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martes, 6 de marzo de 2012

Tenía que ser Siria

Texto original: Al-Quds al-Arabi

Autor: Elías Khoury

Fecha: 06/02/2012



La pequeña niña que llevaba un recipiente para recoger en él agua y se detuvo bajo la nieve que caía sobre Homs, dijo que ella conocía el secreto, pero que no nos contaría el secreto de la ciudad hasta que cayera la bestia de su cruento trono.

Nos paramos con ella bajo la nieve del cielo y en medio del salvaje bombardeo, temblamos de frío y nuestros cuerpos se queman con el fuego de los proyectiles, resistimos la sed con paciencia y con pequeños copos de la nieve que cae.

La niña se detuvo sola y en sus ojos brillaban las palabras que no se dicen, contenía su miedo y resistía su sed con sus dedos sobre los que se había dibujado el color azul del frío. No sé cómo se llama esa niña homsí que se detuvo en el barrio de Bab Al-Sibaa sola, esbozándose en su bello rostro la inocencia de la infancia, sin esperar la ayuda de nadie. La niña aprendió que la realidad era que se encontraba sola y que nadie vendría a salvarla. Sola espera el agua, tiene sed y sabe que nada la calmará.

Una niña que se embellece con el resplandor de la luz que brota de sus ojos mira hacia un horizonte cubierto de humo y nos invita a no ser tímidos. Nos da vergüenza el agua que bebemos, los alimentos que comemos, nos da vergüenza nuestra incapacidad de calmar una herida o calentar un corazón con nuestras palabras. Una niña pequeña que habla de toda la tristeza y no espera nada, ha aprendido que es hija de las ciudades arrasadas y que su parte de derechos aún no ha llegado. El silencio de esta niña cuyo nombre desconozco me llevó a las destruidas casas de Baba Amro, vi con sus pequeños y bellos ojos el campamento de Jenin [1] agonizando bajo los escombros, y recordé a los niños de Arna. Pude ver cómo se se conforma nuestro desastre por medio de la rotación de la dictadura y la ocupación que buscan aplastar la voluntad de vivir que hay en nosotros

Igual que los niños de Jenin estaban solos, los niños de Homs también lo están. Igual que los niños de Jenin sacaron la esperanza del dolor, los niños de Homs tejen con la nieve una corona blanca llamada libertad. La niñita de Homs sabe que en su soledad personifica el dolor sirio que se extiende ppor todo el país, que es hoy una herida abierta. Desde hace once meses la sangre se derrama en las ciudades y pueblos sirios, y desde hace once meses, el mundo mira a la muerte de las sirias y los sirios y no les ofrece más que palabras de impotencia que que son más miserables que la propia impotencia.

Tenía que ser Siria para que los árabes comprendieran que la primavera de sus revoluciones se tiñe de la sangre de las víctimas y que cuatro décadas de dictadura han hecho que los recios dominen a la gente. Hombres que han sido creados de las deformaciones que ha dejado el salvajismo sobre sus almas, convirtiéndolos en máquinas sordas que no se conforman con matar, sino que disfrutan con ello.

Tenía que ser Siria para que aprendiéramos el significado del levantamiento árabe como una vuelta del espíritu a las sociedades en las que la vida se había congelado, y que la recuperación de la dignidad destrozada devuelva el significado al significado y al ser humano su humanidad perdida. Tenía que ser Siria para que supiéramos que el Oriente árabe debe enfrentarse al juego de las grandes potencias que busca convertir sus países en un patio trasero de una nueva guerra fría. Tenía que ser Siria para que leyéramos, en la sangre derramada, que la dictadura se escapa del enfrentamiento de su pueblo para lanzarse a los brazos de la protección extranjera.


Tenía que ser Siria para que supiéramos que los países que han cerrado sus ojos ante los crímenes de la ocupación israelí y los han cubierto no ofrecen más que ilusiones y dudas porque defienden a capa y espada la seguridad del estado ocupante y su supremacía, y que la seguridad del estado sionista que ha garantizado el dictador durante mucho tiempo ya no seguirá estando garantizada si el pueblo se gobierna a sí mismo, porque nadie acepta la ocultación de la realidad de la ocupación del Golán, más que quien utiliza dicha ocultación para mantenerse en el poder.

Tenía que ser Siria para que leamos la antigua lengua colonial recuperada por parte del Imperio Ruso, imperio que ya solo posee en su imaginación. Tenía que ser Siria para que descubriéramos que la primavera de los árabes no la hacen más que los árabes y que enfrentarse al terrible aparato de represión es el otro nombre del enfrentamiento contra las potencias exteriores que tienen pretensiones en nuestros países, y del impedimento de la segregación social y del fracaso de la lengua sectaria que ha salido de las fábricas de la dictadura.

La bella niña de Homs cubrió su cabeza con un sombrero de lana en el que se mezclan los colores blanco y rosado y extendió sus blancas manos llevando una bandeja de aluminio. Se detuvo bajo la nieve que caía porque su sed se parecía a la sed de la Tierra, porque sabe que a la sed de sangre del asesino no la detiene más que la sed de agua de la Tierra.

Hay sangre en todas partes, sangre que anuncia el fin del tiempo de la dictadura se ha convertido en una condición de la existencia árabe en la vida. La libertad no es una opción sino que es otro nombre del derecho a la vida y, por ello, entra en su última batalla en la que se enfrenta a los cañones que bombardean las ciudades, y por ella.

El dictador se parece al colono, preguntad al General Saray que bombardeó Damasco con sus cañones, preguntadle por ese que bombardeó y sigue bombardeando Homs, preguntadle por los asesinos de niños de Daraa, preguntadle por la destrucción de Hama hace treinta años. Sonreirá y dirá que esa es la lógica de la ocupación.

El despotismo se hace más parecido a una fuerza de ocupación extranjera, que hace al pueblo su posesión, a pesar de que no lleva la herencia de los mamelucos que echaron a los franceses, sino al contrario. Hace del pueblo su posesión porque no ha defendido la nación y ha dejado la tierra ocupada durante cuarenta años sin resistencia. Lo hace y se convierte hoy en una máquina sorda de muerte, terror y destrucción.

Tenía que ser Siria para que los árabes vean su realidad en los espejos de sangre derramada y para que se detuvieran junto a la niña de Homs y recoger de ella la nieve de la esperanza.

[1] Ciudad palestina cercada y bombardeada tras la Intifada de Al-Aqsa.

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