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martes, 17 de diciembre de 2013

Tres días de esperanza en el camino para romper el cerco



Razan Zaytoune, junto con Samira Jalil (la mujer de Yassin al-Haj Saleh), Wael Hammada y Nathim Hamadi fueron secuestrados el 9 de diciembre de 2013 cuando un grupo entró en el despacho sede del Centro Sirio de Documentación de Violaciones donde realizaban su trabajo en las afueras de Damasco. Esto es lo que escribió Razan para la página Lebanon NOW unas horas antes de que se produjera el secuestro, desde Al-Ghoutta, Damasco:

 Libertad para Razan y sus compañeros (especifica los nombres)
que fueron secuestrados por desconocidos en Al-Ghoutta oriental.
Juntos para que los liberen
(Comités de Coordinación Local)

El camino es largo, y está plagado de baches y minas, y es la suerte quien decide si el pie pisa en uno u otro punto sin contratiempos. Este oscuro camino no lo alumbran más que la fe y lo que queda del sueño.

Durante tres días, las noticias sobre el camino desplazaron a todas las demás. El camino abre sus brazos, los cuerpos de los jóvenes que resisten su cerrazón se han alineado como un puente, mártir tras mártir, para cruzar con los vivos hacia el final del camino.

Durante tres días, los alminares no llamaban a la oración, sino que se escuchaban otras voces tenues, que se entrecruzaban y se perdían en el viento antes de llegar a nuestros oídos. Sus nombres completos… Cada vez que escuchábamos los altavoces, el ruido hacía interferencia con la voz del muecín. Sabíamos que se trataba de un nuevo mártir, nuevos mártires, que habían desafiado el camino tortuoso y decidido seguirlo. No había tiempo para la tristeza.

Todos han aceptado que el camino volverá a pavimentarse con los cuerpos de esos jóvenes. Sentimos tristeza, pero también alegría. Todos celebraban el camino y seguían sus noticias, pretendiendo ser parte de él, como si fuéramos una larga cadena humana cargada de fardos que camina lentamente y con la firmeza de que se acerca el fin del camino.

Al final del camino hay leche y huevos para los niños hambrientos y ropas cálidas, mientras el trigo dorado espera que lo recojan las manos de las mujeres y lo calienten sobre la plancha. También están las medicinas que esperan reducir el dolor de los enfermos y salvar las vidas de algunos de ellos… Y al final del camino está también el Paraíso prometido, un paraíso que prometió una vida con un cierto parecido a la vida: algo de calor, de saciedad y de curación.

Las estanterías de sus locales se llenaron de pronto de productos que escondían y la gente los castigó sin comprar. Los comerciantes de la sangre, que tomaron parte en la celebración del camino, mañana, cuando el camino abra sus brazos, enterrarán con vergüenza sus mercancías escondidas.

Estos tres días trajeron consigo todos los sueños que no habían traído los tres años pasados.. Planes de futuro: quienes quieren irse y quienes quieren volver. Incluso los habitantes de otras zonas seguían la batalla como si fuera la que los liberaría a ellos. Lo que hay tras el camino no se parece a lo que había antes de él.

En cuanto se frustraron las noticias del camino, se dijo que se había llenado de la sangre de los jóvenes y que se había cerrado sobre sus cuerpos, se pospusieron los sueños del Paraíso que espera al final del camino. Pero nadie olvida ni olvidará esos momentos de esperanza, y cómo todos pasaron de ser seres encanecidos y cansados a ser seres alados que celebraban felices lo que estaba por venir: la vida que se parece a la vida.

Que el camino vuelva a cerrarse sobre esas esperanzas no ha afectado a esos sentimientos, pues estos días han sido una ocasión para recordar a todos lo que esperamos y para enseñarnos que todo tipo de dolor es llevadero en el momento en que se llega y se cruza el camino.

El camino sigue siendo largo y estando plagado de baches y minas, sigue estando cerrado al final y no sabemos qué espera detrás. Lo que hay tras el bloqueo, tras la revolución, tras la guerra, es un sueño que nos une a todos, como si fuéramos una larga cadena humana cargada de fardos que camina lentamente y con la firmeza de que se acerca el fin del camino. Bienaventurado aquel que lo cruce finalmente.

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