Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

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martes, 24 de marzo de 2020

El 18 de brumario de Bashar al-Asad

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Alguien de 36
Fecha: 19/03/2020


Querido o querida…
No sé de ti, de vosotros, más que dos cosas: que tienes 18 años y que eres sirio o siria. En realidad, la cuestión no es que solo conozca dos cosas de aquellos a quienes dirijo mi carta, sino que esta carta va dirigida a quienes cumplen las dos condiciones anteriores: sirios y sirias nacidos al inicio del milenio. En cuanto a mí, presentarme no es ahora mismo más importante que presentar a aquellos a quienes me dirijo. Tengo unos 36 años y soy sirio o siria, o ambas cosas. A fin de reducir los pronombres, pongamos que soy un sirio que ha superado ligeramente la mitad de la treintena y que escribe una carta a una siria de dieciocho años.
Así pues, querida…
Te escribo hoy después de pensar largo y tendido en ti, cuando ves, lees y escuchas estos días, con permiso del coronavirus, a personas de mi edad, unos años arriba o abajo, hablar del aniversario de la revolución siria. Por favor, no te disgustes demasiado si no sabemos si fue el 15 o el 18 de marzo… No es exactamente que no lo sepamos, es que es una cuestión complicada. Tal vez escuches otras denominaciones, como “los hechos” o incluso “la guerra”. Tal vez oigas la palabra “conspiración” también, pero no voy a entrar en el tema de los nombres posteriores, pues el objetivo de esta carta es hablar del primero: la revolución siria, eso que empezó cuando tenías unos nueve años. Durante estos últimos días, he estado pensando en los que tienen tu edad o son ligeramente más jóvenes o mayores, que viven en las zonas controladas por el régimen y en las distintas regiones que han escapado a su control y están ahora bajo dominio de grupos diferentes; o bien que viven en los países lejanos o cercanos de la diáspora, y no comprenden qué “conmemoración” es esta o de qué revolución hablamos. ¿Qué ha traído de bueno consigo lo sucedido desde 2011 hasta hoy para que algunos de nosotros celebremos esa revolución, aferrándonos a nuestros símbolos, significados, recuerdos y sacrificios? Tal vez escuches estos días entre tus conocidos, cuando recuerden el entusiasmo de las primeras manifestaciones y los primeros momentos en que rozamos y respiramos la libertad, cosas que te parezcan carentes de significado o pertenecientes a una jerga pasada que no significa nada y que utilizan personas que no ven “el presente” como tú lo ves, ni comprenden la realidad como la comprende tu generación.
¿Te estás aburriendo ya de leer? ¿Has considerado que estás ante un nuevo intento por parte de un nostálgico que se adentra en el mar de la mediana edad de narrar batallas cuyas consecuencias hoy son la devastación y la destrucción? En realidad no es eso lo que pretendo con esta carta. No quiero ofrecerte un discurso revolucionario sobre la necesidad de aferrarnos al inicio del levantamiento a pesar de la cantidad de escombros, restos y sangre que se han acumulado sobre él, aunque creo firmemente en ello. Escribo este texto para contar una historia algo más antigua, puesto que yo, y los que son mayores que yo, el país, su devastación e incluso tú, no nacimos en 2011, sino que ese año, en el que llegó la revolución, nació, como nació la revolución, mucho antes.
Tenía más o menos tu edad, quizá uno o dos años más, cuando murió Hafez al-Asad en el año 2000.
*****
Suele decirse, al hablar o escribir de la muerte de Hafez al-Asad, en los círculos de la oposición siria en concreto, que su muerte provocó un gran trauma porque, hasta entonces, se suponía que Hafez al-Asad no moriría. Olvídate de la retórica hiperbólica, pues no era literal. Todos sabían que Hafez al-Asad iba a morir algún día, pero la parte realista de dicha exageración era que los sirios vivían como si Hafez al-Asad fuera algo dado, algo natural. En Siria había agua, aire, tierra, plantas, animales y Hafez al-Asad. Así era, o al menos lo era para mí.
Por tanto, había muerto el Secretario General de “lo natural” y era natural también que el poder pasara a su hijo Bashar. Créeme que fue así de sencillo y natural sin tener que imaginarse nada trágico ni épico. Sin embargo, el miedo cundió a mi alrededor durante las primeras horas tras la noticia, seguido de una conversación silenciada entre quienes eran mayores que yo y de la que entendí que Hafez al-Asad no era algo natural cuando eran jóvenes. Los presidentes, por tanto, cambian y su cambio es, precisamente, algo natural. Esa fue la primera lección real de política y me la impartieron las fuerzas de la naturaleza: Hafez al-Asad había muerto y Bashar al-Asad moriría algún día.
Madeleine Albright, la Secretaria de Estado estadounidense en aquel entonces, vino a presentar sus condolencias a Bashar al-Asad por la muerte de su padre y entrevistarse con él de forma protocolaria, como si se tratara del verdadero presidente, con todo lo que ello implica claramente. Todos a mi alrededor lo interpretaron como la clave que sellaba la estabilidad del gobierno de Bashar al-Asad. Esa fue una nueva lección: todo lo que EEUU quisiera se cumpliría y el gobierno de Bashar al-Asad en Siria había recibido la bendición internacional. Hoy tengo un profundo conflicto con esas dos ideas porque en ambas subyace una simplificación muy fuerte aunque ambas parezcan pertinentes. Hoy me pregunto si Bashar al Asad necesita realmente una bendición internacional para gobernar Siria. Bien, si EEUU no hubiera estado a favor de él en su momento, ¿qué habría sucedido? Lo más probable es que nada más que algunas sanciones económicas, porque hoy sé que no había ninguna fuerza en Siria capaz de enfrentarse a él. Eso lo sé hoy, pensando en retrospectiva, pero no era consciente de ello en su momento.
Y, así, nuestro presidente pasó a llamarse Bashar al-Asad, pero el joven presidente, como se le solía llamar entonces, no se convirtió en algo natural como su padre, al menos para mí. Nuestro joven presidente fue muy bien recibido internacionalmente y pronto comenzó a hablarse de sus planes de reforma política y lucha contra la corrupción. Y junto a la bienvenida internacional que percibimos a través de los reportajes publicados en algunos periódicos que nos llegaban de Líbano y por medio de los canales por satélite, algo nuevo y maravilloso para nosotros, también se produjo un recibimiento local amplio y una apuesta en las conversaciones cotidianas por su discurso reformista y sus proyectos modernizadores.
Recuerdo una conversación de la que fui testigo muy probablemente en 2001 en la que una ex opositora de mi familia, que había estado en la cárcel por motivos políticos en los ochenta y los noventa, dijo que los opositores debían dar una oportunidad a Bashar al-Asad y dejar de cargarlo con los delitos cometidos por su padre. No recuerdo en qué contexto se produjo esta conversación, puesto que ninguno de nosotros en aquella reunión negaba o daba una oportunidad a Bashar al-Asad. Quizá estaba respondiendo a alguien en su cabeza o a los opositores que escribían en periódicos árabes o salían en los canales por satélite.
Hoy me inclino a pensar que hablaba consigo misma más que con los demás y me compadezco de ella. ¿Qué podíamos hacer nosotros, todos los sirios en aquel momento, si no hubiéramos querido darle la oportunidad a Bashar al-Asad? ¿Qué habría pasado si todos los que no estaban a favor de Hafez al-Asad hubieran insistido en cargar a su hijo con sus delitos? Habrían ardido de rabia ante la humillación del gobierno hereditario o habrían ido a la cárcel como les sucedería a muchos otros unos pocos años después de dicha humillación. Entiendo que decía aquello para no tener que enfrentarse sin armas a la humillación o a la cárcel de nuevo.
En cualquier caso, había otra opción para los sirios si no querían dar una oportunidad a Bashar al-Asad, que es por la que optaron en 2011 cuando iniciaron una revolución. Escucharás muchas cosas en los próximos días sobre la “guerra de narrativas” y que la devastación, destrucción y muerte que presenciaste en tu infancia y cuyos efectos ves hoy es lo que se hicieron los sirios a sí mismos. La realidad es que todo este perjuicio que ves es la respuesta asadiana al hecho de que los sirios se plantearan una vida distinta de “lo natural” asadiano. Revisa el archivo de 2011 y busca un poco sobre los ingentes sacrificios que miles, miles y miles de sirias y sirios ofrecieron. Compáralos con el lema “Asad o quemamos el país” y, entonces, configura tú misma tu propia “narrativa”.
Hablando de la mujer de mi familia que había sido opositora, he olvidado mencionar otra cosa que fue natural a la muerte de Hafez al-Asad: que tenía opositores y que iban a la cárcel. Volveré a este punto un poco más abajo.
Junto a las esperanzas de reforma, se habló también mucho de la vieja guardia y la nueva guardia durante los años posteriores a la muerte de Hafez al-Asad y la cuestión se resumía en que la vieja guardia, el equipo de Hafez al-Asad, era el que obstaculizada la trayectoria reformista. Me imagino que era algo así: Bashar al-Asad y su nuevo equipo querían mejorar la vida en el país y dar libertades generales, pero algunos ancianos amigos de su padre lo rechazaban y él nada podía hacer porque tenían “el aroma del difunto”. No se trata de una visión caricaturesca sino que realmente se decían cosas así entonces y eso seguramente es lo que me ha llevado posteriormente a pensar en la política de forma diferente, no limitada al debate sobre citas y equilibrios de “la lucha por Oriente Medio”, sino que incluye también el nivel de deterioro del sistema de gobierno en mi país y las causas y consecuencias de dicho deterioro.
La jerga específica sobre el maravilloso futuro que traería “el doctor Bashar” llegó poco después de la muerte de su hermano mayor y primer candidato a heredar el poder, Basel, a comienzos de 1994. En ese instante, conocimos a Bashar, que se nos presentó como un joven con cultura y educación, “que había estudiado en Occidente”, que creía en la ciencia, la apertura y el desarrollo. Bashar presidía la Sociedad Científica de Informática de Siria y se le atribuye el mérito de haber levantado la restricción inicial sobre las antenas para los canales por satélite y haber introducido internet en el país. Y, por encima de ello, era reacio, como se repetía constantemente entonces, a los elogios, la glorificación, las fotos y las pancartas.
No voy a ocultarte que hacer un repaso a la propaganda pro Bashar al-Asad en la segunda mitad de los noventa resulta hoy bastante divertido. Es gracioso ver cómo el elogio a Bashar era en realidad una forma de censura –no intencionada ni consciente- a Hafez y su era y cómo todas las características positivas que se asociaban a Bashar eran en realidad contrarias a todos los lemas que el gobierno asadiano había enarbolado, empezando por la máxima repetida hasta la saciedad, incluso hoy, de que había estudiado en Occidente y que eso, en sí mismo, ya era positivo. Independientemente de la lógica detrás de darle a la educación en Occidente un carácter positivo, ¿cómo explicamos que el propio régimen, muy baazista en aquel entonces y que se presentaba como un férreo luchador contra Occidente, fuera el mismo que impregnaba a la educación recibida por su futuro presidente en Occidente de un absoluto valor positivo y dijera que Espinoza en su tiempo había regresado tras pasar unos meses especializándose en Gran Bretaña (¿acaso Espinoza está aceptado entre las “autoridades competentes”[1]?)?
En realidad, lo que acabo de mencionar no son contradicciones con el discurso del régimen porque las contradicciones exigen pensar, analizar, descomponer y recomponer para que el ser humano las detecte y aprenda a abordarlas e incluso beneficiarse de ellas. En realidad, los asadianos no piensan mucho, por no decir que apenas lo hacen. Sé que, si tienes la paciencia y el deseo de examinar la historia y has superado el discurso del régimen sobre sí mismo y consultado el archivo de los debates y escritos de la oposición siria en aquel momento, verás se le reconocía cierto ingenio a Hafez al-Asad y su régimen, un reconocimiento que es en realidad hijo de la impotencia, pues a nadie le gusta ser aplastado por nadie y menos aún que quien aplasta sea inusualmente ingenioso. El asadismo no piensa más que en las verdaderas líneas rojas de quienes son más fuertes que ellos y cómo ser extremadamente violento con quienes son menos poderosos que ellos. Al margen de ello, te dejo aquí la explicación de un amigo al que le gusta un chiste sobre un fumador asiduo de hachís que le preguntó al sheij de la mezquita lo siguiente: “Sheij, ¿se puede rezar sin hacer la ablución?” A lo que el sheij contestó: “No se puede, es imposible”. Entonces dijo el fumador: “¿Y qué le parece si intento rezar sin hacer la ablución y resulta que sale bien?” Según mi amigo, y yo así lo creo, este chiste es útil para explicar el asadismo pues este, además de no pensar prácticamente en nada que no sea prevenir sobre el enfado real (y no mediático) de quien es más fuerte que él, no es más que un “rezo sin ablución”: sale bien, sale bien y sigue saliendo bien desde 1970 hasta ahora.
*****
Es cierto que yo era pequeño cuando murió Hafez al-Asad y que él era de las cosas naturales, pero tengo un fuerte recuerdo de la matanza y la detención política. En mi pequeño entorno, conocí a personas que habían pasado varios años de su vida en las cárceles a consecuencia de su oposición a Hafez al-Asad, pero apenas se hablaba de ellos y, si se hacía, se solía hacer de tres formas distintas. La más común era acusarlos de estúpidos y temerarios; en segundo lugar, se les acusaba de codiciar el poder; y en tercer lugar, se les glorificaba como héroes legendarios. A pesar de que en general solían mezclarse las tres cosas, la tercera era la menos presente en cualquier caso y este tema se trataba poco delante de nosotros los niños. Cuando esa familiar de la que te he hablado estaba en la cárcel, pregunté por la razón y me dijeron que alguien había robado dinero al Estado y la había acusado. Con trece años, supe que era una opositora e, independientemente de lo que se dijera de ella, toda la familia extendida fue a recibirla entusiasmada cuando salió, como si acabara de salir del vientre de la ballena.
Un compañero mío de la escuela primaria se pasó los años de colegio hablándonos de su padre “que se había marchado a EEUU”. En realidad, era un preso político al que mi amigo visitaba de forma muy esporádica según estimo y a discreción del régimen de visitas, y él sabía que lo sabíamos. Posteriormente, recuerdo a este amigo, que de hecho vive hoy en EEUU –casualidades del destino- y pienso que la connivencia entre nosotros, los niños, para mentirnos era la primera capa del asadismo con la que se pintaban nuestros cerebros y corazones. No era el pañuelo que llevábamos al cuello en el colegio, ni el fular, ni el traje de las juventudes, ni siquiera lo era la repetición del lema mañanero: esa primera capa era que aprendieras, desde niño, que debías mentir y tragarte las mentiras que te decía para “salvarte” y no sembrar el pánico en tu familia, que constituía el primer nivel de los servicios de seguridad al que te enfrentabas, y no los culparan. Esa era la primera puñalada asadiana, o el primer virus, por utilizar el lenguaje actual.
Al padre de otro compañero de la escuela lo detuvieron una madrugada en una campaña de las fuerzas de seguridad contra alguien sospechoso de simpatizar con el Baaz iraquí poco después de la invasión de Kuwait y la guerra del Golfo [2]. Él y sus hermanos llegaron llorando al colegio puesto que alguien de su familia pensó que lo mejor para esos niños era que salieran de casa poco después de la detención de su padre. Sin embargo, apenas asistieron a dos clases antes de que viniera su madre para llevárselos a ellos y sus mochilas y cambiarlos de colegio a los pocos días muy lejos de donde vivían. Quería evitarles el sufrimiento de explicar a sus compañeros o explicarse ante nadie. Nos quedamos paralizados y sentimos mucha tristeza por separarnos de nuestros compañeros de escuela y amigos de juegos. No comprendimos bien lo que sucedía. Escuchamos susurros que decían que se habían llevado al padre por “hablar de política”. Inocentemente, pensamos que lo habían detenido porque había utilizado la palabra “política” delante de “la seguridad” y, al parecer, eso no debía hacerse. Pero ninguno de nosotros pensó en ello como “correcto” o “incorrecto” ni lo evaluó con parámetros éticos, porque carecíamos de esos parámetros en nuestras familias, nuestro faro en el camino, e incluso si lo hacían entre ellos o para sus adentros, no lo iban a hacer delante de nosotros porque temían que nos pasara algo y que repitiéramos lo que escuchábamos en casa ante la persona errónea. En resumen, lo vimos como algo… Ya te he hablado de lo “natural”, ¿verdad? Algunas personas son ricas y otras son pobres, algunas viven mucho tiempo y otras mueren antes de lo que deberían por enfermedades o accidentes… Y algunas personas son detenidas.
Necesité mucho tiempo, superar la treintena y vivir la revolución para aprender la necesidad de dejar a un lado la cuestión ética o reconciliarme con el hecho de que ni siquiera existe en cualquier ámbito operacional de mi vida, comenzando por preguntarme por lo correcto o incorrecto de detener a alguien por cuestiones políticas y terminando por la ética de copiar en un examen de Bachillerato empujado o animado por mi familia y entorno social, los mismos que me habían enseñado también que no se roba. Necesité todo ese tiempo para comprender que esta era la segunda capa del asadismo que se había vertido sobre mi generación, la precedente y la posterior: no comportarme con generosidad, no sentir dignidad y no ver que mi valor como ser humano se basaba en respetarme a mí mismo y reconciliarme, en la medida de lo posible, con mi comportamiento general. En definitiva, no estar en la sociedad, sino con un “grupo de gente unido”. ¿Conoces a Ziad Rahbani [3]? ¿No? No te molestes… Otra desgracia subasadiana para nuestra generación. 
Antes mencioné la memoria de la matanza, la que hace que la gente se comporte como un equipo de interrogación de los servicios seguridad, como te dije. Hablo de la matanza de Hama [4], como la “llamábamos” cuando tenía tu edad o quizá era algo más joven. En realidad, el recuerdo de la matanza era mucho más oscuro y borroso. Los Hermanos Musulmanes habían tomado las armas contra el poder y Hafez al-Asad y su hermano Rifaat habían respondido con una gran matanza en Hama en 1982. No solo eso, sino que los que habían tomado las armas eran sunníes y los de Hafez al-Asad eran alauíes. No recuerdo bien cómo sabía esos datos ni quién los mencionó delante de mí ni cómo, pero los conocía bien cuando murió Hafez al-Asad. También sabía de forma instintiva que de eso no debía hablarse, sino que debía obviarse como si no hubiera sucedido, porque abría las puertas del infierno.
Te cuento esto en mi carta para explicarte que la matanza fue una condición fundacional en la vida de quienes conforman mi generación, a pesar de que no la presenciamos ni vivimos y apenas la mencionamos. La matanza estaba escrita en nuestra sangre y con nuestra sangre, era aquello de lo que no se hablaba, presente en todo momento; era ese tema que suponía una conversación silenciada en torno a la cual se giraba tras la muerte de Hafez al-Asad: ¿intentarán algunos sunníes vengarse? ¿Cuál será la respuesta si eso sucede? Eso fue lo máximo que pude oír de las conversaciones de los mayores en aquel entonces.
En cierto modo, lo que hicimos en 2011 fue intentar superar la matanza y la detención política como condiciones fundacionales de nuestra vida. Fracasamos, como sabes, pero lo que quiero decirte es que la matanza no es fruto del 2011, sino que quedó escrita en nuestro destino con la carne fresca y la sangre caliente mientras estábamos en los úteros de nuestras madres a comienzos de los ochenta del siglo pasado.
Nuevamente, no era consciente de ello cuando murió Hafez al-Asad. No era consciente de que la matanza estaba escrita en nuestro destino. Hoy puedo entender que la apuesta por el reformismo de Bashar al-Asad, fuera por entusiasmo y credulidad o bien una forma de seguir la corriente o simplemente buscar seguridad, venía motivada por un deseo firme de superar la matanza. Se heredó el poder sin preguntas, sin que tuviéramos la capacidad de imponer al poder que nos preguntara siquiera. Sucedió como algo “natural” y con la connivencia del mundo entero. No podemos permitirnos ni el lujo de decir que sucedió al margen de nuestra voluntad. 
*****
Antes de concluir mi carta, tengo que explicar brevemente el título: ¿por qué he elegido parafrasear al famoso texto de Karl Marx? Porque, de alguna manera, soy marxista, pero del tipo “marxista, aunque…” o “marxista, a pesar de que…” Esas variedades son atributos de mi generación y la inmediatamente anterior de “marxistas”. Deseo con todo mi corazón que tu generación se haya librado de las consecuencias de nuestros interrogantes, miedos y conflictos que no eran más que, literalmente, una tempestad en un vaso de agua. Sin embargo, debo aclarar que no pretendo compararme, ni me atrevo a ello, con Marx, del mismo modo que no pretendo comparar a Bashar al-Asad con Luis Bonaparte o a Hafez al-Asad con Napoleón Bonaparte. El “no pretendo” se extiende al hecho de que ni siquiera pretendo utilizar la introducción del famoso libro, de espíritu hegeliano, que posteriormente se convirtió en una especie de lema sobre la repetición de un suceso o personalidad histórica, una vez como tragedia y una segunda vez como farsa. Puede resultar tentador hablar de Bashar al-Asad como una farsa que llegó para repetir la tragedia de Hafez al-Asad, pero no pretendo hacerlo, ni siquiera en su exégesis cómica, por razones evidentes: ¿quién en la familia Asad es solo tragedia y quién es pura farsa?
¿Por qué te escribo sobre el momento del traspaso de poder hereditario?
En realidad podía haber escrito sobre la primera década de gobierno de Bashar al-Asad y quizá eso habría sido más agradable para ti, ya que mezcla tus primeros recuerdos de niña pequeña con lo vivido por un adolescente/joven entonces. No iba a escribir sobre el momento de la revolución porque ya escribí lo que pude en un texto compartido con mis compañeros y compañeras de la Coordinadora [5]. Además, no he escrito sobre los años posteriores a 2011 porque de veras tengo la necesidad de saber qué tienes que decir tú de esos años, más que escribir yo sobre ello. Viví privado de muchas cosas durante mi adolescencia, pero pude, a pesar de todo, y gracias a los múltiples márgenes abiertos por las luchas, políticas o no, que libraron millones de “soldados desconocidos” en Siria, entre ellos, mi familia, vivir mi pubertad, adolescencia y temprana juventud de manera aceptable y con cierta “felicidad” también. De esto último te has visto tú privada durante los años de la revolución y la guerra. Siento, en lo que a ti respecta, así como en lo que respecta a muchas personas y cosas, en realidad todas las personas y cosas salvo los Asad y sus apologistas, una ingente culpa.
Te escribo esta carta sobre el momento del traspaso de poder hereditario porque no habías nacido aún en ese momento, o quizá eras tan solo un bebé lactante de pocos meses, mientras que yo, en ese momento, tenía tu misma edad de ahora. Fui testigo de un momento del que tú no lo fuiste y eso, en sí mismo, es lo que me empuja a escribirte sobre ello, pero no es esa la única razón. También te escribo porque ese momento fue fundacional también para mí y porque no sabía entonces que ese momento sería la matrona encargada del nacimiento de unas circunstancias insoportables, cuyas consecuencias vivimos todos hoy y, en concreto, tu generación, que vive algunas de las peores: que el ser humano abra los ojos a un mundo que se derrumba y una vida que se destroza sin piedad.
Por primera vez, tengo la oportunidad de contar los hechos que presencié a través del oído de una persona más pequeña que yo que no los presenció y eso significa, sin duda, que me he hecho mayor.
Sin embargo, esto no es un testamento ni un anuncio de retirada…
[1] Con tono irónico, se hace referencia a la censura tan habitual en Siria.
[2] Las ramas siria e iraquí del Baaz no mantenían buenas relaciones en época de Hafez al-Asad y Saddam Hussein y, de hecho, Siria estuvo en el bando opuesto a Iraq durante las guerras del Golfo.
[3] Conocido artista libanés, hijo de Fairouz, que ha apoyado a Bashar al-Asad y el papel de Hezbollah en Siria. 
[4] Acaecida en 1982, desde mediados de los setenta del siglo pasado se había desarrollado un enfrentamiento entre el régimen y distintos sectores de la oposición, con imponente presencia de islamistas. Los Hermanos Musulmanes tuvieron un papel complejo, máxime cuando parte de sus miembros tomaron las armas y formaron la denominada Vanguardia Combatiente.
[5] El texto está disponible aquí.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Cartas a Samira (15)

Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin al-Haj Saleh
Fecha: 09/12/2019

“¿Ves lo bonita que es la Luna?” Te pregunté mientras volvíamos a casa de noche caminando desde la parada del service [1] hasta nuestra casa en el barrio de Qudseya. “¡Pues tú eres más bonita aún!” Me apresuré a responder a mi propia pregunta antes de que te me adelantases. En otras ocasiones, no me dejabas terminar la pregunta y lo hacías tú rápidamente, mientras te mordías el labio inferior riendo y me guiñabas un ojo. Disfrutabas con las modestas habilidades de galán de tu compañero, que no daban para mucho más.
Me decías “¡Adiós, amoooor!” al salir de casa y me hacía gracia; “¡Amor!” cuando te llamaba para decirte que tal vez me retrasara en volver por la noche; o “No, cariño, no hace falta nada” cuando te llamaba de vuelta para preguntarte si necesitabas o necesitábamos algo. Tú expandías el amor por todas partes, Sammur, con total generosidad. Inundabas todo de amor, y cuánto me alegraba que esa fuente no hubiera dejado de brotar durante los casi trece años que pasamos juntos.
Te gustaba que yo te hiciera el café. Lo preparaba y limpiaba lo que se derramaba sobre los fogones, quejándome mientras lo hacía: “¡La vida es difícil!” Y ponías cara de tristeza, como hacen las madres, en solidaridad con el quejica llorón.
Nos contábamos nuestro día, las cosas que pasaban y de las que se podía hablar, cosas sin importancia en su mayoría, pero que configuraban nuestro espacio privado. Desde el sarcasmo, no nos faltaba malicia al hablar de nuestros conocidos y amigos. ¿Recuerdas a la señora Depresión? Ese fue el mote que le pusimos a aquella amiga nuestra que casi siempre estaba deprimida. ¿Recuerdas a “Dondeosmetéis”, mote que le pusimos a un amigo que lo primero que decía cuando te veía o me veía era “¿Dónde os metéis?”? Esa malicia sin maldad es una de tantas cosas que extraño, Sammur. Cosas privadas, pequeñas, que nos ayudaban a organizar nuestro mundo en común.
Me empujabas a salir de casa, ver a los amigos, “cambiar de aires”, moverme. No podías quejarte de que tu marido estuviera todo el día fuera de casa, sino de un marido que no paraba de buscar excusas para no salir de ella. Cierto es que no hablaba mucho, pero pensaba que sus expresiones no verbales te llegaban y cuánto alegraba a su corazón que le dijeras que así era.
Yo también te empujaba a salir, a viajar, no solo a Homs, donde estaban Najat, Fátima y tus hermanos, sino también a visitar a nuestros amigos en Alepo, Latakia o mi gente en Raqqa. No te gustaba viajar sola, querías que lo hiciéramos juntos. Sin embargo, en las pocas ocasiones en que te fuiste sola, la mayoría a Homs, a los dos días te echaba mucho en falta y, después de haber insistido en que salieras de viaje, te llamaba para desearte que te divirtieras durante tu estancia y de paso preguntar “¿Cuándo vuelves?” ¿Recuerdas aquella vez que fui a buscarte a la estación de autobuses a tu regreso de Homs? Cogí por error un service que no era y llegué tarde, cuando ya te habías marchado a casa. De vuelta, frustrado, pasé por la oficina de correos para recoger un paquete que me habían enviado, sin acordarme de que era viernes, por lo que me encontré la oficina cerrada. Cuando este ser distraído quiso hacer algo bueno, se cansó y no sirvió de nada. Sin embargo, tú, como de costumbre, le quitaste importancia y no dejaste que me sintiera tan torpe.
En tu ausencia, me debato entre una soledad en la que te echo de menos y un estar con la gente del que quiero huir para regresar a mi refugio de ermitaño. Creo que la familia es la solución para esta situación, pues conforma una pequeña parte de la sociedad en la que podemos estar solos y acompañados a mismo tiempo, esa parte que protege la intimidad, pero también satisface las necesidades sociales. Te hablaba de cosas y personas, y sabía que, en tu presencia, tenía licencia para equivocarme, excederme, ser injusto, ser tolerante, dudar y discutir conmigo mismo. Poco después, cambiaba de opinión, retrocedía, como si fuera necesario decírtelo a ti para comprobar si se podía decir antes de dar marcha atrás. Solía leer la expresión de tu rostro: no estabas contenta con lo que escuchabas, te oponías… Y siempre encontrabas la forma más amable de hacer que me retractara. La familia es un espacio también para reprocharle cosas al ser querido, una conciencia añadida. ¿Jugaba yo un papel semejante contio? Eso espero y creo. Nos ayudábamos a controlar nuestras reacciones iniciales.
Eras mi familia, Sammur, y yo la tuya, un oasis para los dos, una solución para la soledad y la necesidad de intimidad a un tiempo. Una conciencia el uno para el otro.
Me sentía mal y me castigaba a mí mismo recordándome aquello que le decías a la vecina que llamaba a la puerta para que fueras a beber mate con ella: “Yassin está de visita”. Con ese comentario llamabas la atención sobre el hecho de que el susodicho se pasaba los días en su habitación, pensando, trabajando y sin apenas hablar.
Apenas decía nada cariñoso. Desciendo de un pueblo cuyos hombres no han aprendido a expresar lo que sienten. No es necesariamente porque seamos crueles, Sammur, y eso lo sabes bien, sino porque ocultamos la fragilidad de nuestro interior con el silencio, porque tememos que se descubra el amor que contiene. Tenemos miedo del amor y de las mujeres, de veras, pues ellas perciben perfectamente esa debilidad nuestra que no se puede esconder, y no parece que ellas protejan su corazón de la misma manera que nosotros. Me he fijado muchas, muchísimas veces, en que las mujeres en nuestra sociedad, como en otras, son más valientes que los hombres, y no solo en el amor.
En tu ausencia, mi vida se reparte entre el tiempo de trabajo, en el que estoy solo, la vida social entre amigos y conocidos, y mi vida contigo. Esa se da cuando estoy solo, que es la mayor parte del tiempo, pero se mezcla con el trabajo e incluso con la vida social y pública en ocasiones. Me apaño para manejar la combinación de amor y tristeza que siento cuando estás conmigo en mi soledad, pero me cuesta más controlarlo cuando no estoy solo, especialmente cuando hablo de ti delante de la gente.
Lo más deprimente de la soledad es cuando voy a hacer la compra y me llevo comida y cosas para la casa. Es como si lo que esta tarea entraña de conexión con la realidad reforzara mi sentimiento de culpa. Me ahogo como le pasaba a mi madre cuando alguno de sus hijos estaba ausente: no disfrutaba de la comida ni la bebida, se ahogaba de veras. No me he convertido en “el señor Depresión” como nuestra amiga, desaparecida hace años. Mi depresión es la sombra de una lucha sin miedo a la muerte. En tu ausencia le tengo mucho menos miedo que antes y creo que en que en ello se juntan la valentía y la tristeza, la tristeza por lo horrible de nuestras pérdidas. Luchamos mientras lloramos. Quien no teme a la muerte sabe que no se detendrá y encuentra en su interior, en su imagen, en su imaginación y en sus amigos la energía que le permite continuar.
Ojalá que tu nombre remita a una lucha heroica y sin miedo a la muerte, que sea símbolo de la lucha por la libertad, la justicia y la dignidad y que la pena ocupe un solo instante de esa generosa y valiente lucha. Tu épica ausencia hace que nuestra causa sea la del conocimiento y la verdad, más que de la justicia y la libertad. Sabes que lo que me pedía a mí mismo era buscar el conocimiento, más que cualquier otra cosa. Ahora que estás ausente, tengo dudas de que eso fuera lo más inteligente. Lo que se busca es dignidad, una vida digna y hacer el bien. Se supone que ese es el objetivo y el significado del conocimiento. Buscarte, saber de ti, satisface ese significado, le proporciona un factor impulsor más fuerte y hace del conocimiento un acto de justicia y dignidad. En el pasado, tal vez la búsqueda del conocimiento me llevara lejos, me hizo no comulgar con nada; sin embargo, la búsqueda de conocimiento en sí mismo ha adoptado tu nombre, Sammur. Tu nombre es el nombre de lo que quiero hacer. Tú eres la desconocida ausente cuyo conocimiento se busca.
Tal vez el conocimiento salve a quien lo busca, o quizá lo destruya, pero la pesadilla de quien quiere saber es no saber.
No saber nunca.
[1] Furgoneta que sirve como medio de transporte colectivo en Siria. 

martes, 29 de octubre de 2019

Cartas a Samira (14)

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin Al Haj Saleh

Fecha: 19/10/2019


Viví tu secuestro y desaparición hace ya casi seis años como lo peor que podía pasarle a nadie, y lo más inusitado, a pesar de los múltiples crímenes y hechos atroces que suceden en nuestro mundo. Tú y yo, en concreto, estamos lejos de la cara más cruel e inusitada de la vida en nuestro país, que muestra algunos de los aspectos más duros e inusitados de la vida en el mundo entero; sin embargo, Sammur, a mí no podía sucederme nada peor que tu ausencia.

Cuando nos detuvieron en nuestros años de juventud, tanto tú como yo conocíamos a personas que habían vivido experiencias similares y estábamos bastante bien preparados para ello. Sabíamos que era muy posible que nos detuvieran y que ese era un precio muy factible a pagar por aquello que creíamos que era nuestro deber. Existía toda una literatura y una producción artística sobre los presos políticos y su imagen era muy positiva.

A día de hoy, no he consultado nada de literatura ni producciones artísticas sobre la desaparición y, en concreto, sobre quienes han visto desaparecer a su pareja o persona querida. La realidad es que, incluso en situaciones de cárcel, no se encuentra casi nada relacionado con cómo lo viven las familias o los seres queridos de los presos. Sin embargo, la prevalencia de la situación de cárcel nos ha familiarizado a quienes ya estábamos metidos en el “ambiente” con las familias de los detenidos durante los años de cárcel. Nuestras propias familias pasaron por ello y también muchos de nuestros amigos. La cárcel en sí misma se convirtió en una experiencia razonablemente conocida gracias a lo que escribieron antiguos presos, empezando por tu marido y algunos otros que conoces personalmente.

De la desaparición forzosa en nuestra generación muy pocos regresaron, si es que alguno lo hizo. No sé si existen testimonios en ese sentido y es poco probable que estos testimonios traten la experiencia de las familias de los desaparecidos, especialmente las madres y las mujeres. Digo mujeres porque en la historia de nuestro país han sido tradicionalmente los hombres quienes han desaparecido y las mujeres, las que sufrían la pérdida y el duelo. Mi madre fue una de ellas, y también la tuya. Mi madre falleció en los años de mi corta ausencia y la tuya, en tus largos años de ausencia.

La experiencia de la pérdida es fundamentalmente una experiencia femenina, en la medida en que la mayor parte de los desparecidos eran hombres. Esa era la situación en Siria en la anterior generación y sigue siendo la tónica general. De lo poco que sé de otros países, un colectivo de mujeres turcas se concentran una vez al mes para exigir conocer el paradero de sus hijos, desaparecidos desde los años ochenta del siglo veinte, y en Argentina se reúnen las madres de los desaparecidos de esa misma década en una plaza de la capital llamada Plaza de Mayo. Se las conoce como las madres de la Plaza de Mayo. En Marruecos, había un movimiento a principios de este siglo por los desaparecidos durante los “años de plomo” (entre los sesenta y los ochenta del siglo pasado), pero parece que las familias estaban menos organizadas y las autoridades se esforzaron en cerrar el expediente desde arriba. Nuestra situación es más complicada, Sammur. En nuestra generación, solo había un responsable de las desapariciones: el régimen. Sin embargo, hoy se han multiplicado los responsables que ya no abarcan solo al régimen y sus milicias, sino también a Daesh, el Ejército del islam y otros. Se habla de 98.000 desaparecidos, cuyas familias en el interior de Siria no pueden organizar ninguna acción contra los responsables, mientras que, en el exterior, está todo muy disperso.

Debido a los pocos escritos, testimonios, novelas, relatos o poemas de los que disponemos no se puede hablar de literatura de la desaparición de la forma en que se habla de la literatura de cárcel. Debido a lo poco habitual que es, no encuentro a qué recurrir para que me ayude a lidiar con esta experiencia. Sin fuentes escritas, lo más cercano como fuente real a la que recurrir es mi madre, durante el tiempo que vivió mi pequeña ausencia, y posteriormente la de dos de mis hermanos. Digo que fue una pequeña ausencia porque sabía dónde estábamos y nos visitaba de vez en cuando. En tu ausencia me identifico con mi madre, y con las madres cuyos hijos están desaparecidos. Me he transformado en una madre de mi esposa desaparecida, en una madre para ti, Sammur.




Tu ausencia me ha feminizado debido a esta experiencia femenina que se me ha presentado. En esta experiencia, durante algo más de setenta meses, me abruma la crudeza y el horror que soportan las mujeres, sobre todo porque solo unas pocas de ellas pueden implicarse en alguna acción positiva por el preso o desaparecido y muy pocas veces pueden transformar su angustia por los seres queridos desaparecidos en una causa general. Cuando son ellas las presas y, en no pocas ocasiones violadas, son aún menos las que han podido retratar su experiencia y algunas han sido repudiadas por sus familias, o incluso asesinadas para limpiar el honor. La limpieza del honor es en sí misma una deshonra que no se puede limpiar.

No hay nada que pueda equipararse en las experiencias de los hombres.

He podido seguir tu causa con la ayuda de amigas y amigos, y sin embargo, no siento que tenga la fuerza, la firmeza y valentía de mi madre. ¿Cómo pudo ella y muchas otras madres soportar tanto dolor durante tantos años? No deja de sorprenderme, sobre todo porque un gran porcentaje de ellas no tenían instrumentos, ni palabras escritas o pronunciadas en alto, ni fotos, ni líneas ni melodías que sirvieran para representar sus dolorosas experiencias y presentarlas en el espacio público, a fin de granjearse una cierta solidaridad y apoyo. A falta de esos instrumentos, la ausencia es doble o total, y se agrava por la falta de una organización que acerque a las familias y fortalezca sus vínculos.

Tal vez las lágrimas ayuden. Ayudan más a las mujeres que a los hombres, porque ellas utilizan sus ojos para algo que los hombres han aprendido a ocultar desde la más tierna infancia. Yo era uno de ellos. Cuando mi madre falleció apenas me brotaron lágrimas de los ojos y me enojé conmigo mismo por ello. Necesitaba llorar, pero no podía. Tras tu ausencia, cambié. ¡Cuánto he cambiado!

He evitado romperme de muchas maneras, Sammur, entre ellas, a través de las lágrimas. No reconozco en mi experiencia lo que dice mi amiga Souad Labbize de que las lágrimas tienen “una función poética”, la función “de revivir un rostro destrozado”. Creo que las lágrimas compensan la ausencia de palabras o su incapacidad. Ponen de manifiesto la falta de palabras o la palian cuando son incapaces de representar la experiencia, como si fueran palabras alternativas o complementarias. Tal vez las mujeres lloren más porque están privadas en mayor medida de las palabras, mientras que los hombres lloran menos porque son más dueños de las palabras.

Una de las dimensiones que ejemplifican esta transformación mía es que prácticamente todos mis héroes son mujeres, a diferencia de lo que sucedía hace apenas unos años.

Desde hace años, el lema feminista “lo personal es político” resume mi experiencia, y eso antes de saber que una de mis heroínas de pensamiento, Hannah Arendt, ve en ello una condición definitoria de los refugiados. En nuestra calidad de refugiados, lo personal y lo político se intensifican mutuamente. No veo ningún problema en la palabra refugiado, Sammur, a diferencia de la intelectual judía alemana, que fue refugiada en Francia durante años, antes de asentarse definitivamente en EEUU. La palabra en la que no me reconocía era “exilio” y sus derivados. Hoy intento encontrar un lugar para mí entre las palabras, y lo encuentro y no lo encuentro.

Tampoco encuentro palabras para describir tu lugar, totalmente ausente desde hace años. Supongo que precisamos de la teología y su lenguaje para representar tu larga ausencia silenciada. Lo personal aquí es religioso y político, y lo religioso y político es personal. Esto sirve de inauguración de un gran debate que espero que se mantenga. En las experiencias históricas de religión no hay mucho que se sostenga al compararlo con nuestra experiencia general en los años de la revolución ni en nuestra experiencia personal desde tu ausencia. A partir de ello, podemos construir cosas importantes, nuevos comienzos liberadores.

La experiencia me ha cambiado, Sammur, y sabes que hacía mucho que quería cambiar. Y aunque siga siendo una de las peores cosas que le pueden pasar a un hombre, no es por consideraciones viriles de proteger a mi mujer o perseguir a mis enemigos hasta el final, sino porque sé que la experiencia totalmente inesperada ha sido nociva para ti y que lo que te ayudó a soportar cinco meses en Duma después de que yo me marchara fue la perspectiva de que terminaría pronto y viviríamos juntos, finalmente, “una vida como la vida”. Tu dolor ante lo inesperado, y por encima de todo, lo horrible de ese dolor, es lo que me angustia y siembra el desconsuelo en mi corazón y aquello por lo que me esfuerzo para ser su hogar y familia, y también su narrador.

De lo que no fui consciente antes es del hecho de que el cambio es una experiencia trágica en general. No bastaron solo los largos años de cárcel para mi primera trasformación, sino que también tuvo que morir mi madre. El precio de mi transformación hoy es vivir como un refugiado, y casi inmediatamente después, tu ausencia. Una mujer me dio su vida y otra, su presencia y su libertad, para que cambiara dos veces. En ocasiones, pienso, Sammur, que pago un precio terrible por mi avaricia, por mi profundo deseo interior de cambiar de nuevo, por vivir una tercera vida. Dos vidas no me han bastado. Lo trágico ha venido de lo que me parecía que era lo más profundo de mi libertad y renovación, de un destino que he llevado conmigo con celo, un destino “escrito en la frente” de alguna manera.

En lo que respecta al hecho de tu ausencia, me esfuerzo para que la transformación cuyo precio estás pagando, sin que yo pueda ayudarte, sea una transformación transformadora, que contribuya a un significado y una libertad que se generalicen y constituyan una vida para otros. No tuvimos hijos: quizá nuestra contribución al cambio general sea convertirnos en la semilla que dejemos a quien venga después.

Digo “nuestra contribución” porque tú estás presente en ella en todo momento, eres su protagonista y su estímulo, porque mi compromiso como transformador, como madre tuya, es lograr que tu ausencia sea una fuerza transformadora general, que viva y tenga significado, y permanezca.

viernes, 8 de marzo de 2019

Cartas a Samira (13)


Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin Al Haj Saleh

Fecha: 08/03/2019


Sammur, en otras ocasiones te he escrito sobre cosas nada agradables, situaciones que no deberían haberse dado, y sobre un mundo que se ha vuelto peor durante los años de tu ausencia. Esta vez, voy a escribirte sobre la esperanza que se mantiene viva incluso en un mundo como este: la amistad y la gran cantidad de solidaridad y apoyo de muchas y muchos en prácticamente todo el mundo. Y puesto que no puedo mencionarlos a todos, pero sí es preciso nombrar algunos ejemplos, a través de ti quiero decir a todas las amigas y amigos en todos los lugares del mundo que no doy por sentados la generosidad y amor que ellas (la mayoría son mujeres) me profesan, que, si no les doy las gracias en cada ocasión, no se debe a que mucho de lo que han hecho es algo que merezco de forma natural por ser su amigo, ni por ser el marido de la ausente Samira. Sé que ellas nos dedican sus esfuerzos, tiempo y energía, y supongo que, a través de nuestra historia y la historia de Siria, conocen esa lucha extremadamente solitaria, radical y desesperante, pero que continúa a pesar de todo y, por ello, genera esperanza.

La verdad, Sammur, me resulta mucho más difícil escribir así que cuando lo hago con un espíritu crítico y analítico. He heredado una especial dificultad a la hora de expresar mis sentimientos cuya magnitud precisamente tú, entre toda la gente, no necesitas que te explique, y quizá por esa razón en concreto me hice escritor: para huir de lo que no sé cómo decir, y después para pedirlo, a pesar de todo, con rodeos. Sin embargo, intentaré decir algo sobre el amor a las mujeres y hombres que quieren a la ausente Samira y que apoyan a su compañero que sufre la pérdida. También pediré perdón por solo mencionar algunos nombres.

Naomí Ramírez, desde Madrid,  ha traducido y publicado cada carta que te he enviado, en ocasiones apenas unas pocas horas después de su publicación en árabe. Naomí fue también quien tradujo las palabras que escribiste durante el asedio en Diario del asedio a Duma 2013 [1]. “La causa de Samira se ha convertido en una causa personal”, dice Naomí, que añade que traduce las cartas porque “cuentan la historia y vida de una activista importante de la revolución”. También me contó que un hombre español que leyó tu libro en compañía de su hija Laura, dijo que si tuviera otra hija, la llamaría Samira. Naomí ha apoyado la causa siria desde el principio, traduciendo, escribiendo y comunicando, y hasta hoy sigue haciéndolo, no a pesar de los horrendos derroteros por los que discurre la situación, sino debido a ellos y para enfrentarse a ellos.

Igual que Naomí, Souad Labbize, la poeta franco-argelina, ha traducido las cartas al francés. Souad ha traducido las cartas porque eres muy “querida” para ella, y porque tu historia da una idea de la historia de Siria. Souad considera que somos una única familia a la que une la causa de la liberación y no la sangre o el credo. Es el parentesco de las revoluciones. Hoy en Argelia se están produciendo manifestaciones en contra de la “renovación del mandato” por quinta vez de Bouteflika, que apenas habla o se mantiene de pie (en Argelia lo llaman: “la quinta regencia”), y Soaud tiene el corazón allí puesto.

Sammur, no sabes nada de Souad o Naomí, y yo no las he conocido hasta después de tu desaparición. Aún más, a día de hoy, no he conocido en persona a Nurah El Assouad, la ítalo-siria que vive en Italia desde hace muchos años pero cuyo corazón ha permanecido ligado a Siria. Ha encontrado en las cartas tal sensación de unión que sus amigos la avisan en cuanto se publica una nueva carta, para que la traduzca. Antes de Nurah y junto a ella, tradujeron algunas de tus cartas Sami Haddad, Filomena Annunziata , Marianna Barberio, Giovanna De Luca y Roberta Pasini. A Sami lo conozco de los años de universidad, antes de la cárcel, pero llevamos 39 años sin vernos. Giovanna ha traducido tu libro al italiano y se publicará en breve gracias a la ayuda de Francesca Scalenci, que hace un par de meses escribió un bonito poema sobre ti y sobre Siria. Conocí hace poco a estas dos mujeres italianas, siendo tú nuestro punto de unión. Creo que nuestras amigas se identifican contigo y quieren “izar la bandera que cayó en el campo de batalla”, como dice Souad Labbize.

Al inglés las ha traducido Murhaf Fares, un joven sirio que realiza su tesis doctoral en Oslo. Murhaf quería que muchas más personas te conocieran a ti y nuestra “excepcional” historia que combina lo personal con mucho de lo general. Mediante la traducción de esta historia de “combinación inquebrantable, pero dura” Murhaf ha querido expresar su solidaridad con la ausente. Nuestra historia infunde esperanza a nuestros amigos que nos dan esperanza. 

Tus palabras en el Diaro del asedio a Duma 2013, que ya están disponibles en español gracias a Naomí, espero que puedan leerse pronto en inglés si algún editor se interesa por ellas. Sarah Hunaidi, una chica siria que vive y estudia en EEUU, ha sido la encargada de traducirlas. No nos conocemos en persona. Espero que podamos conocerla juntos.

En todas partes, en nuestra región y en el mundo, tenemos compañeros y compañeras que no dejan de apoyarte. Fue muy emotivo recibir hace unos días la carta de una amiga británica que me decía que había puesto una vela por ti y por mí en la catedral de Exeter, que había pedido que se rezara por nosotros, que en todo lugar que entra a rezar deja una petición similar y que en todas partes encenderá una luz por ti, Sammur.

Había apodado a esta mujer, que sé que es profundamente creyente, “la santa”, pero siempre se opone, diciendo que prefiere que la llame amiga. Se llama Sian, y quiere que nuestra historia se conozca para que nadie pueda decir que no sabía. Dice que quienes han conocido la historia en las zonas rurales, donde ella vive con su marido, experto en medioambiente y que estudia el comportamiento de los animales salvajes por la noche y el efecto que produce en su vida la iluminación eléctrica, la paran y le preguntan por nosotros o si hay noticias.

No me he referido más que a algunos de los que no conoces en persona y a quienes he conocido después de tu desaparición, pero hay muchas y muchos que conoces y no conoces, en Siria y fuera de ella, desde Líbano a Yemen, pasando por Egipto o Turquía, y realmente de todas partes. Y antes de todos ellos, están todos los sirios y sirias, pues a pesar de las heridas que empujan a todos a encerrarse en sí mismos, tras ocho años extremadamente duros, se ve en Siria una gran humanidad, valentía y dignidad. Desgraciadamente, esta imagen está incompleta, pero las sirias y los sirios, en el exilio y dentro del país, han demostrado que el éxito asadiano a la hora de crear a sirios que se matan entre sí continuamente ha sido limitado, y que hay una Siria diferente, libre, solidaria y generosa, viva en incontables sirias y sirios. Esos son la revolución siria. La mayoría de ellas y ellos pertenecen a la generación más joven.

Gracias a esas amigas y amigos, muchas y muchos han conocido a través de ti a Samira de Siria y a Siria. Aspiro a que todo ser humano en este universo sepa de ti. Sé que es complicado, pero con la participación de esas amigas y amigos, tu voz ha llegado lejos.

Somos un mundo completo, Sammur. No somos un barrio, un clan o una sociedad cerrada. Un mundo esperanzado que te quiere y echa de menos: el mundo de Samira. 

[1] Publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

sábado, 2 de febrero de 2019

Cartas a Samira (12)


Texto original: Al-Jumhuriya
Autor: Yassin Al-Haj Saleh
Fecha: 02/02/2019

El único día que celebro desde tu desaparición es el día de tu cumpleaños. Lo paso solo, contigo.
Llevo pensando desde unas semanas antes de tu cumpleaños, Sammur, que siempre nos ha unido el amor por la experiencia, la voluntad de caer en la experiencia, arriesgarnos y vivir nuevos comienzos. Los principios siempre son difíciles, y las experiencias pueden ser catastróficas. Tú y yo lo sabemos.
En los ochenta del siglo pasado, te hiciste comunista y te uniste a una organización opositora, a sabiendas de que podían detenerte y torturarte, y cuando eso sucedió, gritaste en la calle para que la gente se percatara de lo que estaba sucediendo a su alrededor y de lo que les podía suceder a ellos. Te hicieron callar y mandaron dentro a los curiosos que habían salido a mirar lo que sucedía desde sus balcones. La organización secreta especial con monopolio sobre las armas llamada “Estado” quería que todo les fuera visible, que los gobernados fueran libros abiertos, en los que no hubiera secretos ni privacidad. El espionaje y la tortura eran sus métodos para lograrlo.
Al igual que tú, quizá unos pocos años antes, me hice comunista, y me uní a otra organización opositora. También me detuvo la organización secreta, que se afanó en hacer de mí un libro abierto, mientras que ella permanecía bien sellada, sin revelarnos su contenido. ¿Recuerdas lo que dijo Rifaat al-Asad [1] sobre la necesidad del “mantener en secreto la razón securitaria” en la conferencia del partido Baaz de 1979 y la propuesta que hizo de que sus agentes vivieran en zonas privadas para que la gente común no supiera cómo pensaban? Unos años después, Rifaat perdió la batalla por el poder contra su hermano, pero el tratamiento que se le dio a dicho conflicto fue “familiar y local”: ni detenciones, ni torturas, ni asesinatos, y el perdedor disfruta del dinero robado a los sirios hoy en la democrática… Europa. Ahora bien, el “carácter secreto de la razón securitaria” y la vida de los altos cargos del aparato de seguridad del régimen en mundos a los que no se envía al común de los sirios ni donde se les pide rendir cuenta alguna se han mantenido como una norma intacta hasta hoy día.
Nos hicimos comunistas en un momento en que el comunismo significaba cambiar la realidad, cambiar el mundo y, junto a ello y ante todo, cambiar uno mismo. No pudimos cambiar la realidad de nuestro país, pero nosotros sí cambiamos y deseamos cambiar, como si quisiéramos ver ese cambio en el mundo, según la máxima de Ghandi. Al salir de la cárcel ya no éramos las mismas personas. Aceptamos que la cárcel era una parte integral de nuestra vida, como queríamos que lo fuera la libertad.
Unos años después de la cárcel, comenzaste una nueva experiencia. Te trasladaste a Damasco y viviste de forma independiente. Yo también hice lo propio unos años después de salir de la cárcel. Habías decidido trasladarte a otra ciudad y dar origen a un nuevo comienzo, algo que seguía siendo mucho más difícil en nuestro país para una mujer que para un hombre. Sin embargo, tomaste tu decisión y la llevaste a cabo, una acción muy valiente. La ex presa política quería ser libre en el ámbito personal, si la liberación general no se podía lograr. El ex preso político no necesitaba una valentía especial para hacer exactamente lo mismo en nuestro país.
En el año 2000, nuestros caminos se cruzaron en Damasco: dos ex presos, independientes, residentes en la capital que apenas habían conocido antes de la cárcel, y que vivían de su trabajo, tú de mecanografiar textos en el ordenador, que empezaba a llegar en aquel entonces, y yo de la escritura y la traducción.
Nuestro matrimonio, con nuestros diferentes orígenes y tempranos inicios, fue también un acto de libertad, y de valentía, más por tu parte que por la mía. Este nuevo inicio fue la continuación de lo anterior, de la lucha, la cárcel y la vida independiente. Teníamos dos historias que, en septiembre de 2002, se transformaron en una.
El cuarto inicio y la cuarta experiencia llegaron con la revolución. Me escondí para decir y escribir lo que consideraba correcto, y tú quisiste que nuestra casa se mantuviera abierta en la medida de lo posible. Tú hiciste de una casa alquilada un hogar, y para ti, salir de ahí era equivalente a salir del país. Lo dijiste en tu libro Diario del asedio a Duma 2013 [2]. Entonces no era consciente de ello, Sammur. Solo hoy comprendo que preservar la casa era tu forma de aferrarte a nuestro espacio común, nuestro puerto seguro al que volver tras una larga ausencia, pero siempre temporal. Tu forma de expresarlo en el libro recuerda a las grandes experiencias de desarraigo y éxodo forzado, Sammur, pero esas experiencias se ríen de la amargura de tu expresión: nos esperaba algo más duro y amargo.
Cuando salí de Damasco hacia Al-Ghuta oriental y fueron pasando los días, quisiste vivir la experiencia y unirte a ella. Lo deseabas tanto que en tu libro me “agradecías” por “haberte traído a ese lugar”, y ello después de que yo me hubiera marchado a otro lugar. Ojalá, Sammur, por una sola vez, no hubieras venido y no me lo hubieras agradecido. Ojalá, por una vez, yo hubiera insistido en que no vinieras, aunque hubiera tenido que cargar con tu enfado durante un tiempo.
En nuestras experiencias de vida, de más de medio siglo antes de tu desaparición, se habían mezclado el peligro y el cambio, el enfrentarse al miedo sin la seguridad de que nos salvaríamos, y la salida del enfrentamiento totalmente cambiados. Tú y yo somos hijos de las experiencias que nos han creado y formado, y yo no podía decidir por ti en ese momento crucial, ni escoger para ti unas experiencias más seguras. Ojalá lo hubiera hecho.
Tu capacidad de aceptar las experiencias que venían siempre hizo más fácil vivir con las dificultades. A pesar de la dureza de las descripciones de tu libro, la aceptación supera al dolor, el dolor de lo que veías a tu alrededor y que tú misma padecías. No negabas el sufrimiento, pero tus palabras se centraban más en la observación.
Te esforzaste en transformar las experiencias en palabras, y las convertiste en sentimientos y vida. Las representaste en tu forma de ser, y yo las representé en mis acciones. Te curtiste en distinguir entre personas, Sammur, y tu juicio en ese sentido era mucho más certero que el de tu marido, poco precavido. Ambos tenemos en mente más de un ejemplo. Por mi parte, me dediqué a saber cómo distinguir entre ideas, entre lo real y lo falso, entre lo que abre puertas a otras  realidades y lo que simplemente da vueltas alrededor de sí mismo. Lo que nos acercaba en este sentido es que queríamos distinguir y decantarnos por algo: diferenciar entre lo que vive y lo que muere, y ponernos de parte de la vida.
Tu política era la empatía, la implicación y la expresión del dolor de quienes lo padecían. Tus palabras en el Diario están impregnadas de esa política de implicación. No pusiste tu propio dolor por encima del de otros, y llegaste a la conclusión, clara y simple, de que el asedio que compartías con la gente de Duma era mucho más duro que la cárcel que ya habías experimentado como presa, y en la propia Duma. Mi política era la de decir la verdad sobre las autoridades a la gente. Alteraba a propósito alguna expresión recurrente en inglés sobre la necesidad de decir la verdad al poder o frente a él, y la encontrabas prácticamente igual en los libros de muchos otros. Nadie se dirigía al poder en ningún caso, aunque el discurso fuera desafiante, ni aunque se entendiera el poder en un sentido amplio que englobara a los poderosos, dueños de la influencia económica, social y religiosa, pero también la simbólica, como es el caso de artistas, pensadores y literatos. El poder era tal vez el objeto del discurso, pero este se dirigía a la gente en su diversidad, aquellos afectados por las acciones de quienes detentan la autoridad, y quienes pueden ser partícipes en acciones o palabras que lo cambien.
Tras tu desaparición a manos de una autoridad religiosa que roba mucho, mata mucho y miente mucho, como su homóloga asadiana, he adoptado una nueva política que lleva tu nombre y de la que eres el símbolo. En este sentido, tengo un recuerdo poco feliz, Sammur. En abril de 2016, solo unos días antes de nuestra supuesta cita, me llegó una invitación de un miembro de la Coalición Nacional a un “taller de evaluación de la trayectoria de la revolución a lo largo de sus cinco años” en Estambul. En ese momento, me encontraba en esa ciudad, pero era otra Estambul. Respondí a la invitación diciendo que no me interesaban ni la Coalición ni su gente, y que “mi política se llama Samira Khalil”. No me contestó, ni tampoco expresó solidaridad alguna, como no se le ocurrió decir, por ejemplo, que podría asistir al taller de evaluación para hablar de “mi política”.
Evito constantemente contarte cosas de esta experiencia vital incompleta, pero cuánto deseo que llegue el día en que estés a mi lado, para hablar de muchas “experiencias vitales”, como solíamos hacer, aunque fuera solo durante unos minutos, cuando alguno de los dos llegaba de algún recado o de un viaje.
Hoy tienes una historia terrible de una experiencia terrible y larga, cuya carga no consiguen aliviar nuestras experiencias pasadas. Lo que estás viviendo tú, lo cuentas tú y lo contamos juntos.
Todas nuestras experiencias ─la lucha, la cárcel, la independencia y el amor, y después esta larga ausencia muda─ son dimensiones de las dolorosas experiencias del país cuyo trágico origen no fuimos capaces de ver en su formación, historia, ambiente y mundo, o bien lo vimos y no lo creímos. Tu ausencia está unida al coma del país y a las catástrofes que han afectado a innumerables personas.
Hoy, lejos de mí, no puedo cuidarte; y yo, lejos del país en llamas, que nos han dejado claro que se está quemando para que el pirómano perdure, intento ser quien cuente la historia interminable de Samira/Siria.
Esa es mi política.
Esa es mi lucha.
A pesar de la fragilidad de los instrumentos, el antiguo luchador sigue luchando, buscando nuevas formas de mantenerse en la batalla, en muchas batallas.
Hemos vivido una vida de lucha, Sammur, y nos marcharemos de ella combatiendo.
En el día de tu cumpleaños, ¡estate bien!
[1] Hermano de Hafez al-Asad y tío de Bashar al-Asad.
[2] Disponible en castellano gracias a Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Para más información, puede consultarse esta página.