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jueves, 7 de marzo de 2013

El sacrificio exigido

Texto original: Sahafa Ghayr Mundabita (Prensa sin ordenar)

Autor: Fidaa Itani

Fecha: 05/03/2013

-“Hijo, ¿vosotros sois esos a los que llaman revolucionarios?
-No, señora. Somos de la seguridad.
-Más de la misma mierda”
(Una anciana cruzando un puesto de control sirio que lleva a Idleb)



Quien visita Saraqeb y no se sienta con “la tía Ifti’al” (su verdadero nombre es del mismo esquema) es como si no hubiera visitado Saraqeb ni hubiera pisado la provincia de Idleb.

La tía Ifti’al es una narradora de primera clase, que vive en su casa después de que su marido se marchara tras unos pocos años de “vida muy feliz”, como dice ella, aunque esa vida feliz llevó al hombre a huir y dejar la casa y sus cinco hijos para vivir en Marruecos y casarse con una marroquí. Pero la tía Ifti’al no pidió el divorcio porque no hay problema en que un hombre tenga una mujer aquí y otra allí. Cuando su hijo mayor creció, lo envió a traer de vuelta a su padre, y el chico decidió quedarse a vivir en Marruecos también junto a su padre y asentarse allí, aun sin haberse casado. Otro se fue a trabajar a Líbano y otro no sabemos dónde. La tía Ifti’al se quedó sola con su hija en casa, recordando muy bien la vida de felicidad que había vivido con su marido, y siguiendo la vida de los demás al detalle.

La tía Ifti’al tiene toda la información posible, y la hija sigue los detalles de las operaciones de guerra y de salvamento tras el bombardeo aéreo por teléfono: “¿Qué? ¿Han sacado a la mujer secuestrada de debajo de los escombros? Ya han pasado cuatro horas, ¿escucháis algo entre los escombros? Ha debido de morir. Volveré a llamaros luego”.

Así vive la casa de la tía Ifti’al, al ritmo de la revolución y los bombardeos, llena de información, incluidos detalles secretos sobre el avance de la revolución y la ayuda humanitaria. Además, tuvo la suerte de que el Estado sirio abriera carreteras generales que llevan a la autopista internacional delante de su casa, lo que le permite a la mujer de cincuenta años ver a todos los que entran y salen de la pequeña ciudad y hablar con ellos para escuchar todas las novedades.

La tía Ifti’al habla de esa señora de 65 años cuyo hijo fue detenido por la seguridad, honra la llegada de sus huéspedes, ofrece café y dulces ligeros y pregunta si alguno no ha cenado. Entonces sigue con su historia. La anciana mujer no sabía dónde estaba el chico, y después lo supo: estaba en una de las sedes de la seguridad. Sin embargo, le daba miedo ir. Le dijo a la tía Ifti’al que tenía miedo de que la atacaran si iba o de que la violaran. La tía Ifti’al considera que la postura de esta mujer no representa la maternidad real “pues la madre debe sacrificarse por sus hijos. ¿No es así, sobrino?”

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