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domingo, 5 de abril de 2015

En su cuarto aniversario, la revolución siria y el conflicto de versiones y relatos



Texto original: Al-Jumhuriyya

Autor: Muhammad al-Attar

Fecha: 18/03/2015

Cuando se habla de los primeros días de la revolución se nota en general un sentimiento que la situación actual no contempla: cuatro amargos años y nuestra realidad hoy es tremendamente cruel. El escenario de guerra es el dominante y el mapa de combates es cada vez más complejo. “Una guerra de todos contra todos”, como la describe un amigo inglés que fue incapaz de comprender dicho mapa y sus continuos cambios. La verdad es que su reacción refleja una opinión pública general entre los observadores occidentales, pero también entre los sirios destrozados por el desplazamiento forzado y las dificultades. Los medios occidentales dominantes y las organizaciones internacionales se encuentran cercados por relatos de “lucha cruenta” a la que no sabemos cómo se ha llegado, o de un “combate armado” en el que se ignora quién tiene la responsabilidad principal, o bien del destino funesto que nos espera en estos países, que hacen de los intentos de liberarnos del fascismo militar holístico una mera trampa que nos lleva a caer en poder de Daesh y los fascismos religiosos que se están desarrollando. Todas estas versiones sobre la “crisis” siria vienen encabezadas por Daesh, sin tener en cuenta sus raíces ni su contexto.

Sin embargo, entre los sirios y sus amigos que siguen llenos de esperanza y convencidos de la justicia de esta revolución, a la que insisten en llamar así, se escuchan otros relatos. Relatos que dicen que tras el mapa de lucha de fascismos, nuestros países no han conocido antes algo parecido a estas revoluciones. Y por eso, seguimos aferrándonos con fuerza a estas versiones, a las historias que cuentan lo que sucede y hablan de un tiempo que se filtra y cambia y al que estas revoluciones han liberado de la autoridad eterna.

A principios de 2011, junto a una mezquita del barrio del Midan en Damasco, de la que salimos para manifestarnos, aunque tuvimos que abortar por la amplia conglomeración de efectivos de seguridad, en casa de uno de ellos, se encontraron un grupo de amigos que no se conocían desde hacía mucho. A, el mayor de ellos y más activo, era un intelectual marxista que no veía en la salida de las mezquitas el viernes para manifestarse problema alguno. Cuando se formó el ESL, se afanó por coordinar con las brigadas de la zona rural de Damasco, creyendo que era necesario iniciar una discusión política con ellos. Sin embargo, pronto fue detenido y murió en la cárcel. Por el contrario, U, hijo de una familia damascena conservadora, dudaba acerca de la militarización de la revolución y la criticaba. Fue detenido hace dos años y aún permanece en paradero desconocido. N, del barrio del Midan, que trabajaba en el comercio de su familia, fue detenido y torturado, por lo que salió con la firme determinación de tomar las armas. Tras la detención de su hermano pequeño, no obstante, su destrozada madre lo presionó para que dejara el país. Su ira tras salir de la cárcel lo había empujado hacia el salafismo yihadista; sin embargo, hoy hace todo lo posible por disuadir a sus amigos atraídos por dicho pensamiento.

Muhammad y Malek, de la zona rural de Damasco, no participaban en las manifestaciones. Muhammad se unió posteriormente a las labores humanitarias durante el bloqueo de Al-Ghoutta oriental, pero después se centró en el trabajo mediático tras la masacre química. Malek, por su parte, barbero de profesión, tomó las armas con un grupo local del ESL, antes de unirse al Ejército del Islam, donde hoy lucha. Muhammad apenas tiene comunicación con él porque cree que trabaja en una facción que impone un nuevo despotismo en nombre de la religión. Ambos están cercados.

En la zona rural de Idleb, conocí a Abdallah, que había participado en las primeras manifestaciones pacíficas en su pueblo antes de tomar las armas durante las batallas contra el ejército del régimen, que intentó aplastar las movilizaciones allí. Abdallah dejó las armas de verano de 2013, y desde entonces, se dedica a actividades civiles en las zonas liberadas. No tiene reparo en criticar a los que están armados e, incluso, después de ser detenido y puesto en libertad por Daesh, se negó a volver a tomar las armas. Su hermano, que había sido un manifestante pacífico y posteriormente se había unido al ESL, murió hace unos pocos meses en Wadi  al-Dayf, tras haberse unido a Al-Nusra y luchar a su lado. El doctor S también trabaja en la zona rural de Idleb. Es un joven médico que fue detenido al inicio de las movilizaciones pacíficas. Cuando lo conocí, estaba encantado con haberse unido a Ahrar al-Sham y después se contrarió con ellos por no oponerse de forma clara a Daesh en las batallas que tuvieron lugar desde las zonas rurales de Idleb y Alepo hasta Raqqa. Su hermano era un soldado desertor del ejército regular, que se unió a Ahrar al-Sham después de que su brigada del ESL se desintegrara en un entorno de facciones islamistas. Finalmente murió en una batalla contra el régimen. El doctor S dejó Ahrar al-Sham y ahora se dedica exclusivamente a la medicina.

Traer a colación estas historias, que son un pequeño grano de arena de una gran montaña, no es por deseo de despertar la añoranza, sino que lo que hacen estos relatos es recordarnos que la revolución son también todos ellos: sirios de distintas zonas y contextos, que ya no están o han desaparecido, o que aún trabajan con distintos grados de efectividad en diversos ámbitos. En su deseo de deshacerse del dictador, difirieron en sus visiones y métodos, pero todos ellos se liberaron de la cárcel del tiempo pétreo de la dictadura, interactuando e intentando influir en aquello que les rodeaba y rodea, aunque en general, han fracasado y no han logrado hasta ahora crear un proyecto común de cambio. Ellos mismos cambian continuamente. Algunos tomaron las armas y las dejaron; otros las tomarían después. Algunos dejaron el ESL para unirse a movimientos islamistas cuyo poder aumenta en un mundo cada vez más salvaje para los sirios. Otros se alejaron de dichos movimientos posteriormente o lo acabarían haciendo. El cambio ahora define a los sirios, y sobre todo los que creen en él. ¿Puede acaso negarse eso? Los relatos que se limitan a recordar la revolución como una guerra lo hacen.

Asef Bayat, en su comentario sobre el aniversario de la revolución de enero en Egipto, reconoce la fuerza de la contrarrevolución y la hegemonía de su versión, pero nos recuerda que el nuevo régimen despótico “ha de gobernar a un grupo de ciudadanos que han sufrido una gran transformación, pues amplios sectores de la población rural y urbana, pobre y de clase media, los jóvenes marginados y las mujeres han vivido escasos momentos de libertad, aunque haya durado poco, siendo parte, sin constricciones de la conciencia individual y el fervor colectivo; y como resultado de todo ello, algunas de las jerarquías más sólidas del poder están amenazadas”. En Egipto, igual que en Siria, seguimos resistiendo testarudos a la desesperación, primero enfrentándonos a los relatos que eliminan la revolución como si esta nunca hubiera existido. Dice Yassin Al-Haj Saleh que “Siria es el lugar más adecuado para comprender hoy el mundo”, un elocuente argumento para responder a los que identifican a Siria con Daesh o con binomios del tipo “militarización”-“extremismo islámico”. Esos son los que quieren entender a Daesh insertándola en supuestas características intrínsecas a nuestras sociedades, que les parecen ambiguas y que aparentemente se basan en características inamovibles. Algunos de nosotros, por desgracia, repetimos tales argumentos y los reformulamos al buscar las raíces de Daesh en el texto religioso en exclusiva, obviando que es también resultado del salvajismo de la modernidad y de un mundo en que ha desparecido la justicia social. Un mundo en que el centro domina la periferia por medio de élites dictatoriales, republicanas o monárquicas, militares o religiosas.

La crueldad de nuestra lucha en Siria es también un reflejo de la crueldad del mundo en que vivimos y el primer paso para comprender su terrible bajeza moral. Por ello también es imposible rendirse a las versiones que hacen desaparecer a la revolución y reducen la comprensión de nuestro país a la óptica de la guerra, como si no hubiera habido nada antes ni fuera a haberlo después de ella.

Cuando comienza el quinto año de la revolución siria, hay otro frente abierto para los sirios que creen en la necesidad de la revolución: los relatos de la revolución frente a los de la contrarrevolución y contra los que se basan exclusivamente en la guerra como única definición posible de nuestra historia. Se trata de una guerra de documentación, de escritura y de registro para proteger nuestra memoria, para recordar la justicia de la causa de la libertad en Siria. Es aún pronto para anunciar la derrota de este enfrentamiento y, si lo hacemos, será una enorme traición a todos aquellos que murieron gritando por la libertad y la revolución.

1 comentario:

  1. Hay que intentar conservar quienes somos porque ante todo son nuestras raíces como bien dices, hay personas que constantemente en nuestra vida nos van a pisotear pero hay que saber levantarse y luchar contras las injusticias unidos y decididos

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