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sábado, 8 de septiembre de 2012

Las puertas de la tierra de la nada (2)


Texto original: Al-Hayat

Autor: Samar Yazbek

Fecha: 26/08/2012

La primera parte puede consultarse aquí


Tenía que pasar por la calle y responder a las preguntas de la patrulla militar y de la seguridad. El joven, de 19 años, dudaba, ¿debía cruzar la calle? Sabía que el francotirador disparaba contra todo lo que se saliera de la acera. No dudó demasiado y se acercó rápidamente a la patrulla con el corazón en un puño. Estaba muerto en cualquier caso: si no respondía a dicha patrulla, le dispararían. La posibilidad de que el francotirador le disparase desde lo alto del edificio era menor.

Cruzó la calle y discutió durante unos minutos con uno de los miembros de la seguridad. Después llamó a su padre para que viniera con su DNI. ¡Se lo había dejado en casa! El padre llegó jadeante. Llegó y se cayó de rodillas, mientras entregaba el documento en el control armado de la seguridad. No habían pasado más que unos minutos cuando el padre y el hijo desaparecieron del punto de control. Se encontró al hijo unos días después tirado, con un gran orificio vacío en la frente. Los vecinos dijeron que el cañón del revólver había rozado su frente cuando la bala salió. El padre, que todo el mundo creía que estaba detenido en alguna de las sedes de la seguridad, fue encontrado muerto, entre un montón de cadáveres en un edificio que la ente sabía que los servicios de seguridad utilizaban como centro de ejecuciones sumarias. Pero una única bala no había bastado para matar al padre, que tenía el cuerpo agujereado de balas, y con restos de puñales. Tenía además rota la mano derecha. La gente dijo: “El padre murió defendiendo a su hijo”.

No hay más héroe aquí que la muerte, la gente no cuenta más que historias sobre ella. Todo es proclive al relativismo y la potencialidad, excepto la absoluta heroicidad de la muerte. La muerte o un instante extraído del tiempo, ese momento durante el cual saltábamos la alambrada de noche y cruzábamos hacia donde los jóvenes habían abierto una puerta para que pasáramos, corriendo unas veces y caminando despacio otras.
A ambos lados de la valla, los cuerpos salían de pronto de la oscuridad y caminábamos como los ciegos, rozándose a veces nuestros hombros. Oímos una voz que dice: “Buenas tardes”. Una voz que se va, otra que viene. Somos como gatos negros, pero nuestros ojos no brillan. La distancia fronteriza bajo la que los sirios han comenzado a esconderse por la noche no es grande. Entra gente y sale gente, se entrecruzan en la distancia de la seguridad de la noche y muchos no encuentran esa paz. Gelatinosos fugitivos. En nuestro camino de vuelta y por los mismos caminos, había dos jóvenes tunecinos que cruzaban la frontera. El joven que entraba con nosotros dijo: “Si se sigue apoyando y financiando a grupos concretos del ‘Ejército Sirio Libre’ en detrimento de otros, no estaremos bien nunca”. Esto lo repitieron los desertores, los soldados y los civiles, que no tienen suficiente munición, algo que sucede con pocos grupos yihadistas, llamados extremistas, financiados por algunos países. Las brigadas desplegadas por la zona rural de Idleb, Hama y Alepo dijeron en su mayoría lo mismo. 

Todos necesitan apoyo armamentístico, pero estas brigadas de débil financiación siempre encuentran algo que las salve de unirse a los grupos yihadistas: venden sus cosas, se ayudan entre ellos, como si fueran miembros de una única familia. A veces venden manualidades hechas por sus mujeres. Una mujer, cuando el líder del grupo estaba recogiendo dinero para comprar fusiles a los jóvenes, se quitó su alianza y se la ofreció, pero él se negó. El líder me dijo: “Si seguimos así, acabaremos uniéndonos al Demonio para enfrentarnos al régimen de Bashar al-Asad”. Me hizo llorar, aunque juré que no era el momento de llorar y que no era el momento para estar triste. Hablaba derramando su espíritu en cada palabra, parecía enfadado y triste. No tienen armas suficientes para ampliar el terreno de lucha, quieren aligerar la carga de asesinatos en la ciudad de Alepo y se sienten impotentes. “Los hombres de las armas trabajan mientras que la oposición política no ha trabajado con la realidad de las brigadas armadas sobre el terreno, ni se ha preocupado de conformar un liderazgo unido para nosotros”. Dice el líder del grupo que sacan de la tierra los medios para defender sus ciudades y pueblos, pero que no podrán resistirlo mucho más, bajo los bombardeos, el hambre, el bloqueo, los francotiradores y las detenciones. Todos se dirigirán a los grupos que les provean bien de armas. Le dije: “¿Eso es lo que quiere el régimen?” Dijo: “Dile eso a la élite de la oposición política y cultural, ¿dónde están? Los altos cargos militares, ¿por qué viven en Turquía? La verdadera batalla es aquí. Morimos a diario y moriremos y no podemos ofrecer más, ni retrocederemos en nuestro enfrentamiento con el régimen. Tal vez muramos, pero nuestros hijos y nietos seguirán enfrentándose al régimen de al-Asad, ¿dónde estáis con todo lo que está pasando?”

No puedo escribir de forma continuada, no se me da bien la narración continuada. Me gusta romper el tiempo.

Vuelvo a las conversaciones de los jóvenes y a hablar de nuestra errante travesía entre las fronteras de ambos países y cómo nos recibieron las vides y los nuevos olores del país. Todas las zonas que había cruzado antes me recibían con vides, con los muros decorados con imágenes y banderas de la revolución y con los rostros de la gente cansados. En el coche que atravesaba el velo de la noche, había cuatro jóvenes armados. Cruzamos varios controles del ‘Ejército Libre’, que no eran muy grandes, pero los chicos se conocían entre sí. Los pueblos estaban liberados, algunos semi-liberados. La palabra liberado es demasiado amplia, porque el cielo sigue siendo rehén del régimen. Algunos misiles se lanzabana nuestro alrededor y  a veces se oía el ruido de un avión. Los jóvenes me tranquilizaban: todo está bien, pero aún quedan algunos kilómetros de peligro. “No es nada”, dice uno, y ese “nada” significa que la muerte vendrá del cielo. Estábamos en el coche, teníamos solo un giro más hasta Bennish, donde pararíamos y participaríamos en una manifestación. Después, nos reuniríamos con una de las brigadas.

En la manifestación en Bennish no había mujeres y había banderas en las que se leía: “No hay más dios que Dios y Mahoma es su profeta”. Estaba sola entre los niños y los jóvenes, que me miraban con extrañeza. Conocí a algunos jóvenes muy enérgicos y disciplinados. Cantaban y aplaudían. Después vino el sheij a dar un sermón, no nos fuimos inmediatamente. Estaba verdaderamente liberada, pero el cielo es traidor, hay una cierta situación de traición y mezquindad, difícil de explicar, creada por los aviones y los cañones de los tanques, que no pueden enfrentarse a los jóvenes en tierra, no se atreven a entrar en la ciudad tras las batallas contra la gente que se defendía. Vienen de noche y al alba: bombardean, huyen y mueren mayoritariamente niños, mujeres y  ancianos. La gente y las brigadas no se cansan de luchar, es nuestro destino, dicen los jóvenes de Bennish.

Habíamos pasado antes por un pueblo y a nosotros se unió otro coche de un grupo de jóvenes, que por la mañana partirían hacia Alepo. La mayoría apenas sobrepasaban los veinte años.

Todas las conversaciones que oímos sobre el miedo a las brigadas porque son salafistas y yihadistas carecen de precisión. No he visto una sola mujer sin velo, y ello es una parte de la cultura de vida. Practican los lemas del islam, pero nadie se ha quejado porque yo no lleve velo. Cuando nos movíamos entre ciudades y pueblos, me ponía el velo para no llamar la atención sobre el grupo. Pero cuando nos reuníamos con los jóvenes, me sentaba con ellos sin él. Hubo quien no me dio la mano, tuvimos una conversación racional y humana elevada. No obstante, ellos mismos me informaron de que había otras brigadas que no aceptarían mi presencia entre ellos con la cabeza descubierta. Ninguno habló del estableciemiento de un califato islámico, sino de un estado civil. Existe una brigada que quiere que la ley islámica legisle, pero es pequeña. Lo raro es que recibe buenas armas y dinero, a diferencia de las brigadas más moderadas. En general, la media y tamaño de estas brigadas no es grande y no comenzaron a trabajar hasta hace pocos meses. Incluso hablar de “yihadistas árabes” es exagerado, sin embargo, con el tiempo y tras cada masacre, van aumentando. En la ciudad en la que nos quedamos, había unos 19 luchadores árabes de un total de cerca de 750.

La cena que tomamos en Bennish fue más que generosa. Me sorprendió su fluidez y dulzura en el diálogo, su deseo de tratar el problema del sectarismo y la necesidad de solucionarlo. Hablamos en torno a distintos ejes y de la necesidad de no abrir el camino a la guerra sectaria. Uno de los jóvenes me dijo que se han dado reacciones violentas contra la violencia del régimen, pero que eran pocas y no excedían los casos individuales que se corrigen y evitan. Me dirían días después que un joven alauí había sido degollado en respuesta a la masacre y nos posicionamos en contra de ello. Hasta ahora, el régimen no ha logrado lo que deseaba, ni un pueblo suní ha atacado a uno alauí. No ha sucedido y no sucederá nunca, aunque paguemos el precio con nuestras almas, pero no podemos dominar la ira de algunos cuyas familias han sido asesinadas al completo o cuyas casas han sido bombardeadas. El tiempo no va en beneficio de esta ira.

Me contarán muchos detalles de algunos grupos de mercenarios, que roban en nombre del Ejército Libre y secuestran en nombre de las brigadas. Se ocupan en discutir problemas y conflictos como estos, en vez de centrar sus esfuerzos en la lucha contra el régimen. Me contarán cosas sobre las discusiones entre las brigadas armadas que comenzaron sobre temas en ocasiones personales, y que han llegado en algunos casos a provocar el secuestro de los luchadores de otras brigadas en sus ciudades o pueblos, interviniendo los notables para solucionarlo. Los jóvenes hablarán de algunos de sus errores y pensarán en cómo corregir el camino tomado por la revolución. Me pregunté cuando me despedí de ellos: “¿Qué más queremos? Es probable que ellos no representen toda la geografía del norte en las zonas rurales de Alepo, Idleb y Hama, pero todas las brigadas con las que me encontré no se apartaban de esta regla, incluida la reunión con un sheij de una tribu”.

Escuché a los jóvenes de Bennish cuando estalló una gran explosión, mientras nosotros estábamos en el balcón. Eran unos diez hombres y estaban en la otra parte del balcón que se asomaba a la noche. Brilló el cielo, y uno de ellos dijo: “Bombardeo en Tiftinaz”. Estábamos muy cerca del lugar. Volvieron a su conversación, pidiéndome que siguiera cenando. Comí en silencio, mientras escuchaba latir mi corazón de miedo. Uno de ellos me escribiría más tarde: “Cuando te marchaste, comenzaron a bombardearnos; gracias a Dios que te marchaste”.

Todo iba hacía el final de un día polvoriento, con el enemigo, las carreras, el brillo del cielo con los proyectiles, hasta que en las calles de la ciudad de “Atareb” los jóvenes insistieron en que viera el cementerio de tanques que el ‘Ejército Sirio Libre’ había destrozado. Un conjunto de utensilios quemados se amontonaban, estructuras metálicas pegadas, los restos del incendio se extendían por la zona y entre las casas dadas la vuelta como cajas de cartón destrozadas. El silencio y el salvajismo, ni un ruido en Atareb. 

Nada, ni siquiera susurros. Ni el aullido de los perros. Solo al final de una de las carreteras secundarias, mientras buscábamos en la ingente destrucción que explica el significado de la palabra “genocidio” con detalle, vimos la luz de una vela dentro de una pequeña tienda. Desde lejos se distinguía la imagen de una mujer moviéndose. Ese era el único resto que indicaba que Atareb no era una ciudad fantasma. Pensaba en la cantidad de destrucción que había convertido la ciudad en escombros, meros escombros sin estructura ni identidad. Y seguíamos escuchando el ruido cercano de los proyectiles.

El líder movió su fusil y lo cargó rápidamente. Me recorrió un escalofrío. Después cogió una bomba con la mano. La bomba estaba a mi lado, la acercó a sí. Miré su cuerpo verde: algunos centímetros y podría tocarla. Volví a temblar. Mientras cruzábamos la zona de peligro y él sostenía la bomba en su mano, puso su arma junto al cristal y dijo: “Esta es una zona de peligro”. Me fije en cómo escrutaba la noche como un lobo: “O los perros del régimen o matones y ladrones que roban en nombre del Ejército Libre”.

El joven sentado delante preparó su fusil. El otro conducía con la entereza de los profetas, y  el tercero, a mi lado, hizo lo mismo con su arma.

Pudimos cruzar en la oscuridad aterradora. Los cipreses estaban altísimos y rodeaban el estrecho camino de asfalto. Me pareció que el camino no tenía fin, me hice la valiente mientras escuchaba los golpes de mi corazón. La relajación del fusil junto al líder del grupo y el hecho de que pusiera la bomba en el bolsillo de su chaqueta me habrían pensar que era momento de respirar, si no hubiera sido por el cañón del fusil que tenía frente a mí. El líder lo puso entre los dos y la boca del mismo quedó justo en línea con mis ojos. Pensé que un movimiento de apenas unos centímetros de mi dedo sobre el gatillo serían suficientes para hundirme en la eterna y dulce oscuridad.

Una boca muy pequeña y hambrienta me miraba en medio de la oscuridad. Me sacó de ella la voz del líder que dijo: “Nos vamos todos antes de que te toque un pelo”.

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