Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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sábado, 13 de marzo de 2021

Seguimos aquí

Texto original: Al-Jumhuriya

Autora: Mona Rafei


Fecha:11/03/2021

[Con motivo del décimo aniversario del inicio de la revolución, varios medios y plataformas están dedicando artículos a esta cuestión. Reproducimos aquí uno escrito desde Homs, ciudad controlada por el régimen tras el pacto acordado con las facciones armadas opositoras ya en 2014]


Mientras cuentas las pequeñas arrugas en tu rostro, viene alguien y te dice que han pasado diez años y sientes que ya no eres capaz de distinguir todo lo que ha sucedido entre sueño y vigilia, entre tu vigilia y tu muerte. Miras el calendario y cuentas con los dedos: dos años, cinco, siete, nueve, diez… En el primero estabas en ese sitio; en el tercero, en otro; en el quinto, en uno distinto de ambos; y en el décimo, ya ni cuentas los lugares, pues te has olvidado a ti mismo y el tiempo te ha olvidado, y sencillamente prefieres que sea así.

Pero ¿dónde estás?

Recuerdas lo que sucedió hace diez años: ellos te han obligado a recordarlo, aunque deseas olvidar, no por nada, sino porque ya no soportas el dolor, ya no soportas la sucesión de pérdidas, sangre, destrucción y barro. Porque has decidido no decir nada, no añadir nada, porque sabes perfectamente todo lo que se ha dicho, lo has memorizado y estás harto de ello. Porque quieres mirar hacia delante y olvidar todo lo que ha quedado atrás. Sin embargo, ese atrás es pesado, muy pesado, y tira de ti hacia atrás: te agarra de la ropa y el pelo, te ruega que no lo dejes y que lo pongas delante de ti, y cuando lo escuchas te dice: ahhh… Y ese suspiro te llena el pecho. Te rindes y sientes pena por ti mismo cuando eso sucede.

Pero, ¿hacia dónde ir ahora?

Ahora estoy en Homs. Camino por las calles, las que están destruidas y las que no, me fijo en los rostros, los mercados, las mercancías, y me digo: “Este rostro duro que acaba de pasar a mi lado podría ser el de un asesino bajo tierra, y ese otro bueno y tranquilo podría ser el de un mártir oprimido asesinado con una bala traidora.” Organizar los rostros de los viandantes es mi afición mientras camino: “Este es un asesino y este, una víctima; este es un mártir y este, un carnicero.” Me detengo en algunos rostros y pienso: “A este asesino, tal vez, lo despierte su conciencia por la noche y este mártir tal vez tenía una historia que no quería que nadie conociera.” Dejo de categorizar los rostros y me reprendo porque eso no está bien, pero ese pequeño juicio en mi contra es como una última impotencia que intento solucionar. La impotencia acumulada empuja al ser humano a hacer las cosas más miserables y carentes de sentido.

Al teléfono, una voz triste dice que los últimos diez años han pasado como un largo sueño cuyo final aún esperamos. Le doy la razón y miro al cielo, donde la lluvia parecen barras de hierro y el sol, una tristeza amarilla. Escucho a la gente y sus palabras resultan metáforas incapaces de una derrota que se avergüenza de decir que lo es.

Pienso que el juego favorito de todo el mundo aquí es no llamar a las cosas por su nombre, ya que llevamos diez años viviendo “la guerra”; “la crisis” asfixiante actual la ha provocado “la gobernanza”; “las ballenas” son quienes han provocado la pobreza de la sociedad; “el sabio liderazgo” emite resoluciones que no tienen en cuenta las circunstancias de las personas y las “autoridades competentes” agarran a un joven y lo asesinan “sin querer”[1].

Estas débiles metáforas son la forma que todos tienen de renegar y superar la realidad ausente, pero todo esto tiene un precio, puesto que uno acaba sintiendo que ha sido borrado, que su cerebro ha sido borrado y que su existencia en sí misma también lo ha sido. Tienes que destruir todo lo que guardas en tu pecho para construirte tu existencia segura aquí. Debes mentir hasta el límite de la mentira para protegerte. El miedo y la frustración son el pan de cada día y, cuando te encuentras frente a una realidad o una mentira más grande de lo que esperabas, no tienes más opción que huir y esconderte, después de tragártela hasta el punto de asfixiarte.

Ahora mismo me encuentro en Homs y te estoy hablando. Te digo que sigo caminando por las calles y escucho las voces de los ausentes. Su voz lo tortura a uno aquí. Hablan mucho en general, a pesar de su ausencia. A veces, por ejemplo, dicen: “Os esperamos.” Otras: “Seguiremos presentes en vuestro sueño y vuestra vigilia.” También dicen: “Confiamos en vuestra ira y tristeza.” Y también: “Nos quedaremos callados esperando que habléis.”

Un amigo dice, mientras inclina la cabeza sobre su hombro: “Nuestros días pasan de diversión en diversión.” Y todos asentimos con la cabeza. Otro dice: “Se nos va la vida en vano en este triste país”. Y todos asentimos con la cabeza.

Un tercero dice: “Ojalá eso que fue no hubiera sido. ” El movimiento de cabezas vacila y mantenemos la mirada en el suelo, mientras se entrecortan las letras. Hablar de “lo que fue” es a veces un acertijo o un pasado aplastante que es mejor superar, recuerdos escogidos de sucesos de los que hemos salido ilesos casi de milagro. Pero más que eso, la lengua se traba al hablar mientras que la memoria se mantiene despierta por lo que fue.

Ese hombre levanta el dedo frente a nuestro rostro, con sudor naciéndole en el centro de la frente, y nos dice: “No son elecciones, sino una renovación de la pleitesía, ¡una renovación de la pleitesía!”[2] Lo repetimos tras él serviles, pero cuando volvemos a nuestras casas, repetimos lo que hemos escuchado de boca de ese hombre tras nuestras puertas cerradas y maldecimos lo que se ha dicho y a quien lo ha dicho.

El hecho de que ambas cosas sucedan a la vez no facilita la labor de abordarlo. Esa mujer cuyo marido cayó mártir y que prometió un día que cocinaría en la calle y repartiría la comida gratis si caía el régimen, apenas puede creer que hayamos llegado aquí y estemos hablando de elecciones. Y como nosotros, muchos…

No es necesario que llegue el décimo aniversario para dialogar con ella en nuestra mente, porque ese diálogo vuelve a empezar, aunque no queramos, cada mañana en que nos despertamos con una nueva tristeza. No hace falta ser revolucionario, con todo lo que la palabra implica en cuanto a actos y significados que la exceden, para afirmar que rechazas todo lo que ha sucedido y sucede, a pesar de que eres claramente incapaz de hacer nada.

El corazón a veces puede sentirse sobrecargado por lo profundo de la acción que debes realizar y no puedes, pero el corazón sólo puede latir si lleva consigo todos esos suspiros, penas y pérdidas que no pueden olvidarse nunca, pase el tiempo que pase.

Estamos aquí. Seguimos buscando un chiste para sonreír en mitad de todo lo que acontece, pero apenas encontramos alguno. Por eso, nos corremos a las páginas de Facebook y repetimos las sonrisas censurables, en otra metáfora de las risas que perdimos hace años.

Seguimos aquí, en Homs. Nos mantenemos firmes. Caminamos, dormimos, comemos, tememos y soñamos. Lo importante es que continuamos soñando. Y lo único de lo que estamos seguros es de que nadie puede arrancar ni retirar lo que hay en nuestros corazones, por mucho que parezca lo contrario.

[1] Se reproducen aquí una serie de fórmulas que evitan palabras tabúes y en gran medida son utilizadas por parte del régimen para llamar a las cosas. Así, no se habla de “régimen”, sino de “autoridades competentes”, y de “ballenas” en lugar de hacer mención al entramado económico que ha beneficiado al régimen y sus acólitos, cuyo referente más conocido sería Rami Makhlouf, primo de Bashar al-Asad y hoy caído en desgracia. Del mismo modo, no se habla de revolución en ningún momento para no denotar que quien habla es un opositor al régimen. 


[2] Cada siete años, se celebra un referéndum en Siria para volver a elegir al presidente, una tónica que Bashar al-Asad modificó ligeramente en 2014 para revestir este referéndum en el que sacer menos del 90% de aprobación era casi un fracaso y donde la libertad de voto era inexiste e instauró un sistema de “elecciones” a las que se presentaron otros dos candidatos. Este giro cosmético se va a repetir este año en las segundas “elecciones” que se celebran desde el inicio de la revolución y en las que toda la población desaparecida, exiliada o encarcelada no podrá votar nuevamente. 

martes, 24 de marzo de 2020

El 18 de brumario de Bashar al-Asad

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Alguien de 36
Fecha: 19/03/2020


Querido o querida…
No sé de ti, de vosotros, más que dos cosas: que tienes 18 años y que eres sirio o siria. En realidad, la cuestión no es que solo conozca dos cosas de aquellos a quienes dirijo mi carta, sino que esta carta va dirigida a quienes cumplen las dos condiciones anteriores: sirios y sirias nacidos al inicio del milenio. En cuanto a mí, presentarme no es ahora mismo más importante que presentar a aquellos a quienes me dirijo. Tengo unos 36 años y soy sirio o siria, o ambas cosas. A fin de reducir los pronombres, pongamos que soy un sirio que ha superado ligeramente la mitad de la treintena y que escribe una carta a una siria de dieciocho años.
Así pues, querida…
Te escribo hoy después de pensar largo y tendido en ti, cuando ves, lees y escuchas estos días, con permiso del coronavirus, a personas de mi edad, unos años arriba o abajo, hablar del aniversario de la revolución siria. Por favor, no te disgustes demasiado si no sabemos si fue el 15 o el 18 de marzo… No es exactamente que no lo sepamos, es que es una cuestión complicada. Tal vez escuches otras denominaciones, como “los hechos” o incluso “la guerra”. Tal vez oigas la palabra “conspiración” también, pero no voy a entrar en el tema de los nombres posteriores, pues el objetivo de esta carta es hablar del primero: la revolución siria, eso que empezó cuando tenías unos nueve años. Durante estos últimos días, he estado pensando en los que tienen tu edad o son ligeramente más jóvenes o mayores, que viven en las zonas controladas por el régimen y en las distintas regiones que han escapado a su control y están ahora bajo dominio de grupos diferentes; o bien que viven en los países lejanos o cercanos de la diáspora, y no comprenden qué “conmemoración” es esta o de qué revolución hablamos. ¿Qué ha traído de bueno consigo lo sucedido desde 2011 hasta hoy para que algunos de nosotros celebremos esa revolución, aferrándonos a nuestros símbolos, significados, recuerdos y sacrificios? Tal vez escuches estos días entre tus conocidos, cuando recuerden el entusiasmo de las primeras manifestaciones y los primeros momentos en que rozamos y respiramos la libertad, cosas que te parezcan carentes de significado o pertenecientes a una jerga pasada que no significa nada y que utilizan personas que no ven “el presente” como tú lo ves, ni comprenden la realidad como la comprende tu generación.
¿Te estás aburriendo ya de leer? ¿Has considerado que estás ante un nuevo intento por parte de un nostálgico que se adentra en el mar de la mediana edad de narrar batallas cuyas consecuencias hoy son la devastación y la destrucción? En realidad no es eso lo que pretendo con esta carta. No quiero ofrecerte un discurso revolucionario sobre la necesidad de aferrarnos al inicio del levantamiento a pesar de la cantidad de escombros, restos y sangre que se han acumulado sobre él, aunque creo firmemente en ello. Escribo este texto para contar una historia algo más antigua, puesto que yo, y los que son mayores que yo, el país, su devastación e incluso tú, no nacimos en 2011, sino que ese año, en el que llegó la revolución, nació, como nació la revolución, mucho antes.
Tenía más o menos tu edad, quizá uno o dos años más, cuando murió Hafez al-Asad en el año 2000.
*****
Suele decirse, al hablar o escribir de la muerte de Hafez al-Asad, en los círculos de la oposición siria en concreto, que su muerte provocó un gran trauma porque, hasta entonces, se suponía que Hafez al-Asad no moriría. Olvídate de la retórica hiperbólica, pues no era literal. Todos sabían que Hafez al-Asad iba a morir algún día, pero la parte realista de dicha exageración era que los sirios vivían como si Hafez al-Asad fuera algo dado, algo natural. En Siria había agua, aire, tierra, plantas, animales y Hafez al-Asad. Así era, o al menos lo era para mí.
Por tanto, había muerto el Secretario General de “lo natural” y era natural también que el poder pasara a su hijo Bashar. Créeme que fue así de sencillo y natural sin tener que imaginarse nada trágico ni épico. Sin embargo, el miedo cundió a mi alrededor durante las primeras horas tras la noticia, seguido de una conversación silenciada entre quienes eran mayores que yo y de la que entendí que Hafez al-Asad no era algo natural cuando eran jóvenes. Los presidentes, por tanto, cambian y su cambio es, precisamente, algo natural. Esa fue la primera lección real de política y me la impartieron las fuerzas de la naturaleza: Hafez al-Asad había muerto y Bashar al-Asad moriría algún día.
Madeleine Albright, la Secretaria de Estado estadounidense en aquel entonces, vino a presentar sus condolencias a Bashar al-Asad por la muerte de su padre y entrevistarse con él de forma protocolaria, como si se tratara del verdadero presidente, con todo lo que ello implica claramente. Todos a mi alrededor lo interpretaron como la clave que sellaba la estabilidad del gobierno de Bashar al-Asad. Esa fue una nueva lección: todo lo que EEUU quisiera se cumpliría y el gobierno de Bashar al-Asad en Siria había recibido la bendición internacional. Hoy tengo un profundo conflicto con esas dos ideas porque en ambas subyace una simplificación muy fuerte aunque ambas parezcan pertinentes. Hoy me pregunto si Bashar al Asad necesita realmente una bendición internacional para gobernar Siria. Bien, si EEUU no hubiera estado a favor de él en su momento, ¿qué habría sucedido? Lo más probable es que nada más que algunas sanciones económicas, porque hoy sé que no había ninguna fuerza en Siria capaz de enfrentarse a él. Eso lo sé hoy, pensando en retrospectiva, pero no era consciente de ello en su momento.
Y, así, nuestro presidente pasó a llamarse Bashar al-Asad, pero el joven presidente, como se le solía llamar entonces, no se convirtió en algo natural como su padre, al menos para mí. Nuestro joven presidente fue muy bien recibido internacionalmente y pronto comenzó a hablarse de sus planes de reforma política y lucha contra la corrupción. Y junto a la bienvenida internacional que percibimos a través de los reportajes publicados en algunos periódicos que nos llegaban de Líbano y por medio de los canales por satélite, algo nuevo y maravilloso para nosotros, también se produjo un recibimiento local amplio y una apuesta en las conversaciones cotidianas por su discurso reformista y sus proyectos modernizadores.
Recuerdo una conversación de la que fui testigo muy probablemente en 2001 en la que una ex opositora de mi familia, que había estado en la cárcel por motivos políticos en los ochenta y los noventa, dijo que los opositores debían dar una oportunidad a Bashar al-Asad y dejar de cargarlo con los delitos cometidos por su padre. No recuerdo en qué contexto se produjo esta conversación, puesto que ninguno de nosotros en aquella reunión negaba o daba una oportunidad a Bashar al-Asad. Quizá estaba respondiendo a alguien en su cabeza o a los opositores que escribían en periódicos árabes o salían en los canales por satélite.
Hoy me inclino a pensar que hablaba consigo misma más que con los demás y me compadezco de ella. ¿Qué podíamos hacer nosotros, todos los sirios en aquel momento, si no hubiéramos querido darle la oportunidad a Bashar al-Asad? ¿Qué habría pasado si todos los que no estaban a favor de Hafez al-Asad hubieran insistido en cargar a su hijo con sus delitos? Habrían ardido de rabia ante la humillación del gobierno hereditario o habrían ido a la cárcel como les sucedería a muchos otros unos pocos años después de dicha humillación. Entiendo que decía aquello para no tener que enfrentarse sin armas a la humillación o a la cárcel de nuevo.
En cualquier caso, había otra opción para los sirios si no querían dar una oportunidad a Bashar al-Asad, que es por la que optaron en 2011 cuando iniciaron una revolución. Escucharás muchas cosas en los próximos días sobre la “guerra de narrativas” y que la devastación, destrucción y muerte que presenciaste en tu infancia y cuyos efectos ves hoy es lo que se hicieron los sirios a sí mismos. La realidad es que todo este perjuicio que ves es la respuesta asadiana al hecho de que los sirios se plantearan una vida distinta de “lo natural” asadiano. Revisa el archivo de 2011 y busca un poco sobre los ingentes sacrificios que miles, miles y miles de sirias y sirios ofrecieron. Compáralos con el lema “Asad o quemamos el país” y, entonces, configura tú misma tu propia “narrativa”.
Hablando de la mujer de mi familia que había sido opositora, he olvidado mencionar otra cosa que fue natural a la muerte de Hafez al-Asad: que tenía opositores y que iban a la cárcel. Volveré a este punto un poco más abajo.
Junto a las esperanzas de reforma, se habló también mucho de la vieja guardia y la nueva guardia durante los años posteriores a la muerte de Hafez al-Asad y la cuestión se resumía en que la vieja guardia, el equipo de Hafez al-Asad, era el que obstaculizada la trayectoria reformista. Me imagino que era algo así: Bashar al-Asad y su nuevo equipo querían mejorar la vida en el país y dar libertades generales, pero algunos ancianos amigos de su padre lo rechazaban y él nada podía hacer porque tenían “el aroma del difunto”. No se trata de una visión caricaturesca sino que realmente se decían cosas así entonces y eso seguramente es lo que me ha llevado posteriormente a pensar en la política de forma diferente, no limitada al debate sobre citas y equilibrios de “la lucha por Oriente Medio”, sino que incluye también el nivel de deterioro del sistema de gobierno en mi país y las causas y consecuencias de dicho deterioro.
La jerga específica sobre el maravilloso futuro que traería “el doctor Bashar” llegó poco después de la muerte de su hermano mayor y primer candidato a heredar el poder, Basel, a comienzos de 1994. En ese instante, conocimos a Bashar, que se nos presentó como un joven con cultura y educación, “que había estudiado en Occidente”, que creía en la ciencia, la apertura y el desarrollo. Bashar presidía la Sociedad Científica de Informática de Siria y se le atribuye el mérito de haber levantado la restricción inicial sobre las antenas para los canales por satélite y haber introducido internet en el país. Y, por encima de ello, era reacio, como se repetía constantemente entonces, a los elogios, la glorificación, las fotos y las pancartas.
No voy a ocultarte que hacer un repaso a la propaganda pro Bashar al-Asad en la segunda mitad de los noventa resulta hoy bastante divertido. Es gracioso ver cómo el elogio a Bashar era en realidad una forma de censura –no intencionada ni consciente- a Hafez y su era y cómo todas las características positivas que se asociaban a Bashar eran en realidad contrarias a todos los lemas que el gobierno asadiano había enarbolado, empezando por la máxima repetida hasta la saciedad, incluso hoy, de que había estudiado en Occidente y que eso, en sí mismo, ya era positivo. Independientemente de la lógica detrás de darle a la educación en Occidente un carácter positivo, ¿cómo explicamos que el propio régimen, muy baazista en aquel entonces y que se presentaba como un férreo luchador contra Occidente, fuera el mismo que impregnaba a la educación recibida por su futuro presidente en Occidente de un absoluto valor positivo y dijera que Espinoza en su tiempo había regresado tras pasar unos meses especializándose en Gran Bretaña (¿acaso Espinoza está aceptado entre las “autoridades competentes”[1]?)?
En realidad, lo que acabo de mencionar no son contradicciones con el discurso del régimen porque las contradicciones exigen pensar, analizar, descomponer y recomponer para que el ser humano las detecte y aprenda a abordarlas e incluso beneficiarse de ellas. En realidad, los asadianos no piensan mucho, por no decir que apenas lo hacen. Sé que, si tienes la paciencia y el deseo de examinar la historia y has superado el discurso del régimen sobre sí mismo y consultado el archivo de los debates y escritos de la oposición siria en aquel momento, verás se le reconocía cierto ingenio a Hafez al-Asad y su régimen, un reconocimiento que es en realidad hijo de la impotencia, pues a nadie le gusta ser aplastado por nadie y menos aún que quien aplasta sea inusualmente ingenioso. El asadismo no piensa más que en las verdaderas líneas rojas de quienes son más fuertes que ellos y cómo ser extremadamente violento con quienes son menos poderosos que ellos. Al margen de ello, te dejo aquí la explicación de un amigo al que le gusta un chiste sobre un fumador asiduo de hachís que le preguntó al sheij de la mezquita lo siguiente: “Sheij, ¿se puede rezar sin hacer la ablución?” A lo que el sheij contestó: “No se puede, es imposible”. Entonces dijo el fumador: “¿Y qué le parece si intento rezar sin hacer la ablución y resulta que sale bien?” Según mi amigo, y yo así lo creo, este chiste es útil para explicar el asadismo pues este, además de no pensar prácticamente en nada que no sea prevenir sobre el enfado real (y no mediático) de quien es más fuerte que él, no es más que un “rezo sin ablución”: sale bien, sale bien y sigue saliendo bien desde 1970 hasta ahora.
*****
Es cierto que yo era pequeño cuando murió Hafez al-Asad y que él era de las cosas naturales, pero tengo un fuerte recuerdo de la matanza y la detención política. En mi pequeño entorno, conocí a personas que habían pasado varios años de su vida en las cárceles a consecuencia de su oposición a Hafez al-Asad, pero apenas se hablaba de ellos y, si se hacía, se solía hacer de tres formas distintas. La más común era acusarlos de estúpidos y temerarios; en segundo lugar, se les acusaba de codiciar el poder; y en tercer lugar, se les glorificaba como héroes legendarios. A pesar de que en general solían mezclarse las tres cosas, la tercera era la menos presente en cualquier caso y este tema se trataba poco delante de nosotros los niños. Cuando esa familiar de la que te he hablado estaba en la cárcel, pregunté por la razón y me dijeron que alguien había robado dinero al Estado y la había acusado. Con trece años, supe que era una opositora e, independientemente de lo que se dijera de ella, toda la familia extendida fue a recibirla entusiasmada cuando salió, como si acabara de salir del vientre de la ballena.
Un compañero mío de la escuela primaria se pasó los años de colegio hablándonos de su padre “que se había marchado a EEUU”. En realidad, era un preso político al que mi amigo visitaba de forma muy esporádica según estimo y a discreción del régimen de visitas, y él sabía que lo sabíamos. Posteriormente, recuerdo a este amigo, que de hecho vive hoy en EEUU –casualidades del destino- y pienso que la connivencia entre nosotros, los niños, para mentirnos era la primera capa del asadismo con la que se pintaban nuestros cerebros y corazones. No era el pañuelo que llevábamos al cuello en el colegio, ni el fular, ni el traje de las juventudes, ni siquiera lo era la repetición del lema mañanero: esa primera capa era que aprendieras, desde niño, que debías mentir y tragarte las mentiras que te decía para “salvarte” y no sembrar el pánico en tu familia, que constituía el primer nivel de los servicios de seguridad al que te enfrentabas, y no los culparan. Esa era la primera puñalada asadiana, o el primer virus, por utilizar el lenguaje actual.
Al padre de otro compañero de la escuela lo detuvieron una madrugada en una campaña de las fuerzas de seguridad contra alguien sospechoso de simpatizar con el Baaz iraquí poco después de la invasión de Kuwait y la guerra del Golfo [2]. Él y sus hermanos llegaron llorando al colegio puesto que alguien de su familia pensó que lo mejor para esos niños era que salieran de casa poco después de la detención de su padre. Sin embargo, apenas asistieron a dos clases antes de que viniera su madre para llevárselos a ellos y sus mochilas y cambiarlos de colegio a los pocos días muy lejos de donde vivían. Quería evitarles el sufrimiento de explicar a sus compañeros o explicarse ante nadie. Nos quedamos paralizados y sentimos mucha tristeza por separarnos de nuestros compañeros de escuela y amigos de juegos. No comprendimos bien lo que sucedía. Escuchamos susurros que decían que se habían llevado al padre por “hablar de política”. Inocentemente, pensamos que lo habían detenido porque había utilizado la palabra “política” delante de “la seguridad” y, al parecer, eso no debía hacerse. Pero ninguno de nosotros pensó en ello como “correcto” o “incorrecto” ni lo evaluó con parámetros éticos, porque carecíamos de esos parámetros en nuestras familias, nuestro faro en el camino, e incluso si lo hacían entre ellos o para sus adentros, no lo iban a hacer delante de nosotros porque temían que nos pasara algo y que repitiéramos lo que escuchábamos en casa ante la persona errónea. En resumen, lo vimos como algo… Ya te he hablado de lo “natural”, ¿verdad? Algunas personas son ricas y otras son pobres, algunas viven mucho tiempo y otras mueren antes de lo que deberían por enfermedades o accidentes… Y algunas personas son detenidas.
Necesité mucho tiempo, superar la treintena y vivir la revolución para aprender la necesidad de dejar a un lado la cuestión ética o reconciliarme con el hecho de que ni siquiera existe en cualquier ámbito operacional de mi vida, comenzando por preguntarme por lo correcto o incorrecto de detener a alguien por cuestiones políticas y terminando por la ética de copiar en un examen de Bachillerato empujado o animado por mi familia y entorno social, los mismos que me habían enseñado también que no se roba. Necesité todo ese tiempo para comprender que esta era la segunda capa del asadismo que se había vertido sobre mi generación, la precedente y la posterior: no comportarme con generosidad, no sentir dignidad y no ver que mi valor como ser humano se basaba en respetarme a mí mismo y reconciliarme, en la medida de lo posible, con mi comportamiento general. En definitiva, no estar en la sociedad, sino con un “grupo de gente unido”. ¿Conoces a Ziad Rahbani [3]? ¿No? No te molestes… Otra desgracia subasadiana para nuestra generación. 
Antes mencioné la memoria de la matanza, la que hace que la gente se comporte como un equipo de interrogación de los servicios seguridad, como te dije. Hablo de la matanza de Hama [4], como la “llamábamos” cuando tenía tu edad o quizá era algo más joven. En realidad, el recuerdo de la matanza era mucho más oscuro y borroso. Los Hermanos Musulmanes habían tomado las armas contra el poder y Hafez al-Asad y su hermano Rifaat habían respondido con una gran matanza en Hama en 1982. No solo eso, sino que los que habían tomado las armas eran sunníes y los de Hafez al-Asad eran alauíes. No recuerdo bien cómo sabía esos datos ni quién los mencionó delante de mí ni cómo, pero los conocía bien cuando murió Hafez al-Asad. También sabía de forma instintiva que de eso no debía hablarse, sino que debía obviarse como si no hubiera sucedido, porque abría las puertas del infierno.
Te cuento esto en mi carta para explicarte que la matanza fue una condición fundacional en la vida de quienes conforman mi generación, a pesar de que no la presenciamos ni vivimos y apenas la mencionamos. La matanza estaba escrita en nuestra sangre y con nuestra sangre, era aquello de lo que no se hablaba, presente en todo momento; era ese tema que suponía una conversación silenciada en torno a la cual se giraba tras la muerte de Hafez al-Asad: ¿intentarán algunos sunníes vengarse? ¿Cuál será la respuesta si eso sucede? Eso fue lo máximo que pude oír de las conversaciones de los mayores en aquel entonces.
En cierto modo, lo que hicimos en 2011 fue intentar superar la matanza y la detención política como condiciones fundacionales de nuestra vida. Fracasamos, como sabes, pero lo que quiero decirte es que la matanza no es fruto del 2011, sino que quedó escrita en nuestro destino con la carne fresca y la sangre caliente mientras estábamos en los úteros de nuestras madres a comienzos de los ochenta del siglo pasado.
Nuevamente, no era consciente de ello cuando murió Hafez al-Asad. No era consciente de que la matanza estaba escrita en nuestro destino. Hoy puedo entender que la apuesta por el reformismo de Bashar al-Asad, fuera por entusiasmo y credulidad o bien una forma de seguir la corriente o simplemente buscar seguridad, venía motivada por un deseo firme de superar la matanza. Se heredó el poder sin preguntas, sin que tuviéramos la capacidad de imponer al poder que nos preguntara siquiera. Sucedió como algo “natural” y con la connivencia del mundo entero. No podemos permitirnos ni el lujo de decir que sucedió al margen de nuestra voluntad. 
*****
Antes de concluir mi carta, tengo que explicar brevemente el título: ¿por qué he elegido parafrasear al famoso texto de Karl Marx? Porque, de alguna manera, soy marxista, pero del tipo “marxista, aunque…” o “marxista, a pesar de que…” Esas variedades son atributos de mi generación y la inmediatamente anterior de “marxistas”. Deseo con todo mi corazón que tu generación se haya librado de las consecuencias de nuestros interrogantes, miedos y conflictos que no eran más que, literalmente, una tempestad en un vaso de agua. Sin embargo, debo aclarar que no pretendo compararme, ni me atrevo a ello, con Marx, del mismo modo que no pretendo comparar a Bashar al-Asad con Luis Bonaparte o a Hafez al-Asad con Napoleón Bonaparte. El “no pretendo” se extiende al hecho de que ni siquiera pretendo utilizar la introducción del famoso libro, de espíritu hegeliano, que posteriormente se convirtió en una especie de lema sobre la repetición de un suceso o personalidad histórica, una vez como tragedia y una segunda vez como farsa. Puede resultar tentador hablar de Bashar al-Asad como una farsa que llegó para repetir la tragedia de Hafez al-Asad, pero no pretendo hacerlo, ni siquiera en su exégesis cómica, por razones evidentes: ¿quién en la familia Asad es solo tragedia y quién es pura farsa?
¿Por qué te escribo sobre el momento del traspaso de poder hereditario?
En realidad podía haber escrito sobre la primera década de gobierno de Bashar al-Asad y quizá eso habría sido más agradable para ti, ya que mezcla tus primeros recuerdos de niña pequeña con lo vivido por un adolescente/joven entonces. No iba a escribir sobre el momento de la revolución porque ya escribí lo que pude en un texto compartido con mis compañeros y compañeras de la Coordinadora [5]. Además, no he escrito sobre los años posteriores a 2011 porque de veras tengo la necesidad de saber qué tienes que decir tú de esos años, más que escribir yo sobre ello. Viví privado de muchas cosas durante mi adolescencia, pero pude, a pesar de todo, y gracias a los múltiples márgenes abiertos por las luchas, políticas o no, que libraron millones de “soldados desconocidos” en Siria, entre ellos, mi familia, vivir mi pubertad, adolescencia y temprana juventud de manera aceptable y con cierta “felicidad” también. De esto último te has visto tú privada durante los años de la revolución y la guerra. Siento, en lo que a ti respecta, así como en lo que respecta a muchas personas y cosas, en realidad todas las personas y cosas salvo los Asad y sus apologistas, una ingente culpa.
Te escribo esta carta sobre el momento del traspaso de poder hereditario porque no habías nacido aún en ese momento, o quizá eras tan solo un bebé lactante de pocos meses, mientras que yo, en ese momento, tenía tu misma edad de ahora. Fui testigo de un momento del que tú no lo fuiste y eso, en sí mismo, es lo que me empuja a escribirte sobre ello, pero no es esa la única razón. También te escribo porque ese momento fue fundacional también para mí y porque no sabía entonces que ese momento sería la matrona encargada del nacimiento de unas circunstancias insoportables, cuyas consecuencias vivimos todos hoy y, en concreto, tu generación, que vive algunas de las peores: que el ser humano abra los ojos a un mundo que se derrumba y una vida que se destroza sin piedad.
Por primera vez, tengo la oportunidad de contar los hechos que presencié a través del oído de una persona más pequeña que yo que no los presenció y eso significa, sin duda, que me he hecho mayor.
Sin embargo, esto no es un testamento ni un anuncio de retirada…
[1] Con tono irónico, se hace referencia a la censura tan habitual en Siria.
[2] Las ramas siria e iraquí del Baaz no mantenían buenas relaciones en época de Hafez al-Asad y Saddam Hussein y, de hecho, Siria estuvo en el bando opuesto a Iraq durante las guerras del Golfo.
[3] Conocido artista libanés, hijo de Fairouz, que ha apoyado a Bashar al-Asad y el papel de Hezbollah en Siria. 
[4] Acaecida en 1982, desde mediados de los setenta del siglo pasado se había desarrollado un enfrentamiento entre el régimen y distintos sectores de la oposición, con imponente presencia de islamistas. Los Hermanos Musulmanes tuvieron un papel complejo, máxime cuando parte de sus miembros tomaron las armas y formaron la denominada Vanguardia Combatiente.
[5] El texto está disponible aquí.

martes, 29 de octubre de 2019

Cartas a Samira (14)

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin Al Haj Saleh

Fecha: 19/10/2019


Viví tu secuestro y desaparición hace ya casi seis años como lo peor que podía pasarle a nadie, y lo más inusitado, a pesar de los múltiples crímenes y hechos atroces que suceden en nuestro mundo. Tú y yo, en concreto, estamos lejos de la cara más cruel e inusitada de la vida en nuestro país, que muestra algunos de los aspectos más duros e inusitados de la vida en el mundo entero; sin embargo, Sammur, a mí no podía sucederme nada peor que tu ausencia.

Cuando nos detuvieron en nuestros años de juventud, tanto tú como yo conocíamos a personas que habían vivido experiencias similares y estábamos bastante bien preparados para ello. Sabíamos que era muy posible que nos detuvieran y que ese era un precio muy factible a pagar por aquello que creíamos que era nuestro deber. Existía toda una literatura y una producción artística sobre los presos políticos y su imagen era muy positiva.

A día de hoy, no he consultado nada de literatura ni producciones artísticas sobre la desaparición y, en concreto, sobre quienes han visto desaparecer a su pareja o persona querida. La realidad es que, incluso en situaciones de cárcel, no se encuentra casi nada relacionado con cómo lo viven las familias o los seres queridos de los presos. Sin embargo, la prevalencia de la situación de cárcel nos ha familiarizado a quienes ya estábamos metidos en el “ambiente” con las familias de los detenidos durante los años de cárcel. Nuestras propias familias pasaron por ello y también muchos de nuestros amigos. La cárcel en sí misma se convirtió en una experiencia razonablemente conocida gracias a lo que escribieron antiguos presos, empezando por tu marido y algunos otros que conoces personalmente.

De la desaparición forzosa en nuestra generación muy pocos regresaron, si es que alguno lo hizo. No sé si existen testimonios en ese sentido y es poco probable que estos testimonios traten la experiencia de las familias de los desaparecidos, especialmente las madres y las mujeres. Digo mujeres porque en la historia de nuestro país han sido tradicionalmente los hombres quienes han desaparecido y las mujeres, las que sufrían la pérdida y el duelo. Mi madre fue una de ellas, y también la tuya. Mi madre falleció en los años de mi corta ausencia y la tuya, en tus largos años de ausencia.

La experiencia de la pérdida es fundamentalmente una experiencia femenina, en la medida en que la mayor parte de los desparecidos eran hombres. Esa era la situación en Siria en la anterior generación y sigue siendo la tónica general. De lo poco que sé de otros países, un colectivo de mujeres turcas se concentran una vez al mes para exigir conocer el paradero de sus hijos, desaparecidos desde los años ochenta del siglo veinte, y en Argentina se reúnen las madres de los desaparecidos de esa misma década en una plaza de la capital llamada Plaza de Mayo. Se las conoce como las madres de la Plaza de Mayo. En Marruecos, había un movimiento a principios de este siglo por los desaparecidos durante los “años de plomo” (entre los sesenta y los ochenta del siglo pasado), pero parece que las familias estaban menos organizadas y las autoridades se esforzaron en cerrar el expediente desde arriba. Nuestra situación es más complicada, Sammur. En nuestra generación, solo había un responsable de las desapariciones: el régimen. Sin embargo, hoy se han multiplicado los responsables que ya no abarcan solo al régimen y sus milicias, sino también a Daesh, el Ejército del islam y otros. Se habla de 98.000 desaparecidos, cuyas familias en el interior de Siria no pueden organizar ninguna acción contra los responsables, mientras que, en el exterior, está todo muy disperso.

Debido a los pocos escritos, testimonios, novelas, relatos o poemas de los que disponemos no se puede hablar de literatura de la desaparición de la forma en que se habla de la literatura de cárcel. Debido a lo poco habitual que es, no encuentro a qué recurrir para que me ayude a lidiar con esta experiencia. Sin fuentes escritas, lo más cercano como fuente real a la que recurrir es mi madre, durante el tiempo que vivió mi pequeña ausencia, y posteriormente la de dos de mis hermanos. Digo que fue una pequeña ausencia porque sabía dónde estábamos y nos visitaba de vez en cuando. En tu ausencia me identifico con mi madre, y con las madres cuyos hijos están desaparecidos. Me he transformado en una madre de mi esposa desaparecida, en una madre para ti, Sammur.




Tu ausencia me ha feminizado debido a esta experiencia femenina que se me ha presentado. En esta experiencia, durante algo más de setenta meses, me abruma la crudeza y el horror que soportan las mujeres, sobre todo porque solo unas pocas de ellas pueden implicarse en alguna acción positiva por el preso o desaparecido y muy pocas veces pueden transformar su angustia por los seres queridos desaparecidos en una causa general. Cuando son ellas las presas y, en no pocas ocasiones violadas, son aún menos las que han podido retratar su experiencia y algunas han sido repudiadas por sus familias, o incluso asesinadas para limpiar el honor. La limpieza del honor es en sí misma una deshonra que no se puede limpiar.

No hay nada que pueda equipararse en las experiencias de los hombres.

He podido seguir tu causa con la ayuda de amigas y amigos, y sin embargo, no siento que tenga la fuerza, la firmeza y valentía de mi madre. ¿Cómo pudo ella y muchas otras madres soportar tanto dolor durante tantos años? No deja de sorprenderme, sobre todo porque un gran porcentaje de ellas no tenían instrumentos, ni palabras escritas o pronunciadas en alto, ni fotos, ni líneas ni melodías que sirvieran para representar sus dolorosas experiencias y presentarlas en el espacio público, a fin de granjearse una cierta solidaridad y apoyo. A falta de esos instrumentos, la ausencia es doble o total, y se agrava por la falta de una organización que acerque a las familias y fortalezca sus vínculos.

Tal vez las lágrimas ayuden. Ayudan más a las mujeres que a los hombres, porque ellas utilizan sus ojos para algo que los hombres han aprendido a ocultar desde la más tierna infancia. Yo era uno de ellos. Cuando mi madre falleció apenas me brotaron lágrimas de los ojos y me enojé conmigo mismo por ello. Necesitaba llorar, pero no podía. Tras tu ausencia, cambié. ¡Cuánto he cambiado!

He evitado romperme de muchas maneras, Sammur, entre ellas, a través de las lágrimas. No reconozco en mi experiencia lo que dice mi amiga Souad Labbize de que las lágrimas tienen “una función poética”, la función “de revivir un rostro destrozado”. Creo que las lágrimas compensan la ausencia de palabras o su incapacidad. Ponen de manifiesto la falta de palabras o la palian cuando son incapaces de representar la experiencia, como si fueran palabras alternativas o complementarias. Tal vez las mujeres lloren más porque están privadas en mayor medida de las palabras, mientras que los hombres lloran menos porque son más dueños de las palabras.

Una de las dimensiones que ejemplifican esta transformación mía es que prácticamente todos mis héroes son mujeres, a diferencia de lo que sucedía hace apenas unos años.

Desde hace años, el lema feminista “lo personal es político” resume mi experiencia, y eso antes de saber que una de mis heroínas de pensamiento, Hannah Arendt, ve en ello una condición definitoria de los refugiados. En nuestra calidad de refugiados, lo personal y lo político se intensifican mutuamente. No veo ningún problema en la palabra refugiado, Sammur, a diferencia de la intelectual judía alemana, que fue refugiada en Francia durante años, antes de asentarse definitivamente en EEUU. La palabra en la que no me reconocía era “exilio” y sus derivados. Hoy intento encontrar un lugar para mí entre las palabras, y lo encuentro y no lo encuentro.

Tampoco encuentro palabras para describir tu lugar, totalmente ausente desde hace años. Supongo que precisamos de la teología y su lenguaje para representar tu larga ausencia silenciada. Lo personal aquí es religioso y político, y lo religioso y político es personal. Esto sirve de inauguración de un gran debate que espero que se mantenga. En las experiencias históricas de religión no hay mucho que se sostenga al compararlo con nuestra experiencia general en los años de la revolución ni en nuestra experiencia personal desde tu ausencia. A partir de ello, podemos construir cosas importantes, nuevos comienzos liberadores.

La experiencia me ha cambiado, Sammur, y sabes que hacía mucho que quería cambiar. Y aunque siga siendo una de las peores cosas que le pueden pasar a un hombre, no es por consideraciones viriles de proteger a mi mujer o perseguir a mis enemigos hasta el final, sino porque sé que la experiencia totalmente inesperada ha sido nociva para ti y que lo que te ayudó a soportar cinco meses en Duma después de que yo me marchara fue la perspectiva de que terminaría pronto y viviríamos juntos, finalmente, “una vida como la vida”. Tu dolor ante lo inesperado, y por encima de todo, lo horrible de ese dolor, es lo que me angustia y siembra el desconsuelo en mi corazón y aquello por lo que me esfuerzo para ser su hogar y familia, y también su narrador.

De lo que no fui consciente antes es del hecho de que el cambio es una experiencia trágica en general. No bastaron solo los largos años de cárcel para mi primera trasformación, sino que también tuvo que morir mi madre. El precio de mi transformación hoy es vivir como un refugiado, y casi inmediatamente después, tu ausencia. Una mujer me dio su vida y otra, su presencia y su libertad, para que cambiara dos veces. En ocasiones, pienso, Sammur, que pago un precio terrible por mi avaricia, por mi profundo deseo interior de cambiar de nuevo, por vivir una tercera vida. Dos vidas no me han bastado. Lo trágico ha venido de lo que me parecía que era lo más profundo de mi libertad y renovación, de un destino que he llevado conmigo con celo, un destino “escrito en la frente” de alguna manera.

En lo que respecta al hecho de tu ausencia, me esfuerzo para que la transformación cuyo precio estás pagando, sin que yo pueda ayudarte, sea una transformación transformadora, que contribuya a un significado y una libertad que se generalicen y constituyan una vida para otros. No tuvimos hijos: quizá nuestra contribución al cambio general sea convertirnos en la semilla que dejemos a quien venga después.

Digo “nuestra contribución” porque tú estás presente en ella en todo momento, eres su protagonista y su estímulo, porque mi compromiso como transformador, como madre tuya, es lograr que tu ausencia sea una fuerza transformadora general, que viva y tenga significado, y permanezca.

martes, 16 de julio de 2019

Los vacíos de la hombría

Texto original: Al-Jumhuriya

Autora: Muna Rafei

Fecha: 11/07/2019


Primera voz

Mi alumna se precipitó hacia mí cuando me vio en la calle para quejarse medio llorando del miedo que le provocaba un joven que la perseguía a diario desde la puerta de su casa a la de la escuela. Lo señaló con la mano y me dijo: “Es él”. Después lo dejó todo en mis manos. No podía soportar ver a la pobre muchacha siendo perseguida por un joven “gamberro” que tenía varios años más que ella. Me dirigí hacia él, le grité y lo eché de la puerta de la escuela, después de reprimir el fuerte deseo en mi pecho de pegarle e insultarle. Por un instante, sentí que en mi rostro había florecido una barba, que me habían salido en los brazos unos músculos bien desarrollados y que en mi garganta había gritado una ruda voz masculina en lugar de mi voz femenina habitual. Parece que me enfado y vuelvo más violenta según pasan los días y asumo roles que antes no solía asumir. En resumen, la sangre me hierve más en las venas de lo habitual desde que regresé, obligada, a vivir en las zonas bajo control del régimen.

Una vez escribí sobre el “planeta esmeralda” y otra sobre los jóvenes que comentaban delante de mí que no salvarían a una mujer víctima de una agresión porque no sabrían quién podría ser el agresor y porque “sálvese quien pueda”. También he escrito sobre la gente que ha dejado de seguir las noticias de la revolución desde hace años y ya no les interesan [1]. Hoy escribo sobre la interacción de la gente con lo que pasa a su alrededor en las zonas bajo control del régimen, sobre la muerte de los sentimientos. El tema no es, en absoluto, juzgar a nadie, sino que se trata de hablar de los remordimientos ante muchas situaciones que prefiero no mencionar aquí, y eso que me enfado mucho con quien nos acusa a los que vivimos en estas zonas de complacencia, debilidad y de fingir amnesia. Aunque haya parte de verdad en ello, ¿no nos hemos vuelto muchos de nosotros así de veras? ¿Ya sea dentro o fuera de Siria? Nadie puede señalar con su dedo acusador a nadie. Mientras escribo esto, miro a los jóvenes que permanecen en las zonas bajo control del régimen, hacia los cuales se debaten en mi pecho sentimientos confusos; el primero de ellos, la lástima, y el más lastimoso de todos, la ternura. Sin embargo, esta última no es la típica ternura femenina, sino la que siente el hermano por sus hermanas, sabiendo que podría pagar con su vida para defenderlas en una situación de peligro. Los miro con un intenso dolor y una envidia que quema. No es fácil ver cómo dos jóvenes en tu ciudad caen víctimas de la apatía, el miedo y una excesiva precaución, mientras ignoran todo lo que sucede a su alrededor y se pegan a los muros para buscar seguridad para ellos y su presencia en este lugar.

Por primera vez en mi vida, empiezo a sentir como si las hormonas masculinas gritaran en mí. Resuenan en mi cuerpo y queman mi garganta. Nunca antes me había fijado en algo así, cuando vivía fuera de las zonas de control del régimen, pero parece que la escasez de hombres aquí ha causado estragos en mi pensamiento, y quizá en mi cuerpo. Para ilustrarlo, está ese comentario jocoso que me hizo uno de mis amigos que viven en el extranjero que decía que debía ir al psicólogo cuando le conté mi nueva costumbre de sentarme detrás del conductor del service[2] en el sitio del “hombre ausente”, que suele sentarse ahí para proteger a las mujeres de un lugar algo incómodo y para recolectar el dinero de los pasajeros. Por primera vez siento que el lado masculino en mí vence al femenino, porque perderlo aquí es doloroso e hiriente, y la tiranía de la feminidad en su sentido dominante ligado a la debilidad, la vergüenza y la derrota me hace rebelarme aún más contra esa naturaleza que se me impone como mujer. El aumento del número de mujeres en detrimento de los hombres es señal de la derrota de estos últimos y su retroceso; no obstante yo rechazo esa idea, la rechazo. Rechazo la vergüenza de la derrota y la debilidad de la “feminidad” rota bajo el despotismo, la muerte y el desplazamiento. Nada impide que yo, la fémina malhumorada, lleve en mi interior la rebelión de los hombres, su enfado y su vigor. A nadie le importará si una mujer como yo, con un tono de voz bajo y con miedo a decir “no” en muchas ocasiones, ha sido poseída por uno genio masculino que pretende abrogar su supuesto papel como mujer y llenar, en su lugar, el vacío dejado por la ausencia de “hombría”, con su sentido interrelacionado, en un lugar en que las almas de la gente han sido asesinadas y su dignidad marginada.

Resulta complicado explicar cómo la necesidad de sentir esa hombría perdida se ha convertido en una carga desde que llegué aquí y se me ha impuesto la realización de sus deberes ante la falta de la misma en muchos. Digo todo esto a pesar de que soy defensora de la mujer, como suelo alardear, y de que logre todos sus derechos, deje de sufrir todo tipo de injusticias y consiga la igualdad con los hombres. Pero también soy la mujer a la que duele ver el estado de su país ahora que la mayoría de sus mujeres, niños, ancianos, shabbiha y jóvenes están aterrorizados con la idea de hacer el servicio militar y se preparan para viajar desde el segundo o tercer año de universidad. A ellos se suman los jóvenes nacidos a finales de los noventa o después del 2000, que son muchos, especialmente los que intentan parecerse a los de “nosotros somos el Estado, estúpido”, que se multiplican como las hormigas en las gradas del estadio de Homs, las aceras de las cafeterías de la calle Hamra, los pasillos de la universidad, los parques, las cafeterías y los locales de videojuegos. No les arrebato su derecho a vivir todo eso, no lo hago; lo que digo es que me cuesta ver mi ciudad en este estado de sumisión. Y la sumisión no es monopolio de los hombres ni de las mujeres, del mismo modo que la “hombría” que demostró la gente de la ciudad perdedora en el auge de su revolución no será monopolio de los hombres.

La hombría a la que aquí me refiero lleva en sí la valentía, el rechazo a la injusticia, la adopción de posturas firmas y un comportamiento solemne ante la sangre derramada, las almas agotadas y los barrios destruidos. Dejemos a un lado la idea de la masculinidad y la feminidad ligadas al deseo de cambiar de género en función de unas circunstancias biológicas y psicológicas. Dejemos también a un lado la serie de Bab al-Hara [3] y las ridículas bravuconadas de sus hombres y la debilidad de sus mujeres, pues hablamos de cosas distintas. Tal vez, los lingüistas deban acuñar una palabra que recoja en su significado todo lo que conlleva el concepto de “hombría” de forma que se pueda aplicar a ambos sexos, pues yo soy una mujer con toda su feminidad que lleva en su interior el anhelo de llenar el vacío de la hombría perdida, la hombría de quienes se enfrentaron a la injusticia y libraron la lucha contra el salvajismo de la otra parte, que también pretende representar la “hombría”, aunque la practica torturando y tomando represalias contra sus adversarios.

Mi “m” de mujer se individualiza y es derrotada ante la injusticia; el artículo femenino alarga su ele haciéndola cada vez más delgada en el vacío mientras que la "a" desaparece ante cualquier suceso importante que pasa desapercibido ante los hombres y mujeres que se supone que forman parte de una ciudad que en un tiempo se llamó la capital de la revolución, también su voz, su hija y su prestigio. Y yo, “sabéis que yo soy vosotros”, como dice Riad al-Saleh Hussein [4], o algunos de vosotros. Quiero ser un hombre, quiero tener una voz fuerte y ruda que retumbe en las calles y las casas, y ante los miembros del régimen que aparecen ante mí, con sus uniformes militares verdes, sus fusiles sobre la espalda encorvada y sus ojos que se salen de las órbitas, como las ranas pegajosas de lengua larga y viscosa.

Quiero gritarles a la cara, quiero gritar a la cara de todo el mundo, todooooos, con mi voz ruda, en vez de llorar en silencio, en vez del continuo dolor del alma y las quejas por la impotencia y el poco ingenio, en vez del sometimiento a la desesperación que me ha convertido en algo más parecido a un fantasma desesperado invisible, el fantasma frágil al que han arrebatado la solemnidad, para caracterizarse solamente por la ausencia.

Segunda voz

¿Cómo voy a gritar a quienes están a mi alrededor y decirles que este día pasará sin la presencia de la verdadera voz de nuestra ciudad, su ronca melodía y su conciencia[5]? Miro a quienes me rodean en el trabajo, en casa, en las calles, en la cafetería llena de mujeres, donde me siento yo sola en mi mesa y desde donde escribo ahora, mientras escucho, en secreto, con el auricular de mi teléfono, los cantos de Sarut, mientras caen lágrimas silenciosas sobre mi rostro.

La escena, incluida yo, resulta bastante horrible. Las canciones se mezclan en mi cabeza. Por un oído escucho la canción que ponen los dueños de la cafetería, que dice: “Arde una llama en mi corazón, ay del amor, ay”. Por el otro, escucho una canción de Sarut que dice: “Oh, querida patria, oh tierra bella, hasta tu infierno es un paraíso, hasta tu infierno es un paraíso”. Yo vivo en el infierno de la patria, su Hades: ¿es este el paraíso del que hablan? ¿Lo es?

Las personas desplazadas forzosamente y quienes han partido me preguntan por internet sobre la situación de la ciudad en este día, sobre la supuesta “tristeza” de la ciudad en este día, el día de la muerte de Sarut, sobre “el efecto” que ha producido. Evito responder a los mensajes: me da vergüenza escribir. Tal vez sirva si tomo una foto de la ciudad y se la envío, porque me da mucha vergüenza escribir, mucha. Cojo mi teléfono y abro Snapchat, me transformo en hombre gracias a una de las opciones, me tomo una foto con aspecto de hombre y me miro el rostro que parece más de hombre que de mujer, con una mandíbula ancha, una barba borrosa y unas cejas pobladas. Guardo la foto y sueño con poder volar en el tiempo y el espacio para poder salir de su funeral. Sé que todo esto son imaginaciones y que la realidad aquí tiene poco de ambiente de funeral, aunque tampoco de alegría, claro. ¿Cómo describo el ambiente de una granja? Tal vez parezca una denominación muy dura, pero ¿cómo llamo a un lugar cuyos habitantes están obligados a vivir sin conciencia, voluntad ni capacidad, siquiera, de pensar en lo que sucede a su alrededor? Y sí, quiero ser un hombre, quiero salir de aquí. Estoy cansada y harta de mi cuerpo, mi debilidad, las leyes de familia, mis familiares y quienes me rodean. En el día de su martirio concretamente, superé mi malestar y pregunté a algunos compañeros de trabajo, de esos que habían participado en la revolución (¡habían participado!) Uno me dijo: "¿Quién? ¿Sarut? Ha muerto. ¿No murió hace años?" Otro me dice: “La verdad es que creía que había muerto hace años”. Un tercero responde: “Creía que estaba en Turquía y había abandonado la revolución”. Un cuarto pregunta: “¿No se había unido a Daesh?” El quinto, como si hubiera escuchado el final de una serie, dice: “Vaya, entonces al final murió”. Me pongo la barba en la cara y utilizo la voz ruda para decirles: “Sí, hijos de perra, ha caído mártir y no ha muerto; por lo menos hablad de él con más dolor y respeto”. Una amiga me llama y, sin rodeos, me dice: “Te acompaño en el sentimiento”. La barba desaparece y le respondo con mi voz femenina: “Que Dios lo tenga en su gloria”. Otra amiga me envía un mensaje: “No somos nada”. Y así continúan llegando los pésames a mi teléfono, la mayoría de viejas amigas que viven aquí conmigo en la ciudad perdedora de la revolución. Tomo la iniciativa y yo misma envío mensajes de pésame. Por teléfono nos decimos que nos acompañamos en el sentimiento sin decir el nombre, sin concretar nada, pero el significado se mantiene en el corazón del poeta, ese que siente. Me refiero a aquellos y aquellas que sienten lo sucedido. Abajo la barba, abajo la masculinidad, abajo también la feminidad, abajo todos, abajo todo, como rezaba una conocida pancarta en Kafranbel[6].

Salgo de la cafetería, con chorretones de rímel en el rostro que dibujan líneas negras deformadas. También tengo negros los párpados inferiores, pero no me importa: maldito a quien le importe y maldito quien mire. No me importa. Siento que soy una cebra en una granja con sus líneas negras y blancas. ¿Por qué en árabe la llaman burro salvaje? Una rana verde pasa delante de mí, con una pistola a la vista en su bolsillo. Centro mi mirada en la pistola y lo olvido todo. Olvido todo lo que hay alrededor: soy una cebra y ante mí hay una rana con una pistola en el bolsillo. Me acerco a ella y, por un instante, miro y veo a mi derecha los ojos de mujeres y hombres que me observan aterrorizados. Apuesto para mis adentros que sabían lo que estaba pensando. Los miro con enfado, con acusación, con reproche y, por cierto, es precisamente eso lo que está en mi cabeza: coger el arma y matar, no sé a quién, pero cogerla y matar. Ahora, si la tuviera en mi mano, os juro que no necesitaría una barba, ni una voz ruda, ni fuertes músculos para utilizarla y disparar muchas veces al corazón, al pecho, a la cabeza y a la garganta de todos los que nos han llevado a esto, a los países del exilio, a los centros de detención, a las tumbas, a este lugar en el que sentimos que vivimos presos, como los animales.

[1] Los textos están disponibles en árabe en Al-jumhuriya.
[2] Pequeña furgoneta que sirve como medio de transporte a modo de autobús en las ciudades y donde los viajeros suelen ir pasándose el dinero para pagar al conductor, que devuelve el cambio con el mismo sistema. A falta de paradas oficiales, cada viajero baja donde lo solicita.
[3] Conocida serie de televisión siria ambientada en el período de entreguerras bajo dominación francesa. 
[4] Conocido poeta sirio, nacido en 1954 y fallecido en 1976, cuyo poema “Una pequeña revolución” se ha recuperado en múltiples ocasiones desde 2011.
[5] Se refiere a Abdelbasit Sarut, sobre el que puede leerse este artículo pormenorizado.
[6] El mensaje de la pancarta (14/10/2011) era:“Abajo el régimen y la oposición, abajo las ummas árabe e islámica, abajo el Consejo de Seguridad, abajo el mundo, abajo todo”. 

jueves, 11 de julio de 2019

El periódico de Samira

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin al-Haj Saleh

Fecha: 10/07/2019

Se inaugura una nueva sección en Al-jumhuriya inspirada en Samira Khalil y desde este blog hemos querido traducir el mensaje introductorio de Yassin al-Haj Saleh y su reflexión sobre los temas de la desaparición y la ausencia.


 Sammur,

¿Recuerdas que pasaste a ordenador mi primer artículo después de nuestro compromisp y antes de enseñarme a escribir con él? Confieso que me sorprendió la facilidad con que se podía traicionar al bolígrafo, y comencé a escribir directamente en una pantalla tras mi romántica presunción de que el bolígrafo y el folio estaban indisolublemente ligados. Solía preguntarte cada poco: ¿dónde está la shadda [1]? ¿Y los corchetes? ¿Por qué la pantalla tiene tan poca luz? Mi profesora tenía mucha paciencia con su discípulo gruñón. Solías leer los artículos antes de que los enviara y los colmabas de elogios. Poco después, comencé a publicar de forma regular, una vez a la semana por lo menos, y dejé de enseñarte los textos antes de enviarlos. En ocasiones hablábamos de algún artículo que estaba escribiendo o que acababa de enviar y me pedías que te los enseñara antes o en el momento de enviarlos, algo que volvía a hacer, una o dos veces, pero que nadie derrumbe a la vieja costumbre. Solía justificarme diciéndote que en cualquier caso lo leerías en dos o tres días. Para tu marido, que se pasaba la mayor parte del tiempo sumido en sus pensamientos, escribir era un trabajo a realizar en soledad y aislado del mundo, un acto de palabra unido al alma, y el acelerado ritmo, verdaderamente asfixiante, en que me encontré durante años me dejaba de los nervios: no había terminado una cosa y ya me estaba poniendo con otra. Hubo un tiempo, no sé si lo recuerdas, Sammur, en que escribía dos artículos por semana. Ello nosaseguró unos generosos ingresos, pero cuando hoy vuelvo la vista hacia esos años, ese ritmo me parece una especie de entrada voluntaria en la cárcel. Una vez alguien dijo algo en presencia de Bakr [2] sobre el momento en que salí de la cárcel, y él respondió con sarcasmo: ¿Pero es que Yassin ha salido de la cárcel? Dicha anécdota resume bastante bien la realidad.

Durante todos los años que pasamos juntos, fuiste una compañera de vida que apenas podía alejarse de la escritura para volcarse en la amistad. Yo era, o casi era, un periódico. Y el periódico era tuyo. Era el proyecto que deseaba ver florecer. Y al margen del periódico, nuestros amigos constituían una especie de Siria en pequeño, y no pocos de ellos eran parejas jóvenes que amaban nuestra relación y vida, y se sentían en casa cuando estaban en nuestra casa.

Esa pequeña Siria se ha dispersado por todas partes, como la Siria más grande. Pero en su diáspora, la gente de esa Siria extraña a su ausente, y también a su compañero cuando se ausenta durante un tiempo.

No te había dicho todavía, Sammur, que he logrado salir del ritmo frenético de escritura, y ya no soy el periódico que era desde que salí de Damasco hace seis años y pico. Tampoco he vuelto a escribir en diarios desde hace unos dos años.

Apenas había comenzado a a dejar de ser un periódico cuando te ausentaste de mí, tú, que eras la dueña del proyecto. Podrías haber dirigido un periódico de gran éxito en una Siria menos atroz que la nuestra, Sammur. Publicando menos, aunque no necesariamente escribiendo menos, quiero dedicarte a ti los artículos, cartas y pensamientos que publique. “El periódico de Samira” es el paraguas en que se enmarcarán los textos que publique en Al-Jumhuriya.

¿Recuerdas, Sammur, que publiqué yo solo tres números de una publicación personal llamada “Qantara” (Puente) entre finales del 2000 y la primavera del 2001, cuando trabajabas en la redacción del periódico “Al-Khalij” (El Golfo) en Damasco? Creo que tú misma pasaste a ordenador algunos de los textos de dicha publicación, a cuya edición e impresión nos ayudaron dos queridos amigos jóvenes, cuyos caminos se separaron después. ¿Recuerdas que te dije en el primer número que lo que pretendía con “puente” era que sirviera para unir a dos generaciones y dos etapas de acción pública en nuestro país? Si la memoria no me falla, también dije que era un puente entre dos formas de acción pública de su editor. El periódico de Samira es un puente hacia ti, la ausente lejos de mí, pero más cercana que nadie.

Querido lector:

Los textos que se publiquen en el “Periódico de Samira” son textos de Al-Jumhuriyaque recuperan, tras un breve parón, una cierta frecuencia de publicación. Espero que el colocarlos bajo el título del “Periódico de Samira” me dé libertad para escoger los contenidos y el estilo, y también la extensión. Samira no será necesariamente el tema de los mismos, pero deseo que su presencia en ellos, directa o indirecta, como estímulo, como persona a quien van dirigidos, como tema o como ausencia, imprima estos textos de una intimidad que los haga destacar.

Por otra parte, los textos del “periódico” responden a mi necesidad de hablar a mi mujer ausente de distintas maneras. Samira era la ausente sobre la que han versado los artículos que he escrito sobre ella y su causa, junto con su compañera Razan y sus compañeros Wael y Nazem. Samira también fue quien hablaba en su libro Diario del asedio a Duma 2013[3]; y también a quien yo me dirigía en mis cartas a ella [4]. En este periódico, Samira es el símbolo al que se remite, presente siempre en la medida en que está ausente.

Samira representa una causa general, que no es independiente de Razan, Wael y Nazem. La causa es una misma, pero Samira es mi compañera, y es mi causa personal como compañero superviviente, y también es el eje de mi pensamiento sobre múltiples causas y mi vara de medir en lo que a ellas respecta. No pienso en Samira ni la recuerdo, pues está siempre conmigo, y yo soy ella en su ausencia.

[1] Símbolo ortográfico en árabe que indica la reduplicación de la letra. Por ejemplo, Sammur, lleva una shaddaen árabe sobre la “m”.
[2] Bakr Sidqi, reconocido escritor y amigo de Yassin.
[3] Disponible en castellanogracias a Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.
[4] Las trece cartas que Yassin ha dirigido a Samira hasta el momento están disponibles en castellano en este blog, bajo el título “Cartas a Samira” acompañado del número de orden correspondiente. Por ejemplo, la última es “Cartas a Samira (13)”.