Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.

viernes, 8 de marzo de 2019

Cartas a Samira (13)


Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin Al Haj Saleh

Fecha: 08/03/2019


Sammur, en otras ocasiones te he escrito sobre cosas nada agradables, situaciones que no deberían haberse dado, y sobre un mundo que se ha vuelto peor durante los años de tu ausencia. Esta vez, voy a escribirte sobre la esperanza que se mantiene viva incluso en un mundo como este: la amistad y la gran cantidad de solidaridad y apoyo de muchas y muchos en prácticamente todo el mundo. Y puesto que no puedo mencionarlos a todos, pero sí es preciso nombrar algunos ejemplos, a través de ti quiero decir a todas las amigas y amigos en todos los lugares del mundo que no doy por sentados la generosidad y amor que ellas (la mayoría son mujeres) me profesan, que, si no les doy las gracias en cada ocasión, no se debe a que mucho de lo que han hecho es algo que merezco de forma natural por ser su amigo, ni por ser el marido de la ausente Samira. Sé que ellas nos dedican sus esfuerzos, tiempo y energía, y supongo que, a través de nuestra historia y la historia de Siria, conocen esa lucha extremadamente solitaria, radical y desesperante, pero que continúa a pesar de todo y, por ello, genera esperanza.

La verdad, Sammur, me resulta mucho más difícil escribir así que cuando lo hago con un espíritu crítico y analítico. He heredado una especial dificultad a la hora de expresar mis sentimientos cuya magnitud precisamente tú, entre toda la gente, no necesitas que te explique, y quizá por esa razón en concreto me hice escritor: para huir de lo que no sé cómo decir, y después para pedirlo, a pesar de todo, con rodeos. Sin embargo, intentaré decir algo sobre el amor a las mujeres y hombres que quieren a la ausente Samira y que apoyan a su compañero que sufre la pérdida. También pediré perdón por solo mencionar algunos nombres.

Naomí Ramírez, desde Madrid,  ha traducido y publicado cada carta que te he enviado, en ocasiones apenas unas pocas horas después de su publicación en árabe. Naomí fue también quien tradujo las palabras que escribiste durante el asedio en Diario del asedio a Duma 2013 [1]. “La causa de Samira se ha convertido en una causa personal”, dice Naomí, que añade que traduce las cartas porque “cuentan la historia y vida de una activista importante de la revolución”. También me contó que un hombre español que leyó tu libro en compañía de su hija Laura, dijo que si tuviera otra hija, la llamaría Samira. Naomí ha apoyado la causa siria desde el principio, traduciendo, escribiendo y comunicando, y hasta hoy sigue haciéndolo, no a pesar de los horrendos derroteros por los que discurre la situación, sino debido a ellos y para enfrentarse a ellos.

Igual que Naomí, Souad Labbize, la poeta franco-argelina, ha traducido las cartas al francés. Souad ha traducido las cartas porque eres muy “querida” para ella, y porque tu historia da una idea de la historia de Siria. Souad considera que somos una única familia a la que une la causa de la liberación y no la sangre o el credo. Es el parentesco de las revoluciones. Hoy en Argelia se están produciendo manifestaciones en contra de la “renovación del mandato” por quinta vez de Bouteflika, que apenas habla o se mantiene de pie (en Argelia lo llaman: “la quinta regencia”), y Soaud tiene el corazón allí puesto.

Sammur, no sabes nada de Souad o Naomí, y yo no las he conocido hasta después de tu desaparición. Aún más, a día de hoy, no he conocido en persona a Nurah El Assouad, la ítalo-siria que vive en Italia desde hace muchos años pero cuyo corazón ha permanecido ligado a Siria. Ha encontrado en las cartas tal sensación de unión que sus amigos la avisan en cuanto se publica una nueva carta, para que la traduzca. Antes de Nurah y junto a ella, tradujeron algunas de tus cartas Sami Haddad, Filomena Annunziata , Marianna Barberio, Giovanna De Luca y Roberta Pasini. A Sami lo conozco de los años de universidad, antes de la cárcel, pero llevamos 39 años sin vernos. Giovanna ha traducido tu libro al italiano y se publicará en breve gracias a la ayuda de Francesca Scalenci, que hace un par de meses escribió un bonito poema sobre ti y sobre Siria. Conocí hace poco a estas dos mujeres italianas, siendo tú nuestro punto de unión. Creo que nuestras amigas se identifican contigo y quieren “izar la bandera que cayó en el campo de batalla”, como dice Souad Labbize.

Al inglés las ha traducido Murhaf Fares, un joven sirio que realiza su tesis doctoral en Oslo. Murhaf quería que muchas más personas te conocieran a ti y nuestra “excepcional” historia que combina lo personal con mucho de lo general. Mediante la traducción de esta historia de “combinación inquebrantable, pero dura” Murhaf ha querido expresar su solidaridad con la ausente. Nuestra historia infunde esperanza a nuestros amigos que nos dan esperanza. 

Tus palabras en el Diaro del asedio a Duma 2013, que ya están disponibles en español gracias a Naomí, espero que puedan leerse pronto en inglés si algún editor se interesa por ellas. Sarah Hunaidi, una chica siria que vive y estudia en EEUU, ha sido la encargada de traducirlas. No nos conocemos en persona. Espero que podamos conocerla juntos.

En todas partes, en nuestra región y en el mundo, tenemos compañeros y compañeras que no dejan de apoyarte. Fue muy emotivo recibir hace unos días la carta de una amiga británica que me decía que había puesto una vela por ti y por mí en la catedral de Exeter, que había pedido que se rezara por nosotros, que en todo lugar que entra a rezar deja una petición similar y que en todas partes encenderá una luz por ti, Sammur.

Había apodado a esta mujer, que sé que es profundamente creyente, “la santa”, pero siempre se opone, diciendo que prefiere que la llame amiga. Se llama Sian, y quiere que nuestra historia se conozca para que nadie pueda decir que no sabía. Dice que quienes han conocido la historia en las zonas rurales, donde ella vive con su marido, experto en medioambiente y que estudia el comportamiento de los animales salvajes por la noche y el efecto que produce en su vida la iluminación eléctrica, la paran y le preguntan por nosotros o si hay noticias.

No me he referido más que a algunos de los que no conoces en persona y a quienes he conocido después de tu desaparición, pero hay muchas y muchos que conoces y no conoces, en Siria y fuera de ella, desde Líbano a Yemen, pasando por Egipto o Turquía, y realmente de todas partes. Y antes de todos ellos, están todos los sirios y sirias, pues a pesar de las heridas que empujan a todos a encerrarse en sí mismos, tras ocho años extremadamente duros, se ve en Siria una gran humanidad, valentía y dignidad. Desgraciadamente, esta imagen está incompleta, pero las sirias y los sirios, en el exilio y dentro del país, han demostrado que el éxito asadiano a la hora de crear a sirios que se matan entre sí continuamente ha sido limitado, y que hay una Siria diferente, libre, solidaria y generosa, viva en incontables sirias y sirios. Esos son la revolución siria. La mayoría de ellas y ellos pertenecen a la generación más joven.

Gracias a esas amigas y amigos, muchas y muchos han conocido a través de ti a Samira de Siria y a Siria. Aspiro a que todo ser humano en este universo sepa de ti. Sé que es complicado, pero con la participación de esas amigas y amigos, tu voz ha llegado lejos.

Somos un mundo completo, Sammur. No somos un barrio, un clan o una sociedad cerrada. Un mundo esperanzado que te quiere y echa de menos: el mundo de Samira. 

[1] Publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

viernes, 1 de marzo de 2019

Hijo de puta


Texto original: Al-Jumhuriya 

Autora: Muna Rafei

Fecha: 01/03/2019 




Ahí está el sonido de las golondrinas repicando en las ventanas anunciando que se acerca la primavera 

Suena el despertador. Son las siete de la mañana. Insomnio que se deriva del sueño del que me ha privado durante horas. Aparto la oscuridad de mis ojos y veo la luz. La aparto también de mis oídos, y escucho a la golondrina que me recuerda que, hace unos dos años, el régimen inició la etapa de “purificación” final de mi ciudad; que, desde que llegué aquí, después de vivir en un barrio “liberado”, todo es diferente; y que, hasta ahora, no he podido asumir del todo que en algún momento estuve en la ciudad denominada “cuna de la revolución”, para terminar siendo una mera testigo muda que lucha contra su muerte. 

Y mi día comenzó con el deprimente camino al trabajo 

Más o menos a las ocho de la mañana, o después, o quizá antes, pasa cada día el coche de la cárcel, que es más bien como un camión de color gris, escoltado por delante y por detrás por vehículos militares, y con un claxon horrible cuyo sonido seré incapaz de olvidar mientras viva. Al principio, no sabía que era el coche de la cárcel. La mujer que esperaba a mi lado al service  [1] se apresuró y dijo que era el coche de la cárcel. El hombre que también estaba esperando suspiró y dijo que era el coche de la cárcel, y dijo que quizá iban de camino a Damasco para ser juzgados. El conductor del service nos dijo con amargura: “¿Habéis visto sus manos?” Elevó la voz buscando nuestra complicidad, y volvió a repetir, una vez nos hubimos apretujado dentro del service: “¿Habéis visto cómo agitaban sus manos hacia nosotros?” Todos nos quedamos callados y solo yo respondí que no los había visto: “Ojalá los hubiera visto”. El conductor del service nos explicó con amargura contenida que el coche de la cárcel era muy grande y se dividía en dos mitades ‒una para hombres y otra para mujeres‒ y que algunas manos solían hacer aspavientos desde la parte de arriba. Intenté seguir conversando con él, pero los ojos escrutadores, los oídos bien grandes y las narices apretujadas en el service nos obligaron a mantener silencio. El conductor siguió murmurando y subió el volumen de la radio, por lo que ya no pudimos seguir escuchando lo que decía. 

Y los ojos vigilantes nos acompañan al trabajo 

Un hombre moreno, esbelto, con un hoyuelo en el mentón, ayudaba a algunos funcionarios a llevar pesados bultos al interior, mientras sonreía a todos con un afecto que los demás le devolvían con profusión. Pensé si sería un nuevo trabajador, o amigo de alguno de ellos.

Al final del turno, encontré una hoja sobre mi mesa:

-Rellena todos los datos.

-Son muchos detalles.

-Rellena todos los datos.

Por ejemplo: ¡¿¿hay alguien en tu familia condenado??! ¿A qué colegio fuiste en primaria? ¿Y secundaria? ¿Has participado en algún pacto [2] antes?

-Rellena todos los datos.

¿Has viajado fuera del país?

-Rellena todos los datos.

¿Ha huido alguno de tus familiares del ejército? ¿Alguien de tu familia ha participado en este tipo de pactos?

-Todos los datos.

El hombre moreno y esbelto espera mientras nos recogen las hojas a los funcionarios, que debemos rellenar todos los datos. 

Y los niños crecen muy rápido 

Una mujer viuda, muy orgullosa de su hija de trece años, me contó que su hija tenía un don para dibujar y que se pasaba largas horas diseñando decoración. Le dije: “Inscríbela en Diseño Interior cuando crezca”. Sin embargo, tras retirarse una parte del velo negro que le cubría la cara, y dándome golpecitos con la mano, respondió: “Shh… La niña me ha dicho que no quiere estudiar, sino que quiere ir a la escuela militar y ser oficial como su tío”.

Después, llegó un silencio que se prolongó un año, hasta que le dije, sintiendo que los dientes se me rompían en la boca: “Que Dios la proteja”. “Que así sea, si Dios quiere”. 

Y la lluvia caía a mares, como si el cielo estuviera culpando a alguien que ni se inmutaba 

El service se retrasó a la vuelta y la lluvia no cesaba. Me detuve en el bordillo roto de la acera a esperar, y la lluvia seguía cayendo a mares. Las hojas que llevaba en la mano se empaparon, y la lluvia seguía cayendo.

Cogí un taxi.

A los pocos metros, nos paró un agente de tráfico, que reprendió al conductor por haberse parado en una zona prohibida; sin embargo, este sonrió con confianza, lo saludó y le entregó unos papeles. El agente los recogió y se los devolvió. Seguimos el camino. El conductor, que claramente no era taxista, me dijo que había trabajado en la inteligencia política, pero que se había pasado a labores administrativas en el ejército y que, por tanto, nadie podía, por imperativo legal, oponerse a él o ponerle una multa. También comentó que su tío paterno era subdirector de una de las sedes de seguridad e inteligencia, y su cuñado, oficial de la Guardia Republicana, así que conducía por diversión. Entonces me preguntó dónde trabajaba. Le contesté servicial: “En una organización local que se llama X”. “Perros, cab…nes: todos los que trabajan en ella son unos diablos islamizados. Merecen ser pisoteados y machacados. Son todos unos traidores. Si yo te contara.

No quise que me contara. Me mantuve callada.

-¿Dónde vives? ¿Cuántos hermanos tienes? ¿Dónde están? ¿Fuera? Pero, ¿de forma legal o…? ¿En qué trabaja tu padre? ¿Y tu madre? ¿La casa es alquilada o en propiedad? ¿Estás casada o soltera? Dame tu número.

Me negué, pero insistió. Me dijo: “Simplemente dame un toque”. Le dije que no tenía saldo, pero que me diera su número, que yo le llamaría. Accedió a regañadientes. Guardé su número con el nombre de “Hijo de puta”.

-Esta tarde me llamas, ¿me lo prometes?

-Te lo prometo.

-Los libres siempre cumplen su promesa. Espero tu llamada.

-…

Y, en efecto, alguien “libre” siempre cumple sus promesas. 

Y la noche del largo invierno no termina 

A veces pienso que, si la llama de la vela pudiera hablar, nos culparía por haberla abandonado y sustituido por luces de led, que funcionan con electricidad.

Mi hermana me ha dicho que cortaron la luz a las cuatro. Son las siete, las ocho, ya las nueve y nos acercamos a las diez. Los led están tan apagados que apenas iluminan. La oscuridad nos come las cabezas enterradas en los teléfonos móviles. Una amiga me escribe que en su edificio se sienten movimientos extraños, que “ellos” han irrumpido en la casa de sus vecinos por la fuerza, rompiendo la puerta, que hay toda una patrulla repartida por la parte de abajo y que ha visto a través de la mirilla (¿mirilla?) a un joven con los ojos tapados bajar acompañado con los efectivos, algunos vestidos de militares y otros, de civiles.

Dice que su familia está temblando. Miro a la mía, que también tiembla, pero de frío. Yo también, pero no solo de frío, sino también de miedo. 

Y me digo que el ayer se fue, y que hoy es un nuevo día en el que el sol luce de forma poco habitual 

Alguien me dijo que quería abrir un nuevo negocio y me ofreció trabajar con él. Dado que mi trabajo era temporal y se me acababa pronto, me pareció una idea perfecta, pero después de seducirme con castillos de naipes, me dijo que tenía que hacer una pequeña entrevista con un agente de la seguridad, que vendría a hablar con los interesados en el proyecto, para realizar los trámites para la autorización que debía emitirse en Damasco.

Me dijo que era algo rutinario para todo el que quiere empezar un nuevo trabajo y me informó de lo que debía y no debía decir, insistiendo en que Abu Majd, el hombre de la seguridad, me llamaría porque le había dado todos mis datos. Me aseguró que era muy “humano y adorable” y que era un trámite sencillo del que nada había que temer.

Se me quitaron todas las ganas de conseguir el trabajo y me arrepentí de haberlo aceptado.

Y apareció Abu Majd.

Abrió su gran cuaderno y empezó a escribir:

-¿Tu nombre?

-Muna.

-¿Miembro activo o simpatizante del partido? (Había olvidado el significado de ambas palabras [3]).

-Responde: ¿miembro activo o simpatizante?

-Miembro activo.

-Muy bien. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a una reunión del partido? ¿Pagas cuotas?

-… No… No recuerdo… En el instituto… No sé.

-Por Dios, entonces eres simpatizante.

-Como usted diga.

-¿Ha estado tu padre alguna vez en la cárcel? ¿Tu hermano? ¿Tus tíos? ¿Y sus hijos? Bueno, ¿y el resto de la familia? ¿En qué trabajan tus hermanos y tíos que viven en el extranjero? ¿Desde cuándo? ¿Y cómo… por qué… dónde…?

El empresario me llamó de pronto, interrumpiendo el “interrogatorio”, para recordarme que le diera a Abu Majd “un detallito”. ¡En la vida se me habría ocurrido!

-Tome.

-No, no, por Dios.

-No es mucho: usted merece más.

-Por favor.

-Por la molestia.

-No puedo aceptarlo.

-Usted lo merece: no hay más que hablar.

-Bueno, vale.

Palpa el dinero y, antes de salir, se acerca un poco y me susurra: “Cualquier cosa que necesites en relación al trabajo, me llamas. Si no te dan la autorización, yo mismo hablaré con otros empresarios aquí, que son todos amigos míos. Puedo ayudarte para que te den trabajo”. 

Salgo para respirar y el camino se alarga 

Me subo al service y opto por el camino más largo. Los conductores ya me conocen. Al pasar por una rotonda recién renovada, vi a un hombre tirado en el suelo en la otra parte de la calzada, que parecía víctima de un accidente y estaba medio muerto. Los coches que venían en la dirección contraria pasaban sin inmutarse. El service se detuvo junto a él un instante y una mujer asustada dijo: “Salvadlo, está sufriendo”. Un hombre dijo con tono dubitativo que no nos incumbía, otra mujer comentó que llegaba tarde a su cita y el conductor del service dijo que ojalá lo pudiera salvar, pero que, si lo hiciera, el asunto lo salpicaría y la policía lo interrogaría, y que él no quería problemas. La mujer asustada gritó de nuevo: “¿Cómo vais a dejarlo ahí? ¡Salvadlo!” Nadie contestó y el conductor prosiguió su camino en la misma dirección, aunque a mí me pareció que íbamos “para atrás”, puesto que los ojos, las narices y las orejas aplastadas se giraban para ver el cadáver del hombre medio muerto tirado en la esquina de la calle.

Sentimos por un instante que era el cadáver de todos nosotros y que lo habíamos dejado tirado en el suelo agonizando.

[1] Medio de transporte colectivo urbano e interurbano que consiste en una pequeña furgoneta con sitio para unas 15 personas.

[2] Pactos entre la oposición y el ejército mediante los cuales algunas personas pueden retornar a zonas bajo control del régimen, con garantías teóricas de no sufrir represalias.

[3] En la etapa escolar, prácticamente se obliga a los alumnos a ser simpatizantes. Para ser miembro activo, ha de asistirse a reuniones semanales y pagar cuotas y es requisito para ser funcionario.

sábado, 2 de febrero de 2019

Cartas a Samira (12)


Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin Al-Haj Saleh
Fecha: 02/02/2019

El único día que celebro desde tu desaparición es el día de tu cumpleaños. Lo paso solo, contigo.
Llevo pensando desde unas semanas antes de tu cumpleaños, Sammur, que siempre nos ha unido el amor por la experiencia, la voluntad de caer en la experiencia, arriesgarnos y vivir nuevos comienzos. Los principios siempre son difíciles, y las experiencias pueden ser catastróficas. Tú y yo lo sabemos.
En los ochenta del siglo pasado, te hiciste comunista y te uniste a una organización opositora, a sabiendas de que podían detenerte y torturarte, y cuando eso sucedió, gritaste en la calle para que la gente se percatara de lo que estaba sucediendo a su alrededor y de lo que les podía suceder a ellos. Te hicieron callar y mandaron dentro a los curiosos que habían salido a mirar lo que sucedía desde sus balcones. La organización secreta especial con monopolio sobre las armas llamada “Estado” quería que todo les fuera visible, que los gobernados fueran libros abiertos, en los que no hubiera secretos ni privacidad. El espionaje y la tortura eran sus métodos para lograrlo.
Al igual que tú, quizá unos pocos años antes, me hice comunista, y me uní a otra organización opositora. También me detuvo la organización secreta, que se afanó en hacer de mí un libro abierto, mientras que ella permanecía bien sellada, sin revelarnos su contenido. ¿Recuerdas lo que dijo Rifaat al-Asad [1] sobre la necesidad del “mantener en secreto la razón securitaria” en la conferencia del partido Baaz de 1979 y la propuesta que hizo de que sus agentes vivieran en zonas privadas para que la gente común no supiera cómo pensaban? Unos años después, Rifaat perdió la batalla por el poder contra su hermano, pero el tratamiento que se le dio a dicho conflicto fue “familiar y local”: ni detenciones, ni torturas, ni asesinatos, y el perdedor disfruta del dinero robado a los sirios hoy en la democrática… Europa. Ahora bien, el “carácter secreto de la razón securitaria” y la vida de los altos cargos del aparato de seguridad del régimen en mundos a los que no se envía al común de los sirios ni donde se les pide rendir cuenta alguna se han mantenido como una norma intacta hasta hoy día.
Nos hicimos comunistas en un momento en que el comunismo significaba cambiar la realidad, cambiar el mundo y, junto a ello y ante todo, cambiar uno mismo. No pudimos cambiar la realidad de nuestro país, pero nosotros sí cambiamos y deseamos cambiar, como si quisiéramos ver ese cambio en el mundo, según la máxima de Ghandi. Al salir de la cárcel ya no éramos las mismas personas. Aceptamos que la cárcel era una parte integral de nuestra vida, como queríamos que lo fuera la libertad.
Unos años después de la cárcel, comenzaste una nueva experiencia. Te trasladaste a Damasco y viviste de forma independiente. Yo también hice lo propio unos años después de salir de la cárcel. Habías decidido trasladarte a otra ciudad y dar origen a un nuevo comienzo, algo que seguía siendo mucho más difícil en nuestro país para una mujer que para un hombre. Sin embargo, tomaste tu decisión y la llevaste a cabo, una acción muy valiente. La ex presa política quería ser libre en el ámbito personal, si la liberación general no se podía lograr. El ex preso político no necesitaba una valentía especial para hacer exactamente lo mismo en nuestro país.
En el año 2000, nuestros caminos se cruzaron en Damasco: dos ex presos, independientes, residentes en la capital que apenas habían conocido antes de la cárcel, y que vivían de su trabajo, tú de mecanografiar textos en el ordenador, que empezaba a llegar en aquel entonces, y yo de la escritura y la traducción.
Nuestro matrimonio, con nuestros diferentes orígenes y tempranos inicios, fue también un acto de libertad, y de valentía, más por tu parte que por la mía. Este nuevo inicio fue la continuación de lo anterior, de la lucha, la cárcel y la vida independiente. Teníamos dos historias que, en septiembre de 2002, se transformaron en una.
El cuarto inicio y la cuarta experiencia llegaron con la revolución. Me escondí para decir y escribir lo que consideraba correcto, y tú quisiste que nuestra casa se mantuviera abierta en la medida de lo posible. Tú hiciste de una casa alquilada un hogar, y para ti, salir de ahí era equivalente a salir del país. Lo dijiste en tu libro Diario del asedio a Duma 2013 [2]. Entonces no era consciente de ello, Sammur. Solo hoy comprendo que preservar la casa era tu forma de aferrarte a nuestro espacio común, nuestro puerto seguro al que volver tras una larga ausencia, pero siempre temporal. Tu forma de expresarlo en el libro recuerda a las grandes experiencias de desarraigo y éxodo forzado, Sammur, pero esas experiencias se ríen de la amargura de tu expresión: nos esperaba algo más duro y amargo.
Cuando salí de Damasco hacia Al-Ghuta oriental y fueron pasando los días, quisiste vivir la experiencia y unirte a ella. Lo deseabas tanto que en tu libro me “agradecías” por “haberte traído a ese lugar”, y ello después de que yo me hubiera marchado a otro lugar. Ojalá, Sammur, por una sola vez, no hubieras venido y no me lo hubieras agradecido. Ojalá, por una vez, yo hubiera insistido en que no vinieras, aunque hubiera tenido que cargar con tu enfado durante un tiempo.
En nuestras experiencias de vida, de más de medio siglo antes de tu desaparición, se habían mezclado el peligro y el cambio, el enfrentarse al miedo sin la seguridad de que nos salvaríamos, y la salida del enfrentamiento totalmente cambiados. Tú y yo somos hijos de las experiencias que nos han creado y formado, y yo no podía decidir por ti en ese momento crucial, ni escoger para ti unas experiencias más seguras. Ojalá lo hubiera hecho.
Tu capacidad de aceptar las experiencias que venían siempre hizo más fácil vivir con las dificultades. A pesar de la dureza de las descripciones de tu libro, la aceptación supera al dolor, el dolor de lo que veías a tu alrededor y que tú misma padecías. No negabas el sufrimiento, pero tus palabras se centraban más en la observación.
Te esforzaste en transformar las experiencias en palabras, y las convertiste en sentimientos y vida. Las representaste en tu forma de ser, y yo las representé en mis acciones. Te curtiste en distinguir entre personas, Sammur, y tu juicio en ese sentido era mucho más certero que el de tu marido, poco precavido. Ambos tenemos en mente más de un ejemplo. Por mi parte, me dediqué a saber cómo distinguir entre ideas, entre lo real y lo falso, entre lo que abre puertas a otras  realidades y lo que simplemente da vueltas alrededor de sí mismo. Lo que nos acercaba en este sentido es que queríamos distinguir y decantarnos por algo: diferenciar entre lo que vive y lo que muere, y ponernos de parte de la vida.
Tu política era la empatía, la implicación y la expresión del dolor de quienes lo padecían. Tus palabras en el Diario están impregnadas de esa política de implicación. No pusiste tu propio dolor por encima del de otros, y llegaste a la conclusión, clara y simple, de que el asedio que compartías con la gente de Duma era mucho más duro que la cárcel que ya habías experimentado como presa, y en la propia Duma. Mi política era la de decir la verdad sobre las autoridades a la gente. Alteraba a propósito alguna expresión recurrente en inglés sobre la necesidad de decir la verdad al poder o frente a él, y la encontrabas prácticamente igual en los libros de muchos otros. Nadie se dirigía al poder en ningún caso, aunque el discurso fuera desafiante, ni aunque se entendiera el poder en un sentido amplio que englobara a los poderosos, dueños de la influencia económica, social y religiosa, pero también la simbólica, como es el caso de artistas, pensadores y literatos. El poder era tal vez el objeto del discurso, pero este se dirigía a la gente en su diversidad, aquellos afectados por las acciones de quienes detentan la autoridad, y quienes pueden ser partícipes en acciones o palabras que lo cambien.
Tras tu desaparición a manos de una autoridad religiosa que roba mucho, mata mucho y miente mucho, como su homóloga asadiana, he adoptado una nueva política que lleva tu nombre y de la que eres el símbolo. En este sentido, tengo un recuerdo poco feliz, Sammur. En abril de 2016, solo unos días antes de nuestra supuesta cita, me llegó una invitación de un miembro de la Coalición Nacional a un “taller de evaluación de la trayectoria de la revolución a lo largo de sus cinco años” en Estambul. En ese momento, me encontraba en esa ciudad, pero era otra Estambul. Respondí a la invitación diciendo que no me interesaban ni la Coalición ni su gente, y que “mi política se llama Samira Khalil”. No me contestó, ni tampoco expresó solidaridad alguna, como no se le ocurrió decir, por ejemplo, que podría asistir al taller de evaluación para hablar de “mi política”.
Evito constantemente contarte cosas de esta experiencia vital incompleta, pero cuánto deseo que llegue el día en que estés a mi lado, para hablar de muchas “experiencias vitales”, como solíamos hacer, aunque fuera solo durante unos minutos, cuando alguno de los dos llegaba de algún recado o de un viaje.
Hoy tienes una historia terrible de una experiencia terrible y larga, cuya carga no consiguen aliviar nuestras experiencias pasadas. Lo que estás viviendo tú, lo cuentas tú y lo contamos juntos.
Todas nuestras experiencias ─la lucha, la cárcel, la independencia y el amor, y después esta larga ausencia muda─ son dimensiones de las dolorosas experiencias del país cuyo trágico origen no fuimos capaces de ver en su formación, historia, ambiente y mundo, o bien lo vimos y no lo creímos. Tu ausencia está unida al coma del país y a las catástrofes que han afectado a innumerables personas.
Hoy, lejos de mí, no puedo cuidarte; y yo, lejos del país en llamas, que nos han dejado claro que se está quemando para que el pirómano perdure, intento ser quien cuente la historia interminable de Samira/Siria.
Esa es mi política.
Esa es mi lucha.
A pesar de la fragilidad de los instrumentos, el antiguo luchador sigue luchando, buscando nuevas formas de mantenerse en la batalla, en muchas batallas.
Hemos vivido una vida de lucha, Sammur, y nos marcharemos de ella combatiendo.
En el día de tu cumpleaños, ¡estate bien!
[1] Hermano de Hafez al-Asad y tío de Bashar al-Asad.
[2] Disponible en castellano gracias a Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Para más información, puede consultarse esta página.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Cartas a Samira (11)


Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin al-Haj Saleh
Fecha: 09/12/2018
¡Cinco años! ¡Sesenta meses! ¡260 semanas! ¡1.826 días!
Diría que me ha pasado por la cabeza mil veces lo que haría si me encontrara de frente con los cuervos del mal que te secuestraron e hicieron desaparecer, Sammur. Les secuestraría el alma: esa es la respuesta más directa. Las suyas son almas muertas que viven de destrozar la vida y que no descansan hasta que han esparcido la muerte a su alrededor. ¿Sabes lo que dice Al-Mutanabbi [1] de almas como las de ellos?

“La muerte no se lleva un alma nauseabunda de las suyas
si no puede cogerla con un palo”

Hace falta un palo muy largo para alejar esas almas fétidas que provocan náuseas a la propia muerte.


Pero, incluso si me los encontrara de frente y tuviera ese largo palo, ¿sería el secuestro de las almas de semejantes seres el castigo justo por un crimen de secuestro, desaparición forzosa y negación durante años? Quien sufre por amor suele inclinarse a veces por algo más sencillo, menos violento y quizá con un impacto más duradero: que permanezcan, desposeídos de toda fuerza, seguidores y dinero, bajo su atenta mirada. Los quiero expuestos, al alcance de nuestras miradas, la mía y la de los familiares de los desaparecidos. Pienso en que no se les haga daño, que se les dé de comer y de beber y que se les vista, que los preserven como reliquias vivas del crimen.

Sin embargo, ¿puede haber un castigo justo? ¿Es justo que nos preocupemos de tal manera por mantener con vida a esos insignificantes criminales y mostrárselos a los espectadores, en vez de ejecutarlos o encarcelados, como otros criminales de su misma calaña, asesinos o violadores? ¿O quizá deberían ser secuestrados y hechos desaparecer? Para mí, esta última opción debe descartarse porque hace sufrir a sus familias (esos rabiosos también tienen familia, ¡e hijos!), y porque eso supone producir nuevos secuestradores, algo que no debe suceder, ni experimentarse, ni existir.

Mi imaginación en ese sentido, Sammur, es modesta, y no sé si eso es bueno. Durante los primeros meses en que estuvimos presos, pensábamos qué haríamos con Hafez al-Asad si lo tuviéramos delante, y sin embargo, apenas recuerdo la propuesta que más gracia me hizo, y que fue idea de uno de mis compañeros: meterlo de pie en un hoyo de su estatura, enterrado hasta el cuello con excrementos humanos, y que un hombre portando una espada saltara sobre él continuamente gritando “¡La cabeza, la cabeza, la cabeza!” Eso le obligaría a meter su cabeza una y otra vez en los excrementos para protegerla. Con ello, los detenidos desarmados se vengaban imaginariamente de su verdugo rencoroso, de quien pensaban que todavía no había cometido el peor de sus crímenes: la matanza de Hama.

¿Cuál podría, entonces, ser el castigo más justo para Bashar y los fabricantes y administradores de muerte en su régimen? Tal vez ninguno, tal vez no haya un castigo justo para sus semejantes, como no lo hay para Ka’ka, Dirani, Shadhili y Buaydani ─algunos de los que os secuestraron a ti, a Razan, a Wael y a Nazem.


Izzat Abu Rab'iya



Poner a Bashar al-Asad frente a los innumerables sirios a los que ha asesinado, condenado al exilio y torturado, ante todos aquellos cuyas vidas ha destrozado y cuyos corazones ha roto, mostrarlo ante ellos, para que las víctimas le hagan escuchar los crímenes que ha cometido contra ellos, y condenarlo a permanecer ante sus miradas… Quizá eso sea lo más cercano a la justicia.
La pregunta que quizá cabe hacerse es: ¿Durante cuánto tiempo han de mantenerse expuestos los criminales? ¿Deben ser castigados con el escrutinio de las miradas de sus víctimas durante el resto de su vida? La verdad es que, aunque ellos lo merezcan, nosotros no. Nuestros ojos merecen algo mejor, y también nuestras almas.
Queremos que los criminales reciban su castigo, y que desaparezcan de nuestras miradas, para que en sus conciencias quede el recuerdo de las heridas que no queremos que se repitan.
Pero, ¿por qué no recurrimos al Talión? Que prueben exactamente lo mismo que han dado a probar a otros. Habría que poner a Bashar, Maher [2], Jamil Hassan [3], Ali Mamlouk [4] y sus cómplices en la matanza en celdas estrechas, escasamente ventiladas en las que sintieran que se asfixian. Habría que tenerlos semanas y meses sin ducharse, asustarlos y golpearlos de vez en cuando, aplicarles electricidad en sus partes, sodomizarlos con una vara o botellas de cristal, y obligarlos a violarse unos a otros, como ellos hicieron con sus víctimas en la cárcel de Seidnaya, privándolos de la muerte durante un poco más de tiempo. Ka’ka, Dirani, Shadhili, Buaydani y Younes al-Nisrin deberían ser encerrados en jaulas de hierro, para luego pasearlos ante la gente por el barrio industrial de Adra [5] ¿Por qué no imponerles la lectura de los discursos de Bashar al-Asad y su padre, y hacerles exámenes sobre ellos, como solían hacer ellos con sus presos a los que obligaban a memorizar el Corán? Quizá podrían enseñar ellos mismos a Bashar al-Asad y sus socios a rezar, examinarlos de los diez pecados del islam, o del cuaderno del rabioso siervo del poder, Samir al-Ka’ka, sobre la lealtad y la absolución [6], y golpearlos con el látigo si no se lo saben.
¿Hay alguna forma de lograr la justicia, Sammur, sin castigar a esos asesinos? Creo que no. Castigarlos con una mirada escrutadora no es suficiente: tiene que haber una forma material o corporal de castigo justo, sin que se convierta en una copia del crimen cometido por el criminal al que se está castigando, y sin suponer una aplicación literal de la ley de Talión. La justicia del ojo por ojo deja a todos ciegos, como decía Ghandi. Sin embargo, la esencia del ojo por ojo contra el ente criminal sigue siendo la base para un castigo justo. No se trata de secuestrar a quien secuestra, ni de matar a quien mata, ni de cortar la mano de quien la corta, sino de imitar la acción inicial despojando a los criminales de toda posibilidad de torturar, proteger a la sociedad frente a ellos y convencerla de que se ha hecho justicia.
En cualquier caso, si la justicia tiene futuro en nuestra patria, o nuestra patria tiene futuro, ello no va a depender de que los que han cometido delitos se libren del castigo, sino que va más allá: el castigo ha de ser un acontecimiento nacional, público, grande, fundacional y político. Me refiero a que los sirios han de saber lo que está pasando, poder seguirlo, y conocer su justificación, los detalles de los crímenes y los mecanismos utilizados para hacer justicia, y que se produzca de tal forma que suponga una ruptura en la historia de nuestro país, que cierre por fin el capítulo anterior.
¿Cabe la esperanza, Sammur? Quizá eso nunca suceda, quizá no lo veamos, pero tal vez el hecho de imaginarlo, pensar en ello y trabajar en ello ayude a que mentes y corazones encuentren una forma justa de castigo que quizá sea más fácil de hacer realidad.
Ahora bien, ¿no es más importante el perdón que una justicia imposible, cuyo continuo retraso avisa de su imposibilidad con el paso de los días, los meses y los años durante los cuales vemos todo tipo de injusticias flagrantes con las que llevamos conviviendo décadas? No lo creo. No porque no nos contentemos con un cuarto de la justicia no vamos a conseguir nada. El problema es que ya nos hemos contentado con ese cuarto, pero a dicho cuarto no le hemos bastado. ¿Recuerdas la iniciativa que firmaron los ex presos, en 2003 o 2004, para derogar la privación de derechos civiles y la compensación por los años de cárcel? Dicha iniciativa no suponía ni el 10% de la justicia que merecíamos, y se hizo con conocimiento y coordinación del aparato de seguridad e inteligencia: no dio ningún resultado.
Antes de aquello, estoy seguro de que recuerdas que algunos de los nuestros hablaron de una reconciliación nacional y a la compensación de los agravios para cortar el camino a los actos de venganza y las explosiones irracionales. También hubo algunos ex prisioneros políticos que adoptaron el lema de Mandela: “Perdonamos para no olvidar”. Yo mismo fui uno de ellos, pero en el lema estaba implícito lo que se había logrado en el caso de Mandela: el cierre del capítulo de la discriminación y el inicio de una nueva era. Teníamos la esperanza de que el capítulo se cerrara y la reconciliación tuviera lugar, para entrar de veras en el tiempo del perdón. No solo no sucedió nada de eso, ¡sino que se nos calificó de rencorosos!
La justicia no puede convalidarse con el perdón o las conciliaciones. Ese tipo de pactos son traicioneros: Líbano se está pudriendo hoy por culpa de un pacto así. Queremos justicia para poder perdonar.
Cuando vuelvas, sana y salva, cuando los criminales sean puestos a disposición de un tribunal justo, cuando reciban el castigo merecido, entonces, podremos pensar juntos en el perdón y la conciliación.
Pido menos de lo que pedía Heinrich Heine, el poeta alemán de siglo XIX, que decía de sí mismo, con ironía, que era “de carácter muy pacífico” y que sus deseos apenas eran “una cabaña modesta con el techo de paja, pero con una buena cama y buena comida, leche y mantequilla frescas, flores en la ventana y bellos árboles frente a la puerta”. Y por último añadía esta modesta petición: “Y, si Dios quiere, completar mi felicidad viendo a seis o siete de mis enemigos colgando ahorcados de dichos árboles. Antes de su muerte, con el corazón acongojado, les perdonaré por todo lo que me hicieron en vida, pues lo cierto es que uno debe perdonar a sus enemigos, pero no antes de ser ahorcados”.
Yo quiero ver a mis enemigos privados de poder y dinero, sus dioses a los que adoran. No quiero que pasen hambre, pero que se alimenten del racionado, como hacían ellos con sus presos. No tengo esa gracia para el odio que tenía Heine y no quiero que mis enemigos sean colgados antes de que les muestre mi misericordia y los perdone, sino que quiero que vivan como pollos sin alas, que es como en realidad se encuentran cuando carecen de poder asesino y dinero robado.
Sammur, ni en nuestro idioma, ni probablemente en ningún otro, existe una palabra para llamar a quien sufre la desaparición de un ser amado, del que no sabe nada durante años. Por mi experiencia, creo que quienes están pasando por algo similar no tienen una opinión clara sobre cuál es el castigo justo para los que os han hecho desaparecer. Por mi parte, no puedo negar la relevancia de pedir la ejecución de quienes han prometido a sus víctimas en los sótanos asadianos de la muerte (o sus homólogos, los señores islamistas de la tortura y la muerte) que desearan la muerte, pero que no la obtendrán. Pero ello, la ejecución no ha de tener lugar hasta que los asesinos no sean privados del poder y la influencia que poseen, no sin que hayan sido acusados y culpados, y no sin que la justicia se configure como acontecimiento social público que nos sirva de base para el futuro.
Creo que el crimen cometido por los torturadores y los secuestradores no es como el que cometen otros, por lo que su castigo no ha de ser el mismo tampoco. Debe suponer el fin de las desapariciones forzosas y las torturas y no el fin de los secuestradores y torturadores como tal. Después, deberá renovarse el pacto y celebrarse cada año, para que no se olvide. Ha de ser una fiesta contra el mal, que recordemos cada año para no repetirlo.
[1] Famoso poeta árabe del siglo X.
[2] Hermano de Bashar al-Asad.
[3] Jefe de la Dirección de la Inteligencia Aérea siria.
[4] Hombre de confianza de Asad y jefe de la Oficina de Seguridad Nacional del Partido Baaz.
[5] Barrio en el Ejército del Islam tomó rehenes alauíes y los paseó en jaulas por la calle.
[6] Conceptos de la jurisprudencia islámica.