Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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domingo, 17 de marzo de 2019

Recuperando sin nostalgia el 2011


Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad
Fecha: 15/03/2019
A continuación, presentamos las conclusiones, notas y borrador de un comunicado que nunca terminaremos y que es resultado de una amplia reunión que un grupo de sirias y sirios, más cerca del ecuador de su vida que de su inicio, celebraron durante días. A día de hoy, la mayoría de ellos viven fuera de Siria y se dedican a cuestiones tan diversas como la actividad en organismos e instituciones de la sociedad civil, la academia, el arte, el periodismo, los estudios científicos o los oficios manuales, o bien, están desempleados. Unos y otros son completamente diferentes, pero coinciden en que 2011 fue algo más que un año: fue un año para todos los años que lo siguieron y un año de referencia para todas las revisiones de los años que lo precedieron, al menos durante su vida.


Debemos comenzar nuestro discurso disculpándonos por un par de asuntos que nos demorarán un poco y aclarando una cuestión. En primer lugar, queremos disculparnos por el caos que el lector va a encontrar en este texto, que es resultado de muchas experiencias, muy relacionadas, pero también muy divergentes. La mayoría de nosotros aún no ha podido superar la actitud de la mimosa (la planta de la vergüenza, según se la conoce en Siria) ni salir del propio caparazón tal y como hacen dichas flores, cuyas hojas se encogen y retraen al tocarlas. Por otra parte, otros hemos comenzado la etapa de tanteo del cuerpo y las ideas para asegurarnos de que siguen estando ahí, y la etapa de prospección de uno mismo y lo que le rodea, intentando descubrir dónde estamos y qué hacemos. Por último, un tercer grupo ha adoptado el papel de la vanguardia revolucionaria y ha comenzado a discutir virulentamente con los mimosos, a quienes los prospectivos comprenden, si bien los ven inútiles, quizá porque hay algo de narcisismo en ellos. Sin embargo, ¿no hay narcisismo también en la postura mimosa? ¿Dónde termina lo particular y comienza lo público en lo que respecta a las decisiones relacionadas con las fracturas y las formas de soldarlas?
Esta es una cuestión fundacional, entre muchas otras, a la que pretende responder un grupo de personas que comparten la idea de ese año fundacional, el año del todo, el año 2011.
En segundo lugar, queremos disculparnos porque no sabemos exactamente para quién escribimos este texto. A pesar de que muchos de los miembros de este grupo fundacional desarrollan su actividad en el ámbito de la sociedad civil, el periodismo, la edición y el arte, campos en que la determinación del “público objetivo” o los “interesados” es esencial para comenzar a pensar en un “proyecto”, nosotros no hemos sido capaces de pensar en la comisión como un proyecto con personas “interesadas”. Algunos de los que pertenecen a la vanguardia revolucionaria han culpado a los mimosos por su excesiva fijación con la moda del psicoanálisis, que pide a uno que escriba, que se escriba a sí mismo, que escriba sus pesadillas, sus sueños y sus ideas, las cosas que teme y las que añora, lo que ama y lo que odia, lo que le hace sentir seguro, etc.
En realidad, escribir sobre 2011 como si escribiéramos después de una sesión de psicoanálisis genera una sensación estúpida de culpa. Sí, todas nuestras sensaciones en relación a 2011 tienen el carácter propio de los sueños, las pesadillas, la esperanza, las ideas, el miedo, la añoranza, el dolor, la ternura, el amor, la seguridad y la falta de ella y todas esas cosas. Sin embargo, no estamos en una sesión de psicoanálisis en este preciso momento, con todo el respeto y la consideración hacia el psicoanálisis y todo el rechazo y la condena a quienes dudan o se ríen de él.
En definitiva, no sabemos cuál es el público objetivo de este texto. Quizá sea una generación anterior a la nuestra, que llegó a 2011 en la adolescencia o antes, y que hoy lleva el peso y las consecuencias del asedio, el exilio forzoso y el asilo, o de una vida bajo el yugo de la victoria de los tiburones del régimen y sus aliados. Quizá vaya dirigido a nuestra propia generación, los dosmilonceros y dosmilonceras, en Siria y fuera de ella, que buscan a quienes sientan una abrumadora soledad como ellos. Tal vez el público objetivo sean nuestros antiguos amigos y compañeros, a quienes les gusta vernos frustrados para confirmar que su decisión de no hacer nada, o de ponerse de parte del fuerte cuando este se alzó, fue la decisión correcta… No importa, no tenemos inconveniente en alimentar el “os lo dijimos”.
Siendo sinceros, preferimos cualquier “dicho”, aunque sea “os lo dijimos”, al silencio, como preferimos cualquier presencia molesta al deseo de borrar y eliminar, y también preferimos el caos incitador a una virtual disciplina correcta en el marco de una perspectiva histórica también teóricamente correcta. Puede que todo esto suene utópico y romántico. Lo es, y es lo que escuchamos decir a muchos en 2011, el día en que nos alegramos al ver nuestra vida patas arriba con el primer grito por la dignidad y la libertad de los sirios, en Hariqa y después en Hamidiyya [1], pasando por Daraa hasta llegar a amplias zonas de la geografía siria.
Aquí, al hablar de Daraa, debemos hacer la aclaración antes mencionada. La decisión de publicar este texto el 15 de marzo se impuso en una votación democrática celebrada en un grupo cerrado de Facebook (a pesar del mal recuerdo que tenemos con las votaciones de Facebook [2]). Esto provocó la escisión de la corriente populista de los dosmilonceros, esos que insisten en que la revolución comenzó en 18 de marzo en Daraa, y entre quienes hay una número nada desdeñable de partidarios de ningunear a la ciudad y su clase media y elevar el estatus del campo y romantizarlo. En este comunicado, nos referimos a ellos como populistas, calificativo que ellos nos han devuelto al considerar que intentábamos explotar el hecho de que el 15 de marzo era viernes y que pretendíamos con ello incitar a los sectores conservadores de la sociedad a que salieran a manifestarse desde las mezquitas tras la oración.
Chocamos un poco a la hora de elegir el nombre de la comisión también, pero no se produjeron escisiones por ello, al menos hasta el momento. Teníamos claro, con buen criterio, que había que evitar generalizar el carácter masculino, puesto que, si algo habíamos aprendido de nuestra experiencia, es que nos excedimos con mucho en la lógica de la procrastinación, y no prestamos suficiente atención a la necesidad de librar la batalla de las libertades individuales, hasta que la corriente conservadora –el imperio de la orientación por naturaleza─ bajo el liderazgo de los autoritarios islamistas, hubo logrado sacarnos de la foto. Por tanto, no nos valía el nombre de “Comisión de los Dosmilonceros”, sino que sería preciso llamarse “Comisión de los Dosmilonceros y las Dosmilonceras”. Puesto que era imperativo incluir una mención a la libertad, el significado último frente a todos los vicios autoritarios que han aparecido como resultado de la militarización e islamización de la revolución, se sugirió llamarlo “Comisión de los Dosmilonceros Libres y las Dosmilonceras Libres [3]”. Sin embargo, era una opción complicada por su extensión, y porque estuvimos varias horas debatiendo sobre el femenino del adjetivo “libres”, un déjàvu en el sentido más amplio de la palabra… Por cierto, querido lector, si has sentido ese déjàvu al leer la palabra “libres” en femenino y has recordado la discusión que hubo en torno a ella, eres muy probablemente un dosmiloncero: ¡únete!
Por eso, nos decantamos finalmente por “Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad”.
Uno de los compañeros de la coordinadora lo aplaudió con entusiasmo y se presentó voluntario para hacer un logo, ya que tiene experiencia en el diseño gráfico, así que prometió enviar unos bocetos unas horas después de terminar la reunión. Sin embargo, desapareció y no ha vuelto a contestar a los mensajes de Facebook. Ya han pasado diez días, diez días que apenas han afectado al mundo, la verdad.
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No sabemos si el haber escogido el término “coordinadora” significa que nos vayamos a coordinar para algo más que escribir este texto, pero se trata de una muy necesaria recuperación de esa palabra que no recordamos cuando fue la primera vez que escuchamos en el contexto sirio. Fue muy pronto en cualquier caso, y parece una palabra escogida con cuidado porque no obliga a sus integrantes a estar de acuerdo ideológicamente o en un programa, pero sí les encomienda coordinarse entre ellos para llevar a cabo las actividades de protesta sobre el terreno.
Ese fue su papel desde el comienzo, pero, si así fue, ¿por qué las coordinadoras se fueron reproduciendo y dividiéndose una y otra vez, hasta el punto de que en un pequeño pueblo había dos o tres diferentes? No parece posible buscar ahora las razones reales, pero lo cierto es que en 2011 no estábamos de acuerdo más que en la necesidad de derrocar al régimen y el “nosotros” aquí no se refiere solo a los miembros de nuestra coordinadora, sino a todos los que se rebelaron contra el régimen en 2011.
A pesar de que insistimos en que esto es un intento de volver sin nostalgia al momento 2011, algo de nostalgia nos vendrá impuesta aunque no queramos. Aquellos momentos fueron colosales: el primer grito que rompió el manto de eternidad asadiano, los primeros valientes rompiendo las fotos y destrozando las estatuas de Asad, las miles de personas, en masa, que se lanzaron a las calles y callejones a gritar por la libertad, exigiendo derrocar al régimen y ofreciendo sus caras almas en el altar de la liberación. Ese momento fue fundacional para tomar conciencia de que lo que parece imposible ahora puede protagonizar la escena mañana. Esta es una lección que no debemos olvidar.
Muchos de nuestros amigos dicen que a día de hoy son incapaces de ver el vídeo completo de una manifestación carnavalesca de 2011 y algunos de los miembros de esta coordinadora dicen que sus manos tiemblan y se les sale el corazón al hacerlo, pues se les vienen a la mente los ríos de sangre y las montones de escombro que han seguido a esas imágenes. Además, les sobreviene un sentimiento abrumador de desesperación, pues ¿qué otra cosa puede hacer un pueblo si no es eso para obtener su derecho a decidir su destino?
Algunos de nosotros echamos un ojo a ese tipo de vídeos de vez en cuando, como sin darnos cuenta, intentando engañarnos. Uno de nuestros compañeros ha reconocido que el peor ataque de pánico que sufrió fue cuando continuó viendo el vídeo de una manifestación enorme en el barrio damasceno del Midan. Él mismo había participado en esa manifestación y la recordaba punto por punto, pero al ver el vídeo desde el lejano exilio, casi se desmaya.
No obstante, dejemos a un lado la nostalgia: ¿puede esa memoria convertirse en una dura e insoportable carga porque remite a un tiempo irrecuperable, o porque es un recordatorio continuo de que lo que hicieron las masas entonces se les ha vuelto en contra en forma de flagelos, muerte, destrucción y colapso, y porque nosotros, los que nos hemos salvado, nos hemos salvado mientras que otros han muerto?
Luchar contra sentimientos como estos no es poca cosa, porque lo que se nos dice directa e indirectamente es que la gran tragedia en Siria la han provocado los propios sirios que salieron a las calles en rebeldía contra el régimen en su país. Posteriormente, llegó la derrota material de su rebeldía, que dio paso a la destrucción del país y su anexión, por partes, a países regionales y potencias internacionales. Todo a nuestro alrededor dice: habéis provocado la destrucción de vuestro país y de la vida de sus gentes para nada.
Hay una respuesta teórica a esto, que no precisa de mucha inteligencia, y es que quien ha convertido el país en un escenario de guerra es el régimen y no sus adversarios, y que negar esto u obviarlo es una forma de decadencia imperdonable. Sin embargo, la cuestión no es teórica, sino que se relaciona con la discusión sobre la manera de superar el sentimiento abrumador de amargura cuando las imágenes de 2011 vienen a la mente de la forma que sea.
Cuando los miembros de nuestra coordinadora deliberaron sobre ello, fue preciso realizar un experimento científico. Y este experimento científico, en contraposición directa al peso de la memoria, dice que esos momentos sirvieron como fuente de dolor y fractura, pero también como fuente inagotable de energía renovable, en cuyo centro está el hecho de que lo que es imposible puede volverse realidad, y que los instantes incendiarios de gloria, los instantes en que el fuego nos abraza, por decirlo de alguna manera, son los instantes más creativos e innovadores en la historia de la humanidad.
Existe una herencia combativa inagotable en el año 2011, y no vemos otra forma de superar la amargura de la memoria relacionada con ello que enfrentarnos a ella y combatirla con todo el amor que podamos, pensar en profundidad sobre ella, mirándola fijamente, sin medias tintas y sin sentirnos culpables, y que ello nos impulse a trabajar y no a encerrarnos en nosotros mismos. Y si es preciso echar alguna culpa, que sirva como acicate de la búsqueda de justicia, no de un victimismo que, de rendirnos a él, no genera más que rencor hacia la justicia.
Si no hay más remedio que pedir perdón a alguien, que sea a nosotros mismos y a nuestros seres queridos, ausentes y presentes, por los errores que hemos cometido en nuestros esfuerzos por lograr aquello en lo que creímos y seguimos creyendo, pero nunca de los criminales, sus aliados, sus seres queridos, sus clientes y sus apologistas. Por encima de la memoria de de nuestra lucha contra ellos en 2011, guardamos el recuerdo del miedo que pasaron, mucho miedo. Y por encima del recuerdo del pasado, conservamos, y conservaremos siempre, la esperanza de volver a verlos pasar miedo.
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Algunos miembros de la Coordinadora Dosmiloncera por la Libertad estaban fuera de Siria el 15 de marzo de 2011, y no han vuelto a ella aún. No han vuelto en cuerpo, pues ese día, o poco después, se decidieron y expresaron abiertamente posturas que hicieron imposible que volvieran a su país de forma legal mientras no cayera el régimen. Sin embargo, sí han vuelto con el corazón y la mente después de que su gradual separación del país terminara gobernando su vida. Así, unieron su destino particular al destino de su país, habiendo aprendido durante largos años que lo más útil y sensato era realizar un esfuerzo personal frenético por liberarse de su injusticia y retraso. Algunos de nosotros pensábamos que el “éxito”, la “integración”,  la “civilización” y la “urbanización” significaban para nosotros, los que habíamos salido hacía poco del pobre y desconocido país llamado Siria, superar nuestra “sirianidad” y olvidarla, alejarnos de la mayoría de sirios que nos encontráramos porque, tal y como nos había advertido nuestra familia, probablemente pertenecían al mujabarat o “la brigada de los informes”[4]. Por supuesto que añorábamos, pero a nuestras comunidades locales y aquellos con quienes manteníamos lazos personales. Nuestras ciudades y pueblos eran nuestras patrias, y si adoptábamos alguna postura política, era a favor de Palestina o Iraq. Siria no era más que una metáfora del instructor de abusones, el agente del mujabarat, las embajadas terroríficas y las estructuras del estado.
Todo esto cambió con el primer mártir que cayó en Daraa. Muchos de nosotros, los “de fuera” recordamos claramente dónde estábamos cuando escuchamos las noticias, qué hora era, qué estábamos haciendo y cómo en unas pocas horas toda nuestra vida entera se desequilibró. Recordamos perfectamente los nombres de las localidades que solo los habitantes de los alrededores conocían, y que rápidamente se volvieron cercanas y extremadamente familiares: Sanamein, Ingil, Dael, Jasim. Recordamos cómo descubrimos con los primeros vídeos de las manifestaciones que llegaban a través de Youtube que había sirios que no tenían ningún parentesco con nosotros y a los que no conocíamos, pero que no se dedicaban a escribir informes de seguridad. Recordamos cómo el exterior civilizado nos pareció, con las primeras fotos de los mártires, insulso, absurdo e insignificante, y cómo nuestra olvidada Siria se volvió familiar, grandiosa y épica.
¿Si aplicamos un pensamiento crítico, debemos sacudir la cabeza con vergüenza y sorna al recordar esos instantes? Tal vez sintamos algo de eso cuando volvemos a leer nuestras publicaciones en Facebook y vemos la seriedad y rigor con los que hablábamos de “exigencias revolucionarias”, “el interés último”, “la principal contradicción y las contradicciones secundarias” y la “necesidad de unificar a la oposición”, pero no sentimos ni vergüenza ni ganas de reírnos cuando recordamos las manifestaciones y a los mártires, o cuando recuperamos un poco de la valentía y heroicidad que vimos y que nos convirtió en personas nuevas. Tampoco lo sentimos cuando pensamos en el significado de que el ser humano, motu propio, ponga todos sus problemas individuales a un lado por un instante general fugaz, mostrando lo mejor y más bello del género humano. No sentimos vergüenza ni ganas de reírnos, sino orgullo y agradecimiento.
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Algunos de nosotros no hemos podido aceptar el exilio más que con el pretexto de la masacre. Uno de nuestros exiliados en París dice, por ejemplo, que siente cierta familiaridad, sin constricción ni nervios, cuando camina por las calles que presenciaron las masacres durante la comuna de París. La masacre es “el nervio vago”, si utilizamos el lenguaje médico, ese nervio que une el cerebro con el estómago y los intestinos, pasando por el hígado. 2011 fue un momento excepcional que prometió liberar al nervio vago de la masacre. 2011 fue un momento excepcional en que nos liberamos de nuestra connivencia con la familia Asad para que nos utilizara los unos contra otros y nos matáramos entre nosotros cuando no lo hacían ellos mismos. La mayoría de quienes nos hemos formado en la salvación, estábamos en la treintena o cerca, lo que significa que los ochenta en Siria habían sembrado en nuestro ADN una masacre de la que debíamos salvarnos. Hacer todo lo posible para salvarse es una cuestión siria y el momento de 2011 fue un instante único en que nos quisimos liberar colectivamente.
Algunos de nosotros aseguramos que no salimos de nuestro aislamiento y cerrazón en nuestro círculo social hasta las primeras manifestaciones en Siria. Esa euforia no era solo política, sino que era el éxtasis de la apertura a una identidad colectiva, de rasgos indeterminados, como identidad siria.
Los nombres de los viernes eran muy importantes para nosotros. Durante el “Viernes Santo” de abril de 2011, algunas manifestaciones en Damasco vieron caer muchos mártires que intentaban llegar a la plaza de los Abbasíes, imitando la ocupación de plazas públicas en Túnez o El Cairo. Después, nos olvidamos del tema de las plazas públicas: otra castración para nosotros como sirios. Las plazas públicas no nos pertenecían. Ese mismo abril, la plaza del reloj de Homs presenció una masacre. La castración en Siria se realiza por medio de la masacre. La masacre es el medio y el fin.
A principios de 2011 nos interesaban los analistas políticos sirios que salían en los canales “tendenciosos” hablando de la intifada siria, pero después dejó de interesarnos.
Algunos de nosotros afirmamos que nunca fuimos un revolucionario de libro ni hicimos justicia a lo que la palabra sugiere, pero sí sabemos una cosa, y es que el régimen de la familia Asad ha “hecho jirones” nuestra vida, en el sentido más personal de la vida, y también que odiamos a ese régimen. “Hacer jirones” significa malgastar una tela cortándola sin cuidado ni medida. El régimen de la familia Asad ha hecho jirones nuestras vidas, y el momento de 2011 fue un instante en el que conservar la utilidad de una parte de la tela.
Y hablando de los “revolucionarios” que tal vez no lo sean en la medida en que deberían, no debemos olvidar la expresión que empezamos a escuchar con profusión a finales de 2011: “los revolucionarios de Facebook”. Es complicado establecer una fecha para el nacimiento de este concepto en el contexto sirio, pero está ligado a los primeros momentos de estancamiento, cuando todo parecía no marchar como debiera. Cuando eso sucede, cuando la factura de sangre aumenta sin horizonte de salvación y cuando el conflicto se alarga más de lo que imaginábamos, aumenta la rivalidad por la legitimidad y el derecho a tomar decisiones.
Hay quienes han luchado sobre el terreno y quienes no, y esos últimos son, según los primeros, los revolucionarios de Facebook. La palabra en sí lleva una carga de rencor y de arrebato de la derecho a hablar, pues debes constatar qué has ofrecido sobre el terreno antes de gozar del derecho a rechazar la islamización o la militarización, o a sugerir cosas que ves que dibujan los márgenes de una trayectoria mejor. Y puesto que la acusación de revolución de Facebook se hacía a través de Facebook y que esta espada la utilizaban personas que escribían en Facebook contra otros que también lo hacían, ya no es posible saber dónde empieza y termina el asunto.
De esta acusación se han derivado muchas otras, todas incluidas en el contexto de las subastas sobre quién ha hecho esto y quién aquello, y sobre quién tiene derecho a decir esto y quién no. ¿Acaso podremos olvidar a uno de los hijos legítimos de la expresión “revolucionarios de Facebook” más graciosos cuando dijo: “Constituid la brigada Guevara antes de hablar”? Esta expresión nos sigue persiguiendo a veces, lanzada como una maldición contra quien critica el comportamiento de las brigadas islamistas desde posturas que parecen laicas.
Desde muy temprano, los revolucionarios se pelearon por el derecho y la legitimidad para hablar. Posteriormente, con los tortuosos derroteros por los que todos hemos transitado, la multiplicación de las formas de morir, las pérdidas, los exilios forzosos y la negación y con la variedad de posicionamientos y alineamientos y su confrontación, todo sirio quedó expuesto a ser acusado de algo que le arrebatara el derecho a hablar, hasta que solo los muertos tuvieron legitimidad para ello.
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Algunos miembros de esta coordinadora no tenían ni siquiera cuentas de Facebook cuando Zine El Abidin Ben Ali huyó de Túnez, pero todos nos volvimos facebookeros cuando los egipcios vivían sus días gloriosos en la plaza de Tahrir. Uno de nosotros dice que un chiste egipcio le empujó a hacerse una cuenta de Facebook, pues en él un egipcio definía Facebook como “el medio que utilizan los que cambiarán al presidente”.
Hoy sabemos que Facebook no fue “el medio” correcto para cambiar al presidente, pero fue adecuado para hacer muchas cosas. Facebook fue un nuevo mundo que se abría ante los muchos sirios en 2011, un mundo para hablar y expresarse, un mundo para la revolución, la solidaridad y la adopción de posturas. Muchos tal vez han pensado que las redes sociales, por el hecho de ser un mundo abierto que permitía intercambiar ideas y noticias rápidamente, y que evitaría la masacre o al menos disminuiría la capacidad de quienes la cometieran de recoger sus frutos, serían un espacio para intercambiar ideas y construir espacios comunes de acción, palabra e influencia.
Eso no sucedió. La masacre se produjo y el mundo pudo ver sus capítulos en Facebook. Muchos de los espacios de Facebook se transformaron en espacios de enemistad, exclusión y acumulación de malos entendidos, pero esto no borra la realidad de que se convirtió en un mundo alternativo para comunicarse en lo que respecta a los sirios desperdigados por todo el mundo. En la medida en que muchos de nosotros recibimos bofetadas, rencor y dolor a través de Facebook, también recibimos muchísima solidaridad, apoyo, amistades y conocimiento.
Las cosas no salieron como debían, ni en Facebook ni en ningún otro sitio, pero la expresión “las cosas no salieron como debían”, que ya ha aparecido dos o tres veces en este texto, es una expresión que hay que examinar con detenimiento.
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¿Cómo tenían que haber salido las cosas?
En este texto, lo que se quería decir con esa expresión es que se esperaba que la revolución cambiara el régimen establecido sin destruir el país ni exterminar a amplios sectores de su gente, y que la revolución fuera el camino a una vida mejor. Sin embargo, otra vez cabe preguntar qué es una “vida mejor”.
Este tipo de preguntas abrirán las puertas a diálogos, reproches y respuestas interminables, pero aprovecharemos esta ocasión para decir algo a quienes saben con total confianza cómo deben salir las cosas, esos que están encantados de conocerse, y que son los únicos que conocen la verdad y la llevan como una espada que blandir al azar.
Los encontraréis en muchos sitios, especialmente en Facebook, donde suelen concluir sus comentarios con expresiones del tipo: “y ya está”. De sus palabras emana la pus del autoritarismo, el uso de la violencia y la reprensión. No se cansan de entrar en todas las discusiones y conversaciones, destruyendo todo espacio público de debate, y aparecen siempre para acusar a los demás bien de idiotas, bien de traidores, pues ellos conocen la verdad y, si dices algo diferente de su verdad, solo puede deberse a dos cosas: que seas un ignorante o un connivente. En el caso de los islamistas, se añade otra acusación tras la que nada se puede decir: ser un infiel que ha abandonado la senda de Dios.
Todos esos adoptan múltiples posturas, en ocasiones contradictorias, y pueden ser tanto partidarios del régimen, como de sus rivales, o algo intermedio. También pueden ser islamistas o laicos, izquierdistas o liberales, pero comparten varias características: adoran a los fuertes poderosos, inventan formas de excusarlos, atacan los puntos débiles personales, muy personales, de otros, caen en maximalismos en nombre de la patria, la religión, los mártires o lo que sea, o incluso todas estas cosas juntas. Esto es así hasta el punto de que muchos de ellos llegan a perder toda conciencia, que es la que hace que nos censuremos, pero ¿cómo se va a censurar quien conoce toda la verdad?
Algunos de nosotros odiamos a esos verdugos simbólicos en la misma medida en que odiamos a Bashar al-Asad.
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¿Y ahora qué?
Seamos sinceros: a la mayoría de nosotros nos disgusta nuestra situación actual, pero todos estamos de acuerdo en que es bueno que sigamos siendo capaces de amar muchas cosas y a muchas personas. En el fondo, pensamos, nos queremos unos a otros, o al menos, amamos ese gigantesco momento que nos unió, nuestras esperanzas, nuestras sorpresas y nuestras reacciones. Tal vez los que son refugiados de entre nosotros eviten el encuentro, porque este exige una energía capaz de asumir el reflejo de muchos momentos pasados en el presente, y quizá no hacemos lo suficiente para estar juntos, o puede incluso que seamos demasiado categóricos y duros unos con otros. ¿Por qué? En realidad, en la mayoría de ocasiones se debe a que somos categóricos y duros con nosotros mismos, y lo somos porque somos, sin orgullo, más “ecuánimes” que quienes nos precedieron en la historia contemporánea de Siria.
La mayoría de nosotros hoy se observa y mira a su alrededor. Quiere cerciorarse del lugar y el tiempo y de lo que ha sucedido. Hay una búsqueda continua de tierra firme en un territorio de asilo que ofrece muchas posibilidades, posibilidades tan importantes como frías, tanto como un balaústre de hierro en el amanecer de un día de nieve.
A veces nos fijamos en nuestras familias a las que hemos dejado en el país y no nos creemos que todo este horror nos haya acaecido a nosotros y a ellos. Leemos la destrucción a veces en sus dientes deteriorados, sus profundas arrugas, la escoliosis de sus espaldas cansadas, la dificultad de sus vidas y días, que ya no superan en número a las pastillas que toman y el miedo que ha regresado, un miedo que nos dicen que había desaparecido en 2011. Los miramos fijamente y no nos lo creemos. “¡Fíjate en lo infame!” ¿Hay algo más terrible que el hecho de que el devenir de un país gobierne el devenir de tu vida? Nuestros cuerpos también, o los de algunos de nosotros, han comenzado a encorvarse.
Un escritor del siglo XX, da igual su nombre, se suicidó veinte años después de salir de las cárceles nazis cuando los dedos de sus pies y los huesos de sus caderas comenzaron a cambiar. La vejez es una llamada a la tortura en la memoria como dice X. Nos fijamos juntos en lo que conocimos y experimentamos juntos, e intentamos decir algo, lo que sea, para alimentar una conversación. Nada.
¿Logrará este régimen volver a imponer el reino del silencio también fuera de sus fronteras? Intentamos decir algo a nuestras familias que han pasado sus vidas anhelando la felicidad. Ah, es cierto, la espera es para los sirios una experiencia propia que en nada se parece a la espera. La espera y la elaboración de planes alternativos para todo… “¿Pondrás las acelgas con las habas en la sartén? ¿Qué sabes de Fulanito? Se marchó. ¿Y Menganito? Ha muerto.” Silencio. Nada en absoluto. ¿Qué podemos decir? En 2011 teníamos muchas cosas que decir.
Tomamos conciencia del hecho de que estamos a salvo, una situación dolorosa. Cargamos con ello como el joven que sustrae una prenda valiosa de su padre o su hermano mayor para engalanarse, pero tiene miedo de que se manche o arrugue y, al mismo tiempo, no se siente del todo cómodo en ella. Nuestro estar a salvo no es solo nuestro, pues en esa situación hay muchos fragmentos de las salvaciones perdidas de los mártires, los detenidos, los desaparecidos, los destrozados, los arrebatados y otros. ¿Qué hacemos con esos espacios de nuestra salvación que son en realidad propiedad de ellos? ¿Debemos conservarlos en un lugar seguro fuera de la vista de los demás o debemos escribir sobre ellos en los periódicos, como esos anuncios breves de personas que han encontrado un carné de identidad, un pasaporte o documentos a nombre de Fulano, que debe ir a la comisaría a recuperarlos?
Cuando observamos nuestro mundo, observamos la geografía que se ha vuelto, a pesar de Facebook, WhatsApp y Skype, una red de muros en cuyo interior se bombardea de un espacio a otro. Como suele decirse, hay un elefante en la habitación, un escollo del que nadie habla, una precaución silenciosa, entre quienes se ha quedado en Siria en zonas que hoy domina el régimen, las zonas de mayor concentración asadiana, y entre quienes han salido de esas zonas y están en otro lugar del mundo, zonas menos asadianas. En realidad, nos falta comunicación e intercambio de ideas y sensaciones para llegar al resultado de que sentimos las mismas cosas en diferentes ámbitos y en diferentes grados de crudeza y peligro, claro. Sin embargo, hay momentos en los que los sentimientos se aúnan y nos devuelven al punto inicial: algunos refugiados de entre nosotros siguen necesitando renovar su pasaporte y les recorren distintas formas de escalofrío al verse frente a la imagen de Bashar al-Asad a la entrada o en el interior del consulado sirio. Cuando cuentan eso, algunos de nosotros en el interior decimos: ¿sabes lo que significa vivir en 2019 en un consulado permanente, un consulado más atroz, un consulado “no diplomático”?
“El elefante en la habitación” es la imagen de Bashar al-Asad.
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Igual que no sabemos aún con certeza cómo tratar con nuestra salvación, que no es solo nuestra, seguimos en la etapa de descubrimiento de cómo tratar con 2011. El gran año. El año del todo. Uno de nosotros dijo que 2011 es la herida de la que nacimos, y estaba convencido de que era una definición grandiosa, hasta que algunos de nuestros compañeros empezaron a reírse de él. Se produjo una cierta tensión en ese momento, pero la conversación discurría en un ambiente de familiaridad y cariño.
Sabemos que no queremos que 2011 sea un lema o el “aniversario del inicio” al que volver periódicamente cada año del mismo modo que Facebook te muestra los recuerdos de “un día como hoy”. Queremos coger 2011, estudiarlo, desmembrarlo y volver a ordenarlo, quitarle el polvo y cubrirlo para que no se enfríe. Queremos verlo y ver las partes de nosotros mismos que se han quedado en él, hablarle, escucharlo, y reírnos y llorar juntos.
Queremos defender 2011 frente a sus verdugos, los simbólicos y los reales.
Ese grandioso año, el año del todo, es uno de nosotros. Lo queremos, seguimos sus noticias, nos preocupamos por saber que está bien, que su situación es aceptable cuando vive en el interior de Siria, que ha aprendido un nuevo idioma y que ha encontrado trabajo en su exilio como refugiado. Quizá no tengamos energía para encontrarnos con él a menudo, pero queremos que esté bien. 2011 es nosotros, es los mártires, los detenidos y los desaparecidos de nuestra familia y amigos. No es nuestro pasado, sino nuestro futuro. Nuestro presente se basa en que defendamos ese pasado, en que libremos batallas por él, en que lo miremos largamente, en que lo interroguemos, que nos riamos de él, que discrepemos con él, y que rivalicemos con él por un tiempo antes de reconciliarnos. Es nosotros, el “nosotros” que no puede más que ser extremadamente tierno con él.
2011 es lo que ha sucedido, y lo que ha sucedido es nuestra identidad. Nuestra identidad es el conjunto de la memoria de quienes partieron y nuestra dignidad, la de los que todavía estamos aquí. El resto son detalles
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Viva Siria y abajo Bashar al-Asad.

[1] Zocos de la ciudad de Damasco donde se produjeron las primeras manifestaciones en 2011.
[2] En 2011 y 2012 sobre todo, se votaban en Facebook los nombres que se darían a los viernes en los que se producían la mayor parte de las manifestaciones; sin embargo, hubo desacuerdo en algunas ocasiones y, de hecho, en algunos casos no se respetó el resultado mayoritario, siendo elegida la opción favorecida por los administradores de la página.
[3] Para el femenino se plantean dos opciones: Hurrat y hara’ir. El primero es un plural femenino del adjetivo “libre”, libre de connotaciones, mientras que el segundo tiene connotaciones religiosas que, en su momento, al dedicarse un viernes a las hara’ir dio pie a todo un debate sobre la idoneidad de terminología islámica.
[4] El mujabarat es el servicio secreto. El asunto de los informes remite al hecho de que el mujabarat se nutría de los informes realizados por colaboradores civiles reclutados para tal fin.

martes, 10 de abril de 2018

¿Dónde están Samira, Razan, Wael y Nazem?


Texto original: Al-Jumhuriya 

Autor: varios

Fecha: 07/04/2018



Después de que se ha forzado la evacuación de decenas de miles de habitantes de Al-Ghouta oriental, y se espera que la misma situación se repita, mientras se levantan refugios temporales en los que esas personas son sometidas a la humillación vital y securitaria por parte de los aparatos del protectorado asadiano, quienes están en peor situación en esta catastrófica realidad son los cuatro secuestrados de Duma, desaparecidos desde hace cuatro años y cuatro meses.

Todas las pistas recabadas durante este tiempo indican que el Ejército del Islam es responsable del secuestro de Samira Khalil, Razan Zaitouneh, Wael Hammada y Nazem Hamadi, un secuestro que se enmarca en el ámbito de los esfuerzos de esta formación salafista de imponer su autoridad absoluta en Duma, y que se suma a otras acciones, como asesinatos y detenciones. Entre sus múltiples víctimas están Abu Sohbi Taha y Abu Nadhir Khabiyya, ambos expuestos a torturas salvajes, y que no fueron puestos en libertad hasta hace muy poco, para ser evacuados forzosamente con los demás.

Los familiares y amigos de las dos secuestradas y los dos secuestrados hemos pedido la ayuda de muchas partes, después de poner a disposición de todos los fuertes indicios que teníamos para considerar que dicha formación y no otra es responsable de su desaparición. Nos entristece tener que repetir esta llamada de socorro hoy. Pedimos a todo el mundo, a los integrantes de formaciones políticas, de derechos humanos, culturales o religiosas del amplio espectro sirio, que asuman su responsabilidad y eleven su voz en relación a esta cuestión. Samira, Razan, Wael y Nazem no eran unos desconocidos antes de la revolución, ni durante la misma. Su causa es conocida en toda Siria y en muchos rincones del mundo. No tiene sentido que el emirato que se ha afanado en secuestrar, detener, torturar, hacer desaparecer y asesinar, se desintegre hoy mientras el destino de sus víctimas sigue siendo desconocido. No hay justicia, conciencia, ley o causa que pueda justificar que quienes pueden hablar se mantengan en silencio.

Quienes dieron la orden de secuestrar a los cuatro tienen nombres y apellidos, quienes enviaron amenazas escritas de muerte a Razan también son conocidos por su nombre, y es muy probable que esos mismos enmascarados sean los responsables del secuestro, quienes emitieron las fatuas de asesinato y detención y quienes ordenaron el secuestro de los cuatro. Llamamos a que se pidan explicaciones a los implicados y se descubra la verdad del destino de las dos mujeres y los dos hombres.

Queremos que se ponga en libertad inmediatamente a Samira, Razan, Wael y Nazem y que se nos ayude a encausar judicialmente y condenar a los líderes religiosos, militares, políticos y encargados de la seguridad del Ejército del Islam por haber cometido este crimen, y otros muchos. Si se libran de un castigo merecido, ¿con qué cara podremos exigir que Bashar y sus secuaces no se libren de su merecido castigo?

Samira, Razan, Wael y Nazem no son ramas independientes de un árbol: tienen familia, seres queridos y amigos que han soportado el dolor de su ausencia sin la ayuda de ninguna institución pública durante más de cincuenta meses, y que hoy se preguntan: ¿dónde están nuestros seres queridos? ¿Por qué nadie dice nada?

Ayudadnos, por favor.

Decid la verdad, por favor.

No nos dejéis a merced de la preocupación y el miedo, por favor.

Colectivo Al-Jumhuriya
Organización Las mujeres ahora
Centro de Documentación de Violaciones de Siria
Organización “Nuestra casa, Siria”
Unión de Detenidos y Desaparecidos de la Cárcel de Sednaya.

domingo, 26 de abril de 2015

La guerra abstracta y sus víctimas inocentes



Texto original: Al-Jumhuriyya

Autor: Yassin Swehat

Fecha: 17/04/2015 




Tres imágenes 

A finales del pasado mes de marzo, las redes sociales, y después los medios árabes y occidentales, compartieron con profusión la imagen de la niña siria refugiada en el campamento de Atmeh que levantó sus manos asustada y en señal de rendición al ver el objetivo de una cámara, que pensó que era un arma, apuntándole. La imagen no era nueva –teniendo en cuenta los tiempos de internet y la velocidad con que se transmiten las noticias e imágenes- pues el fotógrafo turco Osman Sağırlı la había tomado unos cinco meses antes [1]. Sin embargo, se hizo viral hace unos días, después de que la fotógrafa y periodista palestina Nadia Abu Shaban la compartiera en su cuenta de Twitter [2].

Unos días después de que se difundiera la imagen de Osman Sağırlı, Rene Schulthoff, que trabaja en la Cruz Roja Internacional, publicó otra imagen tomada el pasado otoño [3], en el campamento de refugiados de Zatari en Jordania. En ella se ve también una niña que levanta las manos, rindiéndose ante la cámara. La imagen de Schulthoff se une a la anterior, convirtiéndose ambas en anexos visuales de un gran número de textos y tuits solidarios con los niños de Siria, y que llaman a que se les salve de la desgracia de la guerra en su país.

La semana pasada, el periódico británico The Guardian, escogió una imagen de Siria para su sección “Fotos de la semana” [4]. Esta imagen, tomada por Abdalrhman Ismail en Alepo para Reuters, muestra dos niñas con la cara y el pelo cubiertos de polvo, que se cogen de la mano, después  de ser rescatadas de los escombros provocados por los bombardeos de la aviación siria sobre los barrios liberados de Alepo. El rostro de una de ellas deja ver con claridad la estupefacción ante lo que sucede y la incapacidad de comprenderlo; la otra parece que se ha empezado a dar cuenta, relativamente, de lo que les ha sucedido, y lagrimas de terror comienzan a caer por su rostro lleno de polvo.

Las tres imágenes se han usado con profusión en los últimos días en los textos y tuits que piden que se proteja a los niños sirios de la tragedia de la guerra que se desarrolla en su país, aunque no se trata de las primeras imágenes de niños sirios que se publican, ni se trata de una excepción que se utilicen en las llamadas a la protección de los niños. También se observa que las fotografías más difundidas en los medios y redes sociales no son las más crueles que se toman en Siria, sino que las más mediáticas son las que no tienen sangre ni restos humanos. De hecho, se muestran aquellas que indican un “final feliz” (teniendo en cuenta las limitaciones del contexto), como niños rescatados vivos bajo los escombros, o niños que ya no están en peligro de muerte directo, como en los campamentos de refugiados. 

La guerra civil 

Hace un año o más, era habitual encontrar en los textos escritos por sirios dudas acerca de si lo que vivía Siria era una guerra civil o no, dando lugar a una amplia gama de posturas. Había quien rechazaba el término rotundamente; también había quien reconocía el término, pero insistía en que esta guerra civil era la respuesta del régimen a la revolución popular en su contra; por otra parte, estaba quien se aferraba a la palabra revolución a pesar de existir rasgos claros de guerra civil en el país; y finalmente, había quien consideraba que Siria vivía una guerra sin más, y que esta guerra había abortado la revolución.
Hoy apenas quedan vestigios de esa discusión, y no queda claro si se llegó a un acuerdo antes de que se extinguiera. Quizá, ya no había necesidad de detenerse en los términos y cundía una especie de desesperación al intentar llamar a las cosas por su nombre, quizá porque lo que vivimos se escapa de los términos y denominaciones que manejamos.

En otro orden de cosas, sigue notándose una cierta alergia al uso del concepto de guerra civil para referirse a lo que sucede en Siria. Este término apenas es usado por los sirios, no solo por los que se aferran a la denominación de “revolución siria”, sino también en los sectores menos politizados, o incluso entre los partidarios del régimen. Es raro escuchar el concepto de “guerra civil”, y es más habitual el recurso a términos como “la crisis”, “los sucesos”, o incluso “la guerra” sin adjetivos.

Existe una especie de consenso en no querer utilizar el término “guerra civil” para referirse a Siria, cerca del cual me sitúo.  Esta falta de voluntad no nace del hecho de que de veras no se piense que haya una guerra civil en Siria, pues los sirios se enfrentan a otros sirios en distintas organizaciones combatientes que además tienen claras diferencias en torno a los conceptos e ideas que se refieren a Siria, sino que nace, tal vez, del hecho de que se ha superado esa división tan clara y nos encontramos en una dispersión irresoluble. Aquí, lejos de los parlamentos en relación a la “guerra civil”, hay una resistencia a la lógica de algunos sectores políticos e intelectuales (locales, regionales e internacionales) que se posicionaron demasiado rápido a favor de la versión de la guerra civil, al considerarla la opción fácil para salir de la “no postura”, bien equiparando a las partes, o bien, desentendiéndose verbalmente de ellos. En efecto, existe una posición implícita en la “no postura” verbal, pues equiparar a dos partes desiguales en fuerza o capacidad en una guerra supone ponerse de parte del más fuerte.

En el nivel de la política internacional, la adopción total del término guerra civil supuso traspasar la línea de la provocación, para llegar a un elevado grado de mezquindad. Es cierto que el uso de “guerra civil siria” comenzó a estar presente con el inicio de la acción armada contraria al régimen, pero la adopción definitiva por parte de la comunidad internacional del término “guerra civil” para aproximarse a la crisis siria, estuvo ligado a la masacre química en Al-Ghoutta, Damasco. En ese momento, el acuerdo ruso-estadounidense de retirada del arsenal químico del régimen sirio fue camuflado con la cortina de humo de una “conferencia de paz” entre las partes sirias, una conferencia que se supone que tuvo lugar en Ginebra a principios de 2014. Ya no existía un régimen dictatorial y criminal que hacía la guerra contra los sectores populares alzados en su contra, y por tanto, posicionarse en su contra era un tema ético antes que político. Más aún, había una “guerra civil” con varias “partes” implicadas y el papel de la comunidad internacional era lograr un “compromiso” haciendo que dichas “partes” se sentaran a la “mesa de negociación”, lo que significaba que estas “partes” eran iguales en representación y responsabilidad política. Es decir, que Asad había pasado de ser un criminal contra el pueblo sirio, que no merecía otro futuro que un enjuiciamiento, internacional o local, a una parte en la guerra civil, igual de malo que sus “rivales políticos”, y por tanto, había que presionar a aquel y a estos para lograr un compromiso.

La consagración de esta versión no solo ha llevado a que lo que sucede deje de llamarse levantamiento de los sirios empobrecidos, marginados y oprimidos contra el régimen criminal y responsable de su empobrecimiento para pasar a llamarse enfrentamiento armado entre el régimen y “la oposición”, sino que además se ha reescrito la historia de los últimos cinco años con una perspectiva reduccionista. Esto último se ha visto con especial claridad desde el pasado mes, cuando las piezas periodísticas [5] y los comunicados de las asociaciones humanitarias y de derechos humanos repitieron con profusión que “la guerra civil siria entra en su quinto año”.

En Siria hay una guerra civil, o quizá algo peor, pero esta guerra no comenzó a mediados de marzo de 2011. Ni siquiera quien nunca ha reconocido que hubiera una revolución puede decir eso. Tal vez tengamos que esperar a que vengan los historiadores a preguntarse por el momento en que empezó la guerra civil en Siria, con la esperanza de que sean más fidedignos que los escritores de comunicados de los órganos de la ONU.

Cabe decir, tras aclarar de forma implícita mi preferencia por no utilizar el término “guerra civil”, que este concepto es más fidedigno con diferencia, que otros como “guerra por delegación o proxy war”, o “la guerra de otros en nuestro territorio”. En la historia moderna y contemporánea, ninguna guerra civil se ha librado de polarizaciones regionales e internacionales en relación a ella, y de la influencia exterior en las dinámicas de la lucha y sus resultados. En toda guerra civil hay una “guerra por delegación” implícita. Pero hablar de una “guerra por delegación” o “guerra de otros en nuestro territorio” supone deshacerse falsamente de toda responsabilidad, además de menospreciar los factores internos que llevaron a la lucha. Por último, supone alejar la responsabilidad más allá de unas fronteras que ya ni siquiera están en pie. 

La guerra 

La guerra es, sin duda, algo terrible, y esa es la esencia de la lógica pacifista y el pensamiento antibélico. Esta idea goza del consenso humano y se asemeja una tautología, hasta el punto de que muchos portadores de armas en distintas partes del mundo podrían estar de acuerdo con ella. Es lógico y sano que el discurso antibelicista sea fuerte, y se pide, de hecho, que sea el más fuerte: la humanidad ha sufrido suficiente a lo largo de la historia las miserias de la guerra, como para hacerse convencido de que este camino para lograr los objetivos debe cerrarse para siempre, y que las diferencias y rivalidades han de dirimirse por medios políticos pacíficos. No hay divergencia en estos conceptos, como es natural.

Es común encontrar, en el discurso antibelicista, intentos de búsqueda de un camino fácil o directo para condenar la guerra; es decir, deshaciéndose de y rechazando toda forma de pensamiento lógico sobre la misma, y absteniéndose de analizarla e investigar sus causas, sus perspectivas y la naturaleza de los que se enfrentan, sus razones y sus medios, así como las diferencias cuantitativas y cualitativas entre la responsabilidad que cada uno tiene en la lucha y sus resultados. La guerra es un concepto abstracto, no lógico, reducido a una imagen caricaturesca, superficial y miserable. La guerra tiene una entidad propia, no pertenece al mundo en que vivimos, y no nace de sus condiciones ni trata con ellas, sino que posee voluntad, siente deseos y aparece y actúa según sus maléficos caprichos: mata aquí, destruye allí y desplaza aquí y allá.
La guerra, según este discurso, es una desgracia, como los huracanes, los terremotos o las inundaciones, pero no es resultado de factores naturales terrestres como un terremoto. Al contrario, la guerra proviene de la naturaleza malvada del ser humano: el ser humano es un malvado belicista, que deja salir su maldad llevando armas y matando, y tanto mal conlleva desgracias para los humanos que no son malos. 

La guerra es igual de clara que malvada y no tiene complicación alguna que merezca ser analizada. No hay política en la guerra, sino que la política se rechaza como se rechaza la guerra. No se buscan las causas de la guerra ni la sucesión de eventos, ni sus líneas gráficas, como –por supuesto- no se discute el grado de responsabilidad, ni las diferencias cualitativas y cuantitativas entre los beligerantes. Todos los que luchan, como la guerra, son malos. No me interesa quién empezó, todos han de ser castigados, como dice la madre enfadada a sus hijos que se pelean por un trozo de pastel o por un juego.

Apartarse de un pensamiento más complejo que el juicio de valor abstracto tiene una ventaja para un importante sector de los pacifistas: reconocer que la complejidad de la guerra puede llevar a comprenderla, o justificar algunos aspectos de la misma, o incluso hacer temblar la firmeza con que se rechaza el uso de la violencia como una solución a las diferencias. En la abstracción y descripción absoluta de la guerra como algo malvado, y en el alejamiento de todo análisis de sus detalles, se trasluce un sentimiento de firmeza y solidez innegociables en relación a lo que se considera una postura ética. Siendo realistas, se trata también de una pereza ética y de pensamiento entre los que, con buenas intenciones, defienden este discurso, además de una disolución de responsabilidades y una licuefacción de la realidad en la maldad. 

Las víctimas 

La guerra es “demente”, de la misma manera que sus víctimas son “inocentes”. A veces parece que no basta con decir “víctima”, con la injusticia sufrida que conlleva la palabra, sino que es preciso añadirle el calificativo de inocente.

La víctima inocente de la guerra malvada abstracta es la víctima negativa. Las víctimas de la guerra son totalmente independientes de la misma en pensamiento, linaje, identidad y juicio, pues la guerra y los que luchan vienen de otro planeta, y poseen una naturaleza diferente, y lo que hacen es traer su desgracia a las víctimas inocentes. Debe de quedar claro que la víctima no ha participado en la “espiral de violencia” y que no está de parte de ninguna de las partes enfrentadas. Así, es difícil, por ejemplo, hablar de los adultos como víctimas inocentes, si no es como padres de niños que sufren las desgracias de la demente guerra. También sucede que, cuando se bombardea una zona residencial, todas las víctimas son “civiles”, como si la presencia de los no civiles justificara el bombardeo, o los objetivos del bombardeo fueran responsables del mismo.

Estas palabras no se aplican solo a quienes han muerto en la guerra, sino también a quienes se han visto obligados a refugiarse lejos de sus casas. El pensamiento y el discurso sobre ellos se reducen, en la mayoría de casos, al hecho de que se mantienen vivos; es decir, a términos meramente humanitarios. No se puede pensar, por ejemplo, que la sociedad de los refugiados es la misma que la de los combatientes, con todo lo que conlleva dicha realidad. Abstraer la guerra lleva a considerar a los refugiados como un bloque sordo, mudo y negativo, homogéneo en su aislamiento de lo que sucede en su país. En esta perspectiva humanitaria, hay un importante componente de alienación. 

Las víctimas de Daesh 

Se observa, en la forma en que los medios occidentales siguen los hechos, que las víctimas de Daesh no se incluyen entre las víctimas de la “espiral de violencia” en Siria. Puede parecer, a primera vista, que esto se debe a que la opinión pública occidental ve en Daesh un enemigo, mientras que “las partes beligerantes” en Siria son partes de personas malas que se matan entre sí como locos. No cabe duda de que esta razón no es la única.  

Daesh no acepta que sus víctimas sean meras “víctimas de guerra”, porque es muy celoso de sus “víctimas”… Deben morir, o ser insultados, o ser desplazados, pero deben morir, y ser insultados y desplazados como quiere Daesh, y que el mundo las vea como quiere que las vea. La cuestión aquí no solo tiene que ver con el salvajismo, pues el régimen ha matado solo con barriles explosivos -que han reducido a polvo barrios, ciudades y municipios- más del doble de los que ha matado Daesh. Sin embargo, la cabeza del régimen niega en los medios, con desfachatez, que se hayan usado barriles explosivos. Da igual si uno se cree lo que dice o no, o si uno cree que alguien lo cree o no. Su negación implica que no trae a colación su uso en el discurso ni se jacta de ello. Frente a ello, Daesh graba las ejecuciones desde tres, cuatro, o hasta cinco ángulos, y pone en marcha toda su técnica para evitar que se borren sus producciones “mediáticas” en las redes sociales o servidores de vídeo en internet.

Salvando eso, al hablar de las “víctimas de guerra” dentro de la lógica de la guerra abstracta, hay un gran componente de rechazo a la política, al adoptarse la pura y simple valoración moralista como único método de discurso. Daesh se rebela contra la política hasta el punto de que incluso la lógica contraria a la política no sirve con él. 

Los niños como víctimas ejemplares 

En el hecho de centrarse en los niños como víctimas ejemplares de la guerra abstracta, se trasluce un cierto descanso resultado de la certeza de que los niños son víctimas indiscutibles. Por el contrario, si se habla de adultos, especialmente los varones, puede caerse en la duda de si son víctimas totalmente “inocentes” o no. El niño es “una realidad absoluta” en este ámbito, en el sentido de que los niños no pueden ser parte de la lucha, ya sea política o militar. Un niño con la cara cubierta de polvo que se ha salvado de milagro del bombardeo aéreo es una víctima inocente, pero alguien que muere bajo tortura, por ejemplo, no es igual, porque no está clara su “inocencia”. La imagen de ese niño puede dar la vuelta al mundo en unos minutos, mientras que los mismos medios ignorarán la noticia de más de diez mil mártires bajo tortura solo en Damasco. El niño es una víctima de la “espiral de violencia”, mientras que no puede asegurarse que quien ha muerto bajo tortura no fuera parte de dicha “espiral” de un modo u otro.

Puede que mis palabras parezcan prejuiciosas o faltas de la empatía obligada con los niños, como víctimas más débiles, o poco comprensivas con el estrés emocional –legítimo- que conlleva la imagen de un niño sufriendo, en comparación con el sufrimiento de un adulto. El hecho de existir una compenetración mayor con el sufrimiento del niño no tiene nada de malo, obviamente, pero que la imagen del niño monopolice los sentimientos no sirve de nada, ni a los niños ni a los demás: toda solución parcial procurará la salvación de los niños sirios sin “salvar” a sus familias, y ¿cómo se “salva” a la familia de los niños sin “salvar” sus sociedades en conjunto? ¿Cómo se puede pensar en ello sin desgranar los problemas? ¿Cómo se analiza el problema si no se abandona la abstracción del concepto de guerra mala, que ocupa una gran parte del discurso antibelicista, ese que se abstiene de investigar el desarrollo gráfico de la guerra y repartir responsabilidades cualitativa y cuantitativamente? 

[1] Véase el link.
[2] Véase en este enlace.
[3] Disponible aquí.
[4] Aquí puede verse toda la galería.
[5] Véase un ejemplo.