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lunes, 9 de enero de 2012

La polémica de la oposición y la incapacidad árabe

Texto original: Al-Quds al-Arabi 

Autor: Bashir Musa Nafi*

Fecha: 04/01/2012

El último viernes del año de las revoluciones, el 30 de diciembre del 2011, los sirios salieron de nuevo a las calles de sus ciudades y sus barrios. Salieron no como salen cada día, ni siquiera como habían salido en viernes anteriores desde el inicio de la revolución siria a mediados de marzo. Ese viernes salieron como si se quejaran de sus hermanos árabes por no tomarles en serio y para que se crean que Siria está viviendo una gran revolución popular, y que no se detendrán hasta que caiga el régimen y se establezca un estado libre y digno.

Cuando se observa en ciudades pequeñas, como Idleb en el extremo norte del país, o Duma en la periferia de Damasco, a cientos de miles de sirios manifestándose, teniendo en cuenta que salir a la calle es una aventura que puede causar la muerte, y cuando los comités de la revolución siria registran más de 400 manifestaciones en todo el país, no hay duda de que lo sirios quieren dirigir un mensaje, un mensaje que creen que no ha llegado todavía.

Durante los días previos a las manifestaciones del viernes de la congregación (en las plazas libres) y durante los días posteriores, la crisis siria vivió varios acontecimientos importantes: el primero relacionado con las fuerzas y personalidades de la oposición sobre un documento firmado por el presidente del Consejo Nacional y Comité de Coordinación Nacional; y el segundo, relacionado con la labor del equipo de observadores árabes y la duda de si todos hablan con una sola voz.

Existe una estrecha relación, de hecho, entre las dos polémicas, la polémica sobre la oposición y la polémica sobre el papel árabe. Y ambas, en palabras del presidente del Consejo Nacional, Burhan Galion, ignoran prácticamente la situación real en Siria. A pesar de la lentitud de acción, no es ningún secreto que los sirios (y las fuerzas de la oposición siria en especial, particularmente el Comité de Coordinación) pusieron grandes esperanzas en la iniciativa de la Liga Árabe, y sobre todo en el lenguaje que utilizaron algunos de los ministros de exteriores árabes durante las semanas que duró la negociación para la firma de la primera fase -en relación con los observadores- que parecían decantarse por el (apoyo al) pueblo sirio. La opción árabe parecía como si fuese a encontrar una salida a la crisis sin el riesgo de la intervención extranjera. Pero ahora la Liga Árabe parece dar concesiones al régimen sirio, haciendo modificaciones significativas en el protocolo de los observadores. El informar a las autoridades sirias para después conseguir su permiso para trasladar a un equipo en una determinada dirección pueden parecer triviales si se comparan con la presencia en sí de los observadores. Sin embargo, estas cuestiones conllevan la preocupación sobre la posibilidad de que los observadores árabes lleven a cabo su misión, teniendo en cuenta el registro sangriento del régimen y su determinación, que ya está fuera de toda duda, de continuar la guerra contra su propio pueblo, además de la experiencia con la que cuentan sus órganos de represión y las fuerzas de seguridad en practicar el engaño y obviar los hechos, de hecho, no parece que estos órganos tengan experiencia en otra cosa. A pesar de que la tarea de los observadores árabes no ha superado todavía los primeros días, es evidente que ni la Liga Árabe como institución, ni los observadores como individuos, demuestran los conocimientos y la competencia requeridos para una tarea como esta que requiere, por un lado, tratar con el aparato de un régimen embustero y criminal y, por otro, moverse por todo el país.

Además, la tarea de los observadores plantea otro problema. Si se suponía que antes de las enmiendas se formarían equipos de observadores del mundo árabe y de los hijos de los estados amigos, algo que puede parecer un honor en cierta medida, la Liga Árabe aprobó que la petición del régimen sirio de que solo árabes se dedicaran a la tarea de observación en la República Árabe Siria. Sin embargo, la Liga Árabe se abstuvo de publicar una lista detallada del historial de los observadores enviados a Siria. De hecho, la única persona cuyo expediente han investigado los medios y no la Liga como tal, ha sido el del líder de la delegación de los observadores, el general, administrativo y ex diplomático sudanés del que hay ciertas dudas sobre el trabajo que desempeñó en Darfur. Estas sospechas pueden significar algo o no, pero la pregunta que se debe plantear es si la mayoría de los observadores también provienen del mismo medio burocrático, árabe, civil y militar. Porque, independientemente del valor de los datos personales de todos los observadores, no hay duda de que los criterios de valor de la burocracia árabe, que surgieron a la sombra, trabajaron con y se relacionaron con los regímenes árabes (casi todos ellos) durante el medio siglo pasado, son criterios en gran medida a la baja.

Los jueces, que están acostumbrados a convivir con delitos de tortura y asesinato, los empleados, que han trabajado en un ambiente de malversación de fondos y saqueos, y los militares, que han participado o han sido cómplices con su silencio de los delitos de los altos oficiales y los hombres del gobierno, incluso no habiendo pruebas suficientes para dirigir cargos contra ellos, como es el caso del líder de los observadores en Darfur, no tienen, en definitiva, la sensibilidad suficiente para ver los crímenes cometidos por el régimen sirio contra su pueblo. Esto, además del hecho de que algunos observadores, quizá no todos, actúan desde el principio como si representaran al estado al que pertenecen, y no a la conciencia árabe, que se supone que es la verdadera fuerza que fundamenta la labor de supervisión. No es un secreto que un número significativo de estados árabes no quiere que el pueblo sirio triunfe, ni que las exigencias de su revolución se materialicen. El equipo de observadores árabes sufre graves deficiencias, tanto a nivel de valores, como a nivel de procedimiento práctico. Se necesitaría un milagro para que el equipo lleve a cabo su misión con éxito: la tarea de detener la violencia que el régimen ejerce contra el pueblo, y de poner fin a la cadena de muerte y detención. Esto es así porque las declaraciones del general presidente de la delegación no son un buen augurio.

La creciente frustración frente a las posibilidades de que los esfuerzos árabes prosperen y de que el cuerpo oficial árabe, representado por la Liga Árabe, logre encontrar una salida a la crisis, ha aumentado las diferencias de la oposición siria como nunca antes desde que se formaron el Comité de Coordinación Nacional y el Consejo Nacional, las dos fuerzas principales de la oposición. No es que haya diferencias ideológicas entre ambos cuerpos, pues ambas están formadas fuerzas de variada trayectoria intelectual, sino que las diferencias han sido políticas desde el principio. Estas diferencias están relacionadas con las dudas del Consejo Nacional sobre la verdadera postura del Comité de Coordinación Nacional frente el régimen y su percepción de hasta dónde debe llegar el proceso de cambio en Siria, así como las dudas Comité sobre la verdadera postura del Consejo frente a la intervención extranjera. Y como ninguna de estas dudas se ha disipado, han vuelto a surgir las diferencias en el acuerdo que firmaron el presidente del Consejo Burhan Galiun y Haytham al-Manna, que resolvía la cuestión de la intervención extranjera, hablaba de la protección de los civiles sirios en nombre de los derechos humanos, y evitaba reconocer al Ejército Sirio Libre y el papel de sus tropas en la protección del pueblo y de su revolución, haciendo una leve mención al reparto de poder en Siria después de la caída del actual régimen.

Pasar por alto el Ejército libre de Siria, sea cual sea la justificación política que haya detrás, no ha sido ciertamente realista. Porque ¿cómo se puede pasar por alto uno de los principales desarrollos de la revolución siria y hacer como si sólo fuera una crisis de conciencia? También el hecho de que el acuerdo incluya todos esos detalles sobre la etapa de transición, como si el cambio en Siria fuera a ocurrir mañana, sin ni siquiera hacer una leve mención a la percepción general de cómo podría darse el cambio es una de las observaciones importantes que plantea el acuerdo. Pero lo sorprendente es que estas cuestiones no ha generado mucha controversia, sino que lo que ha provocado la polémica ha sido la cuestión de la intervención extranjera, que ninguna de las partes debería haber abordado. Primero porque no hay ningún indicio de que las partes internacionales o regionales preparen una intervención militar directa en Siria. Y segundo, porque la intervención, si es que se produce, no necesitará el acuerdo del Comité de Coordinación ni del Consejo Nacional, y no se detendrá por la oposición de ambos. La única parte que puede resolver la cuestión de la intervención extranjera, ya sea provocándola o deteniéndola, es el propio régimen y su política. Que se detenga el proceso de lograr una comprensión amplia entre las fuerzas de la oposición siria simplemente por sus posturas divergentes ante una cuestión hipotética, es una gran error político. No hay duda de que, a pesar de la magnitud del crimen que se está cometiendo en Siria, la intervención extranjera conlleva un grave riesgo para el futuro de Siria, su papel y su posición. Si muchos sirios exigen una protección internacional, de vez en cuando, es porque el régimen y el derramamiento de sangre de su pueblo les han empujado a ello.

¿Cuál es entonces la solución? La solución pasa por hacer esfuerzos para la iniciativa de la Liga Árabe tenga éxito y que la delegación de observadores árabes logre detener los asesinatos diarios, liberar a los detenidos y proporcionar a los sirios un espacio seguro donde expresar su voluntad.

La solución, finalmente, es que la Liga Árabe, en caso de que el régimen mantenga su política de guerra contra su pueblo, decida una intervención militar árabe en Siria, en la que participen os países que así lo deseen, al igual que Egipto dirigió la intervención árabe para proteger Kuwait a principios de los sesenta, y al igual que la propia Siria intervino militarmente en Líbano para poner fin a la guerra civil en el país del cedro a mediados de los setenta.

La intervención militar árabe directa en otro estado árabe no es nada nuevo, y quizá hoy Siria sea el país que más la necesita. Después de casi diez meses de su inicio, los árabes han de creer que Siria esté siendo testigo de una revolución popular masiva y de que los sirios no están dispuestos a retroceder sin un cambio en sus derechos y un cambio profundo y real del régimen, un cambio que devuelva a Siria y los sirios la libertad y la dignidad. Las alternativas son una intervención árabe eficaz, una guerra civil, cuyos efectos se extiendan por todo Oriente Medio, o bien una intervención extranjera que saque a Siria durante mucho tiempo del mapa de fuerzas de Oriente Medio. Solo con este panorama puede entenderse que la posición de la Liga Árabe y sus Estados miembros constituya una oportunidad otorgada al régimen para que firme su derrota con su pueblo sea cual sea el número de víctimas. 

*Escritor e investigador árabe especializado en la historia moderna.

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