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domingo, 30 de diciembre de 2012

La difícil decisión: destruir Damasco o una breve permanencia de Asad

Texto original: Al-Hayat

Autor: Abd al-Wahab Badr Khan

Fecha: 27/12/2012





Los tres primeros meses del nuevo año serán decisivos: O se propone una solución internacional con la que se muestre de acuerdo la oposición y que sea consentida por el régimen, o Siria entrará en una espiral de varias guerras en el marco de una única guerra: entre el régimen y la oposición como ahora, entre las sectas y confesiones, entre las zonas que quieren determinar los rasgos de su futuro (kurdos, alauíes) y entre los países que se enfrentan por medio de los sirios… Todo ello en el contexto de una caída asegurada del régimen, unida a la desintegración del Estado, el desmembramiento del ejército y la destrucción del tejido social.

El informe de los investigadores de Naciones Unidas sobre el cada vez mayor talante sectario de la lucha puede sorprender a algunos o puede que se considere exagerado o ignorante de la realidad “no sectaria” del pueblo sirio, apoyándose en que el discurso de la oposición se ha mantenido limpio a pesar de la incitación de los vídeos filtrados por los shabbiha en los que había humillaciones a los símbolos religiosos mientras maltrataban a sus detenidos. Pero la “sectarización” era un instrumento del régimen ya tiempo atrás para afirmar su dominio y atraerse la fidelidad de sus fuerzas de color sectario, como quedó patente en los primeros días de la revolución, cuando comenzaron las ejecuciones sumarias de los militares que se negaban a disparar contra sus ciudadanos. Del mismo modo, la crisis se convirtió en una “lucha por la existencia” para los alauíes del régimen pues: o se el régimen se mantiene en su poder o destruyen el país. Por su parte, los otros (concretamente los suníes) se han encontrado en una situación de enfrentamiento que no esperaban que les pusiera rápidamente en la tesitura de elegir entre la muerte o la vida.

Lo cierto es que la revolución no comenzó por un impulso sectario sino que su mero estallido puso de manifestó la realidad y naturaleza del régimen y cómo no tiene interés en buscar soluciones nacionales, sino que eligió asesinar y no se preocupó por “liderar” las soluciones políticas cuando el exterior se lo sugirió antes que el interior, como tampoco vio en la pasividad de la sociedad internacional más que un permiso para seguir aterrorizando. Eso le ha permitido que la revolución se deslice hacia lo que él quería en un principio: del “pacifismo” puro y las aspiraciones de libertad y dignidad a la “militarización” forzada y las aspiraciones de recuperar Siria de su “ocupación interior” para llegar al cerco del enclave securitario donde se atrinchera el régimen en Damasco. Saddam Hussein anunció en su momento que la guerra de 2003 se detendría a las puertas de Bagdad y que la batalla de la capital la haría fracasar, para complementarla después una guerra de resistencia que echara a la ocupación estadounidense. Pero lo que sucedió tras la caída de Bagdad fue una guerra civil que llevó a Iraq a la situación actual. Naturalmente, hay una diferencia esencial y grande en el caso de Bashar al-Asad, que es la no presencia de fuerzas de ocupación extranjera y la realidad de que se enfrenta a su pueblo, pero juega la carta de la “batalla de Damasco” con la mentalidad de su homólogo iraquí y los miedos actuales giran en torno a las posibilidades de que Asad llegue a dar rienda suelta al escenario de la guerra civil sectaria.

Creen todos aquellos que conocen a Bashar y su régimen que el desplome de su hegemonía no cambiará nada de los fundamentos de su pensamiento; es decir, que luchará hasta el final, pero ¿qué final? La gran destrucción se convirtió en un “logro” para él cuando perdió la carta de la solución militar y fue imposible destruir al pueblo-enemigo. Ello ha quedado patente en Alepo y ahora se prepara para volver a demostrarlo en Damasco, con su insistencia en la violencia durante veintiún meses en los que la oposición se ha ido viendo gradualmente obligada a aceptar el reto y seguir su ejemplo, pues ha buscado la confrontación armada y la ha conseguido. Incluso, ha llegado al grado de bombardear desde el aire con barriles y bombas de racimo y de fósforo hasta llegar a los misiles Scud y ha mencionado de pasada las armas químicas. El exterior ha sido informado- según los nuevos datos- de que puede utilizar las armas químicas solo si la zona de la costa se ve amenazada, pues es a ella a la que se espera que se repliegue con quien luchó junto a él. De ello se extrae que “el repliegue” no tendrá lugar más que si pierde en Damasco o si se le ofrece una solución internacional conveniente para la “entidad alauí” en la costa. Puesto que en ambos casos no se quedará en la capital, está decidido a alcanzar el “logro” de su destrucción. Sus consideraciones se concentran en que, si se excede en la destrucción, acumulará justificaciones para romper con Siria, y ello es lo que ahora se ha convertido en su “causa”, incluso en la causa de sus dos últimos aliados: Irán y Hezbollah.
Mientras tanto, la capital sigue pidiendo “armas sofisticadas” y a pesar de las promesas no es seguro que obtengan pronto lo que necesitan para determinar el resultado de la lucha. Los países candidatos a proporcionar armas parten de que esa es la única opción que dará resultados. Los países que se espera que cubran esas armas- encabezados por EEUU- tienen miedo de la ferocidad del régimen y su alta de principios, pues la historia no ha registrado tal grado de destrucción sistemática en ningún país, ni siquiera a manos de invasores extranjeros. Les lleguen las armas o no, la oposición seguirá con su lucha sin dudar y sin temeridad también.

Las expectativas confirman que el coste de la “batalla de Damasco” será muy alto, pues el régimen hará todo para alargarla con el fin de comenzar a negociar y para no perderla con vistas a conservar lo que le queda de prestigio y obtener garantías para la secta de cara al futuro. Y aquí tenemos a Lajdar Brahimi viniendo a Damasco por tierra desde Líbano, en medio de las noticias que hablan de que lleva bajo el brazo una “solución” extraída de los Acuerdos de Ginebra en la que destacan dos ideas  que aparentan “equilibrio”, pero que en realidad son mutuamente excluyentes: 1. Traspaso de poder para comenzar con la etapa de transición; 2. Que Asad se quede después de traspasar sus poderes. Ello supone en la práctica  activar el “escenario de Faruq al-Sharaa” que era posible –a regañadientes- hace un año; es decir, antes de que se doblaran el número de víctimas de la revolución para acercarse actualmente a las 50.000, antes de que se doblaran el número de heridos, emigrados y desplazados y antes de que aumentaran las pérdidas de la destrucción de forma descontrolada. Si lo que se dice es cierto, con que a Asad se le diga que los estadounidenses y los rusos están de acuerdo en su permanencia “temporal” o “durante tres meses” después del traspaso de poder, o hasta “el final” de su presidencia a mediados de 2014 y la forma de decírselo como lo ha hecho Brahimi, dándole una receta envenenada para avivar los enfrentamientos y alargar la crisis, Asad sabe que todos sus planes estaban en lo correcto y que puede pasar a la segunda fase para empujar a EEUU y Rusia a descubrir lo que tienen guardado para la gran negociación a la que se dirige mientras negocia con el exterior y continúa con el asesinato y la destrucción en el interior.

En tal contexto, la oposición se encontrará bajo las presiones de los “amigos” y deberá adoptar una decisión difícil y ambigua: la gran destrucción o la solución política con una participación del régimen. No hay duda de que la mayoría de la oposición tiende a un total rechazo a semejante solución y también hay opositores que tienden a cualquier solución que pueda detener la violencia e impida al régimen destruir el “espíritu de Damasco” y su ciudad antigua, considerando que ello es “un precio mayor que el de la cabeza de Bashar”, pero pedirán un calendario corto para la transición y garantías relacionadas con: 1. La unidad territorial y poblacional de Siria; 2. La preservación del Estado y el ejército; 3. Traspaso de todos los poderes del presidente y su permanencia simbólica durante un tiempo muy breve; y 4. Simultaneidad del inicio del período de transición con la reestructuración activa de los servicios de seguridad. A cambio, en lo referente a Asad, una solución como esa no cambiaría el final al que se dirige. Jugará con los detalles y procrastinará al estilo de Ali Abdallah Saleh, especialmente en lo concerniente a la entrega “del arma de la élite”, mientras consigue garantías del repliegue de sus oficiales a la zona de la costa, donde es casi seguro que provocará otra batalla en colaboración con Irán y Hezbollah.

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