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jueves, 16 de febrero de 2017

Un día para el silencio

Texto original: Al-Jumhuriya

Autor: Yassin al-Haj Saleh

Fecha: 13/02/2017

Ilustración incluida en el informe de AI

A los mártires de Seidnaya [1]

Nosotros, los sirios, no podemos dejar de hablar, pero tampoco podemos hablar. Lo atroz reta, continua y repetidamente, nuestras palabras y las destroza. En cada ocasión, sentimos que un silencio infinito es lo único que puede preservar nuestra dignidad y honrar a aquellos de entre nosotros a quienes les han sucedido verdaderas atrocidades. Pero volvemos, una vez tras otra, a utilizar las palabras corrompidas que han sido agraviadas una y otra vez. No podemos parar. Queremos que nuestras voces sean escuchadas, pero nadie las escucha. Se han convertido en un estruendo automático y monótono que no llama ya la atención de nadie. Es como si fuéramos la máquina que funciona en el backstage, cuyo sonido llama a los oídos de quienes están en el escenario, pero no la escuchan. 

Y a pesar de ello, hablamos. Queremos que nos escuchen y nos vean. O que se sea testigo de nosotros. Queremos decir que nosotros somos la escena. Lo atroz son nuestros cuerpos corrompidos, los cuerpos de nuestros hermanos, amigos y seres queridos. Esa es la escena, es el suceso al que deben dirigirse las miradas y al que los oídos deben prestar atención. Hablamos. ¿Cómo vamos a guardar silencio? 

Pero la experiencia de las palabras corrompidas es real, y no se puede ignorar. Si insistimos en hablar, debemos recomponer nuestras palabras; en caso contrario, aumentará su corrupción. Ello supone hacer de nuestros discursos y textos un espacio en que recomponer las palabras, en el que inventar palabras nuevas, y en el que producir un silencio que no suponga la incapacidad de hablar. Por el contrario, ha de ser el silencio creador que precede a las palabras y significados, en el que las palabras recuperan su salud y en el que se generan nuevas palabras. 

Nuestras palabras no son escuchadas. Callémonos para que nos escuchen.

Nosotros, los sirios, necesitamos un suceso verbal en el que reflexionar sobre nuestras palabras, sentirlas, y expresar nuestro respeto por ellas y nuestra preocupación por su bienestar y dignidad. 

Puede que un día de absoluto silencio, un día en que no hablemos, ni nos expresemos, ni nos comuniquemos, sea ese suceso. Un día de aislamiento elegido también. Un día de retiro, aunque estemos en la calle y rodeados de gente. 

El día de nuestra oración inquieta por las palabras torturadas y quebradas, por las palabras que han muerto, por las palabras que nacen y por las palabras que se han salvado y han seguido viviendo. 

Un silencio que celebra el espíritu de las palabras, el significado: su vida, su perseverancia frente a la atrocidad, su capacidad para moverse a través de las culturas y el tiempo, y su poder de resistencia ante lo atroz. 

Se trata también de una protesta contra un mundo de estruendo, y un elemento para construir nuestra nueva identidad. 

Nosotros, los sirios…

[1] Se puede consultar aquí el informe que motivó este texto.

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