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viernes, 14 de junio de 2019

El tiempo de Abdelbasit

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Al-Jumhuriya

Fecha: 13/06/2019


Diseño de Tamar al-Omar

En el luto por Abdelbasit Sarut confluyen tres formas de duelo, que pueden darse conjunta o separadamente, según la postura de partida. Por un lado, está la tristeza inmediata que se genera por un joven de veintisiete años que ha caído mártir en una batalla contra el avance del régimen en la zona rural septentrional de Hama tras ocho años de inmersión total en la revolución: una tristeza que se multiplica entre quienes lo conocieron en persona. Por otro, un público más amplio siente la tristeza derivada de un retorno traumático y triste a los momentos fundacionales de la revolución siria y sus etapas más multitudinarias de los años 2011 y 2012, una etapa impregnada de la voz de Sarut cantando en las manifestaciones de diversos barrios de Homs. Muchos no tenían ni idea de qué había sido de Sarut después de Homs, y otros simplemente no habían sido capaces de seguir las noticias en general, pero el año 2011 fue tan fundacional como doloroso para ellos, además de necesario. Finalmente, se ha generado también un duelo furioso por la guerra que se ha lanzado contra Sarut desde prácticamente el momento mismo del anuncio de su muerte por parte de una narrativa asadista obsesionada con destruir todo significado, memoria o pensamiento que difiera de las acusaciones rabiosas de “terrorismo”: una guerra que se ha reforzado con medios electrónicos perfectamente coordinados y que ha logrado eliminar muchas fotos y publicaciones que lamentaban la pérdida de Sarut en Facebook, además de bloquear muchas cuentas que insistieron en seguir publicando sobre Sarut en las redes sociales. Esta guerra no constituye un debate sobre el simbolismo y significado de Sarut, ni un examen de las posturas problemáticas en relación a él, ni siquiera una condena, sino que se trata de una guerra contra toda narrativa que contradiga la versión del régimen sobre el “terrorismo” y los “crímenes” cometidos por todos, absolutamente todos los que se levantaron contra él.
Ante semejante realidad, hemos considerado que lo mejor que podíamos ofrecerle, en este nuevo capítulo de nuestro continuo luto, es intentar reunir todos los episodios de la historia de Sarut de la forma más completa posible en apenas unos pocos días, sin pretender abarcarlo todo. Al contrario, ojalá nos hayamos dejado puntos sin tratar que sirvan de aliciente para que otros los cuenten y que así se conserven lejos de la fragilidad de las publicaciones temporales de Facebook o las efímeras conversaciones orales. La mejor forma de ser justos con Sarut es intentar contar su historia y analizarla sin excedernos en las alabanzas, evitando imparcialidades subjetivas y garantizando que nosotros, los de la revolución, somos dueños de ella, para recuperarla, examinarla, criticarla, revisarla, protegerla y protegernos a nosotros mismos de la hostilidad exterminadora que se ha vertido sobre ella y nosotros.
Al margen del aspecto personal, directo y específico sobre la vida, elecciones y decisiones de Sarut, y la mala o buena opinión que nos merezcan, en su historia encontramos rasgos de nuestra historia común: esos somos nosotros, esa es nuestra historia, esas son las dimensiones de nuestra preocupación, dudas y dilemas, ese es nuestro asedio y ese es nuestro duelo. Por otra parte, los rabiosos ataques asadistas de los que ha sido blanco Sarut, y que han alcanzado incluso a las publicaciones de Facebook, con el fin de eliminarlas y bloquear a sus autores, son un episodio más de la guerra contra todos nosotros (incluidos quienes tienen opiniones negativas de Sarut o dudas sobre si debe convertirse en un icono no susceptible de crítica), contra nuestro presente, contra nuestra memoria y contra nuestra historia; es decir, contra nuestro futuro.

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Abdelbasit Sarut nació en 1992 en el barrio de Al-Bayada, una de los muchos asentamientos pobres e irregulares de Homs, y que proliferaron también en las ciudades principales de Siria y sus alrededores hasta el punto de que la mitad de la población de Alepo y Damasco vivía en ellos poco antes de 2011: barrios desorganizados o totalmente carentes de planificación, que hacían de la vida diaria de sus habitantes una continua pesadilla.
Homs sufrió en gran medida la mala gestión y el fracaso gubernamental durante los años de gobierno de Asad padre, lo que provocó el aumento de las zonas periféricas empobrecidas desde mediados de los ochenta, cuando los pequeños barrios que construían los recién llegados sin ninguna planificación gubernamental iban creciendo de forma gradual, entre ellos, el barrio de Al-Bayada, al este de la Ciudad Vieja, inaugurado por miembros de los clanes del oeste de Homs. Ante la ausencia de planificación, la negligencia gubernamental y las políticas de empobrecimiento, que aumentaron después de que Asad hijo heredara el poder a principios de este siglo, el barrio se fue ampliando.
El barrio de Al-Bayada fue víctima de mayores negligencias si cabe durante los años inmediatamente anteriores al inicio de la revolución, pues el gobernador de Homs intentó detener el crecimiento del barrio paralizando la concesión de licencias de instalación de contadores de luz y agua. Sobre esto en concreto, Mazen Gharibah, activista de la sociedad civil y natural de Homs, dice lo siguiente: “En Al-Bayada había edificios habitados enteros sin electricidad, cuyos vecinos almacenaban la comida en el balcón para que no se echara a perder”.
Estas son las condiciones en que Sarut vivió su infancia y el inicio de sus años jóvenes, cuando no pudo continuar sus estudios y se vio obligado a trabajar en el transporte de ladrillos y hierro. Simultáneamente, se inscribió en el club homsí Al-Karama (Dignidad), en el que destacaría como portero, lo que le valdría ser elegido portero del equipo juvenil de fútbol Al-Karama y portero de la selección juvenil de Siria. No obstante, eso no era suficiente para tener una vida digna y garantías de estabilidad económica en Siria, pues el salario que Sarut recibía del club Al-Karama no superaba las 1.500 libras sirias, unos 30 dólares en aquel momento, como comenta Mazen Gharibah, que recuerda a la perfección que los jóvenes de Al-Bayada, y entre ellos Sarut, fueron un motor fundamental de las manifestaciones que comenzaron a extenderse a finales de marzo de 2011 por diversos barrios de la ciudad, como Al-Khalidiya, Deir Baalba y el propio Al-Bayada.
Quizá el primer vídeo que se hizo viral de Sarut fuera ese en que aparecía en el barrio de Al-Bayada a comienzos de junio de 2011, subido a hombros, cantando a las ciudades de Siria, una por una, anunciando la expansión de la revolución. En ese momento, se decidió difuminar el rostro de Sarut para protegerlo de la brutalidad del mujabaratsirio, pero pronto todo el mundo supo que el de la voz melodiosa y rasgada a partes iguales era Abdelbasit, el portero de la selección juvenil de fútbol de Siria.
Posteriormente, siguieron apareciendo vídeos de Sarut, ya sin difuminar, cantando en las calles de Homs contra el régimen. En un momento en que la mayoría de los manifestantes seguían evitando mostrar su rostro ante las cámaras, para no ser víctimas de las campañas de detención que llevaba a cabo el aparato de seguridad del régimen, el rostro de Sarut se convirtió en el de todos los manifestantes, y su voz, un refuerzo de todas sus voces.
Cuando los manifestantes se enteraban de que Sarut cantaría en alguna de las manifestaciones, iban directamente a esa. “El número de manifestantes se multiplicaba con su mera presencia”, cuenta Mazen Gharibah sobre el efecto que producía Abselbasit en las manifestaciones de la ciudad. Resulta imposible desligar la amplia popularidad que alcanzó desde bien temprano del hecho de que era jugador del club Al-Karama, en una ciudad, Homs, en que el fútbol, y en concreto el equipo Al-Karama, gozaban de un amplio apoyo popular. Wael Abd al-Hamid, homsí y forofo del equipo Al-Karama, cuenta lo siguiente: “La forma que tenía Abdelbasit Sarut de jugar al fútbol era clara y era uno de los mejores porteros jóvenes de Siria, que se estaba preparando para ser el portero principal de Al-Karama y, probablemente, también de la selección siria, sobre todo si tenemos en cuenta la historia del equipo, que ha dado al fútbol sirio a muchos de sus mejores porteros. La participación de Abdelbasit en la revolución fue para mí, como seguidor del club, extremadamente importante, porque la pertenencia al club Al-Karama era parte de nuestra identificación personal y la presencia de algunos de sus jugadores en las plazas de la revolución fue un elemento vital para nosotros”.
Tampoco puede separarse la popularidad de Abdelbasit de su conmovedora voz y los himnos y proclamas que improvisaba, ni de su valiente aceptación de la misión de ir subido a hombros, convirtiéndose directamente en objetivo del régimen y sus aparatos de seguridad. De hecho, los medios de comunicación del régimen sirio y las páginas leales a él en Facebook no tardaron en difundir el nombre de Sarut y calificarlo de terrorista salafista, lo que le obligó a negar en un vídeo de mediados de julio de 2011 semejantes acusaciones y confirmar su rechazo al sectarismo, insistiendo en que él era uno más de los manifestantes pacíficos del país. Desde ese momento, su nombre se consagró como uno de los líderes de la revolución en la ciudad, y también como uno de los más buscados por el aparato de seguridad del régimen en ella.
En otoño de 2011, Abdelbasit Sarut se encontraba en el corazón de los barios parcialmente asediados en los que comenzaron a proliferar algunos grupos armados bajo el paraguas del Ejército Sirio Libre, cuya misión era proteger los callejones de los que salían las manifestaciones de los cruentos ataques del régimen, que ya había comenzado a fragmentar la ciudad y colocar controles militares en las carreteras y entradas a los barrios. Abdelbasit también se vio en medio de una severa polarización sectaria por la cual la ciudad quedó dividida entre barrios de mayoría alauí partidarios del régimen y otros de mayoría suní opositores a él. Paralelamente a la trayectoria de la revolución que fue poco a poco tomando las armas para defenderse contra la cruenta e inmisericorde maquinaria del régimen y en la que poco a poco también iban apareciendo lemas religiosos con tintes sectarios, se dio una trayectoria de enfrentamiento sectario creciente y asesinatos y secuestros mutuos. 
La vida de Sarut adquirió una de las facetas más excepcionales de aquellos días, cuando comenzó a aparecer en noviembre de 2011 junto a la difunta actriz siria Fadua Suleimán, de origen alauí, cantando juntos contra el régimen, enviando un claro mensaje contra la polarización sectaria. Al mismo tiempo, ahí se inició una trayectoria en la que Sarut se vería en el exilio, en todos sus dichos, hechos y cantos.
A finales de 2011, Sarut ya había presenciado el entierro de muchos de sus compañeros e hijos de Al-Bayada, y también había perdido a su hermano mayor, así como a varios familiares y amigos en una de las incursiones violentas de los miembros de la seguridad del régimen en el barrio. Los primeros meses del año 2012 fueron los de la transformación definitiva hacia la militarización y los que presenciaron una combinación de enfrentamientos armados que lograron liberar muchos barrios de Homs de las manos del régimen, y de multitudinarias manifestaciones que parecían más bien celebraciones carnavalescas, en las que solía aparecer Sarut con canciones y cantos que se convirtieron en hitos fundamentales de la revolución, como los famosos “Janna, ya watanna” (Querida patria, eres un paraíso) y “Hanin lil-hurriya hanin” (Añoro la libertad, la añoro), que quedaron ligadas a su nombre.
Homs se convirtió progresivamente, pues, en un escenario de guerra abierta en muchos de cuyos barrios las milicias leales al régimen cometieron matanzas sectarias horribles, en las que utilizaron armas blancas para ejecutar a los civiles. El ejército del régimen también lanzó ataques e incursiones violentas contra los barrios rebeldes utilizando misiles, artillería y tanques, y posteriormente, aviones, logrando así dominar parte de ellos, entre los que se encontraba Al-Bayada, que había sufrido la destrucción de amplias zonas y la mayoría de cuyos habitantes se habían visto obligados a marcharse. En paralelo, se iba imponiendo un asedio gradual sobre el resto del barrio mediante el corte de carreteras y las vías de evacuación naturales, ya fuera de forma directa o por medio de francotiradores.
En la primavera de 2012, quedó claro que el régimen pretendía, por medio de la violencia generalizada, matar y forzar el desplazamiento del mayor número de habitantes posibles de los barrios revolucionarios y aislar y asediar las zonas que no podía controlar militarmente. En algún momento en aquellos cruentos días, mientras continuaba cantando y lanzando proclamas en las manifestaciones, Sarut tomó las armas en las filas de un grupo militar que se denominó “Brigada de los mártires de Al-Bayada”, y tomó parte en los intentos de recuperar el barrio de manos del régimen, recibiendo un tiro en el pie.
A mediados de junio de 2012, el régimen había logrado prácticamente rodear todos los barrios de la Ciudad Vieja, que solo permanecían unidos al mundo exterior gracias a unos pocos caminos blanco de los francotiradores y que no servían para garantizar un suministro suficiente de alimentos, medicinas y munición. Así comenzó lo que pasó a llamarse el asedio de la Ciudad Vieja de Homs, ciudad que había perdido a centenares de sus hijos e hijas en la violenta represión y las batallas, y decenas de miles de cuyos habitantes de los barrios centrales se habían desplazado a otras zonas de Homs, Siria y el mundo, bajo el peso de las bombas. Asediados quedaban algunos miles de civiles y varios centenares de combatientes.
Abdelbasit y sus compañeros intentaron romper el asedio en repetidas ocasiones sin éxito, tomando posteriormente la decisión de salir de Homs con algunos de sus compañeros a través de los túneles y redes de alcantarillado, rumbo a la zona rural al norte de la ciudad, esperando conseguir allí la ayuda necesaria para romper un asedio que era cada vez más firme. Khaled Abu Salah, activista político homsí, dice que Sarut “quería lograr la ayuda militar suficiente para romper el asedio en el mejor de los casos o, al menos, conseguir la comida y munición necesarias para enfrentarse a él, pero sus intentos fueron en vano y ni logró la ayuda necesaria, ni parecía que hubiera nada que él pudiera hacer desde el exterior para romperlo”.
En otoño de 2012, Sarut decidió, junto a unos compañeros, que era necesario romper el asedio de la forma que fuera o, al menos, regresar al interior de Homs para participar en la resistencia al mismo, en un momento en que el régimen había descubierto todos los túneles y los había cerrado. Abdelbasit libró con algunas decenas de compañeros una batalla suicida en la que no pudieron lograr romper el cerco. Muchos combatientes cayeron y Sarut tuvo que vivir el duelo de su segundo hermano, además de resultar él mismo herido de bala en el pie nuevamente. La película “Regreso a Homs” de Talal Derki da testimonio de esos días. Al final de la misma, Sarut aparece tumbado en una cama, despertándose de la anestesia tras una operación. En ese limbo entre la consciencia y la inconsciencia debido a la anestesia, grita de forma trágica pidiendo a quienes lo rodean que no dejen que la sangre de los mártires se derrame en vano y repitiendo que no quiere nada más en esta vida que romper el asedio: “Matadme en cuanto abráis el paso a la gente”.
Terminado el invierno y después de que su pie se curara, Sarut y sus compañeros volvieron a intentarlo, logrando en la primavera de 2013 romper el cerco y regresar al corazón del asedio, pero sin poder abrir camino al traslado de personas, alimentos y munición. Después de eso, el asedio se volvió más firme y duro, hasta el punto de que los asediados se alimentaban de hojas de árboles y carne de gatos.
Sarut no dejó de cantar y combatir en ningún momento y desde el interior de la Homs asediada se difundían múltiples vídeos en los que se le veía cantar durante las veladas junto a sus compañeros de armas. Quizá el más famoso sea el de la canción “Li-ajl oyunek ya Homs” (En honor a tus ojos, Homs”). En ese período también empezaron a aparecer más y más en sus canciones y conversaciones expresiones relacionadas con el universo simbólico del salafismo yihadista y expresiones con dimensiones claramente sectarias, en lo que parecía un acercamiento a los círculos yihadistas que estaban en ascenso en todo el país, especialmente tras la decepción general posterior a la matanza con armas químicas en Al-Ghouta y el colapso del marco nacional de la lucha en Siria.
Desde finales de 2013, comenzó a hablarse de una negociación que sacaría a los combatientes y civiles asediados de Homs por medio de un acuerdo con el régimen, idea a la que Sarut y sus compañeros de la brigada de los Mártires de Al-Bayada se oponían. Sin embargo, su rechazo no fue meramente verbal, sino que se materializó claramente en la conocida como “batalla de los molinos a finales de diciembre de 2014 cuando los combatientes cavaron un túnel en dirección a los molinos” cuyo objetivo era romper el asedio o, al menos, transportar bolsas de harina al corazón de los barrios asediados.
Dicha intentona suicida acabó en gran tragedia: la operación fracasó y cayeron más de sesenta jóvenes combatientes de los Mártires de Al-Bayada, entre ellos, otros dos hermanos de Sarut, que había perdido en total a cuatro de ellos a manos del régimen. Así fracasó el último intento de romper el asedio, sobre el que se hicieron muchos comentarios relativos a traiciones en el interior de los barrios asediados de Homs y entre las facciones de la zona rural septentrional de Homs, a las que se acusaba de no haber hecho lo suficiente para romper el asedio. Sarut apareció posteriormente en un vídeo rechazando acusar a nadie e invitando a superar unos errores que no especificaba, así como llamando a la unidad de filas.
Posteriormente, Abdelbasit apareció en muchos vídeos en los que rechazaba la idea de salir de Homs, considerando que todo ello era resultado de la traición del mundo entero, incluidas las facciones opositoras que estaban negociando las condiciones de la salida. A mediados de febrero de 2014, apareció en un vídeo rodeado de un grupo pequeño de gente gritando contra la idea de la negociación, la salida de Homs o la firma de cualquier pacto con el régimen. Dicho vídeo sirve como síntoma de los grandes cambios que estaba experimentando el joven, en permanente duelo por su ciudad, sus hermanos y sus compañeros. En el vídeo solo aparecen banderas salafistas blancas y negras y todos se encomiendan al cielo exclusivamente para salvar a Homs de la caída y el exilio forzado. Además, se insiste en que Homs no debe seguir el camino de otras zonas que habían firmado treguas con el régimen, como Berzeh y Moaddamiya, cerca de Damasco.
En mayo de 2014, menos de tres meses después de ese vídeo, los autobuses verdes del régimen ejecutaban la primera operación de exilio forzado en Siria y vaciaban Homs de aquellos combatientes y civiles que aún quedaban en ella, enviándolos a la zona rural de Homs más al norte. Sarut no aparece en ninguna imagen ni vídeo de los muchos que se grabaron durante la salida de civiles y combatientes, y parece claro que finalmente había capitulado obligado ante la idea de marcharse, una vez que la mayoría de los asediados lo había hecho, no teniendo otra alternativa que la muerte por inanición, o por impacto de bala o proyectil.
Unas horas antes de la salida, Sarut había hablado en un vídeo publicado posteriormente, con una tristeza y devastación que no se habían visto antes, diciendo que tenía un reproche que hacer al Frente de Al-Nusra y Daesh. Aun considerando que tenían los mismos objetivos que los asediados, les afeaba que algunos sectores de ambas organizaciones tachasen a los revolucionarios de Homs asediados de “drogadictos e infieles”, utilizando expresiones como que Homs no debía abandonarse para que la habitaran “los alauíes, los cristianos, los chiíes, los libaneses y los iraquíes”.
Este vídeo dice muchas cosas sobre las que conviene detenerse. La primera es que, si Al-Nusra y Daesh acusaban a Sarut y sus compañeros de infieles, eso significa que no se habían unido a dichas organizaciones, y que Sarut tenía un objetivo central, que era derrocar al régimen por la fuerza, algo que expresó en ese y otros vídeos, diciendo que rechazaba “la politización”, refiriéndose con ello a su rechazo a unirse a cualquier facción que tuviera un proyecto distinto de luchar contra el régimen. Sin embargo, en contrapartida, parece claro que Sarut estaba inmerso en el discurso de las fuerzas islamistas y salafistas, incluidos los esfuerzos por hacer prevalecer la legislación de Dios sobre la tierra, según dijo en el mismo vídeo. Del mismo modo, quedó claro que había comenzado a percibir el conflicto con el régimen como uno religioso y sectario, en el que todos “los musulmanes” debían aliarse y apoyarse, incluidos Al-Nusra y Daesh, como también expresó en dicho vídeo.
Durante su estancia en la zona rural septentrional de Homs, pasó por varias localizaciones: Al-Dar al-Kabira, Rastan, etc. Puesto que la zona rural también estaba asediada, la situación de las facciones en su interior era especialmente complicada. Samer al-Homsi, activista de comunicación en la región de Al-Houla, en esa zona de Homs, comentó a Al-Jumhuriya que: “Los combatientes sufrían una enorme carencia de armas: no tenían suficiente armamento pesado para enfrentarse al del régimen, mucho más numeroso, que nos asediaba por todas partes. La toma del control por parte de Daesh de la zona de Aquirbat, en el desierto al este de la zona rural septentrional de Homs, le permitió introducir dinero y armas a sus pocos miembros allí”.
Poco antes de eso, Abdelbasit había participado en la fundación del Batallón de Homs, una facción que portaba la bandera de la revolución y carecía de orientaciones ideológicas, según Khaled Abu Salah, activista político de Homs y amigo de Sarut, que añadió que en aquel momento el objetivo de este último era: “Regresar para liberar Homs, pero las difíciles condiciones y la inefectividad de las facciones de la zona rural en este sentido lo obligaron a él y su grupo a actuar en solitario y lanzar operaciones relámpago contra las fuerzas del régimen en las afueras de la región para apoderarse de armamento y continuar la lucha”.
En ese momento, según Khaled Abu Salah, alguien se puso en contacto con Sarut y le prometió armas a cambio de rendir pleitesía al “Estado” (Islámico), algo a lo que Sarout se mostró dispuesto, tal y como él mismo confirmó en más de una ocasión, a condición de que ello fuera exclusivamente para enfrentarse al régimen, algo que se conoció como “pleitesía de la lucha”, un concepto que se extendió entre las facciones sirias y que significaba que dicha pleitesía se limitaba exclusivamente a la colaboración en la lucha contra el régimen, sin integrarse en el cuerpo de la organización ni en su proyecto político.
La relación entre ambos bandos no duró más que unas semanas, tras las cuales Sarut rompió su relación totalmente con esa persona y todas las partes que habían anunciado su disposición a rendir pleitesía a la organización del Daesh en la zona rural septentrional. A esto, añade Khaled Abu Salah: “Cuando los juristas de la organización del Estado (Islámico) entraron en dicha zona posteriormente, exigieron a Sarout que rindiera pleitesía a la organización, pero él se negó y adoptó una postura muy dura contra ellos”. Posteriormente, anunció la independencia de la brigada Mártires de Al-Bayada de cualquier organización o facción en un vídeo grabado en agosto de 2015. Más adelante, y mientras estaba en Estambul tras su salida de la zona y de Siria, Khaled Abu Salah grabó un largo encuentro con él en el que esclarecía todos los puntos grises de la historia. En él dijo que se había retractado de la idea de rendir pleitesía cuando hubo comprendido que el proyecto del Daesh era gobernar a los habitantes de la región y no enfrentarse al régimen, y cuando vio cómo se excedían y cometían errores (no especificados) miembros cercanos a la organización o considerados pertenecientes a ella. También comentó en un encuentro con el canal Orient TV a comienzos de 2018 que se había retractado después de saber que la organización venía a “luchar contra los revolucionarios, los musulmanes y las personas que estaban conmigo bajo asedio”.
Aunque negó haber rendido pleitesía, Sarut tuvo que enfrentarse al hostigamiento de las facciones de la zona, especialmente el Frente de Al-Nusra, que desembocaron en una campaña contra su brigada en la que murieron nueve de sus compañeros en noviembre de 2015 y culminaó con la salida de Sarut de la zona rural septentrional de Homs, y finalmente de Siria hacia Turquía, a principios de 2016. 
En Turquía, Sarut estuvo entre Gaziantep y Estambul donde participó en manifestaciones de apoyo a Alepo, cuyos barrios orientales habían sido cercados por el régimen, que también había iniciado los ataques contra ella y el exilio forzoso de su población a finales de 2016. Khaled Abu salah dice que Abdelbasit no quería quedarse en Turquía, pero que las amenazas de Al-Nusra de detenerlo le impedían volver. “Tras la caída de Alepo en manos del régimen, las manifestaciones volvieron al norte y Abdelbasit y yo regresamos a Siria y participamos en ellas. Aunque muchas personalidades conocidas de Homs me ayudaron a mediar con las facciones, Ahrar al-Sham y el Frente de al-Nusra estaban obcecados en detenerlo”. Y de hecho, unos meses después de su retorno a Siria, una ronda de Tahrir al-Sham (anteriormente Al-Nusra) lo detuvo y lo mantuvo en régimen de aislamiento durante 37 días, hasta que lo pusieron en libertad gracias a una mediación, según Abu Salah.
A su salida del centro de detención de Al-Nusra, Abdelbasit decidió viajar con algunos de sus compañeros del primer grupo, la brigada de los Mártires de Al-Bayada, a la zona rural septentrional de Hama, para establecer cuarteles en los frentes, el punto más cercano a Homs al que podía llegar. Abdelbasit y sus compañeros participaron en muchas batallas junto a otras facciones, pero de forma independiente, hasta que en los últimos días de 2017 se unieron al Ejército de Al-Izza (el orgullo, la dignidad), una de las facciones del Ejército Sirio Libre activa en la zona rural septentrional de Hama. Abu Salah explica a Al-Jumhuriya que: “Abdelbasit decía que esta facción no tenía sedes de seguridad ni cárceles (…). Nosotros no gobernamos a los civiles, sino que los defendemos”.
Parece que la decisión de Sarut de unirse al Ejército de al-Izza suponía una continuación de su trayectoria marcada fundamentalmente por el objetivo de derrocar al régimen sirio. El Ejército de Al-Izza es conocido por haberse negado a luchar contra las otras facciones contrarias al régimen, incluidos Daesh y el Frente de Al-Nusra, y por no pretenderdominar a la población o gobernarla en las zonas en que está o ha estado desplegado. Si bien tiene una tendencia y un discurso islamista claro, se ha mantenido comprometido con la bandera y la denominación de Ejército Libre hasta el momento. Además, se trata de una facción que ha insistido en múltiples ocasiones en su rechazo a los acuerdos de Astaná y Sochi entre Rusia y Turquía, aunque en la práctica los haya acatado.
Los cantos y las proclamas no abandonaron nunca la vida de Sarut, pues unas veces aparecía recitando poesía para animar a sus compañeros de armas en los frentes, y otras, cantando o lanzando proclamas entre los manifestantes de Ma’arrat al-Nu’man y otros lugares. Hasta los últimos instantes de su vida, no dejó de hacer todo lo posible para enfrentarse al régimen.
Durante las últimas batallas que se libraron en las zonas rurales septentrionales y occidentales de Hama, Sarout estuvo en el frente junto al Ejército de al-Izza y apareció en un vídeo hablando de los avances de las facciones opositoras en Tell Malah. Khaled Abu Salah cuenta que: “Tras la liberación de la región entre Tell Malah y Al-Jabbin, Sarut recibió, mientras estaba en el frente, la noticia de que un grupo había sufrido los bombardeos contra la retaguardia, por lo que decidió coger el coche para auxiliarlos. Cuando puso el motor en marcha, un proyectil impactó contra el lugar, aunque nadie resultó herido. Al ponerlo de nuevo en marcha, llegó otro proyectil, que hirió a Sarout en el vientre, la pierna y el brazo, por lo que fue atendido en el punto médico de Khan Sheijun”.
Quienes lo auxiliaron quisieron trasladarlo al hospital de Al-Dana, en la zona rural al norte de Idleb, pero sufrió una grave hemorragia que les obligó a detenerse en Ma’arra, insistiendo en transfundirle sangre y después llevarlo a Al-Dana. Abu Salah dice que se pudo controlar la hemorragia en el hospital y se le pudo estabilizar, por lo que lo trasladaron el jueves 6 de junio, a través del paso fronterizo de Bab al-Hawa al hospital de Rihaniya, y después a Antakia, en Turquía. Sin embargo, su situación empeoró, algo que Abu Salah atribuye a sus continuos traslados y su fuerte hemorragia.
La mañana del 7 de junio de 2019, Abdelbasit Sarut caía mártir a causa de las heridas, concluyendo con su muerte una corta y épica vida plagada de transformaciones, batallas y sangre. Su cuerpo fue trasladado al interior de Siria y enterrado en Al-Dana, en la zona rural de Idleb. Los dolientes cargaron el cuerpo del mártir Sarut sobre sus hombros, acostumbrados a llevar su cuerpo vivo para que dirigiera las proclamas y cánticos de los manifestantes. En vez de gritar a su lado, como de costumbre, lanzaron proclamas por él mientras lo enterraban lejos de Homs, ciudad cuyo asedio había luchado por romper durante los últimos años de su vida, con el deseo de volver a ella después del exilio. 
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A pesar de que la vida de Sarut muestra una fuerte impulsividad y una eterna disposición a enfrentarse a la muerte sin pensarlo dos veces, su misma vida nos indica también que los últimos años de su vida no fueron una precipitación a ciegas hacia la muerte, sino que todo fue fruto de una decisión consciente de aceptar el desafío hasta el final. Su revolución tenía un camino marcado y no se trataba de una mera explosión de emergencia. En este sentido, Sarut fue dueño de su destino y caminó por los derroteros que lo hizo partiendo de una combinación de pensamiento e impulsos, y la prueba de ello son los largos meses que pasó herido, por ejemplo, en la zona rural de Homs, para regresar de nuevo y hacer lo mismo que había provocado sus heridas.
Lo que pretendemos con esto es señalar que muchos de los argumentos de defensa de Sarut y su vida se han basado en su “simpleza”, y en decir que las circunstancias lo llevaron, obligado y no por elección, por el camino que siguió. Sarut no era simple, si con ello nos referimos a que no comprendía el significado ni las dimensiones de lo que hacía y decía, y tampoco es cierto que no eligiera su camino, pues a pesar de la tremenda dureza y dificultad de las circunstancias objetivas, la voluntad interacciona con ellas y elige su camino de entre las opciones disponibles, sean muchas o pocas. Las condiciones en las que vivió Sarut no eran solo las suyas, pero su destino y su camino no fueron el destino y el camino de todos los que vivieron con él las mismas circunstancias.
No obstante, también es cierto que Sarut carecía de la preparación teórica y de pensamiento suficiente que le ayudara a expresar sus ideas, o a pensar de forma sistemática sobre sus circunstancias y tomar las decisiones en base a ello. Incluso cuando se acercó al discurso salafista, el núcleo de sus palabras siguió girando en torno a las ideas del “valor”, el “honor”, la “autodefensa y la defensa del honor y la sangre”. La carencia de preparación mental se muestra también en su continuo “rechazo a la politización” y otras expresiones del tipo “a nosotros nadie nos va a politizar”. La vida del mártir y sus dichos indican que se refería al rechazo a la negociación con el régimen y a insertarse en cualquier proyecto de gobierno y administración de la vida de las personas antes de derrocar al régimen. Sin embargo, en el núcleo de esta postura suya hay una política clara, que es a fin de cuentas lo contrario del “rechazo a la politización”, cuando se muestra como una disposición a identificarse con cualquier parte que considere al régimen un enemigo también, independientemente de lo ostentosamente claro que sea su proyecto político, como en el caso de Daesh y Al-Nusra. La “politización” para Sarut era considerar todo lo que no fuera el único objetivo -destruir el régimen asadiano- “caminos tortuosos”, en un radicalismo unidireccional, en el cual solo había una batalla claramente definida y justificada y un único enemigo completa y definitivamente determinado, mientras que todo lo demás eran “distracciones” que había que rechazar. Se trata de una forma de pensar similar a las teorizaciones de la mayoría de movimientos radicales contemporáneos en toda su variedad, que ven en EEUU, Israel o el capitalismo mundial al “Leviatán”.
¿Es esta una justificación o apología velada del discurso, las expresiones o las posturas adoptadas o expresadas por Abdelbasit Sarout, cuando muchos revolucionarios sirios rechazan –entre ellos, quienes escriben estas líneas- su discurso transigente o positivo sobre Daesh y el Frente de Al-Nusra en algunos momentos, y sus expresiones insufladas de sectarismo? De ninguna manera, del mismo modo que no supone criminalizar a quienes consideran que tales aspectos no pueden pasarse por alto, o quienes creen que el posterior esclarecimiento por parte de Sarut de todas las ambigüedades no es suficiente. Ese es “nuestro problema” con él y ojalá no estuviéramos sometidos a la criminalidad asadiana y Abdelbasit estuviera vivo entre nosotros, para discutir con él un día estos temas a fin de que se retractara y disculpara o, simplemente, no hubiera entendimiento alguno. Nos han privado, tanto a nosotros como a Abdelbasit de esto también.
Para ser justos con la historia y el país, con la muerte, la destrucción y el dolor, debemos rechazar centrarnos en esas etapas aisladas de su coyuntura y su contexto y negarnos a repetirlas compulsivamente como si se tratara de la historia de Sarut al completo o incluso toda la historia de la revolución siria según la presentan Asad y sus apologistas. ¿Es el problema de los asadistas, del periódico libanés Al-Akhbar, de los medios de Putin o de los que han dirigido la campaña electrónica para borrar todo contenido positivo sobre Sarut en Facebook que Sarut hiciera una declaración extremista en un momento determinado o que izara esta u otra bandera o que soltara ese insulto sectario? Claro que no. Su problema con él es que se levantó contra Bashar al-Asad, que es el mismo problema que tienen con todos nosotros, los activistas pacíficos y los combatientes, los sectarios y los patriotas demócratas. Y ese es su problema con la revolución siria en su conjunto, con todo lo que comprende y todo lo que conlleva.
Parece que el martirio de Sarut ha abierto hoy una ventana hacia nuestra memoria del 2011, de nosotros mismos y de nuestras percepciones de aquel entonces, un entonces que nos cambió a todos, un entonces en que sentimos que éramos dueños de nuestro destino y de nuestras elevadas y roncas voces. Y precisamente por eso, porque Sarut es un símbolo de ese entonces, los asadistas y sus protectores intentan privarnos de él y de ello. La campaña del régimen y sus aliados para borrar la vida de Sarut y las publicaciones sobre él es indicativa de su pánico ante la revolución al completo, y de que son plenamente conscientes de la importancia de librar la batalla de la narrativa. Frente a eso, no podemos más que seguir insistiendo en librar esa batalla y certificar sus detalles con todo el amor y la imparcialidad que podamos, para proteger nuestra memoria, a nosotros, al 2011 y a la revolución siria contra el régimen asadiano, y para proteger a Siria.

viernes, 31 de mayo de 2019

Oliver Atom o el "líder padre"

Texto original: Al-Hayat
Autor: Roger Asfar
Fecha: 15/05/2018

Anoche se celebró la gala de entrega en diferentes categorías del Premio Samir Kassir a la Libertad de Prensa en Líbano. Roger, un buen amigo, ganó el premio al mejor artículo de opinión con este texto, agradeciendo, en su discurso,a la revolución siria la inspiración, y recordando que, "a fin de cuentas, nosotros permaneceremos y él caerá". En homenaje a Roger, hemos decidido publicar la traducción del texto.



Cuando Asad, sin su cachorro, era “nuestro héroe” secreto también.

Hubo una época en que los personajes principales de los programas infantiles eran los héroes de muchos niños sirios: Oliver Atom, de la serie “Campeones”; Ícaro, de “Goleadores”, el pescador Sanpei; y Mowgli, el niño de la selva. No resultaba sencillo escoger a tu héroe particular de entre los dibujos animados que se emitían en Siria, pues muchas de las series parecían inspiradas en alguna novela trágica del ruso Máximo Gorki, en la que un niño deambulaba buscando a su familia perdida o una niña se quedaba huérfana y, sumida en la pobreza, se convertía en blanco de los abusos de la directora del colegio.

Los héroes de las historias que habían hecho las delicias de nuestras abuelas jugaron también un papel clave en el la conformación de la imaginación y el disfrute de los niños: el sabio Hasan, Antara ben Haddad, etc. Sin embargo, y a pesar de que ocupaban un lugar destacado en la educación de esos niños, los “héroes” religiosos, como los profetas, se perfilaban como seres al margen de la realidad, por lo que, tal vez, se situaban en una posición por encima de los héroes.

Por otra parte, en la vida real, lejos de los dibujos y los personajes imaginarios y sagrados, antes de esta era nuestra de las redes sociales, nuestras opciones, como niños en Siria, eran bastante poco variadas, pues la imagen del presidente luchador estaba en todas partes: en clase sobre la pizarra, en la calle, en los edificios gubernamentales, en tu casa entre tus libros y cuadernos escolares… No había escapatoria. Era el héroe que se te imponía por artículo 33. Poco después, se colaron en el imaginario de aquellos que nacimos a finales de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado las imágenes de Basel, el hijo del líder luchador, que nos miraba desde lo alto, a lomos de su caballo o con sus solemnes gafas de sol de tipo Ray-Ban y su atuendo militar moteado, muy distinto de la ropa arrugada de los soldados que veíamos a pie de carretera.

Mi tío materno, que era un obseso de la música y tenía una personalidad misteriosa a la par que cariñosa, tenía relación con Basel, al que se le añadía por aquel entonces el artículo determinado, que lo convertía, por el significado de su nombre en “El Valiente” (Al-Basel). Mi tío no dejaba de alabar su personalidad en casa, mientras que, en la escuela, en las clases de plástica, era habitual la tarea de dibujar al Líder y a Basel. Ha de reconocérsele al régimen del líder luchador que no nos reprendiera por deformar su aspecto en nuestros intentos, cargados de buena intención, de dibujarlo. Aún hoy recuerdo la letra y melodía de las canciones que llevo quince años sin escuchar, como si las hubiera escuchado ayer mismo: “Abu Basel (el padre de Basel) es nuestro líder, oh tú con tu frente alta, mantienes en paz y proteges nuestro país de los peligros de la noche”. Ahora bien, puedo decir con orgullo que mis intentos artísticos eran muy limitados, pues solían estrellarse al intentar dibujar la frente alta [1]. Digamos que las gafas Ray-Ban y el traje moteado eran más sencillos.

Basel “cayó mártir” en un accidente que conmovió a muchos. Creo que mi tío lloró mucho, mientras que nosotros, naturalmente, nos alegramos por no tener clase durante varios días de forma inesperada, aunque nos prohibieron cualquier expresión de alegría infantil. En el patio del colegio, entonamos melodías populares mientras nuestros dos compañeros, Basel y Bashar, se subían cada uno a hombros de otro compañero y lanzaban vítores, que repetimos con ellos: “No sufras, no dudes: Basel se ha marchado, pero aquí llega Bashar”. Apenas habían pasado tres días del “martirio” de Basel, y estábamos en cuatro de primaria.

Unas semanas después, se plantó un pequeño olivo en un rincón ciudadosamente preparado para ello, a cuyo lado se colocó una losa de mármol con la siguiente expresión: “El árbol de la eternidad del mártir Basel”.

Un tiempo después, durante un campamento de scouts en un pueblo cercano de Wadi al-Nasara (Valle de los Cristianos), fuimos a jugar al patio de la escuela pública y allí, como siempre, había una placa con la fecha de inauguración de la escuela y una alababa a semejante don del líder padre. Como de costumbre, en la placa se había incluido un perfil de metal en relieve del busto del líder padre, siempre omnipresente. No sé qué me empujó a destapar el marcador y dibujar una marca roja en el ojo del líder eterno… Tal vez fuera un intento de romper la dictadura del color gris en la cabeza que ya acusaba el paso del tiempo en el patio de la escuela. Volvimos a nuestro campamento base después de un largo día de salida por el valle. Al día siguiente, mi monitor me llamó temblando: “¿Qué has hecho?” Se me había olvidado por completo, y me lo tuvo que recordar: no supe cómo justificarlo.

En tercero de secundaria, mis profesores se dieron cuenta de que tenía una excelente dicción, por lo que siempre me encomendaban la tarea de escribir los discursos y leerlos en las festividades o conmemoraciones nacionales frente a los estudiantes de secundaria y bachillerato. Dichas festividades eran los aniversarios del “bendito Movimiento Correctivo”[2], “la guerra de liberación de octubre”[3], “el nacimiento del colosal partido”[4], etc. Solía leer el discurso subido a una especie de plataforma elevada sobre los estudiantes en una plaza a medio camino entre la arquidiócesis y la iglesia. Mientras yo leía desde la sombra, los demás estaban al sol, entre ellos, mi hermano mayor y sus amigos. Era habitual que los estudiantes me interrumpieran, cada vez que se mencionaba el nombre del líder eterno, con aplausos y vítores. Mi hermano y sus amigos, por diversión y ganas de armar barullo, me interrumpían prácticamente cada diez segundos, aunque no hubiera mencionado las palabras mágicas, gritando: “Sacrificamos nuestra sangre y nuestra vida por ti, Hafez; Hafez al-Asad es el símbolo de la revolución árabe”. Sabían que ningún profesor ni miembro de la dirección, ni siquiera el sacerdote encargado, se atreverían a reprenderlos.

Por mi parte, no tenía otra forma de vengarme más que alargando mi discurso todo lo posible con alabanzas al líder padre luchador y la enumeración de sus proezas y bondades para mantenerlos al sol el mayor tiempo posible.

Tres años después de ese campamento, fuimos a otro. Pasamos la noche en vela conversando sobre quién era el ejemplo a seguir de cada uno de nosotros y por qué. Cuando llegó mi turno, dudé unos instantes antes de decir: “Hafez al-Asad”. Justifiqué mi respuesta haciendo alusión al libro de Patrick Seale sobre la vida del líder luchador: cómo había salido de un entorno modesto en el que se privó de muchas cosas para llegar a lo más alto de la pirámide del poder en el país… Estaba de veras maravillado por él y era mi héroe, aun cuando tenía una vaga idea entonces de su “otra cara”.

Hafez al-Asad, y a veces Basel y Bashar, eran, consciente o inconscientemente, los héroes de muchos de nosotros, lo entendiéramos o no. Miro hoy a mi alrededor y observo a la mayoría de opositores al régimen sirio: instituciones y organismos de la oposición política, facciones y milicias militares opositoras, con toda su diversidad, las muchas –montones- de organizaciones e instituciones de “la sociedad civil” siria y nuestros comportamiento en las redes sociales… ¿Después de 7 años, se han creado o generado modelos de autoridad, gestión o trato distintos del asadiano baazista?

Aguerridos opositores que se vuelven asadistas en cuanto se menciona al otro, ya sea representante de un país como Líbano, por ejemplo, o de una etnia, como sus conciudadanos kurdos. Directores de organizaciones civiles que hablan en nombre de la revolución y no saben hacer otra cosa que sembrar ojos y oídos por todas partes para redactar informes, discriminar, provocar y exigir lealtades personales… Y muchas otras cosas que es mejor no mencionar.

Tanto Asad padre como sus hijos eran nuestros héroes, y parece que lo seguirán siendo –por mucho que nos empeñemos en negarlo y nos avergüence– hasta que llegue un día en que el cachorro que todos llevamos dentro salga de nuestro interior y entonces, solo entonces, nos liberemos de la carga de nuestros héroes.

[1] Puede tratarse de un chiste con la prominente frente de Hafez al-Asad y el tamaño desproporcionado de su cabeza
[2] Llegada de Hafez al-Asad al poder para “corregir” la deriva demasiado hacia la izquierda y pro-palestina del liderazgo anterior del Baaz.
[3] También conocida como guerra de Yom Kippur, contra Israel, en 1973.
[4] El Baaz se fundó 7 de abril de 1947. 


domingo, 21 de abril de 2019

Cómo Bashar al-Asad nos ha arrebatado su Siria homogénea

Texto original: Al-Jumhuriya

Autora: Sawsan Abou Zainedin

Fecha: 18/04/2019

Aliaa Aboukhaddour

Bashar al-Asad ha logrado tener su Siria homogénea. Lo dijo hace unos dos años, el 20 de agosto de 2017. Se lamentó apresuradamente por la pérdida de los “mejores” jóvenes del país y de una infraestructura que había costado “el dinero y sudor de varias generaciones”, pero tranquilizó a sus masas diciendo que había ganado una Siria “más sana y homogénea en el sentido literal, y no en el sentido retórico o en el lenguaje de los cumplidos”. Aseguró, además, que “la orientación futura de la política siria se basará en seguir luchando contra los terroristas y aplastarlos en todas partes, así como en las reconciliaciones nacionales que han demostrado su efectividad en sus diferentes formas”, y en “seguir con los contactos en el exterior y el mantenimiento de la economía, que ha entrado en la etapa de recuperación”.

Unos pocos meses después de ese discurso, Bashar al-Asad impondría el asedio a Al-Guta oriental en Damasco, “la aplastaría”, la destruiría y la dejaría reducida a escombros, atacaría a su gente con armas químicas, y los perseguiría barrio por barrio. Lanzaría ataques contra sus refugios, enviaría a sus tropas a tomar fotografías para el recuerdo con los rostros atemorizados en el interior de esos refugios, y después, “se reconciliaría con ellos”. Les daría a elegir entre el exilio forzado en sus autobuses verdes hacia el norte de Siria, al otro lado de la frontera de su Siria homogénea, o fusionarlos en su territorio, donde serían llevados a centros de acogida, donde serían detenidos y torturados hasta la muerte, y donde gritarían “en cuerpo y alma (nos sacrificamos)” por Bashar al-Asad, y después serían enviados a la guerra en su nombre y bajo su bandera… Lucharían para ampliar las fronteras de su Siria homogénea.

Bashar al-Asad había “aplastado” ya la zona histórica de Homs, Yarmuk, Daraya, el barrio Al-Waer de Homs, Moaddamiya, Al-Tall, Khan al-Sheikh, Alepo oriental, Wadi Barada, Zabadani, Madaya, Al-Qabun y Berze[1], y “aplastaría” después los barrios restantes del sur rebelde de Damasco, la zona rural norte de Homs y Daraa. “Se reconciliaría” con su gente ofreciéndoles sus dos alternativas, y después, pasaría a iniciar una nueva fase del diseño de sus fronteras en los frentes de Idleb, continuando su batalla por la imposición de la homogeneidad.

Los investigadores especializados en urbanismo dicen que la imposición de la homogeneidad es una forma de exterminio, llamado urbicidio [2], en un intento de establecer un paralelismo con el genocidio desde una perspectiva urbanística. El urbicidio es uno de los nuevos tipos de guerra que se libran en nombre de las políticas de identidad. No es una guerra que se declare contra las ciudades en un intento de dominarlas geopolíticamente, sino una guerra que se libra por medio de las ciudades, que las manipula y que hace de sus calles, plazas, zonas residenciales y redes de suministro de electricidad y agua instrumentos que se amoldan para acabar con uno de los grupos que la habitan, diferente por razón de religión, etnia, nación o política, o incluso económica, con el fin de alcanzar una sociedad homogénea, en la que no hay sitio para el diferente. La imposición de la homogeneidad es una forma de exterminio.

El concepto de urbicidio se introdujo inicialmente para referirse a los enormes proyectos de desarrollo urbanístico que derribaron los barrios de Nueva York desde los cincuenta del siglo pasado, dejando a su paso grandes núcleos de residentes trasladados forzosamente y despojados de su memoria urbanística: habitantes de viviendas irregulares o viviendas ilegales o, en el mejor de los casos, de zonas marginales antes de ser borrados de la faz de la tierra -como daño colateral- para dar servicio a zonas más importantes. A pesar de que el término estuvo en auge en los sesenta y setenta, tras escribir sobre él Ada Louise Huxtable en el New York Timesen 1968 [3], se cree que lo acuñó Marshall Berman [4], que se refirió a las víctimas de estos proyectos de desarrollo urbanístico en 1987 así: “Son las víctimas de un gran crimen sin nombre. Pongámosle nombre ahora. Llamémoslo urbicidio: el asesinato de la ciudad”. [5]

Desde entonces, se ha extendido el uso del concepto en varios lugares de la geografía mundial y en múltiples contextos, entre los más conocidos, la guerra de Bosnia, la guerra civil libanesa y las políticas israelíes contra los palestinos. El concepto se ha manifestado en estos contextos mediante diferentes prácticas, entre ellas, la que se basa en la dimensión material de las ciudades con su doble faceta destructiva y constructiva, así como lo que tiene que ver con la paralización de la vida en dichas ciudades. Lo que une a estas prácticas es su lógica política intrínseca y que pretende imponer la homogeneidad y acabar con el otro diferente que hace de la diversidad un peligro que amenaza a dichas ciudades.

Desde esta perspectiva, el discurso de Bashar al-Asad de 2017 fue una confesión velada de que su guerra en Siria era una forma de urbicidio. Se trata de un asesinato urbanístico en el que se militarizó la organización espacial de la ciudad de forma sistemática desde el primer día de la revolución -o incluso antes- para iniciar la guerra y escalarla, con el objetivo de preparar el territorio para una Siria homogénea tras la guerra. La Siria de la que se ha erradicado a todo aquel que impregnara su identidad con adscripciones religiosas, geográficas o agitaciones políticas, o incluso aquellos a quienes su clase social o situación económica no les permitiera adquirir un sitio propio en el país, sitio que sería ofrecido a los secuaces de la élite política, social o económica en forma de terreno en el que invertir.

La historia del urbicidio en Siria comienza con los muros recubiertos de las consignas “Asad o quemamos el país”. “El país” que el régimen quiere es un país definido por Asad. Las ciudades que decidan definirse por cualquier otra adscripción serán quemadas y serán testigo del asesinato que comenzará con sus casas, calles, plazas, redes eléctricas y terrenos, y terminará convirtiéndolas en parte del todo homogéneo, aunque sean ciudades fantasma.

El asesinato de los sitios: la destrucción arbitraria sistemática

No se puede decir que la ingente destrucción en Siria sea mero resultado de las operaciones militares, pues el volumen de destrucción y su expansión geográfica, lejos de los frentes y en el corazón de los barrios residenciales y sus centros de servicios, exclusivamente en los bastiones de la revolución, y en las zonas con dimensión estratégica política y económica -además del hecho de que la mayor parte de esa destrucción se ha producido mediante barriles explosivos, cuya destrucción es totalmente al azar, y no con armas de precisión en la selección de objetivos- sugiere que esta destrucción no es arbitraria ni ha sido un daño colateral de operaciones militares concretas, sino que es un instrumento de la guerra por la homogeneidad.

Homs, la mitad de la cual ha sido destruida, es un buen ejemplo. Se dice que el objetivo de la destrucción en dicha ciudad eran las zonas que estaban incluidas en un proyecto de planificación urbanística problemático que había sido planteado en 2007 por el gobernador de Homs en aquel momento, Iyad Gazal, denominado “el sueño de Homs” [6]. “El sueño de Homs” tenía por objetivo las zonas pobres, las de construcción irregular y las construcciones ilegales, además de algunas zonas del centro de la ciudad. El proyecto provocó una gran polémica entre los habitantes de la ciudad porque implicaba la posibilidad de que sus terrenos fueran expropiados y sus propiedades destruidas, y que se firmaran contratos inmobiliarios sospechosos so pretexto de desarrollar, expandir y modernizar el centro de la ciudad. Dichas protestas populares vinieron acompañadas de concentraciones y lemas que exigían a las autoridades locales “que no se abonen los jardines de Homs con la sangre de sus dueños”, haciendo referencia al hecho de que un agravamiento en la situación llevaría al derramamiento de sangre. A pesar de que las autoridades locales aseguraron a los ciudadanos que el proyecto no conllevaría la confiscación de sus tierras de forma arbitraria, en un intento de contener su enfado, el gobierno comenzó a expropiar terrenos en 2009, y continuó preparándose para implementar el plan hasta que se inició la revolución en 2011. Esta eventualidad conllevó la paralización temporal del plan y la destitución de Iyad Gazal, para intentar contener la ira hasta que se pudiera garantizar la seguridad.

Muchos de los habitantes de Homs consideran que la destrucción posterior de la ciudad era en realidad un intento de imponer disposiciones urbanísticas que revivieran el proyecto del “sueño de Homs”, pero en el contexto político, y de forma que se pudiera invertir en las exacerbadas divisiones sectarias, de clase y regionales. El asedio y vaciado sistemático de Homs de los años 2012 y 2014, por medio de violentas operaciones militares y acuerdos de exilio forzado en barrios que, en su mayoría, estaban incluidos en el plan de organización del “sueño de Homs” apoyan su hipótesis. El mapa de la destrucción sistemática en Homs [7] dibuja con claridad una curva que comienza por la esquina nororiental de la ciudad, cruza el centro de la ciudad y termina en la zona suroriental, pasando en su mayoría por los barrios de mayoría suní, paralelos a los barrios alauíes, que se han mantenido en gran medida “en buen estado”.

Bab al-Sibaa, Al-Qusur, Baba Amro y Al-Khalidiya son barrios de mayoría suní que han sido testigos de la misma narrativa de destrucción y exilio forzado. La batalla de Baba Amro en sí misma, que se prolongó durante un mes, provocó el exilio de más de 50.000 vecinos del barrio y dejó a su paso la demolición de 600 edificios, más de 200 de los cuales estaban totalmente destruidos. Mientras tanto, los barrios de Firdaus, Al-Ghuta y Al-Mahatta, donde se concentraba la mayor parte de apoyos del régimen y sus centros de seguridad se salvaron de la destrucción, salvo excepciones puntuales. Al-Khalidiya, uno de los barrios más destacados del “sueño de homs”, vivió la destrucción de más de 1.250 edificios y dos mezquitas, una de ellas la de Khaled ibn al-Walid, uno de los símbolos de la ciudad. En Bab al-Dreib, Bab Hud y Bab Tadmor, el corazón y centro comercial de la ciudad y uno de los barrios del plan “El sueño de Homs”, con su mayoría suní, vieron el derrumbamiento de más de 1.200 edificios, incluidos 15 mercados locales.

Para agravar la situación aún más, desde la recuperación por parte del régimen del control sobre estos barrios, no se ha permitido a sus habitantes regresar a lo que queda en pie de sus casas, más que en momentos muy determinados, exclusivamente para recoger aquellas pertenencias que aún estuvieran allí. En 2014 [8], los vecinos de Al-Hamidiya, Al-Qusur y Al-Qarabis pudieron regresar a sus casas, pero la ONU, bajo supervisión del régimen había comenzado únicamente la rehabilitación del barrio de Al-Hamidiya, de mayoría cristiana, mientras que había dejado fuera al resto de barrios. En 2015, el régimen anunció a través de sus medios oficiales que la reconstrucción de las zonas ilegales en Homs se realizaría según lo estipulado en “El sueño de Homs”, y de conformidad con el decreto 66 (que es problemático en sí mismo, como veremos más adelante), que ofrece el marco legal a dicha operación de construcción, reforzando la hipótesis sectaria, regional y de clase en la reconstrucción de Homs y su sueño.

El asesinato de las casas: destrucción sistemática

Entre los años 2012 y 2013, el Ejército Árabe Sirio irrumpió con sus buldócer y explosivos en los barrios residenciales que habían presenciado movilizaciones revolucionarias en Hama y Damasco, antes de tomar el control de los mismos y anunciar el fin del enfrentamiento. Siete barrios al completo, con una extensión de unos 200 campos de fútbol, habían quedado reducidos a escombros, y sus vecinos habían sido expulsados sin ningún tipo de aviso previo ni compensación. Los responsables del régimen declararon que dichos esfuerzos se enmarcaban en el contexto de los proyectos de desarrollo urbanístico para acabar con las viviendas ilegales en la zona, según un informe de Human Rights Watch [9], que había realizado una investigación sobre las operaciones de demolición sistemática. No obstante, una gran parte de los vecinos de dichas zonas poseían los documentos acreditativos de propiedad de sus inmuebles, lo que implica que solo había una razón detrás de dichas demoliciones, confirmada por el gobernador de Damasco, Husein Makhluf, que dijo en una entrevista en octubre de 2012 que dichas operaciones eran “necesarias para expulsar a los combatientes de la oposición”.

El barrio damasceno de Al-Qabun fue uno de esos barrios, 18 hectáreas del cual fueron destruidas en dos momentos diferentes: la primera en 2012, con el trasfondo de los violentos enfrentamientos entre el régimen y los combatientes de la oposición, y el atroz ataque que lanzaron las fuerzas del régimen contra el barrio, tras el cual logró recuperar el control del mismo. La primera operación de demolición duró 50 días, durante los cuales se destruyeron 1.250 locales comerciales y 650 viviendas en cada una de las cuales residían al menos dos familias. La segunda demolición se produjo en 2013 sin que se hayan podido certificar los detalles.

La organización Human Rights Watch concluyó que era imposible considerar estas operaciones como objetivos legítimos, incluso en un contexto de guerra. Las casas derribadas no eran objetivos militares, no se habían utilizado como refugios para los combatientes ni para planificar ni lanzar ataques, ni para almacenar munición o armas. Estas operaciones de demolición no pueden justificarse más que por razones preventivas o punitivas contra una parte de la población que el régimen consideraba un elemento amenazador, ajeno al tejido más amplio, que debía ser erradicado para imponer la homogeneidad. En resumidas cuentas, el asesinato aquí era el asesinato de los hogares. Hicieron la guerra contra las personas en sus casas y los erradicaron.

Del mismo modo que sucedió en Homs, la hipótesis del urbicidio fue corroborada por el hecho de que el consejo de ministros y las autoridades locales habían identificado partes concretas de Al-Qabun para reconstruirlas en abril de 2018. Esas partes no solo incluían las zonas destruidas de forma arbitraria entre 2012 y 2013, sino que incluían también otras zonas que el régimen había atacado en una nueva serie de operaciones de derribo: cerca de 35 hectáreas a lo largo de la autopista internacional entre 2017 y 2018; es decir, tras el último acuerdo de expulsión de Al-Qabun de mayo de 2017, cuando el barrio había quedado convertido en una ciudad fantasma. Esto constata que estas operaciones de demolición no eran únicamente un instrumento de castigo en la guerra por la imposición de la homogeneidad política, sino también parte de un plan más amplio destinado a preparar el terreno de cara a proyectos de reconstrucción que excluyeran a los propietarios de la tierra.

El régimen había cerrado el barrio por completo tras vaciarlo de su gente. En algunas zonas, todo movimiento quedó prohibido, mientras que se permitía a los habitantes entrar en otras zonas a condición de que entregaran sus carnés de identidad en los puestos de control, de que pagaran la tasa de entrada y de que salieran el mismo día en que habían entrado. Parece que el “código” que clasifica a los barrios entre prohibido y condicionado es variable: las clasificaciones de los barrios van cambiando según ciertas circunstancias que solo conocen los responsables del régimen, los únicos que pueden trabajar en la zona. 

Una mujer que fue expulsada a Idleb de acuerdo con el pacto de Al-Qabun contaba que uno de sus familiares logró entrar en la zona (pagando un soborno) para poder conocer en qué estado estaba su casa -que había dejado en perfectas condiciones y en pie cuando fue expulsada- tras varios meses, y que la casa estaba igual. Al año siguiente, su familiar volvió a entrar por el mismo motivo y, esta vez, se encontró su casa reducida a escombros. La propietaria no había recibido ninguna notificación de derribo ni compensación, a pesar de que su casa no se encontraba entre las viviendas irregulares. En cualquier caso, los responsables del régimen no se escudaron en los proyectos de desarrollo urbanístico para eliminar las viviendas irregulares como habían hecho antes, sino que justificaron las nuevas operaciones de derribo con la necesidad de dinamitar los túneles que los “terroristas” habían dejado en la zona.

En cualquier caso, la cuestión de las viviendas irregulares es en sí misma problemática en la guerra siria [10], pues se ha militarizado y utilizado de forma autoritaria. Las políticas del régimen de cara a estas zonas a comienzos del presente milenio oscilaban entre la “legalización y mejora de las viviendas” y su “desarrollo”; es decir, su derribo y reconstrucción. Sin embargo, según parece, la guerra inclinó la balanza hacia la segunda opción. Nada de legalizaciones en las viviendas irregulares o, más concretamente, en las viviendas irregulares de mayoría suní, que acogieron a la revolución en una de sus etapas y, por tanto, acogieron la mayor parte de la destrucción y las demoliciones.

El asesinato de las infraestructuras: la privación de la ciudad

La guerra por la homogeneidad no es exclusivamente una guerra de destrucción y demolición, sino que también es una guerra de manipulación y reconfiguración de las condiciones de vida. La guerra del pan, el agua, la electricidad y las medicinas, la guerra de las calles, los puntos de control, el asedio y la imposición de formas de movimiento, por medio de las cuales se han modificado las redes de las infraestructuras, las instalaciones y los servicios en las guerras de guerrillas lanzadas por el régimen y a las cuales accedieron las facciones armadas.

Como ejemplo, después de que el régimen tomara el control en 2016, Alepo, la ciudad que se encontraba dividida por las líneas de combate desde 2012, quedó vaciada de dos tercios de sus habitantes, que ascendían a cerca de tres millones antes de la guerra. Durante ese período, se destruyeron cerca de la mitad de sus viviendas y un 80% de sus comercios, según los cálculos de la ONU en 2017. La mayor parte de esta destrucción afectó a lo que pasó a conocerse como Alepo oriental, la sección de la ciudad cuyo control había perdido el régimen, y que en su mayoría estaba compuesta por barrios marginales que habían construido los emigrantes de las zonas rurales, que buscaban en la ciudad mejorar su situación económica. A esos barrios se dirigieron posteriormente los activistas desde las zonas de control del régimen en dicha ciudad.

El vaciado de Alepo de sus habitantes no fue un asunto arbitrario. En primer lugar, se centró en la parte de la ciudad que incluía los sectores económicos y políticos no deseados; y en segundo lugar, fue el resultado de una acción sistemática que no se limitó a la destrucción arbitraria de los edificios de las zonas rebeldes, sino que el objetivo fueron las instalaciones, los servicios y las infraestructuras.

Las zonas que controlaba el régimen (llamadas Alepo occidental) no superaban el 35% de los barrios de la ciudad a comienzos de 2014. Sin embargo, la ciudad contenía más de 1.450 puestos de control[11], 1.050 de los cuales aproximadamente pertenecían al régimen, y que estaban distribuidos a lo largo de las líneas de combate y en el corazón de las zonas bajo su control en los barrios residenciales. Controles fijos y controles móviles que no se utilizaban simplemente como forma de imposición de las fronteras del régimen militarmente, sino que se usaban principalmente para filtrar el movimiento en las zonas bajo su control en busca de identidades con adscripciones “amenazadoras” o “no homogéneas”, y así erradicarlas. En el otro lado, los 400 puestos de control de las facciones opositoras se centraban fundamentalmente en las líneas de los frentes y las líneas de suministro principales, y no en los barrios residenciales.

Las facciones opositoras adaptaron las calles de Alepo como arma en su guerra contra el régimen también. El ejemplo más claro tal vez sea el corte de la línea principal de suministro de los barrios de Alepo occidental después de que las facciones lograran tomar el control de Khanaser entre agosto y octubre de 2013. El precio de una bolsa de pan en Alepo occidental llegó a ser de 150 libras en aquel momento, aunque después volvió a estabilizarse en 15, tras una campaña militar del régimen en octubre cuyo objetivo era romper lo que llamó “el asedio”. En ese momento, la bolsa de pan en Alepo oriental costaba cinco veces más.

En contrapartida, la mitad de las panaderías de Alepo oriental quedaron paralizadas a comienzos de 2014. La mayoría había sido destruida sistemáticamente por los bombardeos del régimen. Mientras, en Alepo occidental, ninguna panadería dejó de funcionar debido a la guerra. Alepo oriental presenció las matanzas de las colas del pan que certificó Human Rights Watch [12]. Uno de los trabajadores de un obrador en Bab al-Hadid narró en el informe de la organización que el 21 de agosto de 2012 uno de los helicópteros del régimen estuvo durante horas sobrevolando la zona hacia la hora de apertura de tarde de la panadería. Había más de 200 personas haciendo fila cuando el helicóptero lanzó su proyectil cerca del horno, dejando decenas de cadáveres cubiertos de harina y polvo.

Alepo oriental, en aquel entonces, no sumaba más que unas 6 horas diarias de electricidad, tanto en los barrios cuyas redes de suministro eléctrico habían sido dañadas, como en los que permanecían en buenas condiciones. También se atacaron de forma sistemática y recurrente los puntos médicos de Alepo oriental [13], hasta que no quedaron más que 24 hospitales o centros, según las cifras de la ONU en agosto de 2016, de los cuales diez estaban cerrados, sin ningún médico trabajando en ellos. A finales de 2016, Alepo oriental fue vaciada de su población, que había sido privada de los medios de vida hasta que no quedaron más que 325.000 personas. Esos fueron los que presenciaron el asfixiante asedio y se enfrentaron a la más virulenta campaña militar, antes de que el régimen “se reconciliara” con ellos y los expulsara obligatoriamente en largas filas de autobuses verdes que observamos durante días, quedando Alepo como monopolio de aquellos que el régimen consideraba parte de la Siria homogénea.

Las operaciones de rehabilitación comenzaron en Alepo. La ONU hizo una lista de las zonas que se consideraban prioritarias para iniciar los trabajos, a fin de asegurar el retorno de los desplazados; sin embargo, el régimen la boicoteó con sus propias listas de lo que él consideraba zonas prioritarias. Se delimitaron finalmente 8 zonas, en 3 de las cuales la ONU comenzó a trabajar en un proyecto piloto. Las declaraciones de la ONU sobre el progreso de los trabajos durante 2017 constatan que todos los trabajos de mantenimiento de las escuelas, centros médicos y centros de servicios se centraban en barrios ubicados exclusivamente en Alepo occidental [14].

El asesinato de la tierra y la ley: la guerra de la reconstrucción

Las declaraciones de la UE y EEUU [15] fueron claras en lo que respecta a que no se financiaría la reconstrucción de Siria hasta que se produjera una “verdadera transición política” bajo el auspicio de la ONU. Sin embargo, parece que al régimen, al menos en la actualidad, le son indiferentes estas declaraciones, pues ha comenzado con la reconstrucción.

El régimen se puso un objetivo sencillo al principio: los barrios marginales y las viviendas irregulares, donde no servirían las alegaciones sobre derechos de propiedad en el contexto de la reconstrucción. Proyectos que se formulan bajo lemas de desarrollo urbanístico, y se venden como una reconstrucción del país con una fachada modernizadora internacional, con múltiples torres, zonas verdes, masas de agua e imágenes de niños sonrientes sobre los hombros de sus familiares, que también sonríen y se muestran tranquilos. Son rostros que no se asemejan necesariamente a los rostros agotados, desconcertados o cubiertos de polvo que han visto los asesinatos. Son los rostros de las personas que vivirán, finalmente, en guetos urbanos, verdes, resplandecientes, que no se parecen a lo que hay al otro lado de sus muros: calles abarrotadas y áridas, llenas de edificios ruinosos, grises y feos.

Marota City [16], o “la ciudad de la soberanía” en siriaco, es una denominación inteligente elegida por el régimen “protector de las minorías” para su primer proyecto de reconstrucción por medio del cual volverá a implantar su “soberanía” sobre las “zonas de disturbios”. El propio Bashar al-Asad puso la primera piedra, poniendo así la piedra fundacional de la cara urbanística de su Siria homogénea.

Marota City es un proyecto que se está desarrollando en el centro de Damasco, sobre los jardines Al-Razi, la zona de viviendas irregulares que un día se levantó en revolución contra el régimen, aunque nunca salió del todo de su control. La zona está junto a las embajadas sitas en Damasco, los ministerios, la universidad y los barrios residenciales y comerciales “de lujo”. Los jardines Al-Razi eran una de las dos zonas que señalaba el decreto de 2012, que sentó las bases y las normas jurídicas y financieras para expropiar las viviendas irregulares con el fin de desarrollarlas por medio de inversiones inmobiliarias privadas. Las viviendas fueron evacuadas de forma obligatoria y después derruidas, mientras que su gente solo recibió promesas de alojamientos temporales y frugales compensaciones que apenas cubrían los gastos de alquiler durante unos meses en el mercado inmobiliario de Damasco en constante inflación. Además, las complejas y estrictas condiciones de alquiler hacían de la vuelta a su tierra (que se convertiría en Marota City) algo prácticamente imposible, ya que los gastos de dicho retorno a las torres allí edificadas no podrían sufragarlos más que la “élite” económica del país y los dueños de grandes capitales.

El decreto 66 que comenzaba con dos zonas y después pasó a incluir todas las provincias sirias, convertía a los propietarios de los inmuebles en propietarios de acciones de copropiedad de las fincas asignadas según los nuevos proyectos urbanísticos. 

Los bienes inmuebles se valoran según su estado actual en forma de acciones, sin que la valoración tenga en cuenta el aumento del valor de los inmuebles debido a la especulación resultante de los proyectos de desarrollo urbanístico. Después se valoran las fincas asignadas según los nuevos proyectos y se distribuyen por cupos de acciones de copropiedad entre los derechohabientes en la zona concreta. El decreto permite a los propietarios de las acciones realizar acciones de compraventa entre ellos o con terceros, en su totalidad o en parte, según tres opciones: que se les adjudiquen las parcelas, que participen en la fundación de una sociedad anónima de conformidad con la ley de sociedades en vigor o la ley de desarrollo e inversión inmobiliaria para la construcción, venta e inversión en las parcelas, o que vendan sus acciones en una subasta pública. La tercera opción es a la que se someten quienes no han logrado que se les autorice a escoger las opciones uno y dos, según “decisiones firmes” que adoptan “las autoridades competentes” para garantizar “los intereses de los accionistas”.

Debido a que el valor de las nuevas parcelas del gran proyecto Marota será varias veces superior al valor de los inmuebles de las actuales viviendas que se encuentran en un estado deplorable en los jardines Al-Razi, las cuotas que correspondan a los derechohabientes en este proyecto no serán suficientes para regresar a una vivienda digna allí. No volverá a las viviendas de “la tierra de la soberanía” más que quien pueda pagar el precio de dicho retorno y se mimetice con su identidad neoliberal modernizadora por la que se caracterizará la Siria homogénea.

El régimen, por tanto, ha comenzado la reconstrucción según lo dispuesto en el decreto 66 para abordar la cuestión de las zonas de viviendas irregulares, mientras que se formulan leyes que darán el marco normativo a las operaciones de continuación de las demoliciones de las zonas que no son irregulares, y su reconstrucción sin que los derechos de sus propietarios tengan valor alguno.
Es cierto que la ley no dispone de instituciones que la protejan en Siria, pero el régimen ha sido meridianamente claro en su batalla por su reinvención local e internacional: reconstruirá la Siria homogénea “según la ley”. Una ley arbitraria, injusta, politizada, al servicio de su interés y el de sus secuaces. ¡No importa, siempre que sea una ley!

Y así, desde 2012, cuando seguíamos en gran medida sumidos en la estupefacción que nos generaron las matanzas que se cometían contra nosotros con cuchillos, machetes, artillería, barriles, buldócer y dinamita, se nos pasó fijarnos en las matanzas que se cometerían contra nosotros por medio de leyes que se promulgarían una tras otra en silencio. Leyes que garantizarían que no habría lugar alguno para nosotros -nosotros los iracundos que nos rebelamos contra el sistema político y militar del régimen, o los que no tenemos rostros sonrientes y tranquilos que puedan aparecer en la propaganda de los guetos civilizatorios modernos, ni las cuentas bancarias o las inversiones que pudieran pagar el precio de vivir en dichos guetos-, no hay ningún lugar para nosotros en Siria que se está creando para ser una Siria homogénea. Se nos ha pasado el urbicidio al que estamos siendo sometidos.

Antes del decreto 66, se había promulgado la ley 63/2012 para expropiar “las propiedades de los terroristas”. Esta ley adopta el concepto de terrorismo según la interpretación del régimen, y criminaliza por tanto a un amplio sector de su oposición política, sus allegados y sus conocidos y permite arrebatarles sus propiedades inmobiliarias.

Después, llegó el decreto legislativo 19/2015, que permite a los consejos de administración local la creación de holdings de sociedades anónimas privadas, que gestionan las propiedades de los consejos inmobiliarios sin impuestos. De conformidad con esta ley, se fundó en 2016 la sociedad anónima Dimashq al-Sham, con un valor de 60 mil millones de libras sirias y bajo la dirección del gobernador de Damasco, Adil al-Olabi. Dimashq al-Sham S.A. dirige hoy el proyecto Marota City por medio de varias empresas que han sido concertadas con otras, propiedad de los más famosos capitalistas de Siria, como Rami Makhluf, Samer Foz y Mazen Terzi, con un capital total de 380 mil millones de libras sirias.

Seguidamente, llegó el decreto legislativo 11/2016, que paralizó la actividad en los registros de la propiedad cerrados por la guerra, incluidos aquellos situados en las zonas fuera del control del régimen, convirtiendo toda transacción inmobiliaria en dichas zonas durante todos estos años en proyectos irregulares. Posteriormente, llegó el decreto legislativo 12/2016, que ordenaba la digitalización de los registros de la propiedad según unos requisitos procesales muy rígidos para certificar los derechos de propiedad que serían digitalizados. Ello privaba a quienes habían perdido sus escrituras bajo los escombros de sus casas o durante sus repetidos desplazamientos de su derecho a acreditar que eran propietarios. Por otra parte, dificultaba a otro gran sector de la población que no podía llegar a las instituciones del régimen el registro de sus propiedades, aunque no hubieran perdido la documentación acreditativa.

En 2018, llegó el decreto 3/2018, que obligaba a retirar los escombros de las viviendas destruidas, o las que era necesario derribar según las clasificaciones del régimen, incluidos todos sus enseres, muebles, recuerdos, restos humanos y cadáveres, también según unos trámites rígidos que dificultaban que la gente pudiera acreditar sus propiedades y protestar, o reunir sus pertenencias que yacían bajo los escombros.

El último y más complejo y problemático de todas estas leyes es la ley 10/2018, que fue modificada posteriormente por la ley 42/2018, mediante la cual, comenzaron a declararse una zona tras otra como zonas de reconstrucción a las que se sumarían todos los decretos y leyes anteriores para iniciar nuevos proyectos del estilo de Marota. La ley número 10 se considera una aplicación sistemática del decreto 66 fuera de las zonas de viviendas irregulares, dado que permite a las unidades de administración local escoger las zonas que considere oportunas para iniciar proyectos de reconstrucción según condiciones firmes de tramitación, que exigen a los propietarios de estas zonas y quienes se encuentran en régimen de alquiler acreditar sus derechos inmobiliarios. En caso de no hacerlo, dichas propiedades pasarán a ser propiedad de las unidades administrativas, que podrán disponer de ellas sin necesidad de compensación.

A simple vista, puede parecer que todas estas leyes y legislaciones no merecen todo el ruido que estamos intentando hacer en relación con ellas, pues no difieren demasiado de muchas otras legislaciones que se formulan en la mayor parte de los países, tanto en vías de desarrollo, como desarrollados, para ejecutar los proyectos de lo que se conoce como gentrificación. Dicho proceso consiste en sustituir una clase por otra “más alta” por medio de proyectos de desarrollo urbanístico neoliberal que exigen cambiar la identidad urbanística y cultural de la zona.

Sin embargo, con la situación política, social, económica y territorial en Siria, estas leyes van más allá de ser una mera estructura de trabajo para los proyectos de desarrollo urbanístico neoliberal que llevan a la gentrificación.

La estructura legislativa diseñada para organizar los proyectos de reconstrucción en Siria exigen medidas ejecutivas complejas, que requieren, en el mejor de los casos, que los concernidos se presenten personalmente ante las instituciones del régimen, o lo hagan a través de uno de sus parientes o un apoderado, para acreditar sus propiedades amenazadas, según lo estipulado en estas leyes, por medio de documentos acreditativos legales reconocidos. Todo ello en períodos de tiempo muy limitados. Esto plantea dos problemáticas principales.

La primera es que 11 millones de sirios son hoy refugiados o desplazados internos que no pueden presentarse para acreditar sus propiedades según las condiciones impuestas por razones puramente logísticas: solo el 9% de ellos tienen la documentación acreditativa oficial [17] que les faculta para personarse y acreditar sus propiedades. Además, la mayoría de los exiliados desde las zonas que salieron de control del régimen (que son las que más han sufrido la destrucción y las que estarán incluidas en mayor medida en los proyectos de reconstrucción) no podrán conseguir, casi con total seguridad, los permisos de seguridad para completar la acreditación de sus propiedades. Añádanse cientos de miles de detenidos, secuestrados y desaparecidos forzosos en las cárceles, que no podrán presentarse, ni personalmente, ni por medio de familiares o apoderados. Por tanto, la situación política y de seguridad en el país hace de todas estas leyes un medio claro para despojar a cerca de la mitad de la población de Siria de sus propiedades de forma “legal”, por puras razones logísticas.

La segunda problemática que se plantea es que todas estas leyes abordan el tema de los derechos en los proyectos de reconstrucción según el binomio irregular/regular; es decir, que parten principalmente de un concepto tradicional que no da importancia alguna a los sistemas de propiedad consuetudinarios locales al tratar el tema de los derechos de propiedad. Tan solo cerca de la mitad de las tierras sirias estaba registrada antes de la guerra, y ello sin tener en cuenta que la paralización de la actividad en una parte importante de los registros de la propiedad solo ha empeorado las cosas.

Además de todo ello, el concepto de las viviendas irregulares es espinoso en el contexto sirio, que suele evaluarse según las normas de construcción y las bases de planificación que imponen los sistemas de planificación oficiales, además del tema de los documentos de propiedad. Es decir, que una gran parte de quienes son considerados habitantes de zonas irregulares tienen en realidad documentos acreditativos de la propiedad de sus tierras, pero no necesariamente de sus viviendas, que se construyeron sin licencia o en contra de las normas de construcción y los usos de las tierras.

Desde esta perspectiva, no se puede abordar el fenómeno de las zonas irregulares y las construcciones ilegales según las políticas urbanísticas tradicionales de las instituciones oficiales de planificación en Siria, que en sí mismas, suponían un estímulo para el desarrollo de este fenómeno al ser políticas rígidas, según normas y bases que no podían amoldarse a las necesidades urbanísticas de la gente ni incluir los cambios en la situación, como el aumento de la presión demográfica y las operaciones aceleradas de urbanización. Por tanto, abordar al tema de los derechos en las operaciones de reconstrucción desde la perspectiva obtusa del concepto de viviendas irregulares privará a un amplio sector de la población de sus derechos sobre sus tierras y viviendas.

A tenor de lo comentado anteriormente, puede decirse que la estructura legislativa que el régimen ha promulgado para regular las operaciones de reconstrucción es una estructura excluyente, discriminatoria e injusta, que pretende legitimar las violaciones y prácticas urbanísticas injustas que el régimen ha realizado en múltiples matanzas urbanísticas. Y además constituye el paso más preciso en su estrategia sistemática de diseñar una Siria homogénea, basada en sus intereses políticos y económicos. La Siria en la que ganan los hombres de negocios de su red, que estrechan sus manos ante la planificación de proyectos, mientras se borra a miles de personas de los mapas y se reciclan los escombros de sus casas en acuerdos inmobiliarios que fundan una nueva geografía.

[1] La noticia está disponible en inglés aquí. 
[2] Para más información, puede consultarse este enlace, en inglés.
[3] Artículo disponible aquí, en inglés.
[4] Más sobre él aquí.
[5] Aquípuede leerse el artículo completo, en inglés.
[6] Aquípuede leerse un artículo sobre dicho proyecto, en inglés.
[7] Véase este enlacepara más información, en inglés.
[8] Véase este enlacepara más información, en inglés.
[9] Disponible aquí, en inglés.
[10] Sobre este tema puede consultarseeste artículo, en inglés.
[11] Aquípuede leerse toda la información, en inglés.
[12] Este vídeolo explica, en inglés.
[13] Aquípuede leerse más sobre el asunto, en inglés.
[14] Puede leerse esta noticiaen inglés para ampliar la información.
[15] Disponibles aquí.
[16] En su página oficial en árabepueden verse algunas de las imágenes del proyecto. 
[17] Como se puede leer aquí, en inglés.