Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
Mostrando entradas con la etiqueta Desaparecidos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desaparecidos. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de diciembre de 2020

La historia de Samira

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin al-Haj Saleh

Fecha: 09/12/20, aniversario de la desaparición de Samira y sus compañeros.



La voz de Samira fue silenciada hace siete años. Estoy seguro de que esta mujer desaparecida tendría muchas cosas que contar si se le permitiera hablar, historias que los que la hicieron desaparecer y silenciaron su voz temen que conozcan el grueso de los sirios y sus socios. Nadie puede contar la historia de Samira tras su desaparición más que ella, pero la historia de Samira antes de su desaparición merece ser contada y recuperada mientras siga desaparecida. Es nuestra historia, la historia de nuestra amarga lucha frustrada, la historia de Siria.

Se da la casualidad de que nuestros nacimientos están registrados en los documentos oficiales en los primeros dos días de febrero. El mío es absolutamente incorrecto, pero Samira sí nació el 1 de febrero de 1961 en el seno de una familia originaria de Al-Mukharram al-Foqani, en la zona rural oriental de Homs. No obstante, no fue ahí sino en Suweida donde nació Samira, debido a que su padre, policía, había sido destinado allí. Samira es la cuarta de cuatro hermanas y cinco hermanos. Su madre era ama de casa y dedicaba todo su tiempo a cuidar de una familia de once miembros. La familia vivió la mayor parte del tiempo entre Al-Mukharram y la ciudad de Homs y, tras su jubilación, el padre y la madre se asentaron en el pueblo. La vivienda familiar siguió siendo la casa de todos e iban allí en vacaciones y los días festivos. Los hijos e hijas se asentaron en Homs una vez casados, algo habitual en Siria. Por mi parte, procedo de una familia del mismo número de personas, de origen rural, en la que también había división sexual del trabajo y cuyos hijos se asentaron en la ciudad más cercana -Raqqa en nuestro caso-, manteniendo la casa del pueblo. A pesar de estas similitudes, hay también diferencias fruto del cambiante curso de la vida.

Tras el Bachillerato, Samira se matriculó en Literatura Francesa, pero apenas permaneció en la universidad. Con veintipocos años se afilió, en su ciudad, Homs, al Partido del Trabajo, comunista y opositor al régimen, donde tomó parte en diversas acciones. Su hermana Fátima hizo lo mismo, y también Bassam, su primo paterno. A ellos también se sumaron amigos y conocidos del mismo ambiente. Bassam y Fátima se casaron antes de que los tres fueran detenidos en 1987 en una amplia campaña de purga contra la organización. Todos fueron trasladados a Damasco, donde Samira fue torturada durante el interrogatorio, hecho rutinario y establecido en la “Siria de Asad”.

Samira fue trasladada posteriormente a la cárcel de mujeres de Duma, con muchas de sus compañeras, donde pasaría algo más de cuatro años hasta ser liberada con las demás el 26 de noviembre de 1991, día que las compañeras celebraban cada año en un restaurante damasceno.

Fátima no estuvo todo el tiempo en la cárcel de Duma, ni se reunió con Samira hasta pasado un año de su liberación, lo que hizo que la familia, como miles de ellas durante las dos últimas décadas del siglo veinte, lo pasara muy mal: se veían obligados a dividirse en no dos, sino tres grupos, para visitar a Samira, Fátima y Bassam. Por nuestra parte, tuvimos un poco más suerte dado que mis dos hermanos fueron encerrados en la misma cárcel central de Alepo a la que yo había llegado anteriormente. Eso ahorró a nuestra familia mucho dolor.

En una de las visitas, Samira y Fátima recibieron las palabras de su padre: “Hijas, las personas son las posturas que adoptan. Vosotras elegisteis: estad a la altura de vuestra elección”.[1] Samira recordaba estas palabras con orgullo y se alegraba de que su padre le enviara cajetillas de tabaco de la marca Alhambra, aunque nunca había fumado en su presencia. Samira siguió fumando esa misma marca durante años. 


Samira en Duma

La situación de Samira y Fátima no era diferente en nada a la de miles de personas como ellas, ni la de su familia era distinta de las de muchas familias similares. No se aprovecharon su ascendencia alauí e insistieron en no hacerlo. Vivieron como vivía la mayoría de sirios de su misma clase social.


Tras su salida de la cárcel, Fátima visitaba a Bassam, su marido, al que el Tribunal Superior de Seguridad del Estado condenó a ocho años en 1992. Samira buscaba trabajo y se mantenía con cosas aquí y allá; posteriormente, como muchos jóvenes sirios y sirias en la segunda mitad de la década de los noventa, adquirió las habilidades básicas de la informática, destrezas de las que podía valerse una mujer en la treintena, en paro y que había sido presa política. De hecho, encontró oportunidades para componer y organizar datos en el ordenador, pero en Damasco, donde finalmente se mudó Samira, desafiando la fuerte reticencia de su familia, algo esperable en Siria. Ese fue un valiente acto de liberación: la defensa del derecho a la independencia y la autodeterminación, sirviendo de ejemplo para las mujeres de la generación más joven de la familia. En la capital, Samira trabajó en la redacción del periódico emiratí Al-Khaleej en 1999. En aquel entonces vivía en casa de una amiga, compañera de lucha y de prisión, Nahed Badawiya, cuyo compañero era Salameh Keilah [2], que entonces estaba detenido. Allí conocí a Samira. Visitamos juntos, en compañía de Nahed a un detenido que acababa de salir de la prisión de Tadmor, o más bien, el centro de tortura de Tadmor. Cuando Salameh salió de la cárcel en el año 2000, Samira se asentó en una modesta vivienda, ocupando una habitación en casa de una familia damascena en Masakin Berzeh.


No volvimos a vernos durante un año, en mi primera visita a Damasco seguía en Alepo, retomando mis estudios universitarios, poco después de la muerte de Hafez al-Asad. A la muerte del dictador fundador, su madre Kámila Suleimán la había ido a visitar y Samira siempre recordaba sus palabras en aquel momento: “¡Se me han acabado las lágrimas!” La mujer no quería llorar por el carcelero de sus hijas.


Samira me invitó a visitarla, comimos un sencillo almuerzo que ella había preparado -musaka- en su habitación y acordamos seguir en contacto. Samira no tenía teléfono en su habitación y yo no tenía teléfono en la casa que había alquilado en Alepo, pero nos apañamos: se puso de acuerdo con la vecina para que, si el teléfono sonaba una vez, se cortaba y volvía a sonar, la llamada era para ella. Y así hicimos.


En ese momento no había ningún vínculo especial entre nosotros: solo cariño y palabras. Tras un mes o mes y medio, quizá a principios de septiembre de 2000, volví a Damasco y la invité a comer en un restaurante en el centro de la ciudad. Después tomamos un té en la cafetería Al-Rawda. Estar junto a esa mujer delgada y esbelta tocaba en lo más profundo del corazón. Después de comer, pregunté algo a un hombre en la calle, que me respondió y, acto seguido, me preguntó por la hora. Le dije en broma: “Pero, ¿es que nada es gratis?” Samira se echó a reír. Algo nació entre nosotros con esa risa. Nuestra atracción se transformó en cercanía. Habíamos sido presos políticos, teníamos un sueldo modesto y teníamos más o menos la misma edad, cercana a los cuarenta. Los dos buscábamos vivir la vida y nos sentíamos atraídos el uno al otro.


Tanto Samira como yo veníamos de dos organizaciones comunistas distintas, con la consabida susceptibilidad que se da entre semejantes. Sin embargo, debe decirse que aquello había sucedido hacía mucho, no porque hubiéramos pasado página nada más empezarla, sino porque aquella página se había pasado sin quererlo nosotros y el país había quedado sin vida política ni discusiones ni organización independiente alguna. Había una sociedad de antiguos presos políticos, con legados opuestos, aunque de una forma ya muy leve en aquel momento. Muchos de nosotros queríamos darnos la oportunidad a conocernos, encontrarnos, dar y recibir. Nosotros nos contábamos entre ellos.


Terminé mis estudios universitarios en el otoño de 2000, inicio de la breve etapa de la “primavera de Damasco”. Yo ya tenía firmemente decidido que me mudaría a Damasco, donde estaría cerca de Samira y quizá tuviera más oportunidades de vivir de la traducción y la escritura.


Samira seguía trabajando en la redacción del periódico Al-Khaleej, pero también en una editorial que estaba dando sus primeros pasos en aquel momento. El mercado de trabajo para personas como nosotros se limitaba a esos pequeños espacios y el sueldo mensual apenas superaba las 5000 liras sirias, de las que Samira pagaba 1500 por el alquiler y vivía con el resto; es decir, con unos 70 dólares mensuales. Sin embargo, Samira quería vivir de forma independiente, por lo que podía vivir con eso y menos.


Al mudarme a Damasco, me instalé en una vivienda en la que vivía mi hermano Khalil, que acababa de licenciarse en Filosofía. Samira fue parte de la casa desde el primer momento. Venir desde su casa en Masakin Berzeh a nuestra casa en Mansura, en la carretera de Rabwah le llevaba alrededor de una hora, así que a veces incluso se quedaba a dormir.


Conocí a la familia de Samira y ella conoció a mis hermanos. No hubo ningún formalismo en ningún momento. En Homs me encontré entre familiares, amigos y compañeros. Fátima y Bassam, y Najat, Afif y sus hijas Al-Waed, Al-Wajed y Alaa, éramos una única familia. Najat es la hermana mayor de Samira.

Eso fue antes de casarnos en septiembre de 2005.


Nos casamos en una ceremonia sencilla a la que asistieron las hermanas de Samira, Najat y Fátima, y mi única hermana Rafaa. También estuvo presente Rabah, la mujer de mi hermano mayor Muhammad, y algunos miembros más de la familia. El lugar donde vivíamos era muy pequeño, así que lo celebramos en la vecina casa de Ali al-A’id, nuestro familiar y amigo, y volvimos andando a casa pasada la medianoche.


Unos meses después nos mudamos de Mansura a una casa en el barrio de Qudseya que había alquilado antes nuestro difunto amigo Bassam Younes. Seguíamos luchando para poder mantenernos y participar en la vida pública en la medida de lo posible y tejer una red de amigos entre los antiguos presos políticos o en los ambientes con espíritu opositor al régimen. Entre ellos, había artistas que solo conocíamos de las películas o series de televisión, pero también queríamos conocer a los jóvenes universitarios que estaban en el inicio de la veintena y que hoy tienen casi cuarenta años. Nuestra vida no era más difícil que las de nuestros semejantes, pero tampoco era más sencilla. Teníamos que hacer esfuerzos para tener una vida aceptable y estábamos iniciando la cuarentena.


Siempre estábamos juntos en los foros de la “primavera de Damasco”, pero también teníamos nuestros ámbitos de actividad pública independiente. Samira participó durante un tiempo en los Comités de Restauración de la Sociedad Civil, a cuyas reuniones yo había asistido anteriormente. Samira participó en las discusiones preparatorias para la Declaración de Damasco en Beirut en lo relativo a las relaciones sirio-libanesas. Tras una de esas reuniones en Beirut, los anfitriones invitaron a los participantes a comer: una mesa repleta de todo tipo de pescado. Samira, que no comía pescado, tuvo que conformarse con unos bocados de los entrantes sin llamar la atención.


En verano de 2005 acordamos que Samira dejara su trabajo en la editorial que tenía la oficina en Al-Halbuni. El ambiente de trabajo no era malo, ni el trabajo era agotador, pero llegar cada mañana y volver a nuestra casa en Qudseya por la tarde era un auténtico sufrimiento. Los sirios conocen el humillante abarrotamiento, por la mañana y por la tarde, de los microbuses, que es el único medio de transporte urbano e interurbano de la gente común hacia su trabajo. El sueldo que recibía por escribir entonces había mejorado y era más que suficiente para que viviéramos los dos. Comenzamos a ahorrar para comprar una casa propia en el entorno de Damasco. Ese mismo año nos mudamos a otra casa en Qudseya, de cuyos muebles se encargó Samira. Hasta ese momento los muebles de nuestra casa habían sido como los de la residencia de estudiantes universitarios, pero Sammur hizo de ese lugar un hogar en el que vivir, algo que habría sido imposible si me hubiera ocupado yo.


Los cinco años previos a la revolución fueron los años de un matrimonio cercano a la cincuentena, que vivían por primera vez una vida plena en un país duro cuya dureza les era familiar. Pasábamos unos días cada año en Raqqa, en Homs, en Latakia y en Alepo. El resto del tiempo, estábamos en nuestra casa en Damasco, cuyo alquiler subió a consecuencia del aumento de refugiados iraquíes. Nuestra red de amigos vivía la misma situación.



Samira en Qudseya en el invierno de 2006 o 2007. Tomé la fotografía con su cámara.


Desde 2005, me impuse una dura rutina de lectura y escritura y Sammur fue mi punto de apoyo, pero claramente habría preferido una rutina menos rígida. Habría sido posible. Pienso que estaba respondiendo a los años de prisión encerrándome, o casi. Para ser justo conmigo mismo, puedo decir que Samira sabía que yo aborrecía la idea de desperdiciar la vida sin consagrarme a su misión, pero quizá habría sido más fácil con algo menos de rigidez. Ambos queríamos tener un futuro, no ser ex nada, ni ex presos políticos ni ex luchadores. 

Los cinco o seis años previos a la revolución fueron años estables, que vivimos sin grandes desgracias. Sammur estuvo tranquila y sin preocupaciones durante aquellos años. Tal vez eran sus primeros años de satisfacción desde que estuviera en prisión hacía casi veinte años entonces.

Éramos cercanos políticamente a los círculos de la “Declaración de Damasco”, pero más a su periferia que a su centro. No fue por elección del todo libre, pero lo aceptamos de buen grado.

El 16 de marzo de 2011, Samira salió con nuestro huésped, Bakr Sidqi, amigo y compañero durante la mayoría de años de prisión, para participar en la concentración frente al Ministerio del Interior. Tahama Maaruf, la mujer de Bakr, estaba detenida en ese momento, pagando en una situación surrealista por una antigua detención después de convertirse en madre de dos hijos. Me uní tarde a ellos tras la disolución de la concentración, los golpes y la detención de muchas personas. Encontré a Samira con Razan Zaitouneh en un lugar cercano.

Durante el primer año en que viví escondido en Damasco, Samira se movía con precaución entre una de las tres casas en que se alojaba y nuestra casa alquilada en Qudseya. Quería participar en todo lo que sucedía y no le agradaba mi insistencia en las primeras semanas de ocultamiento en que se marchara a Homs cerca de sus hermanos y hermanas hasta que la situación cambiara. Se fue a regañadientes y volvió de allí unos días después. Tenía una casa y estaba dispuesta a asumir las consecuencias. ¿Por qué dejarla? Samira quería hallar su lugar en ese momento, a diferencia de su marido que se preocupaba por lo que vendría después.

Durante el segundo año en que estuve escondido pasamos juntos la mayor parte del tiempo, pues la cuarta casa lo permitía. No obstante, fue un año de excesiva violencia en la mayor parte del país y hacia la mitad del año se inició el comienzo del fin de la “guerra civil siria” y el desplome a gran velocidad del marco nacional del conflicto cuando Irán comenzó a liderar el esfuerzo bélico del régimen. Las cosas no eran tan evidentes para nosotros en aquel momento y nos haría falta otro año para que se aclarasen progresivamente.

Durante los dos años en que viví en la clandestinidad, Samira participó en actividades sobre el terreno y ayudaba en lo que podía, apoyando a su marido escondido. Ni ella ni yo formábamos parte de ninguna organización política. Eso tendría unas consecuencias que no veíamos en ese momento: cualquiera que sea la organización, suele facilitar datos diversos sobre la situación general, que permiten orientarse y sirven de marco para el mutuo asesoramiento. No teníamos más datos que los que lográbamos recoger con nuestro propio esfuerzo y gracias a un número reducido de amigos a los que veíamos. Cuando pienso en aquellos días, tras la ausencia de Samira, parece un comportamiento quijotesco y lo que sucedió posteriormente fue potencialmente consecuencia de ello.    

Ironías del destino, Samira pasó a estar buscada por el régimen tras dos o tres semanas desde mi traslado de Damasco a Al-Ghouta oriental, en lo que se suponía que era solo una parada transitoria de camino al norte, donde Samira se reuniría conmigo tras mi llegada. Debido a esta emergencia inesperada y su deseo de reunirse conmigo y compartir el nuevo entorno en el que no sabíamos cuánto tiempo íbamos a estar, Samira vino a Al-Ghouta oriental un mes y medio después de mí.

Lo que después se revelaría como el error de mi vida, mi salida de Duma en dirección a Raqqa el 10 de julio de 2013, no nos pareció en su momento más que un riesgo que había que correr como otros anteriores, al que podrían seguir otros. Era necesario. Sobre todo porque supe ese mismo día que Daesh había secuestrado a mi hermano Ahmad junto con todos los miembros del Consejo local en Tell Abyad. Tal vez, si lo hubiera sabido dos o tres días antes, habríamos pensado de otra forma, o incluso me habría quedado hasta que cambiaran las cosas.

Sin embargo, Samira estaba contenta con lo que hacía en Duma. Es cierto que la prioridad era volver a reunirnos y ella recibió con optimismo la toma de Al-Atayba por parte de formaciones combatientes opositoras al régimen  en julio de 2013 porque abría el camino, que llevaba cortado desde principios de primavera de ese mismo año, hacia el norte. Sin embargo, no consideraba que se encontrara en un entorno extraño, como se ve claramente en su libro Diario del asedio a Duma, 2013.


Edición española del libro de Samira

El régimen logró imponer el asedio de nuevo rápidamente pocos días después de que hubieran arrebatado Al-Atayba de manos de sus fuerzas. El camino volvió a estar cerrado. Samira, que no estaba nada preocupada por residir en Duma, incluso después de un escritor sectario despreciable elaborara un informe de seguridad sobre ella, en realidad estaba preocupada por mi presencia en Raqqa. Ella y Razan me presionaron para que saliera.

Cuando salí de Raqqa en dirección a Turquía el 11 de noviembre de 2013, se impuso un cerco total sobre Al-Ghouta oriental. Hasta ese momento, el asedio había sido intenso, pero la gente podía llegar a sus propiedades o lugares de trabajo en Damasco desde las poblaciones de Al-Ghouta, aunque se expusieran cada día a registros, humillaciones y la confiscación de cualquier provisión que llevaran consigo a la zona asediada. Después de eso, se impuso un asedio total. Había pasado más o menos un mes desde el acuerdo químico que introdujo al régimen en el juego político a pesar de que justo la matanza química de agosto, la tendencia hubiera ido en dirección a un boicot total. La matanza química fue una campaña de relaciones públicas muy exitosa a favor del régimen.

Durante los dos meses que pasaron entre mi salida de Raqqa y la desaparición forzada de Samira, junto con Razan, Wael y Nazem, la situación fue empeorando: un asedio impuesto desde el exterior y posteriormente uno impuesto desde el interior del que se encargó Liwa’ al-Islam, que se había erigido en ejército a finales de julio de 2013 y se había convertido, más que antes si cabe, en la autoridad de facto en Duma y en el contendiente más fuerte por el poder en Al-Ghouta oriental. Entre las primeras manifestaciones de esa autopromoción estuvo un escrito que amenazaba de muerte a Razan por parte de quien posteriormente supimos que era Hussein al-Shadhili, del mujabarat del Ejército del Islam. Ni lo que escribió Samira en aquel momento en Facebook ni lo que se publicó posteriormente en su diario indicaban que se sintiera amenazada personalmente, pero la sensación de asedio y falta de horizontes comenzaba a intensificarse. Ni Samira ni Razan, ni tampoco Wael ni Nazem, que se unieron a ellas en julio, saliendo de forma clandestina de Damasco (antes de que se impusiera el asedio total y fuera imposible realizar esos traslados, hasta más o menos finales de 2014), me trasladaron, y puede que a nadie, la sensación del peligro que acechaba. Ni Razan ni Wael ni Nazem tenían planes de marcharse a ningún lugar aunque pensaran en alternativas de residencia en Duma. Samira no tenía planeado quedarse: era una refugiada temporal en Duma, esperando la ocasión más adecuada para reunirse con su marido, inicialmente en Raqqa y posteriormente en Turquía. Sabía que yo estaba a punto de encontrar una casa para mí en Estambul cuando despareció. De hecho, la ocupé cuatro días después de su desaparición.

Parte de lo expuesto anteriormente ya se había hecho público. Aquí, en la historia de Samira, no es necesario recordar las sólidas pruebas que recabamos contra el Ejército del Islam, suficientes para certificar que la cuestión está relacionada con una mafia religiosa, donde la religión salafista sirve de vínculo sectario entre los miembros y grupos del proyecto destinado a robar dinero y poder y facilitar la comisión de delitos sin apenas escrúpulos. Puede que el Ejército del Islam sea o no el único capítulo de esta serie criminal que se mantiene desde hace siete años, de los cuales dos años y ocho meses han sido posteriores a la salida forzada de Duma para pasar a ejercer de mercenarios del gobierno turco. Sin embargo, no cabe la más mínima duda de que son un capítulo de esta serie delictiva que no creemos que termine ahí. Conocemos los nombres de los implicados en el delito de secuestro: Samir al-Ka’ka, el velayat-e faqih de la mafia y fuente del mal en ella [3]; Hussein al-Shadhili, que obedeció la orden de Al-Ka’ka de escribir la amenaza de muerte contra Razan; Abu Omar al-Dirani, jefe del mujabarat de la mafia; Issam al-Bouyadani, jefe de la mafia tras el asesinato del anterior jefe y fundador, Zahran Alloush; y Younes al-Nasrin, que entró personalmente en el ordenador de Razan. No me complace mencionar esos sucios nombres, pero tenemos con ellos una historia que aún no ha terminado. El secreto está con esos rabiosos y ellos son el camino inevitable para conocer el destino de nuestros seres queridos.

Samira en Duma

Samira, la desaparecida forzosamente, no sabe lo que ha sucedido en su ausencia. ¿Se puede ser lo suficientemente valiente para contar lo sucedido? Durante estos siete años, han fallecido sus padres, Muhammad Khalil y Kámila Suleimán, y su hermana Amal; mi hermano Firas sigue desaparecido desde hace siete años y cinco meses más o menos, y todos nuestros seres queridos están desperdigados por lugares cercanos y lejanos.

La historia de Samira continúa y es de carácter político de principio a fin: es la historia de la lucha de una mujer valiente por la libertad y el amor, una lucha que libró en dos etapas. En la primera, pasó cuatro años presa y, en la segunda, lleva ya siete años desaparecida; en cada una, ha tenido un enemigo diferente.


"A pesar de la distancia, os vemos"

Puede que no haya nadie que albergue un simbolismo semejante al de Samira en toda Siria, pues ella simboliza la continuación de nuestra lucha a lo largo de dos generaciones y el hecho de que esta lucha trasciende las divisiones sectarias. Ella, junto a Razan, constituye el símbolo del gran papel de la mujer en la lucha siria, además de ser símbolo de los múltiples frentes de la misma y la multiplicidad de enemigos de la liberación siria. A pesar del salvajismo del régimen y sus aliados, estaríamos bien si él y ellos hubieran sido nuestro único frente contra el que luchar. La revolución siria ha sufrido el islamismo, el nihilista, el político y el mafioso, en la misma medida en que ha tenido que confrontar a esos enemigos.


La historia de Samira solo terminará cuando sea libre o cuando sepamos qué ha sido de ella, y también de su compañera y compañeros, y cuando se haga justicia. Lo único que lo impide es lo mismo que impidió la liberación siria: el hecho de que los criminales gozan de la protección de los poderosos semejantes a ellos. El salafista Ejército del Islam es similar al régimen de la dinastía asadiana en eso. El delito es el delito y la lucha es la lucha.


Y la historia continúa.


[1] Extracto también disponible en el libro Diario del asedio a Duma, 2013, publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

[2] Opositor comunista palestino-jordano, detenido también durante la revolución siria, y que falleció en octubre de 2018, víctima del cáncer. Sus libros sobre la revolución siria y el fracaso de la izquierda en las revoluciones árabes son lecturas imprescindibles. Aquí puede leerse uno de sus artículos.

[3] Establece un paralelismo con el régimen iraní donde la autoridad máxima es el Gobierno del Jurisconsulto o velayat-e faqih.

martes, 29 de octubre de 2019

Cartas a Samira (14)

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin Al Haj Saleh

Fecha: 19/10/2019


Viví tu secuestro y desaparición hace ya casi seis años como lo peor que podía pasarle a nadie, y lo más inusitado, a pesar de los múltiples crímenes y hechos atroces que suceden en nuestro mundo. Tú y yo, en concreto, estamos lejos de la cara más cruel e inusitada de la vida en nuestro país, que muestra algunos de los aspectos más duros e inusitados de la vida en el mundo entero; sin embargo, Sammur, a mí no podía sucederme nada peor que tu ausencia.

Cuando nos detuvieron en nuestros años de juventud, tanto tú como yo conocíamos a personas que habían vivido experiencias similares y estábamos bastante bien preparados para ello. Sabíamos que era muy posible que nos detuvieran y que ese era un precio muy factible a pagar por aquello que creíamos que era nuestro deber. Existía toda una literatura y una producción artística sobre los presos políticos y su imagen era muy positiva.

A día de hoy, no he consultado nada de literatura ni producciones artísticas sobre la desaparición y, en concreto, sobre quienes han visto desaparecer a su pareja o persona querida. La realidad es que, incluso en situaciones de cárcel, no se encuentra casi nada relacionado con cómo lo viven las familias o los seres queridos de los presos. Sin embargo, la prevalencia de la situación de cárcel nos ha familiarizado a quienes ya estábamos metidos en el “ambiente” con las familias de los detenidos durante los años de cárcel. Nuestras propias familias pasaron por ello y también muchos de nuestros amigos. La cárcel en sí misma se convirtió en una experiencia razonablemente conocida gracias a lo que escribieron antiguos presos, empezando por tu marido y algunos otros que conoces personalmente.

De la desaparición forzosa en nuestra generación muy pocos regresaron, si es que alguno lo hizo. No sé si existen testimonios en ese sentido y es poco probable que estos testimonios traten la experiencia de las familias de los desaparecidos, especialmente las madres y las mujeres. Digo mujeres porque en la historia de nuestro país han sido tradicionalmente los hombres quienes han desaparecido y las mujeres, las que sufrían la pérdida y el duelo. Mi madre fue una de ellas, y también la tuya. Mi madre falleció en los años de mi corta ausencia y la tuya, en tus largos años de ausencia.

La experiencia de la pérdida es fundamentalmente una experiencia femenina, en la medida en que la mayor parte de los desparecidos eran hombres. Esa era la situación en Siria en la anterior generación y sigue siendo la tónica general. De lo poco que sé de otros países, un colectivo de mujeres turcas se concentran una vez al mes para exigir conocer el paradero de sus hijos, desaparecidos desde los años ochenta del siglo veinte, y en Argentina se reúnen las madres de los desaparecidos de esa misma década en una plaza de la capital llamada Plaza de Mayo. Se las conoce como las madres de la Plaza de Mayo. En Marruecos, había un movimiento a principios de este siglo por los desaparecidos durante los “años de plomo” (entre los sesenta y los ochenta del siglo pasado), pero parece que las familias estaban menos organizadas y las autoridades se esforzaron en cerrar el expediente desde arriba. Nuestra situación es más complicada, Sammur. En nuestra generación, solo había un responsable de las desapariciones: el régimen. Sin embargo, hoy se han multiplicado los responsables que ya no abarcan solo al régimen y sus milicias, sino también a Daesh, el Ejército del islam y otros. Se habla de 98.000 desaparecidos, cuyas familias en el interior de Siria no pueden organizar ninguna acción contra los responsables, mientras que, en el exterior, está todo muy disperso.

Debido a los pocos escritos, testimonios, novelas, relatos o poemas de los que disponemos no se puede hablar de literatura de la desaparición de la forma en que se habla de la literatura de cárcel. Debido a lo poco habitual que es, no encuentro a qué recurrir para que me ayude a lidiar con esta experiencia. Sin fuentes escritas, lo más cercano como fuente real a la que recurrir es mi madre, durante el tiempo que vivió mi pequeña ausencia, y posteriormente la de dos de mis hermanos. Digo que fue una pequeña ausencia porque sabía dónde estábamos y nos visitaba de vez en cuando. En tu ausencia me identifico con mi madre, y con las madres cuyos hijos están desaparecidos. Me he transformado en una madre de mi esposa desaparecida, en una madre para ti, Sammur.




Tu ausencia me ha feminizado debido a esta experiencia femenina que se me ha presentado. En esta experiencia, durante algo más de setenta meses, me abruma la crudeza y el horror que soportan las mujeres, sobre todo porque solo unas pocas de ellas pueden implicarse en alguna acción positiva por el preso o desaparecido y muy pocas veces pueden transformar su angustia por los seres queridos desaparecidos en una causa general. Cuando son ellas las presas y, en no pocas ocasiones violadas, son aún menos las que han podido retratar su experiencia y algunas han sido repudiadas por sus familias, o incluso asesinadas para limpiar el honor. La limpieza del honor es en sí misma una deshonra que no se puede limpiar.

No hay nada que pueda equipararse en las experiencias de los hombres.

He podido seguir tu causa con la ayuda de amigas y amigos, y sin embargo, no siento que tenga la fuerza, la firmeza y valentía de mi madre. ¿Cómo pudo ella y muchas otras madres soportar tanto dolor durante tantos años? No deja de sorprenderme, sobre todo porque un gran porcentaje de ellas no tenían instrumentos, ni palabras escritas o pronunciadas en alto, ni fotos, ni líneas ni melodías que sirvieran para representar sus dolorosas experiencias y presentarlas en el espacio público, a fin de granjearse una cierta solidaridad y apoyo. A falta de esos instrumentos, la ausencia es doble o total, y se agrava por la falta de una organización que acerque a las familias y fortalezca sus vínculos.

Tal vez las lágrimas ayuden. Ayudan más a las mujeres que a los hombres, porque ellas utilizan sus ojos para algo que los hombres han aprendido a ocultar desde la más tierna infancia. Yo era uno de ellos. Cuando mi madre falleció apenas me brotaron lágrimas de los ojos y me enojé conmigo mismo por ello. Necesitaba llorar, pero no podía. Tras tu ausencia, cambié. ¡Cuánto he cambiado!

He evitado romperme de muchas maneras, Sammur, entre ellas, a través de las lágrimas. No reconozco en mi experiencia lo que dice mi amiga Souad Labbize de que las lágrimas tienen “una función poética”, la función “de revivir un rostro destrozado”. Creo que las lágrimas compensan la ausencia de palabras o su incapacidad. Ponen de manifiesto la falta de palabras o la palian cuando son incapaces de representar la experiencia, como si fueran palabras alternativas o complementarias. Tal vez las mujeres lloren más porque están privadas en mayor medida de las palabras, mientras que los hombres lloran menos porque son más dueños de las palabras.

Una de las dimensiones que ejemplifican esta transformación mía es que prácticamente todos mis héroes son mujeres, a diferencia de lo que sucedía hace apenas unos años.

Desde hace años, el lema feminista “lo personal es político” resume mi experiencia, y eso antes de saber que una de mis heroínas de pensamiento, Hannah Arendt, ve en ello una condición definitoria de los refugiados. En nuestra calidad de refugiados, lo personal y lo político se intensifican mutuamente. No veo ningún problema en la palabra refugiado, Sammur, a diferencia de la intelectual judía alemana, que fue refugiada en Francia durante años, antes de asentarse definitivamente en EEUU. La palabra en la que no me reconocía era “exilio” y sus derivados. Hoy intento encontrar un lugar para mí entre las palabras, y lo encuentro y no lo encuentro.

Tampoco encuentro palabras para describir tu lugar, totalmente ausente desde hace años. Supongo que precisamos de la teología y su lenguaje para representar tu larga ausencia silenciada. Lo personal aquí es religioso y político, y lo religioso y político es personal. Esto sirve de inauguración de un gran debate que espero que se mantenga. En las experiencias históricas de religión no hay mucho que se sostenga al compararlo con nuestra experiencia general en los años de la revolución ni en nuestra experiencia personal desde tu ausencia. A partir de ello, podemos construir cosas importantes, nuevos comienzos liberadores.

La experiencia me ha cambiado, Sammur, y sabes que hacía mucho que quería cambiar. Y aunque siga siendo una de las peores cosas que le pueden pasar a un hombre, no es por consideraciones viriles de proteger a mi mujer o perseguir a mis enemigos hasta el final, sino porque sé que la experiencia totalmente inesperada ha sido nociva para ti y que lo que te ayudó a soportar cinco meses en Duma después de que yo me marchara fue la perspectiva de que terminaría pronto y viviríamos juntos, finalmente, “una vida como la vida”. Tu dolor ante lo inesperado, y por encima de todo, lo horrible de ese dolor, es lo que me angustia y siembra el desconsuelo en mi corazón y aquello por lo que me esfuerzo para ser su hogar y familia, y también su narrador.

De lo que no fui consciente antes es del hecho de que el cambio es una experiencia trágica en general. No bastaron solo los largos años de cárcel para mi primera trasformación, sino que también tuvo que morir mi madre. El precio de mi transformación hoy es vivir como un refugiado, y casi inmediatamente después, tu ausencia. Una mujer me dio su vida y otra, su presencia y su libertad, para que cambiara dos veces. En ocasiones, pienso, Sammur, que pago un precio terrible por mi avaricia, por mi profundo deseo interior de cambiar de nuevo, por vivir una tercera vida. Dos vidas no me han bastado. Lo trágico ha venido de lo que me parecía que era lo más profundo de mi libertad y renovación, de un destino que he llevado conmigo con celo, un destino “escrito en la frente” de alguna manera.

En lo que respecta al hecho de tu ausencia, me esfuerzo para que la transformación cuyo precio estás pagando, sin que yo pueda ayudarte, sea una transformación transformadora, que contribuya a un significado y una libertad que se generalicen y constituyan una vida para otros. No tuvimos hijos: quizá nuestra contribución al cambio general sea convertirnos en la semilla que dejemos a quien venga después.

Digo “nuestra contribución” porque tú estás presente en ella en todo momento, eres su protagonista y su estímulo, porque mi compromiso como transformador, como madre tuya, es lograr que tu ausencia sea una fuerza transformadora general, que viva y tenga significado, y permanezca.

jueves, 11 de julio de 2019

El periódico de Samira

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin al-Haj Saleh

Fecha: 10/07/2019

Se inaugura una nueva sección en Al-jumhuriya inspirada en Samira Khalil y desde este blog hemos querido traducir el mensaje introductorio de Yassin al-Haj Saleh y su reflexión sobre los temas de la desaparición y la ausencia.


 Sammur,

¿Recuerdas que pasaste a ordenador mi primer artículo después de nuestro compromisp y antes de enseñarme a escribir con él? Confieso que me sorprendió la facilidad con que se podía traicionar al bolígrafo, y comencé a escribir directamente en una pantalla tras mi romántica presunción de que el bolígrafo y el folio estaban indisolublemente ligados. Solía preguntarte cada poco: ¿dónde está la shadda [1]? ¿Y los corchetes? ¿Por qué la pantalla tiene tan poca luz? Mi profesora tenía mucha paciencia con su discípulo gruñón. Solías leer los artículos antes de que los enviara y los colmabas de elogios. Poco después, comencé a publicar de forma regular, una vez a la semana por lo menos, y dejé de enseñarte los textos antes de enviarlos. En ocasiones hablábamos de algún artículo que estaba escribiendo o que acababa de enviar y me pedías que te los enseñara antes o en el momento de enviarlos, algo que volvía a hacer, una o dos veces, pero que nadie derrumbe a la vieja costumbre. Solía justificarme diciéndote que en cualquier caso lo leerías en dos o tres días. Para tu marido, que se pasaba la mayor parte del tiempo sumido en sus pensamientos, escribir era un trabajo a realizar en soledad y aislado del mundo, un acto de palabra unido al alma, y el acelerado ritmo, verdaderamente asfixiante, en que me encontré durante años me dejaba de los nervios: no había terminado una cosa y ya me estaba poniendo con otra. Hubo un tiempo, no sé si lo recuerdas, Sammur, en que escribía dos artículos por semana. Ello nosaseguró unos generosos ingresos, pero cuando hoy vuelvo la vista hacia esos años, ese ritmo me parece una especie de entrada voluntaria en la cárcel. Una vez alguien dijo algo en presencia de Bakr [2] sobre el momento en que salí de la cárcel, y él respondió con sarcasmo: ¿Pero es que Yassin ha salido de la cárcel? Dicha anécdota resume bastante bien la realidad.

Durante todos los años que pasamos juntos, fuiste una compañera de vida que apenas podía alejarse de la escritura para volcarse en la amistad. Yo era, o casi era, un periódico. Y el periódico era tuyo. Era el proyecto que deseaba ver florecer. Y al margen del periódico, nuestros amigos constituían una especie de Siria en pequeño, y no pocos de ellos eran parejas jóvenes que amaban nuestra relación y vida, y se sentían en casa cuando estaban en nuestra casa.

Esa pequeña Siria se ha dispersado por todas partes, como la Siria más grande. Pero en su diáspora, la gente de esa Siria extraña a su ausente, y también a su compañero cuando se ausenta durante un tiempo.

No te había dicho todavía, Sammur, que he logrado salir del ritmo frenético de escritura, y ya no soy el periódico que era desde que salí de Damasco hace seis años y pico. Tampoco he vuelto a escribir en diarios desde hace unos dos años.

Apenas había comenzado a a dejar de ser un periódico cuando te ausentaste de mí, tú, que eras la dueña del proyecto. Podrías haber dirigido un periódico de gran éxito en una Siria menos atroz que la nuestra, Sammur. Publicando menos, aunque no necesariamente escribiendo menos, quiero dedicarte a ti los artículos, cartas y pensamientos que publique. “El periódico de Samira” es el paraguas en que se enmarcarán los textos que publique en Al-Jumhuriya.

¿Recuerdas, Sammur, que publiqué yo solo tres números de una publicación personal llamada “Qantara” (Puente) entre finales del 2000 y la primavera del 2001, cuando trabajabas en la redacción del periódico “Al-Khalij” (El Golfo) en Damasco? Creo que tú misma pasaste a ordenador algunos de los textos de dicha publicación, a cuya edición e impresión nos ayudaron dos queridos amigos jóvenes, cuyos caminos se separaron después. ¿Recuerdas que te dije en el primer número que lo que pretendía con “puente” era que sirviera para unir a dos generaciones y dos etapas de acción pública en nuestro país? Si la memoria no me falla, también dije que era un puente entre dos formas de acción pública de su editor. El periódico de Samira es un puente hacia ti, la ausente lejos de mí, pero más cercana que nadie.

Querido lector:

Los textos que se publiquen en el “Periódico de Samira” son textos de Al-Jumhuriyaque recuperan, tras un breve parón, una cierta frecuencia de publicación. Espero que el colocarlos bajo el título del “Periódico de Samira” me dé libertad para escoger los contenidos y el estilo, y también la extensión. Samira no será necesariamente el tema de los mismos, pero deseo que su presencia en ellos, directa o indirecta, como estímulo, como persona a quien van dirigidos, como tema o como ausencia, imprima estos textos de una intimidad que los haga destacar.

Por otra parte, los textos del “periódico” responden a mi necesidad de hablar a mi mujer ausente de distintas maneras. Samira era la ausente sobre la que han versado los artículos que he escrito sobre ella y su causa, junto con su compañera Razan y sus compañeros Wael y Nazem. Samira también fue quien hablaba en su libro Diario del asedio a Duma 2013[3]; y también a quien yo me dirigía en mis cartas a ella [4]. En este periódico, Samira es el símbolo al que se remite, presente siempre en la medida en que está ausente.

Samira representa una causa general, que no es independiente de Razan, Wael y Nazem. La causa es una misma, pero Samira es mi compañera, y es mi causa personal como compañero superviviente, y también es el eje de mi pensamiento sobre múltiples causas y mi vara de medir en lo que a ellas respecta. No pienso en Samira ni la recuerdo, pues está siempre conmigo, y yo soy ella en su ausencia.

[1] Símbolo ortográfico en árabe que indica la reduplicación de la letra. Por ejemplo, Sammur, lleva una shaddaen árabe sobre la “m”.
[2] Bakr Sidqi, reconocido escritor y amigo de Yassin.
[3] Disponible en castellanogracias a Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.
[4] Las trece cartas que Yassin ha dirigido a Samira hasta el momento están disponibles en castellano en este blog, bajo el título “Cartas a Samira” acompañado del número de orden correspondiente. Por ejemplo, la última es “Cartas a Samira (13)”.