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sábado, 17 de septiembre de 2011

Damasco durante el viernes de “La muerte y no la humillación”: "Nuestra Siria está bien""

Texto original: Al-Quds Al-Arabi

Autor: Zaina Erhaim [1]

Fecha:  15/09/2011




Suena su teléfono: “Hola, puedo conseguirte setenta copias del libro, en papel de buena calidad y podrás leerlo durante dos semanas”. Termina la llamada y me traduce el mensaje: “Necesitan ayudas para las familias de los detenidos y las víctimas en Berze y Qabun, y tengo setenta cajas de alimentos. Cada una puede durarle a una familia dos semanas”.


Otra llamada: “Tenemos que llevar a cabo la operación del niño rápido, Abu Nabil, su operación es prioritaria, después de ello, nos pondremos a organizar lo de las medicinas de su madre”. Cuelga y explica de nuevo: “Es un manifestante que siempre está en primera fila y, tras resultar herido, los shabihha irrumpieron en su casa para pulverizar sus huesos. Hemos reunido el dinero suficiente para pagar los costes de su operación y estamos intentando ingresarle en un hospital con la excusa de que ha sufrido un accidente de coche para que no lo detengan. Las medicinas de la madre de Nabil son un pedido de bolsas de sangre y productos médicos que tenemos que hacer llegar a Duma”.


Mientras se suceden las llamadas,  maldice a los tiranos que han convertido el curar a los enfermos y el contrabando de alimentos para hacérsela llegar a sus familias sitiadas en un motivo de acusación. Amiga mía, que se ha puesto a sí misma el nombre de Umm Yosef, rezaré siempre por esa cruz que cuelga de la radio de tu coche y por la humanidad que brilla en tu rostro. Umm Yosef vive en un astro que ha denominado “La vida” sobre el que se elevan los gritos por la libertad y sus partidarios, no descansa… Ese astro lo cultivan los manifestantes, los activistas y médicos humanos que han reunido ayudas para las familias de las víctimas y los detenidos, cada día con más amor.

Este astro de mis amigos comparte la constelación de Damasco con el astro de “Las esculturas” en el que se mueven cuerpos de yeso, sin espíritu, que se ríen, pasan noches en vela, hacen fiestas y llenan los salones de belleza y los clubes nocturnos mientras las tumbas de Damasco y Al-Guta están a rebosar de víctimas.
Un régimen complicado conduce estos astros en Damasco valiéndose de los astros de los dolientes silenciosos y el astro de los Shabihha que visité durante el viernes de “La muerte y no la humillación” en el barrio del Maydan de Damasco. 

Cientos de shabihha con uniformes kaki y algunos vestidos de civiles llevaban garrotes y bastones verdes (tal vez eléctricos) y cuchillos. Estaban esperando bajo el puente sur de la circunvalación, tras la mezquita de Al-Hasan, en un pequeño parque que habían ocupado por completo. El sheij Karim Rayih se retrasó con su sermón del viernes y las mujeres comenzaron a dar vueltas por los balcones yendo y viniendo, buscando algo que explicara su retraso.

Una mujer de cincuenta años los esperaba en la puerta de la mezquita con un cártel en la mano que decía: “Los libres de Siria dan la enhorabuena a los rebeldes libios” y nada más salir los que estaban rezando, su voz se difuminó entre las de ellos, que se elevaron repitiendo “Dios es grande”, para terminar diciendo “El pueblo quiere ejecutar al presidente” y “El pueblo sirio levanta sus manos para decir que no queremos a Bashar”.
Los shabbiha salieron de sus escondites y formaron un muro que separaba la zona de las calles principales, impidiendo así que las manifestaciones de distintas mezquitas terminaran convergiendo entre ellas. Corrían en todas direcciones como locos, gritando palabras sin sentido de las que no entendí ni la mitad.

La manifestación se divide en manifestaciones al haber sido dispersadas, pero los gritos siguen inundando el cielo del Maydan. Entonces llegan los gases lagcrimógenos, que se lanzan desde distintos puntos y en un abrir y cerrar de ojos, los manifestantes desaparecen. Tres muchachas con velos blancas cubriéndoles el rostro gritaba al unísono con una de las manifestaciones pequeñas. Nada más atacar los shabbiha, se meten en un edificio.

Cebollas, botellas de gaseosa y botellas de agua son lanzadas desde los balcones sobre los shabbiha para dificultar su movilidad y para que los manifestantes las utilicen para lavarse los ojos, que se han visto afectados por el ardiente gas. Desde detrás de las nubes blancas, que huelen a quemado, se me aparece un joven guapo que lleva un jersey morado. 

Estaba parado solo, junto al borde del jardín en el que se habían reunido los shabbiha y gritaba con la voz de diez hombres “Libertad para la eternidad, aunque te pese, Asad”. Ello le supuso compartir con sus amigos a los shabihha.
Y a pesar de que ese viernes fue “uno de los días menos violentos del Maydan, pues no murió nadie, sino que solo hubo detenciones (a la entrada de la mezquita Al-Hasan solamente unas cincuenta personas) como todos los viernes”, la cercanía física a los shabbiha me destrozó el alma. Sí, sé que son personas de carne y hueso, pero me sorprendí por todo: por el rencor y la vileza con la que golpeaban a personas de las que no conocían más que su voz libre que gritaba en pro de una Siria más bella, sin palos ni garrotes.

Si tuviera que elegir entre las balas que se nos dispararon en Duma y los garrotes que llovían en el Maydan, habría preferido las balas, para morir lejos de las bestias: “Duma y Al-Qussaa son uno”
Entre Duma y las balas hay una relación que dura ya seis meses, pero las balas “son normales y no dan miedo”, como insite Umm Ibada mientras sonríe. Es una idea que guardé en mi pequeña memoria, pero que será borrada ante las eppoeyas que inmortalizarán ese viaje a la ciudad de la libertad. Duma, la zona que durante los siete años que vioví en Damasco jamás se me ocurrió visitar, hizo bailar en mi oído una melodía irresistible cuando mi amiga Umm Yosef me dijo que iríamos a verlo por la tarde.

Todo el mundo llegó antes de la hora prevista: seis chicas y nueve chicos entre los que se encontraba un chico de Duma que nos acompañó durante todo el camino para escoger qué caminos eran los que debíamos tomar para evitar las barreras. Llegamos a Duma. Intenté buscar el miedo en mi interior para sorprenderme con su amplia ausencia: ni un atisbo de miedo en mi corazón, no por mi valentía, sino por mi confianza en que estaba bajo la protección de mi familia en esa zona, una zona que jamás había visitado y en la que no conocía a nadie.

Nuestro amigo de Duma nos condujo por un atajo que nos llevó al centro de la manifestación justo a la línea que divide a hombres y mujeres. Me paré, o caminé tal vez, o simplemente corrí, no sé. Lo que sé es que mi corazón bailaba al ritmo del tambor que tocaba una niña esbelta que dirigía la manifestación. En la Duma de la libertad, tuve mi tercera cita con el llanto: mujeres con telas que les tapaban la cara nos llevaron con ellas para participar en la movilización después de entregarnos banderas de Siria para que las lleváramos, y otras para cubrirnos de las cámaras y las lentes. Ahí estábamos, en mitad de la manifestación. Tardé varios gritos en comprender lo que pasaba, porque yo no los seguía y gritaba sola “El pueblo quiere derrocar al régimen”. Entonces, una de ellas me dio un golpe en el hombro regañándome. “¿El régimen de quién, querida? Tenemos una banda”. Le pedí perdón con un único grito con el que apagar el fuego de mi interior que llevaba encendido cinco meses durante los que estuve muerta ante la pantalla del ordenador a través de la cual emitían la vida en cada manifestación. Y me perdonó.

Una niña organizaba  la manifestación en coordinación con algunos hombres que nos rodeaban por miedo a una “traición de la seguridad”. Otra nos empujó a nosotras seis a encabezar la marcha después de darnos velas. Nada más apagarse la llama de la mía, una de ellas la encendió de nuevo. Nuestras miradas se encuentran, sonreímos y después seguimos gritando.

Mientras estaba entregada a los gritos durante mi primera manifestación, una de ellas me agarró la mano y me indicó que leyera la bienvenida que nos habían preparado. Dirigí mi mirada hacia las señoras que caminaban detrás de nosotros  y entonces vi una pancarta que decía: “La coordinadora de Mujeres de la Duma libre da la bienvenida a los libres de Al-Qussaa” y comenzaron a gritar: “Al-Qussaa, Duma está contigo hasta la muerte” y “Uno, uno, uno… Al-Qussaa y Duma son uno”. Mientras decía eso, mis amigas (después descubrí que, efectivamente, eran de Duma) lloraban a Al-Qussaa, al que el régimen había tomado como sede de sus fiestas de baile sobre la sangre de las víctimas. 

Me dijeron que nos habíamos estado manifestando durante cuarenta minutos, caminamos por la calle principal mientras las aceras se llenaban de gente que observaba. A algunos los ojos se les inundaban de amor y de estima mientras los ojos de otros se mantenían fríamente desnudos. Nuestros gritos fueron interrumpidos por el ruido de las balas, que vino acompañado de un corte total de la electricidad en toda la zona. Los hombres corrieron hacia nosotras y en unos instantes nos convertimos en núcleos rodeados por muchas órbitas. Gritaron: “Escondeos ahora y escondez las banderas”. Una niña que irradiaba astucia me susurró al oído: “Sí, la bandera siria es motivo de acusación si la imagen del señorito no está en ella”. Nos quedamos paradas mientras gritábamos: “No tenemos miedo… Dios está con nosotros”. Los hombres se enfadaron, pero después se tranquilizaron y nos rogaron que dispersáramos la manifestación porque los servicios de seguridad estaban  ya en el cruce. Mientras las mujeres discutían por quién nos hospedaría, Abu Ahmad nos recogió y nos llevó en su coche a su casa.

Las bellas hijas de Umm Ahmad nos ofrecieron agua y zumo con sus sonrisas repletas de vida y una de ellas se presentó diciendo: “Soy la mujer buscada más joven en Duma”, Umm Ahmad dijo riendo: “Gracias a Dios” y añadió, esta vez con seriedad: “Si los shabbiha entran en la casa, no tengáis miedo, no se acercarán a la habitación de las mujeres”. Cuando vio nuestras caras de asombro, añadió: “Esta casa ha sido destrozada y asaltada cuatro veces. Es algo normal. No tengáis miedo”. 

Me sentía como una niña nueva en clase, apuntando todo lo que veía. A mi izquierda estaba sentada una bella joven que estaba contando a Umm Ibada cómo había participado en la manifestación de Al-Qaymariyya. “Imagínate, dijeron que era una salafista ar’uri[2]  y resulta que soy cristiana y de Al-Qussaa”. Umm Ibada los insulta y pide a Dios que no les favorezca en nada. Entonces, la joven la interrumpe: “Señora, yo soy cristiana. Quiero libertad y que caiga el régimen”.

En ese instante, el dicho “Siria está bien” dejó de estar ligado a él (al régimen) para pasar a estar ligado a ellos (el pueblo). La "Siria del pueblo" está bien y, recordar esa frase, una vil mentira usada por el régimen, les hacía sonreír en vez de enfadarse.
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Estas páginas no bastan para dibujar el calor de aquella noche ni la pureza de nuestra reunión de mujeres revolucionarias a la luz de las velas con ese calor asfixiante que se convirtió en fresco y apacible para las mujeres de  Al-Qussaa y Duma y, para mí, que estaba entre ellas “por error” (porque no era mi lugar) era el más saludable del mundo.

Mi lugar es Idleb, ciudad a la que viajaré mañana, escondida en un velo blanco que jamás he llevado, para cubrir mi rostro dejando sólo los ojos al descubierto para que se beban el nuevo Idleb, calle a calle, libertad a libertad.

[1] Escritora siria
[2] El Sheij al-Ar'ur es un conocido ulema salafí de Siria que, durante los actuales acontecimientos, ha mantenido posturas algo contradictorias.

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