Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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sábado, 18 de julio de 2015

Y el caballero se bajó del caballo



Texto original: Al-Modon 

Autor: Lamis Farhat

Fecha: 10/07/2015


Hace cinco años, te celebré, y hoy, en el mismo mes, te lloro. La última vez que escribí sobre ti [1] dije que eras un caballero que decoraba el mundo de felicidad e iluminaba la oscuridad e injusticia de la vida con el brillo incesante de sus ojos [2]. Hoy, en cambio, te lloro, como un niño al que la crueldad de la vida no fue capaz de destruir y que, por tanto, fue llevado por el fantasma de la muerte.

Faris se bajó de su caballo y dejó sus rosas rojas. Desapareció de la calle Hamra en Beirut durante mucho tiempo, y la gente que solía verlo a diario pensó que se había trasladado a otra calle, o que quizá había decidió dejar el oficio y abrazar la niñez.

Pero Faris se había ido a Siria, y nadie lo supo hasta que murió allí.

Faris ha muerto. Quiso volver con sus amigos del barrio, y jugar con ellos, a fin de recuperar algo de su vida como un niño normal, pero no sabía que la muerte en Siria se había convertido en la vida cotidiana.

Lo conocí hace años, con su corte de pelo brillante y elegante, sus grandes ojos y su risa, cuya inocencia no había contaminado la vida en la calle. Su ropa siempre estaba decente y limpia, y siempre estiraba las mangas cuando el aire las descolocaba o el calor las arrugaba. “Mamá siempre dice que soy el chico más guapo del mundo”.

Es horrible hablar de un niño diciendo que “era”, pues en niño siempre “es” y no se recupera del pasado. Pero un avión de metal, de ojos malvados y corazón oxidado, decidió eliminar su existencia… Así, con total impudencia.

Los niños mueren a diario en Siria, a manos de diversos fantasmas de la muerte. Ya no importa para qué diablo trabajan, porque el resultado es el mismo. Nos entristece y nos retorcemos de dolor por su inocencia cada día, pero cuando la pérdida se mezcla con el conocimiento de la persona, es más cruel. Le ponemos cara a la muerte, y ojos, y sonrisa, y una voz que cantaba: “¿Quieres una flor, guapa?”

Cinco años que comenzaron cuando me ofreciste una flor roja y no quise pagarla. Entonces sacudiste tus hombros y me dijiste con una bondad y una timidez a las que no estaba acostumbrada: “Da igual, te la quiero dar”.  Te abracé, te di las gracias y nos hicimos amigos. Celebré nuestra amistad con una pequeña historia en la que te nombré caballero de todo lo que amo en el mundo, y hoy te lloro en despedida, sin poder creerlo.

¿Por qué no levantaste tu rosa roja frente al avión, Faris, por qué? Quizá su corazón de hierro habría sentido los latidos de tu pequeño corazón y te habría librado de la muerte.

¿Por qué te fuiste a Siria? ¿No sabías que se había convertido en la tierra de la muerte y que los niños en ella no tienen ya casas? No estoy enfadada contigo, perdóname, pero el dolor es insoportable. Viviste una vida corta que no supera siquiera el estúpido espacio de tiempo entre dos artículos. Ojalá te hubieras quedado… Ojalá te hubieras quedado en Hamra o en Hassake, y no te hubiera visto el malvado piloto.

En mi interior se acumulan miles de preguntas: ¿Qué pasó antes de que te marcharas? Estos pequeños instantes, ¿tuviste miedo? ¿Tembló tu corazoncito? ¿Te dolió mucho? ¿Te fuiste con miedo, Faris, o solo, o cómo?

Cuéntame qué pasó, no hagas  que tu ausencia sea más larga que tu vida. Intenta volver en algún sueño y abrázame si puedes.

Esperaré a verte de nuevo, y que me cuentes que el brillo sigue en tus ojos, y que has logrado tu sueño de aprender a leer. Y hasta que nos encontremos, reparte rosas en Hamra a todos los niños que se fueron antes que tú.

[1] Artículo original en árabe aquí.
[2] Faris significa “caballero”.

sábado, 3 de mayo de 2014

Sobre Ayn Yalut



Aunque siempre se intenta no publicar dos textos seguidos de la misma persona, en este caso las palabras de la activista Marcell Shehwaro en Facebook tras la masacre de Ayn Yalut, en la que decenas de niños murieron tras el bombardeo de un colegio hace unos días, son quizá el mejor reflejo del sentimiento de abandono en la población siria:



 
“No he escrito sobre la masacre
porque, para seros sincera,
ni siquiera me ha conmovido.
Sentí mi útero y me prometí a mí misma
que no traería hijos al mundo mientras Al-Asad siga codiciando su sangre desde su trono.
Después lloré un poco, pero mis ojos apenas se enrojecieron.
Entonces me dije que no traería hijos al mundo mientras la Humanidad siga sin aprender
que la sangre sagrada de los niños brotará de forma agresiva
hasta hacer estallar el silencio de aquellos que aún se mantienen fríos.
No he escrito sobre la masacre porque mi día fue extremadamente cotidiano,
mi tristeza es extremadamente cotidiana,
y los detalles de cada polémica siguen exactamente donde los dejaron.
No he escrito sobre la masacre
porque un preciado amigo perdió en ella toda la familia que le quedaba
y no sé qué decirle, a pesar de lo importante que él es para mí.
No he escrito sobre Ayn Yalut, porque antes y después
seguimos creyendo que si hacemos suficiente ruido para llenar el mundo
detendremos las masacres.
Y la realidad es que ya ni siquiera escuchamos nuestras propias voces.
Intenté recordar Al-Houla, Baniyas, las armas químicas…
Este carnicero nos pone a prueba y lo sale victorioso:
Antes nos conmovía la juventud de Anas Sammu cuando fue asesinado por una bala rencorosa,
y ahora nos hemos acostumbrado a las vísceras de los niños.
Hemos agotado todas las posibilidades de la lengua.
Todo lo que sentimos podemos reprimirlo tras una sonrisa,
Todo lo que queda en nosotros de las masacres
son las marcas de nuestra piel en nosotros mismos,
las marcas de una pregunta imposible de responder:
¿qué tenemos que hacer?”

viernes, 30 de noviembre de 2012

Siria y Palestina: una única escuela, dos pueblos unidos



Texto original: Facebook 

Autor: Iyad Kallas
 
Fecha: 22/11/2012



 “Qasim”, el pequeño desplazado a una de las escuelas de Gaza, estaba tumbado sobre el borde de una plataforma, mirando la árida tierra sobre la que apoyaba su tripita en este día gris y frío.

Uno, dos, tres… Contaba las huellas de las sillas de estudio que cubrían el suelo de la clase antes de que lo cubrieran las “pisadas” de decenas de desplazados…

Comenzó a arrastrarse para contar los restos negros y oscuros que pudo, y después comenzó a preguntarse mientras se arrastraba si el número de sillas en la clase antes de que la gente se trasladara era mayor que el número de refugiados de cara pálida o no.

Las preguntas de Qasim y su incapacidad para superar una cuenta que implicara un número mayor que el de los dedos de una mano llevó a su pequeña imaginación a volar lejos, a un mundo que no comprenden más que los niños. El sueño rosado al despertar no se había borrado en sus ojos aún cuando esos ojos color aceituna encontraron una tiza azul del color que tiene el cielo cuando su pureza no la empañan los misiles.

Qasim agarró la tiza con amor mientras sus ojos brillaban. Se levantó como los luchadores y caminó hacia la pizarra verde, se subió a la plataforma y se puso a grabar con la tiza la frase: “Palestina libre” sobre el mural, gigante comparado con su manita. Esa frase que conocen los niños de Palestina, incluso los que tienen siete años como Qasem.

“F”[1], como en Fadwa, el nombre de la hermana de Jaled, que murió en 2009 tras el bombardeo de Gaza. Aún recuerda su imagen con su vestido de flores lleno de sangre.

“L”, como en “no” [2], la palabra más repetida por Abu Qasim, acostumbrado a mirar a Qasem  mientras habla a la televisión cada día y dice: “No nos rendiremos”, “no nos arrodillaremos”, “no nos engañarán”, “no dejaremos nuestra tierra”.

“S” como en la palabra “Siria”. “El vecino antes que la casa”[3], dijo para sí mismo.

“T”, como en “tambor” [4], el único juguete que Qasim recibió en la fiesta del Sacrifico este año, junto a sus deportivas blancas que, según dice, convierten a quien las lleva en el ser más rápido de toda Palestina.

“I” como en “Por favor, Señor” [5], el himno de esperanza que Umm Qasim suspira cada mañana antes de ponerse a amasar el pan con su mantilla morada que lleva en verano e invierno.

“N”… Qasim pensó por un instante, pero no encontró ninguna letra en su diccionario que empezara por “n”, así que decidió empezar por el final de las palabras para no rendirse, como le decía su padre: “No digas no sé”. Y entonces: “Ya sé: “N” como en “olivo” [6].

La tiza tenía un bulto que no dejaba escribir esa palabra sagrada, pero en cuanto dividió la palabra Palestina en dos, la tiza comenzó a bailar rápidamente con la melodía de la palabra “libre” cuyo color parecía brillar más.

En el momento en que Qasim terminó de escribir la expresión, la tiza se rompió y abrió un agujero en la pizarra, un agujero muy atractivo para la curiosidad de Qasim, de siete años y cubierto del polvo del suelo del aula y el pijama de Bob Esponja que habría traído a la escuela.

Qasim miró por la pequeña abertura para ver muchos niños en otra clase jugando y cantando “Soy sirio, qué suerte. Siria libre, libre. Bashar fuera, fuera”.

Qasim respiró hondo y uno de los niños al otro lado, lo oyó.

“¿Quién eres?”, dijo el niño.

“Soy Qasim, ¿y tú?” dijo Qasim.

“Me llamo Hamza” -dijo- “y tengo todos estos años”. Extendió su mano en la cara de Qasim.

“Tengo envidia. No tengo amigos con los que jugar y no voy al colegio”, se quejó Qasim con una voz tan triste que acongojaba.

“Yo tampoco voy ya al colegio, sino que vivo en él con toda mi familia y mis vecinos”.

“¿Por qué vivís en el colegio?”, preguntó Qasem olvidando y haciendo que olvidaba que él también vivía en un colegio.

“Porque tenemos una revolución y hay muchos misiles fuera”. “No podemos salir”.

“¿En serio? Nosotros también”. Qasim sonrió por su similar situación durante un instante a pesar de la tristeza de la realidad que acababa de verbalizar.

En esos momentos, la madre de Qasim comenzó a hablar de pactos, alto el fuego y otras cosas que Qasim no comprendió, para terminar con: “Venga, vamos a casa”.

“Pero, mamá, hay misiles en la calle”.

“No cariño, ya no”.

En ese momento se oyó  el sonido aterrador de un misil, que sonaba como si hubiera devorado el cielo durante el vuelo, pero Qasim se dio cuenta de que el ruido llegaba a través de la pared,  a través del pequeño agujero que lo separaba de sus amigos sirios.

Qasim hizo acopio de todas sus fuerzas e ideas y tejió una cuerda mágica con los colores del arco iris, todos los colores que habían visto sus ojos desde el momento en que nació y lo extendió a través del agujero.
“Hamza, trae a tus amigos, agarraos a la cuerda y venid conmigo. Aquí ya no hay guerra…”

Pero la madre de Qasim no prestó atención alguna a Qasim, ni al agujero, ni a la cuerda mágica, ni a Hamza, ni a los misiles al otro lado, y agarró a Qasim y se lo llevó a casa sin vacilar.

Las palabras se ahogaron en la garganta de Qasim y no supo qué decir más que la canción que había aprendido de su amigo sirio: “Siria libre, libre; Siria libre, libre”…

[1]Palestina, en árabe, se dice “Falastin”, pero las vocales cortas (las dos “aes”) no se escriben en árabe.
[2] En árabe, “la”
[3] Refrán árabe que enfatiza la importancia de rodearse bien de gente por encima del lugar donde se viva.
[4] Así se ha llamado a uno de los “voceros” del régimen sirio: Taleb Ibrahim, que ha pasado a ser “Tabl (Tambor) Ibrahim”.
[5] En árabe “Ia rabb”
[6] En árabe “Zaytun”.

martes, 25 de septiembre de 2012

La cabeza de Fátima

Texto original: Blog de Ziad Majed

Autor: Ziad Majed 

Fecha:  25/09/2012 


 


Es difícil imaginar lo que le pasó a Fátima[1], y es difícil describir el silencio que se tragó las voces de los que vieron su muerte. Creo que las obras artísticas en Facebook que le devolvían su cabeza,  dibujándola como un jardín de flores, una luna o un sol, intentaban compensar este terrorífico silencio y aligerárselo a Fátima, a los que la querían y a todos nosotros. 

¿Qué puedes hacerle a una niña que ha “perdido su cabeza”? ¿Qué puedes decirle a una niñita que se tumbó en el suelo con su vestido y los brazos abiertos en cruz y cuyos pequeños hombros chorreantes se pegaron directamente a la pared?

Fátima Meghlaj no comprendió lo que le había pasado. De pronto, perdió su cabeza. De pronto perdió la capacidad de soñar y de concentrarse. Quiso sentir la sequedad en su garganta para pedir agua, pero no pudo. Quiso llamar a su padre o a su madre, pero no encontró su lengua ni la imagen de sus padres en su memoria. Intentó mirar a su alrededor para tranquilizarse sabiendo que iba a dormir en un sitio conocido, mientras esperaba que esa extraña sensación de vacío que la invadía se pasara. Pero no encontró sus ojos dispersados, ni los párpados, ni las pestañas esparcidas por la fría habitación. Ni siquiera encontró el mechón de pelo que su madre le había cortado para prepararla para la boda de su tía esa misma noche 

De Basel Abu Hamid

La cabeza de Fátima voló. 
No fue cortada como un surrealista lo habría hecho.
La arrancó un proyectil y no le dejó tiempo para despedirse de su dueña, para disculparse por llevarse sus palabras, sus canciones, sus sonrisas, sus lágrimas y su sueño con ella.

Fátima se rindió a la pérdida, a la muerte de su imaginación y al final de sus espera por los regalos y por la mochila del colegio. Supo que no podía hablar, ni hacer, ni desear tras la marcha de la cabeza, tras quedar el cuerpo huérfano, esclavo, esperando el calor del suelo.

-2-

Al dictador le gustan las personas sin cabeza.
Le gustan sin voz, ni sueños, ni proyectos. Los ve como meras manos que aplauden, preparados para matar por él. Meros pies que caminan tras él y después hacia su muerte

Al dictador le gustan los niños sin cabeza, pues en sus cabezas las ideas no tienen miedo ni las palabras se suicidan. La cabeza de Fátima estaba abarrotada de colores y risas, y la arrancó. 

-3-

Los silenciosos ante el arrancamiento de la cabeza de Fátima deben sentir sus cabezas a diario y las de sus hijos. Deben recordar que un cabello castaño, unos dientes blancos y unos ojos que buscaban la diversión se derritieron y no dejaron al fresco y pequeño cuerpo recogerlos y recuperar con ellos su frescura. 

Fátima es una niña que resume la tragedia siria hoy. Y su muerte de cabeza ausente es la misma muerte que sufren decenas de sirios y sirias a diario ante los ojos del mundo. Ante los reaccionarios, los cómplices, los dudosos y los impotentes.

La muerte de Fátima es una posibilidad que persigue a miles de nuestros cohortes en Siria. No tienen cura ni escapatoria del silencio eterno si su país no se aferra a la libertad que se parece a sus esperanzas, sus letras y sus preguntas. No hay salvación si este régimen no cae y si no se recupera un poco de la justicia suspendida en Siria y en el mundo que fija su mirada en ella desde hace décadas y meses. Solo entonces, el estallido que arrancó una cabeza en un municipio de Siria se convertirá en un lejano recuerdo que no parezca una posibilidad y no amenace las almas de los hermanos y hermanas de Fátima. Solo entonces la muerte de Fátima se convertirá en una historia que contar con cariño sobre una niña que redimió el futuro de los niños de nuestro país con su cabeza.

[1] Fátima Meghlaj es una niña siria que murió en el municipio de Kafar Ubeid (en la zona de Jebel al-Zawiya) en un bombardeo con aviones de guerra. Los vídeos y fotos mostraban un cuerpo tirado en el suelo con la cabeza arrancada. (Nota del autor)