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lunes, 29 de octubre de 2012

La revolución siria y sus tres grandes cuestiones


Texto original: Al-Hayat

Autor: Yassin al-Hajj Saleh

Fecha: 28/10/2012



En la revolución siria se entrecruzan tres grandes cuestiones que tienen que ver con el mundo árabe al completo: la cuestión de la autoridad o la cuestión política, la cuestión religiosa y la cuestión occidental. La primera excede las relaciones políticas con las fuerzas occidentales para encaminarse hacia una organización equitativa de las interacciones políticas, culturales, securitarias y económicas con Occidente sobre unas bases cambiantes que mezclan la enemistad y la actual dependencia complaciente.

La cuestión política en Siria es más cruel que en cualquier otro país que ha presenciado revueltas para desestabilizar al estado, como entidad y como institución de gobierno, y lo que ello conlleva de reconstrucción del Estado y la identidad nacional, además de una vida política más justa e inclusiva. El derrocamiento del régimen asadiano, el objetivo inmediato de la revolución, no soluciona por sí solo el problema político, pero tal vez elimine las trabas que dificultan su tratamiento. Bajo este régimen, Siria no ha logrado progresar en el tratamiento de sus problemas nacionales o sociales, sino que todo se ha ido desmoronando y la sociedad siria ha sido minada securitaria, política y psicológicamente, y hoy nos enfrentamos a sus explosiones resultantes.

Se esperaba que si todas estas peligrosas trabas se retiraban, los sirios caminarían, aunque fuera a través de caminos tortuosos, en dirección a un régimen político reformable en cuyas instituciones muchos más pudieran oír sus voces y se les diera la oportunidad de encontrarse, colaborar y organizarse para tratar los problemas que se les plantearan. Pero tras todos estos crímenes, sangre, dolor, ira y odio, la oportunidad es cada vez más débil incluso para este difícil desarrollo. Queda una única dirección para tomar en Siria que es la salida del yugo asadiano y el respirar un aire menos corrupto.

Al contrario que en Egipto y Túnez, países que han comenzado a enfrentar sus problemas religiosos y políticos tras el triunfo de los islamistas, Siria se enfrenta a estos problemas desde ahora, a sabiendas de que la sociedad siria es más complicada en este nivel. Al problema político y religioso en Siria se une otra complicación, que son las exigencias del enfrentamiento con un régimen agresor que apunta hacia la radicalización religiosa, o sea, hacia las formas de religiosidad y pensamiento religioso menos convenientes para una vida política más libre y justa. Esto se mezcla, de forma difícilmente evitable, con una intransigencia sectaria generalizada que el régimen no ha escatimado en alimentar desde el estallido de la revolución, además de haber alimentado los miedos de todos frente a todos y la falta de confianza de todos en todos.

Pero es el problema religioso el que supera en realidad todas las tendencias y tensiones relacionadas con la situación actual hacia cuestiones que se asoman a la situación del islam en el mundo contemporáneo y su relación con los valores de la libertad y la igualdad, y con la organización de la relación entre la religión y la política, la Ley, la ética, el conocimiento y la identidad, de forma que no ahogue a la sociedad y los individuos. Tenemos mucho trabajo por delante en este sentido, un trabajo que incluye la reestructuración del cuerpo del islam político en medio de las diversas luchas sociales y políticas, sabiendo que la cuestión religiosa excede las fronteras de cualquier país de manera individual para incluir a todo el espectro geo-cultural islámico.

En tercer lugar, tenemos la cuestión occidental. Los revolucionarios sirios llamaron al penúltimo viernes “EEUU, ¿tu rencor no está satisfecho ya con nuestra sangre?” Al margen del melodrama deprimente que contiene este nombre y de las leyendas políticas que se acercan a la conspiración contra uno mismo, este nombre refleja que la focalización de nuestro pensamiento en torno a EEUU y Occidente que tiene el mismo carácter provincial que la petición de una exclusión aérea y zonas aisladas a EEUU y a las mismas potencias europeas hace más de un año. Entonces, de forma muy realista, Occidente fue el primero al que muchos sirios pidieron ayuda para enfrentarse al ataque de su régimen y su sentimiento de desamparo. Esto incluso antes de pasar progresivamente a pedir la ayuda celestial.

Mientras no podemos reprochar a Occidente esta vez más que el hecho de no ayudarnos, y no que nos agreda o que ayude a nuestro enemigo, el lema del viernes antes mencionado ha sido producto de una herencia más cercana a la justificación de la postura del régimen y no de los revolucionarios contra él.
No hay duda de que el contexto realista, que es el contexto de un sentimiento de desamparo y de pérdida de la estabilidad ante la agresión criminal descontrolada, es lo que explica el cambio actual en las posturas. Pero la disposición a la volubilidad es antigua entre los árabes. Nosotros pasamos de ser buscar el apoyo de Occidente y su ayuda en nuestras causas a condenarlo y considerarlo enemigo. No solo porque Occidente era el más fuerte de quien podía esperarse la ayuda, sino que también pretendimos comprometerlo con sus supuestos valores en el ámbito de la libertad y los Derechos Humanos. Vemos que Occidente pocas veces es fiel a esos principios fuera de su territorio, pero es la parte política y cultural que posee los valores generales dominantes mundialmente, que es en la que se apoyan EEUU y las organizaciones internacionales, mientras que el resto de partes internacionales no tienen una política de dimensiones morales de ningún tipo.
La revolución siria es adecuada para mostrar esta contradicción o duplicidad en los parámetros en la mirada a Occidente, igual que lo es para mostrar las cuestiones política y religiosa.

La indomable situación de la revolución hoy está estrechamente ligada con estas tres cuestiones. Parece que el derrocamiento del régimen no llevará por un camino directo hacia una vida política más justa y libre. Incluso si no decimos nada de que la libertad en sí misma es mucho más difícil que la esclavitud, la unión entre la cuestión política y la religiosa abre la puerta a miedos adicionales en un país en el que parece que la autoridad absoluta es una religión para algunos, y que la religión absoluta es política para los otros, y que la autoridad como religión despoja a los sirios de sus supuestas libertades políticas, mientras es probable que la religión como política los despoje de sus libertades sociales sin garantizar de veras sus libertades políticas. Occidente, con el que oscilamos entre pedirle ayuda o reprenderle por su rencor que no se sacia con nuestra sangre, tal vez vea que la postura correcta es no implicarse en la lucha si ganan en ella los que piden su ayuda, por si se vuelven contra él con una mezcla de enemistad política y cultural. Será mejor para él que ambas partes sean derrotadas. Parece que el resultado efectivo de las políticas occidentales no está lejos de ese objetivo.

Esto no es para justificar las dudas internas y externas hacia la revolución siria u otras. Al margen de su ser, de la afirmación de la grandeza de la liberación y de su vitalidad social, la revolución ha iniciado unas dinámicas sociales, políticas e intelectuales no unilaterales y que son difíciles de gobernar para todos.

Y mientras ante la revolución siria aún se perfila el objetivo de liberarse del asesino delirante al que se enfrentan, no es descabellado decir que para liberarse de él deba liberar las dinámicas sociales, intelectuales y políticas contrarias, para que se dirijan más a la justicia, la moderación y la inclusión.

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