Blog dedicado a publicar traducciones al español de textos, vídeos e imágenes en árabe sobre la revolución siria.

El objetivo es dar a conocer al público hispanohablante al menos una parte del tan abundante material publicado en prensa y redes sociales sobre lo que actualmente acontece en Siria. Por lo tanto, se acepta y agradece enormemente la difusión y uso de su contenido siempre y cuando se cite la fuente.
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jueves, 29 de diciembre de 2016

2013: El año de los viles y el punto de inflexión



Texto original: Al-Hayat 

Autor: Yassin al-Haj Saleh

Fecha: 27/12/2016

  "2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, y aún queremos libertad"
(Revolucionarios de Alepo, 4 de marzo de 2016)

Escribir sobre un año ya pasado con motivo del final de un año posterior requiere algún tipo de justificación; justificación que intenta proporcionar este artículo que, todo ha de decirse, se centra en Siria y, en cierto modo, en mi persona.

He escogido de los muchos sucesos que presenció ese año de inflexión una serie de hechos a los que nuestro presente está indisolublemente unido. El primero de ellos es el anuncio de la intervención del Hezbollah libanés en Siria, que ya llevaba un tiempo realizando intervenciones menos evidentes. La intervención militar de este partido dependiente de la autoridad del jurisconsulto (velayat-e faqih) en Qom (Irán), por orden iraní, comenzó en Al-Qusair, que limita con la frontera libanesa. En aquel momento, Hassan Nasrallah dijo que sus milicias habían intervenido en Siria cuando los opositores estaban a punto de anunciar su victoria en Damasco, algo que habría sido posible, en mi opinión, a finales de 2012 y principios de 2013; sin embargo, EEUU intervino para evitarlo por medio de sus seguidores regionales, los “Amigos de Siria”. La intervención del partido chií, que no encontró oposición alguna de sus enemigos declarados, llegó en ese preciso contexto. No es habitual en el sistema de Oriente Medio que pase nada a espaldas de los grandes actores regionales e internacionales, como Israel, que no ha dejado de atacar Siria de vez en cuando, siendo el objetivo de sus ataques en todo momento las fuerzas del partido divino.

Tras la intervención, llegó la expansión por Siria en favor del proyecto iraní y se pasó de argumentos defensivos como los utilizados en las Cruzadas (por ejemplo, la protección de “los santuarios de la familia del Profeta (por la línea de su hija Fátima)”), a la adopción literal del pretexto estadounidense durante la invasión de Afganistán e Iraq: los atacamos en su territorio para que no nos ataquen a nosotros en el nuestro. Antes bien, la pretensión estadounidense tenía algo más de credibilidad tras el atentado del 11 de septiembre de 2001.

En realidad, la intervención se enmarca en la aspiración iraní de expandir su dominio en la región árabe, instrumentalizando a suníes y chiíes como memorias inflamadas, fuentes simbólicas e ideologías justificativas. La gestión de este nuevo conflicto no presenta un reto para los estadounidenses y su socio israelí, pues sigue el esquema de la doble contención en la que se basó la Administración estadounidense durante la guerra irano-iraquí. 

El segundo hecho es el ascenso de Daesh, o el fruto del vientre fértil de Al-Qaeda: un ente aún más monstruoso que el Estado Islámico de Iraq, y su líder Abu Musab al-Zarqawi, que degollaba a sus víctimas con sus propias manos. Tras nueve meses de vida, Daesh tomó el control absoluto de Raqqa y otras zonas de Siria, y unos meses después, tomó el control de Mosul en Iraq. Mientras eso sucedía, logró dominar en gran medida a las sociedades locales y los recursos en las zonas que controlaba, mostrando una capacidad asombrosa de puesta en escena en sus asesinatos. Daesh no tiene futuro político, pero su mera aparición en nuestro tiempo plantea duros interrogantes sobre la transformación de la bondad general de los musulmanes en fuerzas de mal, violencia y odio, y sobre la abrupta transformación de la autoridad del Mas Allá derrotado en un Demonio, como ha sucedido en la historia de todas las religiones y las creencias.

Su ascenso también plantea interrogantes a los musulmanes y sus sociedades, sobre su capacidad para enfrentarse a las fuentes del mal que habitan en ellas, e invita a la introspección. Daesh puede ser la forma más extrema del islamismo contemporáneo, en cuyo seno se atrofian otras formas, que delegan la respuesta a la dura pregunta que se les hace en la respuesta a este fenómeno al completo. Pero Daesh también puede ser un punto de ruptura y división incurable de nuestras sociedades. Solo una revolución en la religión puede ser la respuesta a Daesh.

No hay una conexión causal entre la intervención armada chií, dependiente del jurisconsulto iraní, y la aparición y ascenso de Daesh, pero lo que indican ambos sucesos simultáneos es la desviación de la lucha por el cambio en Siria y el fin de la retórica de la eternidad [1], hacia un conflicto suní-chií extremadamente retrógrado y sumamente costoso, que parece que durará mucho tiempo.

El tercer suceso fue el golpe de Al-Sisi en Egipto aprovechando las poderosas protestas populares contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes. Los intentos de “hermanización” del Estado habían provocado un sentimiento de humillación entre muchos egipcios, y estimulado el aumento de puntos de resistencia. Lo cierto es que hay un elemento patriótico en la resistencia a la islamización en Egipto (y otros países) que no parece que los islamistas puedan adoptar: nuestros países, y especialmente Egipto, son menos islámicos de lo que piensan, y más “nacionalistas” y terrenales. No obstante, se ha aprovechado la resistencia nacional al universalismo islámico en beneficio de un golpe que ha impuesto un gobierno militar, y que se ha autorizado a sí mismo, sin ponerse límite alguno, a enfrentarse a la sociedad egipcia y no solo a los islamistas. El capítulo de la revolución quedó rápidamente cerrado, con una amplia connivencia de parte de la clase media egipcia, presa del pánico; sin embargo, el nuevo gobierno no ha podido establecer relación con ninguna causa general egipcia, o ayudar a resolver cualquiera de sus problemas sociales y económicos. El gobierno de Al-Sisi ha causado una verdadera derrota a los Hermanos y se ha afanado en poner fin al capítulo de la revolución y su recuerdo. En el nivel regional, el golpe supuso un cambio cualitativo en favor de la contrarrevolución, algo muy conveniente para el poder asadiano en Siria.

El cuarto suceso es la matanza con armas químicas en la zona de Al-Ghouta en Damasco, y el vergonzoso acuerdo que la sucedió. Es difícil encontrar algún suceso más vil en la historia del sistema internacional contemporáneo. Tras el asesinato de 1.466 seres humanos en una hora y tras haber traspasado la línea roja de Obama, él mismo se afanó en rehabilitar al asesino internacionalmente para que continuara asesinando por otros medios. Fue Israel quien inspiró el acuerdo apañado entre EEUU y Rusia, como bien es sabido, algo que sirve de recordatorio, para quien lo haya olvidado, de que tenemos una fuente caudalosa de maldad que se ha dedicado durante toda su historia a acabar con nuestra vida y asolarla, y que ha servido de modelo de destrucción y genocidio a los espectadores regionales, entre los que destaca el Estado de los Asad.

El gran milagro que han logrado las políticas del acuerdo químico ha sido que las mismas armas químicas estuvieran entre las otras armas que los químicos del mundo permitieron usar al químico local. El portavoz del acuerdo dijo: el Estado de los Asad ha entregado sus armas químicas prohibidas internacionalmente, y nosotros, “el mundo”, no podemos hacer nada, a cambio de este compromiso, si utiliza contra quienes se han rebelado en su contra otro tipo de armas, incluidas las armas químicas prohibidas que le hemos arrebatado. Tras despojarlo de sus armas químicas, el Estado asadiano ha utilizado de hecho armas químicas en decenas de ocasiones, pero en puntos que no avergüencen a los Obamistas y sin cruzar el umbral que sonroje sus mejillas (o sus líneas).

Una década antes de la matanza asadiana con armas químicas, se ocupó y destruyó un país con el pretexto de unas armas químicas inexistentes. Una década después, se renueva el mandato de una mafia sobre sus gobernados a pesar de haber usado armas químicas en su contra. “Oriente Medio” es un mundo que gobiernan dioses de humor cambiante.

2013 fue también el año en que se terminó de mutilar la revolución democrática siria por parte de los diversos tipos de islamistas que han completado el trabajo del Estado asadiano en ese sentido. Daesh en Raqqa y Deir Ezzor y algunas zonas de Alepo; el Frente de Al-Nusra en zonas de Alepo e Idleb; y el Ejército del Islam en Al-Ghouta oriental. El suceso más representativo de todo esto es el secuestro de Samira Khalil, Razan Zaitouneh, Wael Hammada y Nazem Hamadi la noche del 9 de diciembre de 2013, a manos de la formación salafista llamada “Ejército del islam” en Duma, en Al-Ghouta oriental, una zona que había sido testigo de la matanza química. Samira y Razan la habían presenciado. Ese mismo año, y en relación con lo anterior, fue el año de la destrucción de las coordinadoras locales, las nuevas y novedosas formas de trabajo revolucionario, que reunían la actividad de protesta, la política y la humanitaria, entre las que destacaban los Comités de Coordinación Local.

Antes de 2013 y durante casi dos años, se hablaba de revolución y guerra civil en Siria. Nuestra guerra civil terminó, pero no comenzó, en Al-Qusair en la primavera de 2013, donde se inauguró en el ámbito sirio la era de los guerreros religiosos del odio, suníes y chiíes. Desde la intervención estadounidense en septiembre de 2014, y la rusa un año después, el tiempo de los guerreros de la religión se insertó en el tiempo de los nuevos controladores imperialistas.

El denominador común de los cinco sucesos es la flagrante mezquindad de todos ellos: la participación del partido dependiente de Irán en el asesinato de los sirios que habían recibido y apoyado a sus refugiados en el enfrentamiento a Israel en todo momento; la flagrante mezquindad de la violencia de Daesh y su modelo social y político -mezcla de la criminalidad del colonialismo, de una organización terrorista y de un sistema totalitario-; la vileza del golpe de Al-Sisi contra la revolución de los egipcios y el cierre de dicho capítulo; la excepcional vileza del acuerdo químico y de los socios ruso y estadounidense; y por último, la mezquindad de los grupos salafistas que son la continuación de la destrucción por parte del Estado asadiano de la lucha democrática de los sirios.

2013 fue el año de inflexión. 

[1] Se refiere a la pretensión de los Asad de ser líderes eternos.

miércoles, 27 de mayo de 2015

El ocaso y la guerra de barbarismos



Texto original: Al-Quds al-Arabi 

Autor: Elías Khoury

Fecha: 25/05/2015




 En los inicios de la revolución siria, y con el optimismo general tras la caída de Ben Ali y Mubarak, se apostaba por que el levantamiento popular pacífico vencería a pesar de la represión. Sentimos que la primavera de Damasco estaba a las puestas, que la libertad vendría en forma de una gran celebración popular en la plaza del Merje o en la de los Abbasíes, y que el régimen se desplomaría y entonces, las coordinadoras de los jóvenes revolucionarios se encargarían de dar las primeras pinceladas del nuevo diseño de la política como práctica de libertad.

Tras largos meses de sacrificios, descubrimos que el régimen había acabado con el Estado y el número de víctimas comenzó a ascender de forma inabarcable. Las armas empezaron a acompañar a las manifestaciones y la caída del régimen tomó la forma de un funeral en nuestra mente: en vez de reunirnos en la plaza del Merje, primero iríamos a Homs, la capital de la revolución, para derramar lágrimas e inclinarnos ante la tierra abombada por la sangre de los mártires. Sin embargo, la imaginación del crimen no tiene límites y el régimen, o sectores del mismo, no buscaron la forma de alcanzar un acuerdo que salvase a Siria de la destrucción. En vez de eso, Asad utilizó armas químicas y barriles, dejando claro que el único horizonte posible era más sangre y que su régimen está formado por un grupo de ladrones, asesinos y carniceros. Entonces, se abrieron todas las puertas para convertir a Siria en un campo de batalla global. El régimen arrasó las coordinadoras de la lucha popular juvenil, y los fundamentalistas acabaron con las posibilidades del nacimiento de un ejército nacional. Los líderes de la oposición se derrumbaron ante su incapacidad, su cobardía y el señuelo del oro negro y su negra ideología wahabí. El régimen dictatorial también se refugió en sus aliados clericales de Irán, y la revolución de la libertad en Siria quedó rehén de una salvaje lucha sectario-religiosa. Hoy, el régimen del despotismo se tambalea después de hacer uso de todas sus energías y agotar a sus aliados, y su inevitable caída se dará en un momento en que se reúnan la desgracia, la destrucción y la necesidad de un milagro para liberar a Siria de las garras de las fuerzas regionales e internacionales que se pelean por rapiñarla.

Los eslóganes de los shabbiha del régimen sirio al inicio de la revolución no fueron una mera amenaza vacía: “Asad o nadie” y “Asad o quemamos el país”, dos expresiones que precisaban las intenciones de la dictadura y su verdadero proyecto. Se trata de dos eslóganes que recuerdan la última postura de Hitler, que consideró que la derrota de su proyecto debía traducirse en la derrota aplastante del pueblo alemán.

Hitler siguió insistiendo en su postura hasta el momento de su suicidio, y dicho suicidio fue el inicio de la condena de Alemania y su pueblo, porque el pueblo no satisfacía las expectativas del demente Tercer Reich. Y eso mismo es lo que anunció el pequeño Asad desde el inicio del levantamiento popular contra su gobierno dictatorial, llevando por ello la violencia al límite para enfrentarse a la revolución popular pacífica y empujando a la sociedad siria al abismo de la guerra civil.

El éxito de Asad en el proyecto de quemar Siria no es resultado de la inteligencia de la mafia securitaria que domina siria hace décadas. Por el contrario, es consecuencia de una coyuntura histórica radicada en la lucha sectaria suní-chií que incendió la ocupación estadounidense de Iraq y que permitió a los regímenes dictatoriales petroleros árabes invertir en Siria, y transformar el conflicto de una lucha entre el pueblo y el régimen en una lucha regional global en la que hoy participan todas las fuerzas regionales. Además, el régimen dictatorial ha logrado aguantar por el apoyo iraní y el de sus milicias libanesas e iraquíes.

El lema de la guerra de civilizaciones que los neoconservadores tomaron por bandera en EEUU, como parte de la justificación de la bárbara guerra estadounidense sobre Iraq, pronto fue descubierto como una guerra de barbarismos, como la define Gilbert Achcar [1]. Una guerra que finalmente se convirtió en indicio del fin de una etapa histórica, la etapa del Estado dictatorial-militar recubierto de un discurso nacionalista quebrado.

El fin de las etapas históricas suele ser cruento y salvaje, así que ¿cómo no iba a serlo si se ha articulado en el conflicto entre dos discursos fundamentalistas cerrados y ha sido parte de la paranoia demente de un pasado aplastado que se está resucitando sobre los escombros de las ciudades y pueblos y sobre los cadáveres de las víctimas? El final del Estado dictatorial-militar tiene todas las características del final de las etapas históricas: violencia, destrucción, desplazamiento y locura. Y no puede recordarnos más que al final del Estado Otomano. Los historiadores de la etapa nacionalista pusieron especial atención a la derrota del proyecto de Faysal [2] en Siria, considerado como una conspiración colonial. Pero olvidaron o quisieron olvidar las grandes desgracias que vivió nuestro país durante la agonía del Estado Otomano, desde las plagas a la hambruna que acabó con un tercio de los habitantes de Líbano y empujó a otro tercio a emigrar; además del genocidio armenio y las masacres de asirios. Nuestro mundo se cubrió de sangre y restos humanos antes de que llegaran los “libertadores” británicos y franceses a repartirse el país, y a quienes persigue la sombra de la masacre palestina que fue la Nakba.

Estamos en un momento similar al ocaso Otomano, pues el estado dictatorial-militar-nacionalista se ha negado a caminar hacia su inevitable final sin antes destruirlo todo y entregar el país a fuerzas iguales a él en barbarie y salvajismo y que se apoderan de la ideología de “resucitar” el pasado, no sin antes otorgarle a dicho resurgimiento un contenido religioso-sectario y vaciarlo de cualquier otro contenido nacionalista. Una era completa se arrastra sobre nuestros cadáveres, se alimenta de migajas de religión y no sacia su sed de sangre. Este es el escenario de la caída de Asad, y eso es lo que la mafia ha buscado desde el estallido de Siria en busca de libertad. Se trata de un escenario que alargará su oscura sombra sobre toda la zona, y quizá el mejor indicador del tiempo de oscuridad que se cierne son las recientes declaraciones del secretario general de Hezbollah, publicadas por Al-Safir y Al-Ajbar el sábado 23 de mayo. Es triste que sus palabras se asocien al aniversario de la liberación del sur en el año 2000. ¡Dónde estábamos y dónde han ido a parar! Pasamos de enfrentarnos a los invasores sionistas a recordar la batalla de Siffin [3], de la resistencia a la guerra religiosa-sectaria, y de la fiesta de la resistencia y la liberación al sacrificio de la liberación en el altar del despotismo.

Los sectarismos no fundan naciones y de hecho minan la idea de patria. A pesar de todo, esta etapa tendrá su ocaso y el régimen dictatorial caerá con una lentitud salvaje, hasta que la realidad siria quede reducida a cenizas. Por su parte, la lucha contra el despotismo continuará, sin importar el nombre de los déspotas, ni sus lemas, ni su ciega locura sectaria.

[1] Pesador, sociólogo y escritor libanés, autor de, entre otros, “El pueblo quiere”, publicado en 2013 originalmente en francés y posteriormente traducido al árabe.
[2] Rey hachemí impuesto por las potencias que se repartieron el dominio y la influencia sobre el imperio Otomano como gobernante en Siria durante cuatro meses en 1920 y que fue derrocado.
[3] En su discurso, aprovechando la ofensiva en Yeman, Nasrallah se centró en la ideología wahabí, que identificó como esencia del pensamiento de Daesh. Según –el, sería preciso acabar con los takfiríes y así rematar la batalla de Siffín (657), aquella en la que se enfrentaron los partidarios del cuarto Califa, Ali, (los chiíes), y los de Muawiya (suníes), dando origen al cisma entre ambos.

martes, 22 de enero de 2013

El Frente de Al-Nusra, entre la oposición y el apoyo



Texto original: Al-Yumhuriyya

Autor: Taha Bali

Fecha: 16/01/2013
 

 
Tal vez una parte importante de los sirios vea el tema del desafío de los grupos salafistas extremistas en general en Siria y del Frente de al-Nusra en particular, el más grande al que se enfrentan Siria y su revolución a corto plazo, justo después del desafío de derrocar al régimen, y tal vez venga en primer lugar para algunos. El problema fundamental crónico e inherente al hablar de este problema es la contradicción de los datos acerca del Frente y de su papel real en muchos crímenes que se le han adjudicado a él o a la revolución en general. Algunos de estos crímenes han sido cometidos por el régimen directamente y otros son crímenes perpetrados por los grupos que utilizan el nombre de la revolución. Ello hace preguntarse por una tercera parte: grupos armados locales insertos en la revolución sin tener nada que ver con la llamada “yihad internacional”, carentes de toda agenda política verdadera. Poner todo lo anterior en un mismo saco como hacen los críticos de la revolución, o algunos activistas pacíficos, que a veces critican la militarización, con buena intención en el segundo caso, es en realidad una aproximación que complica la identificación de nuestros muchos problemas partiendo de la falsa idea de simplificarlos, y retrasa el hallazgo de soluciones reales. Añádase que cualquier intento serio de estudiar al Frente se enfrenta a la dificultad de determinar una jerarquía clara y unas bases de enfrentamiento conocidas, además de las fuentes de su financiación entre otras muchas cosas.

Si logramos pasar el abismo de estos datos y suponemos que hay una corriente salafista extremista armada que pretende cambiar el régimen sirio por la fuerza con la intención de establecer un Estado islámico (sobre cuyo significado puede que diverjan sus propios miembros), aún queda la dificultad de encontrar la política idónea para enfrentarse a esta corriente. Merece la pena pensar en el problema partiendo de situaciones homólogas de extremismo en el resto del mundo, donde se yuxtaponen varios factores como la pobreza, la ignorancia o la marginación política con los convenientes relatos de la injusticia histórica para conformar el ambiente humano que engendra movimientos extremistas en todas sus variedades. La presencia del régimen y sus prácticas represivas diarias en este sentido sigue siendo la más importante arma en el arsenal de Al-Nusra y el mejor instrumento de reclutamiento del que dispone, lo que de por sí niega la razón de su existencia al derrocarse el régimen. Es de sabios, cuando tal es la situación, que no se empuje a partes amplias de la corriente salafista fuera de las filas de la revolución para siempre, incluso antes de que termine y que se asiente el polvo de la lucha.

La oposición total e inamovible al Frente de al-Nusra por parte de la línea básica de la oposición política supondrá que se convierta directa y espontáneamente en un movimiento armado contrario al futuro Estado sirio, débil de por sí y lleno de problemas y cargas sociales, políticas y económicas, por no hablar de los enemigos militares que queden del régimen y sus shabbiha. Los movimientos nihilistas al estilo de Al-Nusra están al margen de la sociedad y florecen en los callejones traseros del Estado, de lo que se deduce que la Coalición Nacional tenga como primera y más importante misión en esta etapa el establecimiento de la mayor cantidad posible de puentes con la base social que simpatiza con Al-Nusra y la corriente salafista, e intentar introducir a dicha base en la vida política democrática. Entonces, el Frente será el núcleo más extremista y ajeno a la sociedad siria, y quizá la mayoría de esos núcleos estén conformados por no sirios, lo que facilitará la misión del enfrentamiento final con ellos al nuevo Estado sirio.

En muchos países de Occidente movimientos ideológicos extremistas, separatistas o incluso racistas en algunos casos realizan sus actividades y se les permite ejercer el derecho de expresión siempre que se haga de forma pacífica. Quizá el caso más cercano al sirio sea la inclusión de la corriente salafista egipcia, útero que engendró al más extremista de los movimientos yihadistas internacionales, en el proceso político electoral en Egipto, cuya revolución habría seguido un camino muchísimo peor si no se hubiera dado este positivo, por no decir sorprendente, paso. El más importante desafío al que se enfrentan los sirios en los próximos días es la hibridación de los grupos armados que piden un califato islámico para que su petición se transforme en una actividad política pacífica, sin imponer su opinión por la fuerza. Y quizá esta misión ya complicada de por sí no aumente más que en complicación si las fuerzas de la oposición política siguen una política de máximo enfrentamiento con el Frente y sus aliados como piden algunas voces.

La naciente Coalición Nacional debe, por tanto, tratar con manos de seda- no con puño de hierro- este tema y decidir su discurso y pasos futuros con sumo cuidado. Ahmad Moaz al-Jatib, que aún sigue en plena lucha de almas y razones en lo que a la calle de la revolución, enfrentada a una represión salvaje diaria, se refiere, no se equivoca al adoptar una política de apaciguamiento que evite que se abran dos frentes a un tiempo de cara a la revolución. Más aún, aunque uno de los pilares de la postura de la coalición Nacional sea rechazar la repugnante calificación de terrorismo que hizo EEUU del Frente de al-Nusra (para salvaguardar los intereses y las vidas estadounidenses, que no sirias obviamente), el segundo pilar ha de ser siempre la afirmación del espíritu civil de la revolución siria y la identidad futura democrática y plural del Estado en el que no se rechazará la opinión ajena. No envidio su puesto.

jueves, 17 de enero de 2013

La guerra contra los Hermanos divide al Golfo



Texto original: Al-Quds al-Arabi

Autor: Abdel Bari Atwan

Fecha:11/01/2013



Quien sigue los medios del Golfo, especialmente los saudíes, se da cuenta de la existencia de una campaña feroz contra el movimiento de los Hermanos Musulmanes y las corrientes islamistas en general, además de los grandes predicadores del Golfo cuya influencia ha aumentado en los últimos tiempos gracias a los medios de comunicación social como Facebook o Twitter, que hacen difícil a los estados y sus aparatos de seguridad especializados controlarlos y censurarlos como pueden hacer con los periódicos y sitios de internet. Si el teniente Dahi JalfanTamim, director de la policía de Dubai, es la vanguardia en esta campaña contra los Hermanos Musulmanes y ha sido de los primeros  en advertir seriamente de sus peligros, muchos artículos han comenzado a mostrar en la prensa saudí y emiratí ese mismo patrón, de una forma que sugiere que hay personas de alto nivel en el Estado que quieren abrir un frente contra ellos, ya sea en Egipto donde tienen ahora las riendas del poder, o en el Golfo mismo.

Esta campaña contra los Hermanos, y tal vez las corrientes salafistas después, supone una contradicción en relación con una alianza histórica entre los regímenes conservadores del Golfo y aquellos, una alianza que ha mantenido la estabilidad de estos regímenes y ha luchado contra todas las ideas de izquierdas y nacionalistas que suponían una amenaza para esta estabilidad a ojos de los gobernantes.

La pregunta que surge con fuerza estos días gira en torno a esta sorprendente rebelión del Golfo contra el pensamiento de los Hermanos, que había gozado de su apoyo, por no decir del control de la juventud de la zona durante los pasados ochenta años al permitírsele  a los pensadores y profesores de los Hermanos dominar el sector educativo y escoger los métodos de enseñanza, además de establecer asociaciones de prédica y beneficencia, no solo en los estados del Golfo, sino en todo el mundo. ¿Cómo se ha dado la vuelta a esta relación para pasar de ser una de amistad íntima y estratégica a una guerra abierta, por una de las partes al menos hasta ahora, es decir, entre los regímenes del Golfo y la organización de los Hermanos?

La respuesta a estos interrogantes y otros puede resumirse en los siguientes puntos:

Primero: Los gobiernos del Golfo se han dado cuenta de que los Hermanos Musulmanes son un movimiento “mundial” dirigido por una organización internacional, que exige fidelidad organizativa al Guía General en Egipto, y no a las autoridades locales, ni siquiera al líder de la organización en esos países.

Segundo: El dominio del movimiento islámico de los Hermanos del proceso de formación de las nuevas generaciones utilizándolo medios locales que han llevado a su dominio sobre el ejército y los servicios de seguridad, lo que les ha cualificado más que nunca para derrocar a los regímenes y acceder al poder, clave del miedo de los regímenes del Golfo.

Tercero: Debido a la debilidad de las corrientes liberales y de izquierdas en los países del Golfo, resultado de décadas de represión y persecución, las corrientes de los Hermanos, bien organizadas, se han convertido en la fuerza candidata para dirigir las revoluciones de la primavera árabe que piden un cambio político en los países del Golfo.

Cuarto: Las corrientes religiosas y de los Hermanos destacan especialmente por la independencia económica que las diferencia del resto de corrientes, debido a sus complejas redes organizativas y su acceso a importantes ingresos, pues dominan empresas y organizaciones financieras en los países del Golfo en concreto, lo que les ha hecho aunar las fuerzas política y económica.

Quinto: Los movimientos islámicos gozan de un gran apoyo en los centros populares porque su ideología se centra en la doctrina islámica y su dominio de las mezquitas, de forma directa o indirecta, lo que supone cinco pequeñas reuniones diarias y una gran reunión semanal cada viernes.

Sexto: Los movimientos islámicos no yihadistas y los Hermanos Musulmanes en concreto siguen una política de autocontrol y de evitar todo enfrentamiento con el Estado, lo que explica el silencio del movimiento de los Hermanos en Egipto de cara a los ataques en su contra y su insistencia en guardar la calma. También enviaron delegaciones a los Emiratos para solucionar la crisis de los detenidos por métodos pacíficos. No sorprende que los escritores saudíes acusen a los Hermanos de seguir el “principio del disimulo (taqiyya)” en sus prácticas organizativas.

Los Estados del Golfo, resumiendo mucho, están nerviosos por el dominio de los Hermanos en Egipto, Túnez y Sudán y sus intentos de dominar Jordania, Yemen y Siria, pues se sienten cercados y amenazados de caer en manos del nuevo eje de los Hermanos, según la teoría del efecto dominó político.

Esta campaña feroz saudí y del Golfo contra los Hermanos tiene ventajas y desventajas en lo que se refiere a los regímenes en la península Arábiga. Las ventajas se resumen en el intento de fortalecer el frente interior y reducir la influencia de los Hermanos Musulmanes, pero parece una solución tardía en nuestra opinión, por la falta de un aliado alternativo en que apoyarse, dada la ausencia de la izquierda y los liberales, y dada la debilidad de su arraigo en las sociedades conservadoras del Golfo. Todos los nuevos intentos de fortalecer a esta corriente liberal siguen teniendo una influencia limitada como demuestra el decreto emitido por el monarca saudí, el rey Abdalá ben Abdel Aziz, para introducir a treinta mujeres en el Consejo Consultivo, un paso que le va a crear más problemas que soluciones, especialmente en la institución wahabí que apoya al régimen y que se opone a cualquier papel de la mujer, en calidad de igualdad al hombre, en la sociedad.
El peligro de este ataque contra los Hermanos es el tener que enfrentarse a la institución religiosa y a un gran número de predicadores críticos, como los sheijs Salman Awda, Muhammad al-Arifi, Safar al-Hawali, Muhsin al-Awayi, A’id al-Qarani y algunos seguidores suyos en Twitter, que superan el millón y siguen creciendo.

El sheij Salman al-Awda, el destacado predicador saudí, se unió recientemente a la campaña que exige un que se establezca un Consejo Consultivo elegido, mientras que otros exigen que se rindan cuentas precisas de cómo se gasta el dinero público y que se controle el nuevo presupuesto del Estado, que es el más voluminoso (llega a 223.000 millones de dólares). Hay también una feroz campaña para apartar a los príncipes, que se han apoderado de millones de hectáreas de tierra sin derecho.

Los grandes responsables del Golfo creen que hay una alianza egipcio-turco-catarí tras esta oleada de los Hermanos que quiere dominar la zona y que ha de ser combatida. Ello explica la creciente brecha saudí-turca y la guerra que han declarado los Emiratos al régimen del presidente Mursi en Egipto apoyando al opositor Frente de Salvación Egipcio.

Debemos reconocer que el miedo de los estados del Golfo es legítimo, pues este nuevo triángulo es muy peligroso si se fortalece, se cohesiona y continúa, porque goza de las fuerzas militar (Turquía), financiera (Catar) y humana-estratégica (Egipto), y está ocupando poco a poco el lugar del histórico triángulo egipcio-saudí-sirio que ha dominado la zona durante los últimos cuarenta años, habiendo sacado a Iraq de la ecuación y habiendo preparado el camino para la paz con Israel.

Si el primer triángulo se basaba en la estrecha relación con Occidente y EEU, el nuevo triángulo camina en la misma dirección, y tal vez su relación con EEUU sea aún más estrecha, aunque sea temporalmente, mientras dure la presidencia de Barack Obama.

El régimen sirio será el más beneficiado de esta lucha explosiva en el seno del frente que se opone a que se mantenga en el poder y que apoya a la oposición armada que quiere derrocarlo. Los Hermanos Musulmanes son la espina dorsal de esta oposición (oficial) y el Frente yihadista de al-Nusra es el elemento con mayor presencia sobre el terreno, cuya independencia supone un gran peligro para el régimen sirio y los países del Golfo.

Ojalá los pasos que han dado las autoridades saudíes últimamente, como la decisión de prohibir los canales sectarios salafistas, o las palabras de su ministro de Exteriores Saúd al-Faisal sobre su apoyo a la solución pacífica y sobre que la cuestión de la salida de Asad deberían decidirla los sirios -él que era un halcón pidiendo que se armase a la oposición-, son todo indicios de que la postura saudí está cambiando y confirma los informes de que se han retomado los contactos secretos entre Damasco y Riad.

El flujo de predicadores saudíes y del Golfo hacia El Cairo, el último de los cuales ha sido el doctor Muhammad al-Arifi, que dio un discurso en la mezquita de Amr ben al-As en el corazón de la capital y en el que pidió que los empresarios del Golfo invirtieran en Egipto y no en Occidente, es uno de los más destacados aspectos de la nueva escena del Golfo: gobiernos que se oponen al régimen egipcio de los Hermanos con fuerza y predicadores críticos que están en su interior.

No podemos olvidar en este contexto el nuevo peregrinaje iraní a El Cairo, la visita de Ali Akbar Salehi, el ministro de Exteriores, la ovación que lo recibió, la invitación que traía para el presidente Muhammad Mursi de visitar Teherán, y el momento en que se produjo. El olfato iraní tiene una fuerte sensibilidad para oler los cambios que suceden en la región para ponerlo al servicio de sus intereses. Los próximos meses y semanas estarán cargados de sorpresas y no podemos hacer otra cosa que esperar y estar vigilantes, intentando entender las nuevas interacciones y alianzas que acechan, y los rápidos cambios, cambios que reconfigurarán la región radicalmente.