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viernes, 23 de diciembre de 2011

Historia del funeral de una víctima de la revolución siria cuyo cuerpo estuvo dos días sin ser enterrado


Texto original: Al-Arabiyya.net 

Autor: Yafra Baha'

Fecha: 21/12/2011



“Padre de la víctima… estate orgulloso”, ese fue el lema más repetido en el funeral de Muhammad Ayham al-Samman en el barrio del Midan en Damasco, y probablemente el que más emocionó a su padre, su madre, sus hermanos y sus amigos.

El espíritu de Ayham al-Samman (ayer martes 20 de diciembre de 2011, en su primer funeral) volaba sobre las cabezas de los que participaban es su funeral, mientras su cuerpo, tumbado sobre una tabla de madera, permanecía durante al menos dos días sin que se le diera sepultura.

Se suponía que la procesión de su funeral y el intento de manifestación que vendría después debían salir de la mezquita de Al-Daqqaq en una de las calles del Midan, pero aproximadamente una hora antes de la oración del mediodía, supimos por una llamada de teléfono, que el funeral se pospondría hasta la oración de media tarde.

Jóvenes, hombres, mujeres y niños se reunieron bajo el puente del Midan cerca de la mezquita de Al-Hasan, sin saber nada de antemano, pero lanzándose miradas de compresión unos a otros. Se reunieron allí a pesar de que los ojos de los miembros de seguridad y el ejército, apoyados en las metralletas y seis coches cargados con armas, vigilaban desde una distancia de no más de 300 metros. Ese era el número de fectivos que pudimos ver desde donde estábamos, pero después supimos que eran muy pocos en proporción a la ingente cantidad de agentes que se desplegaron por las calles de la zona.

Podías ver todo en los ojos de los que participaban en el funeral, todo excepto miradas de temor, pues solo el miedo estaba ausente en la plaza a las dos del mediodía mientras la gente se preguntaba cómo iban a llegar a la mezquita de Al-Daqqaq si los servicios de seguridad y el ejército habían cortado todos los caminos que iban a ella. La respuesta la dio un joven que informó a algunos manifestantes de que el funeral se había trasladado a la mezquita de Yaqub debido a que las fuerzas de seguridad habían ocupado Al-Daqqaq. Señalando hacia una pequeña calle del barrio del Midan que llevaba hacia la mezquita Yaqub, dijo: “Si pasa lo que es probable que pase y las fuerzas de seguridad atacan, llamad a cualquier puerta y entrad: la zona es segura y la gente está con nosotros”.

Muchos no pudieron entrar a la mezquita porque es una de las más pequeñas. Por otra parte, nadie sabía aún dónde se encontraba el cuerpo de la víctima que los rebeldes del Midan habían escondido en una de las casas del barrio. Tras la oración, comenzaron a oírse los ya conocidos gritos de “Dios es grande”, sin hacer uso de altavoces, ni de una plataforma sobre la que alguien gritara. Sin embargo, la voz de quien dirigía los gritos parecía la voz de diez hombres. Según llegaban delegaciones de otras ciudades y barrios, los gritos se elevaban para darles la bienvenida: “Ha venido un grupo de Al-Jalidiyya, ha venido otro de Qabun, también uno de Al-Berze”. Esos son los grupos cuyo recibimiento escuché, pero tal vez hubo más que fueron a otros lugares. Digo esto porque después me enteré de que nuestra congregación no era la única, sino que hubo hasta seis en distintos puntos del Midan para dividir a las fuerzas de seguridad, que es lo que finalmente sucedió.

De pronto y sin previo aviso, los agentes de seguridad nos atacaron con sus porras y lanzaron gases lacrimógenos contra los que estaban participando en el funeral. Antes de que los gases afectaran a la gente, unos cuantos jóvenes comenzaron a repartir refrescos de cola para que la gente se lavara la cara con ellos (y desde entonces supe que es el mejor remedio contra el gas lacrimógeno). Las voces de los jóvenes comenzaron a elevarse aquí y allá: “Proteged a las mujeres, proteged a las niñas”. Entocnes, me encontré en medio de un gran grupo de mujeres rodeadas por jóvenes que nos empujaron hacia la zona de Al-Haqla, donde se encuentra el cementerio en que debía ser enterrado Ayham.

Sentí vegüenza cuando los jóvenes descubrieron sus pechos desnudos para defenderme a mí y a las otras mujeres, pero antes de liberarme de ese sentimiento, nos dimos cuenta de que los agentes de seguridad habían rodeado el cementerio para impedir que entrase la gente que venía en la procesión. Al instante, comenzamos a oír voces que decían: “Separaos y huid, rápido”, voces que sonaban al mismo tiempo que los disparos, disparos que no cesaban de aumentar, haciéndonos sentir que la muerte estaba muy cerca y que podría llegarle a cualquiera de nosotros.

Comenzamos a correr por las estrechas y antiguas calles del Midan, mientras los teléfonos móviles intercambiaban mensajes entre los rebeldes para saber qué calles eran más seguras: “Está nublado y llueve mucho… ¿Cómo está el tiempo por tu zona?” El joven no paró de llamar a unos y a otros hasta que nos sacó sanos y salvos de la zona por un camino que no habríamos sabido encontrar sin él. Se trata de un joven que no había visto en mi vida y tal vez no vuelva a verlo, ni siquiera sé su nombre verdadero y tal vez nunca lo sepa. Es un joven que se responsabilizó de sacarnos del perímetro del peligro solo porque estábamos a su lado en ese momento.

La víctima no fue enterrada y la manifestación no terminó. Todos prometieron reencontrarse al día siguiente para despedir por segunda vez a Muhammad, con la esperanza de que su espíritu encontrase la paz y el descanso en su última morada.

Hace 9 meses tenía miedo de no encontrar algo a lo que pertenecer. Miro a estos jóvenes ahora y me digo a mí misma: ¿Acaso merecen morir? Soy parte de ellos, soy parte de ellos…

Mueren por su libertad, esa libertad que se ha expandido como el fuego por la paja en las ciudades y provincias de Siria, y aunque ha tardado en llegar a Damasco, ha llegado con un estruendo que está a la altura de la ciudad y su prestigio.

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