menos vida. Lo único malo era que el amado era austero en su expresión, poco romántico y prácticamente anda poético.

Sin embargo, en aquellos primeros días del amor, solía cocinarte distintos platos.

¿Recuerdas lo rico que estaba el maqluba[2] que te preparé? Sin almendras, pero muy bueno. Lo intenté hacer una segunda vez porque había encantado, pero el resultado fue más modesto. Sin embargo, siempre preferiste recordar aquel temprano e inusitado éxito, y yo me seguí centrando en el fracaso posterior, para que el hecho de que tú cocinaras no fuera un mero reparto de tareas tradicional. Al principio, todo sea dicho, no se te daba muy bien la cocina. ¿Recuerdas el mutabbaq[3] que te estabas preparando un día que te visité por sorpresa? Te distraje con mi flirteo y me dijiste: ¡Se va a quemar la comida! Y rápidamente, de forma nada habitual, respondí: ¡No solo se está quemando la comida! Te gustó mi comentario picarón, y yo me sigo maravillando de esa salida que tuve. Por favor, no digas que fue un acierto poco habitual, pues no lo fue demasiado, al menos, no tan poco habitual como mi éxito aquel día en la cocina, ¿cierto?

Lo que me alegra un poco, Sammur, es que te gustaba nuestra vida juntos. No fue todo lo maravillosa que podría haber sido, pero la viviste y la vivimos juntos con dignidad. Tú hiciste de una casa alquilada un hogar, construido a base de amigos y amigas, parejas de jóvenes enamorados, y de huéspedes a los que a veces no conocíamos bien. Por supuesto, también había personas con las que habíamos vivido experiencias pasadas de amor y emparejamiento.

Finalmente, arreglamos, aunque tarde, los lazos familiares rotos debido a nuestro compromiso. Me hizo feliz porque a ti te hacía feliz.

Del mismo modo que tu vida tras la cárcel fue una continuación de tu lucha antes y durante ese período, nuestra vida juntos fue una continuación diferente de nuestras vidas antes, durante y tras la cárcel. No dejamos nada atrás: nos lo llevamos todo, y no renunciamos a los años de cárcel a favor del carcelero.

Tus compañeras de cárcel están dispersas por muchos países, Sammur: Francia, Alemania, Turquía y Emiratos. También están en el exilio interior. Durante años no se habían reunido en esta velada, como solían hacer año tras año, contigo. Se han separado como se han separado muchos amigos y seres queridos, antes y después de tu ausencia. La situación es difícil, pero la gente sigue luchando, reconstruyendo sus vidas como pueden. Nuestra generación entrada en años no está en la mejor situación para recuperar su vida, pero estamos acostumbrados a las dificultades. No creo que necesites más explicación: tú conoces la dificultad, a la que siempre has vencido.

Tus amigas se reúnen hoy, virtualmente, para recuperar la tradición interrumpida. Te escriben y recuerdan a la ausente que solía participar con ellas en las reuniones y la compañera eterna de las veladas anuales.

Querías que nos quedáramos en Turquía cuando nos encontráramos de nuevo al salir yo de Siria en dirección al vecino del norte hace cinco años y un mes y medio. Tenías miedo de alejarte de Siria, y querías encontrarte en un ambiente sirio en el que hablar árabe. Nos habríamos quedado ahí seguramente si todo hubiera salido como esperábamos. Salí de allí hace poco más de un año, pero volví en verano para estar lo más cerca posible de ti, tras la evacuación forzosa de Duma en la pasada primavera. Fueron meses duros, estresantes y decepcionantes. Sin embargo, se me hicieron menos duros en Gaziantep, donde me encontré con Bakr y Tahama, con su generosidad, su deliciosa comida y la compañía de Bakr para jugar al backgammon, a quien "la joven” Diana apoyaba en mi contra. Decidí llamarla “la joven” porque insistía en no decir mi nombre y me llamaba “el hombre”. No me dejaba oír su voz y solo se metía conmigo sin palabras.

Solo, con tus seis fotos, en el aniversario de tu primera libertad, mi sueño, Sammur, es que tu segunda libertad se convierta en un día de celebración pronto, conmigo y con tus seres queridos.

Mientras llega ese feliz día, “la luz de tus ojos” sigue tu camino, porque no tiene otro.

Hasta que nos encontremos, siempre, aquí, allí o donde sea.

[1] Salameh Kaileh, intelectual marxista palestino, encarcelado en varias ocasiones por el régimen sirio, que falleció recientemente a causa del cáncer que sufría. En este blog, se pueden encontrar algunos textos, como este.
[2] Plato típico de siria que incluye arroz, berenjena, carne y almendras, que se sirve “del revés”, de ahí su denominación de “volteado”.

[3]Plato que consiste en una lámina de masa rellena o presentada como base del plato con diferentes ingredientes.

martes, 10 de abril de 2018

¿Dónde están Samira, Razan, Wael y Nazem?


Texto original: Al-Jumhuriya 

Autor: varios

Fecha: 07/04/2018



Después de que se ha forzado la evacuación de decenas de miles de habitantes de Al-Ghouta oriental, y se espera que la misma situación se repita, mientras se levantan refugios temporales en los que esas personas son sometidas a la humillación vital y securitaria por parte de los aparatos del protectorado asadiano, quienes están en peor situación en esta catastrófica realidad son los cuatro secuestrados de Duma, desaparecidos desde hace cuatro años y cuatro meses.

Todas las pistas recabadas durante este tiempo indican que el Ejército del Islam es responsable del secuestro de Samira Khalil, Razan Zaitouneh, Wael Hammada y Nazem Hamadi, un secuestro que se enmarca en el ámbito de los esfuerzos de esta formación salafista de imponer su autoridad absoluta en Duma, y que se suma a otras acciones, como asesinatos y detenciones. Entre sus múltiples víctimas están Abu Sohbi Taha y Abu Nadhir Khabiyya, ambos expuestos a torturas salvajes, y que no fueron puestos en libertad hasta hace muy poco, para ser evacuados forzosamente con los demás.

Los familiares y amigos de las dos secuestradas y los dos secuestrados hemos pedido la ayuda de muchas partes, después de poner a disposición de todos los fuertes indicios que teníamos para considerar que dicha formación y no otra es responsable de su desaparición. Nos entristece tener que repetir esta llamada de socorro hoy. Pedimos a todo el mundo, a los integrantes de formaciones políticas, de derechos humanos, culturales o religiosas del amplio espectro sirio, que asuman su responsabilidad y eleven su voz en relación a esta cuestión. Samira, Razan, Wael y Nazem no eran unos desconocidos antes de la revolución, ni durante la misma. Su causa es conocida en toda Siria y en muchos rincones del mundo. No tiene sentido que el emirato que se ha afanado en secuestrar, detener, torturar, hacer desaparecer y asesinar, se desintegre hoy mientras el destino de sus víctimas sigue siendo desconocido. No hay justicia, conciencia, ley o causa que pueda justificar que quienes pueden hablar se mantengan en silencio.

Quienes dieron la orden de secuestrar a los cuatro tienen nombres y apellidos, quienes enviaron amenazas escritas de muerte a Razan también son conocidos por su nombre, y es muy probable que esos mismos enmascarados sean los responsables del secuestro, quienes emitieron las fatuas de asesinato y detención y quienes ordenaron el secuestro de los cuatro. Llamamos a que se pidan explicaciones a los implicados y se descubra la verdad del destino de las dos mujeres y los dos hombres.

Queremos que se ponga en libertad inmediatamente a Samira, Razan, Wael y Nazem y que se nos ayude a encausar judicialmente y condenar a los líderes religiosos, militares, políticos y encargados de la seguridad del Ejército del Islam por haber cometido este crimen, y otros muchos. Si se libran de un castigo merecido, ¿con qué cara podremos exigir que Bashar y sus secuaces no se libren de su merecido castigo?

Samira, Razan, Wael y Nazem no son ramas independientes de un árbol: tienen familia, seres queridos y amigos que han soportado el dolor de su ausencia sin la ayuda de ninguna institución pública durante más de cincuenta meses, y que hoy se preguntan: ¿dónde están nuestros seres queridos? ¿Por qué nadie dice nada?

Ayudadnos, por favor.

Decid la verdad, por favor.

No nos dejéis a merced de la preocupación y el miedo, por favor.

Colectivo Al-Jumhuriya
Organización Las mujeres ahora
Centro de Documentación de Violaciones de Siria
Organización “Nuestra casa, Siria”
Unión de Detenidos y Desaparecidos de la Cárcel de Sednaya.

martes, 22 de agosto de 2017

Cartas a Samira (6)



Texto original: Al-Jumhuriya 

Autor: Yassin al-Haj Saleh

Fecha: 20/08/2017


Libertad para Samira Khalil
(Diseño: El pueblo sirio conoce su camino)


¿Qué hice cuando despareciste, Sammur? Como en todo, no puedo contarte muchas cosas. Lo dejo para cuando vuelvas.

Lo nuevo, además de que he seguido escribiendo como sabes e imaginas, es que he podido viajar a varios países europeos. Sigo sin tener pasaporte, Sammur, y para cada viaje hacen falta varios intercambios de correspondencia con la parte invitante, el consulado del país y el departamento turco de inmigración… Es agotador. Los viajes entre países se han convertido en un asunto político, más bien, de soberanía, cercado por peligros y seguridad, en concreto para los sirios. Los consulados que debes visitar para lograr documentos de viaje recuerdan a las sedes de la seguridad asadianas. Nuestra situación en el mundo, Sammur, es la continuación de la situación que teníamos en “la Siria de Asad”.

Sigo siendo, no obstante, de esa minoría afortunada de sirios que pueden viajar de vez en cuando y volver a su lugar de residencia. He ido a países europeos y no a países árabes o de otras zonas geográficas hasta el momento. Me invitaron a un país árabe hace aproximadamente un año, pero los servicios secretos del país en cuestión, que prometieron a un amigo que intentó mediar que me recibirían, ¡dijeron que querían verme al llegar al país! Me invitaron a una universidad en otro país árabe, ¡pero esperaban que yo mismo arreglase los problemas que causaba el hecho de que yo no tenga pasaporte!

Todos los viajes han sido para participar en actividades culturales e intelectuales relacionadas con la causa siria. Hoy es una de las grandes cuestiones mundiales, o quizá la más importante. Una cuestión que desafía las bases del pensamiento, la política y el sistema internacional vigente, y nos miran a nosotros, los que hablamos de ella, con una mezcla de consideración, enemistad y duda.

Al mismo tiempo, en nuestro país más que en ninguno, ves claramente la historia, ves el Estado en toda su barbarie y vanidad, y ves a la religión en su locura y mundanidad. Ves al mundo en su estrechez, amplitud y corrupción. Ves cómo personas y grupos se vuelven contra sí mismos y contra los demás, y ves una pasarela de máscaras de todo tipo: la esclavitud cuyo rostro va cubierto con la máscara de la liberación, el odio que lleva la máscara del amor, el sectarismo que se cubre con el velo de la patria, el asesinato que se autodenomina clemencia, la mentira que habla con la lengua de la sinceridad, el egoísmo que adopta el papel del altruismo y el sacrificio, y la ingenuidad que pretende ser justa… Todo lo que ves y oyes puede ser lo contrario de lo que dice ser. Si no fuera porque el corazón pesa en tu ausencia la reflexión sobre este mundo se habría revuelto y convertido en fuente de placer intelectual y, de hecho, sería una particular fortuna, a pesar de la desgracia general, vivir en un momento histórico como este. Creo que las grandes luchas incitan al pensamiento sobre la historia y el destino de la humanidad, y estamos en una situación así hoy, Sammur. Ojalá estuvieras a mi lado...

Lo nuevo también en relación a la escritura es que escribo sobre vosotros cuatro: sobre Razan y especialmente sobre ti. Escribir sobre ti no es solo un tema nuevo en mi trabajo, Sammur, sino que es lo que da espíritu a todo mi otro trabajo. No eres mi causa, Sammur: eres mi identidad.
Escribir sobre ti es una terapia para mí también, Sammur.

Tengo, como muchos refugiados sirios, “el complejo del superviviente”, el sentimiento de culpa que invade a quien se ha salvado de una desgracia de la que no se han salvado otros. En Al-Jumhuriya (claro que te acuerdas: sigue funcionando y sigo escribiendo ahí básicamente) un joven escritor habló de este complejo del que muy probablemente nunca había oído hablar antes, con una bellísima y concentrada expresión: ¡el shock de la salvación! “El shock de la salvación” es doble en mi caso, pues me salvé esta vez cuando muchos otros no lo hicieron, cuyo número sigue en aumento; pero especialmente porque tú no estás entre los que se han salvado. Es algo con cuya responsabilidad cargo yo solo y lo que más me debilita, Sammur. También es lo que he estado resistiendo por medio del trabajo, y para lo que los amigos, cada uno de los cuales tiene su propio complejo de superviviente en diferentes grados, son una enorme ayuda.

Incluso nuestros amigos turcos tienen cierto grado de ese sentimiento, que les anima a solidarizarse y participar con nosotros en diversas actividades culturales y de protesta. Su ayuda ha sido enorme en todo momento.

Lo que he intentado combatir durante cerca de cuatro años, Sammur, es rendirme a ese shock de la salvación. Creo que tiene al menos dos efectos destructores. El primero es que puede empujar al superviviente a detener el tiempo en el punto de “su salvación”; es decir, su salida del país en nuestra situación, lo que puede volverle después incapaz de ver el cambio de situación y condiciones de la lucha, y la necesidad de reformar los instrumentos para poder seguir con dicha lucha y mantener una posición liberadora en la misma. Creo que conozco casos de supervivientes de nuestra antigua lucha que no dejan de librar una guerra anterior que no libraron cuando debían. Sin embargo, después de que todo cambiara, que la libren ahora no tiene el mismo significado y no tienen la misma posición liberadora. Dan una sensación de antigüedad y de moda pasada. Es un destino que espero evitar, Sammur.

El segundo efecto del complejo del superviviente es que se detenga su capacidad de luchar en las nuevas condiciones de refugio y consuma su energía en quejarse y refunfuñar, o en culparse a sí mismo y al resto. Intento resistir el sentimiento de culpa que nace del shock de la salvación para poder seguir luchando, Sammur. Creo que lo que más destruye la capacidad de luchar es caer en las cadenas del sentimiento de culpa, que es el estado mental menos propicio para que podamos ayudar a quienes no se han visto afectados por nuestro shock de la salvación, o quienes están en peor situación que nosotros. No es sencillo. Lo sé por experiencia, Sammur: es lo más parecido a un sempiterno enfrentamiento que se renueva cada día y donde nunca ganamos la batalla, aunque la podemos seguir librando.

Tal vez ayude a orientarse en esta situación insoportable, Sammur, que un día estuve en la situación del no superviviente -me refiero a la cárcel- mientras que los compañeros y amigos tenían el shock de la salvación. En aquel momento tú también estabas en una situación parecida y no hay duda de que amigos y compañeros tuyos tenían una sensación similar. ¿Qué esperábamos de quienes se habían salvado cuando estábamos con la mayoría de nuestros compañeros en la cárcel? ¿Qué siguieran en la lucha de la que nos habían sacado? No en todos los casos, solo en la medida de lo posible y según su evaluación de la situación. ¿Queríamos que se rindieran al sentimiento de culpa y se reprocharan el tener el shock de la salvación y que no se libraran de ello más que siendo encarcelados con nosotros? Claro que no. Creo que lo que deseábamos de ellos era que se cuidaran y que cuidaran nuestra causa con sus personas y comportamiento. En las cárceles de Hafez al-Asad esperábamos que nuestros amigos cuidaran su dignidad, nuestra dignidad.

Eso es lo que intento hacer, Sammur. No intento solo cuidar tu dignidad, ni la dignidad de nuestra causa y mi dignidad propia, sino también, intento seguir en la lucha con herramientas que quizá son algo diferentes de las anteriores, pero que lo son para que podamos proteger nuestra causa mejor.

En ello no hay nada que satisfaga en una situación como la nuestra, la tuya y la mía, Sammur. Tú estás desaparecida tras unas fronteras estrechas y oscuras, y a mí me han lanzado lejos, fuera de las fronteras. No me basta. Mientras trabajo en la construcción de herramientas más útiles y de una posición más adecuada para que sigamos en la lucha después de perder la primera ronda de la revolución, intento hacer algo que tenga que ver directamente con tu causa todo el tiempo. No he conseguido nada aún, Sammur, pero sigo llamando a la puerta y tengo la esperanza de poder incluso romperla un día no muy lejano para liberarte, y liberar a Razan, Wael y Nazem.

Y en primera y última instancia, sigo en la lucha porque tú me necesitas, me necesito a mí fuerte el día en que regreses.

Te espero. Solo cuídate, te lo ruego.

Besos, corazón mío.

Yassin