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martes, 6 de enero de 2015

La gente debe morir



Texto original: Orient

Autora: Dima Wannous

Fecha: 05/01/2015



Hussam conducía su coche rápidamente hacia el hospital de campaña de Ayn Turma. A su lado, su amigo llevaba en brazos a una niña de apenas año y medio. La habían encontrado a la entrada de un edificio. Su madre estaba tendida en el suelo y la abrazaba con sus manos. La madre tenía los ojos cerrados. Husam le cogió la mano y y empezó a buscar como loco la venas azules que sobresalían de sus delgadas muñecas. Buscaba con los dedos cualquier atisbo de pulso, sin éxito. La madre se había asfixiado, sola, tirada a los pies del edificio, abrazando a su hija que apenas podía mantener su pesada respiración silbante. 

Mientras conducía su coche para salvar a la niña, comenzaron a nublársele los ojos y la cabeza comenzó a pesarle sobre los hombros y a dolerle. “Sentía que me colaba por el ojo de una aguja”. Eso es lo que dijo Hussam cuando sintió cómo sus pupilas se estrechaban hasta parecerle ojos de agujas. Después la memoria se le paró y se quedó suspendida en ese pequeño agujero. Termina la historia tomando prestada la memoria de su amigo y lo que le contó de aquel día. Hussam bajó del coche y empezó a tambalearse, errante, con la cabeza girando sobre sus hombros como si se tratara de una pelota sobre una superficie inclinada, luchando contra la gravedad. Entonces empezó a vomitar sangre. Su amigo lo llevó al hospital, junto con la niña, que seguía con ellos. Los dejó allí para que los trataran. Le inyectaron atropina y recuperó la memoria que había quedado cubierta por la penumbra. En la sala del hospital vio una pila de cadáveres tapados con telas blancas. Formaban un montón. Hussam insiste en esa palabra -montón, pila-, para que mi mente, virgen de ese tipo de imágenes, lo entienda y lo crea. Era una pila de cadáveres cubiertos de blanco. Esos cadáveres, unos instantes antes, habían sido cuerpos que, tras su costillas, llevaban almas vivas y corazones latentes, una historia, una memoria y unos sueños. Y ahí estaban, tirados, dejando que el vació penetrara en sus adentros.

La pupila comenzó a dilatarse, a dilatarse y a inundarse, como si no pudiera absorber todo lo que sucedía. La respiración se hacía más difícil, y en la cavidad torácica, los movimientos eran atropellados, ahogados, y la respiración pesada. Los dientes castañeaban y todo el cuerpo temblaba, incluso el intestino se había convertido en un ser independiente del cuerpo. “Mi tripa, mi intestino, mi hígado y mis riñones saltaban: todas las partes de mi cuerpo estaban inquietas”.

Hussam volvió a casa. El alba se colaba entre los restos de la oscuridad, pero no una oscuridad cualquiera. Tenía un color diferente, un tono morado. Hussam dice que el color morado que salía de los misiles era más intenso que el color de la oscuridad más profunda, como si se extendiera por una hoja blanca, clara, limpia, sin polvo. Se desnudó por completo y su madre tiró toda la ropa, como si se librara de los restos de las sustancias químicas, o mejor dicho, como si estuviera desprendiéndose del recuerdo de ese día. Hussam se tumbó en el sofá del salón, cerca de la ventana de vidrio cerrada a cal y canto. Temblaba bajo la pesada manta en un caluroso día de agosto. El silbido de un proyectil de mortero tembló en el cielo. Hussam, como la mayoría de habitantes de la zona revolucionaria, podía distinguir los sonidos de los misiles y proyectiles. Su silbido era incisivo, se acercaba poco a poco, y él se quedó petrificado. El ruido terminó en el edificio de enfrente. La ventana junto a la que estaba se rompió por la onda expansiva: el ruido tiene una inmensa capacidad de destrucción. Su padre lo llevó de nuevo al hospital, esta vez para cerrar la profunda herida abierta en su brazo izquierdo. Los aviones del régimen habían comenzado a bombardear Ayn Turma para evitar que la gente se llevara a los heridos al hospital, que se salvaran unos a otros. La gente debía morir, inmediata o lentamente. Y quien se hubiera salvado del ataque químico, moriría bajo las bombas. Un gas químico pesado, más pesado que el aire, así lo describía Hussam. La gente comenzó a correr de forma instintiva a los pisos más altos, por miedo a respirar el gas que bajaba lentamente, como copos de nieve morados. 

Hoy Hussam está en Beirut. Huyó con toda su familia. Todos se han convertido en uno tras la revolución: o nos quedamos todos o nos marchamos todos. La vida carece de valor, y el ser humano también. “Marcharse no es fácil. Supone arrancar el alma de la patria. Aunque esa patria nos humillara, seguía siendo nuestra patria”, dice Hussam. Hussam cuenta cómo logró un sobresaliente en bachillerato y cómo su madre sufrió una desilusión cuando no quiso estudiar Medicina, a pesar de merecerlo. No le gusta el interior del cuerpo y la sangre le marea. No sabía que tendría que ver y examinar el cuerpo por dentro sin querer hacerlo, ni haber estudiado Medicina. Corrió tras sus aspiraciones y escogió Informática. No durmió por la noche, como los niños cuando se preparan para un viaje al día siguiente. No durmió en toda la noche esperando la mañana. Se vistió rápidamente y fue a la universidad para asistir a la primera clase. En la puerta, un agente de seguridad lo paró y le pidió que se identificara. Vio que era de Al-Ghoutta, tal y como decía su documento de identidad. Ese documento se convirtió en su destino: el ser humano o el ciudadano se evapora y se convierte, con toda su energía, memoria, cuerpo, espíritu y mente en una palabra, una o dos meras palabras que lo definen, indican su adscripción y su destino. El agente lo echó de la universidad gritando que no volviera. La gente de Al-Ghoutta no fue creada para aprender en la universidad, sino para ser bombardeados con armas químicas.

1 comentario:

  1. Desafiamos a Elías Khoury, a la viuda de Giáth Máttar, a Abdel Bassit Serut, Salama Kaylah, a Fadwa Souleyman, a la gente de rebelion.org y la gente de tlaxcala, a la gente de Hispantv y Al Jazeera, a cada persona que ustedes los de éste blog siguen y/o les siguen en twitter, a la gente que colabora y comente en éste blog, a los autores del blog Hermanos Musulmanes, a los miembros de la asociación de apoyo al pueblo sirio, a los de la editorial de oriente y el mediterráneo, y especialmente a usted señora traductora, a refutar con argumentos, aunque sea un sólo punto del discurso de George Deek:
    “The best speech an Arab Israeli diplomat ever held”
    http://bit.ly/1xxbRr2

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