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martes, 27 de septiembre de 2011

Zainab...

Texto original: Kebreet
Fecha: 25/09/2011
Autora: Samar Yazbek

Tan dulce y tan amarga, Zainab, ahora duermes entre paredes de madera.


Duermes sin dedos con los que lucir y presumir como hacen las mujeres. Vienes y vas con la marea, en medio de la nada, sobre tu ataúd una sábana de color azul verdoso, deslizándote sobre los hombros de los jóvenes. Fueron pocos a despedirte, Zainab. No hubo detrás de ti gritos de duelo, ni tan siquiera oímos el sonido del silencio en tu entierro.

Solo estabas tú. Y ahora yo estoy sentada en un cementerio cerca de mi casa. Vivo al lado del cementerio más bonito de Francia, Zainab. No es casualidad, haber venido a este lugar de calma sepulcral. Observo las elevadas tumbas y los ilustres nombres en sus lápidas: exiliados, literatos, pintores, intelectuales, de todos las partes del mundo. Aquí no hay ningún eucalipto. Desde aquí, desde tan lejos, puedo oler el aroma de los eucaliptos de tu cementerio, que surcaste en tu barca de madera, mientras eras llevada a tu lecho de sueño eterno, la tierra...

Te has casado con la tierra, Zainab.*

Cada mañana llevo de la mano a la mujer que antes vivía allí, bajo el cielo sirio, y cruzo con ella una pequeña calle. Hoy te he llevado a ti también con ella, Zainab. Caminabais las dos junto a mí, volabais. Qué difícil eras, Zainab, tan solo una muñeca, suspendida en el aire... Una muñeca con las manos rotas y el rostro mutilado. No me dejaste tomarte el pulso, ¿por qué, Zainab? ¿Quién de vosotras dos está muerta ahora? Te he buscado en los abismos que se extienden hacia la nada. Mi juego favorito, transmigrar en ella, no ha servido para aplacar tus dolores. Te dejé allí en Siria, y dejé mi corazón suspendido, sin respuesta. Me llevé un cadáver inquieto sometido a ti. Hoy tú vienes, y no vienes. Tu madre grita, y no grita. No hay lugar para nosotras las mujeres. Nosotras, sin dedos, sin útero, como momias asexuadas. Nadamos en las calles, tú en la nada, Zainab, una nada que te llevó al frío de esa ciudad que encontró la tranquilidad en la muerte. Caminas sola por el campo, como tantas veces. Nadie vino nadie a bajarte de tu trono de soledad.

¿Cómo estaba tu rostro en ese momento, Zainab? ¿Tan bello que tus asesinos no pudieron soportarlo? ¿Te cortaron las piernas estando tumbada en una superficie fría, observando tu muerte, inmóvil? ¿Qué es lo que le hicieron a tu rostro? ¿Contarás tu historia? ¿Oíste tus huesos al romperse, Zainab? ¿Seré lo suficientemente valiente para mirar tu muerte que me llega a través de cables y electricidad? Has envejecido con tu muerte, Zainab, como yo hago con la mía. Unos cuantos pelos blancos se han abierto camino entre los mechones rubios. Unos pocos meses han bastado para hacer de ella una mujer anciana. Tú no has envejecido, pues tu vientre no se ha hinchado. La muerte es bonita, Zainab, cuando eres abuela. Tu pelo se vuelve del color de las nubes, y te diviertes tanto con tus nietos. Pero tú no lo harás, Zainab, no envejecerás. La muerte en plena juventud ablanda hasta a la tierra, pero los asesinos no están hechos de ninguno de los cuatro elementos. La vida no se roba, Zainab, ¿quién te ha robado tu vida, tu vientre, y todas las noches de amor que te esperaban?

Pienso en ti, como una idea borrosa, e intento determinar el momento en el que te apagaste. Pienso en tu risa. Sé que entre nosotras hay todo un baúl de recuerdos. Tú y yo, volando en la nada. Tú eres la que duerme, y yo estoy en la ensoñación. ¿Te observabas en el espejo, riéndote? ¿Y cuando te secuestraron los asesinos, miraste de derecha a izquierda? ¿Cuál fue la expresión de tu rostro, cómo fue aquel momento, aquella terrorífica sorpresa? ¿Llevabas el pelo recogido en una coleta, o bien suelto y despeinado? Zainab, no te conozco, y te conozco más de lo necesario. Eres todas aquellas que abandoné a merced de los asesinos. Eres ese miedo mío que habita en la oscuridad de la pregunta. ¿Y luego qué, Zainab, cuándo crecerás? ¿Cuando dejarás de estar sobre mis hombros, en mi corazón, en mi vientre, entre mis dedos? O aquí sentada, en este camino de tierra, en mi rincón favorito, donde lo único que tengo es este cementerio que a tantos turistas atrae, ávidos de contemplar las tumbas de los grandes, los que hicieron historia. ¿Y tú, Zainab? ¿Tú has hecho historia? Díselo a tu esposa la tierra, dile que la vida en aquél país ya no es apta para la palabra, dile que nosotros hemos conocido el sabor de la sangre, del miedo, de la consternación. Que hemos dejado atrás toda posibilidad de estar tranquilos en un ataúd de madera que se nos queda pequeño, incluso a ti Zainab, cuyo cuerpo ya no es ni cuerpo, sino un cadáver desmembrado.

Ahora estás aquí conmigo, tú y otros tantos y tantas, que murieron bailando. Paseáis cada día por el camino de tierra del cementerio. En un limbo sirio particular os llevo a mis espaldas. No estás sola, los ojos de ellos y de ellas también están abiertos al vacío.

Entre muertos vivo, Zainab, mis queridos muertos. Ellos ahora están muriendo de la forma más bella, mueren bailando... una danza libre que desafía a la muerte. ¿Sabes bailar con la muerte, Zainab? No te ha dado tiempo, te secuestraron los asesinos, te torturaron, te descuartizaron. Y por azar tus padres se enteraron de que te congelabas en un frigorífico, una casualidad hizo que supieran todo. Tu ciudad, tan ocupada en bailar y construir libertad, supo por azar que dormías con el hielo. ¿Es la tierra misericordiosa, Zainab? ¿Cómo pensaré desde ahora en tu lecho?

Nadaste entre los eucaliptos, Zainab, y no te dejaron contemplar a aquellos que mueren bailando, a aquellos que frente al fusil muestran sus pechos desnudos y con su deseo de perfección le dan una lección a la historia.


* La palabra utilizada en el texto original para tierra es masculina.

Zainab al-Hosni, de 18 años, fue secuestrada, torturada y asesinada en una cárcel de Homs. Su madre encontró su cadáver desmembrado en una morgue, cuando buscaba el de su otro hijo Muhammad, también muerto bajo custodia.


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