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martes, 12 de marzo de 2019

¿Quién ha conspirado contra Siria?


Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Ahmad al-Shuli

Fecha: 07/03/2019


El Estado asadiano no será recordado, cuando desparezca, por sus grandes hazañas que, en cualquier caso, nunca fueron reales. Tampoco será recordado solo por sus múltiples males. Más bien, será recordado en primer lugar por la ingente tergiversación de la que hizo gala durante mucho tiempo, sobre todo, al menos hasta el momento, durante esta grandiosa revolución.

Para ilustrar esto, cabe señalar que, al inicio de la revolución, se difundió la idea de que la economía siria era independiente, especialmente de los imperialismos occidentales que no podían hacer con ella lo que querían. También se afirmaba que la economía era competente, sostenible y con capacidad para desarrollarse, sin apenas déficit, pues había acumulado una base industrial sólida. Dicho rumor fue la clave sobre la que se erigió la idea de la conspiración, en la que el régimen sirio se basó para legitimar su salvaje respuesta contra la revolución: todo independiente, como él, debía ser aplastado.  Dicha conspiración vendría impulsada por fuerzas del mal que pueden ser occidentales para algunos nacionalistas árabes, o imperialistas para una izquierda a la que no importa que se lancen barriles explosivos contra los barrios residenciales, o incluso cruzadas e infieles en la cosmovisión de la lucha de civilizaciones que se retrotrae mil años o más en el tiempo.

Para demostrar que todas estas ideas son puro dogma y no guardan relación alguna con la realidad, debemos aclarar que la naturaleza económica del régimen sirio y los intereses de sus promotores y saqueadores no se contradice con la naturaleza de los intereses de las grandes potencias que, según la propaganda contrarrevolucionaria, son enemigas del régimen establecido y buscan acabar con él. Por el contrario, la revolución cortó el camino por el que Siria discurría hacia la integración acelerada en el sistema capitalista global, que expresaba las aspiraciones de desarrollo de Asad II tras terminar de gangrenarse la economía proteccionista e insuficiente de su padre. 

El programa de sustitución de las importaciones 

Por gangrena, nos referimos al hecho de que el régimen de Asad I implantó un modelo económico que posteriormente fracasó en la mayor parte de los países que lo aplicaron. La Siria asadiana, como la mayoría de países en desarrollo y recientemente independizados, trató de cimentar su independencia económica aplicando un programa de industrialización por medio de la sustitución de importaciones, con el objetivo de detener el drenaje de la reserva de divisas.

La idea, correcta, sobre la que se basaba este programa era que no se podía lograr el desarrollo sin producir o comprar energía y sin adquirir una tecnología avanzada del exterior. Todo eso no podía obtenerse más que por medio de divisas, que son siempre limitadas en los países en desarrollo. Por ello, debían conservarse las reservas de moneda extranjera, e incluso alimentarlas, para garantizar que se adquirían la energía y la tecnología avanzada necesarias. Para ello, debía evitarse gastar dichas reservas en la importación de productos de necesidad básica.

La alternativa era fabricar tales productos básicos en Siria, ya fuera mediante la creación de un sector público, ya por medio del apoyo al sector privado local, o bien combinando ambos para alcanzar los umbrales mínimos de capacidad industrial. Además de lograr un desarrollo económico que aportara al Estado recursos fiscales, este programa también tenía por objetivo llegar al nivel más alto de contratación posible, con la esperanza de que estas industrias se desarrollaran hasta alcanzar una etapa en la que se pudieran exportar excedentes. Con ello, se haría acopio de reservas de divisas para adquirir energía y tecnología de forma continuada y se lograrían niveles de desarrollo económico que elevarían el nivel de vida de los individuos en la sociedad, por fin, a la categoría de los países desarrollados.

Este programa surgió en los cincuenta del siglo pasado con la ola de liberación del colonialismo en el Tercer Mundo y demostró su éxito, inicialmente, mediante la gestión de una economía orientada a lo social: muchos países pudieron gastar en servicios públicos e infraestructuras, además de garantizar múltiples oportunidades de trabajo a los ciudadanos. Más aún, se les proporcionaron las necesidades básicas y se elevó su nivel de vida de una forma que casaba hasta cierto punto con las promesas y precios pagados por los movimientos de liberación y los partidos progresistas. El Estado intervino para someter la producción y la inversión a las necesidades sociales y no con afán de lucro en primera instancia. Esto convirtió al Estado en un escudo contra las fluctuaciones de precios y en un soporte para un desarrollo que habría sido probablemente inalcanzable sin el apoyo estatal: el Estado se endeudaba y asumía una parte de los costes implícitos en el desarrollo, en lugar de que lo hiciera el sector privado, que no iba a invertir si el Estado no le garantizaba un apoyo financiero y una protección frente a la competencia de un capital más competente en el exterior. En este período, se logró un salto cualitativo internacional en el nivel de vida que se veía, como muestra el gráfico 1, por ejemplo en el aumento progresivo de la esperanza de vida en los setenta en muchas regiones en desarrollo.

GRÁFICO 1

Sin embargo, el programa de industrialización contrario a las importaciones venía acompañado de autolimitaciones, debido a que se circunscribía principalmente al mercado nacional. En primer lugar, la producción de productos básicos que tenían una demanda limitada saturó el mercado local rápidamente. Podemos ilustrarlo de la siguiente manera: un aumento en los ingresos podía tener como consecuencia que el individuo duplicara con creces el consumo de servilletas de papel y comida enlatada, pero sería raro que llegara a multiplicarlo por diez. Por ello, las necesidades de productos básicos se saturaban pronto, y se acababa con la posibilidad de que el capital local se invirtiera de nuevo dada la insignificancia o inexsitencia de una cuota de mercado. A esto se une, y es lo más importante, que el programa proteccionista preservaba el formato de las relaciones capitalistas en lo que respecta a la explotación de la clase trabajadora y la acumulación de excedentes. Sin embargo, eliminaba la dinámica de la producción capitalista impidiendo la competencia, ya que el Estado imponía trabas arancelarias y repartía la producción entre distintas empresas. Probablemente en ese momento también se sufragaron algunos costes de contratación y equipamiento, de forma que el capital local adquirió importantes beneficios sin riesgos ni competencia alguna. En consecuencia, desapareció la necesidad de invertir de nuevo al garantizarse las ganancias. Esto impidió que se profundizara el capital de mercado, que es el paso hacia una industria dotada de una tecnología más avanzada, que busca reducir los costes y mejorar la calidad, y con la que se inicia una cadena de producción industrial, gradual, que se alimenta de la continua profundización del mercado, el desarrollo de la tecnología y el aumento de la calidad de los productos. Con ello, busca alcanzar unos niveles de competitividad internacional que garanticen la continua expansión de las exportaciones y, por tanto, el paso a un programa económico caracterizado por una capacidad de exportación que aumenta las reservas de divisas. Así, si una sociedad no produce una tecnología avanzada concreta, al menos tiene suficientes reservas para comprarla. La mayor parte de países desarrollados gozan de superávit comercial y financiero gracias a la base de las exportaciones de tecnología avanzada, y la mayor parte de los países en desarrollo se ahogan en el déficit comercial debido al valor reducido de sus exportaciones, si es que exporta algo, frente a la necesidad de importar tecnologías de alto valor. 

La posible salida del hoyo 

Construir una economía dinámica es un problema real y solucionarlo es una tarea difícil que exige, inevitablemente, la coordinación de los complejos esfuerzos de producción. Por ejemplo, la India y Brasil son dos países con grandes mercados interiores, y sin embargo, no llegaron a tiempo a la transición tecnológica, debido a que el Estado se endeudó mucho para apoyar la producción primaria local y comprar la energía y la tecnología a los precios establecidos en los mercados internacionales, sin alcanzar una cuota de producción de alto valor que aportara al Tesoro recursos o divisas suficientes. Este enorme coste conllevó una crisis de deudas soberanas; es decir, la incapacidad de muchos gobiernos en el mundo de pagar los créditos devengados en los ochenta, algo que vino acompañado de una rápida inflación y una devaluación de los tipos de las divisas. Esto marcó el inicio de las medidas neoliberales que aún hoy seguimos experimentando: la reducción del gasto gubernamental y la gestión del Estado según políticas financieras y monetarias conservadoras que permiten una estabilidad de precios que atrae inversiones del extranjero.

Muy pocos países han logrado la transformación tecnológica necesaria para realizar exportaciones de calidad. Entre ellos, destacan Corea del Sur y Taiwán, que lograron superar la tendencia que inclinaba al capital hacia la inversión de rápido beneficio y poco riesgo, mediante la creación de un sistema de estímulos para los capitalistas, con el objetivo de transformar las inversiones en inversiones de calidad a largo plazo, con consecuencias financieras para quien se opusiera a ello. No se puede decir que el éxito de esta experiencia en Corea y Taiwán se deba a la dictadura, pues las dictaduras en Brasil y Argentina no lo lograron. Al contrario:ambos regímenes se erigieron como un obstáculo frente a dichas transformaciones. Tampoco puede decirse que sea fruto de la democracia, pues el sistema democrático asentado en la India tampoco lo ha logrado. Este resultado requiere el establecimiento de un equilibrio muy preciso del poder de los capitalistas sobre la sociedad, ya sea bajo la sombra de la dictadura o la democracia, a fin de que aprovechen sus mejores oportunidades de ganancia dentro del programa de desarrollo basado en la una sostenibilidad de las exportaciones, cuya fuente sea el desarrollo tecnológico, que refuerce la base de la economía nacional y que eleve el nivel de vida.

GRÁFICO 2


Quizá las promesas garantizadas por el acceso a los productos de Corea y Taiwán al mercado estadounidense sean la mayor característica de ambos regímenes, y no tanto el poder dictatorial. De hecho, el autoritarismo colapsó en ambos países mientras se producía la aceleración industrial, de una forma similar a la implantación gradual de la democracia en Europa y EEUU, que llegó de la mano de la capacidad de la clase trabajadora de paralizar los ciclos de grandes ganancias mediante la huelga por la democracia a principios del siglo XXI. En lo que respecta a la dictadura, esta se limita a satisfacer los intereses de ciertos sectores capitalistas, de forma que se garanticen las ganancias y beneficios, y se active la economía con el objetivo de la estabilidad. Así, si quería empujar a estas empresas a algún tipo de estrategia, por ejemplo desarrollista, tenía que apoyarse en la movilización y el estímulo de las clases trabajadoras. Sin embargo, con ello, puso en riesgo la estabilidad de su poder. Siguiendo esta lógica, el dictador se asegura de restregar a toda una sociedad en el barro del retraso económico. 

El asadismo llevó a Siria a lo profundo del hoyo 

A la Siria de Asad I, como la mayoría de países en desarrollo gobernados por emperadores, también le pilló el toro, como a la India, Brasil y Argentina. De hecho, queda patente en el gráfico 3 aquí debajo que su déficit comercial en ese período de los ochenta era similar al de los cuatro países de la región que liderarían el proyecto neoliberal posteriormente, o que ya lo habían iniciado: Egipto, Marruecos, Túnez y Jordania.

GRÁFICO 3

Tal vez, el volumen del mercado interior sirio permitió a su régimen seguir con la experiencia proteccionista durante más tiempo que Túnez, que ya había comenzado a reforzar sus exportaciones cualitativamente como resultado de crisis previas; o quizá le proporcionó la capacidad de continuar con los excesos de su dictadura, frente al régimen de Jordania, que en ese período se vio obligado a una cierta apertura política; o también puede ser que la crisis de los precios del petróleo de 1973 y la fluctuación del dólar antes de ello, producieran mayor efecto en el régimen de Sadat que en el de Asad, y que, por ello, Sadat fuera uno de los primeros en subirse al tren del neoliberalismo que sigue aplastando bajo sus ruedas las pocas políticas sociales que quedan en el mundo.

Todas estas son diferencias circunstanciales y temporales, y no cualitativas. Asad I no era competente en realidad, sino que sobrevivía gracias a las ayudas que le proporcionaba la coyuntura de la guerra fría, en la cual la región era uno de los puntos más calientes de enfrentamiento. La diferencia entre él y los cuatro países neoliberales principales en la región es que se mantuvo en la órbita soviética enemiga, mientras que ellos se mantuvieron sistemáticamente en la órbita estadounidense. Cuando terminó esta guerra, Asad I, rey de los pragmáticos, se apresuró a interevenir en Hafar al-Batin en Kuwait para satisfacer a EEUU después de la caída de la Unión Soviética. En contrapartida, mantuvo su régimen a flote durante un tiempo hasta su muerte.

La Siria de Asad no se caracterizó por nada destacable, sino que prolongó un fracaso económico limitado durante el mayor tiempo posible.   

GRÁFICO 4


El afortunado heredero 

Asad II llegó en un momento en que había poco que obtener a cambio de nada pues las tensiones internacionales se habían relajado. Ya no había mercados cerrados protegidos por la Unión Soviética o China, y EEUU se afanaba en abrirlos, haciendo uso de la fuerza militar si era preciso. Iraq fue la excepción que confirmó la regla. La primera, la Unión Soviética, pasó a ser un mercado infiltrado en sí mismo, deficiente también en gran medida. La segunda, China, se transformó en una potencia capitalista emergente y temible en sí misma. Estos gobiernos no sociales, que se extienden a lo largo y ancho del globo terráqueo, no pueden entrar en ningún juego salvo el de someterse al capital mundial y ofrecer unas condiciones atractivas para la inversión. Así, este afortunado Asad se encontraba en una situación excepcional, pues además de haber heredado la “república”, había heredado dicha “república” con superávit comercial gracias al aumento de los precios del petróleo desde finales de los noventa.

La excepcionalidad de su suerte le permitió seguir manteniendo a flote el sistema proteccionista y fuertemente autoritario de su padre, a pesar de que la necesidad de transformaciones estructurales en el sistema de producción social exigía un papel activo de la clase capitalista local, o al menos de un sector relevante de la misma, que lograra que el dictador cediera parte de su poder a las élites. Al principio, Bashar logró una lenta transformación neoliberal, manteniendo su dominio securitario, y evitando aumentar el empobrecimiento de los sirios. Así, se encargó de gestionar las luchas internas entre las élites en vez de participar en ellas. Cuando los cuatro neoliberales se perdieron en los préstamos externos, ya fuera de gobiernos o del mercado abierto, tal y como muestra el gráfico 5, Asad II decidió en 2002 saldar una pequeña parte de la deuda que había acumulado su padre en sus últimos años gracias a los réditos del petróleo y que, en su mayoría, eran ayudas adscritas a préstamos. Posteriormente, volvió a adquirir deuda externa en similares condiciones en 2007, con niveles que se acercaban de nuevo a los cuatro neoliberales. Sin embargo, la revolución le sorprendió antes de que acelerara la transformación estructural que ya había iniciado de facto. 

GRÁFICO 5

Asad II siguió la lógica de la gradualidad y la transformación lenta que Asad I había dominado con habilidad para mantener su poder absoluto de la mejor manera posible, hasta que este se vio comprometido en los últimos meses antes de la revolución. A la luz de la debilidad cualitativa de este régimen y su incapacidad para imponer condiciones, pues más bien parecía estar listo para ceder ante cualquier parte exterior o interior, Asad se aferró a aquello que podía utilizar como carta de negociación en ausencia de toda otra capacidad de influencia. Líbano, con sus muchos defectos, tenía la desgracia de ser el vecino de Asad. La destrucción de los movimientos nacionales libanés y palestino durante la guerra civil en Líbano, la intervención a favor del fascismo libanés, e incluso el hecho de que asegurara la autoridad del régimen jordano previamente, eran logros que tanto Asad I como Israel podían atribuirse. Sin embargo, cuando fue a negociar con Israel, llevando en el bolsillo a Líbano y algunas facciones palestinas y kurdas, puso como condición a todo acuerdo que se le garantizara que mojaría sus pies en el lago Tiberiades, todo lo contrario a su descripción de los abusivos acuerdos firmados por Egipto, la OLP y Jordania. Su objetivo era que los sirios vieran en su paz con Israel una ganancia, pues no pagaría el precio de la rendición con el que podría perder algo de poder. Por su parte, Israel fue quien vio que Asad exageraba al estimar su precio en el mercado y "se lo cepilló", como suele decirs en Siria, pues no era preso de su situación interna, sino que su apertura respondía sin más al deseo de Netanyahu, durante su primer mandato, de incluir a Siria en el esquema. Con ello, pretendía detener las maniobras de Hussein y Arafat, que intentaban imponer condiciones a Israel, y apresurarse a encontrar una solución definitiva que incluyera a los refugiados palestinos. Era un éxito que creían que podían esgrimir frente las críticas, y era también más de lo que Israel había aceptado en los tratados de paz con cada uno de ellos, o al menos Netanyahu. La humillación, no obstante, se produjo con la visita de Faruk al-Sharaa[1] a Camp David tras la llegada de Ehud Barak al gobierno, donde fue reprendido por Clinton, como también lo fue Arafat.

Murió Asad I y Asad II heredó su poder sobre Líbano. La burguesía libanesa, que había vuelto a respirar tras la guerra civil bajo el liderazgo de Hariri, intentó alejarse gradualmente, ampliar su participación y acelerar su integración internacional más de lo que Asad II quería arriesgar. En ese momento, les declaró una guerra en la que no logró, a pesar de sus esfuerzos, conservar su reserva negociadora anterior. Posteriormente, volvió a Líbano por la puerta de la “resistencia” para mejorar su posición negociadora y aquí es importante recordar que quien ha adquirido experiencia en machacar a los sirios no va a oponerse, por conciencia, a los excesos cometidos contra libaneses y palestinos, ni debe presumirse que la resistencia de estos contra Israel tenía algún valor para él más que en la medida en que le beneficiara. En pleno apogeo de los falsos graznidos sobre el rechazo al imperialismo y la resistencia, y del discurso de Asad II sobre “los hombres y los medio hombres” tras la guerra de Líbano de 2006, este ya había vuelto a acumular deuda con el exterior y había empezado a acumular déficit comercial a pesar de la continua subida de los precios del petróleo que se había prolongado dos años más. También había comenzado su programa de privatización de los servicios públicos a una velocidad que lo situó en el puesto intermedio entre los cuatro neoliberales, adelantándose a Egipto y Túnez, además de Líbano, cuyo estado central y sector público no habían tenido un desempeño destacable.

Asad se quedó finalmente sin cartas fuertes de negociación, pues la amenaza de la resistencia había perdido relevancia después de que Obama hubiera dirigido mensajes conciliadores a Irán, líder del eje antiimperialista. Unos pocos meses antes del inicio de la revolución, el rey Abdalá ben Abdelaziz, de cuya virilidad se había dudado, había visitado Damasco, desde donde acompañó a Asad en su avión hasta Beirut con el objetivo de limar las asperezas con los líderes libaneses, volver a normalizar la relación con el régimen de Asad y anunciar su disposición para una total integración en un mundo regido por el capitalismo globalizado. 

¿Quién podría conspirar contra semejante régimen?

Quien todavía crea que existía un plan para acabar con Asad deberá explicarnos cómo iba a llevarse a efecto, ya que a día de hoy seguimos teniendo dudas. Del mismo modo, y antes que nada, deberá explicarnos a todos los que dudamos qué necesidad había de semejante plan.

[1] Ex primer ministro de Siria.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Siria y Palestina: la excepción, la eternidad y la masacre

Texto original: Al-Jumhuriya

Autores: Sadek Abed Al-Rahman y Yassin Swehat

Fecha: 15/05/2018

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En el aniversario del establecimiento de Israel y de la Nakba de Palestina, se ha inaugurado, en la ciudad ocupada de Jerusalén, la embajada de EEUU en Israel, una escena que concentra siete años de continuas y recurrentes agresiones desde 1948, y que incluyen un incesante desprecio diario por la justicia, y la consagración de la excepción representada por Israel como portadora del “derecho” garantizado internacionalmente de allanar territorios y violar los pactos en cuya ratificación han participado quienes lo protegen.

El ejército de ocupación israelí ha reafirmado este mismo día que el derecho de Israel a matar palestinos sigue estando garantizado de facto, y no ha dudado en cometer atroces masacres en la periferia de la Franja de Gaza. Dichas acciones han dejado decenas de mártires y más de 2.500 heridos. Las víctimas de la matanza son las mismas víctimas del establecimiento de Israel, o sus hijos, o sus nietos. Quienes viven en la gran cárcel que es la Franja de Gaza no han nacido por sorpresa en esta cárcel, sino que viven en ella porque las grandes potencias que salieron victoriosas en la Segunda Guerra Mundial permitieron el establecimiento de Israel hace setenta años. Desde ese momento, no han hecho otra cosa que emitir resoluciones internacionales y garantizar que Israel pueda violarlas.

En cualquier caso, la legalidad internacional parece una estupidez, pues otorga a los palestinos el derecho de retorno mientras les prohíbe todo lo que obliga a Israel a respetar ese derecho. Incluso, permite a su ejército asesinarlos si intentan cruzar las fronteras hacia sus hogares a los que tienen el derecho de regresar.

Puede parecer que lo que los palestinos de Gaza hacen es inútil en lo que respecta a los resultados positivos tangibles y directos que puede obtener, y quizá vaya en beneficio, en cierta medida, de la hegemonía de Hamas en la Franja de Gaza, e incluso de Irán y el régimen de Asad. No bostante, el origen de la cuestión no está ahí, pues se trata de una aproximación éticamente estéril, porque más de cincuenta palestinos no han muerto en las marchas del 14 de mayo ni por Irán ni por Hamás, sino que han muerto porque están asediados por Israel y por la legalidad internacional que lo respalda. Es también una aproximación políticamente estéril, porque no es lógico que se exija a un pueblo que se rinda ante unas condiciones terribles, que no parece que vayan a mejorar, solo para evitar que su resistencia vaya en beneficio de otros. Pedir eso no solo no es racional políticamente, sino que es contrario a la política en sí misma.

En cualquier caso, no es cierto que lo que hicieron ayer los palestinos en la frontera de la Franja de Gaza sea inútil, porque si lo fuera, Israel no habría matado a cincuenta personas ni habría herido a más de dos mil, ni las autoridades ocupantes habrían tratado el tema con semejante nerviosismo. Mientras los palestinos viven hoy en Cisjordania donde se les expropian las tierras y sus activos a diario; mientras viven en los territorios del 48 sin ser ciudadanos de pleno derecho; mientras viven en Gaza asediados en condiciones deplorables; y mientras viven como refugiados carentes de derechos en el resto del mundo, cada año se suceden largas negociaciones políticas que no llevan a nada. ¿Qué otra cosa puede generar este tipo de situaciones, si no es la resistencia por todos los medios disponibles, y de qué otra forma pueden calificarse sino como acicate de la violencia y las incesantes guerras?

Avichay Adraee, el portavoz del ejército israelí, ha calificado las marchas de la Franja de Gaza de actos obscenos, algo que inevitablemente nos recuerda a las declaraciones del Ministro del Interior sirio en 2011, cuando dijo: “Qué vergüenza, chicos, esto es una manifestación”. La mayor parte de las expresiones de Adraee en un vídeo que retransmitió en Facebook [1] son prácticamente equivalentes a las del régimen sirio sobre las manifestaciones que salieron en su contra en 2011: saboteadores y terroristas que violaban la ley y enfrentaban a los civiles a la muerte, escondiéndose tras ellos. 

Es imposible obviar la similitud entre la situación de los palestinos y la de los oriundos de algunas regiones de Siria que se rebelaron contra el gobierno de Asad, pues la legalidad internacional es la que ha garantizado su asesinato durante cerca de siete años, y se ha comportado como la comadrona que supervisa el nacimiento de su tragedia. Un nacimiento en el que han participado todo tipo de violaciones de la legalidad internacional, desde los bombardeos indiscriminados sobre las zonas habitadas por civiles, hasta el desplazamiento forzoso, pasando por el asesinato bajo tortura y el asesinato colectivo con armas químicas. De su tragedia, ha formado parte también la explotación que han hecho países regionales y grandes potencias de su lucha, de una forma arribista muy corta de miras, así como la decadencia del liderazgo político y militar de dicha lucha, de la que, para muchos, debía culparse a la revolución de los sirios, antes incluso de culpar al régimen que los asesina.

El contexto regional e internacional empuja a situar la causa de los sirios y la causa de los palestinos en posiciones enfrentadas, y parece que las recientes incursiones israelíes sobre posiciones iraníes en Siria van en esa línea. De hecho, la justificación “pragmática” ha sido doble: por un lado, desde el eje del rechazo (al imperialismo y a Israel) se dice que “toda bala lanzada contra Israel es buena, aunque la dispare el Diablo mismo” para justificar el apoyo al régimen de la masacre en Siria, sin olvidar colocarse la kufiya [2]. Desde el eje de rechazo invertido, se dice que unir la cuestión siria a la palestina es una forma de nihilismo resultante de los “restos de la educación baazista” de la que aún no nos hemos “liberado”, o de cualquier otra apuesta culturalista.

Podemos hablar largo y tendido, y eso es generalmente lo que hacemos, sobre el papel activo que han jugado las organizaciones palestinas en su apoyo al régimen de la masacre, y sobre la falsedad e hipocresía del antiimperialismo internacional que no se avergüenza al utilizar el eslogan palestino, mientras apoya a asesinos como Bashar al-Asad. La crítica a este discurso debe continuar, pero lo que no puede suceder es que la oposición a ese antiimperialismo y la criminalización de su falsedad sean el punto de partida y focal del pensamiento sobre la cuestión palestina. Esto se debe a que el exceso de oposición, sobre todo si se mezcla con el sentimiento de decepción es la forma perfecta para convertirse en una versión invertida del otro; es decir, de producir el mismo comportamiento con otros colores. En Siria tenemos, en lo que respecta al comportamiento criminal de las facciones islamistas, un buen ejemplo de cómo se han generado “regimencillos asadianos” a partir de la enemistad radical hacia el régimen asadiano original.

En el mundo de hoy, extremadamente entremezclado e interconectado, no se puede hablar de cuestiones humanitarias alejadas entre sí que puedan ignorarse unas a otras. Si se habla de una cuestión que no solo está pegada a nosotros, y de cuyos detalles tenemos copias locales, sino que además está entrelazada con nuestras causas, geográfica y humanamente y en lo que respecta a los valores, ¿cómo vamos a imaginar un paradigma para la cuestión siria, sin una dimensión palestina clara en su estructura, o una cuestión palestina que pueda pedir a la cuestión siria que se calle, o que se aleje de ella, mucho o poco?

Palestinos y sirios son sacrificados hoy bajo la sombra de la eterna y permanente “excepción”, y no resulta sorprendente que Israel sea similar al régimen asadiano desde el punto de vista de su obsesión con la “eternidad”. La excepción se está recuperando gracias al extremadamente negativo contexto internacional, que nos asedia y nos impide ejercer nuestra humanidad, ser naturales; vivir nuestra vida política fuera del asedio de los conceptos de traición y nacionalismo, de conformación fascista; ser diversos, discrepar, dividirnos, negociar y reconciliarnos; en resumen: ¡ser humanos! Una excepción que no puede politizarse pragmáticamente, ni contra la que se puede ejercer ninguna resistencia local. Para empezar, ¿de qué sirve hablar de lo “local” entre Gaza y Yarmouk, o entre los campamentos sirios y los palestinos en Líbano y Jordania, y en la propia Siria?

Acabar con la ocupación excepcional de nuestras vidas y muertes, y no ser aniquilados… Ni es mucho, ni es un eslogan.

[1] Disponible aquí.
[2] Pañuelo tradicionalmente denominado “palestino”, generalmente blanco y negro.

martes, 27 de febrero de 2018

Al-Ghouta a través de cuatro pares de ojos



Texto original: Al-Quds al-Arabi 

Autor: Elias Khoury

Fecha: 27/02/2018


Razan Zaitouneh, Samira Khalil, Wael Hammada y Nazem Hamadi, dos mujeres y dos hombres secuestrados el 9 de diciembre de 2013 en el Centro de Documentación de Violaciones, en la ciudad de Duma, en la damascena Ghouta oriental, donde trabajaban como activistas en la revolución siria.

En aquellos días, Duma estaba sometida a la autoridad del “Ejército del Islam”, una milicia fundamentalista, estrechamente relacionada con el Reino de Arabia Saudí. Hace cinco años que se perdió su rastro. Todos los intentos de buscarlos o de saber qué ha sido de ellos han fracasado.

La desaparición forzosa de esos cuatro luchadores demócratas y laicos fue un indicio simbólico del funesto destino al que estaba abocado el pueblo sirio en esta terrible masacre en la que participan partes internacionales y regionales, pero de la que es el principal responsable el régimen despótico que ha decidido destruir, y matar y abusar de su pueblo, por negarse a adorarlo y decidir rebelarse contra la dictadura.

En Al-Ghouta oriental, estamos presenciando hoy un nuevo capítulo de la matanza cuyos responsables se jactan de perpetrar. Bashar al-Asad y sus acólitos bailan embriagados al son del ruido de los barriles que rompen en pedazos los cuerpos de los niños. Putin y sus soldados elevan muros para proteger a los asesinos porque son parte en el crimen. Por su parte, el eje de la resistencia, liderado por Irán, afila feliz los cuchillos, a la espera de una nueva matanza.

Finalmente, el “atroz” americano se contenta con los restos de los cuerpos del pueblo sirio porque le asfaltan el camino hacia Jerusalén, ahora que ha decidido trasladar su embajada a la ciudad ocupada, el día del septuagésimo aniversario de la Nakba; los árabes del petróleo se lanzan al regazo de Israel pidiendo protección; y el nuevo otomano solo se preocupa de la guerra contra los kurdos.

Frente a esto, la población de Al-Ghouta muere bajo los escombros, con la desesperación típica de la víctima. Sus lágrimas se han convertido en sangre y sus gritos plantean un reto a esta historia que se ha convertido en un matadero.

Que el camino a Jerusalén pasa por las ciudades y pueblos sirios no era una mentira como algunos pensaban. Sí, nuestras ciudades destruidas fueron el camino a Jerusalén, pero los de la resistencia mintieron un poquito [1]. Dijeron que la destrucción y erradicación de su pueblo a manos de Bashar al-Asad y sus aliados constituía el camino de los árabes y palestinos a Jerusalén, sabiendo que lo contrario era lo correcto: el asesinato del sueño democrático y la insistencia en hacer a los pueblos esclavos es el camino de los sionistas y los estadounidenses a Jerusalén, un camino asfaltado por los asesinos con la sangre del pueblo sirio.

Veo la Al-Ghouta sacrificada a través de los ojos de nuestros cuatro compañeros, que fueron las primeras víctimas. Los veo en la oscuridad de la desaparición, temblando de enfado y pena. Miro sus palabras que cubren los cuerpos de los niños de Al-Ghouta para protegerlos de la desintegración. Rozo sus dedos amputados por la represión, cuando intentaban escribir una palabra que anunciara el derecho y la verdad en mitad de la mentira.

Los veo en su oscuridad, iluminada por la voluntad de libertad, mientras ven el golpe del tiempo con una sonrisa de tristeza y se lamentan por sus estúpidos captores, que pensaron que podrían robarla la revolución a sus dueños. Después veo en sus manos un paño con el que borran los restos de las palabras de quienes se plegaron al liderazgo de la revolución y a quienes los errores y pecados de dicho liderazgo condujeron a los acantilados de los agresores. Los veo sacudiéndose por los reyes del queroseno y el gas que quisieron aprovechar la revolución prostituyéndola y terminaron como ecos pálidos del proyecto sionista.

Pero también sienten náuseas y vergüenza ante un discurso que se dice antiimperialista y se convierte en un instrumento para dividir pueblos religiosa y confesionalmente, un instrumento que ya intentaron utilizar los colonos a lo largo de su historia, pero hoy vemos cómo esos colonos se sorprenden por la capacidad de los radicales de la resistencia, y su otra cara, representada por los takfiríes, para hacer realidad lo que la cultura del orientalismo y los líderes del ejército de ocupación, fueron incapaces de lograr con semejante ingenio durante todo un siglo.

Imagino cuatro pares de ojos escudriñando el horror del despotismo ocupante desde hace cinco décadas de mano de un oficial golpista, que aplacó su sed con la sangre libanesa y palestina como entrenamiento previo al inicio de la matanza de Hama de 1982. Un despotismo que convirtió en una gran cárcel en cuyo centro estaba la temible cárcel de Tadmor, antes de entregar el poder a su hijo, el oftalmólogo, que entendió que debía destruirla entera y entregarla a las potencias coloniales antes de enviar al infierno a cuatro pares de ojos cuyos espejos rotos reflejaban todo el dolor sirio y árabe. Ojos que ven en la oscuridad alumbrados por el amor y la voluntad aquello que nuestros ojos, contaminados por la muerte, no son capaces de ver.

Recurrimos a sus ojos para que la oscuridad no nos invada y vemos, tras toda esta destrucción, la perseverancia de un gran pueblo, cuyo dolor dibuja el camino a la resistencia contra los estúpidos dictadores, racistas y sectarios, que se alzaron a comienzos de este nuevo siglo.

Esos ojos son el horizonte de la vida a pesar de la muerte.

Razan, Samira, Wael y Nazem están en el lugar que el poeta Mohammed El Fitory imagina mientras describe la ejecución del secretario del Partido Comunista sudanés Abdel Khaliq Mahjub, a manos del dictador Yaafar al-Numeiri la mañana del jueves 28 de julio de 1971 en la cárcel de Cooper.

Abd al-Khaliq quedó fuera del tiempo tras su ejecución en la horca, pero su corazón latía con amor:

“Me mataron y mi asesino me negó.

Lo siento frío en mi hombro.

¿Quién soy yo

sino un hombre fuera del tiempo?

Cada vez que deforman una nación,

digo: Mi corazón está sobre mi patria”.

[1] Se refiere a unas declaraciones de Hasan Nasrallah, líder de Hezbollah en Líbano, en julio de 2015, en las que dijo que el camino a Jerusalén pasaba por Damasco.