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lunes, 9 de diciembre de 2019

Cartas a Samira (15)

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin al-Haj Saleh
Fecha: 09/12/2019

“¿Ves lo bonita que es la Luna?” Te pregunté mientras volvíamos a casa de noche caminando desde la parada del service [1] hasta nuestra casa en el barrio de Qudseya. “¡Pues tú eres más bonita aún!” Me apresuré a responder a mi propia pregunta antes de que te me adelantases. En otras ocasiones, no me dejabas terminar la pregunta y lo hacías tú rápidamente, mientras te mordías el labio inferior riendo y me guiñabas un ojo. Disfrutabas con las modestas habilidades de galán de tu compañero, que no daban para mucho más.
Me decías “¡Adiós, amoooor!” al salir de casa y me hacía gracia; “¡Amor!” cuando te llamaba para decirte que tal vez me retrasara en volver por la noche; o “No, cariño, no hace falta nada” cuando te llamaba de vuelta para preguntarte si necesitabas o necesitábamos algo. Tú expandías el amor por todas partes, Sammur, con total generosidad. Inundabas todo de amor, y cuánto me alegraba que esa fuente no hubiera dejado de brotar durante los casi trece años que pasamos juntos.
Te gustaba que yo te hiciera el café. Lo preparaba y limpiaba lo que se derramaba sobre los fogones, quejándome mientras lo hacía: “¡La vida es difícil!” Y ponías cara de tristeza, como hacen las madres, en solidaridad con el quejica llorón.
Nos contábamos nuestro día, las cosas que pasaban y de las que se podía hablar, cosas sin importancia en su mayoría, pero que configuraban nuestro espacio privado. Desde el sarcasmo, no nos faltaba malicia al hablar de nuestros conocidos y amigos. ¿Recuerdas a la señora Depresión? Ese fue el mote que le pusimos a aquella amiga nuestra que casi siempre estaba deprimida. ¿Recuerdas a “Dondeosmetéis”, mote que le pusimos a un amigo que lo primero que decía cuando te veía o me veía era “¿Dónde os metéis?”? Esa malicia sin maldad es una de tantas cosas que extraño, Sammur. Cosas privadas, pequeñas, que nos ayudaban a organizar nuestro mundo en común.
Me empujabas a salir de casa, ver a los amigos, “cambiar de aires”, moverme. No podías quejarte de que tu marido estuviera todo el día fuera de casa, sino de un marido que no paraba de buscar excusas para no salir de ella. Cierto es que no hablaba mucho, pero pensaba que sus expresiones no verbales te llegaban y cuánto alegraba a su corazón que le dijeras que así era.
Yo también te empujaba a salir, a viajar, no solo a Homs, donde estaban Najat, Fátima y tus hermanos, sino también a visitar a nuestros amigos en Alepo, Latakia o mi gente en Raqqa. No te gustaba viajar sola, querías que lo hiciéramos juntos. Sin embargo, en las pocas ocasiones en que te fuiste sola, la mayoría a Homs, a los dos días te echaba mucho en falta y, después de haber insistido en que salieras de viaje, te llamaba para desearte que te divirtieras durante tu estancia y de paso preguntar “¿Cuándo vuelves?” ¿Recuerdas aquella vez que fui a buscarte a la estación de autobuses a tu regreso de Homs? Cogí por error un service que no era y llegué tarde, cuando ya te habías marchado a casa. De vuelta, frustrado, pasé por la oficina de correos para recoger un paquete que me habían enviado, sin acordarme de que era viernes, por lo que me encontré la oficina cerrada. Cuando este ser distraído quiso hacer algo bueno, se cansó y no sirvió de nada. Sin embargo, tú, como de costumbre, le quitaste importancia y no dejaste que me sintiera tan torpe.
En tu ausencia, me debato entre una soledad en la que te echo de menos y un estar con la gente del que quiero huir para regresar a mi refugio de ermitaño. Creo que la familia es la solución para esta situación, pues conforma una pequeña parte de la sociedad en la que podemos estar solos y acompañados a mismo tiempo, esa parte que protege la intimidad, pero también satisface las necesidades sociales. Te hablaba de cosas y personas, y sabía que, en tu presencia, tenía licencia para equivocarme, excederme, ser injusto, ser tolerante, dudar y discutir conmigo mismo. Poco después, cambiaba de opinión, retrocedía, como si fuera necesario decírtelo a ti para comprobar si se podía decir antes de dar marcha atrás. Solía leer la expresión de tu rostro: no estabas contenta con lo que escuchabas, te oponías… Y siempre encontrabas la forma más amable de hacer que me retractara. La familia es un espacio también para reprocharle cosas al ser querido, una conciencia añadida. ¿Jugaba yo un papel semejante contio? Eso espero y creo. Nos ayudábamos a controlar nuestras reacciones iniciales.
Eras mi familia, Sammur, y yo la tuya, un oasis para los dos, una solución para la soledad y la necesidad de intimidad a un tiempo. Una conciencia el uno para el otro.
Me sentía mal y me castigaba a mí mismo recordándome aquello que le decías a la vecina que llamaba a la puerta para que fueras a beber mate con ella: “Yassin está de visita”. Con ese comentario llamabas la atención sobre el hecho de que el susodicho se pasaba los días en su habitación, pensando, trabajando y sin apenas hablar.
Apenas decía nada cariñoso. Desciendo de un pueblo cuyos hombres no han aprendido a expresar lo que sienten. No es necesariamente porque seamos crueles, Sammur, y eso lo sabes bien, sino porque ocultamos la fragilidad de nuestro interior con el silencio, porque tememos que se descubra el amor que contiene. Tenemos miedo del amor y de las mujeres, de veras, pues ellas perciben perfectamente esa debilidad nuestra que no se puede esconder, y no parece que ellas protejan su corazón de la misma manera que nosotros. Me he fijado muchas, muchísimas veces, en que las mujeres en nuestra sociedad, como en otras, son más valientes que los hombres, y no solo en el amor.
En tu ausencia, mi vida se reparte entre el tiempo de trabajo, en el que estoy solo, la vida social entre amigos y conocidos, y mi vida contigo. Esa se da cuando estoy solo, que es la mayor parte del tiempo, pero se mezcla con el trabajo e incluso con la vida social y pública en ocasiones. Me apaño para manejar la combinación de amor y tristeza que siento cuando estás conmigo en mi soledad, pero me cuesta más controlarlo cuando no estoy solo, especialmente cuando hablo de ti delante de la gente.
Lo más deprimente de la soledad es cuando voy a hacer la compra y me llevo comida y cosas para la casa. Es como si lo que esta tarea entraña de conexión con la realidad reforzara mi sentimiento de culpa. Me ahogo como le pasaba a mi madre cuando alguno de sus hijos estaba ausente: no disfrutaba de la comida ni la bebida, se ahogaba de veras. No me he convertido en “el señor Depresión” como nuestra amiga, desaparecida hace años. Mi depresión es la sombra de una lucha sin miedo a la muerte. En tu ausencia le tengo mucho menos miedo que antes y creo que en que en ello se juntan la valentía y la tristeza, la tristeza por lo horrible de nuestras pérdidas. Luchamos mientras lloramos. Quien no teme a la muerte sabe que no se detendrá y encuentra en su interior, en su imagen, en su imaginación y en sus amigos la energía que le permite continuar.
Ojalá que tu nombre remita a una lucha heroica y sin miedo a la muerte, que sea símbolo de la lucha por la libertad, la justicia y la dignidad y que la pena ocupe un solo instante de esa generosa y valiente lucha. Tu épica ausencia hace que nuestra causa sea la del conocimiento y la verdad, más que de la justicia y la libertad. Sabes que lo que me pedía a mí mismo era buscar el conocimiento, más que cualquier otra cosa. Ahora que estás ausente, tengo dudas de que eso fuera lo más inteligente. Lo que se busca es dignidad, una vida digna y hacer el bien. Se supone que ese es el objetivo y el significado del conocimiento. Buscarte, saber de ti, satisface ese significado, le proporciona un factor impulsor más fuerte y hace del conocimiento un acto de justicia y dignidad. En el pasado, tal vez la búsqueda del conocimiento me llevara lejos, me hizo no comulgar con nada; sin embargo, la búsqueda de conocimiento en sí mismo ha adoptado tu nombre, Sammur. Tu nombre es el nombre de lo que quiero hacer. Tú eres la desconocida ausente cuyo conocimiento se busca.
Tal vez el conocimiento salve a quien lo busca, o quizá lo destruya, pero la pesadilla de quien quiere saber es no saber.
No saber nunca.
[1] Furgoneta que sirve como medio de transporte colectivo en Siria. 

viernes, 6 de diciembre de 2019

El programa de cifrado

Texto original: Al-Jumhuriya
Autora: Muna Rafei
Fecha: 05/12/2019

Muna Rafei lleva varios meses escribiendo para Al-Jumhuriya, desde zonas controladas por el régimen, contando cómo lo vive y las contradicciones que ello le produce. Hoy habla de esa sensación de cárcel en la que vive y en la autocensura continua provocada por la paradoja de vivir "libre" bajo la sombra del régimen carcelero.


Lo primero, saca el portátil y asegúrate de que es de noche, de que todos están dormidos y de que los sentidos de las paredes están desprevenidos. Vigila los exhaustos pasos de tu madre y tu padre, que temen a familiares y vecinos, a los transeúntes por la calle, a quienes suben en silencio por las escaleras del edificio y a todo el que tiene pequeños ojos agudos, o quizá, grandes y acechantes. Aleja de tu mente, aunque sea temporalmente, el fantasma del miedo que amenaza a tu familia y a tus hermanos a los que amaste tanto, porque ese fantasma, cuando te vea enfrascado en la tarea de escribir lo que piensas claramente en esta vida efímera, se sentará a tu lado, del mismo modo que la desesperación que se sienta en el banco de Jacques Prévert[1], y paralizará tus miembros. Mata al fantasma del miedo poniendo frente a él la imagen de los niños víctimas de una matanza, o la imagen de una familia cuyos cuerpos colapsaron bajo sus casas desplomadas sobre ellos, o la imagen de los mercados destruidos de Alepo que nunca imaginaste que no volverías a ver; o mátalo con las canciones que entonaba el mártir Sarut[2]. El fantasma morirá entonces de forma inevitable, o al menos durante un breve espacio de tiempo.
El programa de cifrado es un requisito indispensable para tu seguridad electrónica. Habla con tus amigos en el exterior, esos que aún se acuerdan de ti, por si alguno de ellos te ayuda a instalar una copia segura. Cuando se alargue la espera y no te llegue respuesta de ninguno de ellos, pregunta a tus amigos desconocidos -como tú para ellos- en las redes sociales por un programa de cifrado que te proteja del mal de la vigilancia. Te propondrán programas que conoces bien, pero les darás las gracias igualmente, y los utilizarás aunque no confíes en ellos, y a sabiendas de que no servirán si tu enemigo se propone seguir lo que haces, pues no tienes alternativa. Haz tus cálculos para ese momento, pues ahora serás Sherlock Holmes en su versión siria oculta, a falta de su pipa, su inteligencia, su heroísmo, su valentía y su claro descubrimiento de los asesinos, a los que pone sin dudarlo a disposición de la justicia, pero con la salvedad de que tú sí conoces al asesino, a tu asesino, al asesino de todos los que amaste un día y que después murieron y desaparecieron, o huyeron y te dejaron.
Cuando comiences a escribir, te atacaran las contradicciones en las que vives, las que cometes. Recordarás que ayer fuiste al funeral de un militar y presentaste tus condolencias a la familia, obligado, porque no tienes capacidad de huir de estas situaciones. Recordarás que en menos de una semana has pagado más de tres sobornos para agilizar algunos trámites rutinarios importantes para tu familia. Recordarás también tus múltiples sonrisas y saludos a quienes sabes bien que te odian en lo más profundo de su ser, un odio que tú también les profesas en la misma medida, y ambos lo sabéis. Quítatelo de la cabeza sacudiendo tu mano como si un mosquito se empeñara en molestarte y adopta el papel del observador acechante que quiere transmitir la imagen de lo que sucede, pues todos aquí se han quedado mudos y les han cortado la lengua, y en este momento tú eres su lengua, que osa moverse en su cueva para decir todo lo que desea decir. Expulsa de tu pensamiento, aunque sea con mucho esfuerzo, a tus amigos shabbiha del trabajo, la universidad o del edificio en que vives, o incluso entre tus antiguos conocidos. Esos en concreto te torturarán y te impedirán escribir apareciendo en tu memoria. Libérate de todos ellos y olvida que te encuentras bajo la sombra de tu asesino, el asesino de tus seres queridos, cuando empieces a escribir la primera línea, o la primera palabra. La primera línea será la más difícil siempre, pero te acostumbrarás una vez hayas escrito varios textos.
No pienses demasiado en el nicho de militares cercano a tu casa, ni en los lemas de glorificación que lo decoran, ni en los colores de las banderas rojas que se elevan sobre ellos. Date un leve manotazo para recordarte que ahora estás en tu habitación, donde no hay imágenes, ni lemas, ni uniformes militares, y donde los pasillos asfixian hasta tu respiración y la del resto de miembros de la familia. Si sientes que la leve brisa que entra por tu ventana presiona tu pecho, ciérrala, cierra el portátil y destierra la idea de escribir de tu cabeza ahora; pero sabe que te perseguirá y acabará venciendo a tu miedo en un momento inesperado, en que verás cómo tus dedos presionan las teclas del teclado y escriben lo siguiente:
“Cuando os alegráis de las sanciones estadounidenses contra el régimen porque afectarán a quienes lo apoyan, y nos incluís a nosotros en ellas porque aceptamos vivir bajo su sombra, cometéis una injusticia, e incluso resultáis ingenuos. Con seguir un poco el tema, sabrías que el verdadero afectado no es el régimen, ni sus pilares, ni sus colaboradores, sino nosotros, las personas normales y corrientes que nos hemos convertido en una especie de animales errantes, a los que nos unen la torpeza, la sed de comida, de sexo y de arremeter unos contra otros y presumir de ello. ¿Veis el gato que se erige arrogante sobre el contenedor de basura que recordó Luqman Derki en su poema [3]? Tal vez tú, el gran hombre en nosotros, no alcances la tranquilidad de sus suaves patas flexionadas sobre el borde del contenedor ni a la elevación de su nariz; sin embargo, nos enorgullecemos de ello, porque hemos perdido todo, y vosotros, también. La diferencia es que el contenedor sobre el que os eleváis tal vez esté más limpio”.
Te detendrás unos instantes en las últimas frases, y las borrarás al pensar que se te ha ido la lengua contra quienes son como tú. Las borrarás y mirarás con humildad a la pantalla blanca, donde volverás a pensar qué debes decir y a quién debe apuntar el dedo acusador.
Y hete aquí volviendo a escribir. No dejes de escribir de pronto si el flujo de las letras se ve interrumpido por el pánico ante una fuerte llamada a la puerta de tu vecino a las dos de la mañana y no te alarmes cuando escuches en la noche el sonido de disparos provenientes de los barrios vecinos. No permitas que el flujo de las balas sustituya al de tus ideas, porque lo cortará y las dispersará. Intenta recomponerte y ordenar tus ideas. Tus dedos apretarán las teclas y escribirás “El manicomio sirio”. Pensarás que esa simple expresión es suficiente para constituir un texto completo, pensarás en primer lugar en tu lector, y en que debes divertirle, hacerle llorar, hacer que disfrute, enojarlo o facilitarle nuevos datos para que comprenda lo que vives en la gran cárcel, cómo la gente interactúa con lo que sucede a su alrededor y cómo reaccionan a lo que les sucede a ellos. Desearás dibujarle a tu lector cómo ves a la gente a tu alrededor, con la figura encorvada y las cabezas en horizontal, a la altura de los hombros. El horizonte aquí no es esa línea romántica lejana que separa el mar del cielo, o la tierra del espacio, o el sueño y la realidad, sino que es esa línea que ha descendido mucho y a cuya altura te sitúas, junto al encorvamiento y la inclinación de las cabezas.
El programa de cifrado funciona y debes escoger el tema del texto con precisión. Recordarás a las jóvenes detenidas que confiaron en ti y te contaron algunas de sus historias y se te ocurrirá escribir algo sobre los horrores que presenciaron y cómo ahora viven cautelosas, con el pánico de volver a caer en el mismo infierno. La conciencia del periodista en ti te exige que les pidas permiso para escribir sobre ellas, pero sabes que les meterás miedo con tu petición, y que tal vez desconfiarán de ti y quizá se arrepientan de haber hablado contigo. A pesar de ello, no podrás evitar recordar a la joven que fue detenida a consecuencia de un informe tendencioso de una amiga suya. Pensarás que vas a levantar el velo que cubre del rostro de la mujer para contar sus rasgos y su situación y en cómo vas a disimularlo todo para que no le cause ningún perjuicio. Entonces te relajarás ante la idea de que está contando su historia porque está en un lugar seguro fuera de ese infierno y, con sus palabras, transmitirás con seguridad lo que le sucedió:
“El carcelero…” Punto. Dejas de pronto de escribir lo que sucedió, sientes un nudo, sientes la vulgaridad y la humillación, pues ya se ha escrito mucho sobre ese tema, sobre todo porque siempre va ligado a la pregunta de si la mujer conservó su virginidad, esa misma pregunta que las mató mil veces tras salir de la cárcel: “¿Te hicieron algo? ¿Sigues siendo pura?” El futuro marido respondió a una de las detenidas: “No me importa lo que te hicieran, pues yo te acepto y me enorgullezco de ti”. Parece que lo que le sucedió a esa chica fue una excepción para reconfortar y satisfacer a los lectores, o a algunos de ellos. En cuanto a ti, la sangre te hierve, sobre todo cuando los ves cada día, ves a los torturadores de esas chicas, sus semejantes y sus homólogos, les sonríes y les estrechas la mano, e incluso les das un beso. Sin embargo, por la noche, a oscuras, en el temible silencio, escribes sobre ellos, esos que se afanaban en golpear a la joven de dieciséis años en el vientre o, en concreto, a la altura del útero, hasta que se le cortó la menstruación, para volver a golpearla de nuevo con dureza en el ombligo al saber que le había vuelto la regla. Después, la pena que sintió el juez al verla y su decisión de liberarla cuando ya estaba prácticamente loca, soltándola en las afueras de Damasco. Pensarás en su perdición y sus súplicas a otras mujeres para que alguna le dejase su teléfono para llamar a su familia y decirles que había salido. “Semanas después de liberarme, detuvieron a mi madre”. La sangre vuelve a hervirte, la sangre hierve en tus venas. Piensas en cambiar el tema del texto porque el lector no verá a la mujer, ni sus lágrimas, ni su angustia por sí misma, sus hermanos y su madre, pero tú sí la has visto; porque el lector no verá a los asesinos y sus semejantes andando por las calles y fijando su mirada en ti hasta rompértela, pero tú sí los ves. La cuestión no es el texto, ni el lector, sino la necesidad de la palabra ante la prolongación del significado.
El programa de cifrado sigue funcionando, o eso dice, aunque tu copia es antigua y está plagada de anuncios, y no es la copia extranjera certificada de una empresa reconocida, pero “bueno, no pasa nada”. El mero hecho de que esté instalado en tu ordenador te da seguridad. La noche está tranquila y apenas acaba de comenzar, te ronda la idea de escribir sobre el hombre con el que te encontraste hace un tiempo, que había abandonado recientemente el ejército, y que te habló muy generosamente sobre el curso de jurisprudencia religiosa que recibió durante su servicio en el ejército con ayuda del profesor “que Dios se lo pague”, después de que los oficiales iraníes lo escogieran precisamente a él entre sus compañeros para participar en ese curso que se imparte a algunos militares escogidos, ya que en su rostro se perfilaba la “piedad”. Esos oficiales iraníes inocentes que quieren que entre los miembros del ejército haya personas temerosas de Dios, cuyas frentes conocen la prosternación y que saben rezar, cada uno según su fe. Solo por eso, los oficiales trajeron a “jeques suníes para los jóvenes suníes, y jeques de tal o cual religión para los jóvenes de tal o cual religión”, según contaba el hombre literalmente. “Nos dividieron según nuestra confesión y cada joven recibió un curso en que se impartía jurisprudencia religiosa de manos de jeques de su confesión para que no se diga que los iraníes intentan cambiar la fe de las personas” porque ellos, para que quede constancia, “no quieren eso, e incluso nos dieron muchos perfumes y libros de regalo tras el curso, que regalé a mi profesor, que casi lloró de la emoción y que de hecho lo hizo al despedirme tras ser desmovilizado de la reserva”.
“No me preguntéis por mi corazón, pues las preguntas sencillas son como un proyectil y las preguntas complejas, un suicidio”, dice Riad al-Saleh al-Hussein [4]
No terminas el artículo sobre ese hombre, cambias de idea totalmente porque sabes que, ese día, temiste hacerle una pregunta, sencilla o compleja, sobre los detalles del curso y quienes participaban en él, y sobre los objetivos del mismo, sobre cuántas veces se ha impartido y a quién se aplica, y sobre qué piensa de ello el régimen al no ser él el responsable. Temes preguntarle cualquier cosa, incluso por el lugar en que se impartió y lo único que sabes es que se celebró en una sala de lujo y que se subían a una tarima para responder a las preguntas de los jeques, para que estos decidieran quiénes obtenían los resultados más altos, entre los que estaba él mismo. Le das la enhorabuena por ello, y le dices “bendito sea Dios, ojalá haya muchos como tú”. Piensas que estás engañando a tu lector si no le das un pequeño detalle: sí, le diste la enhorabuena al hombre y sonreíste ante su rostro lleno de orgullo por su éxito, para descubrir posteriormente que todo lo que te había contado era una introducción para pedirte un trabajo que le bastara para evitarse la humillación de pedir para alimentar a su familia, pues está arruinado y sus hijos “hambrientos”. Las ideas vacilan en tu cabeza, sobre todo porque en ese momento dudaste sobre si ayudarlo, pero te frenaste en el último instante por miedo a pesar de “la piedad” que brillaba en su rostro, y piensas que el lector tiene la misión de emitir un juicio ponderado sobre lo sucedido.
Aún no has terminado el texto, pero lo guardas con paciencia y cariño y lo escondes con un nombre falso y absurdo en carpetas dentro de otras carpetas, que se incluyen en otras carpetas a las que piensas que no llegará nadie si tu ordenador, Dios no lo quiera, cae en manos de quienes no deben saber lo que haces. Te olvidas del lector, y del curso de jurisprudencia, del útero vuelto sobre si mismo, del periódico, y piensas que todo lo que haces es una mezcla de seguridad y traición, de enfrentamiento y de huida. Sientes que estás al borde de la locura, y que eres simplemente ojos, oídos y dedos, pero no boca, ni voz, ni imagen. Después respiras profundamente y cierras los ojos. Gracias a Dios que existe el programa de cifrado. Estás a punto de terminar el texto, piensas en el editor con el que te comunicas y en lo que dirá, en las críticas y los comentarios. Piensas que quieres que los editores publiquen tu texto tal cual, con sus errores gramaticales y ortográficos, con su falta de cohesión y su dispersión de ideas, y todos los errores que contenga, porque no te importa más que el hecho de que la línea recta dibujada en tu rostro, que parece una boca, es una mera línea pequeña de carne verdaderamente recta, ni más ni menos. Piensas que tu verdadera boca está en tu corazón, o en tu pecho, y desearías poder destrozarla o cortarla, para que se calle, porque no puedes devolverla a su estado natural. También piensas en los lectores y les guardas rencor, rencor frente a esos ojos que no verás mientras leen tus palabras, o que no verás y a los que directamente no les importa lo que escribes. Les guardas rencor a las buenas opiniones y también a las críticas que tal vez expresarán las bocas que no escucharás mientras leen tus palabras. Les guardas rencor a los lectores, los virtuales, porque sientes que deben estar contigo, a tu lado, delante y tras de ti, porque los necesitas, porque te sientes solo, muy solo… Porque lo que escribes es efímero, porque ellos también pasan efímeramente por tus palabras, porque… Porque no te ayudarán ni siquiera a conseguir un programa de cifrado seguro que te proteja, aunque sea de forma imaginaria, de las cosas que deseas decir y temes decir. Ellos disfrutan del lujo de escucharlas o leerlas, el lujo de escuchar tu voz oprimida, perdida, amputada que sale del profundo de tu pecho exclusivamente y no de tu boca, la línea recta, y ni siquiera de tu cabeza. Por último, piensas, cada vez que lo haces, que esta será la última vez que escribes, la última que caminarás por ese camino y que enviarás un texto, mientras lees en silencio la aleya que dice “Les hemos colocado una barrera por delante y por detrás, que los cubre de tal modo que no pueden ver” (Corán 36:9). Vuelves a exhalar por tercera vez sobre la pantalla, después respiras aliviado cuando el texto le llega al editor. Esperas media hora. Gracias a Dios, sigues en tu casa. Dos horas, tres, una noche entera, la mañana del día siguiente, y el de después, y uno más… Gracias a Dios, todo está bien, y la calma te vuelve progresivamente, y ahora te ves pensando, de nuevo, en un nuevo texto y un nuevo programa de cifrado que te pueda proteger de tu asesino.

[1] Referencia al texto de Jacques Prévert “La desesperación está sentada en un banco”.
[2] Más sobre Abdelbasit Sarut aquí.
[3] Poeta sirio que apoyó la revolución. Si el texto al que se refiere la autora es el que creemos, describe una pelea de gatos por unas bolsas de basura hasta que uno se erige triunfal sobre ellas. 
[4] Uno de los poetas sirios (1954-1982) más importantes de la poesía de verso libre.

martes, 29 de octubre de 2019

Cartas a Samira (14)

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin Al Haj Saleh

Fecha: 19/10/2019


Viví tu secuestro y desaparición hace ya casi seis años como lo peor que podía pasarle a nadie, y lo más inusitado, a pesar de los múltiples crímenes y hechos atroces que suceden en nuestro mundo. Tú y yo, en concreto, estamos lejos de la cara más cruel e inusitada de la vida en nuestro país, que muestra algunos de los aspectos más duros e inusitados de la vida en el mundo entero; sin embargo, Sammur, a mí no podía sucederme nada peor que tu ausencia.

Cuando nos detuvieron en nuestros años de juventud, tanto tú como yo conocíamos a personas que habían vivido experiencias similares y estábamos bastante bien preparados para ello. Sabíamos que era muy posible que nos detuvieran y que ese era un precio muy factible a pagar por aquello que creíamos que era nuestro deber. Existía toda una literatura y una producción artística sobre los presos políticos y su imagen era muy positiva.

A día de hoy, no he consultado nada de literatura ni producciones artísticas sobre la desaparición y, en concreto, sobre quienes han visto desaparecer a su pareja o persona querida. La realidad es que, incluso en situaciones de cárcel, no se encuentra casi nada relacionado con cómo lo viven las familias o los seres queridos de los presos. Sin embargo, la prevalencia de la situación de cárcel nos ha familiarizado a quienes ya estábamos metidos en el “ambiente” con las familias de los detenidos durante los años de cárcel. Nuestras propias familias pasaron por ello y también muchos de nuestros amigos. La cárcel en sí misma se convirtió en una experiencia razonablemente conocida gracias a lo que escribieron antiguos presos, empezando por tu marido y algunos otros que conoces personalmente.

De la desaparición forzosa en nuestra generación muy pocos regresaron, si es que alguno lo hizo. No sé si existen testimonios en ese sentido y es poco probable que estos testimonios traten la experiencia de las familias de los desaparecidos, especialmente las madres y las mujeres. Digo mujeres porque en la historia de nuestro país han sido tradicionalmente los hombres quienes han desaparecido y las mujeres, las que sufrían la pérdida y el duelo. Mi madre fue una de ellas, y también la tuya. Mi madre falleció en los años de mi corta ausencia y la tuya, en tus largos años de ausencia.

La experiencia de la pérdida es fundamentalmente una experiencia femenina, en la medida en que la mayor parte de los desparecidos eran hombres. Esa era la situación en Siria en la anterior generación y sigue siendo la tónica general. De lo poco que sé de otros países, un colectivo de mujeres turcas se concentran una vez al mes para exigir conocer el paradero de sus hijos, desaparecidos desde los años ochenta del siglo veinte, y en Argentina se reúnen las madres de los desaparecidos de esa misma década en una plaza de la capital llamada Plaza de Mayo. Se las conoce como las madres de la Plaza de Mayo. En Marruecos, había un movimiento a principios de este siglo por los desaparecidos durante los “años de plomo” (entre los sesenta y los ochenta del siglo pasado), pero parece que las familias estaban menos organizadas y las autoridades se esforzaron en cerrar el expediente desde arriba. Nuestra situación es más complicada, Sammur. En nuestra generación, solo había un responsable de las desapariciones: el régimen. Sin embargo, hoy se han multiplicado los responsables que ya no abarcan solo al régimen y sus milicias, sino también a Daesh, el Ejército del islam y otros. Se habla de 98.000 desaparecidos, cuyas familias en el interior de Siria no pueden organizar ninguna acción contra los responsables, mientras que, en el exterior, está todo muy disperso.

Debido a los pocos escritos, testimonios, novelas, relatos o poemas de los que disponemos no se puede hablar de literatura de la desaparición de la forma en que se habla de la literatura de cárcel. Debido a lo poco habitual que es, no encuentro a qué recurrir para que me ayude a lidiar con esta experiencia. Sin fuentes escritas, lo más cercano como fuente real a la que recurrir es mi madre, durante el tiempo que vivió mi pequeña ausencia, y posteriormente la de dos de mis hermanos. Digo que fue una pequeña ausencia porque sabía dónde estábamos y nos visitaba de vez en cuando. En tu ausencia me identifico con mi madre, y con las madres cuyos hijos están desaparecidos. Me he transformado en una madre de mi esposa desaparecida, en una madre para ti, Sammur.




Tu ausencia me ha feminizado debido a esta experiencia femenina que se me ha presentado. En esta experiencia, durante algo más de setenta meses, me abruma la crudeza y el horror que soportan las mujeres, sobre todo porque solo unas pocas de ellas pueden implicarse en alguna acción positiva por el preso o desaparecido y muy pocas veces pueden transformar su angustia por los seres queridos desaparecidos en una causa general. Cuando son ellas las presas y, en no pocas ocasiones violadas, son aún menos las que han podido retratar su experiencia y algunas han sido repudiadas por sus familias, o incluso asesinadas para limpiar el honor. La limpieza del honor es en sí misma una deshonra que no se puede limpiar.

No hay nada que pueda equipararse en las experiencias de los hombres.

He podido seguir tu causa con la ayuda de amigas y amigos, y sin embargo, no siento que tenga la fuerza, la firmeza y valentía de mi madre. ¿Cómo pudo ella y muchas otras madres soportar tanto dolor durante tantos años? No deja de sorprenderme, sobre todo porque un gran porcentaje de ellas no tenían instrumentos, ni palabras escritas o pronunciadas en alto, ni fotos, ni líneas ni melodías que sirvieran para representar sus dolorosas experiencias y presentarlas en el espacio público, a fin de granjearse una cierta solidaridad y apoyo. A falta de esos instrumentos, la ausencia es doble o total, y se agrava por la falta de una organización que acerque a las familias y fortalezca sus vínculos.

Tal vez las lágrimas ayuden. Ayudan más a las mujeres que a los hombres, porque ellas utilizan sus ojos para algo que los hombres han aprendido a ocultar desde la más tierna infancia. Yo era uno de ellos. Cuando mi madre falleció apenas me brotaron lágrimas de los ojos y me enojé conmigo mismo por ello. Necesitaba llorar, pero no podía. Tras tu ausencia, cambié. ¡Cuánto he cambiado!

He evitado romperme de muchas maneras, Sammur, entre ellas, a través de las lágrimas. No reconozco en mi experiencia lo que dice mi amiga Souad Labbize de que las lágrimas tienen “una función poética”, la función “de revivir un rostro destrozado”. Creo que las lágrimas compensan la ausencia de palabras o su incapacidad. Ponen de manifiesto la falta de palabras o la palian cuando son incapaces de representar la experiencia, como si fueran palabras alternativas o complementarias. Tal vez las mujeres lloren más porque están privadas en mayor medida de las palabras, mientras que los hombres lloran menos porque son más dueños de las palabras.

Una de las dimensiones que ejemplifican esta transformación mía es que prácticamente todos mis héroes son mujeres, a diferencia de lo que sucedía hace apenas unos años.

Desde hace años, el lema feminista “lo personal es político” resume mi experiencia, y eso antes de saber que una de mis heroínas de pensamiento, Hannah Arendt, ve en ello una condición definitoria de los refugiados. En nuestra calidad de refugiados, lo personal y lo político se intensifican mutuamente. No veo ningún problema en la palabra refugiado, Sammur, a diferencia de la intelectual judía alemana, que fue refugiada en Francia durante años, antes de asentarse definitivamente en EEUU. La palabra en la que no me reconocía era “exilio” y sus derivados. Hoy intento encontrar un lugar para mí entre las palabras, y lo encuentro y no lo encuentro.

Tampoco encuentro palabras para describir tu lugar, totalmente ausente desde hace años. Supongo que precisamos de la teología y su lenguaje para representar tu larga ausencia silenciada. Lo personal aquí es religioso y político, y lo religioso y político es personal. Esto sirve de inauguración de un gran debate que espero que se mantenga. En las experiencias históricas de religión no hay mucho que se sostenga al compararlo con nuestra experiencia general en los años de la revolución ni en nuestra experiencia personal desde tu ausencia. A partir de ello, podemos construir cosas importantes, nuevos comienzos liberadores.

La experiencia me ha cambiado, Sammur, y sabes que hacía mucho que quería cambiar. Y aunque siga siendo una de las peores cosas que le pueden pasar a un hombre, no es por consideraciones viriles de proteger a mi mujer o perseguir a mis enemigos hasta el final, sino porque sé que la experiencia totalmente inesperada ha sido nociva para ti y que lo que te ayudó a soportar cinco meses en Duma después de que yo me marchara fue la perspectiva de que terminaría pronto y viviríamos juntos, finalmente, “una vida como la vida”. Tu dolor ante lo inesperado, y por encima de todo, lo horrible de ese dolor, es lo que me angustia y siembra el desconsuelo en mi corazón y aquello por lo que me esfuerzo para ser su hogar y familia, y también su narrador.

De lo que no fui consciente antes es del hecho de que el cambio es una experiencia trágica en general. No bastaron solo los largos años de cárcel para mi primera trasformación, sino que también tuvo que morir mi madre. El precio de mi transformación hoy es vivir como un refugiado, y casi inmediatamente después, tu ausencia. Una mujer me dio su vida y otra, su presencia y su libertad, para que cambiara dos veces. En ocasiones, pienso, Sammur, que pago un precio terrible por mi avaricia, por mi profundo deseo interior de cambiar de nuevo, por vivir una tercera vida. Dos vidas no me han bastado. Lo trágico ha venido de lo que me parecía que era lo más profundo de mi libertad y renovación, de un destino que he llevado conmigo con celo, un destino “escrito en la frente” de alguna manera.

En lo que respecta al hecho de tu ausencia, me esfuerzo para que la transformación cuyo precio estás pagando, sin que yo pueda ayudarte, sea una transformación transformadora, que contribuya a un significado y una libertad que se generalicen y constituyan una vida para otros. No tuvimos hijos: quizá nuestra contribución al cambio general sea convertirnos en la semilla que dejemos a quien venga después.

Digo “nuestra contribución” porque tú estás presente en ella en todo momento, eres su protagonista y su estímulo, porque mi compromiso como transformador, como madre tuya, es lograr que tu ausencia sea una fuerza transformadora general, que viva y tenga significado, y permanezca.

sábado, 12 de octubre de 2019

La operación turca y el origen de las guerras que están por venir

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Colectivo Al-Jumhuriya
Fecha: 11/10/2019


A pesar de las intensas declaraciones internacionales y árabes de rechazo a la operación militar turca lanzada el miércoles pasado por la tarde, y a pesar de las múltiples declaraciones estadounidenses sobre las duras sanciones a las que se enfrentará Ankara en caso de traspasar unas líneas rojas que nadie ha delimitado con exactitud, la magnitud y la naturaleza de las operaciones militares que lleva a cabo el ejército turco, con el apoyo de facciones sirias que dependen de él, sugieren que Turquía ha obtenido la aprobación tácita de los países que dominan la geografía siria, empezando por EEUU y Rusia, para arrebatar el dominio sobre ciudades y municipios sirios de manos de los combatientes de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) en la franja fronteriza con Turquía.
La forma en que Trump anunció la retirada de las fuerzas estadounidenses de Siria el pasado lunes dio la impresión de que EEUU daba luz verde al ejército turco para hacer lo que se le antojara, y que EEUU iba a retirarse totalmente de la zona de la Yazira siria; sin embargo, las declaraciones posteriores del propio Trump, de responsables del Pentágono y de congresistas redujeron esa impresión y llevaron a pensar que la operación militar turca sería muy limitada y que se limitaría quizá a la zona comprendida entre Ra’s al Ayn/Serê Kaniyê y Tal Abyad, sin adentrarse demasiado en territorio sirio.
No obstante, la operación turca se inició con el bombardeo con misiles y artillería, además de bombardeos aéreos, sobre todo el territorio fronterizo, a lo largo de unos 400 km entre Ayn Diwar, cerca del río Tigris en el extremo oriental de Siria, hasta la zona rural de la ciudad de Ayn al-Arab/Kobane, cerca del Éufrates, pasando por Al-Malikiya/Dêrika, Qamishle, Amuda, Derbasiya, Ra’s al-Ayn y Tal Abyad. También se produjeron bombardeos aéreos sobre las posiciones de las FDS en el interior de la provincia de Raqqa, cerca de Ayn Issa. Debido a la extensión de las zonas afectadas, resulta complicado vaticinar cuál será la magnitud de la operación y sus límites sobre el terreno, pero los ejes principales en los que se han centrado las batallas e irrupciones terrestres que comenzaron la noche del miércoles al jueves se mantienen, hasta el momento de escribir estas líneas, limitadas principalmente a los alrededores de las ciudades de Tal Abyad y Ra’s al-Ayn, donde han avanzado las fuerzas turcas y las sirias que dependen de ellas y tomado el control de varios pueblosy colinas al este y oeste de ambas ciudades, tras librar enfrentamientos más o menos violentos con los combatientes de las FDS.
Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, los bombardeos turcos durante los dos primeros días han provocado diez víctimas civiles en varias zonas, mientras que los enfrentamientos y ataques recíprocos han provocado la baja de cuarenta combatientes de ambos bandos. Además, han provocado el desplazamiento de setenta mil civiles, en su mayoría habitantes de Tal Abyad, Ra’s al-Ayn y Derbaya, la mayoría de los cuales se han dirigido a zonas alejadas de las operaciones, particularmente en la provincia de Hasake. Los efectivos de las FDS han respondido a los bombardeos turcos con proyectiles de mortero y cohetes Katyusha sobre Jarabulus y sus alrededores, en la zona rural nororiental de Alepo, donde dominan las facciones de la operación Escudo del Éufrates, partidarias de Turquía, lo que ha provocado muertes y ha dejado también heridos entre los civiles. También han alcanzado las ciudades turcas de Akçakale y Nísibis, sumando allí también muertos y heridos entre los civiles.
Parece que las fuerzas turcas pretenden rodear las ciudades de Tal Abyad y Ra’s al-Ayn para obligar a los combatientes de las FDS a retirarse por miedo a quedar totalmente cercados, lo que facilitaría a las fuerzas agresoras la entrada en ambas ciudades. Las operaciones terrestres parecen indicar que pretenden también tomar el control de ambas ciudades y la franja fronteriza entre ambas, adentrándose hasta una distancia desconocida en territorio sirio.
Teniendo en cuenta las declaraciones de Trump y de los responsables estadounidenses sobre la retirada de las fuerzas estadounidenses de la zona de las operaciones, y sobre los límites que Ankara no debe traspasar, lo más probable es que la incursión terrestre no supere los treinta kilómetros, que es la profundidad hasta la que, a día de hoy, han llegado las fuerzas estadounidenses frente a Tal Abyad y Ra’s al-Ayn y la franja que las une. Este análisis se corresponde con las declaraciones ayer del Secretario de Estado estadounidense sobre le hecho de que la primera etapa de la operación solo se centraría en una franja de 120 kilómetros de largo y 30 de profundidad. Sin embargo, la falta de claridad de la postura estadounidense y la ampliación de las zonas de bombardeos más allá de esos límites, así como la insistencia de los responsables turcos de que esta es solo una etapa de la operación, dejan la puerta abierta a la posibilidad de que las incursiones terrestres lleguen a incluir toda la franja fronteriza al este del río Éufrates más adelante.
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Fuente: Liveuamap
En el plano árabe, Egipto, Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin han condenado la operación y han llamado a su detención inmediata. Egipto, además, ha hecho convocado una reunión urgente de la Liga Árabe el sábado para abordar la cuestión. Qatar, de forma individual, ha emitido un comunicado apoyando la operación. Por otra parte, en el plano internacional, Francia, Alemania y Gran Bretaña han rechazado la operación y han llamado a su detención inmediata, mientras que la postura rusa ha sido ambigua y no determinante, como la de EEUU, aunque de forma distinta. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, dijo ayer que su país comprende “la legítima preocupación de Turquía en lo relativo a la seguridad de sus fronteras”, indicando a Turquía que debía abordar sus temores por medio del Acuerdo de Adana y anunciando que su país “tratará de establecer el diálogo entre Ankara y Damasco, así como entre Damasco y los kurdos”. Añadió también que la operación turca era la consecuencia natural del comportamiento de EEUU en la región. Por su parte, Teherán, aunque ha reiterado que comprende los temores de Ankara en lo referente a la seguridad, hizo ayer un llamamiento, emitido por su Ministerio de Asuntos Exteriores, a la inmediata detención de la operación y a la retirada de las fuerzas turcas de Siria.
Las distintas posturas internacionales y la indeterminación de Rusia y EEUU provocaron una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU el jueves, que concluyó sin que se adoptara ninguna resolución ni se anunciara ninguna postura determinante sobre la operación. Parece claro que las únicas partes internacionales que pueden influir en el devenir de la operación de veras son EEUU en caso de que prosiga o no con la retirada de sus soldados de otras regiones, y después Rusia, cuyo papel será determinante en caso de que las fuerzas estadounidenses continúen con su retirada y se desentiendan de las Fuerzas Democráticas Sirias. Parece evidente que Moscú intentará reconducir la cuestión para transferir el control de la mayor cantidad posible de territorio a manos de las fuerzas del régimen sirio y sus aliados, lo único que puede hacer que EEUU decida no retirarse de más zonas, por miedo a que las tropas iraníes se desplieguen en ellas, ya que ello debilitaría su postura en su punga con Irán.
Aún no están claros cuáles son los puntos fuertes en los que las FDS pueden apoyarse en esta batalla. Frente a la determinación turca de disolver las “Unidades de Protección Popular” (YPG, según sus siglas en kurdo), el ala militar siria del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, columna vertebral de las FDS y quien domina de facto las zonas bajo su dominio, y frente a su clara intención de cambiar el equilibrio demográfico en la zona por medio de la repoblación con cientos de miles de refugiados, según ha declarado Erdogan más de una vez, las FDS, en caso de que EEUU prosiga con su retirada, solo podrán ampararse en Rusia y el régimen sirio, lo que conllevará su disolución y la eliminación de su proyecto, tal y como confirmó ayer el viceministro de Asuntos Exteriores del régimen sirio, Faisal Mekdad. Como declaró, el ejército sirio estaría dispuesto a trasladarse a la zona y protegerla, a condición de que se acordaran las “reconciliaciones necesarias”. Es bien sabido que el concepto de reconciliación, según lo entiende el régimen sirio, implica la disolución de las fuerzas armadas y las organizaciones políticas que no dependen de él y el sometimiento incondicional de sus miembros y de la población de las zonas en que se despliegue al ejército y fuerzas de seguridad del régimen. Eso mismo es lo que dijo Faysal Mekdad claramente cuando confirmó su rechazo al diálogo con “quienes hablan desde la lógica secesionista o considerando que son una fuerza de facto que debe imponerse”.
El Partido de la Unión Democrática (PYD, por sus siglas en kurdo) y sus combatientes carecen de alianzas reales en las que apoyarse en la región, puesto que su comportamiento a la hora de gobernar e imponer su control hará que todos, salvo un sector de la población kurda que lo apoya, se desentiendan de él rápidamente en caso de que pierda el amparo estadounidense. Este partido ha reprimido todas las voces opositoras entre los kurdos y ha perpetrado innumerables violaciones y crímenes contra muchos de los componentes de la región. Muchos de los habitantes confían en que la operación turca sirva para volver a sus pueblos y casas de los que fueron expulsados por las FDS.
No obstante, aunque esta operación permita a algunos desplazados forzosos recuperar su derecho de retorno a sus hogares, el objetivo no es ese, sino que tiene que ver con la defensa de la seguridad nacional turca tal y como la ve su Estado y pondrá los ingredientes para una nueva catástrofe que se cierne sobre todos los habitantes de la Jazira siria. Una zona esta que ya ha sufrido una serie de desgracias como resultado del salvajismo del régimen sirio y su comportamiento genocida, posteriormente por haber caído muchos de ellos en manos del criminal Daesh y, finalmente, como consecuencia de las operaciones de la destructiva Coalición internacional y el dominio de las FDS sobre toda la región, un domino que ha conllevado todo tipo de violaciones, represión, y exilio forzado y que exacerbará la tensión en las ya de por sí complicadas relaciones entre los componentes de la región: árabes, kurdos, siriacos y asirios.
La operación turca empeorará y complicará estas relaciones al introducir en la memoria de la población más elementos de enemistad, derramamiento de sangre y exilio forzoso, provocando durísimas consecuencias humanitarias para los sirios que viven en las zonas bombardeadas de la Jazira, sobre todo, debido al hecho de que estas zonas ya han recibido un número nada desdeñable de desplazados al haberse mantenido, en su mayoría, cuasi seguras durante los últimos años. La operación en Afrin sirve para vaticinar el posible futuro que espera a la región en caso de que la operación continúe y se expanda. Dicha operación ya provocó el exilio de decenas de miles de kurdos de sus municipios y pueblos en Afrin y sus alrededores, y la toma del control por parte de facciones que se comportan como bandas armadas, deteniendo, secuestrando, confiscando salarios e imponiendo su lógica, doctrinas y fundamentalismo siempre que podía. De ello dan cuenta la destrucción de muchos santuarios religiosos y la imposición de la vestimenta marcada por la jurisprudencia religiosa sobre las mujeres en muchas regiones de Afrin.
No hay nada que nos permita pensar que el comportamiento de estas facciones será diferente en las zonas de la Yazira. Más aún, todos sabemos que su toma del poder implicará el desplazamiento de decenas de miles de kurdos de sus casas por miedo a la venganza y las represalias con la excusa de su relación con las YPG kurdas. En el menos malo de los escenarios, esta operación supondrá una modificación en el equilibrio demográfico en Tal Abyad y Ra’s al-Ayn y sus alrededores, que abrirá nuevas heridas profundas en el tejido social de la zona. En el peor de los casos, una total retirada estadounidense supondrá el dominio de Turquía y sus aliados sobre la mayor parte de la franja fronteriza; es decir, sobre la mayoría de las ciudades que históricamente han tenido una alta densidad de población kurda. Será una gran catástrofe cuyos efectos permanecerán durante generaciones. Por otra parte, también supondrá el retorno del dominio del régimen y sus aliados a las restantes zonas de la Yazira, como Raqqa, la zona rural septentrional de Deir Ezzor y amplias zonas de la provincia de Hasake, con sus catastróficos resultados para la población de esas regiones y para la causa siria en su conjunto. Todo ello será la antesala de la inevitable naturalización de las relaciones entre el régimen y Turquía, bajo patrocinio ruso, lo que supondrá la aniquilación de la causa siria en el ámbito político, una vez aniquilada sobre el terreno.
Puede darse otro escenario menos terrorífico, que es que las tropas estadounidenses se retiren de todas las regiones de amplia presencia kurda y permanezcan en las de densidad poblacional árabe en el sur de la provincia de Hasake, la zona rural septentrional de Deir Ezzor y Raqqa, que implicará literalmente el intercambio de una parte de su población y será una trágica farsa en la que las fuerzas árabes tomen el control, con apoyo turco, de las zonas históricamente kurdas, mientras que las fuerzas kurdas, con apoyo estadounidense, tomarán el control de las zonas históricamente árabes, repitiendo así lo sucedido en Afrin y Tal Rifaat. En dichas operaciones, las facciones opositoras participantes en la batalla utilizaron el pretexto de la toma del control por parte de las fuerzas kurdas sobre la árabe Tal Rifaat y el exilio forzoso de su gente, para terminar expulsando a todos los combatientes kurdos del resto de zonas kurdas y dejarlos al mando de Tal Rifaat, cuya población árabe sigue en el exilio.
Además de las consecuencias militares y humanitarias de la operación turca, cuya dimensión aún no está clara, y ante la gran diferencia en el equilibrio de fuerzas entre las fuerzas atacantes y las defensoras, las FDS tienen una carta que todos temen que pongan en juego como venganza y forma de darle la vuelta a la partida: vaciar sus cárceles abarrotadas con más de catorce mil combatientes de Daesh, entre ellos extranjeros cuyos Estados se niegan a reacoger, y que estos se unan a los últimos reductos de la organización en el desierto y sus células aún operativas en zonas de la Yazira. Ello supondría el renacimiento de Daesh y su capacidad de amenazar a todas las regiones del este de Siria.
Los efectos de la operación turca no se limitarán a la geografía siria, porque la muerte de soldados turcos durante las operaciones y las víctimas civiles en territorio kurdo debido a los proyectiles que lanzan las FDS no tendrán un efecto positivo para los refugiados sirios en Turquía, y podrán abrir la puerta a una nueva ola de racismo que los acuse nuevamente de pasividad y cobardía, mientras que los turcos libran en su lugar su batalla de liberación del “terrorismo”. Esta operación, según se desprende de las declaraciones oficiales turcas, puede también provocar la deportación forzosa de más de un millón de refugiados sirios desde Turquía a las zonas sobre las que tome el control la operación militar.
Las anteriores consecuencias que puede tener la operación turca por sí solas no son lo único que ha provocado que una gran parte de los opositores sirios se opongan a ella, sino que también se debe, en los ámbitos sentimental y político, al hecho de que “el ejército nacional” haya borrado el estandarte de la revolución siria y lo haya mostrado como un estandarte dependiente de Turquía y las exigencias de su seguridad nacional. También han contribuido a ello la realidad de que esta operación no servirá más que para hundir la causa siria aún más en el lodo de las violaciones y crímenes cometidos en su nombre por parte de aquellos a quienes se presupone como parte de ella y de que esta operación no se encuadra en el contexto de la lucha contra el régimen de Asad, por mucho que quienes la apoyan digan lo contrario: lo cierto es que quizá sirva para reforzar su posición y la de sus aliados. Por último, el rechazo proviene del hecho de que esta operación inaugurará una serie de nuevas guerras y conflictos en la región y que se trata de un nuevo episodio en la serie de nuestra violación como sirios y la utilización de nuestra sangre para beneficio de potencias y Estados extranjeros a quienes no les importan nuestros derechos, nuestra dignidad ni nuestras causas.

sábado, 24 de agosto de 2019

Ser vecinos del sarín

Texto original: Al-Jumhuriya

Autora: Walaa Saleh

Fecha: 22/08/2019



El Colectivo Al-Jumhuriya ha publicado un número especial sobre 2013, un año clave en los intentos de acabar con la revolución siria, por varias vías, y el año en que se produjo la matanza con armas químicas que acabó con la vida de más de 1.000 personas, con los observadores de la ONU en Damasco, a una veintena de kilómetros como máximo. Este texto es el testimonio de una de sus testigos, que lo comparte para evitar el silencio y el olvido asesinos.



“Tercer año de la revolución. Estoy en Saqba, tengo miedo estando en casa, cerca de la estación. Hemos intentado marcharnos de aquí, pero hemos fracasado en repetidas ocasiones. Ahora mismo, estoy escondida bajo la cama. Cada vez que reúno la valentía para salir de debajo de ella, me acerco a mi madre y la beso. Tengo miedo de que alguno de nosotros muera de repente. Tengo miedo de que a alguno de mis hermanos le pase algo. Mi amiga Muna ha muerto. No puedo creerlo. Quería ser profesora, le encantaban los niños… Dios mío”.
El fragmento anterior pertenece al pequeño cuaderno en el que comencé a escribir tras la tragedia de las armas químicas, que acabó con la vida de miles de personas.
Llevo seis años intentando borrar su imagen de mi memoria, pero el rostro de mi amiga Muna sigue viniéndome a la mente cada poco para recordarme lo que le sucedió. Intento decirle: No te he olvidado, y no os olvidaré nunca”. Su imagen se agolpa junto a las de otras personas conocidas que murieron asfixiadas el 21 de agosto de 2013 en la matanza de las armas químicas de Al-Ghuta oriental. Me siento muy pesada, como si llevara una gran losa sobre mi pecho, cada vez que intento recordar lo que vi y escuché.
Como testigo de aquella matanza, no tengo más que mi testimonio para contar. Fui parte de esa historia y cuando me di cuenta de que el silencio es otra herramienta para asesinar y seguir asesinando, intenté romper el muro del silencio y el miedo a un tiempo, para que creciera en mí la voluntad de contar la historia, por mucho miedo que tuviera.
En Saqba
Nos mudamos a vivir en Al-Ghuta oriental en 2009, aunque no sé muy bien qué nos trajo desde los confines del mundo a vivir allí, en concreto a Saqba, que se convertiría en el corazón y latido del mundo revolucionario en Al-Ghuta. Apenas contaba con treinta y seis mil habitantes antes de la revolución, por lo que era un municipio pequeño; sin embargo, era una de las más grandes ciudades dedicadas a la producción de muebles de todo tipo en Siria, un trabajo que suponía la fuente de ingresos principal para muchos de sus habitantes, además del cultivo de sus fértiles terrenos.
Al principio, no sentí que perteneciese a ese lugar. Lo sentía como un lugar angosto y a su gente extraña y muy distinta de las personas que vivían donde había nacido. No obstante, esas ideas y sentimientos se desvanecieron unos pocos meses después del inicio de la revolución. Saqba fue una de las primeras zonas de las que salieron las manifestaciones contrarias al régimen, y allí vivimos momentos muy bellos soñando con la libertad, la justicia y la venganza contra el opresor. Sentimos esa libertad durante días e incluso meses, y agradecí el golpe del destino que me había hecho parte de esa ciudad, una de sus hijas, testigo de la más maravillosa de las revoluciones, y del más atroz de los crímenes.
A los oriundos de Saqba, en concreto a las alumnas y profesores y profesoras del instituto de educación secundaria de Saqba, me unió un vínculo revolucionario que hizo que los sentimientos de nostalgia y de estar fuera de lugar se desvanecieran rápidamente. Tenía diecisiete años cuando salimos en las manifestaciones que organizábamos colectiva y clandestinamente. En aquel momento, no se trataba de simples concentraciones o gritos por el mero hecho de salir, sino que todos teníamos nuestra propia causa por la que manifestarnos: desde Nur, cuyo padre había sido detenido por el régimen, hasta Manal, que había tenido que pagar parte de la responsabilidad de sus dos hermanos, que se habían unido al Ejército Sirio Libre prácticamente desde sus inicios, a finales de 2011.
Recuerdo cómo nació en nuestras mentes la idea en la clase de Educación Nacional, a la que dejamos de asistir y que nos negamos a estudiar, además de no escuchar a la profesora, que sabíamos que apoyaba al régimen. Algunas de las jóvenes comenzaron a dibujar caricaturas y pegarlas en las paredes de las aulas, pero nuestras actividades no recibieron apoyo de la directora de la escuela, que incluso nos castigó a muchas e intentó prohibirnos que saliéramos en las manifestaciones. No sé si su postura era producto del miedo que sentía por nosotras o de su rechazo a la idea misma de revolución. No puedo saberlo, pero lo que recuerdo es que salimos en manifestaciones en que se elevaron las voces de las alumnas de secundaria y que cogí la mano de mi amiga Muna y salimos de la escuela en una manifestación que llegó hasta la plaza de la Asamblea. Después nos separamos, temerosas por nuestras familias, o por miedo a que nos sorprendiera un misil o nos asaltaran los servicios de seguridad del régimen que, al no poder ya moverse con libertad por el municipio revolucionario, recurrían a asaltos sorpresa con apoyo del ejército. Finalmente, tras el amplio despliegue del Ejército Sirio Libre en Saqba y sus alrededores, dejaron de poder ejecutar este tipo de asaltos.
La vida se volvió mucho más dura después de eso debido a los continuos bombardeos de los aviones y los Scud. También cabe señalar la matanza que cometió el avión MiG del régimen el 18 de noviembre de 2012, que se saldó con la vida de decenas de habitantes de Saqba y el derrumbe de ocho edificios sobre las cabezas de sus habitantes. Esa imagen es una de las más violentas que se mantienen más firmes en mi memoria. Fueron días repletos de horror, miseria y pérdida de vidas, y de esos momentos en que el ser humano siente que va a marcharse de este mundo: “Me va a volar la cabeza, me va a estallar el corazón, van a volar todos mis restos y me voy a disolver; quedarán solo mis huesos”. Esa fue la visión más atroz que me persiguió durante los últimos meses de mi estancia en Saqba, que abandoné, como abandoné toda Al-Ghuta oriental, gracias a un milagro del cielo en noviembre de 2013; es decir, dos meses después de la matanza química. Allí dejé nuestra casa, a nuestra familia y a nuestros seres queridos, que había reunido la tierra, y otros que morirían víctimas de los bombardeos, el hambre o el asedio. Dejé tras de mí un mundo que seguiría luchando hasta el último suspiro.
La matanza con el avión MiG era, en mi opinión, la más violenta y salvaje que había cometido el régimen, pues ¿hay algo más salvaje que la caída repentina de un edificio sobre las cabezas de sus habitantes? Eso me decía, hasta que llegó la matanza química, que me hizo entender que podía producirse un salvajismo mucho mayor del que la mente podía imaginar.
El jueves fatídico
Durante los días previos a la matanza, se produjo un aumento de los bombardeos sobre Al-Ghuta oriental, especialmente en Zamalke, Jobar, Saqba y Ain Turma. Las facciones opositoras dijeron que estaban haciendo frente a los intentos de avance del régimen, que pretendía desmembrar Al-Ghuta. Los frentes ardían y la situación humanitaria en Saqba se deterioraba poco a poco, debido a los cortes de electricidad y las comunicaciones, la extrema falta de alimentos y medicinas y el aumento de los precios, especialmente después de que el régimen bombardeara intencionadamente los hornos de pan de Al-Ghuta oriental, convirtiendo las bolsas de pan en un sueño casi inalcanzable para muchas familias.
Nos acostumbramos a cosas a las que pensábamos que el ser humano no podía acostumbrarse. A quien se escondía en los refugios de Al-Ghuta oriental y había probado el sabor de la amargura y el hambre no le parecía raro que cualquier día llegara un misil lleno de materias químicas.
No eran ni las cinco de la mañana y estábamos intentando dormir. Saqba estaba envuelta en el ruido de los misiles y los aviones que la sobrevolaban, en el ruido de los disparos cuyo eco atravesaba las paredes de nuestra casa. Escuchamos la voz de mi padre, gritando bien alto, nos apresuramos al exterior y lo encontramos con un aspecto agitado y con la respiración entrecortada. Ni su retórica lingüística ni sus frases habitualmente bien construidas le sirvieron para explicar lo que sucedía. Solo era capaz de decir: “Han muerto asfixiados, vamos a morir todos, ese criminal…” Finalmente, completó la frase: “Están aniquilando Zamalke”.
Aún no teníamos una imagen completa de la situación. Solo escuchábamos cosas sobre personas que morían de forma extraña y escuchábamos los movimientos habituales que se producían durante los bombardeos, para retirar los cuerpos de los mártires y salvar a quien se pudiera. Unas pocas horas después supimos que el régimen había lanzado misiles cuyas cabezas llevaban carga química sobre algunas zonas de Al-Ghuta oriental, especialmente en Zamalke y algunos puntos de Ain Turma.
No podíamos determinar qué había que hacer en una situación así: ¿esperábamos a la muerte, que parecía segura e inevitable, gritábamos o corríamos a ayudar? Escuché a un hombre mayor decir: “Saqba es la siguiente, nos vamos a asfixiar como animales, ¿quién va a preguntar por nosotros? Ni EEUU, ni…”
Sus palabras siguieron resonando en mis oídos. Mi madre me dice que abandoné la vida durante unos instantes cuando mi semblante y mis labios se volvieron azulados y se me heló la sangre; sin embargo, volví a ella después. A día de hoy, sigo sin saber qué me hizo aferrarme con tanta fuerza a la vida, a pesar de lo miserable que era. No había electricidad, ni televisión: estábamos totalmente aislados del mundo, hasta que algunos amigos de mi padre nos vinieron a contar lo que había sucedido. Uno de ellos nos dijo, con los ojos inundados en lágrimas: “Vestíos, queridos… Vestíos”. Estábamos vestidos, claro, pero se refería a que nos pusiéramos la ropa con la que íbamos a presentarnos ante nuestro señor.
Hicimos nuestras abluciones, nos vestimos y por encima nos pusimos la ropa para rezar.
Me senté con mi familia, algunos parientes cercanos y los vecinos en un ambiente de absoluto aturdimiento e impotencia. Podíamos escuchar los ruidos que venían de fuera: las sirenas de las ambulancias, las voces de los hombres reunidos en cada esquina, las distintas historias que cada uno contaba a su paso.
Recuerdo bien la cara de nuestra vecina del bajo, cuando cogió a su hija de la mano, junto con la comida que pudieran necesitar, y subió a la azotea para vigilar el cielo desde lejos. Era como si el peso y el salvajismo del mundo entero estuvieran en su rostro, como si hubiera perdido toda esperanza. Nos dijo: “No podré soportar ver a mi hija luchando por vivir y temblando. Si sucede, nos lanzaré a ella y a mí misma desde esta azotea”.
No éramos conscientes de la tragedia a pesar de todo lo que estábamos escuchando, hasta que la vimos en la pantalla del móvil. Grabar era una dura misión en ese momento, en el que no había redes de comunicaciones ni suficiente electricidad para cargar los aparatos continuamente. Enviar los vídeos por medio del Bluetooth era muy lento.
El tío Abu Fadi, que trabajaba en un hospital de campaña en Hammuriya, fue uno de esos amigos que vinieron a nuestra casa. No había ido a Zamalke, pero nos contó que había recibido cientos de casos de asfixia que procedían de las zonas que habían sido bombardeadas. Las zonas de Al-Ghuta habían quedado unidas por un vínculo de sufrimiento, injusticia, hambre, pérdida de seres queridos y el haberse acostumbrado a la muerte. Nos despedíamos cada día con el miedo a que fuera el último. Los centros médicos de Arbin, Hammuriya, Duma y Saqba acogían a miles de afectados por el gas sarín, que habían sido trasladados en coches desde Zamalke y Ain Turma.
Muchos de ellos no lograron sobrevivir y los que lo hicieron, debían mantenerse en observación para reducir los efectos de la inhalación del sarín asesino. Sin embargo, la espantosa situación no permitía mantenerlos en observación pues el volumen de la tragedia superaba las capacidades de los centros médicos de Al-Ghuta. Abu FAdi decía: “Os juro por Dios que parecen mataderos: los coches se llenan de personas en Zamalke, nos los lanzan y se marchan para traer a más”.
Los centros médicos de Al-Ghuta no estaban equipados para ese tipo de casos. Había escasez y, en ocasiones, directamente no había ninguna inyección de atropina ni los ventiladores necesarios para los afectados por el sarín. Lo máximo que podía hacerse en muchos casos era practicar primeros auxilios para intentar reducir el efecto del gas inhalado, como echar agua sobre los afectados y ponerles cebolla en la nariz. Esas medidas sirvieron para salvar muchas vidas, para las que la muerte, tal vez, habría sido más misericordiosa, como el anciano cuya familia entera, incluidos sus seis nietos, habían muerto, quedando él solo vivo después de quedarse ciego.
Escuchamos el testimonio de uno de los que habían sobrevivido de milagro, cuando iba con un equipo médico conformado por un conductor y cuatro técnicos de emergencias a uno de los puntos atacados justo después del ataque. Tres de ellos murieron por inhalación del gas venenoso y solo quedaron dos: él y otro. Nos habló de cientos de niños que no se habían despertado esa noche de su profundo sueño, de ancianos cuyos cadáveres habían sido retirados y que habían muerto de rodillas sobre sus alfombras de rezo, de madres que intentaron llevar a sus hijos corriendo a los pisos más altos para respirar aire, pero a quienes la muerte había sorprendido y les había secuestrado la vida. Nos habló de un día que parecía el Juicio Final en el que la gente corría hacia los caminos oscuros y caían de golpe como hojas de árboles sobre las aceras y las calles y de rescatadores que no lograban ni salvarse a sí mismos.
Los cementerios de Saqba no eran lo suficientemente amplios para todos los mártires que fueron trasladados para intentar auxiliarlos y que acabaron muriendo. Los niños de identidad desconocida eran muchos más que los que fueron enterrados junto a sus familias. Muchos fueron enterrados sin nombre ni identidad porque nadie los conocía. Por eso, les pusieron números en vez de nombres: la niña número 1, el niño número 3.
Las ventanas de las casas de casi todos los barrios de Saqba se mantuvieron cerradas durante muchas noches y los días vinieron cargados de nervios que nos hacían odiarlo todo: a nosotros mismos, al aire que respirábamos y al agua que bebíamos. Todo nos recordaba a los detalles de aquella horrible matanza; pero, a pesar de todo ello, la solidaridad que traspasaba las fronteras de la destrucción, el asesinato y la impotencia se mantenía presente, y las gargantas volvieron a gritar a los pocos días en las manifestaciones que salieron en Saqba condenando la matanza.
El miedo lo dominó todo durante los días siguientes a la matanza. No teníamos miedo de la muerte, sino que teníamos más bien miedo de convertirnos en cadáveres desconocidos. Todo el mundo pensaba en voz alta: ¿dónde me enterrarán? ¿A qué centro me trasladarán? ¿Quedará alguien para las tareas de salvamento en cualquier caso? Muchos pensaron en abandonar la zona, pero era extremadamente difícil y cercano al suicidio, debido a los bombardeos y las batallas que se libraban en los frentes de Al-Ghuta.
Nuestros corazones quedaron ensombrecidos por el miedo a lo desconocido y los días los dedicábamos a aprender a resistir ante la muerte y ante el gas salvaje que esperábamos, aunque temíamos que nos sorprendiera. Había rumores sobre indicios que apuntaban a que iban a acabar con lo que quedaba de Al-Ghuta oriental debido a la alegría y celebraciones de los miembros del ejército de Asad y sus partidarios cuando supieron que habían logrado matar a miles de personas. Ese tipo de noticias nos hicieron convencernos más de que se estaba preparando un nuevo bombardeo químico contra las zonas restantes, especialmente cuando supimos que nadie iba a castigar al régimen por haber traspasado las líneas rojas que había trazado Obama. Todos los llamamientos y las esperanzas que habíamos construido en nuestro interior se desvanecieron y comenzamos a entrenarnos sobre cómo recibir el castigo que pudiera infligirnos el régimen salvaje.
Muchas de las casas en los pisos más altos abrieron sus puertas a los habitantes de los sótanos y los bajos, después de todo lo que habíamos escuchado, y nuestras casas se llenaron de mascarillas protectoras, cebolla, vinagre y una fórmula cuyos ingredientes no recuerdo bien, pero que era una mezcla de vinagre y otras sustancias que hay en todas las casas. Los encargados de las tareas de rescate nos enseñaron cómo frenar los efectos del gas venenoso y cómo atender a una persona que estuviera sufriendo un ataque con algunos primeros auxilios que pudieran resultar útiles.
Por otro lado, nos unimos mucho más al enfrentarnos al fantasma de la muerte, tras el fatídico suceso. Las mujeres dejaron de dormir con camisón y comenzaron a hacerlo con la cabeza cubierta, preparadas para ver a Dios en cualquier momento. Recuerdo bien las plegarias de la gente, pidiendo a Dios que fuera una muerte clemente: sangre y no asfixia, sangre y no ver a los niños con nuestros propios ojos temblando y estremeciéndose. Rogaban a Dios morir a causa de un proyectil o un misil que no dejara a nadie con vida. Quizá no sea creíble, pero ese era el tipo de plegarias que se repetían con frecuencia.
Hoy escribo sobre una herida que sigue sangrando en el alma y la memoria, que emite estertores que se parecen a mis suspiros de aquellos días, mientras pienso en todos los que murieron asfixiados cerca de mí. Escribo a Muna, mi compañera de la escuela y los bancos de madera, escribo cada letra en honor a ella, su alma y sus sueños, que se enterraron junto a ella. Escribo a la valentía que aprendí de ella y a todas las víctimas de la horrible matanza. Escribo para que el olvido no se cuele en mi memoria, cargada de desgracias, para que no olvidemos al criminal ni los crímenes que ha cometido.