Texto original: Global Voices
Autora: Marcell Shehwaro
Fecha: 23/12/2016
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Robert Lentz |
Son días “de gloria”, se supone, en los que nace el Mesías,
dios del amor, la justicia y la paz. Pero, ¿qué Mesías va a nacer en nuestro mundo hoy?
Si hoy naciera un mesías, debatiríamos largo y tendido sobre
lo que cubre la cabeza de María, y le cerraríamos las puertas al pobre que
viene con su mujer embarazada. Nuestras casas serían las que le dirían no al
nacimiento del Mesías, y por nuestra culpa, nacería en un portal.
Si hoy nos llegara un mesías, divagaríamos largo rato sobre
su profesión: ¡un carpintero de Oriente Medio! ¿Nada más? ¡Sin habilidades
especiales, ni idiomas! ¡Y encima, ingenuo, pretende cambiar el mundo!
Si hoy viniera un mesías, acusaríamos a los Reyes Magos de
no ser imparciales, y los pastores serían detenidos antes de poder difundir la “buena
nueva”. Quizá os solidarizaríais un poco, o no.
Si llegara un mesías huyendo de Herodes, creeríamos la
versión de Herodes, o discutiríamos y escribiríamos sobre qué pasaría si
Herodes tuviera razón al asesinar al Mesías niño. ¿Qué pasaría si el Mesías
creciera y se convirtiera en una amenaza? O quizá ocultaríamos al responsable y
nos conformaríamos con una frase del tipo “es todo muy complicado allí”.
Pero aun así, lo celebramos: grandes árboles y figuras aún
más grandes de la Virgen ante las que lloramos y rezamos para que nos perdone
haber olvidado a María, cobijada a tan solo unos metros en un campamento.
Sin embargo, celebramos: los adornos llenan las calles,
luces brillantes que quizá nos ayuden a olvidar que en nuestro mundo de hoy, “el
buen samaritano” se ha convertido en una organización sin ánimo de lucro,
obsesionada con contar la historia del herido al que ayudó, para pasar a
engrosar las listas de los que se benefician de los heridos, sin tiempo para
una sonrisa.
Somos cristianos, pero al Mesías lo encontramos en otro que
no se parece a nosotros. El Mesías que queremos es elegante, no lleva su ropa
en una bolsa, ni pasea con sandalias raídas. Chapurrea un buen inglés y lo
mejor es que ofrezca algo antes de hablar de amor, que realice un acto en
defensa propia ante la acusación de terrorismo.
Somos cristianos, pero tememos a los judíos, musulmanes,
árabes y afganos, y todos los que no son “nosotros”. El amor es selectivo y se
basa en la clase social y la pertenencia; sin embargo, el Mesías, por alguna
razón, paso por alto mencionarlo y habló del amor universal.
Somos cristianos, pero si los profetas hoy quisieran
transmitirnos el mensaje, se ahogarían en el mar o se les dispararía en las
fronteras, porque son sospechosos, claro.
¿Qué Mesías va a nacer hoy entre nosotros mientras todos sus “pequeños
hermanos” por los que nos preguntará el Día del Juicio están asediados, son
asesinados o están atrapados en campos?
Almacenamos nuestros “talentos” (moneda) en un banco para
irnos un día de vacaciones a algún lugar donde tomar muchas fotografías y
subirlas a las redes sociales, para tener informados de lo contentos que
estamos a nuestros amigos a los que no tenemos normalmente tiempo de amar.
¿Qué Mesías va a nacer hoy entre nosotros si queremos seguirlo
todo, excepto a la estrella hacia el pesebre?
Si el árbol que ponemos cada año en nuestra casa es símbolo
de una nueva vida, ¿qué vida nos cabe esperar a nosotros, dolientes, en nuestra
muerte diaria?
Hoy soy una refugiada y no hay ningún lugar al que pueda
llamar hogar, en el cual sentirme lo suficientemente a gusto, o donde poner un
árbol y esperar los regalos. De hecho, en unos días, no me quedará ni un lugar
al que volver.
Metí a escondidas un árbol en Alepo oriental, como símbolo
de la defensa de mi identidad frente a Daesh. El amigo que me ayudó es musulmán
y hoy sufre los bombardeos; los amigos que me ayudaron a decorarlo son
musulmanes, y hoy son víctimas del asedio y de las amenazas de ejecuciones
sumarias.
Tengo un árbol de Navidad que consideraba un buen presagio
en mitad de la destrucción… Hoy, como todo allí, en Siria, se ha convertido en
un símbolo del cementerio.
Duele incluso que tenga la capacidad de mantener la
esperanza y escribir mis deseos para el año que viene. Duele ver que el mayor
de mis deseos navideños es “un éxodo forzado” de quienes creen en la justicia
de su lucha.
Quienes están en Alepo luchan por la libertad y la
dignidad: son la “sal de la tierra”. Si se les asedia y asesina, ¿con qué salaremos?
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