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sábado, 18 de febrero de 2012

Revolucionario sirio: una visión desde dentro

Texto original: Airis

Autor: Anónimo

Fecha: 10/02/2012


Siria es hoy lo que ocupa las mentes del mudo, todos hablan sobre ella. Los artículos y temas relacionados con ella se han multiplicado, pero pocos de esos artículos han arrojado algo de luz sobre nosotros, los revolucionarios.

Dudé mucho antes de escribir este mensaje, pero hoy se lo regalo a todos los que se preguntan sobre la identidad de aquellos, su realidad, cómo parecen las cosas desde su perspectiva, cómo piensan, cómo tratan su dolorosa realidad…
Os contaré mi historia y mi experiencia con la revolución que, para que lo sepáis, se parece a las historias de muchos jóvenes de mi país.

Hace aproximadamente un año, poco antes de que estallara la revolución era poco más que un estúpido adolescente, vacío, al que solo le importaba el corte de su pelo y su pantalón nuevo, que se paseaba por las calles de Damasco, que han ocupado personas que no son su gente, buscado una joven bella a la que atraer. No era nadie, insignificante hasta el límite de la insignificancia, despojado de toda identidad o adscripción.

Recuerdo que un día alguien me preguntó: “¿Quién eres? ¿Con quien te sientes identificado?” No supe qué contestar. No pude clasificarme como musulmán porque me daba vergüenza ser musulmán entonces. Tampoco me identifiqué como sirio, porque los sirios eran, en mi opinión, una panda de escoria atrasada entre los que yo no me encontraba.

Pasaron los días y yo seguía en la misma situación de siempre, hasta que una luz se encendió en mi vida y la cambió para siempre. Sí, es la revolución. La victoria del pueblo tunecino fue una verdadera sorpresa con la que nadie siquiera soñaba. Cuando la tormenta llegó a Egipto, estaba allí con sus hijos en corazón, alma y pensamiento. Me acostaba y me despertaba con las noticias sobre Egipto, rogando por su éxito y su protección.

Todos lo seguían con atención y cautela, todos dudaban, todos susurraban en voz baja. ¿Puede darse una revolución en Siria? Nadie se atrevía ni a pensar en ello, porque nuestras familias nos habían criado aprendiendo a matar toda idea que se nos pudiera ocurrir en contra del régimen. Entonces no me atrevía a decir ni el nombre de Bashar ante nadie. ¿Por qué?
Lo cierto es que no tengo respuesta para esa pregunta, no sé por qué no debía pronunciar su nombre ni el de ninguno de los grandes responsables. No sé por qué debía tenerle miedo a él y sus seguidores. No sé por qué se me prohibía simplemente decir la palabra “mujabarat”. No sé nada. Lo único que sé es que mencionar a los símbolos del régimen era un gran pecado y que quien lo cometía desaparecería de la faz de la Tierra. Podéis establecer una semejanza entre esto y “Voldemort” en la historia de Harry Potter, porque el régimen era el verdadero adorado en un país sin Dios. Lo digo con osadía, éramos animistas, adorábamos a un ídolo porque quien teme a Dios no teme a nadie más.

Las semillas de la revolución comenzaron a extenderse por la sociedad siria, aunque fuera con palabras en clave y cifradas, porque la gente estaba casi convencida de que la primavera árabe florecería en todos los países árabes excepto Siria. Pero el rayo y el milagro sucedieron, una manifestación en Al-Hariqa, cerca del zoco Al-Hamidiyyeh en Damasco. Esto sucedió al tiempo que pasaba lo de Daraa, que ya conocía todo el mundo y se convirtió en el tema de conversación de todos en Siria. Lo que más llamó mi atención en mitad de este revuelo era lo que gritaban las gargantas de los manifestantes en Al-Hariqa. El primer lema del que después se sacaron el resto de expresiones y que se convirtió en símbolo de la revolución siria: “Al pueblo sirio no se le humilla”

Sí, es el eslabón perdido, el objetivo deseado, es la dignidad. No hay dignidad más que en la prosternación ante Dios y sin ella, nos convertimos en esclavos del régimen sin dios. Nuestra revolución, antes de ser la “revolución de la libertad”, como se equivocan muchos, es la “revolución de la dignidad”. Cuántas veces han expresado los revolucionarios esas peticiones con sus conocidos lemas: “La muerte antes que la humillación”, “No nos arrodillaremos sino ante Dios”.

Es muy difícil que os cuente todo, porque once meses que han sacudido las montañas son difíciles de resumir a unas pocas líneas. Ese adolescente perdido ha cambiado para siempre, porque lo que he vivido ha dejado en mí una huella que los días no podrán borrar. Ver con tus propios ojos cómo a alguien le revienta el cerebro, ver a un niño con la pierna amputada, que cuatro tanques se paseen por la plaza que está debajo del edificio en que vives, que alguien te ponga como el blanco de sus disparos a una distancia de veinte metros y que te salves de milagro, que delante de ti golpeen a alguien hasta la muerte solo por gritar “Dios es grande”, que las balas vuelen por encima de tu cabeza y a tu lado solo porque llevas una cámara con la que documentas los crímenes del régimen, que te escondas durante las horas de la noche en un edificio abandonado para que los agentes de seguridad no te pillen, que te enfrentes con tus manos desnudas a los criminales que llevan armas para defender a algunas jóvenes, que vivas todo eso y más y que Dios te salve de ello son cosas que, inevitablemente, harán que cambies.

Todo lo que he contado ya lo sabéis, pero ¿cómo es la personalidad del revolucionario dentro? ¿Cómo ve las cosas? Comencemos por el principio:

Palestina lo es todo para nosotros. No puedo ver nuestra revolución más que como una extensión de la cuestión palestina. La veo tan parecida a la intifada, que se asemeja a ella más que al resto de revoluciones árabes. Y la verdadera victoria de la revolución no está en la caída del régimen, porque no habrá victoria hasta que nuestros ejércitos desmantelen los asentamientos sionistas. El revolucionario palestino siempre fue el único símbolo de la resistencia en mi opinión. Cuántas veces la historia de personas como Ghassan Kanafani[1] y otros dejaron una profunda impresión en mi persona, pero nunca imaginé que viviría una de esas historias. Siempre me fascinaron las imágenes de los palestinos  enfrentándose a las balas con pechos desnudos y manos cargadas de piedras. ¿Cómo pueden hacer eso? ¿No temen el sonido de las balas? ¿No temen a la muerte? ¿Cómo pueden salir a manifestarse sabiendo a ciencia cierta que tal vez no regresen? ¿No perseveraban los palestinos en levantar sus manos con su conocida consigna: “La victoria o el martirio”? Seguro que sienten algo muy especial cuando lo hacen. Muchas veces me ponía frente al espejo y hacía lo mismo, pero no sentía nada, ¿cuál era el secreto? Nadie podría creer, ni siquiera yo, que el niño mimado un día estaría en las misma situación desafiando a las balas del enemigo y lo raro es que no sintió ningún miedo. Ahora lo entiendo todo.

 "Te queremos, oh libertad y nada más"
(Las fotos con el presidente sirio suelen llevar
la expresión: "Te queremos")

Es la fuerza que Dios otorga a sus súbditos, la fuerza de la fe, es algo que no pertenece a este mundo, algo que sientes y que corre por tus venas, orgullo y desafío sin parangón. A pesar de tu debilidad aparente, te haces más fuerte. A pesar de su fuerza, tienen miedo de sus sombras.

Tal vez lo que voy a decir no guste a muchos, pero nuestra revolución es mucho más que una petición de reformas o incluso de derrocar al régimen, nuestra revolución es una lucha entre el islam y la herejía, es la lucha entre “Dios es grande” y “Bashar y nada más”[2]. Las mezquitas han sido bombardeadas, las copias del Corán han sido quemadas, los honores han sido mancillados, la sangre ha sido derramada a manos de criminales asesinos carentes de religión. Si el régimen rencoroso nos mata con un sectarismo exacerbado, nosotros no haremos eso jamás. Nuestra religión nos ordena enfrentarnos a quien se enfrenta a nosotros, no enfrentarnos a los hijos de su secta o su religión. Mis palabras no van en la línea de negar el papel de los no musulmanes en la revolución, ni de reducirlo, pues nuestra revolución es popular y nacional y no necesito buscar pruebas de ello porque todos sois testigos de la revolución y su ética.

Cuando era niño escuchaba las historias de las invasiones de los musulmanes y sus luchas, también oía hablar de un arma legendaria llamada “Dios es grande”, pero no lo comprendía bien. ¿Cómo puede una palabra hacer estremecerse al enemigo o atemorizarle? Podéis creerlo o no, pero el arma más potente que utilizan los revolucionarios es decir “Dios es grande”. Mirad lo que pasa hoy en Homs, que está siendo bombardeada, y escuchad como los alminares gritan que Dios es grande. Observad nuestras manifestaciones y escuchad lo primero que se dice. Lo que indica el inicio de una manifestación es “Dios es grande”. Cada vez que nos atacan el régimen y sus criminales, nos enfrentamos a ellos con dicha expresión. ¡Qué arma tan poderosa!

He visto con mis propios ojos a los shabbiha armados hasta arriba huir de nosotros, que estábamos desarmados, al oír “Dios es grande”. He escuchado historias de oficiales en el cuerpo de seguridad que han pedido a las personas que no lo repitan: “Decid lo que queráis, podéis maldecir al presidente e insultarlo como queráis, insultadnos, pero no digáis que Dios es grande”.  “Dios es grande” se ha convertido en el eje en torno al cual gira mi vida. Lo escribo en las fachadas según me muevo, lo grito en la azotea de mi casa, en las calles sin importarme nada, etc. Porque cuando crees que Dios es más grande que todo lo demás, no temes a nada ni nadie excepto a él y las balas no te darán miedo.

El manifestante sirio no es solo una persona que sale a gritar palabras o para bailar un poco y después volver a casa. La manifestación es una lucha verdadera y para participar en ella han de tenerse corazones de hierro. Al menos, hablo de las manifestaciones en la capital y sus alrededores. Imagínate caminando en una manifestación en el corazón de la fortaleza securitaria del régimen (Damasco) entre varias decenas de tus compatriotas para que os rodeen legiones que os superan con creces en número y que disparen contra vosotros, atacándoos con cuchillos y navajas, matando a quien caiga, hiriendo a quien sea y apresando a quien puedan. Y a pesar de ello, nada nos impide volver a salir a desafiar al régimen en el interior de su casa. Cuántas veces hemos salido cerca de la sede de la Dirección de Policía de la capital y cuántas veces hemos desafiado a la seguridad en el Midan, Kafarssousse, Rukn Eddin, Salihiyya, Al-Qadam, Berza y otros lugares que albergan las fortalezas securitarias del régimen.

Estos desafíos no se crean ni aparecen de forma espontánea, sino que van creciendo con los días, como crece la fe en el Altísimo. El manifestante sale sin hacer caso de la concentración de militares porque cree en que los designios de Dios no pueden contradecirse, convencido de que lo que le impulsa no es un error, porque lo que es un error nunca le impulsaría así. Cree en que su salida es una lucha en el camino de Dios y que su muerte es un martirio. 

Sí, he cambiado para siempre, ya no soy ese ser perdido. Mi objetivo es uno y solo uno hoy: la lucha hasta la victoria. Ya no soy ese cobarde porque hoy creo en el poder divino y camino rogando a Dios con total fidelidad que me otorgue el martirio. Ya no soy ese negligente porque hoy camino hacia la salvación de mis hermanos, aunque no los conozca. Ya no soy ese desplazado sin identidad, hoy sé quién soy: soy un creyente en Dios, soy un revolucionario sirio.

[1]Escritor y activista palestino que fue asesinado por el Mosad.
[2] Uno de los primeros gritos de los manifestantes fue “Dios, siria, libertad y nada más”. La respuesta de las manifestaciones pro-régimen y de los secuaces del mismo siempre ha sido: “Dios, Siria, Bashar y nada más”.

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