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martes, 25 de octubre de 2011

Antibióticos para el miedo

Texto original: Al-Quds Al-Arabi

Autor. Subhi Hadidi

Fecha: 16/10/2011


Ya han pasado cinco semanas desde que la psicoanalista siria Rafah Tawfiq Nashid, de 66 años, fue detenida después de que los servicios de inteligencia aérea sirios la secuestraran en el aeropuerto de Damasco cuando se disponía a viajar a París. Ellos negaron que se encontrara en las sedes de la seguridad o la policía para después confesar que estaba en la cárcel de mujeres de Duma. El poder judicial sirio, como de costumbre, ha acatado las órdenes que le llegaban de arriba y se ha negado a liberar a Nashid previo pago de una fianza. En consecuencia, permanece bajo custodia mientras las autoridades en materia de seguridad terminan de adornar la lista de acusaciones habituales: incitar a manifestarse, debilitar el sentimiento nacional y, para que la falsificación sea lo suficientemente paradójica como para que nos cercioremos de que es una broma pesada, debilitar la moral de la nación, teniendo en cuenta que la psicología es la especialidad de Nashid. 

Lo cierto es que no se conoce la filiación política de esta mujer ni es activista en ninguna asociación cultural o académica que se considere opositora. Tampoco, hasta donde yo sé, ha firmado ninguno de los manifiestos de los intelectuales sirios que pedían reformas, concretamente los que se publicaron tras heredar Bashar al-Asad la presidencia. Esta mujer, después de licenciarse en la universidad de París VII (1985), se metió de lleno en el campo de su especialidad practicando el psicoanálisis en Alepo, su ciudad natal, y después en la capital, Damasco, tanto en los hospitales públicos como en su consulta privada. Se trata de una de las precursoras del psicoanálisis en Siria y a ella debemos la fundación de la escuela de psicoanálisis de Damasco, además de ser quien organizó la primera conferencia sobre psicología de la historia contemporánea de Siria.

En cuanto al “crimen” que según el régimen ha cometido Nashid y que le ha valido su secuestro en el aeropuerto y su encierro en la misma celda que las asesinas, las traficantes de hachís y las criminales, es que intentó usar su ciencia para acaparar a todos los hijos e hjas de la patria e incitarles a cambiar de opinión y tener alucinaciones, a decir cosas intolerables y a calmar sus miedos… Todo ello no en el conexto de una manifestación ni una reunión secreta en algún club o celebración, sino en la tranquila terraza del centro de los jesuitas en Damasco. A finales del pasado mes de agosto, la agencia de noticias francesa hizo circular un informe sobre estas reuniones, que decenas de periódicos árabes e internacionales publicaron con distintos títulos, pero en cuya base todos coincidían, a saber, que los sirios de todas las confesiones y religiones coincidían en un miedo común: el miedo al futuro.

El informe explicaba el programa de las reuniones semanales a las que asistían seis personas cada vez de un total de cincuenta y en ellas se planteaban todo tipo de cuestiones con la mayor transparencia posible y evitando hablar sobre las cosas prohibidas, especialmente los miedos confesionales, religiosos y étnicos y las posibilidades de que estallara una guerra civil. El informe también señalaba que Nashid coordinaba el programa junto con el padre Rami Elias, psicoanalista y responsable del centro. He aquí un extracto del mismo: “Lo paradójico es que todos sienten miedo en Siria. ¿Por qué el régimen utiliza la violencia y la represión? Porque tiene miedo de perder el poder. Y quienes se manifiestan, ¿no tienen miedo? Claro que sí, y aún así van a las manifestaciones.” Después leemos lo que dice uno de los participantes, de confesión alauí, que expresó su miedo por su persona y sus hijos después de que la mezquita de Al-Rifa’i de Damasco [1] fuera atacada. Por otro lado, una participante drusa dijo no tener miedo de las divisiones sectarias más de lo que temía que se produjera una intervención extranjera, que dividiría el país y un tercer participante, este cristiano, contó que se había mantenido partidario del régimen hasta que los asesinatos comenzaron a aumentar y entonces se fue a Duma, donde sus habitantes a los que el régimen llama “salafistas” le dieron refugio.

¿Qué puede debilitar la determinación de la nación cuando se reúnen algunos de sus jóvenes y se enfrascan en discusiones como esta, siendo unos partidarios de la revuelta mientras la temen a ella o a las impicaciones exteriores que pueda conllevar? ¿Cómo pueden este tipo de reuniones debilitar “el sentimiento nacional”? ¿No es parte de esto lo que el régimen buscaba cuando hablaba de “diálogo nacional”? Son preguntas absurdas, innecesarias, porque la raíz de la decisión de secuestrar a Nashid era congelar su iniciativa y paralizar la energía que empleaba en el tratamiento clínico directo de una dura enfermedad crónica en siria desde hace 48 años, cuando se impusieron el estado de emergencia y la ley marcial: el miedo. 

A Nashid le está prohibido servirse de las teorías de Sigmund Freud, Jaques Lacan, George Bataille, o incluso de los psicólogos árabes como Mustafa Sufiyan, Mustafa Hiyari o Sami Ali en sus lecciones para eseñar a los sirios y sirias cómo romper el muro del miedo, cómo abrir boquetes en las paredes del silencio y cómo mirar al horizonte, hacia la libertad, la dignidad, la democracia y un futuro mejor. Y si el régimen fue demasiado ignorante o tonto como para darse cuenta del peligro de los estudios anteriores de Nashid sobre el significado político-cultural del aumento del uso del velo y el niqab [2], la creciente religiosidad popular, y las relaciones de indentidad entre el yo y el otro (como se lee en su brillante artículo “Diciendo lo que no se dice”, por ejemplo), esos mismos aparatos no pueden más que saltar y arder en cólera y rencor cuando Nashid hace un favor a la revuelta, aunque sea de forma indirecta, pero con un profundo impacto.

Es como repartir antibióticos para matar el miedo o proporcionar a la comunidad la inmunidad necesaria para protegerse de él para siempre.

[1] Atacada durante el mes de Ramadán por los esbirros del régimen.
[2] Velo que cubre la cara que puede dejar o no los ojos al descubierto.

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