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martes, 16 de julio de 2019

Los vacíos de la hombría

Texto original: Al-Jumhuriya

Autora: Muna Rafei

Fecha: 11/07/2019


Primera voz

Mi alumna se precipitó hacia mí cuando me vio en la calle para quejarse medio llorando del miedo que le provocaba un joven que la perseguía a diario desde la puerta de su casa a la de la escuela. Lo señaló con la mano y me dijo: “Es él”. Después lo dejó todo en mis manos. No podía soportar ver a la pobre muchacha siendo perseguida por un joven “gamberro” que tenía varios años más que ella. Me dirigí hacia él, le grité y lo eché de la puerta de la escuela, después de reprimir el fuerte deseo en mi pecho de pegarle e insultarle. Por un instante, sentí que en mi rostro había florecido una barba, que me habían salido en los brazos unos músculos bien desarrollados y que en mi garganta había gritado una ruda voz masculina en lugar de mi voz femenina habitual. Parece que me enfado y vuelvo más violenta según pasan los días y asumo roles que antes no solía asumir. En resumen, la sangre me hierve más en las venas de lo habitual desde que regresé, obligada, a vivir en las zonas bajo control del régimen.

Una vez escribí sobre el “planeta esmeralda” y otra sobre los jóvenes que comentaban delante de mí que no salvarían a una mujer víctima de una agresión porque no sabrían quién podría ser el agresor y porque “sálvese quien pueda”. También he escrito sobre la gente que ha dejado de seguir las noticias de la revolución desde hace años y ya no les interesan [1]. Hoy escribo sobre la interacción de la gente con lo que pasa a su alrededor en las zonas bajo control del régimen, sobre la muerte de los sentimientos. El tema no es, en absoluto, juzgar a nadie, sino que se trata de hablar de los remordimientos ante muchas situaciones que prefiero no mencionar aquí, y eso que me enfado mucho con quien nos acusa a los que vivimos en estas zonas de complacencia, debilidad y de fingir amnesia. Aunque haya parte de verdad en ello, ¿no nos hemos vuelto muchos de nosotros así de veras? ¿Ya sea dentro o fuera de Siria? Nadie puede señalar con su dedo acusador a nadie. Mientras escribo esto, miro a los jóvenes que permanecen en las zonas bajo control del régimen, hacia los cuales se debaten en mi pecho sentimientos confusos; el primero de ellos, la lástima, y el más lastimoso de todos, la ternura. Sin embargo, esta última no es la típica ternura femenina, sino la que siente el hermano por sus hermanas, sabiendo que podría pagar con su vida para defenderlas en una situación de peligro. Los miro con un intenso dolor y una envidia que quema. No es fácil ver cómo dos jóvenes en tu ciudad caen víctimas de la apatía, el miedo y una excesiva precaución, mientras ignoran todo lo que sucede a su alrededor y se pegan a los muros para buscar seguridad para ellos y su presencia en este lugar.

Por primera vez en mi vida, empiezo a sentir como si las hormonas masculinas gritaran en mí. Resuenan en mi cuerpo y queman mi garganta. Nunca antes me había fijado en algo así, cuando vivía fuera de las zonas de control del régimen, pero parece que la escasez de hombres aquí ha causado estragos en mi pensamiento, y quizá en mi cuerpo. Para ilustrarlo, está ese comentario jocoso que me hizo uno de mis amigos que viven en el extranjero que decía que debía ir al psicólogo cuando le conté mi nueva costumbre de sentarme detrás del conductor del service[2] en el sitio del “hombre ausente”, que suele sentarse ahí para proteger a las mujeres de un lugar algo incómodo y para recolectar el dinero de los pasajeros. Por primera vez siento que el lado masculino en mí vence al femenino, porque perderlo aquí es doloroso e hiriente, y la tiranía de la feminidad en su sentido dominante ligado a la debilidad, la vergüenza y la derrota me hace rebelarme aún más contra esa naturaleza que se me impone como mujer. El aumento del número de mujeres en detrimento de los hombres es señal de la derrota de estos últimos y su retroceso; no obstante yo rechazo esa idea, la rechazo. Rechazo la vergüenza de la derrota y la debilidad de la “feminidad” rota bajo el despotismo, la muerte y el desplazamiento. Nada impide que yo, la fémina malhumorada, lleve en mi interior la rebelión de los hombres, su enfado y su vigor. A nadie le importará si una mujer como yo, con un tono de voz bajo y con miedo a decir “no” en muchas ocasiones, ha sido poseída por uno genio masculino que pretende abrogar su supuesto papel como mujer y llenar, en su lugar, el vacío dejado por la ausencia de “hombría”, con su sentido interrelacionado, en un lugar en que las almas de la gente han sido asesinadas y su dignidad marginada.

Resulta complicado explicar cómo la necesidad de sentir esa hombría perdida se ha convertido en una carga desde que llegué aquí y se me ha impuesto la realización de sus deberes ante la falta de la misma en muchos. Digo todo esto a pesar de que soy defensora de la mujer, como suelo alardear, y de que logre todos sus derechos, deje de sufrir todo tipo de injusticias y consiga la igualdad con los hombres. Pero también soy la mujer a la que duele ver el estado de su país ahora que la mayoría de sus mujeres, niños, ancianos, shabbiha y jóvenes están aterrorizados con la idea de hacer el servicio militar y se preparan para viajar desde el segundo o tercer año de universidad. A ellos se suman los jóvenes nacidos a finales de los noventa o después del 2000, que son muchos, especialmente los que intentan parecerse a los de “nosotros somos el Estado, estúpido”, que se multiplican como las hormigas en las gradas del estadio de Homs, las aceras de las cafeterías de la calle Hamra, los pasillos de la universidad, los parques, las cafeterías y los locales de videojuegos. No les arrebato su derecho a vivir todo eso, no lo hago; lo que digo es que me cuesta ver mi ciudad en este estado de sumisión. Y la sumisión no es monopolio de los hombres ni de las mujeres, del mismo modo que la “hombría” que demostró la gente de la ciudad perdedora en el auge de su revolución no será monopolio de los hombres.

La hombría a la que aquí me refiero lleva en sí la valentía, el rechazo a la injusticia, la adopción de posturas firmas y un comportamiento solemne ante la sangre derramada, las almas agotadas y los barrios destruidos. Dejemos a un lado la idea de la masculinidad y la feminidad ligadas al deseo de cambiar de género en función de unas circunstancias biológicas y psicológicas. Dejemos también a un lado la serie de Bab al-Hara [3] y las ridículas bravuconadas de sus hombres y la debilidad de sus mujeres, pues hablamos de cosas distintas. Tal vez, los lingüistas deban acuñar una palabra que recoja en su significado todo lo que conlleva el concepto de “hombría” de forma que se pueda aplicar a ambos sexos, pues yo soy una mujer con toda su feminidad que lleva en su interior el anhelo de llenar el vacío de la hombría perdida, la hombría de quienes se enfrentaron a la injusticia y libraron la lucha contra el salvajismo de la otra parte, que también pretende representar la “hombría”, aunque la practica torturando y tomando represalias contra sus adversarios.

Mi “m” de mujer se individualiza y es derrotada ante la injusticia; el artículo femenino alarga su ele haciéndola cada vez más delgada en el vacío mientras que la "a" desaparece ante cualquier suceso importante que pasa desapercibido ante los hombres y mujeres que se supone que forman parte de una ciudad que en un tiempo se llamó la capital de la revolución, también su voz, su hija y su prestigio. Y yo, “sabéis que yo soy vosotros”, como dice Riad al-Saleh Hussein [4], o algunos de vosotros. Quiero ser un hombre, quiero tener una voz fuerte y ruda que retumbe en las calles y las casas, y ante los miembros del régimen que aparecen ante mí, con sus uniformes militares verdes, sus fusiles sobre la espalda encorvada y sus ojos que se salen de las órbitas, como las ranas pegajosas de lengua larga y viscosa.

Quiero gritarles a la cara, quiero gritar a la cara de todo el mundo, todooooos, con mi voz ruda, en vez de llorar en silencio, en vez del continuo dolor del alma y las quejas por la impotencia y el poco ingenio, en vez del sometimiento a la desesperación que me ha convertido en algo más parecido a un fantasma desesperado invisible, el fantasma frágil al que han arrebatado la solemnidad, para caracterizarse solamente por la ausencia.

Segunda voz

¿Cómo voy a gritar a quienes están a mi alrededor y decirles que este día pasará sin la presencia de la verdadera voz de nuestra ciudad, su ronca melodía y su conciencia[5]? Miro a quienes me rodean en el trabajo, en casa, en las calles, en la cafetería llena de mujeres, donde me siento yo sola en mi mesa y desde donde escribo ahora, mientras escucho, en secreto, con el auricular de mi teléfono, los cantos de Sarut, mientras caen lágrimas silenciosas sobre mi rostro.

La escena, incluida yo, resulta bastante horrible. Las canciones se mezclan en mi cabeza. Por un oído escucho la canción que ponen los dueños de la cafetería, que dice: “Arde una llama en mi corazón, ay del amor, ay”. Por el otro, escucho una canción de Sarut que dice: “Oh, querida patria, oh tierra bella, hasta tu infierno es un paraíso, hasta tu infierno es un paraíso”. Yo vivo en el infierno de la patria, su Hades: ¿es este el paraíso del que hablan? ¿Lo es?

Las personas desplazadas forzosamente y quienes han partido me preguntan por internet sobre la situación de la ciudad en este día, sobre la supuesta “tristeza” de la ciudad en este día, el día de la muerte de Sarut, sobre “el efecto” que ha producido. Evito responder a los mensajes: me da vergüenza escribir. Tal vez sirva si tomo una foto de la ciudad y se la envío, porque me da mucha vergüenza escribir, mucha. Cojo mi teléfono y abro Snapchat, me transformo en hombre gracias a una de las opciones, me tomo una foto con aspecto de hombre y me miro el rostro que parece más de hombre que de mujer, con una mandíbula ancha, una barba borrosa y unas cejas pobladas. Guardo la foto y sueño con poder volar en el tiempo y el espacio para poder salir de su funeral. Sé que todo esto son imaginaciones y que la realidad aquí tiene poco de ambiente de funeral, aunque tampoco de alegría, claro. ¿Cómo describo el ambiente de una granja? Tal vez parezca una denominación muy dura, pero ¿cómo llamo a un lugar cuyos habitantes están obligados a vivir sin conciencia, voluntad ni capacidad, siquiera, de pensar en lo que sucede a su alrededor? Y sí, quiero ser un hombre, quiero salir de aquí. Estoy cansada y harta de mi cuerpo, mi debilidad, las leyes de familia, mis familiares y quienes me rodean. En el día de su martirio concretamente, superé mi malestar y pregunté a algunos compañeros de trabajo, de esos que habían participado en la revolución (¡habían participado!) Uno me dijo: "¿Quién? ¿Sarut? Ha muerto. ¿No murió hace años?" Otro me dice: “La verdad es que creía que había muerto hace años”. Un tercero responde: “Creía que estaba en Turquía y había abandonado la revolución”. Un cuarto pregunta: “¿No se había unido a Daesh?” El quinto, como si hubiera escuchado el final de una serie, dice: “Vaya, entonces al final murió”. Me pongo la barba en la cara y utilizo la voz ruda para decirles: “Sí, hijos de perra, ha caído mártir y no ha muerto; por lo menos hablad de él con más dolor y respeto”. Una amiga me llama y, sin rodeos, me dice: “Te acompaño en el sentimiento”. La barba desaparece y le respondo con mi voz femenina: “Que Dios lo tenga en su gloria”. Otra amiga me envía un mensaje: “No somos nada”. Y así continúan llegando los pésames a mi teléfono, la mayoría de viejas amigas que viven aquí conmigo en la ciudad perdedora de la revolución. Tomo la iniciativa y yo misma envío mensajes de pésame. Por teléfono nos decimos que nos acompañamos en el sentimiento sin decir el nombre, sin concretar nada, pero el significado se mantiene en el corazón del poeta, ese que siente. Me refiero a aquellos y aquellas que sienten lo sucedido. Abajo la barba, abajo la masculinidad, abajo también la feminidad, abajo todos, abajo todo, como rezaba una conocida pancarta en Kafranbel[6].

Salgo de la cafetería, con chorretones de rímel en el rostro que dibujan líneas negras deformadas. También tengo negros los párpados inferiores, pero no me importa: maldito a quien le importe y maldito quien mire. No me importa. Siento que soy una cebra en una granja con sus líneas negras y blancas. ¿Por qué en árabe la llaman burro salvaje? Una rana verde pasa delante de mí, con una pistola a la vista en su bolsillo. Centro mi mirada en la pistola y lo olvido todo. Olvido todo lo que hay alrededor: soy una cebra y ante mí hay una rana con una pistola en el bolsillo. Me acerco a ella y, por un instante, miro y veo a mi derecha los ojos de mujeres y hombres que me observan aterrorizados. Apuesto para mis adentros que sabían lo que estaba pensando. Los miro con enfado, con acusación, con reproche y, por cierto, es precisamente eso lo que está en mi cabeza: coger el arma y matar, no sé a quién, pero cogerla y matar. Ahora, si la tuviera en mi mano, os juro que no necesitaría una barba, ni una voz ruda, ni fuertes músculos para utilizarla y disparar muchas veces al corazón, al pecho, a la cabeza y a la garganta de todos los que nos han llevado a esto, a los países del exilio, a los centros de detención, a las tumbas, a este lugar en el que sentimos que vivimos presos, como los animales.

[1] Los textos están disponibles en árabe en Al-jumhuriya.
[2] Pequeña furgoneta que sirve como medio de transporte a modo de autobús en las ciudades y donde los viajeros suelen ir pasándose el dinero para pagar al conductor, que devuelve el cambio con el mismo sistema. A falta de paradas oficiales, cada viajero baja donde lo solicita.
[3] Conocida serie de televisión siria ambientada en el período de entreguerras bajo dominación francesa. 
[4] Conocido poeta sirio, nacido en 1954 y fallecido en 1976, cuyo poema “Una pequeña revolución” se ha recuperado en múltiples ocasiones desde 2011.
[5] Se refiere a Abdelbasit Sarut, sobre el que puede leerse este artículo pormenorizado.
[6] El mensaje de la pancarta (14/10/2011) era:“Abajo el régimen y la oposición, abajo las ummas árabe e islámica, abajo el Consejo de Seguridad, abajo el mundo, abajo todo”. 

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